Analizando el 21F

La oposición “jailona” al gobierno del MAS

Fernando Molina
Publicado en mayo 2017 en La Migraña 21
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La situación política que vive el país está marcada por el resultado adverso que el 21 de febrero de 2016 obtuvo el gobierno, en su intención de reformar la Constitución por medio de un referendo y así habilitar nuevamente al presidente Evo Morales como candidato a la presidencia en 2019. Este resultado, sumado a la desaceleración de la economía (de la que no hablaremos aquí), ha creado las condiciones del resurgimiento político de ciertos sectores acomodados de la población que, herederos de una “posición estalemental” privilegiada, en el pasado habían provisto los principales “insumos” (ideas, personal, priorización de intereses) de la élite política nacional, que los representaba directamente.

De acuerdo a un estudio post-electoral del Tribunal Electoral, el voto por el “No” en dicho referendo fue inversamente proporcional a la edad y directamente proporcional a la condición socioeconómica de los electores; esto es, por él se inclinaron sobre todo los jóvenes de mayores ingresos, mientras que el electorado fuerte del “sí” fue el de los adultos de menores ingresos.

Como se ve en el cuadro, las principales motivaciones del “no” son el rechazo a la continuidad en el poder de la nueva élite política, surgida de la rebelión popular que estalló a principios de este siglo, que ya había gobernado por casi una década (35% del voto por esta opción), y el rechazo a un cambio constitucional expresamente planeado para favorecer a Morales (20% del voto por el “No”). Tomando en cuenta las demás respuestas, descontando la tercera más importante, la de quienes no votaron por una nueva reelección del presidente a causa de su percepción de que existía corrupción y falsedad en el gobierno; se puede decir que la mayor parte del 51% del electorado, es decir, de quienes se opusieron a la reforma constitucional alentada por el oficialismo, deseaba una renovación total o al menos parcial de la élite política.

Puede suponerse, simultáneamente, que un alto porcentaje de los inclinados a la renovación, no se siente identificado con la parte principal de la élite actual, que es la oficialista. La encuesta que estamos discutiendo muestra la desconfianza de estos sectores respecto al presidente, al mismo tiempo que sugiere que las causas de esta desconfianza no se refieren principalmente a la gestión de Morales, cuanto a la duración del dominio de la élite que éste dirige. Incluso la suposición de que el gobierno está corrupto o miente, no implica realmente una crítica a la gestión, ya que esta se evalúa directamente por los bienes y servicios entregados por el Estado. Más bien, se trata de opiniones sobre las características de la élite política, que justifican, para sus portadores, su animadversión respecto a ella. Antes y después del referendo, una importante cantidad de los mensajes producidos por los sectores socieconómicos medios y altos en las redes sociales, esgrimía estas mismas justificaciones: según éstos, el país estaba ante un gobierno “cleptómano” y “falsificador”.

Si suponemos que dichas afirmaciones no sólo tienen el significado directo que indican, sino que este significado funciona como significante de un segundo significado, es decir, si las leemos en sentido connotativo, ¿qué nos dicen? A ciencia cierta, una cosa: que alrededor del 20% de la población1 rechaza a la élite política, mientras que el 31% tiene prevenciones respecto al continuismo. Este 20%, por tanto, es el que hoy se ha polarizado fuertemente con el gobierno. Ya sabemos su composición socioeconómica: clases medias y altas; así como su composición generacional: está conformado por más jóvenes que adultos.

A continuación tenemos que preguntarnos lo siguiente: ¿Es la causa de esta animadversión, en último término, el hecho de que el gobierno no maneje bien las cuentas y mienta? O, a la inversa, ¿es la animadversión la causa de que se tome los casos de corrupción y los gafes o imposturas comunicacionales y se les dé una importancia derogatoria definitiva?
Sin negar los errores y defectos del gobierno en estas áreas, pero tomando en cuenta también el intenso odio en el que se envuelve la denuncia del gobierno por estos asuntos -odio que lleva a los críticos a pasar por alto los esfuerzos que aquel realiza para remediar dichos errores y defectos-, mi hipótesis es que la pasión antecede a la razón, es decir, que existe una causa irracional, y probablemente inconsciente, detrás de los argumentos racionales y los hechos reales que se esgrimen en el debate actual. Esta hipótesis se reafirma por lo siguiente: estos sectores sociales opositores tienden a rechazar cualquier iniciativa o medida gubernamental, sólo por provenir de fuente oficialista, sin importar cuán necesaria o normal sea ésta.

Por tanto, debemos preguntarnos en qué consiste la causa primera y real, el transfondo, de la movilización de los espíritus de la capa superior de la pirámide social en contra del estado actual de cosas.

El estamento blanco, hoy

Para dar una respuesta a esta pregunta, vamos a partir de un artículo titulado “Sí, soy racista”, publicado por la columnista cochabambina Mónica Olmos, y profusamente compartido y aprobado en las redes sociales en la primera y segunda semana de febrero de 2017. Este artículo da una pista de lo que está ocurriendo en los sectores que estamos analizando, no tanto por lo que dice, cuanto por la calurosa recepción que ha recibido y el uso que se ha hecho de él.

La autora de este artículo se identifica de dos maneras: una socioeconómica, como miembro de la clase media, y otra estamental: “soy culito blanco”, dice. Pertenece, entonces, a un sector con ciertos capitales: económico, educativo y también biológico y simbólico. Un sector que además, como hemos visto, hasta 2006 fue “rico” en capital político.

Los primeros tipos de capital que hemos mencionado están estrechamente ligados entre sí: los ingresos de Olmos y, en general, de la clase media, provienen principalmente de su educación, que es superior a la de la mayoría de la población. La autora es escritora y, según lo que dice, trabaja o solía trabajar en la universidad. Es cierto que su auto identificación con el estamento “blanco”, heredado de la Colonia (y que ha vuelto a llamarse así en el último tiempo, luego del fracaso de la estrategia de homogeneización aplicada por la Revolución Nacional que desautorizó este denominativo y lo sustituyó por el de “mestizo”), tiene el único objetivo de denunciar la situación de inferioridad del mismo, por la cual sus componentes estarían siendo discriminados, tanto por un gobierno que los acusa de “racistas”, como por los otros estamentos sociales que, sugiere ella, descalifican con sorna ciertos comportamientos tradicionalmente asociados a la clase media blanca, como el viajar a Miami o el disfrutar de un estilo de vida propio de las capas superiores de las poblaciones occidentales, cuyo modelo es, como sabemos, el de los estadounidenses (“comer hamburguesas”, etc.)

Si debemos creer a Olmos, hoy el fenotipo blanco no proporciona, en Bolivia, un “capital biológico” a quienes lo poseen o se identifican con él. Pero, ¿esto es cierto? ¿Por qué entonces ha resultado tan movilizadora para los estamentos no blancos de la población la caracterización hecha por el indianismo del “colonialismo” que estos estamentos estarían sufriendo, caracterización que en parte explica el proceso de recambio de la élite política de la Revolución Nacional y, sobre todo, del periodo neoliberal (1985-2005)? ¿Por qué se ha considerado que una de las causas de la caída de esta élite fue ignorar la opresión de los estamentos no blancos durante el periodo en el que dominó el país? ¿Por qué sigue siendo tan convincente esta visión de la estratificación y las relaciones internas de la sociedad boliviana, incluso a pesar de los importantes, aunque como veremos también incompletos, cambios que se han producido dentro de ellas durante la última década?

A despecho del antiguo esfuerzo ideológico para desvalorar la blanquitud, que ha dado lugar, entre otras expresiones más antiguas, a la de “culitos blancos”, aquella sigue siendo una suerte de “ideal” en el mundo urbano, es decir, para la mayoría de la población. Tal idealización de la blanquitud se debe a razones ideológicas, por ejemplo a una determinada concepción estética, que ha sido inculcada ancestralmente en la población, o al deseo, igualmente longevo, pues ha sido alentado con argumentos racionales y afectivos desde el comienzo de la república, de “parecerse a los europeos”. Pero, también se debe a razones de índole económica: recordemos que la actual desigualdad en la posesión de los factores productivos, tierra, dinero, recursos naturales, educación, se originó históricamente en la distribución de estos factores entre los distintos estamentos del organismo colonial, que concedió la mejor parte de los mismos a los blancos, los cuales eran la capa dominante de esta sociedad. Desde entonces, y pese a los diversos procesos de democratización de la riqueza que se han verificado a lo largo de la historia, por ejemplo, a pesar de la reforma agraria de 1953, la desigualdad estamental se ha reproducido a lo largo del tiempo. Hoy en día, la mayor parte del capital, la más rica de la tierra y toda la educación de calidad se hallan concentrados en manos del estamento blanco. El proceso de “desestamentalización”, es decir, de creación de individuos con derechos jurídicos iguales, que ha ido siendo ejecutando en los casi 200 años de existencia del país, ha tenido un éxito parcial en cuanto al capital natural (la tierra) y el capital económico, pero ha fracasado en el campo educativo. Hoy el estamento blanco goza de un virtual monopolio de todos los puestos de la economía que requieran un alto nivel de conocimientos, con la sola excepción de los puestos estatales. Los principales médicos, abogados, administradores, ingenieros, pilotos y otros profesionales de alto estandar pertenecen a este estamento. La abrumadora mayoría de las personas con puestos ejecutivos en las grandes empresas, también. Y dado que estas grandes empresas, si bien solo emplean al 20% de la fuerza de trabajo, en cambio generan el 80% del PIB, podemos decir que, por mediación de los gerentes de estas compañías, la mayor parte de la riqueza nacional se halla en manos del estamento blanco.

Aquí hay que aclarar, para que no se nos acuse de hacer un análisis racista, que una cosa es la “condición” y otra la “posición” estamental2. Por tanto, es perfectamente posible que muchos miembros del estamento blanco no correspondan con el fenotipo “ideal” en torno al que este estamento se constituye3, no posean entonces la “condición”; pero en cambio se identifiquen con este ideal y, sobre todo, establezcan relaciones con los demás bolivianos a partir de esta “posición”. Así lo hace Olmos, por ejemplo, al hablar irónica pero no hipotéticamente de sí misma como “culito blanco” y de los indígenas como “raza de bronce”.

El fenotipo blanco tiene valor (se torna “capital biológico”) en la medida en que está asociado a capitales económicos y educativos. Ser “blanco”, entonces, es considerado por la sociedad como un signo de distinción económica y cultural. Desde la Colonia los beneficiarios de este tipo de capital han procurado preservarlo y reproducirlo por medio de estrategias matrimoniales que, aunque incapaces de mantener la “pureza” racial, algo imposible dada la aplastante mayoría numérica de los estamentos “cholo” e “indígena”, permitieron únicamente los cruces con el sector más próximo, el de los “cholos” más blancos, y aun esto lamentando este hecho, como muestra la problematización del “encholamiento” por cierta literatura prerrevolucionaria del siglo XX, cuya obra emblemática ha sido “La Chaskañawi” de Carlos Medinaceli. A la vez, y por las mismas razones, en este caso de adquisición de capital biológico, los cholos han procurado cruces con “familias decentes”, los cuales a menudo han aportado con “dotes”.

Simultáneamente, el rendimiento social “efectivo” del capital biológico ha dependido, en todo este tiempo, de su capacidad para atraer otros dos tipos de capitales, el simbólico y el político.

Estrategias para lograr el “derecho al mando”

El estamento blanco lleva a cabo estrategias para asegurarse un “derecho de mando” en la vida cotidiana y la vida pública. Estas estrategias son de dos tipos, que llamaré “positiva” y “negativa”; a saber:

a) Estrategia positiva

  • Las imposiciones en cualquiera de los órdenes sociales que le permitan considerarse -y hacerse considerar- como “superior” al resto de la población. Hablamos, por ejemplo, de la imposición del “buen gusto” estético o intelectual, que no es más que el gusto estamental, pero proyectado educativamente e interiorizado como el único válido por la sociedad; o de la imposición de ciertos hábitos y cierta ritualidad social como los hábitos deseables y aceptables para el conjunto, digamos el uso de perfumes, ciertas maneras de comer y de beber alcohol (dentro y no fuera de las casas), de bailar (valses y no cuecas), de vestir y peinarse (sin excesivos afeites), de celebrar, enamorar, relacionarse con los jóvenes, hablar etc.
  • La transformación de los intereses de un grupo social, que en el fondo son estrechamente grupales, en “intereses universales”. En Bolivia, esto se ha producido sobre todo por medio de la aplicación de una “idea aristocrática”4 del poder político, que lo reserva para los ciudadanos “más preparados” (que como hemos visto, son los que pertenecen al estamento blanco). Esta ideología se encarnó en las prácticas jurídicas y educativas de la república5, durante el periodo censitario de la democracia nacional y, luego de la Revolución Nacional y del voto universal, se defendió como el “sentido común”. Un sentido común, sin embargo, construido socialmente; es decir, inducido por la pervivencia -más espiritual que corporal- de los estamentos, pervivencia que a su vez se ha debido: i) la tradición y la aplicación de las estrategias de reproducción del estamento blanco que estamos describiendo, ii) la dramática ausencia de una democratización real de la educación de alto nivel, iii) una serie de políticas estatales, como el “servicio civil obligatorio” que se aplicó durante el banzerato, y iv) la fe, durante el periodo neoliberal, en la primacía de lo técnico sobre lo político.

b) La estrategia negativa o discriminación:

Vamos a entender “discriminación” como las acciones, las tácticas y las estrategias adoptadas para apartar a alguna o algunas personas del pleno beneficio de los derechos, que poseen normalmente los miembros de una sociedad y están respaldados por las leyes y los convenios internacionales de derechos. Hay discriminación, entonces, cuando se altera de una u otra manera el ejercicio igual, por parte de toda la población, de un conjunto de derechos reconocidos como de exigencia mínima para permitir una convivencia social sin graves injusticias ni desigualdades inaceptables. En este caso, nos interesa la discriminación ejercida por el estamento blanco contra los estamentos cholo e indígena, como una de las estrategias (la “negativa”) que adopta para reproducir su posición privilegiada. Esto ocurre por medio de:

  • Las prohibiciones: cuando se establecen para impedir que una persona o un grupo de personas disfruten de ciertas prerrogativas que sin embargo se reconocen a otra persona u otro grupo de personas. Son prohibiciones no legales que entonces funcionan como “vetos” implícitos. Vetos al ingreso o al paso por un lugar público, a la participación en determinadas instituciones sociales (clubes deportivos o de esparcimiento, fraternidades, etc.), a la obtención de cierto tipo de empleos o determinadas responsabilidades políticas en la comunidad y en el Estado; veto a comportamientos que en cambio son admitidos a otros individuos y grupos, al goce de ciertos tipos de propiedad, como inmuebles en determinados barrios, etc. Generalmente se las camufla atribuyéndoles motivos económicos, y se aprovecha, para realizarlas, de las imperfecciones del aparato jurídico-político encargado del cumplimiento de los derechos de la ciudadanía: huecos legales, la naturaleza ambigua de algunas instituciones de las cuales no se sabe a ciencia cierta si son públicas o privadas; la arbitrariedad y el secretismo de las decisiones empresariales e institucionales, que en muchos casos no están sujetas a control externo; los discursos, creencias y hábitos que apelan a la “tradición”.
    Las agresiones: que se dan al ejecutar la estrategia de discriminación, lo que crea una tensión y un roce permanente entre discriminadores y discriminados. Normalmente estas agresiones son simbólicas y verbales, antes que físicas, y consisten en:
    i) La estereotipación: “el indio es sucio”, “el camba es flojo”, “el cholo es deshonesto”6;
    ii) el paternalismo y la inferiorización: tutear a los indígenas, sin importar su edad, llamarlos “hijos” e “hijas”, intervenir paternalmente en la vida personal de los subalternos;
    iii) la sospecha, a partir del estereotipo de que los discriminados son “ladrones”, “amigos de lo ajeno”, y en general no son confiables, así que requieren “estar controlados” bajo la más estricta supervisión;
    iv) el insulto en situación de conflicto: “indio (cholo) de mierda”, “t’ara”,7 etc.;
    v) la utilización de apelativos y motes con intención denigratoria: “llokalla”, “birlocha”, “cunumi”, “camba”, “colla”, “grasa”, “naco(a)”, “negro”, etc.8
    vi) el acoso laboral y escolar, etc.

Por supuesto, no es que el estamento blanco en su conjunto aplique estas estrategias, en especial la que hemos denominado “negativa”. Sin embargo, las excepciones tampoco son muy numerosas. En todo caso, para hacer una justa diferencia entre unos y otros subsectores, llamaremos a los involucrados efectivamente en estas estrategias jailones”,9 recuperando el denominativo que se usa para ellos en los sectores populares.

La “paradoja señorial”

Ser “blanco” ha equivalido hasta 1952 a ser el “señor” o la “señora”, o, para ser más preciso con el lenguaje, el “caballero” y la “señora”, a los que la sociedad reconocía derecho de mando, tanto en la cotidianeidad como, a los varones, en la vida pública; después de la Revolución Nacional este “derecho de mando”, estrechamente asociado al monopolio de la educación de mayor calidad por parte de este estamento, se ha conservado. Este fenómeno es retratado parcialmente por la figura de René Zavaleta de la “paradoja señorial”.

Aunque la Revolución se hizo para desplazar a los señores del poder y para acabar con los estamentos por medio de la fusión de todos en uno solo, el mestizo; y pese a que en efecto acabó con los señores en el campo (más que por decisión del MNR, por exigencia de los indígenas), pronto la Revolución fue sobrepasada o infiltrada, como se quiera, por el sistema de relaciones estamentales.

Este rebrotó en torno, una vez más, a la superioridad del estamento blanco, que para ello esgrimió los capitales de los que la convulsión no los había despojado: la mayor parte del capital económico, es decir, la propiedad de los bancos, comercios, etc. que no había sido tocados por la nacionalización de la gran minería; todo el capital cultural; el capital simbólico (su condición de “gente idónea para hacer el mejor gobierno”).

Lo único que había perdido la parte más conspicua del estamento era su capital político, que le había sido arrebatado por las capas más empobrecidades del mismo. Los “rosqueros” fueron desplazados por los jefes “movimientistas”, que también eran “blancos”, aunque con un esquema de alianzas y una ideología antiblancos. Pero los rosqueros pronto se reciclaron en el movimientismo gracias al uso de su capital simbólico y económico. Sin embargo, este capital simbólico, que era la esencia de lo señorial que se quería superar, cesó de ser llamado por su nombre: dejó de ser la calidad de los hombres “decentes”, que los hacía merecedores para llegar al poder, y se convirtió en la calidad de los hombres y mujeres “mejor preparados”. A partir de este momento, el estamento se consagró a invertir en educación para sus vástagos.

De este modo, se puede decir que la sociedad boliviana tiende a conceder a sus capas gobernantes una “condición señorial”: la élite política, sin importar qué clases sociales represente, tiende a estar compuesta por el estamento blanco, porque este es el mejor educado y el tradicionalmente visto como gobernante. Desde la Revolución, la élite no representa políticamente esta condición estamental (ninguna gobierna, como antes, para los “decentes”, pero la perpetua en silencio.

Jailones y “proceso de cambio”

¿Qué cambios en las relaciones estamentales del país ha provocado el primer gobierno de un indígena de la historia? Este solo hecho, el gobierno de un indígena que, como la mayor parte de los miembros de su estamento, no tiene educación superior, ya desestabiliza la relación “educación-gobierno” que está en la base del privilegio de los blancos.

Por otra parte, varias medidas adoptadas por Evo Morales han desestabilizado la dotación de capitales a los estamentos sociales. De ahí las quejas de Mónica Olmos, en el artículo mencionado al comienzo de este texto, por los agravios que sufren los “culitos blancos” en este momento.

Enumeremos, primero, las medidas gubermanetales que introducen cambios en la dotación estametal de capitales:

  • El gobierno de Morales no ha realizado una nueva reforma agraria ni ha quitado tierra a los hacendados “blancos”, pero en cambio, ha titulado una gran cantidad de “tierras pobres”, tanto individuales como comunitarias, a nombre de los indígenas. También ha favorecido la “colonización” de las tierras bajas por indígenas de las tierras altas, lo que ha generado conflictos intraestamentales, en los cuales los indígenas aymaras y quechuas también han aplicado estrategias de discriminación contra los indígenas originarios, pero al mismo tiempo se ha entregado “tierras ricas” a los indígenas.
  • Gracias a la bonanza económica de la década 2005-2015, que ha generado múltiples oportunidades de negocios y ha revalorado el salario de los trabajadores manuales; y gracias a las políticas sociales y de construcción de infraestructura ejecutadas por el gobierno, se ha producido una redistribución del capital económico, que, sin dejar todavía de estar principalmente en manos del estamento blanco, se ha democratizado considerablemente.
  • La política educativa implementada por el gobierno ha mejorado la dotación de capital simbólico a los indígenas y los mestizos, mediante la revaloración de su historia y su cultura. Al mismo tiempo, ha hecho muy poco para elevar el nivel de la educación pública y, por tanto, para arrebatar el actual monopolio “blanco” de la educación (privada) de alta calidad.
  • La revolución política (recambio total de la élite política), que ha sobrevenido en este tiempo, implica la mayor alteración de capital político entre estamentos de la historia del país, pues ha desplazado a una élite fuertemente jailona por otra fuertemente indígena y chola. Este desplazamiento ha sido justificado por un ataque profundo a la ideología de exaltación del capital educativo como medio de reproducción del poder. En lugar de la posesión de éste, el gobierno de Morales ha relacionado el acceso al poder con otros, como el capital político (trayectoria en la lucha popular, representación de determinados sectores sociales, etc.)
    La política de descolonización y lucha contra el racismo del gobierno ha desvalorado y, hasta cierto punto, detenido las estrategias de construcción del “derecho de mando” de los jailones. Sin embargo, no han sido tan efectiva como podría por su debilidad (nunca ha pasado de ser una política secundaria) y su politización.

    • Estos cambios han afectado principalmente al estamento jailón, el cual ha perdido, como se trasluce indirectamente del artículo de marras, espacios y prerrogativas que tenían como resultado de los privilegios estamentales y de su reproducción. Entonces, ¿Qué ha perdido el estamento jailón?
    • Espacio político: los únicos cargos que requieren alta calificación que no necesariamente están ocupados por “blancos” son los del Estado.
    • Influencia política: la élite política ya no está compuesta por jailones que forman parte de la misma red de relaciones sociales.
    • Desvaloración del capital cultural como medio de percepción de rentas: la posesión de capital biológico, por tanto, ya no garantiza, como en el pasado, el acceso a cargos públicos –acceso mediado, como hemos visto, por la posesión de capital educativo–, y por tanto, ha perdido su capacidad de generación de rentas (es decir, de ingresos basados en la posición antes que en la capacidad productiva). Ésta, sin duda, es la pérdida más dolorosa en una sociedad rentista y “empleopúblicomaniaca” como la boliviana.
    • Capacidad de reproducción del privilegio: el estamento jailón ve obstaculizado sus esfuerzos para garantizar y reproducir su “derecho de mando”, por medio de la aplicación de estrategias de superiorización propia y de inferiorización de los demás (discriminadoras). Éstos son combatidos, tanto por las políticas gubernamentales, como, principalmente, por los otros estamentos, que simultáneamente han visto acrecentarse sus propios capitales simbólico y político.

Puede decirse, en resumen, que el estamento jailón es el “gran perdedor” del llamado “proceso de cambio”, pues este ha causado, como hemos visto, una importante alteración en el sistema estamental.

Esta situación de derrota genera sentimientos de aborrecimiento a la nueva élite política y sus características, así como de oposición a su continuidad, que son la causa irracional que andábamos buscando para explicar la actitud visceralmente antioficialista de alrededor del 20% del electorado, en el pasado referendo; así como la presión sobre el gobierno para que reinstale la ideología del “gobierno de los más preparados”, como medio de recuperar la importancia del capital educativo y, por esta vía, de la blanquitud en el momento actual.

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Fernando Molina

(La Paz, 1965). Periodista y escritor. Autor de La conjura contra el hechicero – Franz Tamayo para el indianismo boliviano (2010), El pensamiento boliviano sobre los recursos naturales (2009), Conversión sin fe – El MAS y la democracia (2007), Bajo el signo del cambio (2006), Evo Morales y el retorno de la izquierda nacionalista (2006), y de muchos otros libros y opúsculos. También ha publicado numerosos artículos en obras colectivas, revistas, periódicos y sitios web de La Paz, Santiago de Chile, Bogotá, México y Madrid. Algunos de ellos han sido traducidos al francés y al inglés. Ha ganado algunos importantes premios periodísticos y literarios bolivianos.


Nota: