Debates teórico-políticos del siglo XXI 1

El ciclo progresista de nuestra América

Paula Klachko
Publicado en abril 2019 en La Migraña 30
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Habiendo transcurrido casi 20 años desde el inicio del cambio de época progresista en nuestra América, se intensifican los debates acerca de su posible final de ciclo o, al contrario, su relanzamiento, al tiempo que se ponen en discusión sus aciertos y logros, así como sus errores y falencias. Entre quienes valoran dichas experiencias como positivas para el campo del pueblo, en tanto supusieron una mejora considerable en la calidad de vida de masas, y avances en la construcción de poder popular y disputa con el poder de las clases dominantes nacionales e internacionales, se niega que se esté cerrando dicho ciclo. Se señala la superpervivencia de varios de esos gobiernos populares e indicios de una posible recuperación, dado el ascenso de luchas populares frente a las políticas neoliberales de los gobiernos pro imperialistas y el éxito electoral de una fuerza nacional y popular en México. Del otro lado, la consideración del final de ciclo proviene principalmente de cierta intelectualidad posmoderna anclada en la fuerte crítica a los gobiernos populares por considerar que han cooptado o neutralizado la capacidad de autonomía organizativa de las masas y que han afectado, con la continuidad de la economía extractiva o primarioexportadora, al medioambiente natural y social. La declinación de los precios de esas commodities exportables con la consiguiente desfinanciación del estado explicarían el final del ciclo progresista, sin referencia alguna a un análisis geopolítico del imperialismo contemporáneo y negando asimismo la lucha de clases. Aquí partiendo de una mirada que pone a la correlación de fuerzas internacionales y la lucha de clases en el centro de la escena, nos proponemos realizar un análisis de estos debates actuales retomándolos desde sus raíces al inicio de esta intensa época nuestra american1Preferimos dejar en claro que tomamos postura por la segunda opción, y desde este escrito intentamos desplegar herramientas, datos y argumentos para debatir con la primera de ellas, por lo que muchas veces se verá reflejado dicho involucramiento en el uso del lenguaje. Desde nuestra visión el hecho de explicitar la posición teórico-política desde la que se analiza la realidad social (dado que la neutralidad no existe) contribuye a generar grados de objetividad..

La tercera oleada independentista de nuestra América retomada a inicios del siglo XXI y sus desenlaces hoy se pone en juego con el avance de la restauración neoliberal o neocolonizadora del gran capital.

Dicha irrupción política de masas se hizo lugar desde la década de los 90 deconstruyendo los diversos mecanismos de disciplinamiento social que reactualizaban el miedo inserto en los cuerpos mediante los terrorismos de estado que hicieron viables las reformas neoliberales de concentración y centralización del capital. Hacia el final de la década y en los inicios del milenio se iría desarrollando un pasaje desde la resistencia y lucha popular desde abajo a la lucha popular desde arriba2El concepto de lucha popular desde abajo y lucha popular desde arriba lo tomamos de V.I. Lenin Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática y fue trabajado en Arkonada, Katu y Klachko, Paula (2016) Desde Abajo. Desde Arriba. De la resistencia a los gobiernos populares: escenarios y horizontes del cambio de época en América Latina (La Habana: Editorial Caminos)., logrado mediante la conformación de alianzas que integran en mayor o menor medida a los intereses populares con las cuales se disputa electoralmente con éxito y se accede a los gobiernos de gran parte de nuestros estados nacionales. El acceso de fuerzas social–políticas progresistas o populares a los gobiernos por la vía de la institucionalidad liberal burguesa, fue posible por la fractura en los bloques dominantes y la crisis de representación de sus herramientas políticas tradicionales, desgastados por la implementación de políticas de estado que llevaron al hambre y miseria de masas.

En esa crisis hegemónica, las clases dominantes intentaron arrastrar consigo a la praxis política en sí misma, y reconducir esa crisis hacia la despolitización, inyectando dosis de desesperanza en cualquier construcción social colectiva alternativa a esas políticas de concentración del capital que llevaron a las democracias a su mínima expresión. Así en la segunda mitad de la década de los 90, al tiempo que crecían las resistencias, se generó un divorcio (temporal) entre la lucha política y la lucha social, que recluía y aislaba a esta última de la posibilidad de proyectar las resistencias al plano de la disputa de poder, rompiendo el cerco de la lucha por los intereses más inmediatos o locales hacia las transformaciones que impactan masivamente en la vida de los pueblos. Esa operación de despolitización de masas, mientras intentaban dirimir sus diferencias en el seno de las clases dominantes frente al agotamiento de esas políticas, fue complementada consciente o inconscientemente, por un discurso “por izquierda”, de algunas organizaciones populares que se refugiaron en sus genuinas construcciones territoriales o sectoriales, intentando salir de esa crisis de representación mediante un fuerte cuestionamiento a las prácticas burocráticas o de centralismo burocrático presentes (real o imaginariamente) en el campo popular. Profundizaron el ejercicio de la democracia mediante la práctica asamblearia radical, más como fin que como medio.

La tesis del mexicano irlandés John Holloway acerca de “cambiar el mundo sin tomar el poder”3Holloway, John (2002) Cambiar al mundo sin tomar el poder, Editorial El viejo topo, España. Consideramos a estas posturas como una suerte de neoanarquismo burgués que deja intacto el poder de decisión y privilegio en todas las esferas de la vida en manos de las oligarquías dominantes. así como la negación del imperialismo y de la importancia estratégica de los estados nacionales en la ofensiva del gran capital y del disciplinamiento social, por parte de dos importantes teóricos de la izquierda europea, Michael Hardt y Antonio Negri4Hardt, Michael y Antonio Negri (2001) Empire. Harvard University Press. Estados Unidos de América. , contribuyeron a justificar la predominancia –y cierto fetichismo– de las formas de organización por encima de su valoración como herramientas para la liberación nacional y social, no de un barrio o localidad sino ya de las masas populares que componen nuestras naciones, lo que solo puede obtenerse disputando el poder con quienes lo controlan, controlando al estado y así todos los diversos ámbitos de nuestras vidas5Sobre el tema del poder, y el debate con los autores citados, véase Atilio A. Boron, “La selva y la polis. Interrogantes en torno a la teoría política del zapatismo” Revista Chiapas (México, 2001), Nº 12 http://www.revistachiapas.org/No12/ch12boron.html y del mismo autor Imperio & Imperialismo. Una lectura crítica de Michael Hardt y Antonio Negri, Buenos Aires: CLACSO, 2004. Para lo cual también es indispensable visualizar los campos de batalla y los sujetos a quienes nos enfrentamos. Es decir, a nuestros enemigos en el campo de las relaciones de fuerza internacionales (que en países dependientes son determinantes y constituyen las más de las veces los estados mayores conjuntos que dirigen las ofensivas antipopulares). Sin embargo, desde los propios procesos de lucha se fueron articulando las demandas de las distintas fracciones sociales en alianzas y liderazgos que supieron tejer las divergencias en proyectos políticos que plantearon la necesidad urgente y posible, en esa coyuntura, de la toma del poder político del estado mediante la disputa electoral frente al espacio abierto por la crisis de representación de los partidos burgueses tradicionales.

Al contrario de lo que planteaban las posturas defensivas de aquellos y aquellas intelectuales que se denominaron tributarios de un “autonomismo” –que postulaba que las construcciones de base no debían contaminarse con alianzas con sindicatos, partidos o enlazarse en políticas de estado6Se podría establecer una línea de continuidad con los debates que se fueron dando en diversas oleadas de luchas históricas sobre espontaneísmo y dirección política, construcción de alianzas, autoridad y autonomía.–, al acceder esas fuerzas social-políticas a los gobiernos, se refuerza la construcción de poder popular7Entendemos poder popular en el sentido de Mario Roberto Santucho, véase cap. IX “Las luchas desde abajo y a la izquierda. La construcción de poder popular y su relación con el estado” en Arkonada, Klachko Op. Cit. en distintos grados en las diversas experiencias nacionales, aunque los grados de esta construcción no fueron lo suficientemente fuertes como para evitar que varios de esos gobiernos populares más tarde fueran desalojados mediante golpes de estado o estafas y manipulaciones electorales.

Pasados varios años de experiencias de gobiernos progresistas8Utilizamos la noción de “progresista” en el sentido de Gramsci, véase su texto: El Cesarismo; en: http://www.gramsci.org.ar/TOMO3/084_cesarismo.htm , de los cuales los que plantearon cambios más profundos se mantienen –aún bajo asedio de las resentidas oligarquías que vieron afectados sus privilegios como los casos de Venezuela, Bolivia y todavía con enormes dificultades El Salvador y Nicaragua, y sobre todo la que irradia su internacionalismo solidario, Cuba–, algunos y algunas intelectuales se montan en esa corriente autodenominada autonomista, que aborrece de lo estatal, muestra una clara simpatía por la “antipolítica” e idolatra ciertas luchas localizadas en torno a la defensa del medio ambiente e identidades originarias, negando sistemáticamente la lucha de clases como contradicción fundamental a la vez que es motora de las dinámicas sociales y de las relaciones de poder que configuran la vida en sociedad en el capitalismo, y que atraviesan a todas las demás. De esta manera se han dedicado sistemáticamente a despreciar lo que denominan “populismos” que llevarían sin más a la desmovilización y manipulación demagógica de las masas para relegitimar los mecanismos de la dominación, sin ver que la clase dominante también los aborrece y con motivos, pues dichos gobiernos han arañado sus privilegios de clase. No se observa el mismo ahínco en la crítica hacia gobiernos manipulados por del gran capital que masacra a sus sociedades, como el caso de México o Colombia, como el que ponen en criticar de manera destructiva las experiencias de gobiernos populares en nuestra América que han cambiado de manera progresiva la vida de millones de trabajadores de lo que hemos vuelto a denominar la Patria Grande.

Ya constituye un lugar común afirmar, desde una visión revolucionaria o como intelectuales orgánicas a las causas de los pueblos, que la autocrítica es tan necesaria como el agua en los procesos populares de transformación social, pero esa crítica se torna productiva en tanto no abona la estrategia del enemigo o no destruye la propia, o en otras palabras, mientras abona a la dispersión de las fuerzas enemigas y abona la rectificación necesaria para el refuerzo de las propias filas.

Por otra parte, a la luz del actual avance de la restauración neoliberal o, como lo denomina Stella Calloni, la recolonización de nuestra América, y vistos en perspectiva histórica, los aciertos históricos de estos procesos superaron y superan ampliamente sus desaciertos y limitaciones.

Sin embargo, frente al avance de la restauración neoliberal, las clases dominantes y la izquierda pos moderna o los “anti-extractivistas” vuelven a apelar a la despolitización mediante un tipo de crítica a las experiencias de gobiernos populares que considera, al revés, muchos más los desaciertos que los magros aciertos. Nos dicen a las masas populares que lo mejor que pudimos construir y tuvimos o aún tenemos, fue “patético”9Zibechi, Raúl. Del fin de ciclo a la consolidación de las derechas, en La Jornada, 27 de octubre de 2017 https://www.jornada.com.mx/2017/10/27/opinion/016a1pol . .

El debate con estas tendencias se hace necesario dado que inoculan dosis de derrotismo al dar por hecho el fin del ciclo progresista10Nos referimos a autores como Maristella Svampa, Masimo Modonesi, Eduardo Gudynas, Raúl Zibechi, Pablo Stefanoni, entre otros. , en lugar de asumir que este esta en reflujo y disputa frente a una ofensiva brutal de las clases dominantes, pero se mantiene a flote con la resistencia ofensiva de los gobiernos populares en pie, a lo que hay que sumarle la victoria electoral de una opción progresista en un México que no ha disfrutado de la ola progresista, y, en algunos países en los que han retornado las élites dominantes a los gobiernos o nunca se fueron, con el despliegue de luchas y crecimiento de la organización popular contra la voracidad del capital y sus representantes en sus diversas expresiones. Sin duda que existe contraejemplos, como el avance del fascismo en Brasil, justamente como respuesta desesperada de las clases dominantes ante la posible vuelta de lo que denominan despectivamente como “populismo” en ese gigante de Nuestra América. Pero ello no opaca que una parte sustancial de las fuerzas progresistas se encuentran en pie de lucha, ya sea desde abajo (luchas populares) o desde arriba (resistencia ofensiva desde los gobiernos populares). Ha cambiado la correlación de fuerzas: el ciclo progresista está gravemente en disputa (ahora sí, y no en 2010 como lo plantean varios de los autores aquí citados), pero no está anulado ni agotado.

Síntomas del supuesto fin de ciclo

En un balance de la situación actual (correlaciones de fuerzas internacionales, sociales, políticas y militares) se abre un debate acerca de un posible final o relanzamiento de dicho ciclo progresista.

Desde la ausencia de un análisis geopolítico y la negación de la lucha de clases, ciertas y ciertos autores, anclados en la crítica al manejo ambiental de los gobiernos progresistas, solo atinan a declarar con una lectura mecanicista el fin del ciclo progresista como reflejo de la caída del precio de las commodities, en cuya explotación, extracción, consumo y exportación se basan o basaban los gobiernos populares.

Todas y todos estos autores comparten la caracterización de toda la etapa del ciclo progresista como el “ciclo de los commodities”, o el “consenso de las comodities”, o directamente: el modelo extractivista, sea de derecha o de izquierda. A través de una suerte de “pacto de consumo” esos gobiernos habrían profundizado la matriz primaria exportadora y dependiente, con un cariz más depredador que todos los modelos anteriores. Y “con el correr de los años, en la medida que determinados gobiernos no pudieron garantizar ese pacto de consumo, obviamente, la crisis fue haciéndose cada vez mayor”11Entrevista a Maristella Svampa ¨Del cambio de época al fin de ciclo¨ (I Parte), septiembre de 2018, recuperado de https://www.aporrea.org/actualidad/n331057.html .

Es necesario aclarar que el crecimiento del PBI por cualquier vía no necesariamente supone la redistribución hacia abajo del ingreso o de la renta. Por ejemplo, durante los primeros 8 años de gobierno del neoliberal Carlos Menem en la Argentina, el PBI creció y lo que se realizó fue una redistribución del ingreso pero hacia arriba. Una profunda reestructuración económica que redundó en una fenomenal concentración y centralización de la riqueza y del capital12Al respecto véase los trabajos del área de economía de FLACSO dirigida por Eduardo Basualdo y sus varios libros.. No es el caso de los gobiernos populares que utilizan el excedente generado, por ejemplo, por la renacionalización de los recursos estratégicos para la inversión social. Lo cual no acaba con la desigualdad social pero redistribuye la riqueza de tal manera que ha mejorado la calidad de vida de millones de personas, lo que puede advertirse claramente a través de los indicadores sociales. Por lo tanto, aunque están relacionados, crecimiento económico no es directamente proporcional a reparto de la riqueza hacia abajo.

Otros u otras autores vienen poniendo el eje en la “corrupción extractivista”, que abarcaría tanto a gobiernos conservadores como progresistas, aunque reconocen que los últimos reparten más y son menos represivos13Es curiosa la furia contra un extractivismo que tiene mas de 500 años de historia pero que para algunos aparece como un fenómeno nuevo ante sus ojos, lxs mismxs que ademas de usar celulares y computadoras realizadas con esos metales raros que se obtienen extrayéndolos de la tierra, hayan realizado parte de sus investigaciones con financiamientos de becas de importantes instituciones occidentales cuyas filantropía proviene de familias dueñas de minas que erosionaban la misma tierra y extraían minerales y plusvalías en nuestros territorios.. Pero, sin pretender caer en análisis ahistóricos que pudieran remitir a un capitalismo sin matices desde su conformación, no podemos dejar de decir que no existe otro capitalismo no extractivista y no corrupto. La primera forma de corrupción extractivista es la extracción más importante, aquella en la cual se basa el capitalismo: la extracción de plusvalía. Y con eso no estamos justificando otras formas de latrocinio, pero tampoco nos asombra como un fenómeno nuevo, cuando, además, Nuestra América se forjó en el extractivismo funcional a la acumulación originaria del capital en Europa desde la primera hora de la conquista y todos los proyectos de diversificación e industrialización, de desarrollo, aun en los marcos capitalistas pero independientes, fueron y son sistemáticamente obstaculizados e impedidos, por supuesto con la anuencia de las clases dominantes locales que han sido históricamente socios subordinados a los capitales monopólicos de diferentes imperialismos. ¿Cómo se denomina al saqueo sistemático que se realiza con la especulación financiera y la fuga de capitales? Solo por mencionar una desorbitante forma de extracción de nuestras riquezas que se opera en minutos.

Ello no justifica ningún acto de latrocinio de los dineros públicos y son los gobiernos progresistas los que deben atacar, y lo han hecho en mayor o menos medida depende el caso, esas desviaciones.

Por otra parte en un artículo de 2016, Massimo Modonesi y Maristella Svampa14“Post-progresismo y horizontes emancipatorios en América Latina”, del 13 de agosto de 2016, disponible en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=215469 señalaban a las iniciativas de las despechadas clases dominantes como síntomas del ocaso del ciclo progresista. Así enumeraban los casos de persecución mediática y judicial para impedir la re-elección de líderes populares, al gobierno bolivariano de Venezuela “sitiado” por una Asamblea Nacional controlada por la oposición (una derecha golpista que en esos momentos desplegaban una ofensiva extremadamente violenta15A la táctica destituyente violenta en Venezuela se respondió desde la conducción del proceso revolucionario con otra táctica instituyente, canalizando el inusitado proceso violento hacia las elecciones para la Asamblea Nacional Constituyente que trajeron la paz.) y “desgastado por una grave crisis económica” (sobre lo que no presentaban análisis alguno de su génesis y condicionamientos externos), las derrotas electorales y al “desplazamiento” en Brasil de la presidenta Dilma Rousseff de su cargo “legal pero ilegítimamente”16Consideramos altamente controversial decir que el ataque a Dilma Rousseff fue “legal”. La presunta legalidad de su juicio político ha sido fuertemente cuestionada por numerosos analistas y observadores de la vida política brasileña. El régimen político brasileño es presidencialista, y sólo ante la constatación fehaciente de un delito podría haberse iniciado un juicio político a la presidenta. Sin embargo, como lo atestigua la misma sentencia que la despoja de su cargo, ese delito no existió..

Sin embargo, esta ofensiva que intenta proscribir a los candidatos y candidatas populares y desalojar a los gobiernos progresistas o de izquierda, ha tenido diversos resultados, como algunas importantes victorias populares en Venezuela y Bolivia y otras derrotas en Brasil o Ecuador. En cuanto a las derrotas electorales, a nivel presidencial, solo conocemos una, la del kirchnerismo, en base a errores propios pero fundamentalmente a una campaña plagada de mentiras y estafas de una derecha que, se ha dedicado a desandar todas las conquistas sociales. El resto de los desalojos de gobiernos nacionales progresistas fueron realizados por golpes de estado institucionales o traiciones a los programas populares por los cuales fueron elegidos.

Por otra parte el fenómeno que tensiona al máximo, y sin duda reconfigura la correlación de fuerzas con el ciclo progresista, es lo que se desarrolla al tiempo que escribimos estas líneas con la probable victoria de una opción electoral abiertamente nazi-fascista en Brasil.

Aun así, lo primero y más llamativo es que entre quienes señalan el fin de ciclo progresista (desde hace años), pasan por alto, como si fuera un detalle sin importancia, la vigencia de los proyectos populares en los gobiernos de Bolivia y Venezuela, que junto con Ecuador (ala que cayó al mar, parafraseando la canción de Pablo Milanés sobre Puerto Rico) fueron los países que conformaron el núcleo duro del cambio de época progresista en Nuestra América, gobiernos que han realizado profundas reformas sociales, económicas y políticas y, además, se han planteado un horizonte poscapitalista a largo plazo. A pesar de todos los obstáculos y dificultades que atraviesan retienen esos gobiernos populares, que junto con Cuba constituyen hoy ese núcleo. Como hemos señalado en la introducción, también están en pie los gobiernos populares de El Salvador y Nicaragua, bajo un asedio fenomenal, todo lo cual exige un estudio más detallado de esta problemática. Y el gobierno “en disputa” de Uruguay.

La autonomía, la irrupción plebeya y los liderazgos políticos

Coinciden las y los diversos autores con los que aquí debatimos que los ejes principales que habrían marcado ese cambio de época fueron: la irrupción plebeya, las demandas de autonomía y la defensa de la tierra y el territorio. Curiosamente, componentes cruciales de esa época –por cierto que aún inconcluso– como el antiimperialismo, el latinoamericanismo, la soberanía nacional, la recuperación de los bienes comunes y las políticas de combate a la pobreza y redistribución de la riqueza no parecen haber jugado papel alguno, pese a que fueron estos y no las exigencias de autonomía plebeya los que desencadenaron la furiosa reacción de las oligarquías locales y el imperialismo.

Por otra parte la tal exigencia de autonomía, que aparece por cierto pero no con la relevancia que varias autores le otorgan, se restringe a algunos grupos locales. Aquel en la que aparece con mayor envergadura es en el zapatismo, quienes han logrado hacer maravillosas construcciones populares en sus localizados territorios del sureste mexicano, mientras que el resto de esa gran nación se sumió en la tragedia social más profunda desde su gloriosa revolución de 1910.

En una reciente entrevista a Raúl Zibechi17Entrevista a Raúl Zibechi por Enric Llopis, publicado por REDH-Cuba en 31 agosto, 2018, https://redh-cuba.org/2018/08/movimientos-sociales-en-america-latina-un-nuevo-ciclo-de-luchas/ se destacan realmente interesantísimas y admirables experiencias de construcción autónoma integral, por ejemplo aquellas de las comunidades indígenas en el Cauca, región en la que han sido asesinados una gran cantidad de líderes y lideresas campesinas, en medio de ese mar de tragedia social que también es Colombia. Estas experiencias son muy loables por cierto y han conseguido enormes avances en sus territorios, pero justamente el éxito que van adquiriendo es directamente proporcional a su fijación territorial.

Las pedagógicas palabras del comandante Chávez son aleccionadoras al respecto. Él nos decía en 2009 que las comunas –construcciones autogestionarias del pueblo que se desarrollan en Venezuela18Para conocer más sobre el desarrollo comunal socialista en Venezuela véase Teruggi, Marco (2015) Lo que Chávez sembró. Testimonios desde el socialismo comunal. Buenos Aires: Editorial Sudestada. – deben ser el espacio sobre el cual vamos a parir el socialismo. En tanto son creación popular, de las masas, desde abajo, y constituyen una creación heroica. Pero esas células deben articularse elevando lo local a nivel universal. Lo local confinado solo a lo local es contrarrevolucionario. Así inspirándose en Mao Tse Tung, Chávez volvía a afirmar, que esos vasos capilares y núcleos debían movilizarse por objetivos políticos que vayan más allá de los mezquinos contornos de su aldea existencial19Tatuy TV, Video Chávez Radical XXI: «Las comunas deben convertirse en un sistema unificado nacional», Septiembre 2018, https://www.tatuytv.org/index.php/especiales/74-chavez-radical/4235-video-chavez-radical-las-comunas-deben-convertirse-en-un-sistema-unificado-nacional.

La centralidad de la demanda de autonomía, que varias autores del neoanarquismo individualista posmoderno ponen en un centro de dudosa realidad histórica, es tributaria de la suicida idea de la renuncia a la toma del poder. Pues para plantearse la toma del poder inevitablemente se deben tejer alianzas, como nos enseña la historia de todos los procesos revolucionarios. La pretendida autonomía remite en el terreno estratégico, dicen, a un horizonte emancipatorio. Pero abordándola como una cuestión de forma y no de contenido, queda en las sombras, obviamente, el hecho de que la autonomía de un movimiento social poco significa de por sí, pues bien puede asumir tanto un contenido político de derecha como de izquierda, y no necesariamente estar ligado a un proyecto de emancipación social. No pocas veces la historia latinoamericana ha demostrado que movimientos autónomos terminaron siendo una expresión más de la hegemonía burguesa. Ejemplos de ello pueden ser ciertas variantes del ecologismo que comenzaron con planteamientos radicales y terminaron proponiendo nada menos que un inverosímil “capitalismo verde” muy del agrado de las grandes transnacionales. Lo mismo cabe decir de algunas organizaciones campesinas o indígenas que terminaron como furgones de cola de la reacción en Bolivia y Ecuador. En Dos Tácticas de la social democracia en la revolución democrática, V. I. Lenin observa que la cuestión de la autonomía reside menos en el aspecto subjetivo que en el objetivo; no en la posición formal que la organización ocupa en la lucha, o su discurso político, sino en contar con la acumulación de fuerza necesaria como para volcar a favor del pueblo el desenlace material del enfrentamiento20Lenin, V. I. (1905) Dos Tácticas de la social democracia en la revolución democrática (Bs. As.: Editorial Anteo, 1986).. Los sujetos sociales y sus organizaciones pueden considerarse a sí mismos como autónomos pero si no logran imprimir una dirección a los acontecimientos históricos, solos o mediante la articulación de las alianzas que sean necesarias para hacerlo, su pretensión de autonomía termina diluyéndose en las iniciativas de las clases y fracciones sociales dominantes. O en bellos testimonios locales sin afectar al capital, y por lo tanto a la vida de las masas.

Intentando escapar de la crisis de representación política e institucional a la que hacíamos referencia, que afectó también a organizaciones políticas sociales y sindicales contestatarias o de izquierda, algunos de estos grupos que estaban construyendo nuevas organizaciones cuestionaron la organización fuerte –partido de cuadros– orientada a la toma del poder. Ello supuso una fuerte promoción de la participación de las bases en la toma de decisiones, impulsando formas de organización más democráticas y generando centralismos –sin los cuales no hay organización posible– pero más democráticos y menos burocráticos, o menos elitistas. Una parte de estos movimientos seducidos por las ideas de la “asimetría del poder” cayeron en el culto al basismo y al horizontalismo, virtudes en cierto tipo de organizaciones y en algunos momentos históricos pero de dudosa efectividad práctica; y en una radical desconfianza para con –cuando no un abierto rechazo– partidos, sindicatos o de cualquier preexistente “instancia articulatoria superior”, condenados irremisiblemente a traicionar las expectativas populares. De todas maneras, como hemos dicho más arriba, esta malla de autocontención funcional a las operaciones de despolitización de masas de las élites, fueron rotas por la misma potencia que anida en nuestros pueblos que se expresaron en la formidable capacidad de convocatoria plebeya demostrada, en distintos momentos, por fuerzas políticas y organizaciones populares que se alejaban del paradigma planteado más arriba. Los millones de venezolanos que acudían al llamado de Hugo Chávez o todavía hoy lo hacen ante la convocatoria del presidente Nicolás Maduro; o las multitudinarias concentraciones que supieron realizar el PT brasileño en los albores del 2000, el MAS boliviano o el Frente para la Victoria (FPV) en la Argentina al igual que las huelgas con movilización de masas convocadas por los sindicatos en ese país, o el Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) en México, ¿fueron sólo producto de la subordinación clientelística de las masas o expresaban algo más?

Los movimientos sociales, las organizaciones y los gobiernos

Desde el autonomismo posmoderno (muy cercano en sus lecturas institucionalistas a la clásica socialdemocracia liberal) intentan instalar una lógica de oposición entre los movimientos sociales y los gobiernos que ellos mismos constituyen, proponiendo recuperar la historia y el protagonismo de los movimientos sociales en la gestación de la fase progresista como claves para desentrañar los rasgos de la supuesta nueva etapa post-progresista que se iniciaría, ya por fuera de “las camisas de fuerza de la política partidaria, los cronogramas electorales y las alternancias gubernamentales”21Modonessi y Svampa, Op. Cit.. Desconociendo que gran parte de los movimientos que suelen invocar, o al menos los más grandes de la región, vuelven a ponerse la “camisa de fuerza” y apoyan a líderes progresistas, como el MST de Brasil al candidato del PT.

Estas y estos autores señalan a la propuesta de construcción de la autonomía como proyecto político prevaleciente en las luchas previas al ciclo progresista, desconociendo que la autonomía que se planteó predominantemente fue con respecto al poder del imperialismo y sus clases dominantes locales aliadas.

Sin duda que desde mediados de los años 90 la génesis de las alianzas que más tarde conformaran los gobiernos progresistas o populares tuvo como protagonistas de las luchas y resistencias al neoliberalismo a un vasto conjunto de movimientos sociales. Esto es cierto, pero en su afán por subrayar su importancia, cosa con la cual coincidimos, subestiman el papel de los partidos políticos y las expresiones de la lucha de clases en el terreno de la política institucional. Es desde ese proceso de luchas que se abre el ciclo progresista una vez que se logra acceder a muchos de los gobiernos quedando por ejemplo para 2009 un 62 % de la población de nuestra América en ese territorio político social22Véase mapa en Klachko, Paula “Nuestra América: ¿de dónde venimos y hacia dónde vamos?” en revista Batalla de ideas.

Hacia la construcción de la izquierda popular, enero 2018. http://batalladeideas.org/articulos/nuestra-america-de-donde-venimos-y-hacia-donde-vamos-por-paula-klachko/. Y no fue puro espontaneísmo, que por lo demás no existe sino que, como nos enseña Gramsci, toda actividad humana tiene algún grado de conciencia, y, como señala V. I. Lenin, el «elemento espontáneo» no es sino la forma embrionaria de lo consciente, mientras que lo consciente en un momento determinado puede ser espontaneo en relación a otro momento superior de la escala de la lucha de clases23Lenin (1902), ¿Qué hacer?, varias ediciones..

Los referentes y agrupaciones político-sindicales-sociales tuvieron mucho que ver en la capacidad de articulación de estas luchas, suturando ese aparente divorcio entre la lucha social y la política24Véase entrevista a Álvaro García Linera, por Klachko, Paula (2015). La conformación histórica del sujeto político-popular en Bolivia. Publicada en el sitio oficial de la Vicepresidencia: https://www.vicepresidencia.gob.bo/ y con otro título en la Revista del Observatorio Latinoamericano y Caribeño del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe: https://publicaciones.sociales.uba.ar/index.php/observatoriolatinoamericano/article/view/2482. Por otra parte en el movimiento piquetero, del que estos autores poseen una visión romántica que recalca el basismo y la autonomía, la mayoría de los principales referentes o impulsores de esos movimientos eran agrupaciones políticas o referentes que habían sido parte de organizaciones de izquierda de ese momento o de los ’70, eclesiásticas de base, y muchos referentes provenían de otras fracciones sociales. Hoy en día varios de los referentes de los herederos de ese movimiento, en el caso de la Argentina, como las que conforman la CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular), y sus aliados provienen de esas filas también. Pues lo que importa no es el origen de clase ni la virginidad política sino el alineamiento consciente con las fracciones sociales en lucha..

Es un error minimizar la importancia de estas organizaciones políticas ya sea nuevas conformaciones o tradicionales en contextos democráticos, siempre productos de la lucha de masas o fuertemente modificadas por ella. En numerosos enfrentamientos sociales desarrollados en los años noventa y principios de los 2000 sindicatos y organizaciones tradicionales de las diversas capas y fracciones del pueblo (como los sindicatos cocaleros en Bolivia, o las organizaciones indígenas y campesinas en Ecuador, o los sindicatos industriales o de trabajadores estatales en Brasil y en Argentina, entre muchas otras) y hasta sectores de las fuerzas armadas (especialmente en el caso de Venezuela) tuvieron, en algunos casos, un papel muy relevante en esas luchas.

El indudable activismo de diversas capas plebeyas movilizadas y sus organizaciones –nuevas25A menudo las organizaciones que emergieron de los procesos de resistencia en los 90s fueron nuevas en tanto fundadas en esa coyuntura, pero en muchos casos adoptando nombres que remiten a viejas banderas reivindicativas. No necesariamente fueron nuevas en cuanto a sus modalidades de organización e instrumentos de lucha, que recuperaron elementos de las tradiciones de los diversos pueblos latinoamericanos y las resignificaron en los nuevos escenarios. Hubo también un importante nivel de experimentación social de modos de organización alternativa, pero no con la masividad que pregonan algunos intelectuales deslumbrados por esas experiencias que, además, tuvieron una corta existencia. Pese a ello, como sostenemos más adelante, influyeron en la democratización de numerosas agrupaciones sociales. Véase al respecto Klachko, Paula “Las formas de organización emergentes del ciclo de la rebelión popular de los ’90 en la Argentina”, en Documentos y Comunicaciones PIMSA 2007 (Buenos Aires: PIMSA), disponible en: http://www.pimsa.secyt.gov.ar/publicaciones.htm. o tradicionales– en las fases preliminares del ciclo progresista ha sido reconocido y reafirmado permanentemente por las y los líderes y las fuerzas políticas de los gobiernos progresistas. Han explícitamente reconocido que su éxito electoral se asentó sobre las grandes jornadas de lucha de finales del siglo pasado y comienzo del actual. Para no hablar de la permanente referencia de Evo Morales y Álvaro García Linera a las guerras del agua y del gas, entre otras; o las de Nicolás Maduro y antes Hugo Chávez al Caracazo y las insurrecciones de militares bolivarianos. Y es evidente, además, que estos desenlaces electorales que cambiaron el mapa sociopolítico de América Latina son reflejos, mediatizados pero reflejos al fin, de la turbulenta irrupción del universo plebeyo en la política nacional.

Consideramos erróneo el camino tomado desde las ciencias sociales tradicionales de pretender explicar los fenómenos y procesos sociales y políticos por las dinámicas institucionales o voluntades de tales o cuales personajes o líderes, sino que es preciso centrarse en la lucha de los sujetos que se enfrentan (alianzas de diversas fracciones de distintas clases cuyo carácter de clase está dado por el interés de la fracción que conduce la alianza), pero esas organizaciones y referentes expresan y forman parte de esas disputas. La lucha de clases en determinados momentos se reconduce hacia el plano institucional y es en este pasado reciente el modo que encontraron estas alianzas de disputar parte del poder del estado mediante elecciones.

También en los 90 muchas y muchos intelectuales críticos tuvieron que lidiar contra quienes, aun aduciendo un discurso de supuesta izquierda, se sumaban al coro de voces que exaltaban el fin de la historia y del proletariado. Quienes ahora señalan el fin del ciclo progresista son herederos del discurso del fin de la historia, en un sentido: aquellos tuvieron lugar en un contexto ideológico donde el repudio a los partidos políticos y los sindicatos, y la prédica a favor de una renuncia a la toma del poder, marcaban con fuerza el espíritu de la época. El actual discurso exaltando la autonomía y el supuesto divorcio de los gobiernos progresistas de las que serían sus bases, incluso en el caso de aquellos como Bolivia que habían surgido de su avasallante protagonismo, solo apunta –o es funcional– a generarlo.

Si bien es cierto que en los proyectos políticos del segundo anillo progresista, que conformaron gobiernos en disputa de las diversas fracciones burguesas y populares que los integraban, existió cierta despreocupación o subvaloración de la importancia de apostar a una mayor organización y movilización popular, lo que se expresó por ejemplo en que frente al golpe de estado a Dilma Rousseff y antes contra Fernando Lugo en Paraguay no se produjeran movilizaciones populares. En ese sentido, hay una fuerte autocrítica (post-factum) al igual que respecto de haber hecho menos de lo necesario en cuanto a la formación política de masas que apuntalara la conciencia política y social en un proyecto colectivo.
Pero no puede decirse para nada que ello haya sucedido en aquellas experiencias que conforman el núcleo duro del cambio de época progresista, ni siquiera en la más consolidada de estas experiencias, Cuba, justamente por la intensa movilización, organización y conciencia del pueblo cubano que se mantiene la revolución. En estos momentos atraviesan un intenso capitulo democrático de su vida política debatiendo desde las bases la reforma constitucional en la que hay consenso en sostener el carácter socialista de la revolución.

Tal como aseguran nuestros autores, estos movimientos establecieron complejas y volátiles relaciones con los gobiernos progresistas. Es cierto que no todo es un lecho de rosas, como lo demuestra la cambiante relación de la Central Obrera Boliviana (COB) con el gobierno boliviano, o la presión que ejercen las y los campesinos sobre el gobierno bolivariano que apoyan. Pero no acordamos con su lectura de la cooptación de los movimientos u organizaciones sociales que tomaron la decisión de alinearse con los gobiernos populares o ser parte de ellos26Algunas de las explicaciones de nuestros autores para resignarse al abandono de lo que entendían como autonomía, fue o bien que esas organizaciones sociales fueron desactivadas por la represión o bien por la cooptación, como apreciaban para el caso de varias organizaciones de trabajadores desocupados (piqueteras) en Argentina que se aliaron y alinearon con la fuerza social política en el gobierno a partir de 2004. Pero una vez más esa lectura deja en una inerme posición de pasividad absoluta a unas masas que son llevadas con una zanahoria por delante, sin tener en cuenta los factores que explican los alineamientos referentes a la confluencia de intereses, y la composición de alianzas para posibilitar la realización de la estrategia que objetivamente se plantean las masas trabajadoras. Véase el concepto de estrategia objetiva en Iñigo Carrera, Nicolás (2011) La estrategia de la clase obrera 1936 (Buenos Aires: Imago Mundi)..

Haciendo oídos sordos a esa perniciosa moda intelectual que recorrió el continente de punta a punta hace unos años y que exhortaba a no tomar el poder porque tal cosa contaminaría irremisiblemente con el virus estatista a los movimientos sociales y sus proyectos emancipatorios, numerosas organizaciones sociales y fuerzas políticas se dieron a la tarea de diseñar instrumentos, alianzas y estrategias tendientes, precisamente, a conquistar el poder –o al menos el gobierno– apelando a los dispositivos institucionales del estado burgués. Nutría esta opción el convencimiento de que la derrota sufrida por las tentativas insurreccionales de las décadas anteriores, con excepción de lo ocurrido en Nicaragua y El Salvador, habría cerrado ese ciclo (al menos de momento) y que el único camino abierto en ese entonces hacia el poder transitaba por el entramado institucional de la democracia capitalista,27El sandinismo triunfó en la guerra civil contra el estado somocista y sus mentores en Estados Unidos, aunque luego sucumbió, en el terreno electoral, porque no pudo soportar diez años de agresiones, sabotajes y bloqueos de la “contra” organizados, financiados y armados por Washington. Sin embargo, el sandinismo regresó al gobierno en 2006 con un nuevo triunfo electoral, luego ratificado por contundentes victorias en sucesivas reelecciones. En cuanto a El Salvador, los acuerdos de paz reflejan que la guerrilla salvadoreña no fue derrotada sino que hubo un “empate técnico” entre el FMLN y el ejército salvadoreño y sus “asesores” norteamericanos. que a su vez, como hemos dicho, abría espacios para tal irrupción en la lucha institucional debido a la crisis de representación de los partidos burgueses.

Las resistencias a los estragos del neoliberalismo hacia fines de los ’90 propiciaron la emergencia de nuevos liderazgos y formaciones políticas entre las distintas capas populares, que venían protagonizando intensas luchas en los terrenos económico y político, inclusive el militar, como los casos del Partido de los Trabajadores (PT) brasileño, el Chavismo, el Frente Amplio (FA) del Uruguay, el Movimiento al Socialismo (MAS) boliviano, Alianza País en Ecuador, o el refuerzo del protagonismo de organizaciones revolucionarias como del Frente Sandinista para la Liberación Nacional en Nicaragua (FSLN) y del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador. En Argentina, la oposición a las consecuencias de las políticas neoliberales primero, y al neoliberalismo en su conjunto después, se expresó en un creciente movimiento de protesta a nivel nacional jalonado por impactantes enfrentamientos sociales protagonizados por diversas fracciones plebeyas y mediante variados instrumentos de lucha (cortes de rutas, marchas, huelgas, etcétera) de los cuales brotaron nuevas organizaciones sociales, en un marco de fuertes disputas al interior de la clase dominante. Sin embargo, posteriormente, fue una combinación de distintas fuerzas políticas tradicionales la que llegó al gobierno recogiendo esas demandas, y desde allí se pusieron en cuestión algunas de las premisas del neoliberalismo. Esa es la historia del kirchnerismo, surgido al interior del Partido Justicialista y enfrentado a la línea neoliberal dura del mismo partido: el menemismo. También en otros países surgieron expresiones divergentes dentro partidos tradicionales o se formaron alianzas con facciones de dichos partidos políticos que expresaron oposición a las políticas neoliberales y llegaron a los gobiernos, como el caso de la corta experiencia de la presidencia de Manuel “Mel” Zelaya del Partido Liberal en Honduras y del Frente Guasú en Paraguay, que estableció alianzas con el Partido Liberal.

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Paula Klachko

Es socióloga por la Universidad de Buenos Aires, doctora en Historia por la Universidad Nacional de la Plata, académica de la Universidad Nacional de José C. Paz y de la Universidad Nacional de Avellaneda. Junto a Katu Arkonada es autora de Desde abajo, Desde arriba. De la resistencia a los gobiernos populares: escenarios y horizontes del cambio de época en América Latina, publicado en noviembre del 2017 en Chile por Ventana Abierta Editores.


Nota: Estas notas están basadas en un artículo que escribimos con Atilio Borón, Sobre el “post-progresismo” en América Latina: aportes para un debate. Publicado en varios sitios, por ej.: http://www.telesurtv.net/opinion/Sobre-el-post-progresismo-en-America-Latina-aportes-para-un-debate-20160924-0034.html. Este artículo se terminó de escribir antes del 28 de octubre, día en que se realizara la segunda vuelta electoral en Brasil, en la que tenía altas probabilidades de ser elegido como presidente un personaje que se inserta en la tradición nazi-fascista, de las dictaduras cívico militares que en el siglo XX implementaron los terrorismos de estado.