Mujer: De la condena a la emancipación

Ximena Centellas Rojas
Publicado en mayo 2017 en La Migraña 21
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Ser mujer representa un gran reto, porque implica un conjunto de aspectos que van más allá de la simple diferencia biológica con los varones. Las mujeres, además de nuestra privilegiada capacidad de dar vida, tenemos un conjunto de características determinadas por la región en la que nacemos o vivimos, la clase social a la que pertenecemos, el trabajo o actividad vital que realizamos, el nivel de vida que tenemos, el cúmulo de conocimientos que hemos adquirido, la religión que adoptamos, la preferencia erótica que desarrollamos, los valores, las costumbres y tradiciones que nos definen. Estos aspectos inter-relacionados determinan una subjetividad personal, un modo particular de ver y vivir la vida.

En éste marco, las diferencias biológicas y reproductivas de la mujer respecto del hombre han devenido en una condena, pues es a partir de esa distinción de características sexuales, que se ha asignado socialmente a la mujer un rol subordinado, mientras que se ha consolidado la preeminencia masculina. Así se encubre la explotación de las mujeres, bajo argumentos tales como: “la subordinación de las mujeres es una condición natural”, “la condición física del hombre lo hace más fuerte que la mujer”, “la mujer gesta, pare y cría a los hijos, los hombres lo haríamos, pero es función de las mujeres”. Estos argumentos naturalizan la opresión de las mujeres, a partir de un análisis simplista de las funciones biológicas entre los géneros.

La mujer como reproductora de la fuerza de trabajo

La explotación de la mujer en el hogar se da porque al capitalismo, como sistema, le conviene y le sirve que así sea; la opresión femenina enriquece cada día más a la burguesía. Por eso, las clases dominantes históricamente han diseñado una familia funcional a sus intereses económicos. El modelo de familia constituido por el capitalismo es el patriarcado, es decir, la familia que empodera y da privilegios a los hombres, diseminando éstas características androcéntricas por toda la sociedad. En Bolivia, como en la mayor parte del mundo, todavía prevalece el sistema capitalista que por su esencia se nutre de la explotación de los unos sobre los otros, generando una formación social capitalista específica que somete o absorbe al resto de formas económicas heredadas. La diversidad de naciones y de pueblos indígenas originarios que hacen al país, en sus diferentes clases sociales, se encuentran sometidos por el sistema capitalista actual, que se sustenta también por la forma patriarcal de la estructura familiar boliviana que promueve los privilegios del hombre sobre la mujer, en una condición específica de sometimiento funcional al sistema capitalista.

Este sometimiento se refleja en la función primordial de la mujer que es la de ser reproductora de la fuerza de trabajo, cumpliendo con las labores en el hogar, garantiza cada día que su marido o compañero esté comido, aseado, vestido y descansado para trabajar. De ésta forma la mujer posibilita que el hombre pueda rendir diariamente en la producción, gracias al trabajo de la mujer se repone el desgaste diario del trabajador.
Sin embargo, el trabajo doméstico no es remunerado ni reconocido socialmente, se trata de una faena que no ingresa en el mercado laboral pues carece de contratación. No sólo está ajena a todas las conquistas que trabajadores consiguieron con su histórica lucha en el mundo, sino lo que es peor, su trabajo es invisible porque no existe para la economía, ni aparece en las cuentas nacionales.

El trabajo doméstico, al ser una labor impaga, que ha sido adjudicada como “la obligación de las mujeres”, beneficia principalmente a la clase patronal. Deberían ser los empleadores quienes paguen el desgaste de la fuerza de trabajo de los hombres que utilizan diariamente, en lugar de ello, son las mujeres del mundo las que cargan con ésta responsabilidad. A nombre de la “división natural” de las funciones laborales entre los sexos, a las mujeres nos explota la clase capitalista que desea reducir sus costos de producción.

Por la profunda crisis que atraviesa el capitalismo, adicionalmente al trabajo doméstico, la mayoría de las mujeres en el mundo se han ido incorporando al mercado laboral, tanto formal como informal, aportando productivamente a la economía de sus países. Lo que dio lugar a la doble jornada de trabajo para las mujeres que en la primera jornada laboral buscan aportar con la generación de dinero para la economía familiar desde sus fuentes laborales. Y la segunda jornada en nuestros hogares cumpliendo con el trabajo doméstico.

En el mercado laboral, como el resto de los trabajadores, ellas son explotadas por el patrón, inclusive son remuneradas con menor salario que sus pares hombres, y por otra parte, en sus casas siguen reponiendo gratuitamente la fuerza de trabajo de sus esposos y/o siguen asumiendo el cuidado de la población dependiente sin corresponsabilidad social.
Al mismo tiempo, las mujeres también son reproductoras de la fuerza de trabajo en el sentido plenamente biológico, porque las mujeres somos las que damos vida a las nuevas generaciones de trabajadores; los gestamos, los parimos, los criamos y educamos para que posteriormente se incorporen a la producción capitalista.

La mujer y la cultura de dominación

Para poder sostener la explotación de la mujer y la expropiación de su trabajo por el capitalismo, se han generado un conjunto de valores, tradiciones y costumbres que reducen el rol femenino en la sociedad a la misión de ser esposas y/o madres. A las mujeres se nos hace creer desde muy niñas que hemos nacido para asumir tales responsabilidades y aunque podamos desarrollarnos en otras actividades o profesiones, no debemos descuidar nuestras tareas reproductivas “fundamentales” designadas por el mandato social.

La explotación de la mujer se sostiene con la cultura de dominación capitalista que naturaliza el trabajo doméstico como función del género femenino y lo que es peor, induce y reproduce la culpabilidad como mecanismo de sujeción, como una atadura inconsciente de la mujer al sistema capitalista explotador. Si la mujer no cumple a cabalidad su responsabilidad como reproductora de la fuerza de trabajo, es señalada y castigada socialmente, incluso por otras mujeres de su entorno familiar, que la califican como: la “mala esposa” o la “mala madre”, etc., siendo la mujer a veces más machista que el varón.

La macho dependencia

La familia patriarcal-capitalista se sustenta y reproduce en el sexismo, el mismo que se inserta a través de la educación, que reproduce la definición de roles y funciones sociales diferentes e incluso contrarias.

La familia patriarcal del capitalismo está diseñada para salvaguardar la propiedad y la herencia masculina sobre los bienes. La represión sexual y emocional de la mujer cumple un rol económico fundamental: preservar la propiedad del patrimonio masculino a partir del sometimiento de la mujer. Al hombre se le permite la libertad sexual, para que tenga mejor productividad. La infidelidad masculina es permitida convencionalmente; en cambio, el adulterio de la mujer es duramente censurado y castigado. El patriarcado se sustenta en la apropiación social del cuerpo de la mujer en beneficio masculino.

Junto a la familia patriarcal como célula de dominación social y cultural capitalista, se censura el adulterio y/o la prostitución para garantizar la pervivencia del sistema. La sexualidad no es a-histórica, corresponde al sistema social e históricamente determinado. La sexualidad no es natural, es una construcción social, que sirve de base para la sujeción de mujeres y hombres a cada formación social. A partir de esa sexualidad históricamente y socialmente determinada, se edifican los roles de género, dando a los hombres y a las mujeres sus “obligaciones” y “derechos”.

Las mujeres del mundo seguimos luchando por recuperar la potestad sobre nuestros cuerpos, posibilitando el ejercicio de nuestros derechos reproductivos, tanto en el control de la natalidad, como en el derecho al aborto libre y gratuito.

La opresión económica de la que somos objetos las mujeres se revela al verificar que las mujeres somos responsables de 2/3 del trabajo mundial, pero ganamos sólo el 10% del capital mundial y poseemos el 1 % de las propiedades. La inestabilidad laboral femenina es otra de las formas actuales de opresión económica genérica. A pesar de la histórica lucha que llevaron y llevan los movimientos de mujeres, en pleno siglo XXI, a las mujeres nos siguen despidiendo por causa del embarazo y seguimos sufriendo de opresión educativa, pese a que existen legislaciones que amparan sus derechos, cuando se considera el porcentaje de población analfabeta de un país, el mayor porcentaje corresponde a las mujeres.

Esta multi-dimensionalidad opresiva consolida la discriminación permanente sobre el género femenino. Cuánto más dependiente sea la mujer del hombre, tanto a nivel económico, social o emocional, etc., cumplirá a cabalidad su labor de reproductora de la fuerza de trabajo.

Una de las peores formas de opresión que sufren las mujeres es la opresión política, como consecuencia de la permanente explotación y opresión y por la educación sexista imperante, la relación de las mujeres con el poder es diferente a la de los varones. Por la falsa idea de que la mujer es un ser inferior, débil, menos inteligente, sin carácter, sin capacidad de decisión, que se define mejor como un objeto sexual, se concibió erróneamente que la acción política era un “tema masculino” del cual las mujeres no podían participar y fuimos prohibidas de la toma de decisiones, de la autodeterminación y de la lucha política.

La diferencia genérica en la conformación de líderes Como el prejuicio social castiga más severamente a una dirigente mujer que sale a sus reuniones políticas o de formación, acusándola de abandonar a sus hijos y a su hogar, incluso de infidelidad. Muchas mujeres dirigentes cumplen con sus obligaciones políticas a escondidas de la familia, otras veces, asisten a los eventos cargadas de sus hijos, antes de salir dejan la comida preparada y/o resuelven diversas tareas de orden reproductivo en sus hogares, pues dentro de ellos no hay quien se corresponsabilice del cuidado de los hijos o de la realización de tareas domésticas. Las mujeres para accionar políticamente, muchas veces, se ven obligadas a contradecir la voluntad del esposo y/o de la familia.

A diferencia de las mujeres, el ejercicio dirigencial masculino goza de mayores privilegios. Los hombres pueden salir sin restricción alguna de sus hogares, porque sus esposas cuidan de sus hijos y realizan las responsabilidades reproductivas dentro de sus hogares, incluso ellas tienen que contribuir con la economía familiar ante la ausencia prolongada del marido. El esposo de una activista política por lo general tiende a presionarla para que abandone sus responsabilidades sindicales, bajo el chantaje de su irresponsabilidad familiar.

El trabajo sindical y político de las mujeres es sacrificado, debe vencer las barreras sociales, familiares y hasta el machismo de sus propios “camaradas”. La competencia política entre varones es admitida, cualquier hombre aceptará la superioridad política de otro, pero la superioridad política de una mujer representa para la lógica masculina una humillación imperdonable y muy difícil de superar.

Cuando una mujer ha alcanzado un lugar de liderazgo relevante, se la descalifica social y políticamente, no desde su capacidad como líder, sino generalmente desde su condición de mujer.

La Revolución Democrática Cultural

La cultura es una construcción histórica dependiente de las formas económicas, de clase, de nación y de las relaciones de dominio entre los individuos. Las diversas formas de vida son construidas por los seres humanos de acuerdo a la relación que establecen con la naturaleza, con el espacio geográfico en el que viven y con las personas con las que socializan.

La emancipación de la mujer es una tarea imprescindible, si queremos hablar de la transformación revolucionaria, que nos hemos propuesto en el marco de la Revolución Democrática Cultural, lo que implica acabar con la cultura de dominación existente. La cultura de dominación que se desarrolló en Bolivia fue reflejo directo de las clases que prevalecieron políticamente en el país durante décadas y prácticamente desde la fundación de Bolivia, hasta el advenimiento del primer presidente indígena del país Evo Morales en 2006.
El proceso de instauración de la cultura de dominación, que abarca tanto el machismo como la alienación femenina, se produce desde un aparato ideológico capitalista idóneo: la familia patriarcal, además basada en el colonialismo, la discriminación, el racismo, el machismo y el clasismo.

La familia como espacio de crianza y de formación de hombres y mujeres, es el lugar en el que el sistema nos impone determinados roles, los mismos que son asumidos e incorporados tanto de manera consciente como inconsciente.

La Revolución Democrática Cultural, como proceso, implica una ruptura con la cultura de dominación, con el mandato de la antigua clase dominante que nos empujaba a cumplir imperativos machistas. La interculturalidad, como principio básico de convivencia abre las posibilidades de la generación de la nueva cultura, opuesta a la de dominación colonialista que hemos heredado. Así como entre la diversidad de naciones y pueblos indígenas-originarios estamos reconociéndonos en nuestras afinidades y diferencias para construir el Estado Plurinacional, de la misma manera, la interculturalidad puede servirnos como instrumento de transformación de la forma patriarcal de relacionamiento entre hombres y mujeres.

La Revolución Democrática Cultural que estamos desarrollando, implica la reconfiguración de la familia, para que ésta deje de ser un aparato de dominación y se convierta en un espacio de desarrollo integral de hombres y mujeres. Las bolivianas tenemos el desafío de demoler la familia burguesa individualista y patriarcal, para construir un nuevo tipo de familia que responda al proyecto del Socialismo Comunitario.

El proceso de emancipación de la mujer está indisolublemente ligado al propio avance de las transformaciones sociales que venimos desarrollando desde la refundación del país y la construcción del Estado Plurinacional. Es necesario cortar con la alienación colonialista y machista de la cultura de dominación en la que hemos crecido y que aún nos limita para desplegar nuestras cualidades revolucionarias. La nueva legislación nos permite el 50 % del ejercicio político, el que debería reflejarse no sólo en el 50 % de mujeres figurando como autoridades del Estado Plurinacional sino también en el repotenciamiento del sujeto social que abrió el llamado Proceso de Cambio. Las bolivianas podemos convertir la rabia en estrategia y salir de la victimización para asumir nuestra trinchera en la transformación revolucionaria de la vida cotidiana y de la sociedad boliviana toda.

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Ximena Centellas Rojas

Revolucionaria desde los 14 años, mujer luchadora por nuestra emancipación, militante del Socialismo Comunitario en Bolivia, e internacionalista.

Dirigente universitaria, miembro del Comité de Defensa del Salar de Uyuni, Graduada de la Escuela Julio Antonio Mella de Cuba, Directora de Gestión Pública del Ministerio de la Presidencia, Coordinadora de la Escuela Nacional de Formación Política del MAS-IPSP, Coordinadora del Instituto para la Democracia Intercultural IDI del Tribunal Supremo Electoral y actualmente Jefe de Redes de Conocimiento Internacional de la Vicepresidencia.


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