La urgencia por construir una nueva narratividad 1

Comunicación, posdesarrollo y decrecimiento

Manuel Chaparro Escudero
Publicado en febrero 2017 en La Migraña 20
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En el afán de supervivencia, ante los cuestionamientos de que cada día es objeto el desarrollo, se le ha añadido, recientemente, un nuevo traje: el cambio social. Estamos ante otro problema de definiciones y usos interesados en torno a una idea sin rumbo concreto. El desarrollo tiene una larga historia de travestismo y busca constantemente nuevos trajes que le sirvan como camuflaje en su intento de perpetuarse. El tiempo da a la razón a los críticos del desarrollo y a medida que los desastres se hacen más evidentes urge la denuncia de esta enfermedad provocada y la necesidad de alimentar nuevos modelos que nos acerquen a una vida distante de la distopía en que vivimos. El oxímoron que plantea la Comunicación para el desarrollo y el cambio social ha sido desenmascarado, estamos ante la urgencia de recuperar el verdadero sentido revolucionario de la comunicación.

Construir los elementos críticos necesarios para vislumbrar nuevas rutas exige crear una nueva narrativa que recupere el significado real de las cosas y acabe con la cultura y el conocimiento antropocéntrico construido por el racionalismo. Han sido el desarrollo y la comunicación para el desarrollo los elementos de transmisión de ideas que sitúan a los seres humanos en diferentes estadios, sin reconocer los derechos de las diferentes culturas que evolucionaron a lo largo de cientos y miles de años de adaptaciones a los ecosistemas, es más, sin reconocer que las causas de la inequidad ha sido producida por un afán de enriquecimiento a costa del otro definido como pobre.

Existe una dictadura del desarrollo, del progreso y la modernidad que es necesario desmontar con urgencia para mirar al ser humano integrado en ecosistemas de los que se nutre y a los que nutre. El vivir bien no es sólo un eslogan político, o el producto de la cosmovisión andino-amazónica, es la esencia originaria de todas las culturas que debemos rescatar. La idea de la felicidad como realización del yo, y la ambición por la notoriedad ésta vinculada a la acumulación de bienes materiales más allá de lo imprescindible. Es parte de una ficción de la que hay que deshacerse. Si la felicidad es el objetivo, ésta no reside en el desarrollo ni en el mito romántico de la construcción ideal del yo, porque finalmente, en palabras de Grey: “Lo que en realidad ocurre es que la mayoría de la gente pasa su vida en un estado de prometedora agitación. Encuentran sentido en el sufrimiento que conlleva la lucha por la felicidad. En su huida moderna no hay nada a lo que la humanidad moderna esté tan apegada como a este estado de tristeza feliz” (2014). El modelo de sociedad creado por el desarrollo está basado en este tipo de construcciones mentales, propagado por los medios y un sistema educativo de conocimientos acríticos.

La comunicación como proceso democrático no puede seguir vinculada a un concepto tan vacuo como el desarrollo cuya propuesta económica, política y cultural engendra pautas que no gozan de valores universalizables. La simple idea de que todos podemos llegar a vivir bajo los mismos estándares de consumo, por más que se predique, resulta tan inviable que impulsar gobiernos desarrollistas en los países empobrecidos, sabiendo que jamás sacarán a sus pueblos de la miseria de la mano de la modernidad colonizadora, llega a ser genocida. Para que una parte del mundo mejore y tenga capacidades reales de gobierno democrático, la otra debe cambiar y modificar obligatoriamente su economía de crecimiento, asumir y reconocer los altos costes repercutidos para el planeta y las externalidades de su modelo económico. El colonialismo y el neocolonialismo han construido un mundo de empobrecidos por el sistema antes inexistentes.

Cualquier cambio que apueste por la supervivencia debería conducir a un nuevo modelo económico que algunos defienden como decrecimiento y que implica, entre otras muchas cosas, dejar de contribuir a la ingente producción de basura inorgánica no reabsorbible, alargar la vida de los bienes y su reutilización, favorecer tanto la economía local como la real, poner límites a la usura, eliminar el innecesario consumo de lo superfluo y reordenar el reparto del trabajo para facilitar el acceso universal a los bienes necesarios para el disfrute de la vida.

Decrecer no debe implicar pérdida de derechos o retrocesos sobre el bienestar argumentando principios de austeridad suicida como pretenden los interesados discursos de la derecha política ante lo que llaman crisis económica. Si la economía decrece actualmente no es por la aplicación de nuevas políticas, no cabe satisfacción ante este resultado de empobrecimiento con pérdidas de derechos, sino por seguir permitiendo el acaparamiento de recursos por una minoría, el endeudamiento de la población en favor de la banca ante los injustificados recortes salariales.

El problema, como vienen a decir Vicen Navarro y Juan Torres, es el modelo de crecimiento propuesto por el capitalismo, porque en realidad el debate está en si el término decrecimiento implica una forma diferente de crecer en satisfacciones manteniendo el equilibrio natural, de seguir viviendo alejados del determinismo tecnológico y material, en cotas de derechos, igualdad y armonía como prioridad.

En principio ambos economistas muestran su desacuerdo con el uso del término decrecimiento y los planteamientos más radicales, aunque sus propuestas iluminen la necesidad del cambio de modelo. Es posible que el término decrecimiento cause confusión pero en definitiva viene a proponer un modelo en clara oposición al crecimiento injusto y antinatural que propone el capitalismo. El abandono del crecimiento capitalista sugiere, por el contrario, un crecimiento diferente, no consumista, apoyado en una ciencia no antropocéntrica, ni al servil al capital especulativo. El modelo actual se apoya en un racionalismo que especula con el conocimiento y lo somete a la utilidad de un único ser, pero el humano no es dueño de la naturaleza y la preservación de los ecosistemas le es tan vital para sobrevivir como al resto de las especies, por tanto debe buscar equidad y redistribución de riqueza en armonía con el entorno.

La necesidad de transformar nuestro actual modelo se confunde, a veces de manera interesada, con la exigencia de cambio promovida por el desarrollo para alcanzar sus fines. El desarrollo exige e impone como imprescindible un cambio social, el cambio de los modelos que entorpecen los objetivos del desarrollo para hacer posible su expansión, pero ya sabemos que no sólo es imposible sino además tremendamente destructivo. En este modelo no se reconocen y validan los aportes de las otras culturas, de otros modos de vida, así como la finitud del planeta. El desarrollo no interviene sobre la acumulación de bienes y capital y la especulación financiera. Es el gobierno de la macroeconomía magnificada por los medios de masas.

En estas resistencias, el principal de los problemas al que hoy nos enfrentamos para el reconocimiento y denuncia de los problemas reales del desarrollo reside en el papel que los medios juegan y han jugado en la contaminación de la semiosfera, ese lugar donde construimos significados e ideas. Los medios han contribuido a la construcción de imaginarios que han conducido al desprecio y al exilio a otras culturas, cuando no a su definitivo exterminio, con toda la pérdida de conocimientos que ello implica.

La misión de la comunicación para el desarrollo ha tenido como función el adoctrinamiento en la fe del capital por encima de cualquier principio de dignidad y consideración de los DD.HH. En nuestro planeta globalizado se comparten más las ambiciones construidas en torno al consumo, que los espacios vitales de aprendizaje y vida que nos permiten habitar en una paz armónica. Igual que los moscovitas en la época de la Unión Soviética afirmaban con ironía que en el diario Pravda (La Verdad) no podía encontrarse ninguna noticia y que en Izvestia (Las Noticias) no había ninguna verdad, podemos afirmar que esta realidad se extiende al conjunto de los medios. Sus verdades y sus noticias cada vez coinciden menos con la realidad en un intento por negar o poner anteojeras ante la deriva del planeta.

A medida que la crítica al desarrollo fue encontrando apoyo ante los evidentes fracasos, el lenguaje se fue cargando de pleonasmos para construir camuflajes que les permitieran seguir defendiendo los intereses capitalistas: desarrollo sostenible, desarrollo humano, desarrollo local, desarrollo endógeno, desarrollo social, alternativo, comunitario, autónomo, verde… Todos son parte del mismo imaginario, son cortinas de distracción para confundir, que las corporaciones, los organismos internacionales, y entre ellos el FMI y el BM, usan para mantener y justificar inversiones y actividades que proporcionan inmensos beneficios exclusivamente a sus promotores. Como dicen Latouche y Rist (2002) los diferentes calificativos no son más que pleonasmos: “Al añadirle un adjetivo al concepto de desarrollo no se pone en cuestión realmente la acumulación capitalista. Como mucho, se intenta incorporar un concepto social al crecimiento económico, como antes se le había podido añadir una dimensión cultural, y hoy un componente ecológico” (Latouche 2005). Creado el pleonasmo justificativo, el márquetin mediático se encargará de lanzarlo cubriéndolo de nuevas bondades, construyendo ilusiones que van más allá de cambios verdaderos en la forma de hacer y pensar.

Mucho antes de la actual crisis de los países “desarrollados”, el informe del PNUD de 1998 ya reconocía que mientras la riqueza del planeta se había multiplicado por seis desde 1950, “el ingreso medio de los habitantes de 100 países, entre 174 censados, se encuentra en plena regresión […] Según el informe del PNUD 2001, ¡la quinta parte más rica de la población mundial posee el 86% del PIB mundial, contra el 1% de la más pobre! […] En estas condiciones en el Sur ya no se puede ni siquiera hablar de desarrollo como tal, sino tan sólo de ajustes estructurales, planes de austeridad impuestos por el FMI para restablecer la solvencia de los países endeudados por proyectos de desarrollo ilusorios” (Latouche, 2004). Una denuncia fácilmente aplicable hoy a la misma Europa, donde el crecimiento económico dejó hace tiempo de contribuir a reducir las escandalosas cifras de desempleo, lo que ha dado lugar a acuñar un nuevo término el jobless growth que define el crecimiento sin empleo (Linz, Reichmann y Sempere, 2007) y, lógicamente, sin redistribución de beneficios.

¿Comunicación para el Cambio Social?

El último salto malabar ha estado en el uso de la denominación “Comunicación para el Cambio Social”. No puede ser de otra manera ya que la agenda del desarrollo, como hemos dicho, exige y promueve el cambio social. Por más revolucionario que resulte el término, desde la óptica del “desarrollo”, no deja de ser la misma esencia de la forzosa apuesta modernizadora impuesta por el capitalismo. Conocemos la estrategia redentora del cambio en la agenda del desarrollo propuesta por Rostow, como también sus nefastas consecuencias. El cambio hacia el desarrollo vendría de la mano de un proceso de difusión de la innovación, del cuestionamiento de sociedades tradicionales y su comparación con ese mundo moderno que debían alcanzar.

El cambio impulsado por EEUU transformaba el significado de la palabra desarrollo, que de tener un sentido evolutivo naturalista y cultural, adoptó una connotación económica. Los cambios perseguidos debían llegar de la mano de una transformación económica para generar mercados de consumo, en esta estrategia se emplearían todos los recursos posibles y entre ellos los medios de información y comunicación.

Las multinacionales han estado y están detrás de la estrategia, de ahí, que las primeras aplicaciones de las políticas de desarrollo se llevaran a Oriente Medio y poco más tarde a América Latina. Dos regiones ricas en recursos energéticos y materias primas que era necesario controlar. Oriente Medio pretendía nacionalizar el petróleo y en América del Sur los movimientos populares y las élites culturales cuestionaban las políticas de EEUU, Cuba era el ejemplo que había que evitar a toda costa. Los deseos del Che de exportar la revolución a todo el continente inquietaban los intereses económicos de las multinacionales. Así que la agenda del cambio promovía el paradigma del desarrollo para inaugurar una época donde el único objetivo de la comunicación se centraba en la propaganda contra el enemigo desde la difusión de la modernidad garantizada por la satisfacción consumista.

Las voces críticas con el actual modelo han hecho que la comunicación se mueva en dos direcciones contrapuestas: la utilitarista tradicional, presente en los grandes medios de información, promovida por el mercado y los gobiernos que siguen defendiendo posiciones trasnochadas; y la social-popular, reivindicadora de una nueva sociedad opuesta a los argumentos de las transnacionales y sus serviles gobernantes. Esta segunda opción queda claramente vinculada a la comunicación comunitaria o asociativa. El llamado Tercer Sector, la sociedad civil, la ciudadanía activa consciente de la necesidad de recuperar su protagonismo, ha venido construyendo desde hace décadas modelos comunicacionales dirigidos a mantener el pulso democrático y la recuperación de los valores. Como nos recuerda Víctor Marí, el tercer estado de la Revolución Francesa inspiró a Marc Nerfin en la década de los setenta, la década de los primeros pronunciamientos contra el desarrollo, para reivindicar el activismo ciudadano en la gestión de las “cuestiones públicas” (2011). Hoy, Tercer Sector viene a definir y a englobar a los movimientos ciudadanos organizados e insurgentes contra el modelo desarrollista. En los medios del Tercer Sector, el concepto de desarrollo deja de tener una dimensión de centralidad para ocupar un lugar preferente la reivindicación de derechos elementales, la identidad cultural y una nueva cosmovisión de la vida, sin renunciar a la denuncia de la desigualdad. Podría tratarse de otro desarrollo, como dicen algunos, pero no caben dos conceptualizaciones tan diferentes para una misma palabra.

Un estudio realizado por CAMECO (2012) refleja que el rol de las radios comunitarias como actores del desarrollo local sólo aparece como objetivo en tercer lugar de sus prioridades, siendo superado por el interés en informar y educar. Entendiendo además, que en la mayoría de los casos traducen desarrollo como bienestar, desapegando la macroeconomía que retrata otra realidad. El desarrollo ya no goza del significado “bondadoso” que pretende la política económica emanada e impuesta por el FMI y el BM, ejecutores de los intereses de las corporaciones, porque ha sido desenmascarado. La contestación de los desheredados por la sociedad de las ‘oportunidades’ pasa por prioridades no contempladas por el desarrollo.
En el documental Distorsiones armónicas (2009), producido por las radios comunitarias del Cono Sur, se narran historias de vida de 18 radios comunitarias de América Latina. En un guión sostenido por las voces de los protagonistas, la palabra desarrollo está ajena en los discursos, sólo una vez es mencionada y claramente sin una relación económica. Está claro que las prioridades pasan por restablecer derechos y circuitos de relaciones que faciliten no el derecho a la vida sino como lo expreso José Luis Sampedro el derecho a vivir la vida.

Los industriales de la soja en Argentina reclaman para el desarrollo la siembra de tierras que ancestralmente la Constitución reconoce a pobladores originarios. Los campesinos de Santiago del Estero defienden sus cultivos tradicionales porque son los que les dan de comer y prefieren renunciar al dinero fácil que promete el agronegocio. No han ido a la universidad y sus estudios no pasan de la primaria, pero la inteligencia natural y empírica nacida de su relación con la tierra les hace defender sus derechos, manifestándose en contra del desarrollo: “el desarrollo no trae nada bueno, es la destrucción de nuestra cultura y modo de vida”. Sus hijos van a la escuela, pero ellos la han tenido que construir; tienen atención sanitaria, pero ellos la han organizado, y desde sus radios se defienden de los ataques de los medios comerciales que los criminalizan por ser ‘atrasados’ y no querer el desarrollo. Han identificado correctamente lo que significa desarrollo, no cabe duda. Cuando se pisa la realidad, cuando se es capaz de sumergirse en ella, las dudas y disquisiciones de la academia, empeñada en seguir discutiendo con los libros de la biblioteca, desaparecen. Hace tiempo que la academia anda perdida en una meritocracia que vive en la endogamia y se muestra incapaz de superar las fronteras obtusas en las que se mueve midiendo el conocimiento con meros criterios acumulativos, al peso.

Entre los apuntes críticos más destacados existen dos muy cercanos a Luis Ramiro Beltrán, que apostó al desarrollo desde una óptica de derechos sin tener en cuenta que estos quedaban sujetos a alcanzar objetivos económicos. El paraguayo Díaz Bordenave afirmaba: “Es necesario superar antiguas concepciones del desarrollo que lo hacían equivalente a la modernización y la tecnificación, así como a la imitación de los patrones de vida y de consumo de los países del Primer Mundo”2. Más contundente y expresivo es Erick Torrico: “Occidente” –Europa y los Estados Unidos de Norteamérica, sucesivamente– fue asumido como referente civilizatorio universal. En los años 60 Latinoamérica criticó las teorías de la modernización y la difusión de innovaciones. Más tarde “Occidente”revitalizó su noción eurocentrista del desarrollo con objetivos políticos y límites prácticos que son cada vez más evidentes. Hoy resulta necesario abandonar esa noción y sustituir la “comunicación para el desarrollo” por una “comunicación para salir del desarrollo” (2013).

Los cuestionamientos han propiciado un giro que busca mantener vivo el ideal del desarrollo potenciando la etiqueta: cambio social. Una denominación que aparenta gozar de buena salud por el significado de innovación-revolución que supuestamente conlleva el concepto de cambio, pero como sabemos estos significantes admiten también situaciones de involución.

En el contexto reivindicativo en el que se mueven hoy los movimientos sociales, el concepto de cambio es, lógicamente, abrazado sin más consideraciones que la de pretender una evolución en la dirección de objetivos opuestos al mercado, ya se trate del activismo del 15-M, del Ocupy, de las luchas campesinas o del movimiento indígena. Sin embargo, en comunicación, el cambio social que promueve la agenda del desarrollo viaja en dirección distinta. La pasión que la palabra cambio representa tiene suficiente fuerza de atracción como para ser capaz de ocultar la realidad de la propuesta. La aceptación de cualquier propuesta de cambio exige la definición de su propósito, desentrañar sus apegos ideológicos y desenmascarar estrategias de cambio vinculadas y reorientadas al inmovilismo.

En 1977, promovida por la Fundación Rockefeller desde la estrategia del proyecto “Cambio” de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), se inició la nueva estrategia emulando los años cuarenta cuando la Fundación encargó a Lazarsfeld hacerse cargo del departamento de investigación en comunicación. El objetivo era retomar el timón perdido de la comunicación para el desarrollo y, por supuesto, resituar las estrategias de la cooperación internacional para el desarrollo.

Curiosamente, en los primeros abordajes se hizo un análisis crítico sobre la imposición de los credos occidentales y se hablaba más de la importancia de generar procesos de comunicación que propiciaran el empoderamiento de la ciudadanía. Se insistía en la idea de la toma de decisiones libres, en generar procesos participativos, aunque nunca se abandonó el posicionamiento etnocéntrico de que el ideal a alcanzar era el modo de vida de la sociedad occidental. El eslogan seguía siendo “sin comunicación no hay desarrollo”; es decir; no hay una mejora en la calidad de vida. Una visión tan naif como perversa, que pareciera admitir la existencia de un desarrollo malo y otro bueno, como si el modelo mismo de crecimiento económico fuera reformable para poder contentar a todos.

En 1969 se dio a conocer el informe del economista y Nobel de la Paz Lester Pearson, encargado por el Banco Mundial (Informe Pearson). La conclusión era demoledora: desde la primera concesión de préstamos en políticas de cooperación en 1947 hasta la fecha del informe, la brecha entre los países ricos y pobres, enriquecidos y empobrecidos, había aumentado escandalosamente. Entre las iniciativas que Pearson propuso estaba la contribución con el 0,7 por ciento del PIB de los países enriquecidos en ayudas a los países empobrecidos, una recomendación tampoco satisfecha.

Los expertos concluyen, por el contrario, que por cada dólar prestado se cobran al menos dos, empeorando la situación económica de los países deudores. En 2001 tuvieron lugar una serie de reuniones en la sede de la Fundación Rockefeller en Bellagio (Italia), para proponer el impulso de la comunicación para el cambio social como nueva denominación y establecer el llamado “mapa de competencias” de los comunicadores para el desarrollo y el cambio (pero, ¿qué cambió?). Aunque en ella participaron comunicadores comprometidos como Luis Ramiro Beltrán, Díaz Bordenave o Rosa María Alfaro, auténticos convencidos de la importancia democratizadora de la comunicación participativa, sin mucho entusiasmo la denominación “cambio social” terminó por imponerse. No se veía cual era la nueva contribución, ni si hacía falta un viraje hacia ninguna parte: ¡el cambio social seguía siendo para el desarrollo! Pero no se reformulaba, ni se redefinía el desarrollo como a algunos les hubiera gustado, cuestión por otra parte imposible.

La propuesta fue llevada a la Conferencia Mundial de la Comunicación para el Desarrollo celebrada en Roma en 2006, cumbre con acceso restringido en la que no permitieron participar a muchos colectivos ciudadanos que querían aportar su perspectiva. La Conferencia estaba promovida por el Banco Mundial, la FAO y, de nuevo, la Fundación Rockefeller que actuaba en realidad en nombre de la USAID. Finalmente, la Conferencia generalizó el uso de la denominación “cambio social” para promover el contexto del desarrollo. La conclusión final de Roma podría resumirse en que la comunicación es estratégica en proyectos de desarrollo y es la herramienta para alcanzar (nada menos que) los Objetivos del Milenio (OMD) y hoy la Agenda del Desarrollo. Es como usar directamente el virus causante del mal con todas sus potencialidades como vacuna. Los OMD objetivos del Milenio fueron tan inalcanzables como lo será la nueva agenda del desarrollo, no por la coyuntura económica actual, sino por el fracaso de un modelo que no desea reconocer que el desarrollo aún siendo reproducible no es universalizable.

El problema fundamental de la denominación cambio social reside en que el significado de la palabra “cambio” no se mueve en una dirección concreta y puede ser promovido desde muchas consideraciones por todo el espectro ideológico. En este caso, el cambio social que promueve la USAID se plantea como la necesidad de buscar pautas de crecimiento económico para promover el desarrollo.

La Comunicación para el Cambio Social se define también desde la misión de buscar ‘ayuda’ para las sociedades consideradas más atrasadas. ¿Atrasadas en qué? ¿En no vivir bajo los esquemas occidentales de consumo? ¿En no haber diseñado a tiempo estrategias de supervivencia a la agresión colonial? ¿En no haber modificado, destruido, sus ecosistemas antes de la llegada del hombre blanco? ¿En aceptar un sistema de competitividad insano y egoísta? La cultura occidental tiene muchas causas de las que enorgullecerse pero también muchas de las que avergonzarse y ésta es una de ellas.

En la declaración que figura en la web patrocinada por la Fundación Rockefeller queda resumida la estrategia: “Estamos usando el término comunicación para el cambio social como una forma útil de organizar y pensar. Este trabajo está basado en una premisa simple: Es posible encontrar formas efectivas de usar la disciplina de la comunicación para contribuir a acelerar el ritmo del desarrollo. Sabemos que cuando la comunicación se convierte en un elemento integral del proceso de desarrollo y se la ejecuta inteligentemente, el proceso de desarrollo es más sostenible. Creemos también que una intensa labor proselitista es necesaria para contribuir a que la comunicación sea aceptada como el factor integral que es dentro del proceso de desarrollo”.3
Aunque más seductora resultaba esta otra versión que hacía pública la Fundación en 1999 en su documento programático: “Por cambio social entendemos un cambio en la vida de un grupo social, de acuerdo a los parámetros establecidos por ese mismo grupo. Esta aproximación busca especialmente mejorar las vidas de los grupos marginados (tanto política como económicamente), y está guiada por los principios de tolerancia, autodeterminación, equidad, justicia social y participación activa de todos”. Entre una y otra hay notables diferencias y hasta contradicciones, aunque una misma paternidad que no las aleja de la intervención al tratar de definir quienes son los grupos marginados que carecen de los valores indispensables.

Curiosamente, estas contradictorias definiciones vienen a confundir pero, por otra parte, sirven tanto para contentar a los desarrollistas y como a quienes ingenuamente enarbolan el cambio social como un auténtico revulsivo de modelo. ¿En qué términos resultan modificados los paradigmas del desarrollo descritos anteriormente para justificar este cambio? Realmente, ¿qué cambia? Quienes esperan que del contexto de la Comunicación para el Cambio Social salga un cambio real de paradigma se equivocan, estamos ante una nueva máscara que oculta el rostro real.

A este problema de indefiniciones se añade, como dice la investigadora boliviana Karina Herrera, que el concepto de cambio social es hoy “tan ambiguo como los son sus diversos abordajes y perspectivas”. “El intento de deslindar lo que sería la comunicación para el cambio social parece contener una igual carga polisémica que la noción comunicación para el “desarrollo”. Si rastreamos los orígenes del concepto de cambio social, constatamos que emerge en el positivismo y la sociología funcional-estructuralista que lo definió como la capacidad de un sistema de innovarse, es decir de sus posibilidades de insertar nuevos elementos”4 (2008).

La ambigüedad terminológica se mimetiza a la perfección con la agenda del desarrollo. Un argumento con el que coincide Jamias (1975) cuando afirma que “la palabra cambio es un término “neutro”; puede ir en dirección tanto positiva como negativa. […] Más aún, la palabra cambio ignora el hecho de que podría no producirse ninguno, por lo menos desde la perspectiva del especialista de la comunicación”.

Apoyado en la “iniciativa para el cambio social” promovida por la Rockefeller, Alfonso Gumucio, ha narrado la interesante experiencia de Pastapur en el estado indio de Andhra Pradesh, en un documental donde muestra la vida de las mujeres ‘analfabetas’ de la casta dalit, las intocables. Estas mujeres apoyadas por activistas universitarios se han dotado de herramientas de comunicación, vídeo y radio, para salir de su condición de discriminación social y económica. Han documentado sus conocimientos ancestrales sobre medicina como: remedios naturales para combatir la difteria, procesos febriles, infecciones y diarreas. Sus técnicas agrícolas se han fortalecido mediante la creación de un banco de semillas para asegurar su soberanía alimentaria y su cultura. La comunicación ha sido un elemento catalizador y transversal, les ha fortalecido para salir de una situación de marginalidad y empobrecimiento. Este trabajo les ha llevado a expulsar del territorio las semillas de algodón transgénicas de Monsanto, en una victoria de trascendencia internacional sin precedentes apoyada por el movimiento de la activista Vandana Shiva, contra la destrucción de los recursos naturales y fuentes de vida de la India por la explotación de las corporaciones.

La autonomía e independencia conquistada han convertido a estas mujeres en un ejemplo mundial de la importancia de la comunicación en los procesos de apropiación endógena. Se ha producido un cambio significativo, no hay duda, pero en la dirección contraria al perseguido por el desarrollo. Este logro viene a denunciar la discriminación a la que han estado sometidas, dentro de un contexto social de desigualdad extrema en el que sólo las élites disfrutan del “éxito” del capitalismo, pero en esta lucha han desenmascarado las estrategias de dependencia del desarrollo y han puesto en marcha alternativas verdaderas.

El resultado real es que su modelo de comunicación les ha dado el empoderamiento necesario para sentirse dignas por primera vez en su vida. Estas mujeres han buscado una existencia solidaria, digna y autosuficiente; su sencilla y armoniosa cotidianeidad constituye una denuncia al crecimiento económico como filosofía de vida. ¿En qué se parece la sociedad ‘desarrollada’ a la que estas mujeres, desde un conocimiento empírico y natural, han sabido crear? La conquista de estas mujeres recuerda otros muchos ejemplos de empoderamiento animados desde estrategias de comunicación, como el de las mujeres campesinas de Atipiri en la ciudad de El Alto, en el trabajo llevado a cabo por Tania y Donato Ayma, ahora son reporteras que toman la palabra y narran cada día su realidad a través de las ondas, haciendo oír su voz y transformando su realidad y su entorno. Antes mudas y maltratadas, ahora activistas sociales que se rebelan, reflexionan en las ondas; proponen. Como lo hacen sus jóvenes a través de radionovelas de las que son protagonistas y sus ancianos desde la memoria.

Si queremos hablar de cambios, hagámoslo desde la descolonización de los imaginarios que han marcado la historia en los últimos sesenta años. Si no definimos políticamente y con claridad el tipo de cambio que se persigue seguiremos apostando desde la Comunicación para el Cambio Social por la reproducción de las mismas injusticias con las que se pretende acabar. Creemos perseguir el desarrollo y no somos capaces de ver que estamos siendo perseguidos por él.

El cambio social es más un objeto de estudio cuando éste se produce, que un método para abordar los mismos. Aunque los confesos de la comunicación para el cambio social toman como referencia las estrategias que de alguna manera ya diseñó Bernays, con un traje que no es nuevo: fundamentar el cambio en la propaganda estimuladora basada en la supuesta superioridad eurocentrista. Hablar de una comunicación para el cambio social marca una estrategia desacertada, no viene a ser una innovación sobre quienes con más acierto, en un momento histórico también complicado, razonaron la importancia de la comunicación como catalizadora de una evolución social hacia la democracia y la igualdad social. El único inconveniente es que el paradigma del desarrollo, como leitmotiv, seguía traicionando ese ideal. El desarrollo impone consensos no puede haber otra agenda, ni otra salida. Sin embargo, el sentido de la comunicación es construir, reconocer y admitir los disensos que permiten pactar los nuevos consensos.

El Informe MacBride denuncia el uso de los medios por los poderes dominantes para imponer sus ideologías en el contexto de la Guerra Fría. Tanto por parte de los países de la órbita comunista, representada por la URSS, como del capitalismo dominante de EE:UU. Ambos buscaban un cambio pero con distintas direcciones. El desarrollo promovido por ambas potencias no dejaba de ser una quimera que promovía la explotación hasta el infinito de los recursos, sin considerar las limitaciones de la naturaleza. Las diferencias estribaban en la forma de distribuir las riquezas y los beneficios obtenidos de esta explotación, pero como objetivo realista ambas conducen al fracaso.
La economía política surgida desde el marxismo con una mirada crítica más amplía y desde una posición empírica, llega a establecer “que las fuerzas económicas favorecen en los medios de comunicación capitalistas la resistencia al cambio social fundamental” (McQuail, 1985), que debería moverse en una dirección distinta a la promovida por la USAID. Sin embargo, como se ha advertido, el marxismo insistirá también en que el cambio debe ir dirigido al desarrollo, sin advertir que la palabra ha sustituido a la idea de progreso desde una perspectiva intercultural, de respeto a las diferentes cosmovisiones y de colaboración mutua, más allá, por tanto, de cualquier apego a la idea de que la supervivencia y la evolución deben estar sujetas a objetivos económicos de crecimiento sin fin. MacQuail, después de analizar las diversas teorías de cambio, concluye afirmando “que en el papel jugado por la comunicación de masas en el cambio social, también cabe la posibilidad de asombrarse ante la ambigüedad del rol asignado a los medios de comunicación ya que es frecuente darles papeles regresivos como progresivos” (1985).

Entre quienes hablan de cambio social apuntándose a una definición-moda se están alimentado nuevas confusiones. La Comunicación para el desarrollo ya era entendida desde los primeros postulados de Lasswell, Schramm, Lerner, Ithiel de Sola, Rogers y sus coetáneos como una comunicación de cambio social. La llamada ‘nueva’ Comunicación para el cambio social intenta ser una redefinición sin hacer denuncia del desarrollo y sus postulados originales, pero tratando de formular una “nueva noción”, preparando a “una nueva generación de comunicadores especializados dedicados a los principios y valores de comunicación participativa para el cambio social” (Barranquero, 2008), trasladando propuestas de disciplinas al ámbito académico universitario para la intervención en áreas “subdesarrolladas”. Un discurso claramente colonial.

La perpetuación hegemónica de los saberes de la academia tradicional resitúa la geopolítica del conocimiento para determinar perfiles que den continuidad a la injerencia clásica de las agencias de cooperación al desarrollo como benefactoras, al trasladar los valores occidentales como los únicos válidos. No se está sabiendo escuchar a los movimientos populares y sus alternativas reales, ni siquiera a las ONG especializadas que llevan años de trabajo cooperativo con activistas de la comunicación y sus organizaciones sociales. Cuán distantes están de estas conjeturas que les resultan inservibles y que contribuyen al ruido. La academia debería, más bien, preocuparse por la descolonización de saberes impuestos, la deconstrucción ideológica de las premisas del desarrollo para recuperar la comunicación y el periodismo como una actividad esencialmente humana y promover políticas en esta dirección, sólo así obtendríamos, sin confusiones, los resultados de justicia perseguidos; denunciando y construyendo desde el diálogo.

Valorando y respetando los nuevos esfuerzos bondadosos que puedan estar en este nuevo empeño de construcción crítica, y entre ellos los amigos apreciados, Alfonso Gumucio, uno de sus referentes principales; es imprescindible aunar esfuerzos entre investigadores y activistas de la comunicación para no reiterar de manera contradictoria el modo en que se reivindica nuevamente el desarrollo. Si el proceso de cambio trata de construir escalas de prioridades sociales, la prioridad no se puede fundamentar en un modelo ya fracasado. Al final, estamos ante el paradigma que se planteaba el príncipe de Lampedusa en El Gatopardo: “que todo cambie para que todo siga igual”.

Comunicación y empoderamiento

Un principio básico de la comunicación reside en saber escuchar, igual que en la ciencia la observación, como la duda, son imprescindibles. En nuestro caso parecen premisas que no han sido tenidas en cuenta; de ahí que sigamos fundamentando nuestro conocimiento en un entorno que consideramos óptimo para ser exportado, promoviendo cambios aún cuando éstos no se encontraban entre las necesidades de otros modelos sociales y con seguridad tampoco en las que las proponen.

Esta es la realidad de muchos pueblos, para quienes un principio de cambio no se plantea, al menos en los términos que la actual cultura occidental propone. ¿Qué cambio necesitan sociedades precapitalista con vida satisfactorias en su existencia? Su modelo de sociedad y de relacionamiento no persigue ningún cambio sino mantener el ecosistema para preservar un modo de vida. ¿Qué cambio persiguen los no contactados? Realmente son ellos los que necesitan que el mundo cambie para que les dejen vivir en modelos que merecen respeto, entendimiento y conocimiento entre iguales para propiciar un intercambio voluntario de adopciones mutuas. Sin llegar a extremos la imposición de los paradigmas del desarrollo afecta a muchas culturas que han visto destruidos sus medios de vida y su episteme. El desarrollo no es un principio sujeto a derechos universales, como tampoco el cambio social que propone.
El desarrollo es también rechazado por quienes ven sus consecuencias dentro de la propia sociedad occidentalizada, generando el rechazo y una nueva voluntariedad; la de quien se declara no contactado, renunciando al desarrollo. Una posición activa frente a cualquier cambio inmovilista que siga promoviendo el desarrollo y, en definitiva, frente a este modelo de cambio social, apoyado por el Banco Mundial, cuyo único objetivo es sostener la salud del capital y en el que nunca tan pocos vivieron con tanto desprecio hacia otros. La aspiración al no contacto con el desarrollo sería para muchos el único sentido de la transformación social, de la recuperación del camino hacia modelos de vida evolutivos acordes con los entornos en que habitamos, sin convertir la naturaleza en nuestra enemiga o el elemento a subyugar. Algo que interpretan, practican y reivindican los movimientos campesinos en su defensa de derecho a la tierra y a la soberanía alimentaria.

Los indicios desde los que crear las nuevas prioridades apuntan a la necesidad de lograr, en el ámbito local, la generación de recursos económicos suficientes que repercutan socialmente y respeten el ecosistema. Una economía más local y autosuficiente, facilitadora de una gobernanza que trascienda de lo individual a lo colectivo y que permita construir un modelo global más solidario, de sociedades colaborativas no dependientes, respetuoso con los Derechos Humanos y de la Tierra. Un modelo perdurable, porque sostenible puede ser no más que un “sostenido”, un movimiento de danza que trata de mantener el equilibrio sobre la punta de los pies durante unos breves instantes.

Concluyendo, aún considerando que los medios deban ser agentes de cambio y sostenimiento para el desarrollo, ¿por qué la mayoría de los países promueven legislaciones restrictivas a la existencia de los medios asociativos, ciudadanos y comunitarios, o persiguen con insistencia su cierre ante las denuncias del sector privado comercial? Seguramente será porque son sospechosos de promover ideales democráticos, de una comunicación liberalizadora que entra en colisión con los intereses del capitalismo y del cambio inmovilista promovido por éste. Un cambio es necesario, pero si no somos capaces de definirlo ideológicamente señalando una dirección opuesta a la promovida por los principios promotores del desarrollo, mejor será, para evitar confusiones, validar la importancia de la comunicación como paradigma de construcción democrática desde la participación, el consenso y la resolución de conflictos en decisiones colectivas y locales, no impuestas. Lo más conmovedor es que todavía se piensa, en algunos sectores, que defendiendo el cambio social se están oponiendo a las injusticias del desarrollo.
Algunas de las nuevas voces manifiestan sus desapegos con los resultados del desarrollo para, a continuación, plantear la reivindicación de la Comunicación para el Desarrollo desde los paradigmas que plantean los posdesarrollistas y defensores del decrecimiento, ¿cómo dices?; o sea, que al mismo tiempo que se cuestiona el desarrollo se defiende una tautología: La Comunicación para el Desarrollo del Posdesarrollo y el Decrecimiento. No son éstas confusiones interesadas, sino una resistencia a llamar a las cosas por su verdadero nombre, a querer reconocer y denunciar que aquello en lo que hicieron creer es una gran mentira y es condenable. Aún reconociendo el engaño, las esperanzas puestas en la idea de la redención del mundo a través del desarrollo han generado tanta mística, que lleva a querer salvar, al menos, la palabra mágica, la palabra motor: desarrollo; tratando una vez más de resignificarla sin tener en cuenta que por más que tiña la piel blanca ésta no dejará de ser blanca.

¿Por qué no hablar directamente de Comunicación para el Posdesarrollo o Comunicación para el Decrecimiento? Indudablemente sería más lógico, ayudaría a modificar los imaginarios sobre los que se ha instalado la educación formal y un antinatural modo de vida enfrentado con el Planeta. Implicaría una ruptura con el pasado y un giro de 180 grados en nuestra inercia evolutiva como especie.

Al hablar de decrecimiento hay que tener en cuenta que no sólo se trata de una ruptura ideológica con paradigmas anteriores, es una ruptura que comporta un nuevo mapa de intervención socioeconómica y geográfica, una NUEVA NARRATIVIDAD opuesta al diccionario construido desde los intereses del desarrollo. Lo que el posdesarrollo propone es justo lo contrario de lo que propone el desarrollo: decrecimiento frente a crecimiento capitalista. Aunque como hemos manifestado, el término decrecimiento puede conducir a malinterpretaciones interesadas, en realidad propone un modelo que busca establecer límites a la producción eliminando el consumo innecesario, no es, por tanto, una renuncia a principios económicos que deben conducir al bienestar, al reparto del trabajo y la riqueza producida por éste.

Las transformaciones que se proponen no tienen que ver tanto con los ‘atrasados’ del planeta, sino con la sociedad obesa, la sociedad del consumismo y la esquilmación innecesaria de recursos necesarios para la vida de otros pueblos. El posdesarrollo exige introducir cambios en los desarrollados no en los empobrecidos como pretende el desarrollo, recuperar la lógica de una vida sana y armónica para permitir que los recursos del planeta sean compartidos y que los Derechos Humanos, en su sentido más intercultural y holístico, se puedan realmente homologar.

La Comunicación para el Decrecimiento o el Posdesarrollo implica reconocer que las transformaciones para que el planeta recupere su armonía deben ser introducidos en las sociedades desarrolladas de cualquier país, definidas como consumistas, alimentadas en la desigualdad y el empobrecimiento de sus vecinos. No es necesario seguir empeñados en usar la comunicación para transferir modos, estilos y hábitos de consumo que arruinan la vida.

La denominación Comunicación para el Posdesarrollo o el Decrecimiento puede ser acertada en la apuesta transformadora que implica, como también Comunicación para el Empoderamiento o Comunicación para la Ecosociedad, en los términos bioeconómicos definidos por Georgescu-Roegen, en la que toda actividad económica debe contribuir al bienestar de la naturaleza en la que se inserte el ser humano como especie, no a su destrucción, todo gesto debe ser “bioeconómico”. Pero lo realmente básico para poner en marcha una nueva agenda política y social es amarrar el verdadero, íntimo y universal significado revolucionario de la palabra comunicación. Si la verdadera comunicación es democrática por la horizontalidad de sus intercambios, lo único cierto es que ésta se convierte en un factor de empoderamiento ciudadano para la construcción de sociedades más equitativas, capaces de trascender local y globalmente en un afán de convivir en y con el planeta. En este sentido, sería más acertado reivindicar una Comunicación con el objetivo de facilitar el empoderamiento siguiendo los postulados de Freire. La comunicación facilita la reflexión, la concientización, la acción, el empoderamiento. Una Comunicación para el Empoderamiento iría con seguridad en el camino marcado por la descolonización propuesta en el posdesarrollo.

La comunicación, como se ve, también se presta a pleonasmos, al llevar implícitos los significados anteriormente expuestos, por lo que no necesitaría de más calificativos, pero en este caso el pleonasmo es más literario, sin la trascendencia ideológica e interesada de la que gozan los calificativos del desarrollo y sin el antónimo que implica la asociación entre comunicación y desarrollo. Tal vez, frente a los confusos, sea más útil mantener en la comunicación un apellido: en este caso empoderamiento, ecosocial, posdesarrollo, o decrecimiento, son denominaciones que identifican mejor los objetivos y marcarán distancia con la tradicional comunicación para el desarrollo.
Lo urgente ahora es empezar a saber contar la realidad desde una narratividad contra el adoctrinamiento del sistema, que denuncie la perversión terminológica desde la que se construye nuestro cotidiano, abordar las profundas transformaciones ecológicas derivadas del cambio climático y la consecuente injusticia a las que hemos sometido nuestra existencia en la aceptación de un pensamiento y una ideología distópica.

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Manuel Chaparro Escudero

Catedrático de Periodismo, Universidad de Málaga.
Periodista, Doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor Titular y Vicedecano de la Facultad de CC. de la Comunicación de la Universidad de Málaga. Profesor de másteres oficiales en las universidades de UMA, USE, UCA y Pablo Olavide. Miembro de la red europea IREN.
Ha sido consultor de la AECID en Guatemala y Bolivia. Coordinador desde 2001 de proyectos de cooperación en Medios de Comunicación en Bolivia, Guatemala, El Salvador y Argentina