De ecologistas de ciudad y pueblos indígenas

El TIPNIS que conozco

Iván Canelas Lizárraga
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 23
Rounded image

Aún en estos tiempos en los que el mundo es cada día una aldea global hay quienes creen que vivir en armonía con la naturaleza es volver al estado primitivo de la humanidad. Aún hoy cuando sólo se necesitan unas horas para trasladarse al extremo exacto del planeta, hay quienes creen que la pobreza extrema debe seguir siendo parte del folclore de ciertas culturas y que muchos de los pueblos ancestrales que viven en ese umbral deben permanecer como están.

Desde esa perspectiva es que quiero analizar lo que está sucediendo actualmente en Bolivia, ante el retorno al país de la instalación de la polémica y el debate por la construcción de una carretera que pase por el medio del Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), discusión por la que transitan una serie de líneas de pensamiento que básicamente se dividen, y ahí está la manipulación en la que caemos como sociedad, entre quienes están a favor de la vía y quienes la rechazan.

Como en todo debate, en este, tampoco deberían existir los absolutismos, porque ni quienes proponen la carretera no son ecologistas, ni quienes la rechazan, lo son. Una vez más, otra discusión que resulta transversal para el país, que debería abordarse con la mayor honestidad, seriedad y transparencia posible, ha sido contaminada por una estrategia de manipulación y de deformación de la opinión pública, liderada por ciertos medios de comunicación y por ciertos “analistas” que con calculada periodicidad aparecen en ellos y que respondiendo a intereses políticos nos han desviado de lo central: ¿Cómo compatibilizar pobreza con conservación?, ¿Cómo asociar integración con desarrollo sostenible?
Este escenario de manipulación de la información y de intento de normalización de la miseria, ha alcanzado su cúspide cuando un diario nacional, para ocultar la realidad de la extrema pobreza, ha titulado por ejemplo que, “la vida en el Tipnis fluye de manera simple (…)”, con lo que no se ha hecho otra cosa que pretender anular e invisibilizar la verdadera realidad de los protagonistas principales del conflicto, que no son otros que los miles de seres humanos miembros de los pueblos moxeños, yuracarés o chimánes que hoy, mientras en los grandes centros urbanos (y en los medios manipulados por la élite política neoliberal) se discute por ellos, viven al margen de la satisfacción de sus necesidades básicas, lo que no es otra cosa que subsistir en la miseria y en permanente contacto con el sufrimiento y la muerte.

Como periodista y fotógrafo, he tenido el privilegio y la oportunidad de ingresar al TIPNIS en al menos ocho oportunidades durante los años 2011 y 2013, cuando el Gobierno Nacional y la oposición política y mediática mantenían una dura controversia, a causa del proyecto de carretera. Sumado el tiempo, llegue a convivir con los habitantes del Parque, aproximadamente tres meses.

Hace tiempo, me preguntaron cómo se llega al TIPNIS, y respondí: Quien quiera ingresar al parque, y no sólo como admirador de paisajes, sino a visitar e incluso convivir con sus habitantes, tendrá que abordar uno o más avionetas, recurrir a caballos o mulas, navegar en lanchas y/o botes y caminar por varias horas, acompañado de guías y cargado de un equipaje compuesto de mapas, víveres y medicamentos para varias semanas. Y no sólo eso, al ser prácticamente inexistentes las conexiones eléctricas, el viajero se enfrentará a pasar su estadía sin luz en las noches, sin energía para ningún aparato y por lo tanto incomunicado y doblemente aislado.

Lo mismo pasa con el agua y para hablar de ella, no puedo evitar hablar de la escasez registrada en La Paz a finales del 2016, cuando decenas de miles de ciudadanos se quedaron sin el líquido vital por semanas, situación que es la que soportan los indígenas del TIPNIS pero durante toda su vida, porque además de que no se conoce el alcantarillado, el agua que se consume, es recogida de ríos y arroyos, para luego de hervirla, y aún turbia y verduzca, beberla o cocinar con ella, lo que causa infecciones, fiebres y diarreas, que afectan sobre todo a los ancianos y a los niños que muchas veces mueren por no contar con oportunos tratamientos médicos básicos.

En este escenario de aislamiento por la ausencia de vías de comunicación, en que se vive, la población más vulnerable son siempre los pequeños y las mujeres. Es una realidad encontrar en el TIPNIS niñas de 12 años embarazadas u otras de 14, ya con dos hijos, o mujeres adultas cansadas de estar encinta año tras año, sin poder acceder siquiera a programas de salud reproductiva o de planificación familiar. No está demás pedirle al lector que imagine: ¿qué cree que ocurre ante un accidente con rotura de huesos o con una picadura de víbora?, si actualmente la radiocomunicación es la única vía de comunicación inmediata, mientras que a un habitante del TIPNIS encontrar ayuda efectiva le tomaría al menos ocho horas de navegación, en un bote con motor, los que claro no funcionan sin combustible, lo que hace que un litro de gasolina sea tan valioso como uno de agua, y que aprender a cazar o pescar sea tan indispensable que puede hacer la diferencia a la hora de contar con asistencia.
Otra realidad lacerante es el escaso acceso a la educación, porque no sólo no hay profesores suficientes en todas las comunidades, sino que la existencia de ellos, tampoco garantiza que todos los niños y adolescentes que sufren de acceso a material escolar adecuado, acudan a formarse. La ausencia de infraestructura se suma a los problemas y provoca que estudiantes de todas las edades compartan una misma aula y sean instruidos por el único profesor del lugar que debe distribuir sus esfuerzos y atención, en un mismo momento, no sólo entre todos sus alumnos, sino entre niños de distintas edades y de diferentes niveles de instrucción, a los que se suman las niñas- madres, que siendo alumnas asisten a clases cargados de sus bebés de pecho a los que deben atender mientras intentan que algo de clase quede en su aprendizaje.

Muchos de los maestros destinados a esas comunidades son verdaderos héroes de la alfabetización, aunque, pensar en una mejor formación para los estudiantes, sería demasiado, en lugares donde un cuaderno, un lápiz o un libro son tan escasos como el acceso a una buena alimentación. Ahí se vive de lo que se siembra, de lo que se cría, caza o pesca y el éxito de cualquiera de estas actividades depende de tantos factores externos que muchas veces la escasez de alimentos pone a estas comunidades en riesgo. Alimentos perecederos como el arroz, fideo o la harina, deben comprarse en el centro urbano más próximo a muchas horas de viaje, sobre mula o en bote, por selva y ríos donde abundan los peligros.

Los habitantes del TIPNIS son víctimas de la violación permanente de sus derechos humanos más elementales. Sólo hace algunos años se inició un proceso de carnetización y de vacunación además que se llevaron algunas postas de salud y se destinaron más médicos y maestros a las comunidades, pero ante lo imponente de la selva y la lejanía impuesta por el difícil acceso, lo hecho hasta ahora y lo que se haga en el futuro tardará mucho, hasta que sea suficiente.

Todo este escenario, no sólo vacía a las comunidades de cientos de jóvenes que salen a los centros urbanos en su mayoría del departamento del Beni para ser parte del cordón laboral menos favorecido, en el caso de los hombres trabajan de peones y en el de las mujeres de empleadas domésticas o de otros trabajos menos calificados, lo que provoca el desarraigo de sus comunidades y muchas veces la división de núcleos familiares con el abandono de padres e hijos con la consiguiente fractura social. Para muchos ciudadanos del TIPNIS, ironías de los tiempos que corren, no existe otra alternativa que la ciudad para salvarse del aislamiento de la selva que es su verdadero hogar.
La estrategia mediática de invisibilización de estas condiciones de vida y encaminada a dirigir el debate hacía los intereses políticos más conservadores ha hecho, por ejemplo, que muchos sectores no hablen de las condiciones de vida de los indígenas de la zona, y es más, pretendan hacernos creer que quienes tenemos todas nuestras necesidades satisfechas en las ciudades, pensemos que podemos arrogarnos la voz y el voto de quienes hoy padecen una realidad opuesta.

El conflicto por la carretera en el TIPNIS ha despertado las pasiones medioambientalistas más profundas pero a la vez más básicas. Ecologistas de ciudad o el oenegismo más interesado, se atreven actualmente a tratar de dirigir el debate para alejarlo de lo trascendental que no es otra cosa que el ser humano y los principios básicos y universales del vivir bien o del buen vivir.

El debate se ha contaminado de tal manera que hoy, conocidos personajes políticos empresariales, afamados por ser los cabecillas de proyectos que por años han sido la antítesis de los preceptos del cuidado de la naturaleza, pretenden aparecer como los abanderados de una lucha, que hace seis años pudo darles réditos electorales, pero que hoy ante la conciencia mayoritaria de la necesidad de avanzar en el desarrollo sostenible se van quedando solos. (¿O acaso no resulta insultante para la inteligencia nacional, que el dueño en Bolivia, de la franquicia de la multinacional de comida chatarra Burger King, acusada de deforestar miles de hectáreas de bosques para producir soya, para alimentar al ganado que luego sirve de carne busque ser una especie de paladín del medioambiente?, véase la edición de The Guardian del 21 de agosto del 2017 el artículo en inglés, *Burger King animal feed sourced from deforested in Brazil and Bolivia).

Esa realidad, la evidente supervivencia de los habitantes del TIPNIS, y que ni por asomo imaginan quienes nunca estuvieron ahí, pasa por considerar según mi vivencia y mi perspectiva, dos elementos fundamentales. El primero tiene que ver con garantizar la calidad de vida de los ciudadanos del TIPNIS, tomando en cuenta un enfoque relativista, que no es otro que el respeto de su sistema cultural sin ninguna valoración moral o ética de ésta, y el segundo, la conservación de la riqueza natural del TIPNIS, la que no necesariamente pasa por la construcción de la vía, sino en cómo vamos a utilizar ésta, o al menos, eso parecen decirnos los cientos de ejemplos en el mundo que nos enseñan, que la única manera de conservar la naturaleza es haciendo a la población consciente de ella, motivándole el acceso y educándola bajo conceptos sostenibles. Eso al menos es lo parecen decirnos los miles de kilómetros de carreteras construidas en decenas de parques nacionales alrededor del mundo, aunque para no ir tan lejos sólo tenemos que poner nuestra mirada en todos los ejemplos que hay, sólo en Sudamérica o incluso en nuestro país, dónde sendos caminos cruzan hace decenas de años por varios parques nacionales, y los que, dato curioso, sirven justamente para garantizar su conservación.

*https://www.theguardian.com/environment/2017/mar/01/burger-king-animal-feed-sourced-from-deforested-lands-in-brazil-and-bolivia

Rounded image

Iván Canelas Lizárraga

Es boliviano, trabaja como periodista desde los 18 años. Fue reportero, redactor, editor, fotógrafo y productor audiovisual en varios medios de comunicación en Bolivia y asesoró a la prensa internacional sobre temas trascendentales de su país. Cumplió labores como Jefe de Prensa y Director de Comunicación en distintas reparticiones estatales. Es dueño y editor en jefe de la Agencia AFKA. El 2006 recibe el Premio Nacional de Periodismo por una investigación que reveló un escándalo de corrupción.


Nota: