Elecciones en Brasil:

El avance fascista y las tareas de las izquierdas

Daniel Araujo Valença
Publicado en abril 2019 en La Migraña 30
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La elección presidencial brasileña terminó con la victoria del derechista Jair Bolsonaro, con 57.5 millones de votos, mientras que el candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad, alcanzó los 46.5 millones. De pronto, la victoria aparenta ser un cheque en blanco al exmilitar, defensor de la tortura y de las dictaduras latinoamericanas, pero no es así. En primer lugar, Haddad salió victorioso en 2.810 ciudades, mayoritariamente en el nordeste (región más pobre y que vivenció, por primera vez, una serie de políticas públicas en el Gobierno de Lula), mientras Bolsonaro se impuso en 2.760; principalmente en las regiones sudeste, centro-oeste y sur. Bolsonaro venció en el 97 % de las ciudades más ricas y Haddad en el 98 % de las ciudades más pobres. Por otro lado, sumando los votos nulos, blancos y las abstenciones, 42.1 millones de electores optaron por no elegir ningún candidato, lo que representa alrededor de un tercio del electorado.

En los gobiernos estatales, el PT ganó cuatro Estados y administraba cinco; por su parte, el Movimiento Democrático Brasileño (MBD) –antiguo Partido Movimiento Democrático Brasileño (PMBD), agremiación del golpista Michel Temer– redujo de siete a tres sus gobiernos estatales; el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) pasó de cinco a tres gobiernos. El Partido Social Liberal (PSL) –de Bolsonaro– saltó de cero a tres gobiernos. En efecto, en términos de población gobernada, el PSDB tendrá el mayor número (en función de São Paulo) de gobernadores estatales, seguido por el PT.

En cuanto a la Cámara, el PT tendrá la mayor bancada con 56 diputados (actualmente tiene 61), y el PSL 52 (ante los 8 actuales). El PSDB pasó de 49 a 29 diputados y el MDB de 51 a 34. En el Senado, también ocurrió el fenómeno de la pulverización, y su composición saltó de 15 a 21 partidos. El PT tuvo el mayor revés: de 13 a seis; el MDB tenía 19 y ahora tendrá 12 y el PSDB tenía 11 y ahora tendrá ocho. El PSL no tenía ningún senador y ahora conquistó cuatro escaños.

Tales cifras se explican desde elementos de curta a longa duración. Desde la victoria de Lula en 2002 que las derechas empiezan una tenaz lucha por la hegemonía, por más que sin éxito en el principio. Es después de la crisis internacional del capital de 2008 y, principalmente, de las “Jornadas de Junho de 2013” que las condiciones objetivas van a posibilitar el avance de la derecha. De esa manera, personas irrelevantes como Kim Kataguiri, Olavo de Carvalho, entre otras, se alzan a condición de intelectuales orgánicos y hacen la traducción de valores conservadores a sectores medianos y amplias masas trabajadoras. Además, por la primera vez en la historia del país, han creado organizaciones de masas de derecha y extrema derecha – “Vem prá Rua”, “Movimento Brasil Livre”, y otras, que utilizan las redes sociales para comunicación directa y movilización de sus apoyadores. Se destaca también el papel de las iglesias protestantes que, mediante un trabajo de base, llegó hasta amplias camadas de los trabajadores, en las periferias y en el campesinado. Ese coyunto de intelectuales orgánicos y aparejos de hegemonía hicieron de valores como el de la meritocracia, la naturalización de la desigualdad, la negación de la explotación y opresión en contra afros, mujeres y población LGBT, ideas-fuerza aptas a formar un bloque social y madurar una hegemonía conservadora.

En el polo de la izquierda, sin embargo, la estrategia política fue de concentrar esfuerzos en elecciones periódicas, políticas públicas y avances en las condiciones de vida del pueblo. No se actuó, por lo tanto, ni para la conformación de un bloque democrático, popular y antiimperialista, para frenar ese avance conservador y constituir una hegemonía en el seno de la sociedad civil, ni se hizo reformas en el Estado para alterar la correlación de fuerzas en su interior.

Cuanto a los condicionantes inmediatos, derribar a Dilma Rousseff y apresar a Luiz Inácio Lula da Silva, retirándolo de la disputa electoral, fueron condiciones necesarias para el triunfo de las derechas. El desempeño del candidato fascista se consolidó a partir de la prohibición de la candidatura de Lula. Por un lado, la derecha no lo atacaba al creer que era el PT el adversario principal; por otro, el PT tampoco convenció a la población sobre los riesgos de una elección de Bolsonaro en cuanto a los derechos sociales y la democracia. Sucede que la consigna de los movimientos sociales: “Elección sin Lula es fraude”, también era un sentimiento popular y se reveló en el 1/3 de los votantes que no escogieron ninguno de los dos candidatos. En verdad, se demostró, una vez más, que en Latinoamérica solamente los grandes líderes populares de épocas tienen condiciones de derrocar el bloque de las oligarquías, élites locales y el imperialismo. Así o fue desde Bolívar, pero también Perón, Vargas, Lula, Morales, etcétera.

Además, al criminalizar la política, la propia derecha extinguió su campo político, provocando el desplazamiento de sus electores a la extrema derecha. El PSDB, entonces, no pasó de un dígito, en una vejatoria derrota. Asimismo, Bolsonaro heredó esos votos, se posicionó como candidato de la apolítica o anti-sistémico, recaudando a los electores de fundamentalismo religioso y perspectiva moral conservadora. De esta forma, entre sus filas estaban desde la turba fascista y militar –su núcleo duro– a las personas que pensaban: “si nada sirve, que se solucionen las cosas ya o que explote todo de una vez”.

Bolsonaro supo lidiar con el sentimiento popular de inseguridad y un debate que se cristalizó en la sociedad brasileña de avance del punitivismo penal, aunque con propuestas frágiles como “un hogar, un arma”.

Por último, otros dos elementos fueron fundamentales para su victoria en la recta final: primero, el episodio del controvertido atentado contra su vida –hasta ahora todavía circulan versiones alegando que él, en verdad, estaría con cáncer y habría sido un gran armazón–. Siendo o no teoría de la conspiración, el hecho es que, con tal evento, él no participó de ningún debate en la segunda vuelta y así evitó ser expuesto y contrariado frente al electorado.

Segundo, conectado a aquel elemento, está el desplazamiento de su campaña de las calles y medios tradicionales de campaña hacia las redes sociales, especialmente el WhatsApp. En este caso, además de una comunicación unidireccional y sin cuestionamientos, el candidato creó una red criminal gigantesca de fakenews, esquema denunciado en las vísperas de la segunda vuelta, en el que millones de brasileños recibieron vídeos y noticias falsas, a partir del acceso criminal a sus datos por empresas que apoyaron su candidatura. Si el sistema de justicia funcionara con normalidad, necesariamente su candidatura debió haber sido retirada. El proceso se sigue tramitando en el Tribunal Superior Electoral.

Ante estos resultados, la extrema derecha buscará hacer que Lula morra en la cárcel, desarticular y criminalizar las organizaciones sociales y movimientos sociales de izquierda, sofocar los espacios universitarios y culturales –donde persiste una resistencia progresista–, aparte de impulsar un proceso de fascistización de la sociedad y aniquilamiento físico de liderazgos.

Dialécticamente, para el campo democrático-popular cabrá colocar en el orden del día la campaña nacional e internacional de liberación y juicio justo del presidente Lula, redoblar la defensa de sus organizaciones y entidades, recrear los lazos perdidos con las mayorías trabajadoras, a partir de la defensa de la democracia “concomitante” a la defensa de los derechos sociales y laborales de las clases trabajadoras, y crear medios de comunicación tradicionales y en las redes.

Defender abstractamente la democracia, en este momento, sólo nos colocará en pie de igualdad a la derecha derrotada. Impedir la reforma de la previsión, denunciar todos los ataques a los derechos laborales y políticas públicas son parte necesaria para que la izquierda vuelva a ser referencia en el seno popular. O sea, es necesario cambiar la estrategia de las izquierdas –ahora ya no es suficiente terminar una estrategia puramente electoral, de disputar una elección y prepararse para la próxima y nada más– y sí una estrategia democrático-popular y socialista. No que el socialismo esté en la orden del día en Brasil, pero que es necesario recuperar un proyecto autónomo de las clases obreras, pues el proyecto de las élites es exactamente el desmantelamiento de la organización obrera y su explotación extrema. Por lo tanto, no es posible ni mantener la estrategia de esa decena, ni cambiar para una estrategia aún más al centro.

Los tiempos son sombríos, pero el mismo movimiento objetivo de las clases trabajadoras, derivado de la mejora de las condiciones de reproducción social, tiende ahora a desplazarse en el sentido inverso, con la depreciación objetiva de tales condiciones. Compete a la izquierda realizar una defensa estratégica, sobrevivir y actuar sobre las contradicciones que han de surgir en el Gobierno de extrema derecha y ultraliberal de Jair Bolsonaro.

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Daniel Araujo Valença

Profesor adjunto de la Universidad Federal Rural del Semiárido, en régimen de dedicación exclusiva, doctor en Ciencias Jurídicas por la UFPB, línea derechos humanos. Es maestro en Arquitectura y Urbanismo por la Universidad Federal de Rio Grande do Norte. Fue miembro de la Secretaría Ejecutiva Nacional del Instituto de Investigación, Derechos y Movimientos Sociales – IPDMS, al que permanece afiliado. Es integrante de la Red Nacional de Abogadas y Abogados Populares – RENAP. En el marco de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y la Convención de las Naciones Unidas sobre los derechos de las personas con discapacidad, de marina, derecho urbanístico.