Testimonio de un guerrillero

El Che que conocí

Harry Antonio Villegas Tamayo (Pombo)
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 23
Rounded image

En 1997, a treinta años del asesinato del Che en Bolivia, me encontraba grabando un documental basado en la estancia del Che en África, especialmente para rememorar lo acaecido en el Congo. En el recorrido se había incluido Francia e Italia, le seguiría Dar es-Salaam, capital de Tanzania, para pasar, después, directamente al Congo por el lago Tanganyika, como lo habíamos realizado en 1965. En el momento en que nos encontrábamos en Francia, conocimos del hallazgo de los restos del Che y de otros combatientes que lo acompañaron en su último enfrentamiento. Por tal motivo, decidimos detener el recorrido, a sabiendas de las implicaciones que podían derivarse, pues ya se habían comprado los pasajes y se había convenido todo el itinerario con la empresa productora del documental.

Sin embargo, a pesar de lo que pudiera acarrear esa decisión, les argumenté que para mí era inconcebible que a la llegada de los restos del Che a Cuba yo no me encontrara. Es de ese modo que retorno y puedo incorporarme al homenaje que se le rindió en todo el país, sobre todo poder estar en el momento de su arribo a suelo cubano.

En lo personal, conocía de los trabajos que se estaban realizando en Bolivia por un equipo de especialistas cubanos con el apoyo, además, del equipo de antropología forense argentino y el gobierno boliviano, quien había tomado la decisión de permitir la búsqueda de los guerrilleros bolivianos, cubanos y peruanos, caídos en la contienda. Había participado en reuniones preliminares bajo la dirección del Comandante de la Revolución, Ramiro Valdés, y en las que tratamos de puntualizar detalles de lo ocurrido treinta años atrás, principalmente de las características de la zona de combate donde habían caído algunos compañeros y valorar las versiones que se habían recogido durante todo ese tiempo acerca de los posibles lugares en que podían encontrarse los restos.

Por todo eso, la noticia del hallazgo me estremeció y no pude pensar en otra cosa que no fuera el regreso a Cuba. Sentía una impresión muy intensa, venían a mi mente el tiempo que había estado al lado del Che desde muy joven, siendo casi un niño, convencido de que me había hecho un hombre a su lado y había adquirido más madurez y mucha experiencia de la vida, unido a que había sido mi único jefe en la lucha insurreccional.

Muchos y muy profundos eran los lazos de afectos que nos unían y sentía que debía estar cuando llegaran sus restos al lugar decidido para su descanso, lugar donde había materializado su obra cumbre como guerrillero, en la ciudad de Santa Clara.

Los días que precedieron al acto final, tuvimos la posibilidad de compartir con familiares, con compañeros afines, unido a las palabras pronunciadas por Aleidita [Guevara March, hija del Che] en el aeropuerto, que nos hizo estremecer, en especial a mí. Creo que lo vivido en esos días, las manifestaciones de respeto y admiración del pueblo en el trayecto hacia Santa Clara, la llegada al Mausoleo, donde participé en el primer grupo detrás de los restos de Tuma [Carlos Coello], su leal compañero desde la Sierra Maestra igual que yo, en una ceremonia de gran solemnidad.

En lo particular, me correspondió formar parte de la fuerza militar que le rindió honores, como jefe del destacamento asignado para la ceremonia. Fue una tarea muy honrosa que tuve que cumplir, no sin sentir una impresión muy profunda y que no hubiera querido hacer por su significado. Era la bienvenida y a su vez una despedida, aunque simbólicamente la llegada fuera calificada, por nuestro Comandante en Jefe, Fidel Castro, como un destacamento de refuerzo por sus altos valores morales y el ejemplo que nos entregaron.

Mis años junto al Che

Con la llegada de los restos del Che a Santa Clara culminaba, en lo personal, la etapa más fructífera de mi existencia como hombre y como revolucionario, porque en ella estaba presente todo el legado que me entregó, más allá de lo político y lo militar. Llegué a sentirlo como un padre, para todos los combatientes que estuvieron siempre a su lado era como un familiar por la justeza de su forma de ser. En el quehacer de la lucha, nos fue tomando cariño, entendía nuestras travesuras, por ser muy jóvenes, al ver en nosotros la posibilidad de formarnos e ir guiándonos por el camino de la revolución, por el camino más justo. Yo tenía 14 o 15 años y [Leonardo] Tamayo también. Éramos de procedencia humilde, por lo que vio en nosotros potencialidades para convertirnos en futuros cuadros de la revolución mediante la forja constante y prepararnos para ser más eficientes, una constante en el Che como formador de hombres útiles a la revolución.

Al triunfo de la Revolución conviví con el Che en todos los momentos de dificultades y complejidades de un proceso revolucionario que se había propuesto alcanzar la construcción del socialismo. Siempre me mantuve a su lado, aun en los tiempos en que estuve al frente de una fábrica como administrador o en otras misiones asignadas por él. Por supuesto, esa relación permanente creaba vínculos de afecto y cariño muy fuertes, a pesar de que a veces nos regañaba y éramos castigados, nos aconsejaba y guiaba, cimentándose una relación afectiva, más allá del compañero de arma o al que me correspondía proteger como miembro de su escolta. Nos sentíamos parte de su familia, cultivando en nosotros los valores que lo han hecho ejemplo, la honestidad, la limpieza revolucionaria, la sencillez, valores que no son fáciles de alcanzar y tampoco en la misma magnitud en que los supo cultivar. Nos formó en principios que no debíamos imitar sino tratar de alcanzarlos, ser fiel a la revolución, a la causa revolucionaria, a la obra que se construye, a estar dispuestos a luchar por la humanidad en cualquier lugar que sea necesario, todos son mensajes e ideas del Che muy fuertes, no sólo en el plano intelectual, sino en su obra, en su quehacer cotidiano, en su dimensión revolucionaria, profunda, dejándonos un ejemplo extraordinario.

Esos principios formaban parte de un objetivo principal, el educarnos cuando cometíamos un error, cómo nos llevaba a recapacitar y a analizar, qué era lo más correcto y cómo debíamos actuar. Ese vínculo se hace, sin duda, más humano y nos forma de manera integral en lo revolucionario, lo profesional, en fin, en un sentido más intelectual. Sin que se nos dijera abiertamente, éramos unos privilegiados al participar de una preparación cultural que no excluía a nadie, por ejemplo, cuando organizó en su casa, con todo el grupo de su escolta, una especie de escuela en la que se brindaban clases para diferentes niveles de enseñanza y materias. Yo sabía leer y escribir, había cursado el 6º grado y había aprendido un poco de contabilidad antes de unirme a la lucha en la Sierra Maestra; sin embargo, aunque tenía más nivel que otros, también me obligaba a estudiar, a superarme cultural y políticamente, y cuando no íbamos a clases tomaba medidas, nos llamaba y nos explicaba la necesidad de hacerlo y después nos castigaba.

En ese proceso, es que nos convoca, por tener un nivel superior, a asistir a un curso para administración de industrias, más como un compromiso moral que como un verdadero conocimiento. Sabía que el nivel que poseíamos no era el requerido; aun así nos conminó a realizarlo bajo el principio de la honestidad y como verdaderos revolucionarios, dejando el camino abierto para que, si teníamos dificultades, no dudáramos en hablarle. Con ese grado de confianza, de compromiso moral, político y revolucionario, comenzamos en ese camino con amor, con dedicación, con más esfuerzo, más integración, a pesar de no poseer el nivel requerido.

Ese camino trazado por el Che, en lo personal necesitó de un esfuerzo extraordinario, tenía que aprender a cómo asimilar la industria que me habían asignado, lidiar primero con su terminación constructiva, después con su puesta en marcha y finalmente, el más complejo de todos, dirigir la producción de una rama compleja como era la cerámica. Eso me llevó a instruirme no sólo en cerámica sino también en estadística y comenzar a producir hasta que las cosas se fueron complejizando, de tal manera que me vi en la necesidad de decirle que precisaba superarme más. Con nuestra explicación, estaba convencido que necesitaba una mayor preparación y es cuando me envía, junto a otros compañeros, a la escuela de administradores creada por él en el Ministerio de Industrias. Por supuesto, el nivel de exigencia fue mayor, nos pidió una conducta ejemplar al vernos como parte de su equipo y como sus representantes, lo que nos obligaba a ser más consecuentes con esa confianza depositada en nosotros.

Así transitan nuestras relaciones, ese vínculo es el que le permite seleccionarnos para acompañarlo en diferentes misiones internacionalistas. Cuando se eligen a los compañeros de su escolta para ir a Salta en Argentina, no pude ir por ser muy negro, el problema del mestizaje en una operación secreta y tan compleja como esa necesitaba una coordinación de todo tipo, además de que no podíamos irnos todos y dejarlo solo. Así se selecciona a Hermes Peña, uno de los miembros de la escolta, jefe de una escuadra y también a Alberto Castellano.

Con posterioridad, cuando decide participar en la gesta de África, me selecciona para combatir a su lado. La contienda resultó en extremo compleja y el Che, al menos es mi opinión, en un derroche de humildad —nunca he creído en un derroche de sencillez—, fue capaz de bajar, con su nivel profesional e intelectual, hasta el nivel de los combatientes de aquella zona, de interpretar el estatus social en que se ubicaban, subordinarse y sacrificar su autoridad a la decisión superior, para contribuir a la liberación de ese pueblo. Lamentablemente, no se contó con el apoyo necesario de sus dirigentes ni de su comprensión, faltándoles el sacrificio que requiere una lucha de esa magnitud, como el abandono de los privilegios de la civilización, de vivir cómodamente, para convertirse en la práctica en un animal de montaña. Ninguno de esos objetivos se logró, teniendo en cuenta, además, que nos faltó un conocimiento más profundo sobre su idiosincrasia, la psicología del africano en aquellos momentos, el grado de preparación y desarrollo, sus aspiraciones, en fin un conjunto de elementos que no dominábamos y que, con posterioridad, pude comprender cuando cumplí misión en Angola, conviviendo con una sociedad un poco más avanzada.

Mi campaña en el Congo unido al Che

Sin duda, 1965 se convierte en un año determinante dentro de la vida del Che, como combatiente y revolucionario. Después de un largo periplo por diversos países, especialmente por el continente africano, toma la determinación de apoyar a los revolucionarios congoleses en la lucha para su liberación. Esa campaña, más allá de lo emotivo, fue para todos muy difícil y compleja, llevándonos a la desilusión gradual y considerándola un fracaso, no en el Che ni en su responsabilidad, sino en la forma en que se desenvolvieron los acontecimientos.

La valoración hecha por el Che, en Pasajes de la guerra revolucionaria. Congo, al considerarla un fracaso no puede interiorizarse como algo personal. En los resultados finales están presentes elementos de carácter interno como el problema tribal, la ausencia de los líderes en las zonas de combate, la composición de su estatus social, entre otros, que no les permitía comprender el verdadero concepto de nación y mucho menos el tener que luchar por ello. A ésto, habría que agregar la presión ejercida por la Organización de la Unidad Africana [OUA], denominada así en ese tiempo, para suspender la ayuda a todos los movimientos armados que entendían que practicaban una lucha fratricida, una lucha entre hermanos, y mantener sólo a aquellos que, supuestamente, lucharían en contra de la colonia dominante.

Esa medida alcanzaba sólo a los países de habla portuguesa, porque los otros tenían un estatus de semicolonia, como era el caso del Congo. Se basaban en el principio de mantener las fronteras heredadas del colonialismo y no apoyar luchas internas que llevaran a la supuesta fragmentación del país y de África en general, sin duda, eran elementos que influyeron en nosotros.

Esa decisión conllevó un conjunto de acciones por parte de la OUA, entre ellos la confiscación de todos los medios que poseíamos, como las lanchas ubicadas en el lago para la transporte de los alimentos llegados de Cuba. Dentro de la solicitud oficial más compleja, uno de los acuerdos tomados fue el de impedir nuestro movimiento por el territorio de Tanzania e imposibilitar que se convirtiera en base extrema de nuestra retaguardia, aspecto que la dirección de la Revolución trató de que se suspendiera, sin alcanzarlo.

A todo esto, se suma el hecho de no contar con un jefe nativo a quien asesorar y que pudiera realmente ponerse al frente de los cientos de combatientes de diferentes tendencias que se concentraron en la zona.
Había ruandeses, congoleses de diversas tribus con costumbres diferentes y sin homogeneidad en cuanto a cómo combatir, sólo el pequeño grupo de asesores cubanos se encontraba apto para sostener la unión.

Con todos esos elementos, es que concuerdo en lo justo de concluir la lucha en ese momento, por tanto no lo considero una derrota del Che o de Cuba. Se carecía de condiciones esenciales para obtener la victoria.

Quizás, si hubieran estado presentes los líderes, combatiendo y aglutinando sus fuerzas, hubiera sido efectiva la presencia de los cubanos en los frentes, en todos los grupos guerrilleros, y se hubiera alcanzado un mínimo de cohesión, llevándonos a una lucha más profunda, a una lucha más amplia que hubiera derivado, finalmente, en la toma del poder.

Por supuesto, a todo ello habría que añadir el papel que asumiría el imperialismo, pues no se iba a cruzar de brazos. Creo que hubiera acrecentado la participación mercenaria e incrementado la preparación de las fuerzas nativas y su intervención por intermedio de los países europeos, entre ellos los belgas, franceses y, en última instancia, de manera directa.

Por nuestra parte, había una tropa armada y apta para trasmitir experiencias, pero en el plano social no fue fácil de asimilar esa realidad, teniendo en cuenta el nivel cultural y político que poseían los cubanos que acompañamos al Che. En parte, ahí pudiera estar la decepción del Che al sublimar un poco la concepción de los revolucionarios cubanos, al no tener en cuenta su composición, muchos de los cuales no habían peleado en la lucha guerrillera, sino como combatientes de la lucha contra bandidos, además de poseer un bajo nivel de instrucción, impidiéndoles comprender la realidad imperante, muy adversa y hostil, desde las relaciones sociales, con costumbres totalmente diferentes, lo que requería de nuestros hombres un esfuerzo mayor para que asimilaran su entorno. La verdad es que no todos los cubanos pudieron entender la realidad de lo que ocurría a su alrededor.

Esa realidad en su conjunto, al ser valorada por el Che —desde su óptica—, es interpretada de forma objetiva, sabía del peso de los cuatrocientos años de explotación colonial, de la miseria y de un pueblo carente de una noción exacta de qué es una nación, de la nacionalidad y de un verdadero sentido de pertenencia. Para el nativo su mundo era la etnia y sus decisiones estaban determinadas por la aprobación de su participación en la lucha sólo si la tribu lo autorizaba, aunque en esa zona se seguía un reclutamiento voluntario, nunca obligatorio, como después pudimos observar en otras partes de África. No obstante esa ventaja, les faltaba una verdadera conciencia de su papel, hubo momentos en que nos levantábamos rodeados de una montaña de fusiles porque habían depuesto las armas y cuando el Che indagaba les decían que no querían seguir combatiendo.

Pasado los años, conocimos algunas explicaciones de dirigentes que habían alcanzado el poder, sobre la presencia del Che en el Congo. Explicaron el tremendo trauma que les causó, se sentían mal al no concebir que un dirigente de su talla estuviera combatiendo allí y ellos estuvieran fuera. Es decir, existió un complejo de inferioridad, de retraimiento, que nunca fueron capaces de superarlo en el momento que más se necesitaba.

En el caso de los combatientes cubanos hubo algunos que no correspondieron como hubiera sido el deseo del Che, faltaba entusiasmo porque no entendían el porqué de la lucha, el por qué teníamos que estar cargando con el armamento y salir a las líneas defensivas, mientras los nativos se inmunizaban con la dawa, un fetiche que empleaban contra la muerte y por qué no estaban presentes los jefes.

Recuerden que los latinoamericanos tenemos la costumbre de contar con el caudillo, con el jefe, siempre al frente. En la historia de los cubanos siempre se contó con hombres de la talla de Fidel, combatiendo, a Antonio Maceo que iba de primero en la carga al machete, a Máximo Gómez, a Ignacio Agramonte, en fin, a todos nuestros próceres de la independencia, siempre los primeros.

Fidel siempre afirmaba que el Che tenía el mérito de haber sido el primero en todo, en el Granma, en la lucha, y todo eso para nosotros los cubanos, los latinoamericanos es imprescindible, nos es vital. Esas diferencias marcan al soldado, porque no dudamos de la formación intelectual de los líderes congoleses de entonces, muchos era poetas, escritores y se convertían en líderes, pero nunca en las acciones combativas. Esa realidad desalentaba y hubo cubanos que le plantearon al Che el retorno, incluso un miembro de su escolta, que estimaba mucho, también lo había decidido.
Por supuesto, todo ello produce en él un desencanto mayor, aunque ya cuando se produce la despedida no piensa así, mantiene un análisis más preciso y valora las perspectivas que ve en la lucha futura en el continente africano.

A partir de lo acontecido, toma la determinación de proseguir en otros escenarios, momento en el que selecciona a Papi [José Ma. Martínez Tamayo, Mbili], Tuma [Carlos Coello, Tumaini], Braulio [Israel Zayas, Azi], Morogoro [Octavio de la Concepción de la Pedraja] y a mí para acompañarlo. Aunque aún no tenía un lugar definido hacia dónde ir, existía la convicción plena de seguir combatiendo por la independencia de nuestros pueblos, formaba parte de sus principios y nada lo desalentaba en ese sentido.

De todo lo acontecido, he pensado que extrajo una experiencia amarga que lo lleva a retomar algo que siempre había dicho con respecto a que la ayuda debía ser condicionada, no lo hizo en el Congo, se puso a disposición de un personal que no entendía ese gesto y la humildad con que lo realizó.

Así es que decide retornar a América, con la convicción de que esta vez la ayuda debía ser condicionada, razón por la se produce la contradicción con Mario Monje, secretario del Partido Comunista Boliviano, en esos tiempos. A diferencia del Congo, donde no se encontró un jefe de alguna tribu o un hijo, quizás ahí hubiéramos encontrado a alguien que tuviera la convicción de llegar a ser un líder natural para conducir a la emancipación de su pueblo, aunque sinceramente nunca apareció.

La campaña guerrillera de Bolivia

La realidad de lo acontecido en el Congo hace que, en Bolivia, el Che fuera con una concepción más amplia, la de crear un frente amplio en el que todo hombre honesto, revolucionario, con conciencia, pudiera incorporarse a la lucha sin detrimento de posiciones políticas o religiosas, solo la disposición de luchar por su país, por su independencia.

Esa definición era lo primero, por eso trata de unir todas las fuerzas de izquierda, con independencia de las circunstancias que propiciaron el surgimiento de un partido comunista pro-chino, otro que se desprendió de ese mismo partido o de otras tendencias.

Lo importante era buscar el mayor concierto entre las fuerzas a participar, ya fueran los montoneros y otras organizaciones, como era el caso de Argentina. En fin, empieza a establecer una serie de vínculos y relaciones con hombres dispuestos y convencidos de la necesidad del cambio revolucionario. Así surge un proyecto que no se circunscribe solo a Bolivia, por eso incluye a los cubanos y trata de obtener un frente coordinado con una figura central que, desde ese país, pudiera expandirse a los demás territorios. Eso es lo que Monje no entendió, es donde su posición se limita solo al ámbito local, es, en síntesis, la valoración que he hecho de la estrategia propuesta desde el inicio.

Creo que en Bolivia el Che trató de organizar y ampliar las bases de apoyo con otros grupos, no pienso que fuera un error el incorporar al grupo de Moisés Guevara, de su gente estaba Simeón Cuba, Willy, que muere fielmente junto a él y el propio Moisés murió con entera dignidad, combatiendo, al igual que otros compañeros de su círculo. Es cierto que hubo algunos traidores, pero también los hubo del propio Partido Comunista Boliviano, se debilitaron algunos como el Camba [Orlando Jiménez Bazán], Antonio [Domínguez Flores, León], el cocinero, pero otros como Serapio [Aquino Tudela, Serafín], sobresalieron y murieron dignamente. Una gran lección, porque no se puede juzgar a todo el mundo por igual a partir de algunas actitudes negativas.

Che, dirigente político

Soy un convencido que la cualidad más importante del Che es como dirigente político, porque si desarrolló cualidades como jefe militar, se debió a que consideró que era la vía para alcanzar sus objetivos políticos, es decir, no era ser un cuadro militar por serlo, era la necesidad de dominar ese arte para alcanzar objetivos superiores, sintetizados en obtener una patria más justa, bajo las banderas del socialismo.

En esa concepción estaban presentes los ideales de Bolívar y Martí, pero sumado al ideal socialista, porque no se puede construir una república con todos y para el bien de todos, como expusiera Martí, sin eliminar la explotación y las injusticias. Esa sociedad pudiera denominarse bolivariana, martiana o fidelista, pero lo importante es que fuera más justa, dirigida al perfeccionamiento del ser humano, es ahí donde encontramos la verdadera esencia del Che, de su vida y obra.

Esa cualidad fue la que siempre vio Fidel, por eso lo seleccionó para acciones mayores, como ponerlo al frente de la campaña de Las Villas, zona compleja e integrada por varias organizaciones que luchaban contra la tiranía pero con posiciones e intereses diversos.

El Che en esas circunstancias demostró con sus decisiones que prevalecía el criterio de formar a hombres honestos, capaces de luchar por su patria con las armas en la mano, para convertirse, después, en dirigentes de la revolución en el poder. Desde su llegada al Escambray, territorio montañoso de la antigua provincia de Las Villas, formó una pequeña escuela para instruir a los combatientes, alcanzó la coordinación e integración de todos las fuerzas guerrilleras del territorio, con independencia de sus objetivos particulares, propiciando acuerdos entre ellos de organización en el combate, de delimitación de zonas, entre otras acciones.

Se puede afirmar que, cuando se produce nuestra llegada a Las Villas, se predicó con el ejemplo, se impusieron reglas para combatir en lugares donde no lo habían hecho las fuerzas acantonadas en el entorno, como fue la toma de Güinía de Miranda que, a los doce días de estar en el Escambray, el Che decide atacarla y así sucesivamente, Jíquima, Banao y otros lugares de la zona.

Esa proyección política del Che demuestra, a mi modo de ver, su brillantez al lograr la unidad entre tan diversos intereses y convertirse, además, en el jefe indiscutible que iría perfilándose para futuras contiendas.

Sus cualidades organizativas se ponen a prueba tanto en la Sierra Maestra como en Las Villas, en la creación de industrias de guerra, la creación de un periódico y de la radio, encargados de informar y formar políticamente a los combatientes. La disciplina y el orden se imponían en los campamentos, con el predominio de signos de civilización que permitía a la guerrilla tener un mínimo de condiciones, un horno para hornear el pan, un anfiteatro para las conferencias, las reuniones, una armería, todo con el criterio de incentivar la creación y la eficiencia en el combate, no era lo mismo tirar una granada con la mano que tirarla con un cartucho que alcanzara los 150 a 200 metros de longitud.

Ya al triunfo revolucionario, esas cualidades se manifiestan en todas las responsabilidades que se le asignan, en el Departamento de Instrucción Revolucionaria donde se prioriza la instrucción del Ejército Rebelde, casi en una buena parte analfabeto, crea también la revista Verde Olivo, con el objetivo de capacitar políticamente a los soldados. Desde esa posición, desarrolla algunas ideas que había intentado desde Guatemala cuando las fuerzas mercenarias invaden el país y es derrocada la revolución, no era otra que la necesidad de entregar armas al pueblo para su defensa. Se crean las milicias revolucionarias bajo el mando de un oficial que formó parte de su columna durante la guerra, Rogelio Acevedo, joven capitán de nuestro ejército.

De igual forma, comienza a organizar una fuerza integrada por jóvenes, en parte que no tuvieran una tendencia política concreta, no tuvieran trabajo o no estuvieran estudiando, como una forma de incorporarlos al proceso revolucionario, es así que surge la Asociación de Jóvenes Rebeldes al frente de un joven destacado de su columna, el comandante Joel Iglesias.
Todo ello habla de la obra multiplicadora del Che, luchar por un hombre más culto, capaz de auto-dirigirse, elementos presentes en el pensamiento martiano y que se encuentran en las concepciones avanzadas del Che. Razones que explican con claridad su adhesión a la línea política sustentada en el Programa del Moncada, como una forma de materializar sus ideas.

Con posterioridad, al frente del Departamento de Industrialización del INRA [Instituto Nacional de Reforma Agraria], se da a la tarea de formar los cuadros, esencialmente políticos, a través de cursos especializados, crea escuelas y un conjunto de vías complementarias para concretar una mayor preparación política e ideológica, profundizando en el conocimiento de nuestra historia patria, en el ideario martiano, convencido de que se comprende mejor la concepción de un solo partido desarrollada por Martí que la expuesta por Lenin, aunque tenga menos fundamentos teóricos. En la práctica, se podía comprender con mayor claridad el por qué proclamar la guerra necesaria, primero para Cuba y después para Puerto Rico. Son principios asumidos por el Che y que explican en parte, su concepción internacionalista.

Por supuesto, cuando lo nombran Ministro de Industrias ya tenía una mayor proyección de cómo enfrentar y desarrollar su labor. Se da a la tarea de buscar los cuadros mejor preparados, con más nivel cultural dentro de nuestras filas rebeldes, es cuando incorpora a Alberto Fernández Montes de Oca, Pachungo o Pacho, a Jesús Suárez Gayol, Rubio, hombres seleccionados después para integrar el grupo de guerrilleros cubanos en Bolivia, y a otros compañeros de su columna.

No estaban técnicamente preparados para las responsabilidades designadas, pero en ellos primó el deseo y la voluntad de contribuir al desarrollo de una obra extraordinaria, con el apoyo y la confianza que depositara el Che en el cumplimiento de las tareas.

Todo lo enunciado hasta aquí, da la medida del por qué Fidel, desde los inicios, lo nombra en responsabilidades de tipo económicas, con independencia de bromas que circularon, cuando en una reunión pide un economista para la dirección del Banco y el Che levanta la mano y le pregunta si lo era y el Che le contesta que no, que era comunista. Se le asignan también otras tareas de tipo internacional para divulgar la obra de la revolución, fue el primero que visita los países socialistas, algunos países que conformaban el Pacto de Bandung, antecedente del MNOAL [Movimiento de los No Alineados], acciones que, de una forma u otra, habían sido estimuladas por él para su ejecución. Eso habla por sí solo de lo profundo de su pensamiento y actuar político, presentes para las futuras generaciones en los discursos que pronuncia en Punta del Este en 1961, en Naciones Unidas en 1964 en Argel en 1965, entre otros, y que forman parte de lo más sobresaliente de sus proyecciones internacionales.

Mi criterio es que el Che realiza un extraordinario aporte a la Revolución Cubana, como expusiera Fidel, al calificarlo de extraordinariamente culto y con una elevada formación ideológica. Su afiliación política para mí era la de revolucionario, no había pertenecido a ningún partido, solo se afilió a nuestro partido cuando se crea dentro de nuestro proceso, fue un artífice de su unidad como lo hizo en Las Villas a su debido tiempo.

Su propio balance de los años transcurridos como dirigente del proceso cubano, que apenas rebasó los seis años, lo llevan a afirmar que había cumplido con su deber como revolucionario y a tomar la decisión de marchar a otras tierras por considerar irreversible el proceso revolucionarios cubano, tal y como lo enfatiza en su ensayo «El socialismo y el hombre en Cuba» y en la carta de despedida leída por Fidel en 1965 al constituirse el Partido Comunista Cubano.

Reinicia una nueva etapa y comienza a desarrollar un profundo pensamiento militar integrado por el propio pensamiento militar de la Revolución Cubana y las experiencias y aportes concretos de Fidel y Raúl, sistematizándolas y generalizándolas. Ejemplos precisos se encuentran en su libro Guerra de guerrillas y en su artículo «Guerra de guerrillas: un método», de donde extrae experiencias y las sintetiza con gran capacidad política al concebir al guerrillero como un reformador social y como un revolucionario consecuente.

Ese pensamiento es el que define al Che como un verdadero revolucionario, dentro de su condición de reformador social, despojado de egoísmo, de vanidad, solo el egoísmo de ser útil a la patria, a la revolución latinoamericana y mundial. Es ese el Che que conocí y admiraré por siempre.

Rounded image

Harry Antonio Villegas Tamayo (Pombo)

Nació. en 1940 en Yara, Sierra Maestra, Cuba, es un militar cubano Villegas nació en 1940 en una familia de campesinos pobres (guajiros), en Yara, una localidad situada en las estribaciones de Sierra Maestra, entre Bayamo y Manzanillo. Su hermano Téogenes era un joven dirigente local del Partido Ortodoxo, activo opositor a la dictadura de Fulgencio Batista (1952-1958) y seguidor de Fidel Castro, referente de la Juventud Ortodoxa que dirigió el asalto al cuartel Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953.

Luchó a las órdenes del Che Guevara en la Revolución Cubana, el Congo y Bolivia donde fue uno de los tres cubanos sobrevivientes. Alcanzó el grado de general de brigada del ejército cubano y fue condecorado como «Héroe de la Revolución». En 1996 escribió el libro «Pombo, un hombre de la guerrilla del Che».


Nota: