Una mirada desde adentro

Donald Trump y el espejo popular estadounidense

Miguel Centellas
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 23
Rounded image

La noche del martes, 8 de noviembre de 2016, fue amarga. Mi esposa y yo penamos disfrutar los resultados electorales, confiando que Hillary Clinton, una mujer con mucha trayectoria política sería nombrada la próxima presidenta de los Estados Unidos, la primera mujer. Para muchos, la exsenadora Clinton era polémica y significaba una frustración más para la izquierda norteamericana. Aun así, ella representaba la continuación de las políticas de Barack Obama, quien gobernó desde centro-izquierda por muchos años y representó un avance (aun con sus limitaciones) en la relación entre Washington y las capitales sudamericanas. Más aún, la victoria de Clinton hubiera significado un importante avance político para las mujeres. Comenzamos la tarde con confianza. Y, ¿por qué no? Su principal rival era un novato político que paso la campaña demostrando su incapacidad y —peor aún— desinterés en elementos básicos de cómo gobernar. Peor aún, frecuentemente insultaba a toda clase de personas: minorías étnicas, mujeres, inmigrantes, discapacitados, etc. Y si no fuera suficiente, ya en los últimos meses de la campaña electoral se venían reportes de posible corrupción, nepotismo, y hasta de colusión con el gobierno de Rusia, un histórico rival geopolítico. Además, las encuestas, aunque si un poco apretadas, le daban a Clinton una ventaja. Comenzamos la noche con mucha certeza. Nos fuimos a dormir, mucho más tarde de lo anticipado (y después de muchos tragos) completamente destrozados con el shock de los resultados.La noche del martes, 8 de noviembre de 2016, fue amarga. Mi esposa y yo penamos disfrutar los resultados electorales, confiando que Hillary Clinton, una mujer con mucha trayectoria política sería nombrada la próxima presidenta de los Estados Unidos, la primera mujer. Para muchos, la exsenadora Clinton era polémica y significaba una frustración más para la izquierda norteamericana. Aun así, ella representaba la continuación de las políticas de Barack Obama, quien gobernó desde centro-izquierda por muchos años y representó un avance (aun con sus limitaciones) en la relación entre Washington y las capitales sudamericanas. Más aún, la victoria de Clinton hubiera significado un importante avance político para las mujeres. Comenzamos la tarde con confianza. Y, ¿por qué no? Su principal rival era un novato político que paso la campaña demostrando su incapacidad y —peor aún— desinterés en elementos básicos de cómo gobernar. Peor aún, frecuentemente insultaba a toda clase de personas: minorías étnicas, mujeres, inmigrantes, discapacitados, etc. Y si no fuera suficiente, ya en los últimos meses de la campaña electoral se venían reportes de posible corrupción, nepotismo, y hasta de colusión con el gobierno de Rusia, un histórico rival geopolítico. Además, las encuestas, aunque si un poco apretadas, le daban a Clinton una ventaja. Comenzamos la noche con mucha certeza. Nos fuimos a dormir, mucho más tarde de lo anticipado (y después de muchos tragos) completamente destrozados con el shock de los resultados.

El día siguiente tenía que ir a mi trabajo en la Universidad de Mississippi, una institución en el corazón del “Deep South.” A poca distancia de mi oficina hay un monumento a los soldados confederados, aquellos que lucharon en la guerra civil de 1861-1865 para defender la esclavitud. Al frente están las oficinas del colegio de Ciencias y Artes, dentro de un edificio decorado con vitrinas que honran a los “patriotas” estudiantes que lucharon como confederados. A cien metros de allí hay otro monumento, a James Meredith, el primer estudiante afroamericano en la historia de esta institución. Él inició sus estudios en 1962, bajo la protección de soldados de las fuerzas armadas—pues el día que llego a matricularse hubo una demostración de segregacionistas, aquellos que defendían el racismo legal (similar al apartheid de Sudáfrica) que existía en el Sur estadounidense por casi un siglo después de aquella guerra civil. Dejaron dos muertos, incluyendo Paul Guihard, un periodista francés. Es en aquella institución —una marcada por la historia del racismo e desigualdad en nuestro país— al que volví a dar clases el miércoles después de la elección de Donald Trump. Mi esposa y yo ya sabíamos que Donald Trump ganaría fácilmente en el estado de Mississippi (al final se llevó 59.7% del voto). De eso nunca teníamos duda.

Ya paso casi un año desde que Donald Trump fue inaugurado como presidente de los Estados Unidos. Los noticieros se llenan diariamente con una u otra crisis de su gobierno. En menos de un año, su gobierno está bajo investigación no sólo por corrupción, sino por una posible traición con respeto a sus relaciones con el gobierno de Vladimir Putin, quien supuestamente influyo en la elección. En ese mismo tiempo, las instituciones de gobierno poco a poco se vienen deteriorando. La crisis más profunda está en la cancillería. Algunos funcionarios dejan sus puestos por razones de ética, algunos son expulsados del gobierno por haber defendido los intereses públicos de sus cargos (el medioambiente, la salud pública, los derechos humanos) o por haberle informado al presidente que alguna orden era inconstitucional, y cargos vacíos quedan vacíos porque nadie en la Casa Blanca piensa en nombrar administradores, embajadores, y otros cargos administrativos. Y durante todo el tiempo, el gran caudillo pretende gobernar desde su cuenta de Twitter.

¿Cómo entender el fenómeno Trump? Es fácil: Trump es un caudillo populista como varios en la experiencia latinoamericana. En particular, yo lo comparo con Abdalá Bucaram, quien fue presidente de Ecuador por poco menos de un año entre 1996 y 1997. Conocido como “El loco,” Bucaram era un populista conocido por su vulgaridad, su machismo exhibicionista y su corrupción. Esta comparación no es totalmente original, pues se forjo en conversaciones con mis alumnos. Casi cada año doy un curso sobre populismo en América Latina para el Croft Institute of International Studies en el cual doy cátedra. En aquel curso leemos (entre varias cosas) un libro del sociólogo ecuatoriano Carlos de la Torre (2010), quien define el fenómeno populista como un tipo de “seducción” vulgar. Uno de sus tres ejemplos es Bucaram.

Mis alumnos siempre quedan fascinados por el espectáculo que era Bucaram, particularmente cuando les muestro videos de él bailando con modelos al ritmo de Los Iracundos, gritando en el escenario en YouTube. Al principio, lo ven como una exageración, algo casi imposible de reconocer como “hacer política” en un país democrático. Pero, cuando nos ponemos a leer las descripciones conceptuales de “populismo” por Francisco Panizza (2005). En particular, Panizza define al populismo como un espejo en el cual la democracia se contempla —pero un espejo que refleja los aspectos más vulgares de la democracia. Dentro de nuestras conversaciones, miramos formas en el cual prácticas populistas se ven en toda política democrático— inclusive en los de EE.UU. Recordamos a Bill Clinton tocando su saxofón en un espectáculo de variedades o George W. Bush haciéndose el “cowboy” trabajando en su rancho. Poco a poco empiezan a entender el populismo no como algo extraño o ajeno, sino simplemente como “la periférica interior” de la democracia liberal (Arditi 2005).

La última vez que di el curso fue al medio de la reciente campaña electoral estadounidense. Casi de inmediato, mis alumnos comenzaron a decir que Bucaram les parecía a Trump. De allí nuestras conversaciones cambiaron mucho, especialmente cayendo en un profundo pesimismo sobre lo que esto implicaba sobre el carácter nacional de los Estados Unidos.
En los meses que vinieron pasando después de esa noche amarga en noviembre, aquellas conversaciones con mis alumnos me resonaban. ¿Qué implica que un sujeto tan vulgar como un Bacaram logro ser presidente de este país? ¿Si el populismo es un “espejo” de la democracia, se podría decir que el populista es la reflexión del país en que surge? Y, al final, ¿qué tan diferente son Estados Unidos y Latinoamérica? Esta última pregunta sobresalta a todas las demás.

Creo que Donald Trump es un populista, usando la palabra en el sentido de Ernesto Laclau (2007) y Carlos de la Torre. Dentro de ese sentido, también creo que Trump desnuda la realidad social, política y económica del gran gigante del norte. O sea, Trump (como sujeto político) es la reflexión en el espejo que se ve cuando la democracia norteamericana se contempla. La seducción populista de Trump fue una seducción a los secretos íntimos, vulgares y oscuros de la colectividad política de este país. Así se puede entender que el gran atractivo de Trump para sus seguidores era que él “decía la verdad” en el sentido que él decía (y sigue diciendo) públicamente las cosas que sus seguidores solo dicen en secreto.

Entonces, el fenómeno Trump desnuda todos esos secretos y los pone al aire abierto. Y ese cuerpo que se ve es la “encarnación” del pueblo estadounidense. ¿Cómo se ve ese cuerpo? Bueno, se ve que mucho de lo que sospechábamos era verdad. Dentro de la privacidad de sus casas o detrás de sus modales gentiles, una gran proporción del pueblo estadounidense mantiene resentimientos racistas, machistas, homofóbicos, xenofóbicos, etc. Claro, se puede siempre reclamar que Hillary Clinton ganó el voto popular y sólo perdió por esa arcaica institución del colegio electoral. Aun así, es difícil aceptar que un gran porcentaje de los ciudadanos de un país, que por casi un siglo se consideró como un ejemplo de la democracia, uno de los países supuestamente más avanzados, eligió a una persona con tan pocas cualificaciones —y tantas descalificaciones— como su presidente. Para hacerlo más personal: ¿cómo puedo aceptar que muchos de mis vecinos, personas con quienes estoy en contacto día a día, votaron por alguien cuyas expresiones públicas eran verdaderas amenazas contra mi persona? Aunque nací como ciudadano estadounidense (por parte de mi madre), también soy un inmigrante de Bolivia con nombre y apellido castellano. Para darle punto: La elección de Trump desnudo la realidad (que siempre lo sentía) que una gran multitud de mis compatriotas no me ven (quizás nunca me verán) como uno de los suyos. No soy miembro del verdadero “pueblo” estadounidense, por lo menos no como lo define Trump.

La realidad es que los Estados Unidos no es un país tan distinto a los de Latinoamérica. La realidad es que al igual que sus vecinos del “tercer mundo,” los EE.UU. es un país poscolonial al que aún le falta pasar por un proceso de descolonización; la realidad es que sus partidos políticos son tan débiles, inestables y penetrados por la corrupción como los partidos prebendalistas del sur; la realidad es que su parlamento ya hace muchos años cedió su poder como “check” institucional, dejando un sistema presidencial “imperial” (Rudalevidge 2009); la realidad es que sus instituciones democráticas no tienen suficiente capacidad para frenar un caudillo; la realidad es que ahora los militares se ven (aun por muchos en el centro e izquierda) como la última institución “patriótica” capaza de frenarlo. Como muchos otros politólogos que se especializan en los estudios de la política latinoamericana, ahora veo en la presidencia de Donald Trump una visión que refleja la experiencia latinoamericana.

Me parece que estos últimos meses —¡y los que aun vendrán!— la gran ansiedad de muchos de los ciudadanos de los EE.UU. es verse en el espejo popular de Trump. Si el populismo es “el espejo en que la democracia se contempla” (Panizza 2005, 30), entonces quizás se podría decir que el líder populista (como fenómeno) es el espejo en el cual el pueblo se contempla. Esto también tiene el sentido de la “representación” en la democracia liberal. Siendo elegido —democráticamente— por su pueblo, Donald Trump es el representante de su pueblo. Trump entonces es (como todo presidente elegido democráticamente) el símbolo de la nación. Muchos aquí en el norte, quizás por primera vez, se están preguntando si Trump es un “significante vacío” (Laclau 2007) en el cual el pueblo estadounidense pone sus aspiraciones, pero ¿cuáles son esas aspiraciones?

Hace poco, hubo un conflicto social fuerte en la pequeña ciudad de Charlottesville en el estado de Virginia. El conflicto se abrió cuando miles de manifestantes descendieron a la ciudad para defender algunos monumentos a los soldados confederados de aquella guerra civil previamente mencionada. En sus discursos, su forma de organizarse, su propensión a la violencia y su antipatía en contra de afroamericanos y otras minorías étnicas se presentaron claramente como neo-fascistas. Ellos mismos se denominan “alt-right” (la alternativa a la derecha tradicional, por el hecho de que esa derecha no era lo suficientemente derechista). Hubo heridos —y una muerte— en esa confrontación. A mí me impacto mucho: Charlottesville, siendo la sede de la Universidad de Virginia (otro estado del Sur), es muy similar a lo que se vivió aquí mismo en 1962. Y con sus telas flameando y sus camisas blancas, me hacían recuerdo al antiguo falange boliviano.

¿Entonces qué se puede decir de la presidencia de Donald Trump que no se conozca? Quizás sólo el que su elección y su forma de gobernar sirven para ver una historia política y social estadounidense mucho más profunda de lo que se presentaba antes. Los EE.UU. del 2017 es un país solo comenzando a andar por el proceso de descolonización. Y este proceso —que necesariamente implica la destrucción del imaginario social existente— no será fácil. Las peleas en las calles, en lugares como Charlottesville muestran que hay personas (¡y muchas!) que reconocen que es hora de enfrentarse con esa realidad: ya, en el siglo XXI, no se puede tener monumentos honrando el “patriotismo” de quienes defendieron con armas al sistema esclavista del siglo XIX. También se puede decir que después de casi dos siglos de funcionamiento, las instituciones democráticas de los EE.UU. —al igual que los de cualquier otro país (ej. Alemania en 1933, Francia en 1958, Chile en 1973)— no son “permanentes” y requieren constante renovación para mantener su legitimidad. Y también se puede decir que la ideología del “excepcionalismo americano” ya no se puede defender. Los EE.UU. con sus instituciones en crisis y un presidente al estilo del “loco Bucaram” ya no son excepcionales. Quizás hoy más que nunca es hora de que los Estados Unidos pare de dar lecciones y comience una tarea de aprendizaje de sus hermanos países poscoloniales.

Bibliografía

Arditi, Benjamín. 2010. “Populism as an internal periphery of democratic politics.” In Francisco Panizza, ed., Populism and the mirror of democracy, 72-98. London: Verso.De la Torre, Carlos. 2010. Populist seduction in Latin America. Athens, OH: Ohio University Press.Laclau, Ernesto. 2007. On populist reason. London: Verso.Panizza, Francisco. 2005. “Introduction: Populism and the mirror of democracy.” In Francisco Panizza, ed., Populism and the mirror of democracy, 1-31. London: Verso.Rudalevige, Andrew. 2009. The new imperial presidency: renewing presidential power after Watergate. Ann Arbor: University of Michigan Press.

Rounded image

Miguel Centellas

Nacido en Santa Cruz, Bolivia, en la década de los 70. Licenciado de la Universidad Central de Michigan en 1997, con dos maestrías en Ciencias Políticas e Historia con una mención en Estudios Latinoamericanos. Ganó un Ph.D. en Ciencias Políticas de la Universidad de Western Michigan en 2007.

Se unió al Croft Institute en el otoño de 2015 como Croft Instructive Assistant Professor of Sociology. Su investigación sobre las instituciones políticas en las nuevas democracias se ha centrado en Bolivia, pero incluye un interés comparativo más amplio en las nuevas democracias en América Latina y Europa. Su investigación explora la relación entre la democratización y la identidad política a nivel subnacional y el papel que desempeñan los factores institucionales y socioeconómicos en esa relación. El Dr. Centellas ha realizado un extenso trabajo de campo en Bolivia (donde fue Becario Fulbright 2003-2004) y es codirector de la Universidad de Mississippi y la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad Católica de Bolivia en La Paz.

En 2006 fue nombraron miembro graduado de la Academia Americana de Ciencias Políticas y Sociales. En 2009 llegó a Oxford, Mississippi, como profesor visitante de Croft.