Formar ciudadanos virtuosos para la política

De la ética a la ética pública

Oscar Diego Bautista
Publicado en Diciembre 2019 en La Migraña 33
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Introducción

La ética pública está inmersa en la actividad cotidiana de la vida política, en la operación de los gobiernos así como en el día a día de las diversas operaciones que se realizan en el conjunto de instituciones que integran la administración pública. Sin embargo, es un área de conocimiento poco conocida, incluso entre los mismos servidores públicos.

De ahí la necesidad de contar con un trabajo que introduzca en la comprensión de la ética pública no sin antes partir de algunos elementos básicos que acompañan a la ética: su definición, su objeto de estudio, la tipología de vicios y virtudes, sus diferencias o similitudes con la moral, los géneros de vida, los niveles de desarrollo moral, así como dilemas éticos de la vida cotidiana. Una vez revisados dichos elementos se da paso a la demostración de la estrecha vinculación que mantiene la ética con la vida pública, es decir, con la política.

Una vez revisados dichos elementos se podrá comprender con mayor claridad la importancia de contar con individuos que interioricen valores, que posean ética. En la antigüedad greco-latina se les denominaba ciudadanos virtuosos cuya participación se vinculaba estrechamente con la política. Actualmente es necesario retomar la idea de formar ciudadanos virtuosos ya que de la ciudadanía emergen los cuadros para ocupar los cargos públicos. En la medida en que contemos con individuos con un perfil idóneo acompañado de valores, será posible mejorar el rumbo de las sociedades corruptas.

Antecedentes

En Occidente, fueron los antiguos griegos los primeros en hablar y escribir de ética. La primera obra escrita sobre el tema, “Ética Nicomaquea” o “Ética a Nicomaco”, tiene como autor a Aristóteles, en el siglo IV antes de Cristo. También existen otras dos obras sobre ética asignadas al autor como son la “Ética Eudemiana” y la “Magna moral”. En la primera, Aristóteles afirma que todo aquel interesado por las cuestiones políticas debe conocer la naturaleza del hombre, sus diferentes caracteres y formas de conducta, conocimientos que corresponden precisamente al objeto de estudio de la ética, la que, de alguna manera como este autor señaló, “no es más que una parte del saber de la ciencia política» (Ética Nicomaquea, 1094b), por lo que se convierte en una herramienta poderosa de la que se vale todo Estado que se preocupa por la formación de sus gobernantes.

Si bien Aristóteles fue el primero en escribir sobre ética no fue el primero en hablar de ella, él mismo reconoce que lo que escribe no es sino una recopilación de lo ya dicho por otros sabios y filósofos que le precedieron. Por tanto, los antiguos sabios que enseñaron y escribieron sobre ética fueron quienes definieron qué acciones en el ser humano son consideradas como virtudes y cuáles como vicios, y lo hicieron con fundamento en el estudio profundo de las diferentes actitudes de la naturaleza humana. Tanto la ética como la filosofía son disciplinas del conocimiento que proceden de las antiguas civilizaciones.

Definiendo la ética

Una primera definición señala que la ética es la “morada” o “lugar donde se habita”. Es el refugio de toda persona, la fortaleza inexpugnable del ser humano.

La académica de la UNAM, Juliana González, explica esta definición al escribir:

Se sabe que, en su origen más arcaico, ethos significó “morada” o “guarida” de los animales, y que sólo más tarde, por extensión, se refería al ámbito humano, conservando, del algún modo, ese primigenio sentido de “lugar de resguardo”, de refugio o protección; de “espacio” vital seguro, a cubierto de la “intemperie” y en el cual se acostumbra “habitar”. El sentido “habitar” o “morar” está ciertamente entrañado en el ethos humano: remite a la idea esencial de “morada interior”. El ethos es “lugar” humano de “seguridad” existencial. Aunque también o significativo es que se trate de un lugar acostumbrado, habitual, familiar. De ahí que ethos signifique también costumbre, uso. Remite a una forma habitual de comportamiento. Y de ahí también su asociación al término casi idéntico que significa expresamente hábito o costumbre (González, 1996, 10).
Desde el punto de vista etimológico, el vocablo “ethiké-ética” procede del griego ethos, que significa “hábito”, “costumbre” o “carácter”. “De suerte que ética se refiere al modo de ser o carácter que las personas van forjándose a lo largo de su vida” (Cortina, 1998, 25).

Con fundamento en la definición etimológica, la ética es la disciplina del conocimiento que estudia las actitudes, los hábitos y las costumbres del ser humano. De esta manera, cada acto en el comportamiento del individuo tiene un nombre. La ética estudia la manera de conducirse del género humano, sistematizando dichos actos y definiendo formas deseables de actuación. En palabras del filósofo Fernando Savater:

A diferencia de otros seres vivos e inanimados, los hombres (…) podemos optar por lo que parece bueno, es decir, conveniente para nosotros, frente a lo que nos parece malo e inconveniente. Y como podemos equivocarnos (…) parece prudente fijarnos bien en lo que hacemos y procurar adquirir un cierto saber vivir que nos permita acertar. A ese saber vivir, o arte de vivir, es a lo que llaman ética (Savater, 2002, 31).

Tipología de los actos humanos:
vicios, virtudes y justo medio

Una vez conocidas las formas de comportamiento, la ética las clasifica. Por un lado, en aquellos actos que son positivos o convenientes al ser humano en tanto que no perjudican ni a uno mismo ni a otro, por el contrario, benefician a los semejantes; son ejemplos: la justicia, la libertad, el honor o la prudencia, a los que se denomina virtudes. Por otro lado se encuentran aquellos que son negativos o inconvenientes porque perjudican tanto al que los realiza como al que los recibe, denominándose vicios. Entre ellos se encuentran la injusticia, el despotismo, la traición o la imprudencia.

Virtudes

Para Aristóteles, “la virtud de un hombre es un bien digno de honra porque, gracias a ella, viene el hombre a ser honesto o bueno” (Aristóteles, Gran ética, 36). Es la virtud la potencia específica que el hombre tiene de afirmar su propia excelencia, es decir, su humanidad. Para el filósofo francés, André Compte-Sponville, la virtud:

Es una forma de ser pero adquirida y duradera: es lo que nosotros somos porque hemos llegado a serlo. Es nuestra forma de ser y de actuar humanamente, es decir, nuestra capacidad de actuar bien. No hay nada tan bello y tan legítimo como que el hombre actúe correctamente (Compte-Sponville, 2005,14).

La virtud es una fuerza que actúa o que puede actuar. Así, la virtud de un hombre es querer y actuar humanamente. Virtud, en el sentido general, es potencia y en el sentido particular, humana potencia o potencia de humanidad.

La virtud es una disposición adquirida para hacer el bien y este sólo existe en las acciones buenas y en las buenas intenciones designadas por la tradición con el nombre de excelencias. Y la excelencia propia del hombre es la vida racional, de manera que los actos de los individuos virtuosos se hayan regidos por la recta razón.

En definitiva, las virtudes, para serlo, han de estar encarnadas en la medida de lo posible, vividas en acto.

Una identificación de las principales virtudes señaladas por Aristóteles en su obra sobre ética son las siguientes: amabilidad, cordialidad, amistad, autoridad, capacidad, compromiso, fortaleza, generosidad, honor, humildad, jovialidad o buen humor, justicia, lealtad, libertad, magnanimidad, magnificencia, moderación, paciencia, prudencia, respeto, sabiduría, sinceridad, sobriedad, templanza, valor, veracidad o franqueza (Ética Nicomaquea, Libros II, III, IV y V).

En suma, para Aristóteles, “La mejor forma de vida, sea para el individuo, sea para los Estados, es decir, particular o colectivamente, es la vida unida a la virtud” (Ética Nicomaquea, 1324a ).

Vicios

Lo contrario a la virtud es el vicio, la disposición a hacer el mal. Respecto a los dos tipos de actitudes (vicios y virtudes), ya desde la Grecia Clásica se señaló que las virtudes son mejores aunque son más difíciles de alcanzar, por eso la mayoría de las personas se inclina por los vicios. Aristóteles escribió que “Por naturaleza somos más inclinados a la intemperancia y deshonestidad que no a la modestia” (Aristóteles, Gran Ética, 56).

La ética muestra que cuando un individuo actúa bajo la influencia de algún vicio se encuentra en estado “pasivo”. Permanecer en este estado implica conducirse sin entendimiento ni razón, movido por el influjo de la pasión. El concepto “pasión”, que es lo contrario a la acción, aplicado al ser humano significa: “Un estado inactivo del sujeto” (RAE, 2012). Esta situación de inactividad, de pasividad, la desarrolla Platón en la Alegoría de la Caverna mostrando, por un lado, a aquellos que viven en la oscuridad, en la caverna sumergidos en la ignorancia, en la ceguera, y por otro, a aquellos que salen de la caverna y logran ver la luz. En este mismo sentido Aristóteles habla de los que viven “dormidos” y los que están “despiertos.”

Una segunda definición que la Real Academia Española ofrece del término pasión es la de: “perturbación desordenada de ánimo” (RAE, 2012). Cuando no hay razón hay pasión, entendida como un estado que mueve al hombre sin deliberación. Una pasión arrastra, desquicia, esclaviza. Las pasiones mueven al ser humano sin tomar en cuenta su voluntad. Todo lo que no se hace de manera libre y deliberada se hace con pasión.

Algunos de los vicios más comunes en la conducta del ser humano son: la ambición, la ira, la adulación, la indiferencia, la cobardía, la envidia, la malevolencia, la vulgaridad o mal gusto, el desenfreno, la insensibilidad, la mentira, la jactancia, la desvergüenza, la pereza, el robo o la injusticia.

Justo medio

Es de señalar que los vicios tienen dos polos o extremos en tanto que las virtudes constituyen el equilibrio moderado entre dichos extremos, también conocido como justo medio.

La virtud es una disposición a actuar de manera deliberada, consistente en una mediedad relativa a nosotros, determinada por la razón y del modo en que la determinaría el hombre prudente. Es una mediedad entre dos vicios, uno por exceso y otro por defecto (Aristóteles, Ética Nicomaquea, Libro II, 1107a ).

Para una mayor comprensión de lo que es el Justo medio a continuación se exponen algunos ejemplos:

a)Respecto al uso que el ser humano hace del dinero, en un extremo se encuentra el avaro quien anhela acumular y acumular, y en el otro se halla el pródigo que derrocha sus recursos. El equilibrio entre ambos, el “justo medio”, es en este caso aquel que hace uso del dinero con quien debe, cuanto debe, como debe y donde debe, y a ese individuo antaño se le llamó liberal.

b) En relación al carácter, aquel a quien todo molesta y se encuentra constantemente de mal humor es el irascible; su opuesto es aquel que nunca se molesta y se le denomina anirascible; el justo medio entre ambos es el apacible.

c) En el campo de los placeres, en un extremo está el desenfrenado o intemperante; su opuesto es el insensible o frío, es decir, el que no siente placer alguno; el justo medio se encuentra en el sobrio, moderado o templado.

El siguiente cuadro concentra los diversos comportamientos del ser humano clasificados en virtudes y vicios.

Libertad de elegir

La práctica de las virtudes es lo que en ética se denomina “el bien”, mientras que “el mal” es la práctica de los vicios. En la medida en que la persona comprende cada uno de sus actos, su conciencia despierta y se forma. Gracias a ella el hombre adquiere la posibilidad de elegir lo que considera más acertado bajo su responsabilidad. Y la disciplina que nos proporciona ese conocimiento es la ética.

De modo que ciertas cosas nos convienen y a lo que nos conviene solemos llamarlo bueno porque nos sienta bien; otras, en cambio, nos sientan mal y a todo eso lo llamamos malo. Saber lo que nos conviene, es decir, distinguir entre lo bueno y lo malo, es un conocimiento que todos intentamos adquirir (…)” (Savater, 2002, 21).

En esta lógica de hacer el bien o el mal, se percibe en el ser humano una ambigüedad, pues, por un lado, este puede llegar a realizar actos maravillosos o asombrosos, pero, por otro, actos aterradores. Ante esta dualidad, la académica Juliana González se pregunta qué es lo propiamente humano.

“Lo humano” parece estar cifrado en esa indefinición y ambigüedad originarias del hombre y ese poder proteico que le permite realizar múltiples posibilidades existenciales. Y así comprendida, la humanitas, ciertamente, está por igual en todos los rostros del hombre, buenos y malos, nobles e innobles, apolíneos y dionisiacos, y tan “humana” es, por tanto, la “virtud” como el “vicio” (González, 1996, 21).

La ética muestra los distintos comportamientos existentes en el ser humano, los diferentes caminos para actuar, ya sea de manera correcta o errónea. Enseña que se encuentra en poder de cada individuo hacer lo conveniente o lo nocivo:

Tanto la virtud como el vicio están en nuestro poder. En efecto, siempre que está en nuestro poder el hacer, lo esta también el no hacer, y siempre que está en nuestro poder el no, lo está el sí, de modo que si está en nuestro poder el obrar cuando es bello, lo estará también cuando es vergonzoso, y si está en nuestro poder el no obrar cuando es bello, lo estará, asimismo, el no obrar cuando es vergonzoso (Aristóteles, Gran ética, 72).

Un ejemplo real que demuestra que, efectivamente, reside en cada persona reaccionar de una manera o de otra ante cada situación es el señalado por Víctor Frankl, refiriéndose a las diferentes actitudes que adoptaban los hombres encerrados en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial.

El ser humano no es un objeto más entre otros objetos; las cosas se determinan unas a otras, pero el hombre, en última instancia, es su propio determinante. Lo que alcance a ser –considerando el realismo de la limitación de sus capacidades y de su entorno- lo ha de construir por sí mismo. En los campos de concentración, en aquel laboratorio vivo, en aquel banco de pruebas, comprobamos y fuimos testigos de la actitud de nuestros camaradas: mientras unos actuaron como cerdos otros se comportaron como santos. El hombre goza de ambas potencialidades: de sus decisiones, y no tanto de las condiciones, según cuál de las dos pone en juego (Frankl, 2004, 153).

El mismo autor señala que “Cada hombre, aún bajo unas condiciones trágicas, guarda la libertad interior de decidir quién quiere ser – espiritual y mentalmente-, porque incluso en esas circunstancias es capaz de conservar la dignidad de seguir siendo un ser humano” (Frankl, 2004, 91). Y concluye, preguntándose: “¿Quién es, en realidad el hombre?”, para inmediatamente responder: “Es el ser que siempre decide lo que es” (Frankl, 2004, 110).

Objetivo de la ética

El objeto principal de la ética es lograr una “vida activa” en la que el individuo desarrolle una conducta basada en la libertad y la responsabilidad orientadas a la realización del bien mediante el cumplimiento del deber. Estar en acto significa que el individuo domina los deseos conforme a la recta razón.

Cuando se ha logrado que un individuo posea ética, esto le permite, como afirma Fernando Savater, “apostar a favor de la vida” (Savater, 2002, 144) ya que la ética ofrece un conocimiento para saber vivir o arte de vivir que permite que el individuo se mejore a sí mismo.

El objetivo de la ética es lograr que el individuo tenga una vida buena. Dicha vida buena se refiere a vivir mejor entre los humanos. Por lo tanto, la ética no es más que un intento racional de averiguar cómo vivir mejor, logrando que el individuo alcance el bien mediante la práctica de las virtudes. En suma, lo que a la ética le interesa es cómo vivir bien la vida humana.

Principios éticos

Un principio es una causa primera que guía el actuar de una persona. Es un pilar en la conducta del individuo. Por ejemplo, cuando un individuo realiza actos desmesurados en torno a la acumulación de dinero, su principio es la avaricia, en tanto que si comparte sus bienes auxiliando al semejante su principio es la generosidad. Estos ejemplos responden a dos casos opuestos; el primero, a una pasión por el dinero y el segundo a una disposición por compartir. Dependiendo de los principios que adopte una persona su conducta será para bien o para mal. De esta manera, seguir el camino de la virtud o del vicio es un acto voluntario.

Cuando los principios se asocian a las virtudes éticas, se establece un compromiso por lo público como resultado de la conveniencia social del ser humano. En toda norma ética hay una deliberación previa, seguida de una decisión sobre lo que se considera conveniente. “Los mandatos de moralidad prescriben realizar determinadas acciones porque humanizan y evitar otras porque deshumanizan” (Cortina, 1998, 72).

Cuando se formula una proposición que sirve de guía a la acción y se adopta se está adquiriendo un principio. Algunas de las expresiones más comunes en la sociedad que conllevan principios positivos son:

  • “Honra a tus padres”
  • “Respeta a los mayores”
  • “No hagas a otros lo que no quieres que te hagan a ti”
  • “Trata como quieras ser tratado”
  • “Da ejemplo de cosas buenas”
  • “Haz el bien”
  • “Ayuda al necesitado”
  • “Sirve a tu comunidad”

En contraparte, algunas frases que plantean principios negativos son:

  • “Quién no tranza no avanza”
  • “El tiempo es dinero”
  • “No confíes ni en tu sombra”
  • “No me des, ponme dónde hay”
  • “Si te bañas en tina, ¡salpica!”
  • “Nadie aguanta un cañonazo de 50 mil pesos”
  • “Todo el mundo tiene su precio”

Contar con sanos principios es necesario en cualquier proceso de formación y enseñanza. Son el fundamento de cualquier construcción ética, aunque su implantación siempre obtendrá mejor resultado si se acompaña de la convicción, es decir, del convencimiento racional gracias a la deliberación. En palabras de Victoria Camps:

Cuantos más sanos principios asimila una persona más deberes va generando, los cuales no serán impuestos por nadie sino adoptados de manera consciente y voluntaria. Por ello es posible decir que la ética es el tratado de los deberes convenientes al ser humano. Desde el punto de vista de la ética, uno no es libre de hacer lo que le viene en gana, sino de hacer lo que debe hacer (Camps, 1996).

Se entiende que una persona posee ética cuando logra establecer para sí mismo un conjunto de virtudes que se tornan principios bajo los cuales rige su conducta. El ethos del hombre es la tierra fértil de la que brotan todos los actos humanos que dan fundamento a una forma o modo de vida.

Primera y segunda naturaleza

Cuando una persona adquiere el conocimiento ético va moldeando su forma de ser. Aunque los seres humanos nacen con un temperamento innato, lo que se denomina primera naturaleza, que puede resultar difícil de modificar, existe la posibilidad de incorporar nuevos hábitos que permitan a la persona encauzar su comportamiento e ir adquiriendo un nuevo carácter o reconducir el que se tiene; a esto se le denomina segunda naturaleza.

En la medida en que el individuo se sumerge en la ética va forjando su personalidad al elegir unas posibilidades vitales y rechazar otras, siendo entonces que el quehacer ético es un hacerse a sí mismo.

El perfeccionamiento o mejora de uno mismo es la clave de todo progreso ético. No obstante, este proceso no es fácil de lograr porque implica voluntad, esfuerzo, tiempo, comprensión y asimilación de valores, así como constancia para renovarse. En este sentido, conviene recordar una máxima de Confucio que reza “El hombre debe renovarse cada día y después volver a renovarse, renovarse sin descanso y nunca dejar de renovarse” (Yáñez, 2000, 124). En este mismo sentido Adela Cortina señala:

En apropiarse de las mejores posibilidades vitales para forjarse un buen carácter consiste la sabiduría ética, y a esa necesidad originaria de elegirlo llamamos libertad en un sentido básico. Puesto que estamos condenados a ser libres, a tener que elegir, lo más inteligente es hacer buenas elecciones, forjarse un buen carácter, que es a fin de cuentas en lo que consiste ser bueno (Cortina; 1998).

Ética y moral

Como ya se señaló anteriormente, el vocablo ethiké-ética procede del griego ethos, que significa “hábito”, “costumbre” o “carácter”. En tanto que el término latino mos-moris,1Los romanos fueron los primeros en escribir sobre moral, atribuyéndose a Cicerón el empleo por vez primera de esta palabra (siglo I a. c.). del que procede “moral”, significa “hábito”, “costumbre” o “que tiene buenas costumbres”, por lo que desde el punto de vista etimológico las expresiones “ética” y “moral” significan lo mismo.

“De suerte que moral y ética se refieren al modo de ser o carácter que las personas van forjándose a lo largo de su vida” (Cortina, 1998, 25). Así, el rasgo principal que las diferencia es la cultura en la que se originaron. Sin embargo, la disputa sobre el significado de ambos conceptos ha estado presente a lo largo de la historia, existiendo sobre ello diversos enfoques como los siguientes:

  1. Enfoque laicidad-religiosidad. Hay autores que consideran que la moral se refiere a lo religioso y la ética a lo laico. Otros consideran que ambas son parte de la religión o viceversa, es decir, que ambas son laicas. La idea de asociar el término moral al de religión se debe a que el cristianismo, en sus orígenes, retomó el concepto de moral usado por Cicerón. Posteriormente, pensadores cristianos como San Agustín y Santo Tomás de Aquino emplearán en sus obras teológicas los conceptos éticos de virtud y vicio expresados por Platón y Aristóteles. De ahí que para muchos la sola mención de ética o moral les traslade a un contexto religioso.
  2. Enfoque teórico-práctico. Se refiere a que la ética se encuentra en el estudio, análisis y reflexión filosófica y/o académica mientras que la moral se ubica en la parte práctica, operativa o de ejecución. En este caso, la moral no sería otra cosa sino la ética llevada a la práctica.
  3. Enfoque elitista o de clase. Hace referencia a que el concepto de ética se usa más en el ámbito académico mientras que el término moral se emplea en el ejercicio cotidiano del lenguaje.
  4. Enfoque general-particular o público-privado. Considera que la ética establece lineamientos generales que deben ser respetados en el ámbito social mientras que la moral se centra en lineamientos dirigidos exclusivamente a la intimidad personal.

Con el fin de no entrar en discusiones históricas y filosóficas, en las que hasta la fecha no existe un acuerdo general, en este trabajo se utilizarán ambos conceptos como sinónimos.

Los géneros de vida

La ética, al estudiar las actitudes y comportamientos del individuo, establece tres géneros de vida: a) el voluptuoso, b) el político y, c) el contemplativo. En el primer genero, los vicios y deseos gobiernan a la persona. La voluptuosidad consiste en llevar una vida excedida de placeres en la que se está esclavizado a los deseos y pasiones humanas. Este tipo de vida era considerada indigna en la antigüedad y más cercana a lo animal porque la razón humana aún no lograba el dominio de sí. Aristóteles se refirió a ella de la siguiente manera: “Los hombres vulgares se muestran completamente serviles al preferir una vida de bestias” (Ética Nicomaquea 1095 b 19-21). Esta idea se ha repetido de manera generalizada a lo largo de la historia y se sintetiza muy bien en la siguiente frase escrita por el profesor José Antonio Marina: “Desde Platón hasta Bertrand Rusell se ha repetido una metáfora: el cerdo quiere una felicidad de cerdo” (Marina, 1995, 161). Jenofonte, por su parte, señaló: “Los hombres de mejores cualidades naturales, cuando carecen de educación, son los peores” (Memorias IV, I).

El segundo género es el de la vida política. Este tiene como atractivo principal la búsqueda de honores y reconocimiento. La honra pública, para quien es merecedor de honor, lo es por la relevancia e importancia de sus actos. En este género de vida las personas desarrollan el razonamiento. Se gobierna a las pasiones gracias a un esfuerzo permanente y constante de principios éticos y valores educativos. Antiguamente se consideraba que la vida política era un género acompañado de excelsa educación debido a lo cual sólo unos pocos seres podían tener acceso a ella: los individuos buenos. Bajo esta lógica, cuando una persona aprende a vivir políticamente se vuelve dueño y señor de su conducta, actúa siempre en razón del bien común y a ello dedica su vida. En este sentido, el filósofo Marco Aurelio escribió:

En la constitución del hombre el deber preponderante es el bien común; el segundo es no ceder ante las pasiones corporales, porque es propio del movimiento racional e inteligente marcar sus confines y no dejarse vencer por el movimiento sensorial o impulsivo” (Marco Aurelio, Meditaciones, Libro VII).

La vida política es, por tanto, un género acompañado de una educación constante y permanente.

El tercer género de vida es el contemplativo, el cual se refiere a las personas que dedican su vida al conocimiento, a la sabiduría. La frase “conócete a ti mismo”, grabada en el pórtico del templo de Apolo, en Delfos, es una máxima a la que ajustan su vida los individuos pertenecientes a este género de vida.

No obstante, es de señalar, que otros autores de la antigüedad consideraban que sólo había dos géneros de vida. La siguiente cita de Esquilo es prueba de ello:

Paréceles a Zenón y a los filósofos estoicos que le siguen, que hay dos clases de hombres, la de los sabios y la de los ignorantes; que es propio de los sabios practicar las virtudes durante toda la vida, y de los ignorantes practicar los vicios. Por eso, a los unos les corresponde acertar siempre en todas las cosas que emprenden, y a los otros, equivocarse. Y el hombre sabio aprovechando las experiencias de la vida en las cosas que realiza, todo lo hace bien, con sabiduría y templanza y conforme a las demás virtudes; el ignorante por el contrario todo lo hace mal (Esquilo, Églogas, II, 7,11).

Ya sean dos o tres, lo que en el fondo establecen los géneros de vida es que la ética identifica a las personas por su comportamiento y no por su apariencia. Una persona bien presentable, con grados máximos de estudios, puede comportarse como alguien arrogante y despótico, en tanto que una persona sencilla en su aspecto puede haber alcanzado un alto nivel de sabiduría acompañado de una conducta íntegra.

Niveles de desarrollo moral

Una clasificación contemporánea sobre los niveles de ética en el ser humano es la que desarrolla Lawrence Kohlberg bajo el título Teoría del Desarrollo Moral. Este autor profundizó en los estudios acerca del desarrollo moral, completando y ampliando la teoría de Piaget, al sostener que la moral se desarrolla en cada individuo a través de una serie de fases o etapas. Dichas etapas son las mismas para todos los seres humanos y se dan en el mismo orden, creando estructuras que permitirán el paso a etapas posteriores. Con base en sus estudios, Kohlberg afirma que no todos los individuos llegan a alcanzar las etapas superiores de este desarrollo.

La Teoría del Desarrollo Moral establece seis etapas agrupadas en tres niveles de desarrollo:

  1. Nivel preconvencional. En la etapa 1, el individuo no distingue entre el bien y el mal, es movido por las pasiones, busca el placer, huye del dolor, posee un comportamiento brutal, puede violar, matar sin sentir remordimiento. Hay un estado de egocentrismo. En la etapa 2, el individuo comienza a distinguir entre el bien y el mal. Respeta sólo las normas que le interesan. Quiere que otros respeten las normas pero él no. Es un ser egoísta e individualista.
  2. Nivel convencional. En la etapa 3, el individuo comienza a comprender la importancia de ponerse en el lugar del otro. Hay una afección por los seres cercanos. Es capaz de sacrificar sus intereses en círculos pequeños que incluyen a familiares y amigos. En la etapa 4, el individuo se identifica con el sistema social por lo que reconoce las reglas de comportamiento. Respeta el orden, los semáforos, respeta los límites de velocidad, paga sus impuestos, es un buen ciudadano, muestra respeto a la autoridad y acata el orden social.
  3. Nivel postconvencional. En la etapa 5 se encuentra el individuo racional con valores. Este considera que la acción recta es aquella que se ajusta a los derechos generales consensuados por la sociedad. Considera que es posible cambiar y mejorar las leyes. En la etapa 6, las personas ajustan su vida a los principios éticos. Eligen hacer lo recto, respetan al otro, dicen la verdad, no cometen injusticia, luchan contra ella aun en contra de la legalidad. Son seres que ayudan a la humanidad, son capaces de sacrificar su vida por una mejor sociedad sin caer en la violencia. Desde la ética se enfrentan al orden establecido.

El catedrático Manuel Villoria, resume en el siguiente párrafo las etapas señaladas por Erikson sobre el proceso recorrido por un individuo para llegar a la integridad.

Los estudios de Erikson sobre el desarrollo o socialización indican que las personas pasan por ocho etapas antes de llegar a la integridad o equilibrio. La primera comienza con el aprendizaje de la verdad frente a la mentira, sigue 2) por la autonomía frente a la vergüenza, 3) por la iniciativa frente a la culpa, 4) por la productividad frente a la inferioridad, 5) por la identidad frente a la confusión, 6) por la intimidad frente al aislamiento, 7) por la generatividad o asunción de responsabilidades frente a la autoabsorción, y 8) culmina con la integridad frente a la desesperación. Mientras van avanzando van alcanzando niveles superiores de madurez, adquiriendo seguridad en la comprensión de sí mismos, fiabilidad en sus valores y sus habilidades analíticas, y por ello, asumiendo una mayor sofisticación para hacer frente a las complejidades que rodean a los dilemas éticos. Alcanzar un pleno desarrollo humano ayuda a resolver los conflictos éticos y a actuar éticamente” (Villoria, 2000, 47).

La práctica ética

Los tratados de Ética enseñan que cuando las acciones de una persona se acompañan de las virtudes esta se halla en un estado “activo”, el cual implica ser responsable y consciente de cada movimiento o acto a realizar. Estar en acto significa que el sujeto es dueño de la situación, que domina los deseos conforme a la recta razón.

El bien no consiste simplemente en saber cuáles son los deberes fundamentales del hombre y en hacer propias las virtudes éticas sino en aprender a realizar la acción del mejor modo posible. “En tanto que acción, el ethos implica también dinamismo, movimiento; el ethos-hábito no es inerte, sino al contrario, es actividad permanente, libre creación y recreación, libre renovación de sí mismo, desde sí mismo” (González, 1996, 11).

Los principios éticos son una elección para estar en acto día a día en las relaciones con los demás. No se considera buena a una persona con buenas intenciones, sino a quien obra bien, al que hace justicia. Actuar de acuerdo a principios éticos es una cuestión no sólo de deber sino de querer.

La ética es acto, es el reino del hacer, de la acción. Al poseer la capacidad de deliberar, el individuo se cuestiona y medita antes de tomar una decisión. En la medida en que razona sobre si es conveniente o no realizar un acto y elige, se llega a una virtud ética fundamental: la libertad.

De esta manera, todo ser humano es libre de responder de una forma u otra a las distintas situaciones que le salen al paso. Día a día, en el trabajo, en la escuela, en el hogar, toda persona se enfrenta a dilemas éticos aunque a veces no los perciba. Son ejemplos de dilemas éticos:

  1. al subirse a un transporte, pagar o no pagar si se tiene la oportunidad
  2. al hacer un recado para otra persona, devolver o no devolver el dinero sobrante
  3. al llegar tarde al trabajo, registrar la hora exacta o falsearla
  4. en horario laboral, tomarse o no tomarse tiempo para asuntos personales
  5. al ver un compañero de trabajo que realiza prácticas corruptas, encubrirlo o denunciarlo
  6. al escribir una obra, ser el verdadero autor de la misma o plagiar el trabajo de otros
  7. al ser cuestionado por no haber realizado una tarea encomendada, dar una excusa falsa o admitir la negligencia.

En general, un dilema ético se presenta como una elección disyuntiva que lleva al sujeto a una situación conflictiva en la cual se pueden presentar muchos cuestionamientos antes de tomar una decisión. La ética orienta en la resolución de los dilemas, auxilia en el conflicto. Cuando el hombre aprende a identificar las situaciones que son nocivas y las que son benéficas y lo comprende, va creando en su entendimiento una escala de valores sobre aquello que conviene realizar y lo que es preferible evitar. Victoria Camps señala que “Deliberar y decidir es algo intrínseco a la acción específicamente humana. No sólo hay que decidir, sino decidir bien, o lo mejor posible” (Camps, 1996, 170). Cuanto mayor conocimiento ético, mejor uso de la libertad.

Ausencia de la ética

Cuando la ética esta ausente en una persona de inmediato se multiplican los vicios, los antivalores, dando pie a las múltiples prácticas corruptas. Marco Aurelio decía: “¿te parece prudente aumentar el ya crecido número de los malos, de los que poco realmente positivo puedes esperar, y desanimar a la minoría de los mejores, que en cambio tanto pueden hacer por tu buena vida?”

En la novela Frankenstein, de Mary Shelley, la criatura hecha por su inventor declara lo siguiente: “Soy malo porque soy desgraciado”. Cuando se analiza la vida de las personas “malas” que andan por el mundo, es posible decir lo mismo de muchos de ellos: “son malos porque son desgraciados”, porque no son felices, porque son esclavos de la codicia, de la envidia, de la vacuidad, porque no tienen amigos verdaderos, porque no son seres libres.

Resultado del descuido que se ha tenido de la ética en el ámbito público son las distintas actitudes negativas de los servidores públicos. Una de ellas es la corrupción la cual aparece como un rasgo en distintos gobiernos y administraciones públicas al grado de que es posible afirmar que hoy en día es un fenómeno mundial.

Si bien la corrupción ha acompañado al hombre en su historia, es en las últimas décadas del siglo XX cuando los casos conocidos han sido inauditos. Actualmente, la corrupción es evidente lo mismo en países desarrollados como Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Alemania, España como en países en vías de desarrollo tales como Argentina, Chile, Nigeria, República Dominicana. Basta comprobar los índices e informes que cada año publica la ONG Transparencia Internacional para percibir que la corrupción es la principal enfermedad de los gobiernos. Aunque también es importante señalar que a partir de esta época cobra importancia el interés por combatirla mediante distintas maneras, una de ellas: la Ética Pública (Diego, 2011, Vol 1.: 13).

Ética y Política

Todo individuo que en la niñez haya adquirido una adecuada educación acompañada de valores y virtudes éticas estará listo para incorporarse a los diversos espacios o sectores que le ofrece la sociedad. Una clasificación general de dichos espacios incluye: a) El sector público, b) El sector privado y c) El sector social. Es de interés para este trabajo centrar la atención en aquellos individuos que ingresan al sector público y que están vinculados necesariamente con la política.

La política es la disciplina del conocimiento que tiene por objetivo organizar lo mejor posible la convivencia social a fin de vivir de forma armónica con los demás miembros de la comunidad, objeto nada fácil, frente a un mundo cuyos antivalores (individualismo, egoísmo, materialismo) predominan.

Cualquiera que tenga la preocupación de vivir bien, no en el sentido materialista, no puede desentenderse de la política. A lo largo de la historia, en todas las sociedades han existido personas capaces de vivir bien o, por lo menos, empeñadas en colaborar y mejorar la sociedad para vivir mejor, para hacerla más humana, más libre, mas justa y equitativa; individuos que han participado en la vida pública de su Estado.

Así se llega a la ética pública. Este concepto se refiere sencillamente a la ética aplicada y puesta en práctica en el ámbito público. La ética aplicada en los servidores públicos (políticos, diputados, senadores, alcaldes, gobernadores, jueces, magistrados, funcionarios de mandos medios y superiores así como personal operativo) implica plena conciencia de su conducta, la cual se traduce en actos concretos orientados hacía el interés de la ciudadanía.

La ética pública puede entenderse como un hacer colectivo, un proceso en el que la colectividad y los individuos van generando aquellas pautas de conducta y aquel carácter que permiten un mejor desarrollo de la convivencia y una mayor expansión de la autonomía y libertad del ser humano (Villoria: 2000, 19).

La ética pública muestra aquellos principios, valores y virtudes deseables para ser aplicados en la conducta del hombre que se desempeña en la vida pública. Se concibe como un área de conocimiento de contenido universal que orienta hacía un espíritu de servicio público. La ética pública se refiere entonces a los actos realizados por gobernantes y funcionarios públicos en el cumplimiento del deber.

Si los actos se ajustan al conocimiento ético es posible contar con servidores responsables, verídicos, honestos, confiables, eficientes. Dichos comportamiento a su vez puede verse reflejado en la operación de las instituciones al alcanzar las metas y objetivos planteados, al ser eficiente en sus funciones.

El bien que persigue la ética en el ámbito público mediante la práctica de los valores, lejos de ser una abstracción, se materializa en cada acto que realizan las múltiples instancias de la administración pública. Es la suma de miles de decisiones diarias de los funcionarios que laboran en las organizaciones públicas. Cada funcionario se encuentra diariamente con dilemas éticos que unas veces resuelve de manera rutinaria y otras como resultado de una profunda reflexión. Aunque el sentido común alberga principios básicos que permiten conocer lo bueno y lo malo, lo debido y lo nocivo, la vida conduce a situaciones en las que lo bueno no siempre resulta claro o evidente. La respuesta a un conflicto puede ser equivocada si la persona no cuenta con una escala de valores que le permita discernir lo que es correcto de lo que no. En el momento en que el hombre decide y actúa la respuesta puede ser justa o injusta, buena o mala, adecuada o inadecuada. Por eso es importante que los servidores públicos cuenten con un marco de valores que les sirva de guía en sus decisiones. La ética pública da al servidor público un conocimiento que le permite actuar correctamente en cada situación, por difícil que esta sea, al ofrecer criterios para encontrar soluciones adecuadas (Diego, 2009 b, 32).

De esta manera, el fomento de la ética pública en los representantes públicos es esencial porque auxilia en la definición sobre lo que es conveniente o no para la comunidad política. Se refiere a los criterios que debe tomar el servidor público para realizar sus funciones con miras a dar buenos resultados para mejorar la calidad de vida de los representados, es decir, los ciudadanos.

Reflexiones finales

En su naturaleza, el individuo posee inteligencia. Gracias a ella desarrolla el razonamiento, lo que le permite poder elegir, es decir, ejercer su libertad. Gracias a la capacidad de deliberación, el individuo va formando la conciencia hasta alcanzar la comprensión y el entendimiento. La formación de la conciencia proporciona madurez de juicio, entendida esta como el estado de desarrollo completo de una persona.

Dicha madurez hace que el ser humano se incline por adoptar valores y los incorpore como principios en su vida. Dichos principios serán los parámetros alrededor de los cuales girarán sus actos, serán los guias de su comportamiento. Las personas con principios sanos ayudan, enseñan, son verídicos, humildes en su trato, responsables en sus tareas, resuelven problemas y dan resultados en sus trabajos.

Ningún ser humano que haya llegado a un grado de conciencia realizará actos viles. De cometer alguna fechoría o prestarse a realizar alguna acción indebida será porque no ha logrado alcanzar un nivel de dominio sobre sí mismo.

El conocimiento ético asimilado en profundidad genera un proceso de transformación en el interior de la persona que se reflejará en su conducta. Dicho proceso se acompaña de las siguientes fases:

a) reflexión y deliberación
b) adquisición o generación de conciencia
c) distinción entre lo conveniente y lo nocivo
d) adopción de principios sanos
e) adopción de deberes de manera voluntaria
f) actuación de manera íntegra y responsable

En la disciplina ética existe una lógica del bien y del mal, de lo que es honesto, conveniente y debido, en contraposición a lo deshonesto, inconveniente e indebido. Aunque el bien es conveniente, no todos aspiran a él, ni mucho menos lo pueden alcanzar, pues ello supone tener valor, fortaleza y voluntad.

Las virtudes éticas hacen del individuo alguien más humano. Muestran caminos para hacernos mejores por lo que es posible decir que existe una estrecha relación entre humanismo y ética. Al respecto, Juliana González afirma: “El humanismo es ante todo una concepción ética. Lleva implícito un saber profundo del ser humano en el cual cabe fundar el mundo del valor en general y de donde derivan, en particular, unos valores y unos ideales éticos que se distinguen precisamente por estar cifrados en la libertad y la dignidad humanas; cifrados, en suma, en el ethos, en el cumplimiento más fiel del hombre con su “libre destino”, plenamente humanizado” (González, 1996, 17).

El estudio de la ética pública invita a ir más allá, hacía una reflexión profunda, adentrándose en un universo fascinante. En suma, mediante la ética, el individuo puede lograr un nuevo estilo de vida, forjarse un nuevo carácter, lograr el dominio de sí mismo y así, alcanzar el mayor bien del ser humano que es la felicidad.

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Oscar Diego Bautista

Investigador del Centro de Investigación en Ciencias Sociales y Humanidades (CICSyH) de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT).