Tejer la unidad práctica entre deseos revolucionarios y conciencia colectiva de lo que es posible

Revolución y proceso constituyente

Álvaro García Linera
Publicado en Septiembre 2019 en La Migraña 32
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En cierta medida, la historia de las sociedades se asemeja al movimiento y formación de las capas tectónicas de los continentes. En apariencia, la superficie continental que pisamos a diario se muestra estable y hasta estática, quieta, pero internamente, debajo de ella hay potentes flujos de lava incandescente que ponen en movimiento continuo a los continentes, los desplazan silenciosamente; y allí donde una masa continental empuja a otra, pueden visibilizarse fisuras, sismos y terremotos temporales, aunque se mantiene la fisonomía general continental y la predominante estabilidad de la superficie. Sin embargo, existen momentos de la vida terrestre en los que las poderosísimas fuerzas interiores de la lava incandescente estallan, rompen la capa externa de la tierra y brotan intempestivamente como mineral y roca fundidos que arrasan todo a su paso. Esa materia en estado ígneo, ardiente, se desborda por la superficie terráquea como un incontrolable caballo de fuego puro; pero a medida que su fuerza volcánica se enfría, la lava se solidifica, y lo hace modificando drásticamente la fisonomía de la tierra, las características de los continentes y la propia topografía de la superficie terrestre.

Las sociedades también son así. La mayor parte del tiempo se presenta como una compleja superficie relativamente tranquila y regulada por las relaciones de dominación. Existen conflictos, hay tensiones continuas y movimiento, pero son regularizados y subsumidos por las relaciones de poder prevalecientes. Sin embargo, debajo de estas relaciones de poder predominantes, existen intensos flujos de fuerzas, de luchas de clases, de acumulaciones culturales internas que son los fuegos sociales internos que le dan movimiento a la sociedad, pero que no son visibles; es decir, permanecen subterráneos o están sumergidos en la profundidad de las estructuras colectivas nacionalitarias y de clases.

No obstante, existen momentos precisos de la historia, fechables, en los que la superficie externa de la sociedad, la capa superior de las relaciones de dominación, se resquebraja, tiembla. Y no solo se resquebraja, sino que se parte, se quiebra porque fuerzas interiores emergen como lava volcánica. Se trata de las luchas sociales, los movimientos sociales emancipativos, que rompiendo décadas o siglos de silencio, se rebelan contra el orden establecido, se reagrupan subterráneamente, vencen dificultades, temores, represalias, prejuicios y se levantan contra todo lo existente. Es el fuego creador de la lava volcánica, la capacidad creativa de la multitud en acción que desborda los dispositivos construidos en décadas y siglos de dominación, los arrasa a su paso desmontando los dispositivos de mando existentes e impone la huella de su presencia colectiva como nación, como clase, como colectividad social en estado de fusión, es decir, en estado de democracia absoluta.

Estas explosiones volcánicas de “lava social” son las revoluciones y emergen desde abajo, desde las fuerzas y capacidades más íntimas tejidas a lo largo de muchos años, que se abren contra todas las “lozas” de sumisión acumuladas en el tiempo, que de pronto no pueden detener la insurgencia social y son rebasadas, arrasadas de la superficie social por un flujo de iniciativas, voces y acciones colectivas que se sobreponen a todo. Es el momento fluido de la acción colectiva; el momento en que la sociedad no es ni superficie ni institución o norma: es flujo colectivo, creatividad ilimitada de las personas; es el momento en que la sociedad se construye a sí misma, sin externalidades ni sustitutos. La revolución es el momento plebeyo de la historia, el momento autopoético —si se quiere— en el que la sociedad en su conjunto se siente con capacidad de autocrearse y de autodeterminarse.

Mientras dura la revolución, la sociedad es movimiento creativo en estado ígneo, es decir que ni bien sus decisiones comienzan a cosificarse, a institucionalizarse, unas nuevas iniciativas colectivas se sobreponen para mantener el flujo colectivo en acción. Es como la lava volcánica que cuando se enfría y comienza a solidificarse, nuevamente se vuelve a fundir por el ímpetu de más flujo de materia incandescente que continúa su paso. Las instituciones y las relaciones dominantes son precisamente eso: el resultado de antiguas luchas y flujos sociales en estado ígneo (Marx le llamaba a esto “trabajo vivo”), que con el tiempo se han estabilizado (enfriado) como relaciones sociales, instituciones, juicios y prejuicios socialmente predominantes. Ese es el momento de la solidificación del flujo social (Marx le llamaba a esto “trabajo muerto”). La forma estatal es fruto de antiguas luchas, antiguas capacidades y limitaciones en estado fluido de la sociedad, que al “enfriarse”, al solidificarse, se institucionalizan y dejan como la huella histórica viva de su potencia y de sus límites, a las estructuras estatales y económicas que regirán y regularán la sociedad bajo la forma de relaciones de poder y dominación durante las siguientes décadas, hasta un nuevo estallido.

Pero mientras la revolución está en pie, es como si todo lo sólido se volviera líquido; pues ni bien está institucionalizándose alguna relación social, inmediatamente vuelve a ser rebasada por una nueva acción colectiva en flujo, que vuelve a sobreponer el “trabajo vivo”, el hacer en marcha, por encima del “trabajo muerto”, de las relaciones sociales solidificadas y, a la larga, enajenadas como relaciones de poder.

El momento plebeyo de la sociedad, es decir, la revolución, es pues la sociedad en estado de multitud fluida, autorganizada, que se asume a sí misma como sujeto de su propio destino; es el momento de conocimiento social sobre sí, sobre sus capacidades, posibilidades y hasta cierto punto sobre sus límites, y a partir de ello su proyección como destino, como sueño compartido, como proyecto colectivo. Al final, cuando la revolución ha hecho brotar la energía vital contenida de la sociedad y da paso a la solidificación de las cosas, a la institucionalización y la regularidad de las relaciones sociales, lo que queda es la correlación de fuerzas del proceso revolucionario hecha ley y derecho colectivo, orden socialmente aceptado del mundo social. Por eso, aunque las revoluciones duren en su explosión vital poco tiempo en comparación con el resto de la vida institucional y regular de la sociedad, son ellas las que en realidad la moldean, las que diseñan las estructuras sociales y las topografías institucionales.

De la misma manera en la que los volcanes y las grandes explosiones tectónicas (que son en principio lava fluida que se mueve como montañas) cuando se enfrían y se solidifican, esculpen el nuevo escenario de cordilleras, valles y montañas que caracteriza la superficie por un largo tiempo; el momento plebeyo, revolucionario, igualmente desborda el orden establecido, las leyes y normas del viejo régimen; las disuelve ante la fuerza de la multitud en acción, y luego, una vez pasada la cresta de la ola revolucionaria, comienza a cristalizar, a objetivar, a materializar las relaciones de fuerzas que se manifestaron durante el proceso revolucionario, dando lugar al nuevo orden social dominante, a las nuevas complicidades morales entre gobernantes y gobernados, a las nuevas estructuras sociales. Las audacias y retrocesos, los acuerdos e iniciativas que se desplegaron en el momento revolucionario ahora se institucionalizan, se legalizan, se materializan y objetivan como normas, procedimientos, hábitos, juicios y sentido común colectivo que habrá de regular la vida de la sociedad por un largo tiempo, hasta que una nueva explosión revolucionaria se lleve por delante lo construido previamente. Estas estructuras sociales constituidas, si bien siguen siendo relaciones y por tanto flujos sociales, ya no tienen ni la velocidad de fluidez ni la volatilidad del momento ígneo de la revolución. Son relaciones con fluidez lenta y hasta cierto punto regulable, y, en ese sentido, en constante proceso de solidificación.

Ya sea como fluidez ígnea, o como solidificación institucional, las revoluciones marcan la arquitectura duradera de las sociedades. Si triunfan y logran mantenerse por un largo tiempo, o aun cuando se quedan a medias o son derrotadas, lo que queda como relación social visible, estable y dominante es lo que la revolución pudo lograr, tuvo que ceder o tuvo que abdicar. Ese es, por excelencia, el papel creativo que tienen todas las revoluciones en la sociedad, y por eso no es erróneo señalarlas como momentos fundadores de las estructuras sociales duraderas.

La suma virtuosa entre multitud en acción (la revolución propiamente dicha) y el momento de solidificación organizada de las estructuras de poder social es el proceso constituyente. Y como su nombre lo indica, el proceso constituyente es el periodo histórico en el que la sociedad tiene el poder de ir constituyendo, construyendo y formando lo que luego será asumido como lo constituido, lo estructurado, lo hecho. El proceso constituyente es pues el ensamble consciente, el puente entre lo fluido y lo sólido, entre el momento ígneo de la acción revolucionaria de la multitud y el proceso de construcción práctica y consciente de la nueva institucionalidad, de los nuevos derechos colectivos susceptibles de cobijar la correlación de fuerzas abierta por la revolución. Por lo general esta objetivación de la correlación de fuerzas se da como estructura estatal.

El proceso constituyente, al unir acción colectiva en estado de fluidez y comprensión objetiva de la necesaria materialización de esa acción, es la fusión práctica entre sueño y realidad revolucionaria, entre lo deseable y lo posible. Es la unidad práctica entre la grandeza de los deseos revolucionarios que emergen de la multitud en acción, y la conciencia colectiva de lo que es posible construir ahora, con las fuerzas y capacidades existentes. El proceso constituyente es revolución y construcción simultánea de las nuevas relaciones de poder como Estado y sociedad civil organizada; es la unidad de dos contrarios mutuamente necesarios: la heroicidad de la disolución de las estructuras de poder, junto a la necesidad de objetivar las nuevas relaciones de poder. En cierta medida, el proceso constituyente es la revolución misma vista en términos más amplios e históricos como el desmontamiento de las relaciones de dominación existentes y como la construcción institucional de las nuevas relaciones. En ello se mezcla la proeza del flujo social que lo transforma todo a su paso, incluso el mismo flujo social (la revolución en el sentido restringido del término) y la “conciencia desdichada” (Hegel) sobre la necesidad de construir un nuevo andamiaje de poder, que será al final lo que quede visible en la superficie social una vez que pase el gran ascenso de la multitud y llegue el reflujo de masas.

El proceso constituyente en Bolivia se inicia el año 2000, con el gran estallido de la guerra del Agua en Cochabamba, cuya virtud será la constitución de la multitud en acción mediante la fusión de las clases campesinas, medias, obreras y populares urbanas en un único sujeto de movilización antineoliberal. Así se iniciará la dimensión antineoliberal del proceso revolucionario contemporáneo. En septiembre del 2000, el bloqueo de caminos indígena-campesino en el Chapare sumado a la impronta indígena-aymara, a través de la ocupación del territorio y construcción discursiva de gobierno indígena, le dará liderazgo al bloque histórico de la revolución y abrirá la segunda dimensión del proceso revolucionario, la dimensión anticolonial. La revolución boliviana del siglo XXI se iniciará como desmontamiento de las estructuras de dominación de corta duración del neoliberalismo (abril del 2000), y casi inmediatamente se radicalizará como desmontamiento de las estructuras de dominación de larga duración del colonialismo (septiembre del 2000). Ahí ya se comenzará a escribir de manera colectiva la gramática del nuevo poder: Asamblea Constituyente, nacionalización de las riquezas naturales, gobierno indígena-popular.

En los siguientes meses, la revolución adquirirá extensión territorial al poner en movimiento a clases sociales y movimientos indígenas de otras regiones; paralizará la presencia militar en territorios (el cuartel indígena aymara de Q´ala Chaca del 2001), adquirirá potencialidad insurreccional urbana (huelga general y huida de Sánchez de Lozada el 2003), derrotará aprestos golpistas (junio y octubre del 2005) hasta culminar con la rebelión indígena-popular del voto al elegir al primer presidente indígena de la historia republicana (diciembre del 2005). La revolución adquirirá el contenido de una revolución democrática-cultural, democrática-descolonizadora. Los indígenas se afirmarán como mayoría demográfica y mayoría política, en el doble sentido del término: electoralmente como mayoría autorrepresentada a través de sus organizaciones, y como núcleo articulador y discursivo de lo nacional-popular, de un bloque histórico revolucionario con voluntad de poder. Serán los momentos fluidos de la multitud en acción, de la revolución como explosión de acción colectiva en estado ígneo.

A partir de este momento, el proceso constituyente comenzará a mostrar un segundo contenido articulado al inicial, al de la multitud en acción, al de la revolución en sentido restringido, pero cada vez más sobrepuesto a este: la construcción-consolidación de las nuevas relaciones de poder indígena-populares como Estado Plurinacional. Se nacionalizará la cadena hidrocarburífera, asegurando la base material de la soberanía y el proceso revolucionario; se ampliará la nacionalización a otras empresas (Huanuni, Vinto, ENTEL); se derrotarán los sabotajes económicos (corralitos bancarios, boicot empresarial en el abastecimiento de carne, aceite, harina); se ampliarán los derechos sociales (Bono Juancito Pinto, Renta Dignidad, derechos laborales, etc.) y, en medio de ello, se convocará a la Asamblea Constituyente.

En toda la historia de Bolivia como Estado, con excepción de la Asamblea Constituyente de 1825, que dio inicio a la República de la mano de los realistas recientemente conversos, todas las Asambleas Constituyentes no habían sido fruto de procesos constituyentes. Al contrario, fueron convocadas en momentos de reflujo social, para convalidar, reafirmar o profundizar más aún las viejas estructuras de poder. En sentido estricto, no fueron constituyentes, es decir, constitutivas de un nuevo orden estatal emergente de una revolución.; fueron Asambleas convocadas para reafirmar y precisar el viejo poder estatal, y por ello fueron simplemente grupos de redacción de las Constituciones Políticas del Estado. En cambio, la Asamblea Constituyente del 2006-2008 es una Asamblea surgida en medio del proceso constituyente, fruto de una revolución social en marcha, y por tanto una Asamblea Constituyente revolucionaria, que la hace totalmente distinta a sus predecesoras.

Al emerger en pleno proceso constituyente, lleva la huella de la multitud en acción, de la acción colectiva del nuevo bloque social revolucionario indígena-popular. No solo es el cumplimiento del programa revolucionario de los sublevados desde el 2000, sino que lleva la voluntad nacional-estatal del movimiento indígena; y su composición social reflejará la mayoría política, hegemónica del bloque indígena-popular. Obreros, campesinos e indígenas de tierras altas y tierras bajas, vecinos, albañiles, mujeres, jóvenes, anteriormente excluidos de los niveles de deliberación y de decisión política, ahora entrarán a la Constituyente de la mano del voto organizado de los movimientos sociales insurgentes y compartirán la deliberación con profesionales, empresarios, ganaderos, hacendados. Tal será la insolencia revolucionaria de la plebe victoriosa del 2006, que una persona que representa directamente la exclusión social (indígena, campesina y mujer), Silvia Lazarte, será quien asumirá la presidencia de la Asamblea Constituyente.

Como no había sucedido desde la guerra del Chaco, que hasta cierto punto había logrado una democratización negativa (a saber, la muerte como destino común), la Asamblea Constituyente reunirá a representantes de toda la diversidad social y nacionalidad de Bolivia. De esta manera, no solo tendrá por mandato el revolucionar las estructuras del Estado, sino que ella misma era en sí ya una revolución de la representación social. Nunca antes los indígenas habían sido llamados a redactar la Constitución del Estado, pese a ser desde siempre dueños del territorio y la mayoría de la población del país. Y ahora no solamente eran la mayoría en la Constituyente, sino que además encarnaban un proyecto de país y de Estado, ocupando espacios que les fueron rabiosamente negados durante siglos; en sí misma la presencia mayoritaria indígena-popular en la Asamblea Constituyente era un programa de poder y de descolonización.

Claro, la sola presencia del bloque indígena-popular en la Asamblea era ya un revés al racismo estatal republicano que durante siglos había privatizado y pigmentado el poder político. Pero lo más importante, el que este bloque mayoritario sea el que la convoque habla no solo de una voluntad de poder estatal —algo inimaginable desde la rebelión de Katari y de Willka—, sino de una voluntad hegemónica, es decir, dirigente de la sociedad, porque la Constituyente es una convocatoria a los que son diferentes a uno, a articular y ensamblar intereses sectoriales en un marco de convivencia aceptada por los demás. Esta convocatoria unificante de la sociedad está llamada a redefinir a Bolivia como un espacio común perteneciente a todos, a establecer qué se entenderá por los bienes comunes de todos los que somos bolivianos, y a acordar las diferencias colectivas que serán aceptadas y respetadas por todos, en el marco del techo común que nos cobija, será lo que colocará al convocante —en este caso al bloque indígena-popular-obrero— en la posición de liderazgo moral, intelectual y organizador de la sociedad boliviana.

Si bien la idea de una Asamblea Constituyente se comenzó a mencionar a fines de los años 80 en los medios periodísticos, y a principios de los 90 por parte de la dirigencia indígena de tierras bajas, ella deviene en proyecto político de poder estatal únicamente desde el momento en que se encarna en la movilización revolucionaria de la sociedad. Eso sucedió el año 2000, y por las características del momento histórico revolucionario en que emergerá como sentido común de la sociedad sublevada, ya no se tratará de una petición para la inclusión de los sectores subalternos en el Estado, como lo fue antes. Ahora será un proyecto de construcción de un nuevo Estado dirigido por el pueblo, y con tal madurez colectiva, que incluso a los detentadores del viejo poder decadente se los convocará a ser partícipes de esa nueva construcción liderizada por el bloque indígena-popular.

Estamos frente a la narrativa de una grandeza histórica, o mejor, de una madurez para acceder al poder. El movimiento social en ebullición bien podía haber convocado y derivado en una guerra civil: de hecho, hubo sectores radicalizados del movimiento indígena que se prepararon para ello. Pero entonces ya no se estaba ante una construcción de hegemonía política en el sentido gramsciano, sino de confrontación dirimitoria del poder. El problema no era la confrontación en sí misma, sino el que se llegara a ella como punto de partida y no como punto de llegada obligado e impuesto por las fuerzas contrarrevolucionarias; lo que le otorgaba al bloque popular, que se veía en la necesidad de defenderse de la agresión, la legitimidad histórica y la fortaleza movilizadora de la patria y del pueblo en su conjunto en contra de los violentos enemigos.

Al plantear la Asamblea Constituyente, el bloque revolucionario asumía la iniciativa histórica y se colocaba por encima del bloque conservador empresarial-terrateniente, articulado en torno a la llamada “media luna”. En verdad, la Asamblea era un cerco histórico-político revolucionario en contra del bloque conservador. Si ellos la aceptaban, en medio del proceso de ascenso de masas, era claro que iban a convertirse en minoría electoral y también en minoría subordinada a la iniciativa política de unificación social conducida por el bloque indígena-popular. Y si la rechazaban, optando por la violencia reaccionaria, esa violencia estaría deslegitimada de antemano por carecer de apoyo social, y podía llevarla a una derrota militar catastrófica en la que las clases poseedoras lo perderían todo. Las condiciones históricas habían prosperado de tal manera que aceptando o rechazando la Asamblea Constituyente, el bloque conservador igual estaba a la defensiva estratégica que, dependiendo solamente del tipo de errores que pudiera cometer, se podía convertir en una retirada ordenada o en una derrota histórica en toda la línea, que es lo que a la larga sucederá.

El año 2006, las fuerzas de la derecha conservadora entraron a la Asamblea Constituyente abatidas moralmente porque carecían de iniciativa política. Inicialmente, tantearon la posibilidad de revertir su situación a través de maniobras electorales y alianzas postelectorales. Y cuando estas posibilidades se desvanecieron, optaron en conjunto por sabotear la Constituyente. Primero fue el tema del debate sobre el Reglamento y acerca de si la Asamblea era o no “originaria”, es decir, si debía sobreponerse a todos los poderes constituidos —¡como si el tema del poder fuera un tema que se resolviera con resoluciones!—. Algunos compañeros despistados se sumaron a esa trampa de empantanamiento que comenzó a agotar prematuramente el tiempo de trabajo. El poder estatal de momento estaba en manos del Ejecutivo y los movimientos sociales, y el cuestionamiento de esta realidad solo le hacía juego a la derecha que veía con agrado la posibilidad de desencuentro entre este (Poder Ejecutivo) y la Constituyente. Al final, el sentido de realidad se impuso, pero ya habían pasado meses sin un solo artículo constitucional debatido. Pese a todo ello, las mesas de trabajo territoriales se pudieron realizar, y sumadas a la propuesta de texto constitucional del Pacto de Unidad y a los propios debates políticos del presidente Evo, del gobierno con las organizaciones sociales, servirán de guía y crearán la masa crítica de ideas que comenzarán a ser redactadas por las 21 Comisiones de la Asamblea como base del nuevo texto constitucional.

Ya en pleno trabajo de las Comisiones para redactar borradores temáticos del texto constitucional, aparecerá el tema de la llamada “capitalidad”, es decir, de la sede de los poderes del Estado. Removiendo las heridas de una guerra civil de hace más de 100 años atrás entre conservadores y federalistas que enfrentó a los departamentos de La Paz y Chuquisaca, se buscó poner a la población sucrense en contra de la Asamblea, por su reticencia a tratar el tema del traslado de la sede de los poderes del Estado. Y lo lograron. Atizando fuegos regionalistas, el bloque empresarial-hacendal de la “media luna” movilizó recursos económicos, cadenas televisivas y grupos de choque para impedir cualquier acuerdo. En una de las páginas más tristes del racismo, constituyentes indígenas-campesinos fueron perseguidos, escupidos, agredidos y hasta secuestrados. El llevar pollera o poncho se convirtió en objeto de escarnio. Todo lo que visibilizara a lo indígena y a lo popular fue maltratado por grupos de estudiantes de la Universidad pública, que asumieron la defensa del bloque contrarrevolucionario del viejo Estado racista. Las Comisiones de la Constituyente avanzaron de manera sacrificada ante la amenaza constante de agresivas pandillas de derecha. Poco a poco y pese a este estado de terror en contra de la Asamblea, su trabajo fue perfilando el borrador de una nueva Constitución revolucionaria. La derecha apostó con todas sus fuerzas al fracaso de la Constituyente y a la desaprobación de cualquier texto constitucional. Con miles de obstáculos agotó el tiempo de la Asamblea y con ataques violentos impidió que sesionara para ensamblar el texto constitucional. Y cuando ni lo uno ni lo otro bastó, desde noviembre del 2007 mandó a atacar violentamente su sede, a quemar y saquear sus archivos y a cerrarla definitivamente.

El Congreso Nacional en la ciudad de La Paz, en el que las fuerzas populares no tenían mayoría, tuvo que promover unas sesiones extraordinarias en medio de movilizaciones sociales indígena-campesinas para lograr una ampliación del tiempo de debates de la Asamblea Constituyente, en el lugar que estableciera la presidencia de la Asamblea. Apoyada en esta modificación —lograda con base en la movilización social— la Constituyente convocará a sesión en las afueras de Sucre y será inmediatamente atacada, poniéndose en riesgo la vida de los constituyentes. En un operativo militar, estos serán evacuados por la noche, teniendo que caminar decenas de kilómetros antes de ser recogidos por delegaciones de comunidades indígenas que los rescataron y los pusieron a salvo.

La Constituyente se sobrepuso a este ataque y la culminación del texto constitucional fue posible. El 9 de diciembre del 2007, en Oruro, se aprobará una propuesta de texto constitucional para la aprobación de la ciudadanía mediante referéndum, tal como establecía la Ley de Convocatoria a la Asamblea Constituyente. Pero ello sucederá en medio de violentos ataques de las fuerzas conservadoras en contra del Gobierno y la Asamblea. Así como la derecha había hecho todo lo posible para que la Constituyente no trabaje, tampoco iba a permitir que se apruebe una nueva Constitución. La decisión de sus representantes había sido clara: no debía haber una nueva Constitución. Así nos lo hará conocer en las siguientes semanas el máximo financiador y articulador del bloque hacendal-empresarial, Branco Marinkovic.

La derecha derrotada en la representación en la Asamblea, en las ideas fuerza organizadoras de la vida estatal, en los intentos de cierre trágico de la Constituyente, optará por el golpe de Estado. Promoverá un tipo de “dualidad de poderes” en cinco de los nueve departamentos del país, inicialmente mediante un referéndum sobre autonomías (mayo del 2008), en franco desconocimiento del Congreso Nacional, única instancia capaz de hacer una convocatoria sobre temas de división político-administrativa del Estado. Y luego, preparará la toma violenta de instalaciones estatales, la destrucción de la infraestructura productiva que abastece a las zonas de occidente y preparará un Gobierno de facto paralelo en esas regiones (septiembre del 2008).

La derecha caía en el cerco político táctico, antesala de su derrota político-militar histórica. Sin un proyecto alternativo de poder que no fuera la restauración del decrépito régimen neoliberal y del viejo Estado estamental, el bloque hacendal-empresarial renunció al armisticio político de una nueva Constitución y optó por la violencia a través de la toma de instituciones, quema de edificios públicos, desarme de tropa policial, militar y asesinato de campesinos en el departamento de Pando. El uso de la violencia sin legitimidad lo aisló de su base social. Los crímenes horrorizaron a la opinión pública; la comunidad internacional rechazó inmediatamente el golpe; las fuerzas armadas desplazaron sus tropas a las regiones tomadas y los movimientos sociales de todo el país iniciaron una caminata masiva hacia Santa Cruz. Ese será el “punto de bifurcación” o momento robespierano del proceso constituyente en el que la configuración estatal se dirimirá mediante la conflagración de la fuerza desnuda de los bloques sociales. O bien se regresa al viejo Estado neoliberal mediante la victoria militar, o bien se consolida el Estado Plurinacional. La derecha optará por la rendición y retirada, y con ello el nuevo Estado se consolidará y la Constituyente podrá proseguir la última fase de su trabajo.

En medio de la abdicación política del bloque conservador, el Congreso Nacional asumirá tareas de corrección del texto constitucional. De hecho, ya los constituyentes habían previsto la posibilidad de enmiendas al proyecto de Constitución. En la sesión plenaria de Oruro, los constituyentes radicalizaron las partes de su redacción, que posteriormente debían ser modificadas como fruto de las negociaciones con el bloque conservador. Esta tarea la asumirá el Congreso Nacional, que por unos días tomará el relevo a la Asamblea Constituyente, y en medio de una multitudinaria marcha popular encabezada por el presidente Evo y las organizaciones indígenas, campesinas, obreras, vecinales del país que llegarán desde Caracollo, terminará las correcciones del texto constitucional incorporando —de manera subordinada— los derechos y miradas del bloque conservador.

Los constituyentes y el movimiento social habían asumido desde el principio a la Asamblea Constituyente y la nueva Constitución no como el lugar de la rendición del bloque opositor —eso no se hace en una Constituyente sino en una guerra civil—, sino como un proyecto popular de poder (septiembre del 2000), como un escenario de acuerdos, armisticios sociales y articulación de un nuevo Estado a partir del eje dirigente del bloque indígena-obrero-popular. Es decir, la mirada dirigente que sobre la sociedad proyectó el bloque revolucionario, involucraba la articulación subordinada del resto de las clases sociales, incluidas las opositoras. Se trataba y se trata de un sólido proyecto de poder, entendido como liderazgo intelectual y conducción organizativa del bloque indígena-popular sobre todas las demás clases sociales.

De esta manera, en tres meses, el bloque revolucionario obtendrá tres victorias históricas. La primera, la victoria electoral del Referéndum Revocatorio de agosto del 2008, donde el presidente Evo obtendrá el 67 % de los votos. La segunda, la victoria militar en septiembre, mediante la derrota del golpe cívico prefectural de la “media luna” y la expulsión del embajador norteamericano. Y la tercera, la victoria política en octubre con la aprobación definitiva del texto constitucional, tras la votación congresal, por dos tercios de votos, que se logrará con el apoyo de parte del bloque conservador en desbandada que admitirá su repliegue histórico de la conducción del Estado y la economía, a cambio de la preservación de una parte limitada y estatalmente controlada de sus actividades económicas.

Finalmente, la nueva Constitución será aprobada en Referéndum —el primer Referéndum sobre una Constitución— el 25 de enero del 2009. Pero esto no necesariamente cierra el momento constituyente de la sociedad. Las reiteradas oleadas de movilización social de los años 2010-2012 hablan de un latente, aunque decreciente proceso de movilización estratégica de la sociedad. Sin embargo, a diferencia de las movilizaciones que anteriormente desbordaban las estructuras del Estado, hoy las acciones colectivas tienen como misión la búsqueda del mayor enraizamiento democrático del Estado y la ampliación de su capacidad redistributiva de la riqueza estatalmente generada. Es decir, no cuestionan la naturaleza social del Estado, sino que plantean su expansión.

La gran virtud con la que nació la Asamblea Constituyente de la mano de los movimientos sociales —que ha quedado plasmada en el texto constitucional— es que la nueva Constitución no solo es la arquitectura institucional del nuevo Estado Plurinacional en construcción, sino que es además un horizonte de época. Contiene los paradigmas estructurales de toda una época histórica que acaba de nacer, alrededor de los cuales la intelectualidad, los dirigentes sociales, las naciones indígenas, las clases sociales populares, los empresarios, la sociedad civil, organizan sus expectativas colectivas, su cotidianidad y sus esperanzas e incluso la impotencia de sus rechazos.

Ese horizonte de época abierto por la nueva Constitución tiene tres paradigmas actualmente insuperables: la plurinacionalidad; la economía plural con eje central estatal; y la autonomía como desconcentración territorial del poder del Estado. Estos paradigmas societales son tan fuertes, que todo el campo político y el campo intelectual gira alrededor del trípode que conforman. Parafraseando a Sartre, podemos decir que el proyecto de sociedad presente en la nueva Constitución es por hoy, el “horizonte insuperable de nuestro tiempo”.

Hoy no existe un proyecto alternativo de sociedad, de economía y de Estado, al margen del que está definido en el nuevo texto constitucional. Seguramente de un tiempo para acá, eso cambiará. Pero ese momento aún no se ve cercano. Por un largo tiempo, la sociedad seguirá debatiendo sobre la aplicación de la Constitución, sobre si se radicaliza o atenúa la plurinacionalidad, la autonomía o la economía plural; los parámetros del debate seguirán siendo la aplicación de ese horizonte abierto por la Constitución. He ahí su fuerza histórica y su riqueza.

En la medida en que la Asamblea Constituyente emergió en pleno proceso constituyente, los asambleístas fueron un colectivo privilegiado del intelectual social general de la sociedad en estado revolucionario. Y si bien la nueva Constitución recoge la síntesis de las fuerzas colectivas de la época; los debates de la Asamblea, de las Comisiones y los textos inconclusos muestran a ese gran laboratorio social en pleno proceso de construcción de este horizonte de época llamado Constitución.

Los debates internos de la Asamblea Constituyente muestran cómo se desplegaron las fuerzas sociales, conservadoras, conciliadoras y revolucionarias bajo la forma de discursos, razones, propuestas y narrativas argumentales. En las construcciones discursivas se puede ver la intensidad de la época constituyente, la lucidez de las clases y naciones indígenas emergentes, la defensiva y enceguecimiento de las clases conservadoras en repliegue.

En fin, en estas páginas que recogen lo que hemos podido recopilar de los debates de la Comisiones, plenarias y encuentros territoriales de la Asamblea Constituyente, está toda la elocuencia de una época revolucionaria y el cómo se fueron tejiendo, idea tras idea, los nuevos paradigmas sociales que hoy impulsan la construcción del Estado Plurinacional.

El valor de esta documentación es doble. Por una parte, porque brinda los antecedentes y las connotaciones de las categorías que utilizó el constituyente al momento de redactar la Constitución; por tanto, su valor legal para el trabajo de la Asamblea Legislativa Plurinacional y de las propias interpretaciones del Tribunal Constitucional Plurinacional es decisivo. Y en segundo lugar, porque permite entender de manera diáfana cómo es que en cada artículo y palabra del nuevo texto constitucional se condensan específicas correlaciones de fuerzas, intereses de clase, necesidades colectivas y determinadas expectativas compartidas. Los debates permiten apreciar cómo es que en política cada texto es una condensación discursiva de relaciones sociales materiales, de luchas sociales.

Si decimos que la Constitución es un texto vivo, eso significa que es síntesis de múltiples determinaciones, de diagramas de flujos de fuerzas cuya jerarquía y correlación se objetivaron para darle vida. En este caso, en cada trazo constitucional se puede ver la predominancia indígena-popular, su fuerza, sus acuerdos, y también sus retrocesos resultantes de la correlación de fuerzas sociales que se tenía en el contexto nacional. Y por eso, cada artículo y palabra constitucional emergente de esas luchas sociales discursivas son también herramientas de nuevas luchas sociales bajo la forma de discursos movilizadores y de narrativas performativas que tarde o temprano tendrán efecto sobre la acción colectiva.

Las verdaderas constituciones, a la vez que resumen la correlación de fuerzas históricas logradas en los momentos revolucionarios, son simultáneamente impulsos a nuevos posibles momentos revolucionarios. Las constituciones hechas en tiempos revolucionarios son resultado del movimiento social en estado ígneo y llevan internamente el fuego vivo, candente de ese momento fundador de la sociedad, que podrá volver a despertarse en algún otro momento histórico.

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Álvaro García Linera

Nació en Cochabamba-Bolivia. Fue a estudiar la carrera de Matemáticas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). A su regreso a Bolivia se dedicó a la organización y aporte ideológico en el Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK), conciliando la teoría indianista con el marxismo y generando una praxis revolucionaria-comunitaria.

En 1992 fue encarcelado durante cinco años; en 1997 sale de prisión por no haber sentencia en su contra. Dictó cátedra en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y otras universidades.

En el año 2005 fue invitado por el Presidente Evo Morales como Vicepresidente para las elecciones en las que obtuvieron un triunfo histórico. Actualmente es Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia.

Entre algunas de sus publicaciones destacan: De demonios escondidos y momentos de revolución. Marx y la revolución social en las extremidades del cuerpo capitalista (1991); Forma valor y forma comunidad (1995, 2009); Reproletarización. Nueva clase obrera y desarrollo del capital industrial en Bolivia (1952-1998) (1999); Sociología de los movimientos sociales en Bolivia (2004); La potencia plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia (2008); Las tensiones creativas de la revolución. La quinta fase del Proceso de Cambio (2011); El “oenegismo”, enfermedad infantil del derechismo (2011); Geopolítica de la Amazonía, poder hacendal patrimonial y acumulación capitalista (2012); Identidad Boliviana. Nación, mestizaje y plurinacionalidad (2014); La condición obrera en Bolivia. Siglo XX (2014), Las vías abiertas de América Latina (2017), ¿Qué es una revolución? De la Revolución Rusa de 1917 a la revolución de nuestros tiempos (2017).


Nota: Presentación de la Enciclopedia Histórica Documental del Proceso Constituyente Boliviano, editada por la Vicepresidencia del Estado Plurinacional del Estado. 2012.