Bolivia en tiempos de cambio

Las seis premisas equivocadas de la polarización

Yuri F. Tórrez
Publicado en mayo 2017 en La Migraña 21
Rounded image

A fines de la década anterior en Bolivia eran tiempos de disputa hegemónica. La denominada “refundación estatal” estaba en juego. La Asamblea Constituyente se erigía en un espacio de confrontación política para dirimir y/o converger las distintas miradas para construir el nuevo devenir. Obviamente, en una sociedad tan abigarrada, diversa y contradictoria era previsible que aquellas facturas de vieja data convergan y se tensionen con aquellas demandas/reivindicaciones e intereses más contemporáneas, sobre todo, en un contexto de transformaciones estatales. De allí, el concepto gramsciano del empate catastrófico se puso en boga. Su utilidad analítica se esgrimía para desentrañar el grado de confrontación y la guerra de movimientos de los actores estratégicos. El país estaba en vilo. Era el tempo de crisis estatal y su efecto colateral: la polarización socio/política.

En aquel momento, como si todos esos espectros que arrastramos como sociedad, en un cerrar de ojos, se hubieran manifestado descarnadamente: Los k’aras se enfrentaban a los indios; los collas contra los cambas; los citadinos contra los campesinos; la oligarquía contra la plebe. Se hablaba de terrorismo y se urdía la tesis de la escisión territorial; las calles de varias ciudades se convertían en escenarios dantescos: ciudadanos contra ciudadanos. Bolivia estaba al borde del despeñadero. A posteriori, la constitucionalización del Estado Plurinacional y la presencia hegemónica del Movimiento Al Socialismo (MAS) en el espectro político boliviano zanjaban esa polarización.
A un año del Referéndum Constitucional, casi como si fuera una fecha conmemorativa, el 21 de febrero del 2017, en las calles de Bolivia, unos celebraban el triunfo del NO a la repostulación de Evo Morales a la presidencia y otros arengaban la mentira como el factor decisivo para ese veredicto. Esas manifestaciones públicas en contra y a favor del gobierno del MAS sirvieron de pretexto para que los sectores de oposición proyecten el regreso de la tesis de la polarización. Prontamente, esta teoría se posicionaría en la agenda política y mediática no sólo a nivel nacional e incluso a nivel internacional: Bolivia se polariza por el empeño de Morales en su reelección. Así rezaba el titular de una nota periodística de El País español. Bajo aquellos rasgos distintivos que caracterizaron a la polarización de fines de la década anterior. En lo que sigue, se cotejaran esos rasgos con la actual coyuntura política para desmontar aquellas premisas falsas aludidas sobre la supuesta polarización de hoy.

Primera premisa falsa: Polarización asentada en un clivaje étnico

Una de las fracturas del Estado boliviano está articulada con aquellas fisuras que devienen de la colonia. Ciertamente, la cuestión étnica se posicionó en aquellas cuestiones estructurales que aún prevalecen. Ahora bien, en el contexto de la polarización de fines de la anterior década afloraron y, en muchos casos, se exacerbaron las identidades étnicas, varias veces, en contraposición con aquellos discursos que enarbolaban los sectores criollos/mestizos en torno al mestizaje e inclusive se hablaba de que se pretendía escindir al país. En todo caso, estas críticas tenían el afán de desacreditar las demandas de los pueblos indígenas que buscaban la constitucionalización del Estado Plurinacional como su horizonte descolonizador. Eran tiempos que el ser aimara se anteponía al ser cruceño. El ser indio al ser mestizo. Era tiempo, según el CENSO del 2001, de cada diez bolivianos seis se identificaba con un pueblo indígena. De allí emergieron palabras: descolonización, Vivir Bien, lo comunitario, el derecho de la Madre Tierra que eran parte constitutiva de la narrativa estatal. Ese dispositivo discursivo proveniente de los pueblos indígenas provocó resistencia de los sectores criollos/mestizos que veían como un peligro en ciernes para ellos. Así el miedo y lo que provoca el miedo: -la violencia- se fue esparciendo con creces.

En la actualidad esa exacerbación de la identidad indígena se fue opacando paulatinamente hoy, según el CENSO del 2013, solo cuatro de diez bolivianos se identifican con un pueblo indígena. Además, esa tensión alrededor del clivaje étnico se diluyó. Entonces, esos primeros temores que operaba como espectros que atormentaban a los sectores indígenas con relación al dizque fundamentalismo indígena se fue opacando paulatinamente en aras de procesos socio/culturales más interactivos. Aquellos miedos que anidaban en el imaginario de los sectores criollos/mestizos que iban a estar excluidos de la edificación del Estado Plurinacional se fueron apaciguando. Si bien no se ha superado con esas viejas facturas en torno a lo indígena heredadas y, por lo tanto, subyace en el imaginario social esos largos desencuentros étnicos. Empero, hoy esas identidades indígenas exacerbadas fueron diluyéndose. Ni siguiera esa posibilidad de la división ciudad/campo hoy es válida para fundamentar la radicalización indígena ya que el proceso de urbanización articulado a los procesos de globalización se erigen en factores predominantes para una mayor homogenización socio/cultural. Quizás aquí está uno de las argumentaciones para que hoy la polarización en torno al clivaje étnico no esté en la cresta de la olla del debate socio/político.

Segunda premisa falsa: Polarización asentada en un clivaje regional

La polarización en torno al clivaje regional era otra de las polarizaciones que caminaba adyacentemente a la polarización incrustada en el étnico. Eran casi siameses. En rigor, otro de las fisuras que pusieron, varias veces, en vilo la misma integridad nacional está relacionada con las demandas regionales. Quizás la Guerra Federal de fines del siglo XIX es el ejemplo paradigmático de estas cuestiones locales irresueltas por el Estado boliviano. A partir de la efervescencia de las demandas regionales en torno a la Autonomía Departamental volvió a la palestra esa oposición regional y territorial de vieja data. La demanda autonómica fue enarbolada por la élite cruceña encaramada en el Comité Cívico de Santa Cruz con una extensión territorial hacia Beni, Pando, Tarija e inclusive Chuquisaca que se conoció en su momento como la “Media Luna”. Así, Bolivia se polarizó en torno a la demanda de las Autonomías Departamentales que, al mismo tiempo, servía para contener la propuesta de los sectores indígenas/campesinos en torno al Estado Plurinacional.

En la actualidad, la polarización regional ya no tiene mayor trascendencia en la conflictividad social. Aquellas élites cruceñas que veían con recelo la presencia de indígenas en el poder y con desconfianza en relación a sus intereses corporativos que urdían como discurso ese viejo debate entre centralismo/descentralismo. Empero, en los últimos años el acercamiento del Gobierno del MAS hacia los sectores agropecuarios quizás sea uno de los factores decisivos para que esta polarización, poco a poco, vaya eclipsándose. Además, el desmantelamiento de aquellos grupos provenientes del oriente boliviano que buscaban un enfrentamiento, aun una división de Bolivia, fue otro factor clave. Asimismo, el desplazamiento de migrantes andinos a Santa Cruz y, sobre todo, a Pando se constituye en una variable significativa que explica la disolución de esa exacerbación de las identidades regionales, al igual que la exacerbación indígena, a fines de la década pasada, que pusieron en jaque al Estado boliviano. Finalmente, a pesar de sus bemoles, las autonomías departamentales están avanzando. Hoy, por lo tanto, esa polarización afincada en el clivaje regional ha desaparecido, aunque a momentos algunos quieren retornar a esta polarización, pero no están las condiciones socio/políticas como las configuradas en la trama de la polarización de finales del año 2008.

Tercera premisa falsa: Polarización asentada en dos actores estratégicos

A finales de la década pasada, la polarización aludía a un campo de fuerza: un espacio fuertemente friccionado que se asentaba en dos extremos seductores. Ambos se cercenaban recíprocamente y, a la vez, actuaban como imán para atraer los átomos localizados entre ambos polos. Entre uno y otro había un vacío. No había centro. Había dos actores estratégicos: el MAS y Podemos. Alrededor de ellos se adscribían los movimientos sociales y los comités cívicos. Luego esa polarización se zanjó con la hegemonía política y electoral del MAS.

Quizás aquí estriba la predominancia hegemónica del partido oficialista ya que se erigió a posteriori como el único actor estratégico en el campo político boliviano. Ocupa el centro político. Entonces, la supuesta polarización no es tal. Por lo tanto, los que esgrimían la tesis de la polarización en la actualidad se confunden al asociar a esa mera división de opiniones con respecto a la repostulación presidencial de Evo Morales como si fuera una polarización equivalente a la del decenio pasado.

Esta ausencia de un actor estratégico tanto en el ámbito social, como en el campo político, revela que actualmente no hay la fricción de dos polos que se atraen y tensionen mutuamente. Este vacío de un actor estratégico en la oposición para hacer contrapeso a la hegemonía del MAS es uno de los principales argumentos para descartar esta premisa en torno a la polarización actual.

Cuarta premisa falsa: Polarización asentada en una geografía electoral

Uno de los correlatos más visibles de la polarización de fines de la década pasada está articulado al comportamiento del votante. En efecto, la geografía electoral reflejaba con creces esa polarización política. El Occidente de Bolivia, incluida Cochabamba, votaba predominantemente por el MAS o por las propuestas enarboladas por este partido. Mientras tanto, en el oriente (Santa Cruz, Beni y Pando) más el sur de Bolivia (Tarija y Chuquisaca) se adscribían electoralmente contra el MAS. No obstante, en las últimas elecciones municipales y nacionales, el partido oficialista volcó la balanza de la tendencia de voto hasta constituir una preeminencia electoral indiscutible. Este despliegue territorial/electoral inclusive se expandió por aquellos territorios/espacios regionales orientales y sureños que antes manifestaban su rechazo al MAS.

Un dato histórico, la jornada de las elecciones del 22 de diciembre del 2005 en la que se definía la elección del nuevo presidente boliviano y, al mismo tiempo, la elección de prefectos, fueron determinantes para el proceso de polarización socio/política ya que, por un lado, Evo Morales como candidato presidencial del MAS, asumió como su oferta electoral la Agenda de Octubre, logrando una victoria electoral inédita en la reciente trayectoria electoral de la democracia boliviana, con el 54,7% de la votación y, por otro lado, varios de los prefectos que no respondían al MAS y articulados al proyecto de oposición y de la Media Luna, también consiguieron victorias importantes en sus respectivos departamentos. En suma, esa jornada de elecciones reforzó el proceso de polarización y, en cierta medida, el fortalecimiento y la legitimidad de los actores estratégicos inmersos en la lucha hegemónica.

Ahora bien, uno de los argumentos esgrimidos para sostener que actualmente Bolivia está polarizada es aquella que tiene su fuente los resultados del Referéndum Constitucional del 21 de febrero del 2016. Esa exigua diferencia obtenida por la opción del NO del 51,3% con relación al 48,7% obtenida por el SI, fue la razón para que varios analistas sostengan la teoría de la dizque polarización. Si bien de alguna manera se reprodujo una polarización electoral. Empero, esta polarización es aparente. En primer lugar, esa votación, a diferencia de aquellos sufragios de fines del decenio pasado, no son predominantemente abrumadores a favor de una determinada postura política como antes. Y, en segundo lugar, regiones como Potosí que en la época de la polarización eran bastiones del MAS, en el Referéndum Constitucional, votaron por el NO. En suma, esa geografía electoral del 21/F no es equiparable aquellos de los tiempos de la polarización y no es un mero matiz, sino una constatación inequívoca de que ese sufragio está gobernado por una razón elemental: la repostulación de Evo Morales a la presidencia y no así por otras razones adscritas a una confrontación polarizante de mayor calibre.

 

Quinta premisa falsa: Polarización asentada en dos proyectos estatales

Uno de los aspectos cruciales para comprender la polarización en el contexto de la Asamblea Constituyente es aquella que se establecía en función a esa pugna por los horizontes políticos. En efecto, esa polarización, por lo menos, en el ámbito discursivo, ponía en juego dos proyectos de país. Inclusive, se decía que eran contradictorios. Por un lado, el Estado Plurinacional y, por el otro, las autonomías departamentales. El bloque del MAS y las organizaciones indígenas/campesinas tenían el horizonte de la construcción del Estado Plurinacional, que se asentaba en una visión social, comunitaria, la descolonización y nacionalista. Mientras, los ejes de enunciación discursiva del bloque opositor estaban articulados en función a antiguos topos discursivos: el Estado de Derecho, la modernización y el multiculturalismo. Luego esa polarización se dirimió acoplando el proyecto autonómico a la nueva Carta Magna que reconoce la plurinacionalidad del Estado boliviano.

La primera fase del Gobierno del MAS (2005-20009) se caracterizó por encarar decisivamente el proceso de transformación estatal que estuvo marcado por una alta polarización socio/política. En rigor, la necesidad de encarar la Asamblea Constituyente que pretendía trastocar la estructura del Estado boliviano fue asumida por (determinadas) élites regionales como una amenaza a sus intereses. En tal sentido, como respuesta a la denominada Agenda de Octubre, desde las regiones encabezadas por Santa Cruz, irrumpió el discurso autonomista que develó otro componente de la crisis estatal, económica y territorial y, por lo tanto, asumió un discurso de interpelación aguda a la Agenda de Octubre y, en consecuencia, fue un dispositivo discursivo con efecto significativo de movilización social de uno de los polos de polarización socio/político: las regiones de la denominada Media Luna que operó como dique de contención a los procesos de transformación social enarbolados por el otro polo de la disputa hegemónica, vale decir, por los movimientos sociales, especialmente indígenas. Ahora bien, definidas las agendas y los dispositivos discursivos fue menester mencionar la ubicación de los actores estratégicos en esta polarización socio/política. Por un lado, los movimientos sociales de raigambre popular de cuño izquierdista y afines al MAS apostando por la Asamblea Constituyente como un derrotero cierto para la nueva configuración estatal y, por otro lado, las regiones que establecieron la Media Luna (Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando) urdiendo para ello a la autonomías departamentales como parte insoslayable para la reforma estatal.

Hoy, el Estado Plurinacional con autonomías es un sentido común que nadie pone en cuestión. Los sectores opositores todavía no se animan a impugnar los elementos constitutivos de este Estado y, mucho menos, tienen un proyecto estatal alternativo. Mientras no exista un proyecto de Estado con la capacidad de movilización e interpelación a la sociedad, con eficacia de poner en duda al actual Estado Plurinacional, será muy difícil que la sociedad boliviana se polarice nuevamente.

Sexta premisa falsa: Polarización asentada en la extremis virulencia en las calles

En la primera gestión gubernamental del MAS fue marcada por una alta polarización debido que se debía encarar un proceso de transformación estatal por la vía de la Asamblea Constituyente. Los movimientos sociales se convirtieron en el sostén socio/político no sólo de la gestión gubernamental del MAS, sino en un contexto polarizado en torno a la disputa hegemónica por el poder, se perfilaron como “guardianes o vigilantes del cambio”. Este papel de “alerta social” de los movimientos sociales provocaron la reacción de los sectores elitistas que derivaron en acciones virulentas, como las ocurridas el 11 de enero del 2007 en Cochabamba donde se enfrentaron entre vecinos, sobre todo, de los barrios elitistas con vecinos de los sectores periurbanos y campesinos; la humillación de campesinos en Sucre; la pateadura a indios en Santa Cruz y la a denominada “Masacre de campesinos collas” el 11 de septiembre del 2008 en Pando. Ciertamente, estos conflictos se convirtieron en una detonante social para buscar destrabar el empate hegemónico que tenía consecuencias imprevisibles para la propia democracia boliviana.

En este sentido, los movimientos sociales, aliados al MAS, se convirtieron en paladines de la defensa del proceso de transformación estatal, frente a las amenazas provenientes de los sectores conservadores que alertados ante el peligro de sus intereses ante la nueva Carta Magna, establecieron una alta polarización socio/política en Bolivia. Ahora bien, la aprobación de la nueva Constitución Política del Estado en enero del 2009 estuvo precedida por la acción de los movimientos sociales, particularmente indígenas, y alcanzó su momento culminante en octubre del 2008 a través de una movilización social que cercó la Plaza Murillo de la ciudad de La Paz. Esta movilización forzó a las fuerzas opositoras al MAS, en el interior del hemiciclo parlamentario, a ceder en sus posiciones con relación al Referéndum Constituyente del 2009. En este contexto, las organizaciones sociales afines a la estructura gubernamental no presentaban fisuras y más bien se presentaba como un “cuerpo social” compacto apoyando al Gobierno. Una de las razones principales que explica este incondicional apoyo al partido gobernante está vinculada al empoderamiento de los movimientos sociales, particularmente indígenas, con relación al “proceso de cambio” que percibían a la oposición política como una amenaza persistente a las acciones que desplegaban para abortar el proceso constituyente.

Efectivamente, el proceso posconstituyente estuvo signado por el desplazamiento o debilitamiento de las fuerzas opositoras al MAS y, en consecuencia, el partido gobernante encontró un sendero despejado para consolidar su proyecto hegemónico que en el proceso electoral –presidencial y parlamentario—del 2009 ratificó la predominancia política del partido Evo Morales. En este contexto, la hegemonía del MAS estuvo intacta, inclusive a pesar de los resultados del Referéndum Constitucional.

Ahora bien, los agoreros de siempre vaticinaban enfrentamientos en torno a las manifestaciones del 21 de febrero del 2017, pero no pasó nada. Los ciudadanos ejercieron su derecho democrático a la manifestación pública e hicieron marchas y concentraciones en contra y a favor del Gobierno de manera pacífica. Por la alegría en estos actos públicos parecían el preámbulo del carnaval.

A modo de conclusiones

La historia de Bolivia está signada por una recurrente confrontación amén a que las facturas en torno al clivaje étnico y regional, particularmente no han sido superadas. Entonces, la polarización, casi como si fuera un espectro, siempre estuvo presente en el decurso histórico boliviano. Ahora bien, los momentos de alta tensión en la que la sociedad boliviana se adscribió a esos dos posicionamientos polarizantes. Son momentos donde se dirimía el devenir estatal de Bolivia, como ocurrió a fines de la década pasada, en el contexto de la disputa hegemónica. Aquí radica un elemento fundamental para argumentar que estas condiciones insoslayables permiten el (re) surgimiento de una polarización que está acompañada por una fuerte virulencia poniendo en vilo al conjunto de la sociedad boliviana. Hoy es muy difícil sostener la (hipo) tesis de una polarización ya que la coyuntura socio/política actualmente no está marcada por una disputa hegemónica o en un empate catastrófico. Aquí estriba la inconsistencia de la idea del retorno a la polarización que equivaldría, casi como efecto colateral, la inflexión hegemónica del MAS.

Rounded image

Yuri F. Tórrez

Doctor en Estudios Culturales Latinoamericanos (Universidad Andina Simón Bolívar, Quito). Licenciado en Comunicación y en Sociología. Magíster en Ciencias Políticas. Docente universitario en pre y postgrado. Periodista. Su oficio principal es investigador social. Fue coordinador del Área de Investigación Social del Centro Cuarto Intermedio. Investigador del Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB), Becario por el Centro Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO-Argentina) y del ALBA. Columnista de La Razón. Ha publicado varios libros.