Reflexiones entre ética y literatura latinoamericanas

¿Mentes prestadas?

F. César Maldonado
Publicado en febrero 2017 en La Migraña 20
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Se imaginan leer a Proust en la cumbre de Pongo, camino a Oruro y escuchar a Mozart camino a una parroquia rural? Nuestra cultura y sabiduría se basan en conocer los nombres, los pensamientos, las composiciones, las capitales, los actores y las actrices de Norte América o de Europa. Nuestro talento sapiencial se mide a partir de contenidos y de epistemologías occidentales. Seguro que nos suenan folklóricos nombres como los del inca Garcilazo de la Vega, Santa Cruz Pachacuti Yamqui Salcamaygua, el orador y creador de la imagen de la mamita de Copacabana; debe sonar extraña la obra de Felipe Guamán Poma de Ayala o los Documentos de Huarochirí.

Nos llama la atención la chompa y la indumentaria de Evo y no tanto su astuto procedimiento ni su capacidad de liderazgo. Quizás nos interesa más el folklore nacional para bailarlo y ponerlo en las calles y más la música clásica para encontrarla en salas selectas y en propagandas grandilocuentes, incluso oficiales. Los clásicos, no por el rock o la música de los 70’, sino los de grandes compositores nos interesan en conciertos o en encuentros personales mientras escribimos un razonamiento o hacemos una reflexión, cuando queremos descansar. ¿Qué es lo que finalmente determina lo que es arte y lo que es folklore, qué lo que es una obra de arte, de una artesanía y con ello el precio, el museo o un mercado popular?, ¿Qué es lo que determina la sabiduría personal patentada en forma de autoría o de documento, de la sabiduría comunitaria, oral y dominada por todo un colectivo?

El conocimiento occidental ha privilegiado el personalismo y el individualismo, ha patentado no sólo los productos del mercado, con ello sus maneras de producir conocimiento y nos exige citarlo, aprenderlo, repetirlo y dominarlo continuamente, enseñarlo en nuestras aulas y pedir razón de ello a nuestros hambrientos estudiantes.

La actividad intelectual es una continua tentación a la fama o al compromiso. Edward Said (1996, 2000) en su condición de palestino comprometido con su tierra y su pueblo recordaba que su compromiso intelectual era pensar en orden a solucionar los problemas que ciertas situaciones vitales le exigían. Contra el intelectual típico que parece perdido en una especie de neutralidad, este autor proclamaba que alguien que se implicara con personas no podía sino desgarrarse y mostrar su postura ante una situación. Pensamiento que no se compromete ni presenta soluciones, es pensamiento que permite el estado de cosas y se convierte en una especie de estética mental.

El euro centrismo o la dictadura epistemológica europea ha tendido distintos tipos de contestación desde mentes periféricas. Los resultados no siempre han sido exitosos. Cuando Europa cuestionó algo emprendió polémica consigo misma. Los llamados filósofos de la sospecha, por Marx, Freud y Nietzsche, dudaron más de los sistemas ideológicos, morales y de dominio, que de los sistemas de producción de pensamiento, es decir de las epistemologías dominantes, occidentales que tienen al mundo suspendido en una suerte de conocimiento patentado. Derrida (1967, 1983, 1987, 1994) en su tiempo pretendió cuestionar el pensamiento occidental para producir otro no menos occidental; él, como en su tiempo Descartes y Kant, cuestionan las bases del conocimiento con una constancia eurocéntrica, nada dialógica con otros sistemas de conocimientos no occidentales1. El occidente se ha empeñado en un diálogo o una polémica consigo misma, sin considerar demasiado a otros actores y a otras mentes.

Para ofrecer una corriente distinta a la del sistema de pensamiento occidental, los pensadores indios de la corriente subalterna como Guha (1988), Prakash (1994), Bhabha (1994), Spivak (1999) y Chakrabarty (2000) han criticado el dominio del pensamiento occidental como la presencia continua de la colonización y en un sentido como la dictadura epistemológica sobre los pueblos colonizados y dominados. ¿Se puede saber y conocer, hacer ciencia sólo desde la epistemología eurocéntrica? En otras palabras, ellos hacen notar que el pensamiento occidental y su metodología racionalista han sido impuesto en la academia y en los círculos de pensamiento como la vía “idónea” y única para producir conocimiento. Otros pensamientos más artesanales, sujetos a la opinión y a la creación y manejo de otras epistemologías son tratadas con menos respeto y consideración científica2, como si el pensamiento occidental no hubiera tenido orígenes localizables y a menudo étnicos. La pena es que estos autores tan novedosos han sido atrapados en la academia norteamericana y son grandes presencias en las universidades, no tanto en los suburbios.
América Latina produjo una serie de pensadores que pretenden crear pensamiento y transformación a partir de sus realidades. Inspirado en corrientes europeas y sobre todo en los pensamientos de Levinas (1961, 1984, 1991), surge la escuela de la filosofía de la liberación, muy ligada al quehacer teológico de la misma clase y también a la pedagogía. El que estas ramas de conocimiento hayan reflexionado la presencia de un ser ignorado capaz de producir transformación y de ser presencia alterna en sí mismo, provocó gran curiosidad en todo el mundo; pero esta corriente pronto fue atacada de ser un movimiento más político que epistemológico y eventualmente fue ignorado. Esta corriente por su insistencia en el otro alterno tuvo fuerte contenido ético y de compromiso, una alternativa ontológica más que epistemológica.

¿Después de todo cuál es el papel de los intelectuales en América Latina? Nicola Miller (1999) hace una revisión sobre ellos y de su papel político, cultural y concluye que los intelectuales latinoamericanos han jugado roles marginales tanto en las cuestiones del poder como en el rubro del pensamiento. Los pensadores latinoamericanos, a menudo han tenido que hacer otras cosas para vivir y que su actividad intelectual se debió más a un empeño personal, por lo que los intelectuales de esta parte del mundo han parecido más entes solitarios enfrentándose a sistemas religiosos, políticos, sociales y económicos en una suerte de quijotismo. A esto se suma la alta tasa de analfabetismo y de escasa formación universitaria capaz de producir profesionales que puedan proponer y copiar menos y repetir sistemas de pensamiento, sin producir mucha innovación.

Mignolo (1999, 2000, 2005), un argentino que enseña en la universidad de Duke ha heredado la corriente de pensamiento subalterno para proponer la posibilidad de descolonizar el pensamiento latinoamericano de la corriente occidental. Sus propuestas son interesantes, junto a las de Yúdice (1992), Sarlo (1988), quienes sostienen que el quehacer intelectual latinoamericano ha de aprovechar las crisis por las que el continente atraviesa para proponer un sistema de pensamiento acorde a las realidades. Lo que no toman en cuenta estos intelectuales académicos es que los actores del cambio no son los pensadores, sino los actores sociales, a veces sin mucha formación académica. El intelectual latinoamericano o ha sido un ser comprometido con su realidad y, por tanto, sin mucho reconocimiento en la academia o ha sido un asimilado a la academia de tipo occidental, que lo ha empleado en sus centros de producción de conocimiento, las universidades y, con raras excepciones, como asesores de empresas o de gobiernos. Estos últimos han estado siempre lejos de sus fronteras y sus realidades sobre las que piensan y con los que se ganan la vida. Quizás sea Wolfowiftz quien haya pasado del mundo académico al mundo de la política para patentar y poner en práctica su teoría de la guerra preventiva que ahora alimenta la lucha contra el terrorismo.

Un autor que ha hecho una aproximación interesante al pensamiento popular ligado a la producción y a la cultura popular es Néstor García Canclini (1990, 1995, 1997, 2003). Este introduce un término interesante para reflexionar las culturas que se interconectan, se comunican, producen para sobrevivir y con esto crean distintas maneras de procedimiento, producción y pensamiento; su término es el de la hibridación. Según él las culturas, sino todas, se han inter influenciado y cambian en torno a esto y devienen diferentes, híbridas. El aporte mayor para este fenómeno es la expansión de los medios de comunicación, los reclamos del mercado y de su presencia en todos los rincones y la confluencia de los distintos actores culturales a la comunicación y al mercado. Esto tiene algo que ver con lo que Gruzinski (1999) postuló sobre el pensamiento mestizo, pues el conocimiento proviene del intercambio de mentes y estas mentes son generalmente culturales, religiosas o políticas.

Pero el pensamiento latinoamericano, si bien no tan trascendente, es muy rico en su creatividad. Miller (op.cit) postulaba que hasta cierta época el pensamiento y su producción en esta parte del mundo había sido privativo de las clases altas que podían costearse el “ocio” o una educación superior. Ahora, a partir del resurgimiento del movimiento indianista o étnico, surgen intelectuales indígenas orgánicos, en el sentido de Gramsci (Cf. 2000). Estos intelectuales no sólo tienen formación universitaria, sino que piensan cultural y étnicamente a partir de sus orígenes y con armas metodológicas y conceptuales prestadas de sus pasados. Las tres Américas tienen un creciente número de intelectuales indígenas que no sólo piensan sino que participan también en la reconstrucción de sus identidades y participan en las políticas locales. Su práctica intelectual es de compromiso y de propuesta cultural y a menudo, nacional, empero desde un punto de vista étnico, local. No es casual que la política boliviana tenga tantos actores étnicos con buena formación académica.

Estos movimientos son fundamentalmente diferentes a los contenidos de la literatura indigenista de las décadas de los 50’, 60’ y 70’, esta corriente exponía la problemática indígena o campesina a partir de los abusos del estado o de los patrones. Los autores, no necesariamente campesinos o indígenas, asumen la voz y las aspiraciones, el sufrimiento de las masas campesinas e indígenas que describen. Sus novelas tienen mucha influencia marxista, algunos autores indigenistas hasta son afiliados a los partidos comunistas de sus países, Lara en Bolivia, Alegría y Arguedas en el Perú. El grupo indígena es un material interesante, pero poco consultado, quizás con la excepción de José María Arguedas, se escribe sobre ellos, se asume su representación y se ficcionaliza su problemática, a pesar de su enfoque realista. Es por demás interesante que los indígenas intelectuales escritores no escriban novelas ni mucha poesía, sino que se dediquen más a las ciencias sociales o humanísticas. Es más interesante aún que estos intelectuales hagan poca alusión a esa corriente literaria, indigenista, ni tomen como base de su pensamiento los contenidos de las obras indigenistas. El movimiento de intelectuales indígenas decide asumir su propia voz y representarla en esferas de diálogo, polémica, propuesta y de cambio. Por supuesto sería materia de otro ensayo la diferenciación étnica que este grupo provoca al interior de sus grupos, ante la aún mayoritaria masa pobremente educada y en condiciones paupérrimas.

No es un término consagrado, pero me he de referir a la literatura más famosa, latinoamericana, como la imaginación de los creadores más versados en técnicas. En Latinoamérica los literatos, ni los intelectuales en general, han sido tales a tiempo completo. A diferencia de los intelectuales europeos y norteamericanos que lo son a tiempo completo y producen, generalmente desde círculos académicos, los latinoamericanos han tenido que trabajar para mantenerse y luego escribir para no dejarse comer por su capacidad creativa. Estos creadores son realmente osados y se imponen a las limitaciones. Muy pocos autores viven de sus obras. Rulfo fue un empleado público, García Márquez sigue dedicado al periodismo, Neruda fue diplomático y político, Paz fue académico, visitante continuo de universidades norteamericanas, lo mismo que Fuentes. Paz Soldán enseña en la academia norteamericana y desde ahí escribe sus interesantes intrigas. Algunos autores como Vargas Llosa se dedicaron incluso a candidatos y, una vez fracasados se exilian y escriben desde un escritorio en Europa; quizás este es de los pocos que viven de sus escritos, junto a Isabel Allende. Aquel vive entre Madrid, París y Londres, esta vive en California y tiene una producción de una novela anual. Roa Bastos ha retornado al Paraguay después de un largo exilio ¿parisino?; Carpentier se refugió en la patria de sus ancestros y allí entregó sus huesos tratando de perseguir Los pasos perdidos.
El común de estos autores es que argumentan en forma de ficción sobre la realidad latinoamericana. No es casual que los críticos identifiquen Cien años de soledad con la historia latinoamericana llena de superstición, de imaginación, de creatividad, de movimientos sociales violentamente reprimidos, de familias, muy pocas, que dominan países íntegros. Estos autores aprenden a escribir desde sus experiencias propias y desde sus propios yerros o previos intentos fallidos. De entre estos, los que más se profesionalizaron son Vargas Llosa y Allende.

El público de estos autores no es precisamente el latinoamericano, más bien con poco acceso a la literatura y aún con poco hábito de lectura. No es casual que la mayoría de estos autores hayan sido descubiertos en Europa o en Norte América. Quizás las excepciones a esta afirmación sean las campañas escolares de los estados de México que reparte gratuitamente las obras de varios de sus autores en las escuelas y colegios y la política educativa cubana que también infunde el espíritu de lectura. A esto se suma la otrora increíble capacidad de los argentinos de leer y consumir a sus propios autores.

La creación literaria latinoamericana había sido con frecuente pasmo, muy aislada. La época en la que surge una producción masiva y de calidad es con el advenimiento del movimiento del Boom (epíteto puesto por un académico norteamericano) que engloba no necesariamente producciones uniformes, ni autores que puedan parecerse. Entran en este grupo autores como García Márquez, Vargas Llosas, Fuentes, Donoso, Sábato, Cortázar, Rulfo, Allende, con mucha posterioridad; alguno ha intentado también poner en este grupo a Borges. De ellos muy pocos han vivido permanentemente en algún país latinoamericano. Cortázar, Vargas Llosa, Allende, Borges han producido desde otros países y han adoptado ciudadanías ajenas. García Márquez se cambió de país y ha vivido en México. El caso de compromiso y de transformación más interesante es el de Ernesto Sábato quien, siendo uno de los primeros doctores en física nuclear en el continente Sud Americano, renuncia a la ciencia con su testimonio de Uno y el universo y se compromete con el comité de la verdad, interesado en esclarecer el período oscuro de las dictaduras militares argentinas. Sus fuentes de ingreso no son sus obras sino sus pinturas.

La literatura latinoamericana es de mucha calidad y de gran creatividad; pero esto no ha hecho que la literatura en general se haya hecho popular en muchos círculos latinoamericanos. La literatura sigue siendo en un sentido elitista y sumida a círculos muy pequeños, a salones de conferencia y a estudiosos o estudiantes.
El compromiso, quizás inadvertido de todos los autores que han trascendido es el haber hecho conocer la realidad latinoamericana en otros continentes y en círculos intelectuales prestigiosos. El valor de esto es que muchos autores han escrito lo que los especialistas llaman, novelas históricas bañadas de realismo mágico, si es que la combinación es posible. En un sentido los autores han echado mano de sus respectivas realidades para exponerlas en forma de obras literarias.

Esta es la virtud de la literatura latinoamericana y de sus autores, el que se hayan adelantado a cualquier ciencia social y mediante un estilo que combina el arte la creación, la denuncia, el análisis y el compromiso hayan presentado y representado las distintas realidades de nuestro continente. En un sentido el primer propósito de estos autores no es el de atribuirse representación alguna de ninguna realidad ni de ningún pueblo, en la mayoría de ellos prevalece el sentido creativo, el sentido de que lo que viven y ven debe y puede ser escrito y dado a conocer. Los distintos autores, vivan bien o vivan mal, se hayan aprovechado o no de sus realidades y de sus argumentos para lucrar o hacerse famosos, vivan en sus países o fuera de ellos, han contribuido a reforzar la idea de que Latino América es un continente lleno de posibilidades, a pesar de sus frustraciones, dictaduras, pobrezas y sus inmensas corrupciones.

Estos autores le han dado una personalidad propia a la creación literaria latinoamericana y se han distanciado del pedazo inspirador europeo, a pesar de que muchos de ellos mamaran de las inspiraciones parisinas y de sus bohemias. Los autores anteriores, si bien de mucha calidad, tuvieron más fijados los ojos en la Paris de la inspiración y muchos de ellos han visitado y vivido y bebido de sus fuentes. Movimientos como el romanticismo o el modernismo reproducen temáticas locales con métricas, epopeyas, dramas o imaginaciones europeas. Los Nuevos Rubayats de Tamayo reproducen las temáticas de los entonces rubayats árabes puestos al gusto europeo. El famoso Rubén Darío tiene de particular su nacimiento latino y en común su temática “universal”. Jaimes Freyre pinta su llama con el poder modernista de inspiración europea. Isaacs da a los personajes de su novela la fiebre y los males colombianos de amor de cualquier novelista romántico europeo. Desde esta armadura estilística se puede producir “buena literatura” desde cualquier rincón del mundo, bastaba con saber la fórmula.

Empero hay excepciones muy destacables, quienes a pesar de reproducir las fórmulas creativas de la época, fundan, sobre todo la poesía latinoamericana, entre estos está César Vallejo. Neruda, sin copiar estilos creó su nombre propio y paseó con sus versos gran parte de la realidad latinoamericana y se inmiscuyó con lo sencillo de la mesa, de la cocina y del campo y aún pone a suspirar corazones con su creación juvenil de amor. Mistral su compatriota, sin haber salido demasiado de Chile infunde poderosos sentimientos de igualdad, sufrimiento y de esperanza.

Es posible que ninguno de los creadores latinoamericanos se haya planteado una tarea ética al momento de sus creaciones, sino el compromiso de desglosar todos sus sentimientos y sus visiones. Es cierto que muchos de estos autores tuvieron compromisos políticos y militancia política; pero sus creaciones respondieron poco a sus pertenencias ideológicas y quizás por eso es que son tan valiosas y originales.

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Comentarios reales. Amazon Digital Services, Inc.
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F. César Maldonado

Humanista por vocación obligada. Bordea la filosofía, la teología, la antropología y los estudios culturales con tintes de ficción y de querer darse cuenta de las cosas. El cinismo ajeno ya no lo atolondra.
Licenciaturas en filosofía y teología por la Universidad Católica, Cochabamba, Maestría en antropología, FLACSO, Quito y Doctorado en estudios culturales por Georgetown University, Washington,D.C.