Aproximaciones a una quimera

Contrapoder

Antonio Negri
Publicado en Diciembre 2019 en La Migraña 33
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Cuando se habla de contrapoder en general, en realidad, se está hablando de tres cosas: de resistencia contra el viejo poder, de insurrección y de potencia constituyente de un nuevo poder. Resistencia, insurrección y poder constituyente representa la figura trinitaria de una única esencia del contrapoder.

¿Qué es la resistencia? Lo conocemos con cierta precisión si consideramos que en la vida cotidiana una gran mayoría de sujetos sociales la está ejerciendo. En las actividades productivas, contra el patrón; en las actividades de reproducción social, contra las autoridades que regulan y controlan la vida (en la familia, el paternalismo…); en la comunicación social, contra los valores y los sistemas que encierran al lenguaje en la repetición y lo empujan hacia el sin-sentido. La resistencia interactúa duramente, pero también creativamente, con el mando, en casi todos los niveles de la existencia social vivida.

En cuanto a la insurrección, es de más compleja experimentación, pero en el transcurso de una generación (y, en todo caso, en los últimos dos siglos, cada 30 años) se ha podido experimentar. Para nosotros, la insurrección es la forma de un movimiento de masas que resiste, cuando deviene activo en poco tiempo, o sea cuando se concentra sobre algunos objetivos determinados y determinantes, ello representa la innovación de las masas de un discurso político común. La insurrección hace confluir las distintas formas de resistencia en un único nudo, las homologa, las dispone como una flecha que atraviesa en forma original el límite de la organización social establecida, del poder constituido. Es un acontecimiento.

El poder constituyente es la potencia de dar forma a la innovación que la resistencia y la insurrección han producido; y de darles una forma histórica adecuada, nueva, teleológicamente eficaz. Si la insurrección empuja a la resistencia a transformarse en innovación (y representa, entonces, la productividad disruptiva del trabajo vivo), el poder constituyente da forma a esta expresión (acumula la potencia de masas del trabajo vivo en un nuevo proyecto de vida, en un nuevo potencial de civilización). Y si la insurrección es un arma que destruye las formas de vida del enemigo, el poder constituyente es la fuerza que organiza positivamente nuevas formas de vida, y de felicidad de las masas.

II

En el lenguaje político de la izquierda tradicional, contrapoder, es una palabra con características más concisas y reducidas: con frecuencia, en el mejor de los casos, está identificada con la práctica de la resistencia, algunas veces con su organización… y ¡nada más! Esta reducción es equívoca: no porque con frecuencia las cosas no sean en efecto de esta forma, y no solo porque el nexo que relaciona la resistencia a los siguientes grados de expresión del contrapoder sea difícil de percibir; sino porque si no se reconoce la vinculación implícita de la resistencia, de la insurrección y del poder constituyente en cada figura de contrapoder, se corre el riesgo de neutralizar a estos mismos componentes, de vaciarlos de eficacia, o hasta de entregarlos, subrepticiamente, al poder dominante. De esta forma, la resistencia, en cuanto tal, en sociedades muy complejas como son las posmodernas, puede dar puntadas sin hilo; o peor: ser manipulada dentro de operaciones de circulación sistémicas que solo la recomposición de un punto de vista global del contrapoder puede interrumpir. De esta forma, la tensión insurreccional, más allá de lo generosa que pueda ser, puede transformarse en inútil o, inclusive, en dañina. Si no es proporcional a la potencialidad de las masas, la misma corre el riesgo, entonces, de naufragar en el pantano del terrorismo cuando su incidencia no haya devenido (por medio de fases precedentes de resistencia) masiva, y su imaginación constituyente no sea ya hegemónica. Por lo que respecta al poder constituyente, su eficacia deviene evidente solo cuando él mismo sea consistentemente implantado en un proceso irreversible de transformación de las formas de vida y de afirmación de los deseos de liberación.

Sin embargo, desde un punto de vista que no privilegia la separación de los distintos componentes del contrapoder, sino que exalta su conexión, se puede tener efectos ambiguos o incluso negativos. Es el caso de cuando se considera al contrapoder en la dimensión temporal, y desde una perspectiva muy cercana: entonces, el nexo entre resistencia, actividad insurreccional y poder constituyente puede ser descripto en una dialéctica de inmediatez, en la que cada momento particular (y las actividades, las funciones y las determinaciones del contrapoder) se hace incomprensible, no ejecutable. Es, en general, cuando nos encontramos en las que la organización (y la reflexión) está subordinada a la espontaneidad de los movimientos. Estos «impasses» pueden ser descritos, a menudo, como desastres. La noche en que todos los gatos son pardos habilita el delirio.

Cuando resistencia, insurrección y poder constituyente son vividos (inmediatamente) en un tiempo compacto y sin articulaciones, «el alma bella» triunfa sobre el pensamiento crítico y la operatividad concreta es ingenuamente embrutecida por el entusiasmo. Maquiavelo relata la revuelta contra los Médici realizada por los Boscoli –revuelta humanista, muy generosa (él mismo fue, sino partícipe, sin duda arrastrado por ella)– y nos dice, entonces, cómo no se pueden aceptar experiencias de contrapoder tan aventuradas y desastrosamente ineficaces porque están atrapadas en un tiempo y en una pasión sin reflexión.

III

No es solo esta distinción de la temporalidad lo que destruye la eficacia del contrapoder y quizás su misma definición: puede tener lugar también una deformación del espacio sobre el cual el contrapoder se ejerce y se desarrolla. Para esclarecer este punto debemos retornar a la definición de base del contrapoder, tratando de enriquecerla.

Ahora la resistencia tiene –en el proceso general del contrapoder– una función principal, que es la de desestructurar el poder enemigo. Es un trabajo difícil, un escarbar continuo, una puesta en crisis de cada una de las relaciones y de los singulares compromisos/manipulaciones, que en cada lugar del espacio social constituyen el conjunto del mando. Micropoderes contrapuestos están en juego: desequilibrar su impacto es sabotear el eventual acuerdo que permitiría insertar los elementos de ruptura en la estructura global del sistema; esta es una tarea de la resistencia. Cuanto más masiva, más eficaz será la obra de destrucción, de vaciamiento de significado de las mediaciones y de las reconstrucciones institucionales y, por lo tanto, más potente será la acción de resistencia. Por lo que respecta a la actividad insurreccional, la misma tiene la tarea de bloquear la reacción del poder existente y obligarlo a la defensiva. (Quisiera decir aquí que aún si la actividad insurreccional no alcanza inmediatamente un fin/objetivo central es, de todas maneras, útil: ella, de hecho, puede impedir al poder constituido reparar los daños que la resistencia determina –y continúa determinando– sobre su estructura. El frente enemigo es, de esta manera, dañado aún más).
Cuando se analiza el poder capitalista (que es el enemigo hoy) se advierte que el mismo, por un lado, estructura continuamente la vida y la sociedad, y por el otro interviene con puntualidad para estabilizar su dominio. El poder capitalista, entonces, articula estrechamente, por un lado, la estructuración de la vida y de la producción y, por el otro, las garantías necesarias para su reproducción.

El contrapoder para ejercitarse y ser eficaz debe, entonces, ser doble: por un lado, escarbar, desmantelar continuamente, minar la estructura social del poder y, por el otro, intervenir de manera ofensiva sobre/contra las operaciones de desestabilización que el poder realiza permanentemente, y que constituyen lo específico de su capacidad de Gobierno. Al «contrapoder» que desestructura, debe corresponder un «contragobierno» que desestabiliza. En tercer lugar, está la acción del poder constituyente. Ella es la que ensancha –sobre todo en el terreno del poder y en contra del mismo– la imaginación alternativa: es pensar, todos juntos, el porvenir como potencia de la multitud, como una nueva forma de producción y de reproducción de la vida y de lucha contra la muerte. Esta imaginación debe vivir en la resistencia y en la experiencia militante de la insurrección, así como las actividades de la resistencia y de la insurrección alimentan y renuevan la imaginación constituyente.

Pero volvamos ahora a la cuestión desde la que arrancamos, o sea a la posibilidad que el poder tenía de reterritorializar (y por ello de mantener en un espacio cerrado y, eventualmente, de neutralizar) a la fuerza del contrapoder, cuando este no se presenta en la plena articulación de sus funciones y dislocaciones. La cuestión, a nuestro entender, es del todo comprensible ni la resistencia ni las actividades insurreccionales, ni la potencia constituyente, de hecho, podrán evitar maniobras de recuperación y castración si no se desarrollan en un dispositivo estratégico.

Hay, por otra parte, una gran tradición del poder capitalista que garantiza su eficacia en la reabsorción y neutralización del contrapoder: es la tradición de la constitucionalidad. La reabsorción del contrapoder, de hecho, se transforma en la constitucionalidad posible porque resistencia, insurrección y poder constituyente son reducidos de esta forma a simples pretensiones jurídicas y, así configurados, como elementos dialécticos, partícipes de la síntesis democrática del sistema. En la constitucionalidad, el contrapoder es territorializado, encerrado en un espacio ya organizado por un principio único de mando, o sea, de explotación y jerarquía.
¡Pero el contrapoder es lo contrario de todo esto!

IV

Para ligar al concepto con la práctica del contrapoder en la cambiante complejidad de sus figuras y en la originalidad de su potencia, ahora debemos insistir sobre otro punto: el hecho de que el contrapoder de masas y el poder constituido no son homologables.

En Spinoza, en su teoría política, la imposibilidad de homologar poder y contrapoder está expresada en forma fuerte y evidente. De hecho, Spinoza conjuga, una vez más, la teoría clásica de las formas de Gobierno: el Gobierno de uno, o sea la monarquía; el Gobierno de pocos, o sea la aristocracia, y el Gobierno de las multitudes, o sea la democracia pero, al lado de democracia agrega «absoluta» –es decir «democracia absoluta»–. Por lo tanto, una forma de Gobierno porque la multitud, cuando ejerce poder de mando sobre sí misma, supera todas las otras formas de existencia social organizadas, no se presenta como teoría política de una determinación, sino del ser sin determinaciones y es absoluta en todos lados y sin limitaciones. Entonces, es perfectamente pensable una forma de poder que no tenga nada que ver con el poder monárquico o con el aristocrático, nada que ver con el poder democrático, en la medida en que este todavía represente una de las figuras del poder y no sea función de la potencia de la multitud.

Para decirlo en términos aún más claros: es necesario que la actividad de contrapoder no tenga como objetivo la sustitución del poder existente. Ella debe proponer, al contrario, formas y expresiones distintas de libertad de las masas. Si nosotros queremos definir el contrapoder, dentro y contra las actuales formas postmodernas de poder, debemos insistir de manera continua y fuerte en el hecho de que, por medio del contrapoder, nosotros no queremos conquistar y hacernos del viejo poder, sino desarrollar una nueva potencia de vida, de organización y de producción. El contrapoder no conoce ni telos ni aufhebung: no repite el desarrollo de esencias preconcebidas, sino que simplemente vive y produce vida.

V

En la tradición del movimiento obrero y comunista, el contrapoder, fue un concepto que funcionó en términos muy ambiguos, pues sirvió para usos muy distintos.

En Marx existe una teleología del contrapoder proletario que funciona tanto sobre la coordenada temporal del desarrollo (el comunismo es necesario) como sobre la coordenada espacial (es en la perspectiva de la mundialización del capital y de la construcción del mercado mundial que se impone la revolución). En Lenin, mientras que la tendencia espacial del contrapoder se muestra todavía como necesaria e indefinida, el tiempo, el momento del ejercicio revolucionario del contrapoder asume una importancia esencial: es sobre el instante, sobre la ocasión, sobre el punto débil de la cadena de la explotación capitalista que el proyecto revolucionario aprende el kairos e innova la historia.

En contraposición, Rosa Luxemburgo, queda encerrada en una fuerte teleología temporal (la revolución necesaria), pero identifica en el límite del mercado capitalista o sea en la marginalidad espacial, la ocasión de crisis para hacer despegar el proceso revolucionario. Para Lenin, el imperialismo es el punto más alto del desarrollo capitalista y, por tanto, el punto donde la clase obrera puede ser más fuerte, y es ahí donde, se lo debe derribar de un solo golpe. En cambio, para Rosa Luxemburgo el imperialismo deja al descubierto los puntos más débiles, más abiertos y más críticos del desarrollo capitalista –y aquí es posible comenzar la construcción de la resistencia y la insurrección– impulsando, de esta manera, al poder constituyente y la revolución hacia el centro de mando, en un avanzar destructivo a través del sistema enemigo. Por último, los anarquistas: ellos siempre rechazaron la definición de un tiempo y un espacio como momentos privilegiados de la insurrección; ellos viven en el caos del mundo de la explotación, creando imágenes que aluden a la destrucción de sus instituciones (algunas veces de forma muy rica, baste recordar la hipótesis de «extinción del Estado» introducida por ellos en la teoría política de la revolución), y piensan que existen uno o mil espacios y tiempos de revuelta. Lástima que la concepción anarquista no preste atención a la homologación con el estado de forma que reproduce en su concepto de insurrección, y en el de muerte del Estado, un perfil revolucionario terriblemente vacío de propuestas y lleno de resentimiento.

Evidentemente, podríamos continuar describiendo estas ideologías. Pero mucho más importante es subrayar que la incapacidad de dar al concepto de contrapoder una figura no homologable al de poder constituido se debe, sobre todo, a un presupuesto implícito, que es la homología, latente del modelo económico que está por detrás tanto del pensamiento y la práctica del poder, cuanto del pensamiento y la práctica del contrapoder: el modelo de desarrollo capitalista. Es esto lo que determina, junto a la homologación y junto a la unicidad del concepto, la teleología y la identidad de los planes estratégicos, a pesar de la diferencia extrema de las medidas tácticas, y a pesar del total enfrentamiento. Porque el modelo capitalista es dealéctico.

VI

¿Qué definición hay que asignar, a esta altura, al «contrapoder»? Hay una ontológica: consiste en insistir sobre el hecho de que la resistencia y las actividades insurreccionales representan poderes constituyentes, latentes, pero activos, y en mayor medida cuando el control de los movimientos (la adquisición de eficacia del control imperial sobre la fuerza de trabajo, sobre su dinámica y sus desplazamientos) deviene global. Es muy cierto que las luchas ya no logran establecer una comunicación entre ellas, y que si lo logran es sobre un terreno ideológico más que político (desde la Intifada palestina a la revuelta de Los Angeles, desde las huelgas francesas del año 95 a Chiapas, desde la revuelta de Indonesia y Corea del Sur, al movimiento de los Sin Tierra). Sin embargo, las luchas como peligro extremo y potente, están siempre presentes, asechando obsesivamente, a las definiciones capitalistas del desarrollo. La garantía política del desarrollo capitalista debe responder a este desafío. El Estado aún en la fase imperial está organizado para controlar y reprimir al contrapoder. Se entiende, entonces, por qué el «capital colectivo», global, decidió llamar «pueblos de Seattle» a aquellos contrapoderes fuertes y duros que en todos los rincones de la tierra se presentan sobre la faz de la historia, orgullosas y justas: para desarmarlos, como si fueran reivindicaciones de derechos y no expresiones de potencia. No, no son los iconos de Pope Gapon ahora levantados en Seattle, como ya lo fueron en aquel siglo de la revolución y de la lucha de clases del que acabamos de salir; con seguridad no son estos símbolos los que podrán bloquear la fuerza de transformación ontológica que emana del contrapoder. Ella adquiere más capacidad de influir en la estructura de relaciones de fuerza, en la medida en que el régimen capitalista es cada vez mas identificado con la figura de la «corrupción», con esa crisis omnipresente y delirante que sigue a la caída de todo criterio de medida, de todo signo real de valor en la construcción del mercado mundial y del mando imperial. Aquí postfordismo, imperio, liberalismo y globalización y postmodernidad, comienzan a coincidir En este cuadro, entonces, el contrapoder es la única fuerza que (exalta) la representación de la realidad. La ontología está movida por su viento. La historia del mundo es su expresión. La revolución es quizás su desembocadura.

VII

¿Qué puede significar contrapoder en la sociedad de la globalización imperial? Es difícil imaginar un contrapoder que pueda alcanzar eficacia sobre base nacional, o sea, en los límites de esos Estados-nación que el poder imperial está incluyendo en su dialéctica de control estratégico. Por otro lado, el poder imperial trata de institucionalizar, o sea de incluir y controlar, los fenómenos más consistentes de resistencia que tienen lugar en la superficie del planeta. El parcial reconocimiento del «pueblo de Seattle» o de las ONG más importantes, entra en esta dinámica de relativa constitucionalización de una nueva «sociedad civil» ¡qué mistificaciones! Un verdadero contrapoder, hoy, tendrá, entonces, que evitar, por un lado, moverse en un ámbito puramente nacional; y, por otro, ser absorbido en las redes del nuevo constitucionalismo imperial. ¿Cómo moverse, entonces?

Para contestar a esta pregunta es aconsejable reflexionar sobre algunas experiencias que, si bien no ofrecen certezas, nos pueden indicar algunos caminos a seguir para construir contrapoder hoy. La primera experiencia es aquella (válida desde siempre) de construir resistencia desde abajo, a partir de radicarse en las realidades sociales productivas. O sea, se trata de continuar, por medio de una militancia resistente, la desestructuración del poder dominante, en los lugares donde este se acumula, se concentra, y desde donde proclama su hegemonía. Resistir desde abajo significa ampliar en la resistencia las redes del saber y del accionar «comunes» en contra de la privatización del mando y de la riqueza. Significa romper las líneas duras de la explotación y de la exclusión. Significa construir lenguajes comunes en los que la alternativa, de una vida libre y de la lucha contra la muerte, se muestren ganadores. Hay luchas que en las últimas décadas mostraron estos objetivos, y un movimiento multitudinario radicalmente dedicado a estos fines: la lucha parisina del invierno de 1995 fue, desde este punto de vista, ejemplar. Pero, para adquirir carácter de estratégicas, estas luchas necesitan encontrar una conexión mundial, una dimensión de circulación global. Necesitan ser sostenidas por potencias materiales, del tipo de una fuerza de trabajo que se mueve por medio de rutas de emigración cultural y de trabajo, materiales y no materiales, por un éxodo cosmopolita potente y radical. Al poder imperial hay que oponer un contrapoder a nivel de imperio.

Es extraño, pero interesante y extremadamente estimulante, recordar que el Che había tenido la intuición de lo que ahora estamos diciendo. Esto es que el internacionalismo proletario tenía que ser transformado en un gran (mestizaje) político y físico, que uniera lo que en ese momento eran las naciones, hoy multitudes, en una única lucha de liberación.

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Antonio Negri

También conocido como Toni Negri (Padua, Italia, 1 de agosto de 1933) es un filósofo y pensador postmarxista italiano, conocido por ser el coautor de la obra Imperio, así como por sus trabajos alrededor de la figura de Spinoza.

Fundó el grupo político Potere Operaio en 1969, siendo a la vez uno de los principales miembros del movimiento autónomo Autonomia Operaia. Fue acusado a finales de los años 1970 de diversos cargos, entre ellos, de ser miembro del grupo Brigadas Rojas (Brigate Rosse o BR), involucrándolo en el asesinato del dos veces Primer Ministro de Italia Aldo Moro, en el año 1978. Fue acusado de varios cargos, entre ellos asociación ilícita e insurrección contra el Estado, y condenado por su participación en dos atentados.

Huyó a Francia, donde, protegido por la doctrina Mitterrand, se convirtió en profesor en la Universidad de Vincennes y en el Collège International de Philosophie, junto con Jacques Derrida, Michel Foucault y Gilles Deleuze. En 1997, después de alcanzar un acuerdo con el fiscal, que redujo su tiempo en prisión de 30 a 13 años, regresó a Italia para finalizar su condena. Muchos de sus libros más influyentes fueron publicados mientras estaba en la cárcel. Posteriormente residió entre Venecia y París con su compañera, la filósofa francesa Judith Revel.


Nota: