Gramática, discurso y pedagogía del silencio

Distorsiones del colonialismo

Christian Jiménez Kanahuaty
Publicado en Diciembre 2019 en La Migraña 33
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Sobre las distorsiones se ha escrito mucho. Desde el campo de la música hasta los procesos de lectura. Uno de los aspectos más importantes de los estudios de la música contemporánea rastreados por Simón Reynolds, cuando trabaja el rock o el posrock y las fusiones que los procesos menos orgánicos han producido en las moléculas de los registros musicales y en la forma en que los artistas de rock han afrontado desde finales de los 60 una puesta en escena distinta y una construcción tonal y rítmica capaz de encapsular en su interior distintos instrumentos, distintos artefactos electrónicos y computadoras que permitían distorsionar tanto el sonido del instrumento como la voz; junto a esto se suma lo que ya Mark Costello y David Foster Wallace en el ya clásico libro Ilustres raperos, mostraban cómo una distorsión en la industria musical cuando el rap empezó a construir nuevos significados y puso en tela de juicio entre otras cosas, la condición de autoría y de derechos de autor sobre las pistas musicales sobre las cuales se grababa las voces de los raperos. Pero además, ambos veían en el rap una distorsión de la música dado que atendía a otro momento histórico que también para el caso del rap arrancaba con 1961 y sobre todo con las revueltas de 1968 y toda la larga lucha en procura de la recuperación de los derechos civiles en Estados Unidos por parte de la población negra. Así, la distorsión que uno encuentra en la música también está nutrida en buena parte de una postura política donde se radicaliza el discurso y se construye un nuevo sentido sobre el mundo que aparentemente ya se conoce.

Dentro de esa corriente instalada que piensa el mundo desde sus alteraciones, desde sus distorsiones un ejemplo de proceso de lectura es el que desempeñó hace algunos años Juan Gabriel Vásquez –escritor colombiano– cuando publicó aquel libro de ensayos El arte de la distorsión; en él el autor plantea diversos modos de leer a autores como García Márquez o Conrad y de alguna manera prefigura que la distorsión es un ejercicio de apropiación, de relectura, donde la clave de todo esto es el cambio. Y aquí ya empezamos a entrar en el terreno que nos ha convocado la escritura de este libro o de las partes de este libro, sería mejor de este último modo, es cierto: las partes del libro construyen alteraciones y construyen procesos de lecturas alternativos a la usual interpretación. Construyen o al menos lo intentan, un mapa donde la historia, la memoria y la narración de estas no este anclada ni al poder ni la oficialidad de una escritura, sino a su alteración.

Alterar en este caso es poner las cosas de un modo distintas sin desatender la realidad, pero quizá, ponerla en suspenso. Así, lo que se intenta es decir que el colonialismo ha sido narrado como una historia oficial que ha servido a propósitos políticos, económicos, culturales y sociales a lo largo de la historia en distintos lugares y como ejemplo tenemos los textos clásicos del colonialismo escritos por José Carlos Mariátegui, Franz Fanon, Pablo Gonzáles Casanova, Andrés Guerrero, Rita Segato, María Lugones, Rodolfo Stavenhagen, Gayatri Spivak, Aime Cesaire, Andrés Guerrero, Homi Bhabha, Silvia Rivera Cusicanqui, Antonio Cornejo Polar, Angela Davis, Aníbal Quijano, Luis Tapia, y tantos otros, que han reflexionado el colonialismo como una fuerza motriz de la dominación de unos sobre otros a causa de la distinción y la diferencia racial, cultural, espiritual y económica; pero, el problema del colonialismo es que no se agota en su interpretación ni en su tratamiento desde las políticas públicas para su destrucción y/o superación. El problema que nos plantea el colonialismo es que se distorsiona conforme avanza en la historia porque se enquista en el tiempo y en las prácticas de los sujetos protagónicos o no de la historia.

Y aquí, de nuevo nos metemos con la historia, la historia no es un artefacto sólido y anclado en las repisas de unas determinadas bibliotecas; la historia es un ser, un ente vivo que repta entre distintos espacios y bajo distintas denominaciones: novela, cuento, investigación, decreto, constitución, mapa, son quizá algunas de las maneras en las que la historia ha logrado mutar y convertirse en un artefacto con múltiples sentidos y que intenta conducir las acciones de las personas individuales y colectivas hacia distintos lugares. Cada interpretación histórica conduce a consecuencias políticas, jurídicas, medio ambientales, en suma; constituyente, fundacional. Y cada núcleo de la sociedad que se reclama como fundacional tiene su propia historicidad y su propia forma de narrar la historia. Y ahí la historia usa algo que aparentemente es limpio y neutro: palabras.

Las palabras con las que se narra y reconstruye el colonialismo nos han puesto, por ejemplo, a ver los procesos de colonialismo interno o los procesos de ventriloquismo, o la administración de poblaciones; incluso la colonialidad del poder o la colonialidad del género, y todas ellas aun hoy atienden a la misma faceta de explotación y de construcción de desigualdades sociales que van desde el tachado de la historia de una población por parte de otra, hasta la reducción de los derechos sociales, culturales, políticos de una cultura por otra, pasando por supuesto, por la exterminación sistemática de una raza por otra. Las palabras con las que se nombra han sido polítizadas y luego despolitizadas, se ha pasado de nombrar al otro, como diferente y luego como extranjero, y en ese intento de poner más neutralidad sobre la diferencia segregadora hay también un uso de ya no solo el léxico jurídico adecuado, sino de su distorsión porque se usa al lenguaje para ser menos significativo y abarcativo. Se lo reduce en su diferencia original.

El colonialismo ha logrado distorsionarse y ser incluido en programas políticos, en planes de acción estratégico en cada país ha logrado marcar las políticas migratorias y el uso del lenguaje y del idioma por parte de sectores propios de la academia, pero también ingresados en los sistemas de seguridad internacional; ha logrado convertirse en el rector que cataloga el progreso y el desarrollo o los Estados exitosos y los fallidos. El colonialismo es un ejercicio político también de los medios de comunicación. Y por supuesto, de las redes sociales, de la cultura popular. Y como ya se dijo en la presentación de este libro, el colonialismo se ha naturalizado porque se ha distorsionado, se ha transformado y disfrazado de lo políticamente correcto, de lo jurídicamente aceptable y de lo mediáticamente responsable. Pero hay que poner bajo sospecha esas prácticas que invisibilizan las construcciones pedagógicas del racismo y del sexismo y de la xenofobia. Que al ser construcciones pedagógicas, por supuesto, también consolidan esquemas de pensamiento, momentos en los que cristaliza esta serie de argumentos, una forma de entender y reaccionar frente a la cotidianidad.

En otras palabras, lo que implica este tipo de pedagogía es que ese esquema mental, esa estructura de pensamiento se consolida en el tiempo. Se traspasa de una generación a otra; de esa forma se establece lo válido e inválido dentro del proceso de dominación y dentro, por supuesto, también del marco de la interpelación y la reconstrucción del dialogo como espacio de reconocimiento intersubjetivo. Sin embargo, la estructura mental colonial no permite acercamientos entre los diferentes. No posibilita establecer conexiones entre las tradiciones antagónicas que han construido el universo de lo social. Así como tampoco la falta de un reconocimiento intersubjetivo posibilita la conexión política dentro de una institucionalidad determinada, del mismo modo esa misma actitud construye distintas distorsiones de la historia, donde los de abajo como los de arriba en un acto político reivindicativo, explorativo e identitario se dan a la tarea de escribir la historia y eso conduce a la escritura de la historia de los vencidos y la escritura de la historia de los vencedores: ambas gozan hoy en día de buena salud y son ramificadas y discutidas y sobre ellas se han construido una serie de edificios teóricos, metodológicos, políticos, culturales, que al fin y al cabo amplifican las acciones de organizaciones sociales y de sectores políticos orgánicamente agrupados en partidos políticos. Cada segmento de la historia está atrapada en la distorsión.

Cada segmento de la historia también está siendo distorsionada en su escritura, en los elementos que se usa para escribirla, desde los largos procesos hasta las figuras ejemplares, desde la vida cotidiana hasta la visión de que las naciones se construyen al calor de las guerras y los conflictos, todas y cada una de las interpretaciones posibles, es una distorsión del original, de lo ocurrido y es que al final, nadie conoce de verdad lo que ha ocurrido, las interpretaciones se hayan en el sentido de las palabras que se usan para ella. Pero esas interpretaciones son reacciones políticas situadas desde un contexto. Contexto marcado por una distorsión. La distorsión del lenguaje en este caso es la de menor importancia porque acá el lenguaje solo cumple una función instrumental. Lo que la precede es lo importante dado que es interesante pensar que antes de la escritura está el pensamiento y en ese pensamiento, ya existe un proceso de interpretación (e interpelación) de la realidad y es ahí en ese espacio donde está la distorsión.

Por ello, repensar el colonialismo en este tiempo es importante, quizá no porque debamos discutir si estamos o no en la modernidad o si nunca fuimos modernos o si estamos o no dentro de una condición posmoderna, y ni siquiera, quizá debamos reparar en que todo lo sólido se desvanece en el aire; quizá tan solo haya que prefigurar el futuro no solo como un horizonte de esperanza, sino como un espacia de injusticia social donde es de esperable que los avances tecnológicos sigan su curso, y las desigualdades sociales se profundicen y las inversiones en armas sea mayor que la de educación y que la inversión en seguridad sea mayor que la de salud y que las restricciones migratorias harán que las fronteras ahora ilusorias de momento, sean cada vez más concretas, sólidas y visibles; un mundo unidos virtualmente es un mundo separado materialmente y acá podemos decir que materialmente el colonialismo tiene ventaja porque mientras menos capaces seamos de construir una autonomía a partir de una acumulación material menos importará la libertad y menos interesante se pondrán las propuestas de lo común; es decir, que mientras lo material siga estando en unas cuantas manos el colonialismo continuará ejerciendo su fuerza distorsionada desde todos los espacios posibles que el Estado moderno le haya permitido.

Y dentro de esa práctica, se construye una determinada forma de racionalidad: una razón ya no instrumental, ya no solamente moderna, ya no tan solo neoliberal, sino que es una razón pedagógica. Una razón que ilustra los contenidos. Los contenidos aquí son aquel discurso (aquella narrativa) que acumulada está presente en los medios de comunicación, en las redes sociales, en los textos educativos, en los libros de historia, en las teorías históricas, en las novelas, en las canciones, en la pintura, en el cine, en la publicidad; en aquello que advierte en nuestros sentidos lo originalidad y la posibilidad de cuestionar nuestras certezas; para contrarrestar la duda la razón pedagógica ha marcado o mejor dicho, ha pautado el guion.

Pero regresemos un momento para redondear un poco más la idea: la razón pedagógica del racismo, es en realidad una razón pedagógica culturalmente aceptada, culturalmente reproducida en el tiempo y en las altitudes por donde ha pasado un proceso de independencia, desde Estados Unidos, Nigeria, Gana, Angola, China, Bolivia, Ecuador, e incluso, lugares como Panamá o Australia o Corea del Sur, son lugares donde el colonialismo ha construido unas reglas de juego establecidas por un lado, por aquello que se denominó como patrón oro, luego; por el patrón establecido por el petróleo. Pero mucho antes, por la tráfico de esclavos negros. La siembra, el cultivo agrícola fue la base material de la expansión capitalista, fue la base de la grandeza de algunas naciones y fue justamente el pilar para pensar la nación. La nación en tanto comunidad política, pero también la nación en tanto sentido de pertenencia y acumuladora de historia y de sujetos capaces de ser utilizados para la causa de la modernidad o la industrialización que le dio pie.

Pero hay más: la razón pedagógica del racismo es el sustento de las acciones colonialistas. La pedagogía colonial se enseña en colegios, se administra desde las instituciones estatales desde esquemas normativos como el referente, el estereotipo y el símbolo. Los ejemplos por muy aclarativos y enunciativos que parezcan construyen significados que luego de ser interiozados son reproducidos y al ser reproducidos son aceptados como un conocimiento validado, valido y universal.

Acá hay un punto determinante para entender la distorsión del colonialismo, y es que en su capacidad de distorsionarse, se encuentra también su posibilidad para ser universal. Es decir, construir un discurso que al ser narrado pierde señas de identidad. Se trabaja la colonización y lo colonial en este presente virtualizado, como algo homogéneo y algo contra la cual hay que luchar, pero esa lucha que se propone es más una declaración de principios políticamente acordes al tiempo de las reivindicaciones particulares en las que vivimos, pero no presuponen una postura crítica ni histórica de los efectos y motivos del colonialismo.

Y en ese sentido, lo que resta ya no es pensar las dimensiones del colonialismo en términos políticos o extractivos, interesa que pensemos el colonialismo como un juego de palabras significativos para la organización del mundo. Interesa pensar el colonialismo como una distorsión en nuestra forma de entender el mundo, que en concreto sería más o menos decir, que nos interesa entender cómo es que construimos nuestras relaciones sociales y las relaciones del Estado con las sociedades que lo componen, pero también como cada uno extrae conocimientos específicos de esas relaciones. Y esto es altamente pedagógico, pero también político porque interpela a nuestro modo de pensar y de leer la realidad. Los mecanismos que están por fuera de lo oficial también son una pedagogía, pero una pedagogía olvidada porque no es la pedagogía del oprimido ni la del subalterno, sino que simplemente es una pedagogía olvidada.

Y es que se nos está olvidando nombrar al colonialismo. Hay un agujero negro en la narrativa social e intelectual sobre el presente y la modernización de los Estados.

Esa narrativa olvidada es una pedagogía que estuvo marcando las ciencias sociales desde la década de los 50 hasta los 90; esto es significativo porque es justo en ese momento cuando el embate neoliberal borra de las interpretaciones lo colonial y la colonización y apuntala otro sistema de pensamiento y otro lenguaje. Y aunque existieron experiencias como los estudios subalternos o la escuela decolonial, que intentaron no perder ése horizonte interpretativo ni esas palabras del vocabulario, las razones del neoliberalismo impusieron su normativa y su gramática. Una gramática fácil porque no estaba del todo polítizada y no estaba del todo empañada en sangre ni en experiencias de liberación o revolucionarias; más bien, es aún una gramática creada desde esferas de toma de decisión organizacional tanto estatal como internacional; en otras palabras, la gramática del neoliberalismo es una gramática institucional y no sobre los sujetos. La gramática de la colonización y del colonialismo, pone el acento en los sujetos.

Y la victoria de la gramática pedagógica del olvido acerca del racismo y el colonialismo es que básicamente ha sido interiozado por todos los sectores sociales tanto si están arriba como abajo, por ello, quizá muchas de las respuestas a las crisis políticas y a los conflictos que han derivado en suertes de guerras civiles han sido encausadas por medio de procesos electorales como nuevas elecciones presidenciales, referéndums, o asambleas constituyentes. La vía revolucionaria se ha perdido. Porque el derecho público ha impedido que se fuerce el Estado de derecho; y el derecho privado a tratado la desigualdad social como un asunto de Estado y como un asunto estadístico de redistribución de la riqueza que, en parte, parte de la educación; es decir, que dentro del gran esquema la frase de que si uno es pobre es porque no estudió, se hace grande y cobra sentido para ocultar la diferencia o la segregación. Es lo mismo cuando se postula que los exámenes de ingreso a la universidad medirán capacidades y no conocimientos, cuando en realidad las capacidades instaladas en las personas parten o están. mejor dicho, fundadas en el lugar que ocupan en las relaciones de producción y en el lugar que ocupan en la jerarquía racial.

Sin embargo, esto no es todo porque la pedagogía del olvido sobre el racismo ha generado también un sentido común. Y es justamente el sentido común lo que ha permitido que se opte por vías normativas-electorales cuando la vía revolucionaria estuvo tan cerca en estos últimos 20 años, por ejemplo. en países como Ecuador, Bolivia y Colombia. Y es que el conflicto se lo evita en procura de la razón colonialista. Porque es naturalmente la razón colonialista la que impone un sentido de lo políticamente correcto o de lo que es hoy en día la política, por ello el ciber activismo es la nueva forma en que las nuevas generaciones encuentran para conducir sus ideas, proyectos y propuestas políticas; las calles cada vez más, se encuentran secuestradas por el mercado o mejor dicho, por los mercados, desde los sectores informales de la venta de comestibles, comidas, bebidas, hasta los sectores de venta de bienes y servicios, pero al mismo tiempo la calle como la traducción de los mercados donde también se vende la ilusión de que todo está en orden y que todo está construido desde el Estado; la ciudad por ello es el reflejo de la perspectiva colonial, digamos: desde la arquitectura proyectista colonialista, ya no solo estableciendo lugares como las villas en Brasil o Argentina o los suburbios en Cochabamba o en Quito, sino que esa proyección arquitectónica marca y delimita los espacios por los que puede o no transitar el cuerpo racializado. La calle es el espacio donde el cuerpo racializado encuentra su dimensión única de segregación. Los demás espacios son limpios. Como las redes sociales, las normas, las leyes o la misma Constitución; pero el motivo del por qué ahora la calle sea así y no politizada y conflictiva como hace diez o 20 años es porque el discurso ha ganado. Ha obtenido nuestras almas. Ha obtenido nuestras palabras, nombramos la calle como el lugar dónde nos encontraremos con lo diferente, pero no podemos reconocer que lo diferente también somos nosotros mismos; y que la misma idea de “lo diferente” o “el diferente” es la materialización verbal de nuestro racismo.

Ese secuestro, que es un secuestro permitido, dicho sea de paso, no coloca en un lugar diverso. O nos permitimos estar dentro del colonialismo y reproducirlo, o desmontamos pluralmente el colonialismo. Y al tratar de desmontarlo ver cómo se ha distorsionado multiplicándose, y podríamos llegar a decir incluso que cada cosa que hagamos, cada cosa pensada, escrita y dicha es producto de ese hacer colonial, parte de su gramática, parte de su sintaxis; y al hacerlo construye el mundo. Entonces, necesariamente, a fuerza, habría que construir un mundo, eso es fácil decir desde lo literario, pero es altamente complicado construirlo desde lo cotidiano o desde la esfera gubernamental porque implica, ante todo, primero una recuperación de la dimensión del sujeto; y por otro una recomposición de lo material. Darle nuevos sentidos a ambas partes implica pensar un mundo alternativo, pero del cual somos partes, responsables y corresponsales: ir más allá del colonialismo es apuntalar una nueva forma de conocimiento, tener una nueva economía política de los afectos y de las sensaciones y del saber; pero también, edificar, debatir y cuestionar la arquitectura constitucional. Perder para ganar. Desmontar lo conocido para hacer lo que nunca antes hemos hecho.
Pero eso no puede detenernos.

El intento es programático, claro. Pero también el programa puede modificarse y hacerse al tiempo en que se van descomponiendo o minando estructuras coloniales, primero las de la vida cotidiana; aquellas que el feminismo ya puso en la agenda, pero fracasó al ponerlas como si fuese solo una agenda para con las mujeres; cuando el feminismo reivindica lo privado como político, la intimidad como política y el cuerpo como algo político, en realidad no se circunscribe solamente a lo femenino, sino a todos, y esto es altamente peligroso para la pedagogía del silencio racial porque trata sobre todo de desmontar los sentidos comunes sobre el racismo, pero al mismo tiempo, trata de poner luz en los lugares donde el esquema colonial es más potente y es más invulnerable.

Por ella la cultura pop, la literatura y las ciencias sociales no pueden ir más allá, porque en su mismo arsenal está encubado la matriz colonial, es como aquel preso que escapa de la prisión y cuando encuentra a policías que lo persiguen para volverlo a capturar, mata a uno de ellos, se viste con sus ropas y se une al resto para ir en busca del preso que se escapó.

Y si la cosa sigue del mismo modo, francamente la salida será más y más colonialismo, colonialismo vestido de modernidad, colonialismo vestido de sanidad, colonialismo vestido de republicanismo, colonialismo vestido de asamblea constituyente, colonialismo vestido de paz.

Entonces, otra de las facetas que se deben recuperar de algunas de las ideas de los estudios de género y del feminismo es aquella que nos ayuda a pelear y a visualizar la crítica a los binarios. Esto es problemático porque desde la aparición del estructuralismo hasta más o menos la llegada de la deconstrucción se ha pensado el mundo de forma binaria, tanto en la academia como en los espacios del debate político. Pero lo que apuntala cierto estudio de género, es por un lado, reconocer que los binarios son actos de habla, y por el otro, actos performaticos, y al hacerlo de ese modo, nos propone desconfiar tanto de los universalismos como de las identidades sólidas, fijadas y únicas. Lo que en otras palabras quiere decir que desconfiar de nuestras identidades es desconfiar de la categoría de raza, cultura, nación e historia; así como en algún momento hace unos años Chimamanda Ngozi Adichie nos hace pensar sobre los peligros de la historia única, nosotros podemos ir más allá y desconfiar y pensar más bien en los peligros de la identidad única.
Lo que puede, entonces, dinamitar la perspectiva gramatical del colonialismo y su pedagógico silencio es nuestra desconfianza. Pero una política de la desconfianza sería muy ingenua de nuestra parte si no estuviera por un acompañamiento teórico, que en este caso es básicamente fundacional. Y como todo acto fundacional se trata de un acto de nominación y denominación; esto es: construir nuevas palabras, nuevas identidades fundadas en esas palabras y luego, o mejor dicho, antes: decir lo que significa el colonialismo históricamente, situacionalmente, el colonialismo frente a otras experiencias culturales, sociales y políticas; es por ello que en tanto postura política implica retomar la política como un acto de confrontación, como un acto verbal donde se nombra ya no solo lo que se siente o piensa sino lo que es. Lo que hay. Al hacerlo el colonialismo pierde espesor, pero hay que rellenar ese espesor con nuevas palabras, la gramática se combate con gramática.

Y no se trata de un devenir, sino más bien, de un ensamble, de un momento en que la distorsión empezará a ser contrarrestada por una frecuencia distinta, una frecuencia que desde un canal más o menos armónico postule la revolución de las identidades, su desmontaje, su escenificación. Porque es claro que la distorsión del colonialismo ha creado una escena sobre la cual posesionarse, pero en ese sentido, hay que disputar la escena de la distorsión con más identidades, identidades que rechacen la idea de la colonialidad o que mejor, la integren como parte de su herencia y procedencia, reconocer la colonialidad como algo que nos constituye es como reconocer un defecto físico o mental del cual luego de un tiempo podemos sentir como orgullo y sello distintivo, y aunque esto pueda parecer a la idea de estigma de Erving Goffman, la idea es un tanto distinta porque no es para remontar el marcador que se hace esa jugada, sino para construir otra sociedad. Goffman decía que el estigma nos coloca en una posición compleja porque o nos interpela para que a partir de ese estigma busquemos superar las adversidades y colocarnos arriba de la torre social o por el otro lado, nos coloca en nuestra miseria y baja autoestima por debajo de lo socialmente natural. Bien, la idea aquí propuesta más significa construir otro mundo, otra estatalidad y otra identidad a partir del fondo histórico.

Por todo lo anterior, el cuadro de situación nos permite pensar las distorsiones del colonialismo, su gramática, el discurso y su pedagogía del silencio, pero al hacerlo, quizá nos ayude a entender mejor nuestra dimensión de sujetos sujetados por las redes sólidas y concretas (por no decir, materiales) del colonialismo que alimentan las derivas del capitalismo y la acumulación de fronteras sociales (reales e imaginarias; simbólicas e históricas) con las cuales vivimos y dentro de las cuales nos movemos haciendo equilibrios con nuestro lenguaje y nuestro cuerpo. Así, la distorsión colonial es nuestra salvación: saber que hay una distorsión y que esa distorsión es múltiple implica saber dónde está el problema o desde dónde nos llega.

Amplificar la respuesta es invariablemente una apuesta por amplificar los sentidos de lo común.

Hacerlo también es renunciar en parte a lo común. A aquel común que ha construido lo colonial. Lo colonial para estar vigente en algún momento ha convertido la historia, la memoria, el olvido, el museo, la presidencia, la constitución, el dinero, la riqueza, la educación, etc., en lo común; los valores democráticos y los principios institucionales del Estado de derecho son justamente lo común. Lo común que es hechura del colonialismo. Por eso su victoria, por eso nuestra incapacidad para desmontarlo.

La necesidad de apuntalar otros comunes es importante. Y acá el plural no es gratuito, porque lo común debe ser eso: los comunes. Los bienes –sentidos– cuerpos–identidades–regiones–historias–mitos–símbolos–constituciones–horizontes–sociales–economías comunes, cada una de ellas atenta contra el común del colonialismo. El colonialismo, finalmente, reduce y homogeneiza. Desmontar el colonialismo implica romper el binario, dar cuenta de la pluralidad, pero cabe decir que no es una pluralidad balcánica, posmoderna, donde se festeja la diferencia y la independencia de aquella diferencia: la diferencia agregada al interior de cada identidad nos coloca frente a un problema que aún no es resuelto. ¿Cómo pensar que la identidad es múltiple al interior de cada sujeto, nación, Estado, historia, política pública, territorio y Constitución? ¿Cómo se podría gestionar la diferencia sustantiva, toda vez, que las expresiones como la plurinacionalidad han servido para profundizar la brecha colonial y no para disminuirla o en el mejor de los casos anularla? ¿La revolución en tanto ejercicio de guerra, aniquilación y nombramiento de lo que existe es la única faceta que puede dar paso a la ruptura con el colonialismo? ¿Las reglas instituidas ayudan a convertir el colonialismo en otro tipo de distorsión?

Todas las preguntas posibles y todas las respuestas están marcadas a fuego por la ruptura de una epistemología, pero también del territorio de la comunidad a la que (supuestamente) pertenecemos, y en ese sentido, la ruptura de la distorsión, implica una gramática nueva.

Pero no solo una gramática nueva, porque si nos quedamos en ese plano, fácilmente, podremos caer en la retórica reconstructiva de la ampliación de derechos, o la adjetivización del mundo, pasar, por ejemplo, de una democracia representiva a una participativa, para terminar en los andamiajes de una democracia intercultural, pero sin saber muy bien cómo funciona esta o en qué condiciones posibilita el cambio social y la reconstrucción de los comunes; o por el otro lado, la dimensión del Estado a la que se alude antes que hace que el gesto nominal del adjetivo no modifique el sustantivo, o que en otra dimensión el Estado republicano al ser ahora Estado Plurinacional solo incluya a la diferencia, pero su gestión esté marcado por el mismo halo neoconservador, neopositivista y neoliberal que hace posible la distorsión del colonialismo.

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Christian Jiménez Kanahuaty

(Cochabamba, Bolivia-1982). Es politólogo y tiene la maestría en sociología por FLACSO, Ecuador. Tiene publicadas las siguientes investigaciones: Movilización indígena por el poder (Ed. Autodeterminación, 2012, Bolivia); La maquinaria andante (Ed. Abya-yala, 2015, Ecuador). El libro de ensayos: Ensayos de memoria (Ed. Autodeterminación, 2014, Bolivia). Invierno, su primera novela se publicó en 2010, luego en 2011, se publicó la segunda novela llamada Te odio. Tiene dos libros de cuentos: El Mareo (2008) y No quedan tardes de verano (2015). Es parte de las antologías de poesía Tea Party I (Cinosargo, Chile) y Letrasértica. Traductores del silencio (México, 2013), Y de la antología de cuentos Una espuma de música que flota (Jaguar ediciones, Ecuador, 2015). Colabora permanentemente con suplementos literarios de Ecuador, Bolivia, Chile, España y Argentina.


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