Hacia una estrategia renovada para el progresismo latinoamericano

Gabriela Rivadeneira B.
Publicado en febrero 2017 en La Migraña 20
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En días anteriores, en la Asamblea Nacional del Ecuador, condecoramos con la presea Manuela Sáenz a la ex Presidenta de la Nación Argentina, Cristina Fernández de Kirchner. Se trató no solamente del reconocimiento a su trayectoria como presidenta y como líder progresista, sino también y sobre todo de un acto reivindicativo de su papel como figura popular e histórica de un proceso de cambio de dimensiones continentales.

El ejercicio nos permitió visibilizar claramente las posturas políticas de los distintos actores que conforman el escenario político nacional. Por un lado, la derecha y sus medios de comunicación arremetieron contra nosotros sin cuartel por la condecoración, generando un clima adverso en la opinión pública, haciendo que muchos compañeros recularan en su posición de reconocer a Cristina. Por otro lado, los actores con una mayor convicción latinoamericanista y visión de largo plazo, comenzando desde el Presidente Rafael Correa, nunca cedieron ante la presión de los medios y permanecieron firmes hasta el final. Quienes defendimos la postura de reconocer a Fernández de Kirchner a pesar de la oleada mediática en nuestra contra, sabíamos que este no era un ejercicio banal, ni coyuntural, sino una apuesta por la defensa de nuestros referentes ante el ataque de quienes representan intereses ajenos a los de nuestros pueblos. Teníamos que decirle a Ecuador y a América Latina que no permitiremos que quienes han dado su vida por las grandes mayorías sean perseguidos judicial y políticamente por las minorías rapaces que los asechan.

Desde luego habrá casos que merezcan una investigación judicial, pero no podemos desconocer el entramado de intereses que hay detrás de las acusaciones contra -no casualmente- grandes artífices de la unidad latinoamericana y de la justicia social, como Lula da Silva y como Cristina Fernández de Kirchner. Se trata de intereses económicos y geopolíticos poderosos que buscan inhabilitar por distintas vías a líderes con un amplio respaldo popular, capaces de volver a ganar elecciones y poner nuevamente en marcha procesos populares y progresistas en sus países y, con ello, con capacidad de volver a impulsar con fuerza y determinación el proceso de integración regional que hoy sufre amenazas desde varios frentes.

Decir esto con claridad es menester en medio de tanta confusión. Reavivar el debate político sobre las verdaderas intenciones de los grupos de poder es algo que debemos de llevar a cabo a nivel continental para recuperar la iniciativa del debate político que la derecha ha secuestrado, reduciéndolo a una multitud de querellas judiciales y operaciones mediáticas, para desprestigiar a quienes han representado y van a seguir representando una opción soberana y popular frente a la hegemonía de las élites y el gran capital trasnacional. El resguardo de los líderes y los procesos es una necesidad pragmática de sobrevivencia de nuestras naciones. Recordemos que sin la actuación determinante de los pueblos movilizados bajo la palabra de Lula, de Néstor Kirchner y de Hugo Chávez, no habría sido posible sepultar el ALCA, aquella iniciativa de “integración” neocolonial que promovía el gobierno de Estados Unidos, en la cumbre de Mar del Plata, en 2005.

Sin embargo, aunque este es un paso importante, no es suficiente. En un escenario signado por la concentración mediática, la cooptación de algunos parlamentos por las élites y la instrumentalización política de la justicia, que consideramos las vías privilegiadas de la operación de lo que el compañero Rafael Correa ha denominado un “nuevo Plan Cóndor”, nuestros proyectos políticos han de enfrentar con renovadas estrategias un panorama donde la correlación de fuerzas se ha modificado sustancialmente.

Desde nuestro ejercicio político consideramos que tenemos que transitar a una estrategia continental de “guerra de posiciones”, o de “trincheras”, donde el Estado y los gobiernos formen parte de un amplio arco progresista que permita recomponer la hegemonía y donde los sectores sociales recobren protagonismo.

Por eso, tenemos que tomar con cierta reserva la fórmula de la “década ganada”, y no porque no pensemos que como continente y como sociedad es mucho lo que hemos avanzado y conquistado en estos años; no porque no pensemos que hemos logrado una plataforma de conquistas sociales y políticas fundamentales para seguir avanzando. Sino porque con la expresión “década ganada” corremos el riesgo de creer y de plantearle a la sociedad que estos logros son irreversibles, que están allí garantizados, y que no nos toca más que seguir por el mismo camino, un poco de manera rutinaria. Al contrario, tenemos que pensar que esta fue y seguirá siendo una “época en disputa”, donde tenemos condiciones históricas inmejorables para contraatacar y volver a vencer.

Nos hace falta subrayar aún más la dimensión de disputa (política, social, económica, cultural y simbólica) que caracteriza a nuestro proyecto para recuperar imaginación política, para recrear los horizontes de un proyecto que irrumpió en la realidad de Nuestra América acogiendo una multiplicidad de demandas de diversos actores colectivos y que hoy tiene el reto de abrirse nuevamente a esos sectores para enfrentar un escenario complejo.

En esta disputa consideramos que debemos trabajar arduamente en 5 ejes prioritarios: 1) El eje parlamentario; 2) el eje de los “acuerdos mínimos”; 3) el eje de la organización política; 4) el eje de la integración regional; y 5) el eje de la comunicación.

 

  1. Eje legislativo y parlamentario

Las últimas experiencias en países hermanos de “golpes parlamentarios” o de parlamentos con tintes desestabilizadores tienen que llamar nuestra atención sobre la importancia política de los cuerpos legislativos, algo que hasta hace poco considerábamos innecesario o por lo menos no prioritario en la elaboración de nuestras estrategias. Todo proyecto progresista tiene que plantearse como elemento vital la conquista de estos espacios desde donde garanticemos una verdadera gobernabilidad y profundicemos las transformaciones.

Necesitamos que esos espacios sean tomados por compañeras y compañeros militantes, con claridad respecto de lo que está en juego y con una mirada regional y de alcance histórico, pero sobre todo, compañeras y compañeros provenientes de los distintos colectivos y organizaciones que componen nuestra fuerza social y política, de tal manera que los parlamentos puedan convertirse en la primera línea de batalla de la sociedad y los grupos organizados.

En materia de legislación, tenemos que profundizar y abrirnos más aún a la construcción normativa junto a la sociedad, a las organizaciones, a los colectivos sociales. Solo de esta manera garantizaremos la participación efectiva de nuestros pueblos y la consolidación de derechos.

Uno de los grandes errores de los últimos años ha sido ceder en los espacios, los programas y priorizar, en aras de una falsa “gobernabilidad”, la configuración de alianzas con élites y no con las propias bases sociales. Esos representantes de las élites, esos aliados “por conveniencia” han terminado siempre por traicionarnos. En Brasil, fue el Vicepresidente Temer y sus aliados parlamentarios quienes operaron con más ahínco el golpe a Dilma. En Argentina, en 2008, vimos tambalear al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, cuando su vicepresidente Cobos, con voto dirimente en el Senado, se plegó a la oposición liderada por las entidades patronales agroexportadoras.

 

  1. Eje de los acuerdos mínimos para una plataforma social

En esta década hemos visto cómo, según datos de Naciones Unidas, 72 millones de personas salieron de la pobreza en América Latina, y cómo muchas de ellas están en riesgo de volver a la pobreza. Vemos con claridad, a partir de los retrocesos que se dan en otros países, cómo esos logros no son irreversibles (Argentina en un mes de gobierno neoconservador y neoliberal tuvo un millón de pobres más, en Brasil los ajustes del gobierno espurio de Temer generarán sin duda nuevos pobres).

Enfrentamos un momento económico mundial muy duro, pero tenemos que mantener la convicción de no afectar a los sectores de menores recursos. Así de firme debe seguir siendo nuestro enfoque de no violentar los principios políticos que mantienen vivo el respaldo mayoritario de la ciudadanía a nuestro proyecto.

Derrotamos al economicismo neoliberal que reduce todo a una mercancía que se satisface rindiéndose a una lógica de mercado. Consagramos bienes superiores que garantizan derechos como el desarrollo infantil, la educación, la salud o la seguridad social, donde las responsabilidades públicas y estatales son indispensables. Y también establecimos bienes estratégicos para nuestro proyecto de desarrollo. Algunos necesitan el protagonismo del Estado mientras otros pueden ser apoyados o desarrollados por iniciativas privadas. Fortalezcamos este enfoque en la actual conyutura. Donde sea necesaria la participación privada, exijamos claras responsabilidades, aumento de productividad y eficiencia, generación de empleo, uso y desarrollo de la producción nacional, cultura tributaria, vigencia de la legislación nacional, pero nunca sacrifiquemos derechos sociales ni soberanía, nunca rompamos los acuerdos mínimos con nuestra población, porque los costos de mediano plazo pueden ser mayores.

 

  1. Eje de la organización política

Un tercer aspecto, ligado profundamente a los dos anteriores, que quisiéramos dejar planteado se refiere al gran desafío que tenemos como proyecto político de volver a convocar y de volver a abrirnos a una presencia más protagónica y más determinante de los movimientos sociales en la vida de nuestra fuerza política.

Necesitamos movimientos políticos más abiertos a las organizaciones y de carácter más deliberativo. Tenemos que recuperar una cierta autonomía para el espacio de la organización política, una autonomía relativa, por supuesto, respecto del gobierno. Porque muchas veces, la lógica de gobierno acaba capturando y sometiendo la vitalidad de una fuerza política, subordinándola a la gestión política inmediata. Necesitamos movimientos políticos no subordinados a la gestión gubernamental, que no se conciban como apéndice de un gobierno, para que puedan pensar y actuar, precisamente más allá del día a día de un gobierno, resguardando e impulsando hacia adelante al proyecto político, más allá de la coyuntura.

Sostener un gobierno, defenderlo activamente en las calles y en todas las instancias, movilizar a la gente y ganar elecciones, todo ello es importante, fundamental. Pero tenemos el gran desafío de potenciar el protagonismo del pueblo organizado en todos los niveles, pues es la única garantía de proyección hacia el futuro de nuestras banderas y de nuestra causa en toda la región.

Esto es clave en momentos en que vivimos una arremetida muy agresiva de la derecha que busca restaurar un orden social y una agenda de subordinación a la potencia que ha sido tradicionalmente hegemónica. Y para enfrentar esa agenda de restauración conservadora y neoliberal, es importante preservar los gobiernos, los espacios de poder ganados por las fuerzas progresistas y populares, pero más importante aún es ese tejido social y organizativo, esa sociedad empoderada frente a los intereses corporativos.

 

  1. Eje de la integración regional

Necesitamos trabajar en el eje de la integración regional que se vincula con la dimensión geopolítica; esforzarnos por sostener el impulso integracionista, resistir con unidad y acciones afirmativas a la política de recolonización del continente y enfrentar exitosamente la restauración conservadora. Para esto debemos de organizar nuestros tiempos, reorientar nuestras prioridades y agendas, concretar proyectos conjuntos. Dedicar tiempo en nuestras agendas como actores políticos a la integración, sabiendo que es una necesidad primera y no solamente un sueño inalcanzable. Rescatar la gran lección de Chávez y Fidel, que antes fue la de Bolívar y Martí, a saber: solo la unidad del pueblo latinoamericano podrá hacer frente a los intereses de las grandes naciones hegemónicas.

En este sentido somos optimistas. Así como no creemos en el discurso fatalista del “fin de ciclo”, que como una sentencia inapelable está en la boca de tantos analistas y comunicadores, tampoco creemos que este ciclo de restauración hegemónica pueda durar mucho. En efecto, creemos que será corto, entre otras cosas porque los procesos políticos hemos sembrado en estos años una conciencia distinta y porque los pueblos no van a tolerar tanto ajuste y tanto saqueo, tanta entrega. Como lo dijimos antes: tenemos condiciones históricas inmejorables para contraatacar y volver a vencer. Nunca una generación de latinoamericanos tuvo mejores oportunidades que las que tenemos ahora.

 

  1. Eje de la Comunicación

Por último, quisiéramos señalar otro reto importante con miras a sostener y profundizar el proceso de cambio continental, del cual se ha hablado poco pero es esencial abordar: el eje de la comunicación. Tenemos que ampliar y reformular la comunicación en todos sus niveles, disputar el sentido común. No negar lo que se ha hecho hasta ahora, pero sí ampliar. La publicidad, el marketing político son indudablemente herramientas necesarias, pero necesitamos revisar y mejorar esa comunicación, y generar mayor comunicación alternativa, no convencional, así como también trabajar sobre mecanismos de comunicación de masas tradicionales y muy efectivos. Integrarlos regionalmente, como lo planteó Cristina en su visita al Ecuador. Comenzar a disputar la agenda mediática con las grandes corporaciones. Por difícil que parezca, con la fuerza articulada de los pueblos, las organizaciones y los movimientos es posible hacer frente a una de las mayores y más efectivas armas del poder global. Organización popular y comunicación popular son dos dimensiones totalmente vinculadas entre sí. Y esto es algo que va más allá de una disposición legal o de una política pública, es algo que no solamente se legisla ni se decreta, se construye colectivamente en la disputa por el proyecto de sociedad que queremos.

Concluyendo, el nuevo momento regional exige de pensadores, militantes, analistas, dirigentes y pueblo latinoamericano en general la puesta en marcha de nuevas y variadas estrategias, de mayor activación política y unidad continental. Se requiere, sobre todo, evidenciar las contradicciones éticas y políticas que unos y otros proyectos representamos; aumentar la intensidad de la disputa, no ocultarla ni esquivarla, y hacerlo, a partir de ahora, todo en clave regional, ya que de ello depende nuestro futuro.

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Gabriela Rivadeneira B.

Realizó sus estudios universitarios en la Universidad Politécnica Salesiana, en la carrera de Licenciatura en Gestión para el Desarrollo Local Sostenible, de la cual se graduó en 2015. A finales de 2012 aceptó ser candidata a asambleísta nacional donde obtuvo casi 3.5 millones de votos. Es presidenta de la Asamblea Nacional de Ecuador desde 2013. En junio de 2014, el gobierno de Chile, a través del embajador Gabriel Ascencio, impone a Gabriela Rivadeneira la condecoración Orden Bernardo O’Higgins, en el Grado Cruz.


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