Testimonio de un hombre de la guerrilla

Las dos caras de la utopía

Francisco Martínez Mesa
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 23
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Hablar de la utopía, sea en el contexto y en el momento que sea, puede parecer sencillo, pero a veces resulta en extremo delicado, especialmente en los últimos quinientos años. Por supuesto, tampoco lo debió de ser antes, pero lo cierto es que el impacto provocado por la obra de Tomás Moro allá por otoño de 1516 no dejó a nadie indiferente, ni entonces ni tampoco ahora.

¿Pero qué contenía aquel escrito para que haya sobrevivido al curso de los siglos y haya acabado por eclipsar otros de los muchos e indudables méritos de su autor? ¿Qué ha podido concitar el interés de tanta gente y permita aún hoy hablar de ella como una obra viva? Es probable que no seamos capaces de responder completamente a esta pregunta pues como cualquier otro texto, Utopía tiene la habilidad de poder entablar una conversación personal y directa con cada uno de sus lectores, así como con los problemas y aspiraciones de cada uno de ellos. Pero lo que sí sabemos es que dicho diálogo se tornó fascinante para muchos. Para algunos llegaría a ser incluso hasta inolvidable.

El humanista inglés contribuyó con esta obra a acuñar un nuevo vocablo, que muy pronto pasó a ser universal, al verse traducido muy rápidamente a gran cantidad de idiomas. Su significado tampoco varió sustancialmente de un país a otro; la mayoría, en general, asoció la nueva palabra para caracterizar un sistema u orden social en donde los seres humanos podían convivir en plena felicidad y armonía. Con el tiempo llegarían algunas matizaciones encargados de rebajar el optimismo de los más entusiastas y así se acabaron incorporando a la definición algunos adjetivos en absoluto neutros, como imaginario, deseable, ideal o perfecto.

Pese a tales trabas, oficializadas en la mayor parte de los diccionarios académicos, la utopía no ha dejado nunca de perder su atractivo. Y lo que es más importante, en ningún momento ha dejado de inspirar a infinidad de hombres en su voluntad de proseguir la senda abierta por aquella obra en su camino por abrir vías a partir de las cuales alcanzar una vida mejor que la realmente existente.

La historia de la utopía desde entonces ha venido quedando vertebrada, por tanto, en torno a un doble eje, cuya articulación siempre ha descansado en torno a dos conceptos clave; de un lado, el relativo a la consecución del bienestar/felicidad de los hombres, tanto en el plano individual como colectivo; y de otro, el vinculado a la cuestión de la viabilidad/imposibilidad de tal proyecto. Aunque ambos ejes han podido discurrir y desarrollarse paralela y separadamente, ha tendido a ser muy frecuente su inclusión dentro de un único discurso. Buena prueba de ello es esa opinión tan fuertemente extendida que califica de quimérica a toda utopía, pues pretender conciliar el bienestar de unos individuos, en un mundo donde, desde su punto de vista, todos los individuos se encuentran movidos por intereses diferentes e incluso contrapuestos, parece resultar imposible.

Como se puede ver, frente a las aspiraciones utópicas la principal estrategia ha consistido en contraponerla con el realismo e, incluso, como le gusta a muchos decir hoy, el sentido común y la sensatez. Por este motivo, la utopía ha acabado quedando instalada en el terreno de lo cándido y lo ingenuo, hasta llegar incluso a lo pueril. En todo caso, aunque desde la publicación de la obra hasta hoy, la respuesta ha solido ser casi siempre la misma, la amplificación de su mensaje ha oscilado según qué circunstancias y momentos.

Por ejemplo, el hecho de que estos discursos antiutópicos se vean reafirmados en determinadas coyunturas sociales, políticas y económicas especialmente delicadas, llamémoslas críticas, no parece resultar del todo casual. Probablemente en ello tenga bastante que ver la emergencia dentro de aquella sociedad de un sentimiento o conciencia de inseguridad e incertidumbre colectiva que amenaza con poner en peligro el sentido de la existencia y las reglas compartidas que lo sustentan. Así pues, frente a quienes que creen que ha llegado el momento de replantear el curso de las cosas y proponen reformas y cambios, la única respuesta es el cierre de filas en torno al orden existente, el único conocido y que se ajusta a las creencias dominantes, y, por tanto, tachar de utópica cualquier otra opción alternativa.

Si echamos una mirada al pasado y recordamos algunos de los momentos de mayor efervescencia social, probablemente asistamos a numerosos ejemplos de este tipo pensamiento antiutópico que, no olvidemos también tiene mucho de utópico, al afirmar como el Cándido de Voltaire, que debemos resignarnos al mundo en que vivimos, estamos proclamando que el nuestro es el mejor de los mundos posibles.
Lo verdaderamente curioso es que la utopía no sólo se ha manifestado en momentos especialmente graves o delicados; también lo ha hecho y, quizás de manera más notoria, en otras etapas de la historia impulsada por el optimismo y la más absoluta fe en la acción humana. En el seno de este contexto, sin embargo, sorprende que entonces no hubiera hecho acto de presencia aquel discurso de orden antiutópico propio de otras épocas. El silencio, por supuesto, no es absoluto: existen corrientes tremendamente críticas con aquellas propuestas utópicas planteadas pero en general han solido ser más matizadas, sugeridas e insinuadas de manera indirecta desde el plano de la sátira y la ironía. Los viajes de Gulliver o la reciente serie de TV Black Mirror, constituyen, con las debidas distancias, claros ejemplos de obras de configuración y momento absolutamente diferentes, pero, sin embargo, coincidentes en su particular manera de contemplar su realidad de una forma más oblicua.

En este punto, quisiera detenerme en esta diferente apreciación de lo utópico que aunque en apariencia puede resultar insustancial, pienso que nos podría ayudar a entender mejor lo que desde mi punto de vista pudo habernos querido transmitir Tomás Moro con su obra.

Pese a haber leído y releído Utopía infinidad de veces, en cada ocasión que me acercado a sus páginas no he podido dejar de sentirme continuamente sorprendido, al encontrarme siempre en ellas nuevos detalles y motivos sobre los que detenerme. Y seguramente, la próxima ocasión que lo haga volverá a suceder. ¿A qué quiero llegar al decir esto? Pues sencillamente que no tengo ni jamás podré tener una visión completa, y ni mucho menos definitiva, de su contenido y por tanto lo que ahora vengo aquí a presentar no son más que un conjunto de intuiciones que tal como vinieron bien pronto podrían desaparecer. Lejos de constituir un obstáculo, creo, sin embargo, que esta es una de las grandes virtudes del libro: su capacidad para abrirse a todo y provocar entre quienes se aproximan a él ese incesante deseo de mirar a su alrededor y reflexionar al respecto. Habrá quienes no lo hagan así y, por supuesto están en su perfecto derecho de permanecer, de limitar su radio de observación al dedo y no mirar el bosque que lo señala. Pero, desde aquí les invito a que no se pierdan tantas cosas.

Aunque Utopía ha dado pie a un sinnúmero de lecturas la que, sin duda, se ha impuesto con mayor peso ha sido aquella que ha entendido la obra como un alegato desde donde su autor reivindica la capacidad del ser humano para crear y alcanzar un tipo de sociedad felizmente ordenada y dichosa. De acuerdo a este análisis, la descripción de las leyes y del sistema de vida de la isla que Moro nos propone en el texto constituiría una invitación a realizar en el mundo real tal modelo ante su firme convicción de que la humanidad puede conseguir verdaderamente la felicidad y la concordia. Tal tesis se sustenta en el hecho de que a lo largo de la Historia, ese ideal nunca parece haberse realizado y además, por si fuera poco, la descripción de Utopía no deja de ser un hermoso pero a la postre vano ejercicio ficticio, fruto de la imaginación de su autor. No queda por tanto tomar otra decisión que concluir y guardarlo todo -la obra y su supuesto mensaje- en el cajón de lo quimérico y lo ilusorio, en compañía de todos aquellos proyectos y propuestas que en algún momento se vieron inspirados e infundidos por ese común anhelo de reforma y cambio.

Probablemente, muchos de quienes así perciben la obra de Moro no han prestado demasiada atención a la primera parte del texto –paradójicamente escrita con posterioridad a la descripción de la isla- en donde el foco de interés se centra en una serie de debates en torno al análisis de las leyes y el sistema de vida de otra sociedad que no tenía nada de ficticia: la suya, la inglesa. Si lo hubieran hecho, es muy posible que se hubieran encontrado con las que a nuestro juicio constituyen las bases del discurso utópico sobre las que el autor inglés nos invita a reflexionar.

¿La sociedad inglesa de aquel tiempo era virtuosa, próspera o dichosa? Desde luego, a la vista de lo discutido en las páginas de este capítulo por los diferentes personajes –incluidos entre ellos algunos hombres muy próximos a la Corte, y por tanto, al poder- se diría que la mayoría de los habitantes de aquel país –y ya no sólo los más pobres- no sólo no disfrutaban de una vida feliz, sino por el contrario vivían una existencia penosa y angustiosa, sometidos como se encontraban al dictado de una lógica individualista y competitiva a la que se encontraban ajenos pero de cuya espiral nadie podía escapar. Tal era el funcionamiento que dominaba aquella sociedad donde los hombres que en ella vivían, contemplaban a sus semejantes como los principales obstáculos a su felicidad. Cualquier bien que un individuo ambicionara –fuera éste un sustento, un trabajo, o un cargo- aparecía como objeto de una contienda donde el prójimo aparecía como un rival. Y nada, absolutamente, nada, ni siquiera el amor o cualquier otro tipo de sentimiento o afecto, se escapaban a esta eterna pugna que, según Moro, acababa por desvirtuar el sentido humano –y para él, también cristiano-, que debía reinar en toda comunidad. Es en estas páginas, donde se dibuja el sentido sobre el que a nuestro juicio descansa el pensamiento utópico. Porque su autor no desea decirnos cómo debemos organizar nuestra existencia, sino más bien sacudir nuestras conciencias. A tal fin, lo primero que hace es mostrarnos cómo estamos realmente organizados y luego preguntarnos si realmente es así como deseamos vivir.

En este sentido, Moro no hace sino enfrentarnos a nuestras propias contradicciones. Nos muestra cuán lejana está nuestra existencia cotidiana de los ideales de felicidad y virtud en los que creemos –o nos hacen creer- que vivimos. Y digo nos enfrenta porque tal discurso crítico –a nuestro juicio, la verdadera esencia del pensamiento utópico- es universal; ese combate contra el estado de alienación en el que los hombres nos encontramos permanentemente sometidos no ha acabado y probablemente jamás tendrá un final. A mi juicio, el eterno afán humano por combatir la aleatoriedad a cambio de dar sentido a cuanto le rodea, le ha llevado permanentemente a simplificar y minimizar lo desconocido y aumentar así su conciencia de control. En torno a ello ha organizado y sustentado unas creencias que al ser difundidas y asumidas por los demás hombres le han permitido reforzar su posición en el mundo. El problema, también de orden eterno, reside en que esa simplificación de lo aleatorio siempre ha sido ficticia, no es real; los hombres se encuentran sometidos a infinidad de variables y factores desconocidos y absolutamente incontrolables que llevan a los individuos y las sociedades a encontrarse en permanente proceso de mutación. Entonces, el sentido de las normas se pierde porque ya no se dan las condiciones del pasado y colisionan con la realidad presente. Al final, las contradicciones afloran revelando los efectos perversos que un sistema fruto de otro momento y de otra lógica puede provocar en un escenario social cuyas condiciones materiales han mutado radicalmente y están lejos de ser las que eran.

Cuando Moro decide poner de manifiesto las paradojas de su tiempo y mostrar cómo las autoridades confunden las causas de los males que aquejan a Inglaterra con sus síntomas (la pobreza y la delincuencia) evidenciando una notoria incompetencia a la hora de atajar el verdadero mal que subyuga a sus súbditos (la competencia extrema derivada de la extensión de la propiedad privada), su objetivo no es otro que constatar una realidad: aquel marco de criterios y parámetros tradicionales por el cual se regían las relaciones sociales y económicas de Inglaterra ya no responde a la realidad del modelo capitalista que está comenzando a emerger.

Para el autor de Utopía, si los fines que debe perseguir toda sociedad –especialmente una cristiana- han de consistir en la consecución de la virtud y en la felicidad (entendida ésta como armonía del individuo con el mundo) de todos sus integrantes, entonces aquella en la que él vive ya no lo es. Y, por consiguiente, corresponde a todos, pero muy especialmente a sus clases dirigentes, reaccionar y cambiar el vigente orden de cosas.

Pero… ¿cómo? Es aquí donde entra en juego la segunda parte de la obra. En ella se nos muestra cómo unos individuos en nada diferentes a los europeos de aquel entonces, e igualmente movidos por similares aspiraciones humanas de virtud y felicidad, han edificado un orden social acorde a estos deseos y pretensiones. No disponen de un arsenal tecnológico superior, ni de una inteligencia más elevada. Tampoco son más íntegros o puros. Son hombres normales y corrientes, cuya única diferencia con sus semejantes europeos es su voluntad de intervenir en la realidad que les ha tocado vivir y actuar para adaptarla a sus necesidades.

Moro no presenta a la isla de Utopía como modelo a imitar. Sólo sugiere que nos abramos a contemplar la realidad de una manera más amplia y compleja, asumiendo la imposibilidad de controlar un mundo natural y humano tan eternamente contingente donde siempre habremos de ser conscientes de la fugacidad de nuestras acciones. Para ello, el autor nos proporciona los dos instrumentos que a nuestro juicio mejor definen nuestra concepción de lo utópico: el sentido crítico, el mejor y más eficaz antídoto contra la alienación reinante, y la esperanza fundada sobre la confianza en la capacidad del hombre para encontrar en sí (y en sus semejantes) los medios para avanzar en su autorrealización.

Paradójicamente, lo que a ojos de muchos ha convertido en subversiva a la utopía han sido precisamente estas formidables herramientas legadas por el humanista inglés. Y no es de extrañar: la crítica y el inconformismo casan poco con las creencias preestablecidas y con aquella noción del mejor mundo posible que a lo largo de la Historia, y aún hoy en día todavía se nos proyecta.

Pero muchos proyectos utópicos, algunos de ellos hasta incluso llevados a la práctica –tanto bajo la forma de regímenes políticos o constituidos en torno a modelos y sistemas científicos o filosóficos- también adolecieron de los mismos males y vicios denunciados en su sociedad por Moro: también aquí, la exaltación de los fines terminó por sacralizar los medios, y sus últimos depositarios, los hombres, acabaron perdiendo su condición de protagonistas para convertirse en sus víctimas. La desnaturalización de su sentido inicial llevó a convertir lo que en su primer momento aparecía como un avance para la humanidad en unas nuevas cadenas. Una vez más, la obsesión por el control y la obtención de sentido volvía recurrentemente a imponerse, en esta ocasión bajo la forma de ropajes modernos o aparentemente emancipadores, condenándonos a volver a la casilla de salida. Aunque eso sí, probablemente más frustrados y abatidos que en el pasado ante lo que parecía constituir un grave paso atrás en el proceso de realización del ser humano.

Por ello creemos que el espíritu de Moro sigue –y necesita seguir- más vivo que nunca. Pero, éste ya no se presenta como antaño en programas y manifiestos cargados de normas y directivas destinadas a liberar radicalmente a los hombres de sus tristes vidas; ahora, su discurso crítico aparece desplegado siguiendo una nueva serie de reglas tan distintas que ha habido muchos que no han sabido reconocer su mensaje. Y es que la utopía se ha hecho distopía. En este sentido, bien podríamos afirmar que la utopía también ha mutado: ya no se sirve de modelos ideales donde confrontar nuestras sociedades reales, sino que ahora nos traslada a modelos sociales futuros pero no menos imaginarios desde los cuales llegar a reconocer nuestros verdaderos problemas y contradicciones. La distopía se sirve del futuro –una realidad inexistente- para reflexionar también sobre el presente y poner en tela de juicio algunas de las bases y fundamentos que gobiernan nuestra sociedad y que lejos de alimentar nuestra dicha, contribuyen a aumentar nuestra ansiedad y nuestro pesar. La tecnología, el desarrollismo económico, el sistema competitivo salvaje, la búsqueda de la inmortalidad o el culto a la estabilidad, son solo algunos de los temas que en la actualidad impregnan el discurso distópico y que como es fácil de comprobar tampoco son en absoluto nuevos. La acción que realiza la función distópica sobre todos ellos apenas dista de la que llevara a cabo el autor inglés en su obra quinientos años atrás. En efecto, como en la propuesta de Moro, la distopía tampoco persigue acabar con los legítimos y universales anhelos de realización humana sino sólo trabajar en la definición de las verdaderas aspiraciones así como en la asignación de los medios para su consecución, evitando así la confusión entre fines y medios que en muchas ocasiones ha llevado y puede volver llevar a la humanidad al desastre.

Muchas de las distopías clásicas nos parecen tristes y desesperanzadoras. La mayoría, de hecho, suelen terminar mal. Pero aquí tampoco podemos limitarnos a mirar el dedo; tras las oscuras imágenes que los autores de estas obras nos ofrecen siempre hay un grito de esperanza, un grito cargado de vida, como el lanzado por quien se está ahogando en el agua y pide auxilio. Una esperanza que nos vuelve a remitir a Moro y a su inasequible confianza en la capacidad del hombre para rebelarse contra las adversidades y luchar por emanciparse de un mundo creado por él, pero que ha terminado convirtiéndose en su prisión.
La distopía parece estar últimamente de moda. De ella se ha hablado mucho, incluso y sin ir más lejos, hasta para explicar alguna inesperada elección presidencial reciente. Pero una vez más, la perspectiva mayoritaria a partir de la cual se ha enfocado el fenómeno no parece a nuestro juicio la más adecuada. La lógica intrínseca al relato distópico no ha de contemplarse como un indicativo de predicción de nuestro futuro, por lo que nunca debería ser evaluado en función de su mayor o menor adecuación con la realidad finalmente existente. El merecido reconocimiento de 1984, de hecho, no se explica por el acierto de su pronóstico del mundo para aquel año, sino por su escalofriante capacidad para estremecer a los lectores de 1949, 1984 o principios del siglo XXI ante la peligrosa deriva a la que el individuo y las sociedades contemporáneas vienen siendo abocados. En fin, reducir a la distopía a la consideración de un mero presagio o augurio supone limitar y simplificar su alcance, tanto como lo es transitar a la utopía como si de un bienintencionado castillo en el aire se tratara.

Por tanto, no podemos coincidir con esa opinión por muy generalizada que ésta se encuentre aun hoy, cuando la complejidad derivada de la globalización y de una vida sumamente interconectada debería invitarnos a ser más abiertos y desde luego más cautos en nuestras convicciones. Y no podemos estar de acuerdo porque despreciar la utopía –tanto en su dimensión eutópica como en la propiamente distópica- constituye un lujo que no nos podemos permitir. Sin ella abdicamos de nuestra capacidad para ser críticos con nosotros y con nuestros actos, ignoramos la inconfesable pero irrebatible realidad de que somos seres esencialmente imperfectos y limitados, y acabamos condenados a aferrarnos a una ficticia e irreal visión del mundo construida sobre la falsa premisa de que tenemos todo el control y por tanto podemos considerarnos dioses.

Si la utopía, en fin, sigue viva es porque es humana. Es muy difícil asumir lo frágil y vulnerable de nuestra existencia tanto en uno mismo como frente a los demás. Pero cuando lo hacemos establecemos nexos de unión y asociación con los demás y creamos sociedades y vínculos más profundos entre nosotros. No así cuando nos sentimos superiores y nos mostramos intransigentes con las debilidades y los errores del prójimo. En este sentido si por algo es tan valiosa la obra de Moro y la larga tradición crítica que nos ha venido aportando la utopía es simplemente porque nos ha enseñado y aún nos enseña a volvernos a ver y sentir humanos.

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Francisco Martínez Mesa

Es Profesor Contratado Doctor en el Departamento de Ciencia Política III de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM (Madrid). Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de numerosos artículos sobre socialismo utópico y, especialmente sobre Saint-Simon y el sansimonismo. Entre sus obras más recientes están “¿Nuevas sociedades, nuevas políticas?, Utopía y distopía en el cine de Ciencia Ficción” en B. de las Heras (ed.), El siglo XXI visto desde el cine, Madrid, Ocho y Medio, 2013, “El mito de la arcadia salvaje en Paul et Virginie” in M. J. Villaverde y G. López Sastre (eds), Civilizados y Salvajes, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2015; “Los dilemas de la razón y el progreso en un campo en ruinas; la exposición de la doctrina sansimoniana” en Eunomía: Revista en Cultura de la Legalidad, 11, 2016 y “Utopía y distopía: apuntes sobre una misma realidad” en Encabo, E., Urraco, M., Martos, A. (Eds.), Sagas, distopías y transmedia, Universidad de León, REDU, Marcial Pons, 2016. En la actualidad lleva a cabo una serie de trabajos sobre cine y distopía cara a la publicación de una guía crítica y de un exhaustivo catálogo de películas desde finales del siglo XIX hasta hoy.


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