Redes y conectividad global

Internautas y brechas digitales en Bolivia

Mariela M. Padilla C.
Publicado en Diciembre 2019 en La Migraña 33
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Las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) que surgen a partir de los avances experimentados en el área de las telecomunicaciones y la informática durante la segunda mitad del siglo pasado han transformado la economía, la política, la cultura, la sociedad; en fin, la forma de relacionamiento y comunicación entre los seres humanos a nivel mundial. De hecho, no son pocos los autores que sostienen que esta revolución de la comunicación ha originado una nueva y verdadera revolución industrial1Autores como Lampert (2006), Rifkin (2014) y López Sabater (Coord., 2017) la califican como la tercera revolución industrial, mientras que para organismos como el Foro Económico Mundial estamos ante la presencia de una posible cuarta revolución industrial (revolución 4.0) cuyo elemento sobresaliente es “la internet de las cosas” (Perasso, 2016). También López Sabater (Coord., 2017: 11) hace referencia a una cuarta revolución sustentada en los datos como “insumo básico y clave”. Por otra parte, hay autores como Cendoya (2013: 12) que hablan de una “revolución global, sin precedentes en la historia de la humanidad […] que conlleva la transformación no solo del modelo productivo, sino de los mismísimos pilares de la sociedad, desde el conocimiento a la medicina o desde la política a la ética”, o Korotayev y Tsirel (2010), que hacen referencia a una nueva era de la información y las telecomunicaciones que iniciaría en los años 80 prolongándose hasta el presente..

Indudablemente, internet es el gran propulsor de estos cambios, constituyéndose en la actualidad no solo en el “tejido de nuestras vidas”, sino en el sistema de comunicación que mueve esta nueva “galaxia internet”2“Internet es un medio de comunicación que permite, por primera vez, la comunicación de muchos a muchos en tiempo escogido y a una escala global. Del mismo modo, que la difusión de la imprenta en Occidente dio lugar a lo que McLuhan denominó la “galaxia Gutenberg”, hemos entrado ahora en un nuevo mundo de la comunicación: la galaxia internet” (Castells, 2001: 16). (Castells, 2001: 15-16). Pero ¿Cuáles son los impactos que trae esta transformación de las fuerzas productivas tecnológicas? O mejor, ¿cómo se están dando los procesos de apropiación de las nuevas tecnologías?

Los países, economías e individuos se apropian de manera diferenciada de los avances tecnológicos en función de relaciones de dominación o subordinación. Los países capitalistas más desarrollados (“centros de poder capitalista”) poseen el “monopolio del conocimiento y producción de la técnica productiva” ‒y justamente allí radica la clave de su dominación porque el desarrollo tecnológico a su vez está subordinado o subsumido a la lógica del capital‒, mientras que “ambas cosas, la técnica productiva industrial como el conocimiento del que deriva son para los países dependientes un dato ajeno en sí mismo” (Laguna, 2015: 133). De ahí, que la “aplicación consciente y tecnológica de la ciencia al proceso productivo desde la matriz local de conocimiento” (ibid: 137) o soberanía tecnológica sea un elemento central, para los países del sur, en la construcción de procesos de autodeterminación y quiebre de las relaciones de dependencia respecto a los centros mundiales capitalistas.

En relación a los individuos que hacen uso de la red, internautas u homo digitalis3Se trata de un concepto propuesto por el periodista español Román Cendoya en su libro rEvolución. Del homo sapiens al homo digitalis (2013). Según Cendoya (López, 2018: 3-4), las personas pueden ser aglutinadas en tres grupos de acuerdo con su relación al desarrollo tecnológico y su grado de dependencia del mismo: 1) los prebotónicos, “que han tenido que adaptarse […] y les cuesta trabajo interactuar con las nuevas tecnologías”, pues han presenciado los inicios de “la interacción con una computadora, el nacimiento de internet y ahora los teléfonos móviles”; 2) los botónicos, que se han adaptado fácilmente dado que “la tecnología llegó a sus vidas cuando eran pequeños” aunque “poco a poco se van quedando atrás”, ya que “su forma de pensar aún es análoga”; y 3) los táctiles, que son propiamente los homo digitalis nacidos a partir del siglo XXI y que están conectados e “interactúan con la tecnología todo el tiempo”. El homo digitalis interactúa “directamente sobre la pantalla y ya no con el teclado ‒tiene todo al alcance de un clic en medio de un mar de información‒, cosa que “merma también el ejercicio de la escritura, la cual como sistema tecnológico representa miles de años de evolución y [es] símbolo por excelencia del pensamiento del se conecta y hace uso en alguna medida de la red. Al 2018, según la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU por sus siglas en inglés), poco más de la mitad de la población mundial (51.2 %) utiliza internet, mientras que en el país (2017) casi siete de cada diez bolivianos mayores de 14 años son internautas (Encuesta Nacional de Opinión sobre Tecnologías de Información y Comunicación en adelante Encuesta TIC de la AGETIC)., nos hemos transformado actualmente ‒en parte debido a las redes de poder y dominación vinculadas a las TIC (monopolios digitales) en simples “bolsas de datos”4La referencia: “las personas nos constituimos hoy en una bolsa de datos” fue realizada por el vicepresidente Álvaro García Linera durante el “Seminario Comunicación y Revolución en Redes Sociales” (Auditorio del Banco Central de Bolivia, 4 de diciembre de 2018)..

“[¿] realmente los usuarios somos libres cuando utilizamos internet [?] La cantidad de algoritmos que manejan los buscadores saben exactamente por dónde navegamos, dónde clicamos, qué vemos, nuestros gustos, datos demográficos, si tenemos pareja […] y un largo etc. que llegaría a asustarte si piensas realmente qué sabe[n], compañías como Google o Facebook de nosotros desde que nos despertamos” (Del Campo Fernández, 2018).

En 2018, solo en 60 segundos se realizaban en la red 3.7 millones de búsquedas en Google, se mandaban 187 millones de correos electrónicos y 38 millones de mensajes por WhatsApp, se enviaban 481 000 (casi medio millón) de tuits, se miraban 4.3 millones de videos por YouTube y 973 000 de usuarios (casi un millón) ingresaban a su cuenta en Facebook5Véase las infografías de @LoriLewis and @OfficiallyChadd’s, disponibles en https://www.weforum.org/agenda/2018/05/what-happens-in-an-internet-minute-in-2018 o https://www.digitalinformationworld.com/2018/05/infographic-internet-minute-2018.html. En 2015 ya se estimaba que cada minuto se generaba en el mundo 1 700 billones de bytes de datos, lo que equivalía “a 360 000 DVD”, y se tiene previsto que para el 2020 el volumen de datos alcance a los 40 ZB (zettabytes)61 ZB = 1021 bytes. “Un solo zettabyte es el equivalente a 17 200 millones de iPhone de 64 gigabytes […] En total se necesitarían 756 millones 800 mil iPhone de 64 gigabytes para guardar todos los datos del mundo” (Hernández, 2019). (UPM, 2015: 1 y 4). El resultado de todo ello: varias filas nuevas acumulándose, día a día, en “una tabla inmensa de datos” (López Sabater, Coord., 2017: 37).

La cantidad de información que circula en internet ha aumentado exponencialmente en los últimos años dando lugar a una verdadera explosión de la información: “infoexplosión” (García Cantero, citado en Palomino y Jiménez, 2018:5). Vivimos en la era del zettabyte y, al 2020, se proyecta que el tráfico IP global alcance a los 4.8 ZB, que tengamos alrededor de 28.5 billones de dispositivos conectados y que los centros de datos hiperescala se dupliquen.

El manejo, procesamiento y análisis de esos grandes volúmenes de datos7“Un dato es un registro que se almacena en silos y lagos de información […] Por poner un ejemplo cotidiano, cada vez que un usuario realiza una compra a través de un comercio online, se establece una huella en alguna base de datos de qué compró, cuánto pagó, cómo pagó, qué productos compró a la vez, dónde estaba cuando realizó la compra […] y, así, un sinfín de información” (López Sabater, Coord., 2017: 27 y 29). Esos datos digitales pueden ser generados a través de diferentes sensores o dispositivos y tener fuentes como las redes sociales o las empresas (los datos comerciales), entre otras; en su mayoría (un 90 %) han sido producidos “en los últimos dos años”, aunque de ese total apenas un 1 % ha sido analizado. En cuanto al potencial de su análisis por región, Europa alcanza un 12 %, “mientras que Estados Unidos se encuentra en el 18 %” (ibid.: 35-36). que muchas veces “nos geocalizan” develan “nuestros gustos y preferencias; nuestra opinión e incluso las opiniones de nuestros familiares y amigos”, se ha visto posibilitado gracias a herramientas o tecnologías digitales como el cloud computing (servicios en la nube o simplemente nube) y el big data8El big data se refiere “a la gestión y análisis de enormes volúmenes de datos que no pueden ser tratados de manera convencional, ya que superan los límites y capacidades de las herramientas de software habitualmente utilizadas para la captura, gestión y procesamiento de datos” y, por tanto, “engloba infraestructuras, tecnologías y servicios que han sido creados para dar solución al procesamiento de enormes conjuntos de datos estructurados, no estructurados o semiestructurados (mensajes en redes sociales, señales de móvil, archivos de audio, sensores, imágenes digitales, datos de formularios, correos electrónicos, datos de encuestas, etc.)” (López, citado en Palomino y Jiménez, 2018: 6). que ha dado origen a nuevos métodos o paradigmas de análisis de información como la economía de los datos o la ciencia de los datos (López Sabater, coord., 2017: 7) y también el datamining (minería de datos).

Pero ¿Quiénes se benefician principalmente de esa información/datos? Sin lugar a dudas, entre los primeros están los “grandes gigantes tecnológicos como Google o Facebook” que los comercializan a través del desarrollo de servicios de software que posibilitan su análisis (López Sabater, coord., 2017: 67).

La compañía de investigación de mercados IDC proyectaba que los ingresos alrededor de los datos y su análisis iban a crecer en más del 50 % en tan solo 5 años (del 2015 al 2019), pasando de 122 000 millones de dólares (2015) a 187 000 millones en 2019 (Palomino y Jiménez, 2018: 25).

El portal de estadísticas Statista estimaba el valor de mercado del big data (de todos los sectores que componen esta industria) a nivel mundial en USD 35 000 millones para el 2017 y proyectaba una cifra de 56 000 millones de dólares en 2020 y de 90 000 millones de dólares en 20259https://es.statista.com/estadisticas/517644/prevision-del-valor-de-mercado-del-big-data-en-el-mundo/.

La potencialidad de uso y procesamiento de los datos, en particular del big data, es inmensa y sin lugar a dudas irá ganando mayor peso al interior de la economía digital en los próximos años.

Internet, internautas y brechas digitales: una aproximación
a nivel mundial

En general, el proceso de irradiación global de internet puede diferenciarse en las siguientes tres etapas. La primera, asociada a la conexión fija en la década de 1990, que posibilitó el acceso a la red mediante la PC, a cerca de 1 000 millones de usuarios en el mundo; la segunda, vinculada a la conexión móvil (década de 2000), que permitió el acceso de más de 2 000 millones de usuarios a través de los teléfonos inteligentes; y la tercera, de la internet de las cosas en la que se espera, al 2020, contar con 28 000 millones de objetos conectados a nivel global (CEPAL, 2016: 34).

Según estimaciones de la ITU (Unión Internacional de Telecomunicaciones)10International Telecommunication Union (ITU por sus siglas en inglés), organismo especializado de las Naciones Unidas para las TIC., a fines de 2018, más de la mitad de la población mundial (el 51 %) utiliza internet, mientras que las suscripciones a telefonía móvil (8 160 millones) superan en 527 millones a la población total11La población mundial asciende en 2018 a 7 633 millones de personas (UNFPA: https://www.unfpa.org/es/data/world- population-dashboard).. Tanto las suscripciones activas de banda ancha móvil como las de telefonía celular muestran una tendencia creciente en el nuevo siglo que contrasta con el comportamiento de las suscripciones a telefonía fija (con crecimiento negativo). En el caso de las suscripciones de banda ancha fija, si bien estas son mucho menores a las móviles en cantidad, en el periodo 2006 a 2008 muestran similares tasas de crecimiento a las de la telefonía celular, por encima del 20 % en promedio.

En todo caso, en el lapso de 14 años, la cantidad de suscripciones a telefonía móvil ha pasado de 2 205 millones (2005) a más de 8 000 millones (2018); ya en 2017, tres cuartas partes de la población mundial (76.4 %) poseía un teléfono móvil12En los países desarrollados este porcentaje alcanzaba al 92.1 % y en los menos desarrollados al 56 % (ITU, 2018d: 12). (ITU, 2018d: 2 y 5). Es pertinente recalcar que no debe confundirse la tenencia de una línea de teléfono con la posesión del aparato telefónico.

En consecuencia, la fuerte expansión de la “industria de las telecomunicaciones móviles” y “la fuerza del mercado” producto de esa expansión no solo han “transformado el panorama de las TIC de manera estructural” (Ortuño: 2016: 156), sino que también han abaratado su acceso dando paso a un incremento importante en la cobertura a la red, principalmente en los países en desarrollo. Así, los datos de la ITU (2018a) reflejan que, a nivel mundial, al 2005, 34 de cada 100 habitantes tenía (suscripciones de) telefonía móvil (82 en los países desarrollados y 23 en los países en desarrollo) y que en 2010 (cinco años después) esa cifra se incrementó en un 100 %, duplicándose a 68. Sin embargo, mientras que para los países desarrollados el incremento fue tan solo del 37 % (113 habitantes por cada 100), en los países en desarrollo alcanzó al 200 % (69 habitantes por cada 100). Ya en 2018, los países en desarrollo pasaron la barrera de los 100 (103 habitantes), mientras que los desarrollados llegaron a los 128 habitantes con telefonía móvil por cada 100.

En general, el fuerte incremento en el uso de internet y, por tanto, en la cantidad de internautas en los últimos años responde a esa dinámica que de ninguna manera es ajena al país ‒como se verá más adelante‒ (Ortuño, 2016: 156; Cabero, 2018: 104, 106)

Aun así, las brechas de acceso entre el “norte” y el “sur” continúan latentes. Nuevamente, los datos de la ITU (2018a) revelan que en 2005 los hogares con internet fijo alcanzan a casi a la mitad del total (45 %) en los países desarrollados, frente al magro 8 % en los países en desarrollo. Diez años más tarde (2015), esas cifras se incrementan a 80 % y 33 % respectivamente y apenas han variado al 2018: 83 % y 36 %. Recordemos, que una conexión fija permite un aprovechamiento de mayor calidad de la red.

En relación a la computadora, que es otro equipamiento TIC, en 2005, el 58 % de los hogares en los países desarrollados cuenta con ese equipo frente al 15 % en los países en desarrollo. Al 2018, los porcentajes son 83 % y 36 % respectivamente.

Finalmente, existe una tendencia similar respecto al número de internautas. En 2005, el 51 % de la población de los países desarrollados utiliza la red en comparación al 8 % de los países en desarrollo y, al margen del considerable incremento posterior en el número de internautas en los países en desarrollo, al 2018, la diferencia entre ambos grupos de países es todavía considerable (casi la mitad), 81 % frente al 45 % (ITU: 2018a).

Como se puede apreciar en el cuadro 2, en 2017 los países con los niveles más elevados de porcentajes de internautas (por encima del 90 %) se encuentran en Europa y en algunos casos, como Emiratos Árabes y Catar en Oriente Medio. En términos generales, en los países en desarrollo, se han alcanzado ya niveles de saturación de la red: cuatro de cada cinco individuos usan internet (ITU, 2018d: 2). En contraposición a este panorama, en los últimos lugares, con porcentajes por debajo del 30 %, sobresalen los países africanos y algunos de América Central.

Respecto al panorama de la región en primer lugar se encuentra Chile, con un 82 % de población internauta, seguido de Argentina (76 %), Uruguay y Brasil (68 % y 67 % respectivamente). Para Bolivia se calcula un porcentaje de 44 %, aunque dicha estimación podría estar infravalorada, pues según los resultados de la Encuesta TIC13Los resultados de la Encuesta TIC de la AGETIC se encuentran disponibles en https://www.agetic.gob.bo/pdf/ResultadosFinalesEncuestaTIC.pdf En dicha encuesta, se considera como internauta a aquella persona mayor de 14 años que ha tenido acceso a internet al menos una vez durante los últimos 30 días previos a la realización de la encuesta. (realizada en diciembre de 2016) el 67.5 % de la población boliviana mayor de 14 años es internauta.

Si bien, a nivel global el creciente acceso a la red (principalmente vía tecnologías móviles) es algo destacable, la falta de habilidades digitales constituye un gran impedimento para ese acceso porque la cuestión no es solo tenerla a disposición, sino saber usarla; más aún, “las habilidades digitales son un factor clave para determinar si las personas pueden traducir ese uso en beneficios reales” y en qué medida pueden quedar excluidas de una sociedad ya digitalizada, que en el futuro lo será todavía más (ITU, 2018d: 2, 25, 30-31 y 45, trad. libre).

Aquí es importante resaltar que tradicionalmente el concepto de brecha digital estuvo asociado, bajo una perspectiva tecnocéntrica, a las desigualdades en el acceso a las TIC (principalmente computadora e internet) en función a factores como el género, el nivel de ingreso, la clase social, el lugar de origen y la etnicidad de los usuarios (Ortuño, 2016: 153). Por ejemplo, según algunos estudios de regresión multivariante realizados para la población norteamericana, esas variables (ingreso, educación, edad, raza y etnicidad) eran bastante relevantes (en el sentido de “limitativas”) a la hora de determinar la tenencia de una conexión de internet en el hogar o el uso de la red en cualquier parte, además, de que a lo largo del tiempo las brechas asociadas a ellas se mantuvieron, con excepción de la de género, aunque los hombres continúan siendo mucho más intensivos en el uso de la red que las mujeres (Moosberger, et al., 2008: 8).

En ese marco, la preocupación gubernamental en términos de política pública referida a la temática estuvo enfocada hacia cuestiones de cobertura y distribución de equipamiento. En el caso de Bolivia resaltan los programas de dotación de equipos de computación a docentes del magisterio público (Decreto Supremo 357, de 18 de noviembre de 2009) y a estudiantes del nivel secundario de las unidades fiscales (Decreto Supremo 2013, de 28 de mayo de 2014).

Sin embargo, posteriormente, el interés general fue virando más hacia las habilidades digitales y, en consecuencia, hacia las brechas o desigualdades vinculadas a ellas.
Las habilidades digitales deben ser entendidas como un activo para perpetuar el poder y los privilegios de clase, y las brechas digitales profundizan las desigualdades sociales existentes. Las TIC ofrecen más oportunidades de incremento de capital para aquellos que cuentan con niveles más altos de habilidades digitales (Chen, 2006) […] En efecto, la falta de una variedad de habilidades digitales es hoy ampliamente percibida como una barrera importante para la participación en el trabajo o en la escuela, en la sociedad en general y en el hogar, en la vida privada […] (ITU, 2018d: 31, trad. libre).

El más reciente informe de la ITU sobre la medición de la Sociedad de la Información (2018d: 2, 14-15, 22-24 y 32-33, trad. libre) permite resaltar las siguientes cifras o hechos a nivel global al respecto:

Las desigualdades en el uso de las TIC estarían reflejando otras desigualdades relacionadas al ámbito educativo, de ingresos y de género entre las diferentes regiones del mundo.
En los países desarrollados, los usuarios de computadoras parecen poseer más habilidades TIC que los de los países en desarrollo.
Las investigaciones sugieren que las desigualdades en las habilidades digitales podrían incrementar las desigualdades entre los países desarrollados y en desarrollo y entre grupos socioeconómicos y socioculturales.

Las brechas digitales no tienen que ver con la cuestión generacional. Estudios recientes muestran que no es la edad, sino el aislamiento social, la salud, el bajo nivel educativo y otros aspectos los que hacen que las generaciones mayores tiendan a estar fuera de la red y tener pocas habilidades digitales.

En promedio, un individuo con empleo tiene un 10 % más de probabilidad de poseer habilidades digitales que un trabajador/a independiente o cuenta propia que, a su vez, tiene un 10 % más de probabilidad de poseer habilidades digitales que un/a desempleado/a.

Las personas con educación superior tienen entre 1.5 a 2 veces más probabilidades de tener habilidades digitales que aquellas con educación secundaria y entre 3.5 a 4 veces más que las que tienen solo educación primaria.

Los habitantes del área rural tienen cerca de diez puntos porcentuales menos de probabilidad que los habitantes urbanos de tener habilidades digitales.
Existe una diferencia de cinco puntos porcentuales entre hombres y mujeres para tener cierta habilidad digital.
Al 2020, más del 90 % de los puestos de trabajo en la Unión Europea requerirán habilidades digitales.

En promedio, el 65 % de individuos en los países desarrollados tienen habilidades digitales básicas (por ejemplo, copiar carpetas o archivos, usar herramientas de copiado y pegado para hacer una copia o mover información dentro de un documento, enviar correos con documentos adjuntos, transferir archivos entre la computadora y otros dispositivos) frente al 46 % en los países en desarrollo. El 49 % de individuos en los países desarrollados, en promedio, tienen habilidades digitales estándar (por ejemplo, buscar, descargar, instalar o configurar software; conectar e instalar nuevos dispositivos; utilizar fórmulas básicas en hojas de cálculo; generar presentaciones electrónicas) frente al 29 % en los países en desarrollo. Finalmente, en promedio, el 6 % de individuos en los países desarrollados tienen habilidades digitales avanzadas (elaborar programas informáticos a partir del uso de lenguaje de programación especializado) frente al 4 % en los países en desarrollo14ITU realiza la estimación en función a los datos de 52 países (30 desarrollados y 22 en desarrollo) (ITU 2018d: 32).

Entonces, si bien los temas de cobertura, acceso e infraestructura tecnológica son importantes para analizar el impacto de las TIC, no se puede dejar de lado la cuestión de las habilidades y capacidades digitales a la hora de comprender, de mejor los factores que inciden en su mayor o menor aprovechamiento. En esa línea, las categorías de inclusión digital o ciudadanía digital permiten rescatar ambas dimensiones.

Autores como Mossberger (et al. citado en Rendueles, 2016:16) definen la ciudadanía digital como la “habilidad para participar en la sociedad online” caracterizada “por el uso frecuente de internet”. Más específicamente, el uso frecuente implica el uso diario de la red, cosa que acontece, por lo general y con mayor probabilidad, en el hogar, aunque también se puede dar en el trabajo; el indicador de frecuencia de uso es mucho más fidedigno (para medir la ciudadanía digital) que el simple acceso en cierto momento porque el acceso tiene relación con el medio, mas no con la habilidad de uso de las TIC (Mossberger, et al., 2008: 10 y 12)15Mossberger enfatiza en la necesidad de diferenciar los grados de frecuencia de uso de internet de los usuarios. Por ejemplo, en 2006, el 73 % de la población norteamericana accedió “al menos ocasionalmente” a la red en algún lugar (hogar, trabajo, escuela, lugares públicos), pero solo el 48 % la utilizó a diario (2008: 10 y 12)..

Por tanto, cuando se habla de ciudadanía digital se involucra tanto el acceso (regular) como el uso efectivo de las TIC (Ortuño, 2016:154), es decir, la conectividad y también la habilidad técnica o capacidad digital (el alfabetismo digital).

“Los ciudadanos digitales utilizan internet todos los días para una amplia gama de actividades; internet se convierte en una parte integrante de sus rutinas diarias y es más probable que ellos adquieran las habilidades para usar esa tecnología […]. Los ciudadanos digitales […] usan la tecnología para obtener información política, para cumplir con sus deberes cívicos y en el trabajo para obtener réditos económicos” (Moosberger, et al., 2008: 2 y 12, trad. libre).

Entonces, a la hora de plantear políticas de ciudadanía digital, esta nueva visión demanda, como bien señala Ortuño (2016: 155), la “articulación” del elemento técnico (cobertura o infraestructura) con otros factores socioculturales y educativos.

En el caso de Bolivia un esfuerzo destacable emprendido hace poco es el Programa de Inclusión Digital, impulsado por la Agencia de Gobierno Electrónico y Tecnologías de Información y Comunicación (AGETIC), cuya implementación está respaldada por el Decreto Supremo 3900, de 15 de mayo de 201916En noviembre de 2018, AGETIC desarrolló una primera fase de este programa, capacitando alrededor de 700 estudiantes de secundaria y a sus profesores en el uso de herramientas de software libre aplicadas a los procesos de enseñanza (véase https://blog.agetic.gob.bo/2018/11/mas-de-700-estudiantes-fueron-capacitados-en-tic-concluye-1a-fase-del-programa-inclusion-digital/); esfuerzo destacable porque en el país el “uso educativo de internet” responde por lo general a la “iniciativa individual” tanto de estudiantes como de profesores (Ortuño, 2016: 159).

Finalmente, el concepto de ciudadanía digital abre nuevos desafíos para su medición. Básicamente, la frecuencia de uso de internet está vinculada a indicadores de uso o de calidad de uso de la red “para realizar actividades educativas, de búsqueda de información, de entretenimiento o de trabajo en cualquier tipo de plataformas tecnológicas o lugares de acceso” (Ortuño, 2016: 165). Por supuesto, estos indicadores deben ser estudiados en conjunto con los más tradicionales de conectividad, por ejemplo, el tipo de conexión (no es lo mismo usar a diario internet en el celular que, en la computadora, vía conexión fija, ya sea en el hogar o el trabajo), el área geográfica, etc. Es así, que nuevamente emerge el tema de las brechas digitales asociadas ahora más a las capacidades de uso de la red.

El homus digitalis boliviano

¿Cuál es el panorama del acceso a internet y su uso en Bolivia? A diciembre de 2018, la ATT reporta casi diez millones (9 907 144) de conexiones17No se debe confundir el dato de conexiones con la cantidad de usuarios, debido a que cada conexión puede corresponder a una o a más personas (entidades)., de las cuales el 91 % corresponde a tecnologías de acceso móvil 2.5G, 3G y 4G (ATT, 2019: 1).

Hasta el 2008 el rango de conexiones a la red se mantiene entre los 170 a 270 mil. Ya en 2011 se pasa la barrera del millón, aunque en 2012 solo se cuenta con 19 conexiones por cada 100 habitantes. En el periodo 2013-15, denominado como el “gran salto” por la “irrupción de las plataformas móviles” (Ortuño, 2016: 162), la cantidad de conexiones aumenta en promedio en un millón y medio adicional por año. Justamente, en esos años se alcanza una cantidad pico de líneas móviles en alrededor de 10.5 millones.

En 2014 se tiene 47 conexiones a internet por cada 100 habitantes, en 2016 esa cifra aumenta a 63 y en 2018 a 88. En el caso de las líneas móviles, en 2013 se cuenta con 99 por cada 100 habitantes y en 2018 se pasa la barrera de las 100 (101). Para el 2018, los departamentos del eje concentran tres cuartas partes tanto del total de conexiones como de los smartphones activos en el país.

Los primeros años del nuevo siglo, el elevado costo de las conexiones domiciliarias y el bajo desarrollo de la conectividad son los principales factores que explican la reducida proporción de acceso a internet fijo. Recordemos que, incluso en 2012, según los datos del Censo Nacional de Población y Vivienda (CNPV) de ese año, apenas el 9.6 % de las viviendas cuentan con el servicio. En ese escenario, el espacio público de los “café-internet” se transforma en el ámbito privilegiado “para el acceso a la red de la gran mayoría” (Ortuño: 2016: 158). Así, según algunas estimaciones18Véase Padilla et al., 2018: 137, el número de café-internet habría alcanzado un pico en 2014, mostrando después una tendencia decreciente, pero manteniendo aún en 2016 la preferencia como el primer lugar al que la población internauta acude a navegar, aparte de la conexión fija y móvil (véase Encuesta TIC de AGETIC, 2017: 70).

En los últimos años, además, del boom de la telefonía y conexión móvil, la expansión del uso de las TIC responde también, especialmente en países de la región como Bolivia (CEPAL, 2016:11), a factores vinculados al mayor crecimiento económico y a mejoras de bienestar y movilidad social (reducción de la pobreza y ampliación de las clases o estratos medios). Por ejemplo, en el periodo 2003-2004, el PNUD (2018: 62-63) estima que el estrato bajo del país concentra a 5.5 millones de habitantes, mientras que el estrato medio aglutina a 3.2 millones (2.1 en el estrato medio vulnerable y 1.1 en el estrato medio estable); más de diez años después, en 2015, el estrato bajo desciende a 4.2 millones de personas y el estrato medio aumenta a 6.1 millones (3.6 en el estrato medio vulnerable y 2.5 en el medio estable). De hecho, el informe presidencial de enero de 2019 a la Asamblea Legislativa hace referencia a que la población con ingresos medios habría pasado de 3.3 millones (35 % del total) a 7 millones (62 % del total) en 2018, reflejando un cambio mismo en la estructura social boliviana, de una forma piramidal hacia una de tipo pentagonal.

En relación a otros indicadores TIC en el lapso de cinco años, hay una baja de casi diez puntos porcentuales en la disponibilidad de telefonía fija en los hogares bolivianos, en concordancia con los destacables niveles de uso del teléfono móvil (en 2012, 5.7 millones de personas usaban celular y al 2017 ese número aumenta a 6.8 millones). Es interesante notar la discrepancia entre la cifra de uso del celular y la cifra de internautas. Como ya fue resaltado, el fenómeno de mayor conexión a la red en los últimos años se debió, en gran parte, a la conexión móvil. Los datos de la Encuesta TIC (AGETIC, 2017: 12 y 63) reflejan que, en 2016, el 95 % de la población internauta se conecta vía internet móvil y, en correspondencia a ese dato, el 93 % de la población mayor de 14 años cuenta con un celular; por tanto, es muy probable que las cifras de porcentaje de usuarios de la red, de 39 % en 2016 o 36 % en 2017, según las Encuestas de Hogares (EDH) del INE se encuentren algo infravaloradas.

Respecto a la disponibilidad de computadora y radio en los hogares, la tendencia es a la baja, mientras que el televisor se mantiene en promedio en ocho de cada diez hogares bolivianos. Llama la atención los porcentajes decrecientes tanto de posesión como de uso del aparato de computación en el hogar (26 % en ambos casos al 2017). De acuerdo con las cifras de la Encuesta TIC, el 42 % de la población mayor a 14 años cuenta con un equipo de computación (AGETIC, 2017: 12). Evidentemente, no se trata de cifras exactamente comparables; en el caso de las EDH hablamos de hogares y de uso y en la Encuesta TIC de personas y de tenencia (esta última quizás podría ser considerada como una proxy de uso).

En relación a la población internauta en el país, según la Encuesta del Barómetro de las Américas del proyecto LAPOP, al 2014, un 39 % de los bolivianos mayores de 18 años utilizan internet con cierta frecuencia al mes; y de este porcentaje, un 32 % tiene un uso con cierta frecuencia semanal y la mitad (un 16 %) corresponde a los usuarios más activos, vale decir, a los internautas que usan la red a diario. Dos años más tarde (2016), según la Encuesta TIC, la población boliviana mayor de 14 años que usa la red con cierta frecuencia al mes alcanza al 67.5 % (AGETIC, 2017: 54); y de ese porcentaje, un 59 % la usa con cierta frecuencia a la semana y un 31 % corresponde a los usuarios más activos (uso diario).

Estas cifras nos permiten realizar una estimación inicial de la cantidad de ciudadanos digitales que existen en el país. A pesar de las diferencias en la población objetivo y otros aspectos metodológicos de la realización de ambas encuestas, se podría decir que, en el lapso de dos años, el número de ciudadanos digitales se casi duplicó, pasando del 16 % (2014) al 31 % (2016); en números absolutos, aumentó de “alrededor de un millón de usuarios” (Ortuño, 2016: 166) a aproximadamente 2.2 millones (internautas mayores de 14 años).

En otros términos, y según datos de la Encuesta TIC, de los casi siete internautas que hay en el país, tres podrían ser considerados como ciudadanos digitales (casi la mitad). Pero ¿Cuáles son las características de estos ciudadanos digitales o, más bien, del homus digitalis boliviano en general?

Uno de los primeros estudios relevantes en identificar las características del internauta boliviano forma parte del Informe de Desarrollo Humano de Bolivia (PNUD) de 2004 y sostiene que, en el país, el uso de internet es “significativamente más bajo entre los ciudadanos pobres, rurales” o que habitan “zonas periurbanas, indígenas y de mayor edad” (Ortuño, 2016: 158).

Hasta el 2009, Ortuño (2016:158) resalta los ensayos de Tórrez y Urquidi (2005) y Yapu e Íñiguez (2009), que permiten establecer el siguiente perfil del internauta en Bolivia: “joven, masculino, de nivel socioeconómico alto y medio-alto, urbano, urbano y habitante del eje La Paz-Cochabamba-Santa Cruz”.

A partir de los datos de la Encuesta TIC y la comparación de las brechas digitales entre la población internauta y no internauta, se puede caracterizar al homus digitalis boliviano promedio como una persona de clase media, que reside en el área urbana, con estudios de secundaria o universitarios y cuya lengua materna es el castellano; características muy similares a las resaltadas por Ortuño, diez años atrás.
Eso significa que las desigualdades “estructurales” a nivel socioeconómico, cultural y geográfico se replican y se mantienen en el mundo digital. Es decir, en su mayoría, la boliviana o boliviano que accede rara vez al año o no accede nunca a la red es pobre (pertenece a un nivel socioeconómico bajo), vive en el área rural, trabaja por cuenta propia o como ama de casa, aprendió a hablar en idioma nativo y tiene más de 50 años.

La única brecha que pareciera estar relativamente superada entre ambos grupos poblacionales es la de género: 51 % de internautas son varones y 52 % de los no internautas son mujeres. Sin embargo, esta brecha volverá a ser notoria en términos ya de uso o de habilidades digitales.

Indudablemente, en los últimos años el país ha experimentado grandes avances en términos de cobertura y acceso a internet; sin embargo, en términos de uso, sobresale un hecho llamativo que tiene que ver con la predominancia de los fines lúdicos, de las actividades relacionadas al “entretenimiento o de interacción con amigos o conocidos” (Ortuño, 2016:174). Corroborando esta apreciación, según Villarroel (2018: 439), en general la actividad principal del internauta boliviano se “concentra en el uso de las redes sociales” (básicamente Facebook y WhatsApp) y se da con fines de interrelación social: ocho de cada diez internautas se conectan para “contactar a amigos o familiares” y tienen como su medio preponderante de conexión al celular (el 95 % se conecta vía internet móvil).

Esto evidencia no solo una carencia en la producción de contenidos digitales, sino también una escasa aplicación de estas herramientas tecnológicas al ámbito educativo, empresarial y laboral.

A partir del estudio de los diferentes perfiles digitales realizado por Villarroel (2018), diferenciados según su menor o mayor dependencia e intensidad de uso del internet y de otras herramientas tecnológicas, se puede intentar rastrear la presencia de brechas digitales al interior de la población internauta.

Villarroel (2018: 439-440) clasifica a la población internauta en cuatro perfiles: indiferente digital (20 %), principiante digital (46 %), hiperconectado digital (23 %) y geek digital (11 %).

Evidentemente, las brechas denominadas como de uso (tipo de conexión y uso en actividad económica) tienen mayor peso en la clasificación: el geek digital que es el más conectado mientras que el indiferente no tiene ni computadora ni conexión fija. Asimismo, la presencia de brechas económicas, geográficas y de género son importantes.
A nivel general, un elemento que resalta es que, a medida que el perfil se “tecnifica más”, la presencia femenina decrece y el ámbito urbano se hace predominante. Eso significa, que las brechas sociales, étnicas y económicas ya presentes entre los internautas y no internautas se replican al interior del primer grupo y, en el caso de las brechas de género reaparecen.

Un análisis más específico para los usuarios más activos (ciudadanos digitales que usan la red a diario) queda aún pendiente como investigación; una proxy podría involucrar los grupos de geek e hiperconectado digital de Villarroel.

Conclusiones

Hasta principios del nuevo siglo, existían notorias desigualdades en términos de conectividad y equipamiento en las TIC entre los países desarrollados y en desarrollo. Por ejemplo, en 2005, los hogares con internet fijo y computadoras alcanzaban aproximadamente a la mitad de la población en los primeros, mientras que para los segundos apenas llegaban al 8 % y el 15 % respectivamente. Respecto a los usuarios de internet, en los países en desarrollo la cifra alcanzaba al 51 % de la población y en los países en desarrollo al 8 %. Sin embargo, en los últimos años, gracias al boom de las conexiones móviles, en primer lugar, y a la movilidad social y al crecimiento de algunas de las economías en desarrollo, entre otros factores, el uso de la red ha pasado por un proceso de masificación importante.

A nivel mundial, a fines de 2018, el 51 % de la población ya es internauta, tres cuartas partes posee un teléfono móvil (2017) y la cantidad de suscripciones móviles sobrepasa el total de la población (103 habitantes por cada 100, en los países en desarrollo, y 128 habitantes por cada cien, en los desarrollados).

En Bolivia casi siete de cada diez bolivianas o bolivianos mayores de 14 años accede a internet, pero esto no implica que se trate de internautas alfabetizados digitalmente o que sean capaces de ejercer una ciudadanía digital activa, factor que tiene que ver con el tipo de uso que hacen de las TIC, con sus habilidades y capacidades digitales al momento de apropiarse de manera más beneficiosa, y en todos los ámbitos de las nuevas tecnologías.

De hecho, el internauta boliviano promedio es una persona de clase media, que reside en el área urbana, con estudios de secundaria o universitarios, con lengua materna castellana y cuya actividad principal se concentra en el uso de redes sociales y con fines de interrelación social. Asimismo, se pudo estimar que los ciudadanos digitales en el país representan el 31 % de la población mayor de 14 años, es decir, alrededor de 2.2 millones de usuarios.

Si bien, como sostiene Hauben (1997:2), la red tiene la potencialidad de emerger como una “gran comunidad social e intelectual” en el marco de la cual no solo se genere, sino también se desarrollen y construyan ideas (pensamiento) de manera conjunta y no aislada, esto se hará posible siempre y cuando se tengan ciudadanos completamente alfabetizados digitalmente y, por tanto, las brechas de capacidades de uso de la red sean reducidas o inexistentes. Hacia allí deberán apuntarse los esfuerzos a futuro.

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Mariela M. Padilla C.

Magíster en Estudios Críticos del Desarrollo (CIDES-UMSA). Ha cursado diplomados en Ciudadanías Interculturales e Investigación en la Universidad de Postgrado para la Investigación Estratégica en Bolivia (U-PIEB) y en Formación Docente para la Educación Superior en la Universidad Católica Boliviana (UCB). Ha publicado algunos artículos en La Razón y La Época. Actualmente a cargo de la línea de investigación “Estado y política” del Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la Vicepresidencia del Estado.


Nota: