Juan de la Rosa:

Novela histórica o la historia de una novela

Rosario Barahona Michel
Publicado en febrero 2017 en La Migraña 20
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Si destapamos una botella que permaneció flotando por siglos en las aguas, el olor que se expanda y trepe invadiendo los sentidos no será otro que el del aire encerrado, algo perfumado o rancio quizá, pero sin duda, enrarecido por el tiempo.

Tal vez resulte extraño, pero si aquel aire pudiera haber sido respirado por ellos, seres de nuestro pasado colonial y republicano, percibirían el aire que se ha entretejido entre la confusa urdimbre de la ficción y de la historia.

Esta es la primera idea que me invadió al amanecer de un reciente día cualquiera, para comenzar a escribir este muy modesto texto sobre Juan de la Rosa. Coleccionista de botellas de perfumes desde hace mucho tiempo, no me sorprendí de haber soñado con una en particular cuya esencia lleva por denominación L’Aur du Temps, o, el aire de los tiempos. La pequeña botella de cristal transparente se mecía, vacía y solitaria, a través de las olas del mar- aquel que todos añoramos- superando con estoicismo el vaivén inevitable.

Esa imagen contenía todo el sueño. Y supe entonces lo que tenía que escribir.

Tanto se ha escrito ya acerca de nuestro último soldado de la independencia, que habiendo vadeado dos siglos de distancia entre nosotros y la preclara pluma de Nataniel Aguirre, nos surgen ahora en estampida, dos preguntas inevitables.
La primera es: ¿Qué más se puede escribir sobre Juan de la Rosa, que no se haya escrito ya?; Y a la sazón, la segunda: ¿Es Juan de la Rosa una novela histórica, o es que ahora, tras 200 años de distancia, estamos frente a la historia de una novela?

Si bien los brillantes aportes de diversos críticos han trabajado acerca de la influencia del contexto en una novela, que, de hecho, tiene una larguísima tradición en la teoría literaria, basta mencionar los trabajos de los “sociólogos especialistas de la novela”, como Georg Lukács y Lucien Goldman, también se ha puesto interés en la dualidad o relación literatura –e- historia, comprendidas, ambas, en el resbaloso concepto de la ficción. Por último, la reflexión que articula novela y sociedad es, también, un tema extensamente tratado.

En nuestro país también, en los últimos años, amén de muchos otros especialistas, las estudiosas Alba María Paz Soldán, y Ximena Soruco han abordado JDR, a partir de la significación de ser una novela que contiene un sentido profundo de lo “nacional”, y asimismo, se le ha atribuido la interesante inclusión de la noción “mestizo”.

Pues bien, sin ignorar lo anterior, y que es una novela que goza del más alto reconocimiento e interés académico, es preciso pues ahora desplazar los centros críticos buscando extendernos hacia un sentido más liberador, y por tanto, literario. Una (re)lectura alejada de la crítica, – si fuese posible, en todo caso-, implica enfocar la novela más allá de aquella proyección de nación que contiene y arriesgarnos a pensarla a partir de otras perspectivas vinculadas más a lo bolivianamente humano, profundamente humano. Y, por ejemplo, si leer a Balzac nos instruye más que tratados filosóficos o económicos para comprender la sociedad francesa, pues lo propio puede ocurrir con Nataniel Aguirre y/o Juan de la Rosa y una comprensión de la sociedad boliviana.

En suma, pues, las pasiones políticas y personales en JDR, que no son tan distintas de las nuestras.

En sus páginas convive y pervive un denso contenido oral y visual, – los lenguajes de comienzo de siglo, el quebranto sistemático de los “patrones” sociales del periodo colonial- las descripciones de los lugares comunes tales como “El levantamiento del 14 de septiembre” y la ciudad, como un espacio de realidad ficcional. El espacio simbólico de las ciudades, por ejemplo, como las villas coloniales de este nuestro espacio charqueño, refieren en JDR el salto desde la idea de villa colonial hacia una ciudad republicana, y al mismo tiempo también, el salto humano que implica el ejercicio de actores sociales hacia otro ejercicio evidente: como ciudadanos de un estado libre. Se anotan también otros lugares o espacios más privados como la “tienda”, palabra exclusivamente colonial que sirve para referirse a una pequeña vivienda, en general, redonda, donde, en nuestro caso moraban Juanito, cuando niño, y Rosa, la encajera de ensueño.

Así, todo aspecto cotidiano en JDR suele resultar enriquecido por las descripciones de una sociedad atravesada por una convulsión social palpitante, una revolución general in crecendo que va tomando no sólo Cochabamba, sino las ciudades charqueñas y sus alrededores, donde reina un decisivo punto de no retorno a lo colonial, quedando tan sólo, por tanto, una avanzada hacia nuevos destinos sin mirar atrás, pues el riesgo es convertirse en eterna estatua de sal, sin ojos y sin voz. Así, esta novela nos devela historias secretas que transcurren antes y después de aquellos procesos independentistas, y que precisamente dejan de ser secretas para convertirse en lo que realmente son: dramas humanos.

Juan de la Rosa rescata todo un teathrum mundi: nombres, fortunas, voces, rituales sociales, disquisiciones, contemplaciones, misticismos, quebrantos de amor, seres de carne y hueso. Y así, comprendemos que es posible rescatar también a los fantasmas de la escritura, como bien lo dice Michel de Certeau en su clásico estudio “la escritura de la historia”, cito: “Nuestros queridos muertos entran en el texto porque no pueden ni dañarnos ni hablarnos. Los fantasmas se meten en la escritura sólo cuando callan para siempre” / fin de cita.

Si bien son pues, los fantasmas los que callan, los libros superan la corruptibilidad del tiempo, y JDR en ésta ocasión, permanece hablándonos, susurrante a veces, pacienzudo; gritando otras, beligerante, permanece desde ese su escenario pasado, y aparentemente olvidado.

Todo esto resulta en JDR en puntos ineludibles de reflexión donde el lector no puede sino detenerse, no sólo a causa de la destreza literaria de Aguirre, sino en lo que quiso expresar entre líneas, más allá de las palabras que suponen un recojo de recuerdos trabajados con el cincel del esfuerzo de su memoria desde 1848 en que comienza a escribir hasta 1884 en que el manuscrito está listo para su publicación.

Uno de los principales recuerdos de Aguirre, y/o del coronel Juan de la Rosa, nos remite a unos espacios-momentos constitutivos antes de la fundación de la república donde resulta imposible pasar por alto aquel vacío en las almas, aquella “hambre social” que busca saciarse con un imaginario de nación, que sólo puede lograrse ejerciendo una búsqueda implacable de la tierra prometida, que no es sino la fundación de la nación boliviana.

Y en ello, Aguirre, insisto, y/o nuestro mestizo coronel Juan de la Rosa testigo de aquellas tempestades de cambio, coinciden con nosotros, nuevos hombres y nuevas mujeres de este siglo XXI que hemos vivido un proceso de reconfiguración de esta nación, desde una república envejecida hacia un nuevo estado de indigeneidad estatal.
Por tanto, como los personajes de Juan de la Rosa, somos testigos de nuestro tiempo. También como Aguirre, somos pues testigos dinámicos, ejerciendo un atestiguamiento perfecto de los hechos, testimonios, memorias e ideas, a través de la observación y de la escritura. Y sobre esta también es preciso dejar por sentado que no se escribe o se toma testimonio sólo porque sí. El oficio de escribir no es sólo una cuestión de tiempo, sino de manejar la dialéctica del explicar y el comprender, de sensibilidad, de responsabilidad histórica, porque sobre todo, existen libros que rompen las cadenas del tiempo.

Es el caso de la novela que nos ocupa hoy, que trasciende el concepto de “lo nacional” o de obra “fundacional”, pues sin importar que sea o no la primera novela boliviana- los investigadores literarios sostienen que no lo es1 -, Juan de la Rosa ha superado todos los órdenes corruptibles del tiempo, de su tiempo, y de nuestro tiempo. Para muestra, un botón:

Desde que el autor-personaje asegura que comenzó a escribir sus memorias, como dijimos, en 1848- al igual que José María Dalence, autor del famoso Bosquejo estadístico de Bolivia- a la primera edición de JDR en 1885 le siguieron muchísimas más, tanto en Bolivia, como en Europa a lo largo del siglo XX. En pleno siglo XXI, en 2014 acompaña a otras 14 obras fundamentales correspondiente a un precioso trabajo de reedición con el apoyo del ministerio de culturas, y que incluye la intervención de especialistas. Pues bien, esta nueva publicación, la que celebramos hoy, cumple con el cometido intrínseco, innegable, de todo proyecto de reedición: dejar constancia de un lugar literario.

Y es que el lugar de Juan de la Rosa en el universo novelístico boliviano es imperecedero y como esta bóveda hecha de cielo nítido que en esta noche nos cobija, no pasará.

Queda, por tanto, despojarnos de visiones puramente idílicas, y acercarnos más a la realidad ficcional de la literatura: repensar en nuestro mestizo coronel Juan de la Rosa, un hombre de transiciones, ser colonial y a la vez republicano, un hombre como todos, al albergue de sus luces y sus sombras. En fin, un hombre-personaje- que termina siendo, como el Quijote frente a Cervantes, siempre más “real” y más evidente y seductor, que su propio autor.
A guisa de conclusión, surgen ciertas aproximaciones a las respuestas planteadas, ya que en literatura nada es lo que parece. Las respuestas que siempre encontramos en aquel espacio interior de nuestros recuerdos, tal vez en la adolescencia colegial, en nuestro primer encuentro cara a cara con la lectura de Juan de la Rosa: veta profunda, siempre habrán nuevos temas en JDR, y de ello la creatividad debe dar cuenta.

Asimismo, quedan las historias confluidas, convergidas. JDR como la historia de una novela, la historia de una novela boliviana como tal, y también, la historia de su permanencia. Permanencia en las escuelas, en las bibliotecas, en los hogares, en las universidades, permanencia en la memoria. Por tanto, JDR se constituye en una doble historia, pues es una novela detrás de la historia de sí misma: es también la historia boliviana enmarcada dentro de sus hermosos, propios márgenes literarios.

Bolivia es pues, hoy por hoy, también, las novelas que somos nosotros. Una nación de novela porque novelas bolivianas que superan su tiempo como JDR nos abordan sorprendiéndonos con sus aires decimonónicos y sin embargo, a ratos tan nuestros y presentes, se dejan encontrar desde lo que re-significa hoy la identidad boliviana y también desde lo humanamente íntimo, pues esa comprensión permite que sea posible empujar apuntando hacia una mayor producción narrativa-intelectual, ya sea desde la academia, la revisión e investigación de la historia, la crítica literaria, el periodismo, o acaso desde lo creativamente literario. Y, lo más importante de todo: se nos permite asumir que las novelas nos permiten soñar.

Celebro con entusiasmo la nueva edición de Juan de la Rosa, también, a modo de expresión aliciente para proseguir escribiendo novelas bolivianas, que no son sólo libros, sino que son más bien ese espacio abismal, personal, y a la vez impersonal, porque al llegar a ser compartido con la sociedad, se nos permite también inventarnos, repensarnos y (de) construirnos cada día como escritores y lectores, como actores sociales, como humanos y ciudadanos, y principalmente como seres construidos con ojos y huesos, pero también construidos con papel, y con tinta.

Y he aquí también, dejar en la mesa de trabajo y en forma de enhorabuena una consigna: no cansarnos de leer (a) Bolivia, no cansarnos de aquellos nobles materiales de los sueños con los cuales se construyen las novelas: wayra pacha, en quechua, pacha samanapa en aymara, karamboe oasa vae en guaraní, el aire del tiempo, en español. El aire de los tiempos, y la pluma, y el papel, y la tinta.

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Rosario Barahona Michel

(Sucre, 1974) es la reciente ganadora del Premio Nacional de Novela en su catorceava versión. Realizó sus estudios de narrativa en la Universidad Andina Simón Bolívar, publicó cuentos y reflexiones en el suplemento cultural Puño y Letra del Diario Correo del Sur de Sucre. Fue finalista del Premio Nacional de Novela el 2004 con su novela Huésped que fue publicada por editorial Pasanaku. Ella, asimismo, fue finalista de la V versión del Concurso Plurinacional de cuento “Adela Zamudio”.