Moralización y degradación de lo moral

El retorno de lo reprimido

Wolfgang Streeck
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 23
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El neoliberalismo llegó con la globalización, o bien la globalización llegó con el neoliberalismo; así comenzó la Gran Regresión1. En la década de 1970, el capital de las naciones industriales reconstruidas empezó a salir de la servidumbre nacional en la que se había visto obligado a pasar las primeras décadas posteriores a 19452. Había llegado el momento de despedirse de los mercados laborales ajustados, el estancamiento de la productividad, la caída de los beneficios y las exigencias cada vez más ambiciosas de los sindicatos bajo un capitalismo maduro administrado por el Estado. El camino hacia el futuro, hacia una nueva expansión como anhela siempre el capital, conducía al exterior, al mundo todavía agradablemente desregulado de una economía global sin fronteras en la que los mercados ya no estarían encerrados en los Estados-nación, sino los Estados-nación en los mercados.

El vuelco neoliberal fue presidido por una nueva diosa conocida como TINA (There Is No Alternative). La larga lista de sus sumos sacerdotes y sacerdotisas se extiende desde Margaret Thatcher hasta Angela Merkel pasando por Tony Blair. Quien quisiera servir a TINA junto al coro solemne de los economistas unidos del mundo, tenía que reconocer como inevitable y beneficiosa la evasión del capital de sus jaulas nacionales y comprometerse a ayudar a eliminar todos los obstáculos en su camino. Las prácticas paganas como el control de los movimientos de capital, las ayudas estatales y otras políticas similares debían ser localizadas y erradicadas; a nadie se le debían permitir escapar de la “competencia global” y volver a caer en el confortable cojín de las protecciones nacionales de cualquier tipo. Los acuerdos de libre comercio debían abrir mercados y protegerlos de la injerencia estatal, la gobernanza mundial debía reemplazar a los gobiernos nacionales, la protección contra la mercantilización debía ser sustituida por la mercantilización facilitadora, y el Estado del bienestar debía dar paso al Estado de competencia de una nueva era de racionalización capitalista3.

A finales de la década de 1980, como muy tarde, el neoliberalismo se había convertido en la pensée unique tanto del centro-izquierda como del centro-derecha. Las viejas controversias políticas se consideraban obsoletas. La atención se centraba ahora en las “reformas” necesarias para aumentar la “competitividad” nacional y esas reformas eran en todas partes las mismas: mercados laborales más flexibles, más “incentivos” (positivos en el extremo superior de la distribución de la renta y negativos en la parte inferior), privatización y mercantilización como armas en la competencia por la localización y la reducción de costes y como prueba de resistencia moral. El conflicto distributivo fue reemplazado por una búsqueda tecnocrática de lo económicamente necesario y lo único posible; las instituciones, las políticas y los modos de vida debían adaptarse a ese fin. De ello se deduce que todo esto se viera acompañado por el desgaste de los partidos políticos –su retirada a la maquinaria del Estado como “partidos del cártel”4– con la disminución del número de miembros y de la participación electoral, sobre todo en el extremo inferior de la escala social. A partir de la década de 1980 todo ello se vio acompañado por el colapso de la organización sindical, junto con una dramática disminución de la actividad huelguística en todo el mundo, es decir, en general, por una enorme desmovilización de todo el mecanismo de redistribución y participación democrática de la posguerra. Todo esto ocurrió lentamente, pero a un ritmo creciente, haciéndose cada vez más normal e incuestionado.

Como proceso de regresión institucional y política, la revolución neoliberal inauguró una nueva era de política posfáctica5, necesaria porque la globalización neoliberal estaba lejos de proporcionar la prosperidad para todos que había prometido6. La inflación de la década de 1970 y el desempleo que acompañó a su dura eliminación fueron seguidos por un aumento de la deuda pública en la de 1980 y el saneamiento de las finanzas públicas mediante “reformas” del Estado del bienestar en la de 1990, que a su vez fueron seguidas, como compensación, por la oferta de generosas oportunidades para que los hogares privados accedieran al crédito y se endeudaran. Simultáneamente, disminuyeron las tasas de crecimiento, aunque o porque la desigualdad y la deuda agregada seguían creciendo. En lugar del goteo hacia abajo, se produjo el tipo más vulgar de succión hacia arriba: la creciente desigualdad de ingresos entre los individuos, las familias, las regiones y, en la Eurozona, las naciones. La prometida economía de servicios y la sociedad del conocimiento resultaron ser menores que la sociedad industrial que estaba desapareciendo rápidamente; de ahí una expansión constante del número de personas que ya no eran necesarias. Esa población excedente de un capitalismo de nuevo en movimiento parecía impotente e incapaz de comprender la transformación del Estado fiscal en un Estado endeudado y finalmente en un Estado consolidador, así como las crisis financieras y subsecuentes programas de rescate como resultado de los cuales se encontraban cada vez peor7. La “gobernanza global” no ayudó, ni tampoco el Estado democrático-nacional que se había desacoplado de la economía capitalista en aras de la globalización. Para asegurarse de que esto no se convirtiera en una amenaza para el nuevo mundo feliz del capitalismo neoliberal, se requerían métodos sofisticados que aseguraran el consentimiento popular y desorganizaran a los potenciales resistentes. De hecho, las técnicas desarrolladas con ese fin resultaron inicialmente sumamente eficaces.

La era “posfáctica”

En política siempre han existido mentiras, incluso mentiras descaradas; basta recordar la presentación en PowerPoint de Colin Powell ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, con sus fotografías aéreas que supuestamente demostraban la existencia de armas de destrucción masiva en Iraq. En cuanto a Alemania, todavía se recuerda a un ministro de Defensa, muy reverenciado hasta aquel momento como un social-demócrata de la vieja escuela, que afirmaba que las tropas alemanas enviadas a Afganistán a instancias de Estados Unidos defendían “en el Hindu Kush” la seguridad de Alemania. Sin embargo, con la revolución neoliberal y la transición a la “posdemocracia”8 asociada con ella, nació una nueva clase de engaño político, la mentira experta. Comenzó con la Curva de Laffer, utilizada para demostrar “científicamente” que las reducciones de impuestos propiciaban mayores recaudaciones fiscales9, a la que siguió, inter alia, el “Informe Cecchini” (1988) de la Comisión Europea que, como recompensa por la “realización del mercado interno” prevista para 1992, prometía a los ciudadanos de la Unión Europea un aumento de la prosperidad del orden del 5 por 100 del PIB, una reducción media del 6 por 100 en el precio de los bienes de consumo, así como millones de nuevos empleos y una mejora de las finanzas públicas del 2,2 por 100 del PIB. En Estados Unidos, mientras tanto, expertos financieros como Bernanke, Greenspan y Summers coincidían en que bastaban las precauciones tomadas por los inversionistas racionales en su propio interés y por su propia cuenta para estabilizar unos mercados financieros cada vez más “libres” y cada vez más globales; las agencias gubernamentales no tenían necesidad de tomar medidas para prevenir el crecimiento de las burbujas, en parte porque ahora habían aprendido a eliminar sin dolor las consecuencias si estas estallaban.

Al mismo tiempo, las “narrativas”10 difundidas por los partidos del establishment, los gobiernos y los especialistas en relaciones públicas, y las decisiones y no decisiones asociadas a ellas, se han ido haciendo cada vez más absurdas. La penetración en la maquinaria del gobierno de los gestores anteriores y futuros de Goldman Sachs seguía a buen ritmo, en reconocimiento de su experiencia indispensable, como si nada hubiera cambiado. Después de varios años durante los cuales ni uno solo de los dirigentes de los bancos que habían compartido la responsabilidad del desastre de 2008 había sido llevado ante la justicia, el fiscal general de Obama, Eric Holder, regresó al bufete de Nueva York de donde había salido, especializado en representar a las compañías financieras bajo investigación gubernamental, con un salario principesco de millones de dólares. Y Hillary Clinton, que junto con su esposo y su hija había acumulado una fortuna de cientos de millones en los dieciséis años desde que dejó la Casa Blanca –en honorarios de Goldman Sachs por sus conferencias, entre otras cosas, muy por encima de los ingresos hasta de Larry Summers–, entró en la campaña electoral como representante autodeclarada de los “trabajadores de clase media”, una clase que en realidad había sido reducida desde hace tiempo por el progreso capitalista al estatus de población excedente.

Desde la perspectiva del internacionalismo neoliberal, por supuesto, que había desarrollado la propagación de las ilusiones con el fino arte del gobierno democrático, la era posfáctica no comenzó hasta 2016, el año del referéndum Brexit y el derribo del clintonismo por Donald Trump11. Sólo con el colapso de la posdemocracia y el fin de la paciencia de las masas frente a las “narrativas” de una globalización que en Estados Unidos sólo había beneficiado en sus últimos años al 1 por 100 más rico de la población, los custodios del “discurso” dominante pidieron una verificación obligatoria de los hechos. Sólo entonces se arrepintieron de los déficits experimentados por los atrapados en la pinza de la economía de la atención global, por un lado, y la reducción de costes en el sector de la educación y la formación, por otro. En ese momento comenzaron a exigir “pruebas de elegibilidad” de diversos tipos como requisito previo para que los ciudadanos puedan ejercer su derecho al voto12. El hecho de que la plebe, que durante tanto tiempo había ayudado a promover el progreso del capitalismo al pasar su tiempo en los muros de Facebook de Kim Kardashian, Selena Gómez, Justin Bieber e tutti quanti, hubiera regresado a la cabina de voto, fue registrado como signo de una ominosa regresión. Por otra parte, las distracciones en forma de “intervenciones humanitarias” o una reavivación del conflicto Este-Oeste, esta vez con Rusia en lugar de la URSS, y sobre los derechos LGTBIQ en vez del comunismo, parecían haberse agotado. La verdad y la moralidad dejaron de contar y así, en Inglaterra, un político conservador, cuando se le preguntó por qué hacía campaña para abandonar la UE contra el consejo de los “expertos”, contestó descaradamente: “¡La gente de este país ya ha tenido suficientes expertos!”13.

Moralización, degradación de la moral y retorno de lo(s) reprimido(s)

Una característica del espíritu de los tiempos es la nueva brecha cultural abierta en las democracias capitalistas sin previo aviso. Estructuralmente, tiene sus raíces en el enconado descontento con la “globalización”, al tiempo que iba creciendo constantemente el número de “perdedores con la misma”. El proceso alcanzó un punto culminante en los años posteriores a la crisis financiera de 2008, cuando la cantidad de los descontentos se transformó en la calidad de la protesta abierta. Una de las razones por las que esto tardó tanto tiempo en manifestarse fue que quienes habían hablado antes en nombre de los perdedores de la sociedad habían acabado uniéndose al club de fans de la globalización, a más tardar a finales de la década de 1990, de modo que quienes la experimentaban como un problema más que una solución no tenían a nadie para defenderlos.

La fase culminante de la globalización promovió el establecimiento de una industria de la conciencia cosmopolita, que veía oportunidades de crecimiento si se turboalimentaba el impulso expansionista de los mercados capitalistas con los valores libertarios de la revolución social de las décadas de 1960 y 1970 y su utópica promesa de emancipación humana14. En aquel proceso, la pensée unique tecnocrática del neoliberalismo se fundía con la moral del juste milieu de una comunidad discursiva internacionalista. Su control del espacio aéreo sobre los escritorios de seminarios creados en aquella época sirve hoy como base de operaciones en una lucha cultural de un tipo especial, en la que la moralización de un capitalismo en expansión global va de la mano con la degradación moral de quienes sienten sus intereses perjudicados.

Después de décadas de declive, la participación de los votantes en las democracias occidentales ha comenzado recientemente a recuperarse, especialmente entre las clases bajas. Sin embargo, el redescubrimiento de la democracia como un correctivo político beneficia exclusivamente a nuevos partidos y movimientos, cuya aparición desconcierta a los sistemas políticos nacionales. Los principales partidos y sus expertos en relaciones públicas, que durante mucho tiempo han estado estrecha-mente asociados entre sí y con la maquinaria estatal, consideran a estos nuevos partidos como una amenaza letal para la “democracia” y los combaten como tal. El concepto empleado en esta lucha y rápidamente incluido en el vocabulario posfáctico es el de “populismo”, que engloba tendencias y organizaciones de izquierda y de derecha que rechazan la lógica TINA de la política “responsable” bajo las condiciones de la globalización neoliberal.

Como concepto, el “populismo” tiene una larga historia, que se remonta a la Era Progresista en Estados Unidos y a los seguidores y aliados de Robert M. La Follette (1855-1925, candidato presidencial del Partido Progresista en 1924). Posteriormente, el populismo se convirtió en un nombre neutro para una ideología, especialmente de los movimientos políticos latinoamericanos, que se veían a sí mismos como representantes del “pueblo” en oposición a una “elite” selecta enriquecida15. En los últimos años el populismo ha sido utilizado en todo el mundo por los partidos y los medios de comunicación del internacionalismo liberal como una designación polémica general para la nueva oposición que presiona por alternativas nacionales a esa internacionalización que proclama carecer de alternativas. La idea clásica del populismo es una nación, que se constituye en los conflictos políticos como una fuerza unida para combatir a una minoría elitista que pasa por encima de la “gente corriente”. Como tal, puede tener connotaciones de derecha o de izquierda, lo que facilita su apropiación por parte de los más fieles globalizadores, ya que les permite evitar distinciones, de modo que Trump y Sanders en Estados Unidos, Farage y Corbyn en el Reino Unido, o Petry y Wagenknecht en Alemania, puedan ser agrupados bajo el mismo título16.

La distancia entre los que califican a otros de “populistas” y el objeto de su descripción es la fisura principal en las sociedades golpeadas por la crisis del capitalismo financiero. La cuestión en juego no es otra que la relación existente entre el capitalismo global y el sistema estatal. Nada polariza más las sociedades capitalistas actuales que los debates sobre la necesidad y legitimidad de la política nacional. Ahí los intereses y las identidades se funden y dan lugar a una mutua hostilidad tan intensa como no habíamos visto desde el final de la Guerra Fría. Las guerras religiosas resultantes, que en cualquier momento pueden convertirse en campañas de aniquilación moral, inciden en los estratos más profundos y sensibles de la identidad social e individual, donde se toman decisiones sobre el respeto y el desprecio, la inclusión y la exclusión, el reconocimiento y la excomunión17.

Lo más significativo en la política de la internacionalización es la unidad con que reaccionan las despectivamente denominadas “élites” por los “populistas” (y aprobadoramente por ellas mismas) frente a los nuevos partidos. El “populismo” es tratado en la jerga internacionalista unificada, principalmente como un problema cognitivo. Se supone que sus partidarios son personas que exigen “soluciones simples”, porque no comprenden las soluciones necesariamente complejas tan infatigable y exitosamente ofrecidas por las probadas fuerzas del internacionalismo; sus representantes son cínicos que prometen “al pueblo” las “soluciones simples” que éste anhela, aunque saben que no hay alternativas a las soluciones complejas de los tecnócratas. De este modo, el surgimiento de los nuevos partidos se puede explicar como una Gran Regresión de la gente humilde, que se manifiesta como falta de educación y de respeto hacia los más formados. Esto puede ir acompañado de “discursos” sobre la conveniencia de abolir los referendos o de confiar las decisiones políticas más importantes a expertos y autoridades no políticas.

En el ámbito de la vida cotidiana, esto conduce a la exclusión moral y cultural de las organizaciones antiglobalización y sus partidarios. A la declaración de su inmadurez cognitiva le sigue la denuncia moral de sus llamamientos en pro de una política nacional que proporcione una defensa frente a los riesgos y efectos secundarios de la internacionalización. El grito de batalla correspondiente para movilizar los recuerdos dolorosos del racismo y la guerra es el “etnonacionalismo”. Los “etnonacionalistas” no están a la altura de los desafíos no sólo morales, sino también económicos, de la globalización y de la “competencia global”. Sus “miedos y preocupaciones”, como dice la propaganda oficial, “deben ser tomados en serio”, pero sólo en cuanto trabajo o asistencia social. Se insinúa que sus protestas contra la degradación material y moral son esencialmente fascistas, sobre todo ahora que los antiguos defensores de las clases plebeyas se han pasado al partido de la globalización, de modo que si sus antiguos clientes desean quejarse de las presiones de la modernización capitalista, sólo disponen de la materia prima lingüística prepolítica, no elaborada, sobre las experiencias cotidianas de privación económica o cultural. Esto se traduce en violaciones constantes de las normas del discurso público civilizado, que, a su vez, pueden desencadenar la indignación de los de arriba y la movilización de los de abajo. Como respuesta, los perdedores y críticos de la internacionalización tratan de eludir la censura moral huyendo de los medios de comunicación públicos y recurriendo a las “redes sociales”. De este modo pueden hacer uso de las infraestructuras más globalizadas para construir sus propios círculos de comunicación escindidos, en los que no deben temer ser reprendidos por estar cultural y moralmente atrasados18.

El corte

Entre los acontecimientos más asombrosos de 2016 debemos incluir la tremenda sorpresa que el Brexit y Trump proporcionaron, no sólo al público liberal sino también a sus ciencias sociales. Nada documenta mejor las divisiones en las sociedades globalizadas del neoliberalismo que el desconcierto de sus élites del poder y del discurso ante el retorno de lo(s) reprimido(s), cuya apatía política se habían sentido autorizados a interpretar como perspicaz resignación. Ni siquiera las universidades “excelentes” y, por consiguiente, mejor dotadas de las costas Este y Oeste de Estados Unidos habían servido como sistemas de alerta temprana. Evidentemente, poco más se podía averiguar sobre el estado de las sociedades desestabilizadas y en crisis del presente a partir de encuestas de opinión realizadas mediante entrevistas telefónicas de veinte minutos. Parece haber un aumento constante del número de personas que consideran a los sociólogos como espías de una potencia extranjera que tienen que ser evitados o, si ello no es posible, eludir su desaprobación, para lo cual lo mejor es darles las respuestas que uno cree que desean oír. Así se consolidan patológicamente las ilusiones de las “élites” sobre la situación de sus sociedades. En la actualidad, muy pocos sociólogos parecen capaces de entender la sociedad que dicen estudiar; quienes hubieran leído libros como Our Kids: The American Dream in Crisis, de Robert Putnam, no podrían sorprenderse de la victoria de Trump19.

Llevará mucho tiempo hasta que la izquierda globalmente aburguesada llegue a entender lo sucedido en 2016. En Gran Bretaña, los partidarios de Blair, que aún seguían en el Partido Laborista, creían que podrían persuadir a sus votantes tradicionales de las ventajas de permanecer en la UE con un largo catálogo de los beneficios económicos derivados de la pertenencia, sin tener en cuenta la distribución desigual de los mismos. Al público liberal aislado de la experiencia cotidiana de los grupos y regiones en declive no se le ocurrió que el electorado quizá deseaba que el gobierno que había elegido mostrara mayor interés por sus preocupaciones que por los acuerdos internacionales y los mercados mundiales de capital. Y había un montón de votantes que, sencillamente, no entendía que la solidaridad internacional entre los trabajadores del siglo XXI pudiera significar que debían sacrificar su puesto de trabajo a una competencia global desenfrenada.

Interregno

¿Qué debemos esperar ahora? La demolición por Trump de la máquina Clinton, el Brexit y el fracaso de Hollande y Renzi –todos en el mismo año– marcan una nueva fase en la crisis del sistema estatal capitalista transformado por el neoliberalismo. Para describir esta fase he propuesto el término “interregno” de Antonio Gramsci; un período de duración incierta “en el que el viejo orden agoniza, pero uno nuevo no puede nacer todavía”20. El ancien régime destruido por la embestida de los bárbaros populistas en 2016 era el sistema estatal del capitalismo global, cuyos gobiernos habían neutralizado sus democracias nacionales al modo posdemocrático para no perder sus ataduras con la expansión global del capital, postergando hasta una futura democracia global las demandas de intervenciones democráticas e igualitarias en los mercados capitalistas. Cómo será el nuevo orden que todavía está por crear es algo incierto, como cabe esperar de un interregno. Pero hasta entonces se darán, como decía Gramsci, “fenómenos patológicos de la más diversa índole”.

Un interregno en el sentido de Gramsci es un período de tremenda inseguridad en el que dejan de regir las cadenas acostumbradas de causa y efecto y en cualquier momento pueden ocurrir acontecimientos inesperados, peligrosos y grotescamente anormales. Esto se debe en parte a que las líneas de desarrollo dispares no se reconcilian, discurren paralelamente configuraciones de muchos tipos y cadenas de acontecimientos sorprendentes suplantan a las estructuras predecibles. Entre las causas de la nueva imprevisibilidad está el hecho de que, después de la revolución populista, las clases políticas del capitalismo neoliberal se ven obligadas a escuchar con mayor atención a sus poblaciones nacionales. Después de decenios durante los que las democracias nacionales fueron sus-pendidas en favor de las instituciones que promovían la globalización, ahora aquellas regresan como canales adecuados para la articulación del descontento. Han quedado atrás los tiempos de la demolición planeada de las líneas de defensa nacionales frente a la presión racionalizadora de los mercados internacionales. La victoria de Trump significa que es altamente improbable que haya un segundo referéndum en Gran Bretaña sobre el modelo de la UE, según el cual los referendos se repiten hasta que el pueblo emita la respuesta correcta. Un electorado de nueva composición no aceptará las supuestas necesidades económicas ni las afirmaciones de que los controles fronterizos son técnicamente imposibles. Los partidos que han confiado en la responsabilidad tendrán que reaprender lo que significa la “capacidad de respuesta”21, o bien tendrán que ceder su lugar a otros partidos.

La notable retórica “One Nation” de la nueva primera ministra británica muestra que esto no ha escapado a la atención de al menos parte de la clase política. Ya en su discurso del 11 de julio de 2016, en el que anunció su candidatura para el puesto, Theresa May pidió cambios que no habían sido planteados desde la década de 1980, ni siquiera por la dirección del Partido Laborista: guerra contra la desigualdad, imposición más justa a las rentas más elevadas, mejor sistema educativo, incorporación de los trabajadores a los consejos de administración de las empresas, protección de los empleos británicos contra la deslocalización, y todo ello junto con límites impuestos a la inmigración. El hecho de que la votación para la salida de Gran Bretaña de la UE haya recordado a los políticos británicos que su primera responsabilidad es con su electorado también quedó evidenciado en el discurso de May en noviembre de 2016 ante la Confederación de la Industria Británica, en el que explicó el resultado del referéndum en términos del “deseo de un país más fuerte y más justo”.

El programa neoproteccionista de May plantea cuestiones incómodas para la izquierda socialdemócrata. También Trump, si tratara de cumplir sus promesas de política industrial y fiscal, podría convertirse en un problema para la izquierda, y de hecho el astuto Bernie Sanders ya le había ofrecido apoyo, tanto para la rehabilitación de las antiguas regiones industriales, que habían seguido decayendo durante los ocho años de Obama, como para un programa “keynesiano” para reconstruir la infraestructura nacional. El aumento de la deuda que esto requeriría, especialmente si se aplican los recortes de impuestos prometidos, encajaría con las recetas neokeynesianas que han sido durante mucho tiempo propuestas por los políticos y economistas de la izquierda moderada (“final de la austeridad”). Dada la resistencia de los restos del Tea Party, esas medidas sólo podrían ser aprobadas por el Congreso con la ayuda de los demócratas. Lo mismo ocurre con el uso de “dinero arrojado desde helicópteros”, otra medida contemplada al parecer en algún momento por Trump, que requeriría además la cooperación de la Reserva Federal.

En cualquier caso, ni siquiera una política posglobalista y neoproteccionista del tipo previsto por Trump y May sería capaz de garantizar un crecimiento estable, más y mejor empleo de calidad, un desapalancamiento de la deuda pública y privada o la confianza en el dólar y el euro. La crisis del capitalismo financiarizado no es más gobernable nacionalmente desde abajo que internacionalmente desde arriba. Pende del hilo de seda de una política monetaria “no convencional”, que intenta crear algo parecido al crecimiento mediante tasas de interés negativas y una expansión aventurada de la oferta monetaria, diseñada a través de la “flexibilización cuantitativa”, esto es, mediante la compra de bonos por parte de los bancos centrales. Las reformas estructurales neoliberales consideradas por los “expertos” como complemento indispensable se han visto frustradas, en los países donde realmente podrían ser de alguna utilidad, por la resistencia popular a la “globalización” de su modo de vida. Al mismo tiempo, la desigualdad económica va en aumento, en parte porque los sindicatos y los Estados han perdido su poder o lo han cedido a los mercados mundiales. La destrucción total de las instituciones nacionales capaces de apostar por la redistribución económica y la consiguiente dependencia de la política monetaria y de los bancos centrales como política económica de último recurso han hecho ingobernable el capitalismo, ya sea por métodos “populistas” o tecnocráticos.

También son previsibles conflictos internos en lo que se refiere a los símbolos culturales. ¿La apreciación “populista” mejorada de los autóctonos requiere una devaluación de los inmigrantes en el sentido más amplio? ¿Y puede la izquierda tener éxito en el pago de un tributo cultural creíble a los que acaban de despertar de su apatía? Se han intercambiado demasiadas palabras exasperadas, dejando a un lado el hecho de que cualquier reconciliación podría alejar a los partidarios aburguesados de la izquierda, ahora integrados en la nueva clase media cosmopolita. Y en caso de contratiempos económicos, Trump, May y otros dirigentes podrían verse tentados a desviar las críticas lanzando campañas más o menos sutiles contra las minorías étnicas y de otro tipo. Las rebeliones de los decentes y los indecentes serían la consecuencia. En el plano internacional, las cosas podrían ser menos dramáticas, al menos inicialmente. A diferencia de Obama, Blair y Clinton, así como Sarkozy, Hollande, Cameron e incluso Merkel, la “última defensora del Occidente liberal”22, los nuevos proteccionistas nacionales no tienen grandes ambiciones en lo que se refiere a los derechos humanos, ya sea en China o Rusia o, hasta donde se puede ver, en África u Oriente Próximo. Cualquiera que esté a favor de una intervención humanitaria en el sentido más amplio puede lamentarlo. Es poco probable que la intolerancia rusa hacia performers como las Pussy Riot desencadene reflejos misioneros en los gobiernos orientados hacia el interior del período posterior a la victoria electoral de Trump. En Estados Unidos, Victoria Nuland (“Fuck the EU”) no fue nombrada, después de todo, secretaria de Estado y la facción pro derechos humanos del Departamento de Estado ha regresado a sus puestos docentes universitarios. Los planes para atraer a Ucrania a la UE y a la OTAN y con ello privar a los rusos de sus puertos en el Mar Negro ya se han olvidado, al igual que cualquier proyecto de “cambio de régimen” en países como Siria. Los intentos de Estados Unidos de situar a Rusia como adversario para una nueva Guerra Fría también podrían haberse evaporado, aunque su lugar podría ser ocupado por China, a la que el presidente Trump pretende persuadir de que abandone parte de su cuota de mercado en Estados Unidos mientras sigue comprando y conservando bonos del Tesoro.
En el contexto desestructurado del incipiente interregno con sus instituciones disfuncionales y caóticas cadenas causales, los “populistas” serán una fuente adicional de incertidumbre al irrumpir en la maquinaria del Estado. El inicio del interregno aparece como un momento bonapartista: todo es posible, pero nada tiene consecuencias, y menos aún las intenciones, porque en la revolución neoliberal la sociedad ha vuelto a la condición de “un saco de patatas”23. Los nuevos proteccionistas no pondrán fin a la crisis del capitalismo; pero volverán a poner en juego la política y recordarán a los estratos medios y bajos de la población que han sido los perdedores de la globalización. La izquierda, o lo que ha quedado de ella, no tiene ni idea de cómo podría realizarse la transición desde el capitalismo ingobernable del presente a un futuro ordenado, menos arriesgado y menos peligroso (véanse los casos de Hollande, Renzi, Clinton, Gabriel). Pero si tiene algún deseo de volver a desempeñar un papel en ella, debe aprender las lecciones del fracaso de la “gobernanza global” y de la política identitaria sustitutiva.

Entre estas lecciones se cuentan las siguientes: que los marginados de la autodenominada “sociedad del conocimiento” no deben ser abandonados por razones estéticas a su destino y, por lo tanto, a la derecha; que el cosmopolitismo a expensas de “la gente corriente” no puede mantenerse a largo plazo ni siquiera con los medios neoliberales de coerción; y que el Estado nacional sólo puede desplegarse a favor de sus ciudadanos y no contra ellos. Aplicando esto a Europa, ello significa que quien quiera demasiada integración sólo cosechará conflictos y terminará con menos integración. El identitarismo cosmopolita de los dirigentes de la era neoliberal, originado en parte por el universalismo de la izquierda, hace surgir, como reacción, el identitarismo nacional, mientras que la reeducación antinacional desde arriba da lugar a un nacionalismo antielitista desde abajo. Quien pone a una sociedad bajo presión económica o moral hasta el punto de la disolución cosecha resistencia procedente de sus tradicionalistas, porque todos los que se ven expuestos a las incertidumbres de los mercados internacionales, cuyo control se les prometió pero nunca se les dio, preferirán un pájaro en mano a ciento volando: elegirán la realidad de la democracia nacional, por imperfecta que sea, frente a la fantasía de una sociedad global democrática.

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Wolfgang Streeck

Nació el 27 de octubre de 1946 en Lengerich, Alemania. Se graduó en 1972 de Sociología de la Universidad Johann Wolfgang Goethe de Frankfurt del Meno. Entre 1976 y 1980 se desempeñó como investigador del Instituto Internacional de Gestión en Berlín mientras que adelantaba estudios de sociología en la Universidad de Columbia, de donde se graduó en 1974. En este mismo año se desempeñó como profesor asistente de sociología en el Departamento de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad de Münster. Entre 1988 y 1995 trabajó como profesor de sociología y relaciones industriales de la Universidad de Wisconsin-Madison. En 1995 regresó a Alemania para desempeñarse como Director de Instituto Max Planck para los Estudios de Sociedades y profesor de Sociología de la Facultad de Economía y Ciencias Sociales de la Universidad de Colonia. En 2014 se jubiló llegando a ser Director Emérito.