Revolución y literatura:

Las narrativas de anticipación

Luciana Flores
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 24
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Se ha pensado que la revolución de octubre es una revolución solamente ocurrida en el campo de la política. Una forma de reconstruir el campo político para ampliar la participación de los obreros dentro de la fábrica, o para reconstruir el Estado desde dentro, o para quizá, organizar la autogestión, para implantar un nuevo modelo económico, o también, para dar cuenta de una posibilidad: la transformación del patrón de desarrollo, o una imposibilidad: la construcción de una identidad colectiva capaz de dar cabida a distintas formas históricas de organización social, barrial, gremial, salarial, comunal, que a lo largo del tiempo conformaron lo que fue la antigua Rusia. Y sí, podríamos hablar de todo eso. Podríamos incluso referirnos a los planos más concretos de la revolución rusa, y la lucha entre facciones políticas o la disputa sobre el sentido de la revolución por parte de los anarquistas en relación a los bolcheviques, o si, es oportuno, también hablar de que el terror y la burocracia fueron elementos imposibles de restar a la propia dinámica de la revolución.

Sin embargo, todo eso, ha merecido muchas veces revisiones, interpretaciones y comentarios. Cada uno de ellos desde un ámbito ideológico, desde un escenario político y social donde la disputa por la interpretación era más grande incluso que la propia diputa por el poder.

La reorganización del poder sin embargo, no solamente está dentro del gran esquema de la revolución desde su plano teórico, o práctico a partir, claro, de la acción política. Está también desarrollado en lo que vino después. Pero, antes de eso, en lo que sucedió antes.
Y antes de la revolución rusa, hubo otra revolución; sólo que ésa revolución que precedió a la revolución rusa fue una revolución estética. Una revolución en el plano del arte. Una revolución que tardó muchos años en consolidarse y construirse, porque justamente el estilo, la estética y los proyectos narrativos apostaron por renovar antes el aura del tiempo que la política de lo cotidiano.

Quisiera sostener que antes de la revolución de octubre, hubo un ciclo de revoluciones activas que tuvieron que ver sobre todo con la conformación de un inconsciente colectivo, una suerte de aparato ideológico, o una especie de espíritu de época que tuvo como finalidad la constitución de un modelo de hombre distinto y al mismo tiempo igual al que existió en rusa hasta entrada la tercera década del siglo veinte en Rusia.

Este debate, acerca del hombre, no se desarrolla solamente en la palestra de los panfletos, o los libros de historia o las declaraciones públicas, ni en las asambleas, ni en los mítines callejeros desarrollados en la clandestinidad. Se desarrolló a plena luz del día. O mejor sería decir que si bien se desarrolló en cuartos alumbrados solamente por la luz de las velas, lo que expusieron esas ideas vertidas en esas condiciones, rebasaba cualquier pretensión: se trataba de dar cuenta de la vida de los hombres. Donde todo hombre no sólo tiene una boca que alimentar, sino un espíritu que pulir. Un mundo que conocer; una tierra que conquistar. Un destino que asumir; y una culpa que expiar.
El mundo de 1800 en Rusia era un mundo en franca transformación. La modernidad, la industrialización, los medios de transporte y las vías de comunicación se ampliaban, y denotaban una imagen de progreso y desarrollo imposible de frenar.

El mundo de un día al otro estaba cambiando y así mismo el comercio, y como el comercio se transformaba y con él la acumulación de dinero y el intercambio de las mercancías, marcaba el ritmo de la vida, era de suponer que existieran en ese momento hombres que estaban dentro de las oportunidades y otros, quedaban fuera.

Pero denunciar esto era la labor que todo el mundo estaba realizando en la Rusia de aquel entonces. Algunos lo hacían desde la palestra de la burguesía, diciendo que este orden no debería de cambiar porque Dios lo avalaba o porque el Zar lo recomendaba para mantener la producción agrícola o porque, entre otras cosas, si las cosas cambiaban, era muy probable que ya no existirían campesinos que tuvieran la tarea de sembrar, arar y cosechar el campo. Y si esto era así, no habría pronto comida ni ninguna de las comodidades con las cuales se establecía una diferencia de clase hasta ese momento no sólo material, sino también, cultural, simbólica, afectiva y escolar.

Pero también lo hacían los otros. Personas que no necesariamente eran burgueses también daban su opinión, decían lo que pensaban y a veces lo hacían porque ellos mismos habían provenido de los estratos más bajos de la sociedad y su lucha era significativa porque no sólo era el ejemplo de que las condiciones materiales se pueden vencer a fuerza de esfuerzo, sino que eran justamente la revelación de que esas condiciones materiales existían que se necesitaba dicho esfuerzo para superarlas.

Quizá aquí habría que hacer una constatación. Y es la siguiente: el ser humano que existió bajo estas condiciones en Rusia tuvo poco tiempo en las sombras, porque rápidamente fue capturado en el espacio de la representación estética.

Pensemos solamente en tres casos. León Tolstoi (1828-1910), Fiódor Dostoyevski (1821-1881) y Antón Chejov (1888-1937). Estos tres autores son el reflejo y el síntoma de un mundo que antes de construirse por medio de la fuerza de la acción colectiva, o las demandas populares en procura del cambio social, se necesita de un espacio conformado por el lenguaje, por la historia de otras vidas a las cuales emular. Por el ejemplo. La revolución no es sólo la contienda política, que puede o no decantar en una confrontación bélica y sangrienta, sino que antes que eso pase, lo que sucede es que existe el ejemplo, el caso de contraste; el sujeto histórico novelado que marca el rumbo de los acontecimiento ya no solamente con su vida sino con sus acciones y sentimientos; pulsiones y necesidades; amistades y rencores, todas ellas armando y organizando un mundo dentro de la ficción que ciertamente tiene mucho que ver con el mundo que se trata de pensar, el mundo ésta vez y ahora sí, real.ç

Los tres escritores rusos pusieron la piedra de toque para que la revolución sucediera. Esto puede parecer fuerte, raro, extraño, y sin embargo, justo por eso, es así.

Para cualquier empresa humana, sea una revolución, una revuelta, una rebelión, un invento, un sentido de progreso, una imagen del mundo más grande que nuestra propia capacidad, o una construcción, lo primero que ocurre, no es su materialización, sino que es su forma narrativa; no simple y llanamente el hecho de haberlo imaginado. Se trata de algo más sutil, que quizá sólo algunos creadores podrán comprender y entender en su verdadera dimensión y profundidad: se trata de que el escritor narra un acontecimiento, y dentro de ese acontecimiento hay personas, esas personas realizan acciones y esas acciones repercuten sobre los acontecimientos. Sus personajes, nunca son solamente hombres hechos de palabras, si así fuera la labor del escritor habría fracasado, lo que hace sustancial su trabajo es que esos personajes que ha creado adquieren vida y proporcionan experiencias vitales a partir de las acciones que realizan y esto se refuerza aún más cuando sus acciones se parecen mucho a las acciones que realizan las personas en la vida real y no en la imaginada.

Una vez más: lo que sucede en Rusia es un ejemplo de lo que no ha ocurrido necesariamente en otros momentos, en otras latitudes cuando se habla de revolución. Tenemos el caso de la revolución francesa que ha dejado una serie de grandes novelas, desde Los miserables hasta La educación sentimental, que narran ciertos acontecimientos, pero una vez que transcurrieron. Como una forma de interpretar lo que pasó. Entender lo que ocurrió y dar cuenta de todo lo que se supo y escucho sobre esos momentos. Lo mismo puede hablarse de la revolución de abril de 1952 en Bolivia, casi ninguna novela la anticipa (aunque luego será tratada desde diversos ángulos). Tenemos los ejemplos de Aluvión de fuego, Los muertos están cada día más indóciles, Mateo Montemayor y Los deshabitados, como sí, podría por ejemplo anticipar el levantamiento y las movilizaciones indígena-campesinas en Ecuador, una novela como Huasipungo de Jorge Icaza y claro, como caso opuesto tenemos a la revolución mexicana que nos ha dejado novelas tan importantes como Los de abajo, Pedro Páramo o La muerte de Artemio Cruz. En este sentido, la novela ha sido pensada como un acto, primero de puesta en escena de una escritura y después como un lugar donde ocurre la representación de una interpretación.

La representación de lo social a partir de una interpretación. La del autor. Que sí, es altamente subjetiva y por ello mismo, importante, porque esa subjetividad contiene en su interior: memoria, historia, miedo, ansiedad, culpa, rencor, amor, odio, frustraciones, intereses, deseos, olvidos, mitos, lo sagrado, el folklor, la cultura, el espesor educativo, la voluntad individual, todas esas cosas al mismo tiempo y sin que nadie más que él lo sepa están plasmadas a pesar suyo o en plena conciencia de esto, en lo que escribe. Y lo que escribe funciona entonces tanto como declaración de principios sobre lo visto como formulación sobre lo que podría haber pasado si acaso las cosas no se hubieran desarrollado como nos lo contaron los libros de historia.

Los tres autores rusos han colocado en nuestras manos a través de los años libros, novelas, cuentos y a veces, también obras de teatro y diarios personales con los cuales nosotros, en este presente, podemos entender el tiempo en el que esos hombres vivieron.

También podemos leer esas novelas como novelas de anticipación. No de anticipación en el sentido en el que la ciencia ficción nos ha enseñado. Tampoco en el que ya Louis Althusser reclamaba sobre la anticipación filosófica a la hora de leer y tratar de instrumentalizar por ejemplo, un libro como El Capital o una corriente filosófica como el humanismo. No se trata de ninguna de esas anticipaciones.

Se trata aquí de anticipación, como acto de entender el rumbo del espíritu humano. Anticipar lo que sentirá y cómo es que reaccionará si se lo sigue empujando de ese modo en el los engranajes del desarrollo. La anticipación aquí es un acto personal. Individual. Una manera de entender la contingencia del espacio o la escasez de la fuerza del hombre.

Anticipa el futuro porque el futuro no es un halo que recubre el tiempo, sino que está conformado solo y a partir de la mano del hombre. En este sentido, esa visión materialista de la historia la encontramos si no en todas, casi en la mayor parte de la obra de estos autores. Crimen y Castigo (1866), Ana Karenina (1877) y Los campesinos (1897) e Historia de mi vida (1896) de Antón Chéjov, son las cuatro muestras de lo que sucede en el tiempo, por más de que sea el tiempo del lenguaje y el tiempo narrado, repercute en la vida social. Repercute en política. Porque lo que sucede en esas páginas es la gestación de un hombre revolucionario, que puede discutir sobre el valor de la tierra, sobre el sentido del salario; también nos permite entender cómo funciona la religión, la presencia de Dios en la vida de los hombres, y la vida del labrador, del campesino y sus costumbres y la organización familiar de los jornaleros; pero también, nos muestran cómo funciona la burguesía, cuáles son sus necesidades, pasiones, requerimientos y miedos: en qué basan su posición de clase y lo que piensan ellos de los campesinos y obreros y sobre las relaciones que establecen con la servidumbre; y claro, somos partícipes vivos del modo en que los hombres del campo se expresan de los dueños de la tierra y del modo en que los maltratan. De sus problemas de salud. De sus necesidades económicas. La pobreza. El miedo. Los castigos. Todo está en esas novelas.

Por ello cuando Alexandr Chayanov (1888-1937) publica en 1925 La organización de la unidad económica campesina, recuerda tanto a Ana Karenina y las discusiones sobre la tierra que ocurren en algunos de sus capítulos. Chayanov piensa la organización económica de Rusia a partir de la unidad familiar. La familia como el sostén del imperio. El Zar como el mayor organizador de la economía a través y a partir de las relaciones productivas de la familia.
Pero este trabajo no habría sido ni entendido ni recibido del modo en que lo fue si antes esa novela no hubiera ya puesto los cimientos sobre el modo en que la tierra es parte de las discusiones de la burguesía. Así, podríamos entonces decir que el problema de la tierra no sólo es el problema del campesino, sino que es sobre todo, el problema de la burguesía, porque es ella quien más pierde, se perjudica y queda fuera de juego si las reglas sobre la tenencia de la tierra cambian.

La organización social y económica de la Rusia pre revolucionaria está ahí, en esas discusiones que claramente no se encuentran solamente en Ana Karenina, sino en todas esas novelas, obras de teatro y novelas breves que fueron escritas para revelar un estado de situación. Un momento de anticipación es un momento, por tanto de lectura de la realidad tal y cual se nos presenta. Aquí el realismo es un acto de imaginación, porque se saben los pormenores, se entiende lo que se ve, su agudiza el oído y se entretiene al público llenando los espacios en blanco de la historia con historias románticas, o pasionales o heroicas; pero cada una de ellas tiene una finalidad: dar espesor a lo que se imagina. El realismo en este sentido no es simplemente un afán de fidelidad o de veracidad. Es más bien, un espíritu de decir y escribir lo que sucede a puertas cerradas en un castillo, en una choza, en un sembradío, en un baño o en un balneario.

Es por medio y gracias a ese realismo que la revolución se acelera. Las ideas de la revolución no eran nuevas en ese sentido, habían sido ya expuestas en las novelas. Habían estado vivas en la imaginación, en el espíritu de la época y en el inconsciente colectivo de las personas, porque esos libros habían sido libros de gran venta y difusión en los años previos a la revolución.

Los libros eran bienes sociales, culturales y políticos y por tanto se pasaban de mano en mano. Los escritores como Chejov, Tolstoi, Dostoyevki habían logrado capturar lo que latía en la profundidad de la vida en Rusia. Los escritores al concentrarse en vidas concretas y particulares lograron entender la dinámica y la ferocidad de la vida de todos los habitantes de su pueblo.

Construyeron, entonces, el mundo, construyeron el rumbo del nuevo hombre, armaron y revelaron las dimensiones que posiblemente tendría y necesitaba la revolución para ser tal. Y sobre todo, lo dijeron de un modo en que las personas lo pudieron entender.

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Luciana Flores

Antropóloga de la UNAM de México. Trabaja en investigaciones con el tema de Etnografía en la Amazonía Ecuatoriana.

Además de realizar estudios sobre Educación y Extractivismo.

Escribió el libro de crónica “Deambulando por la ciudad blanca” en la Editorial Violeta.

Ha participado de diferentes equipos de investigación sobre temas sociológicos, para distintas universidades de América, entre ellas la Universidad de la Ciudad de Nueva York – CUNY.


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