Sobre el habitar femenino en un cuerpo violentado

Patricia Romero Arce
Publicado en febrero 2017 en La Migraña 20
Rounded image

Así, a manera de sumatoria ascendente, el violentómetro dibuja la experiencia de la violencia de género a partir de algunas de sus expresiones más significativas; desde las que son en apariencia más inofensivas, hasta las más crueles e inhumanas.

Sin duda, las violencias se entretejen unas con otras, se enmarañan, se mezclan, se determinan entre sí, creando a un sujeto desde la configuración de su subjetividad. La violencia o las violencias vienen a participar, de manera contundente, en la arquitectura de la subjetividad, la situación de maltrato vivenciada por cada una de las mujeres y es decodificada a partir de un mundo interno personal, desde donde se construye la interpretación de su realidad, la construcción de su mundo y de su vida propia. La subjetividad constituye los puntos de vista particulares que sostienen a cada individuo, desde donde es vivenciada y sufrida la violencia, desde donde se habita un cuerpo.

El texto se propone un horizonte comprensivo que, a manera de aproximaciones conceptuales y narrativas, resultado de un ejercicio dialógico reflexivo con mujeres que vivieron o viven una situación de violencia, pretende orientar sobre la línea que circunda el fenómeno de la violencia como una experiencia vivencial, a un mismo tiempo singular e irrepetible, pero también colectivo y social rescatado desde la memoria, donde esas pequeñas verdades surgidas de la experiencia guían en camino de muchas mujeres en situación de violencia.

¿Cómo habitamos un cuerpo y un mundo que se ha vuelto extraño y ajeno por la dolorosa experiencia de la violencia?

Ese ocupar, ese anidar en un cuerpo nos remite irremediablemente a un discreto silencio de reminiscencias escondidas que no dejan de gritar callando en la intimidad. Podemos entonces quizás iniciar acercándonos a los registros de la memoria mediante la recreación y reelaboración de esa experiencia dolorosa que devela la instalación y el entreteje de la violencia justo en su cuerpo, en su conciencia y en su corazón, pero también en su lenguaje, en sus palabras y sus maneras de decir. Esto es así porque hay una encarnación del dolor que trasciende las marcas corporales y físicas y que se diluye e instala en el mundo de vida, al tiempo que lo rompe y lo fragmenta apenas visible en los relatos.

Sabemos, no obstante, que las narrativas no se nos presentan del todo transparentes, que no se agotan en la expresión emocional y que no borran las huellas de dolor que son tatuadas y transformadas en patrones mentales de sufrimiento, que, además, la neuroquímica de la memoria hace lo suyo y vuelve la experiencia difusa y confusa. Por ello, es necesario apostar al cuidado y a la escucha atenta para dar cuenta de la experiencia de la violencia-dolor. Mediante el esfuerzo por rememorar, ajustar sus emociones y las palabras para hablar y así relatar a otros su experiencia, estas mujeres comenzaron a buscar y a encontrar caminos propios para reconocer y reconstruir el sentido subjetivo de su vida, de su vivencia en la violencia y descubrir de nuevo el sentido de su vida. Y, fueron los miedos los más inmediatos en este proceso de conciencia:

Salir, caminar, que llegue, que me diga cosas feas, que destruya, sus golpes, sus gritos, que me trate mal, el silencio, el dolor…

Cuando ellas hablaron se notó el gran esfuerzo físico y emocional al que se sometían al momento de narrar y compartir: largos silencios, las miradas van y vienen, se esconden, contraen y llevan el aire hacia dentro en un esfuerzo por tratar de recordar y buscar en su propio registro vivencial los contenidos, las circunstancias, las emociones y las palabras justas, para dar cuenta de lo vivido. Entre prolongados suspiros buscan las palabras precisas, el tono con el cual expresar y hablar de la experiencia de violencia. Las argumentaciones surgían limitadas; había una incapacidad intrínseca del propio lenguaje para dar cuenta de lo complejo y encarnado de la experiencia, de lo simple de la emoción y lo acotado de las palabras para expresarlo; el sufrimiento personal se manifestaba entre el ahogo y la ofuscación. Así que algunas optan por seguir calladas:

—No tengo palabras.
—No puedo.
—No había hablado de eso.
—No he podido hablar. No me salen las palabras… Llevo mucho tiempo sin poder hablar, lo intento pero no.
—Siento algo muy pesado en el pecho, lo siento duro… no puedo hablar.

Sin duda, cada una tiene sus propios contenidos, circunstancias y maneras de reconstruir y narrar su vida, pero lo que es evidente en todas y cada una de ellas es la presencia de un dolor que se expande y se instala como sufrimiento en su mundo de vida, que trasciende las marcas físicas generadas por golpes, nos hablan de esas heridas que no se ven fácilmente porque no están expuestas pero que ubican justo en el centro del pecho. Es significativa la manera en la que el dolor queda atrapado en cada uno de esos cuerpos que lo ha sufrido, una particular forma en la que la dolencia ha sido aprisionado en su interior y que se percibe apenas en algunas tímidas expresiones corporales: silencios, profundos suspiros, miradas entre extraviadas e incisivas pero sobre todo temerosas y desconfiadas; esa particular manera de acorazarse, guarecerse hacia sí mismas, sentarse como comprimiéndose y juntar las manos, el discreto juego con los dedos de los pies, el gesto forzado para asentir, reconocer o negar algo, el nerviosismo e imperceptible temblor y estremecimiento permanente y los incontrolables suspiros.

Cuando esas vivencias intentan decirse y comunicarse a los otros descubrimos un lenguaje que queda trunco y que, por supuesto, limita la posibilidad de poder traducir esa experiencia en su justa dimensión. También existe, sin duda, una gran distancia entre lo dicho y lo vivido, de ahí que el silencio aparecerá en quien lo ha sufrido, por pudor, recato, vergüenza o simple incomprensión. Desde esta habla fragmentada, débil y difusa frente a la magnitud de lo vivido y sufrido tratamos entonces de acercarnos lenta y cuidadosamente a esas experiencias y descubrimos la presencia de una herida, manifestada en una sensación de desgarro, de una profunda cicatriz, de un corazón roto.

Pero ¿Por qué un corazón roto? Porque cuando se habla de violencia de género, intrafamiliar o contra la mujer –en este caso- se hace referencia generalmente a situaciones venidas de relaciones afectivas: matrimonio, amasiato, novios o familia; y así, cuando la violencia se hace presente se transforma su mundo de vida, su cotidianidad, la percepción de la vida, de sí misma, se convierten en una terrible tragedia para las mujeres, para sus hijas e hijos, e incluso para ellos, los “agresores”, para toda la familia.

—Me dijo que me iba a tratar bien, que no me iba a pegar… No sé qué pasó.
—Antes de casarnos era diferente, era amable y compartíamos muchas cosas.
—No entiendo, de repente todo era una pesadilla. Ya no podía salir. Todo el tiempo eran pleitos y de pronto golpes.
—Ya no entendía, estaba como atascada.
—Tuve que vivir cosas horribles antes de poder hablar.
—Hubo un momento en que todo había cambiado; era triste, ya no sonreíamos, mis hijos no hablaban, se escondían, yo me iba sintiendo como ausente.

Algunas refieren que la violencia apareció poco a poco, otras que fue de repente y otras más, que fue así desde el principio. De cualquier manera la violencia se instaló en el hogar, junto con el dolor y el maltrato que desde la rutina cotidiana se ignoran y confunden con una sensación de cansancio y desaliento. Un dolor que ellas reconocen justo en el pecho, y que lo asocian con el corazón. Sin duda, la sensación de un corazón lastimado, de un corazón roto, es una expresión particular de una experiencia afectiva y dolorosa, pero al mismo tiempo colectiva para hacer referencia a un particular sentir relacionado con el sufrimiento generado en situación de violencia, un sentimiento que deja su huella:

—Me duele aquí.
—Yo no sufrí violencia física, yo sufrí violencia emocional… A mí me cambiaron por una más joven (mujer de 18 años).
—Sufría más cuando me decía cosas feas y malas… yo no era eso.
—Me duele aquí y no puedo hablar, como si estuviera partido.
—Llevo años con esta dolencia, a veces ya ni pienso, ¿para qué?
—De veritas que me duele aquí merito en el corazón, siento muy feo.
—Lo siento muy pesado, no me deja respirar, se siente duro duro.
—Duele.
—Me siento desencajada.
—Me duele, tengo el corazón roto.

“Tengo el corazón roto”, dicen ante la incapacidad para explicar y narrar la experiencia de su propio dolor; la ruptura y fragmentación encarnada; la vida resquebrajada y agrietada; la manera de ser arracada de su mundo de vida para transformarlo en el mundo de la violencia y del sufrimiento; la sensación justo del lado izquierdo del pecho de una división, fractura o rajadura; el desencanto y desamor hacia la persona que en algún momento representó la esperanza. Son las maneras en las que describen cómo les fue arrebatada su dignidad.

—No eran los golpes eran sus palabras
—No son las cicatrices, es lo que traigo dentro. Yo podía sobrevivir a los golpes, pero las cosas que me decía y que hacía, eso no, con eso no podía.

El dolor surge en el instante en el que la mujer es herida física, psicológica, emocional o socialmente. En este momento es sólo una emoción y su duración puede ser relativamente corta y proporcional al evento que la produjo. Puede ser cualquier emoción que afecte o dañe: un conflicto, una discusión que terminó en golpes, la sensación de abandono, el maltrato, la humillación y el menosprecio en cualquiera de sus manifestaciones, la tristeza de la sensación de pérdida, el estrés cotidiano ante la necesidad de enfrentar un problema, enojo o frustración contra sí misma o contra la pareja. Pero, sin duda, el sufrimiento siempre va más allá porque muchas veces termina encarnando.

El sufrimiento es la respuesta cognitivo-emocional que la mujer puede tener frente al dolor físico generado por los golpes o frente a una situación dolorosa o emocional, como la instalación de la maltrato en la cotidianidad. La experiencia de la violencia y la sensación de un corazón roto responden a un conjunto de emociones y pensamientos que se entrelazan y se instalan en el cuerpo, la conciencia y la vida cotidiana, adquiriendo así mayor intensidad y duración que el dolor emocional. El sufrimiento puede prolongarse indefinidamente, aunque la situación que lo provocó ya haya pasado: una cachetada, una patada, la herida que ya cicatrizó, el menosprecio, la humillación o las amenazas; pero la manera como queda grabado en la conciencia da el tono y modula de manera singular la permanencia del sufrimiento.

Cuando la violencia se instala en el mundo de vida, el dolor y el sufrimiento provocado muchas veces se mantiene en secreto y poco a poco se asimila y corporiza de tal forma que se aprende a vivir con él porque es difícil aceptarlo, ponerle nombre y decirlo; aunque es más difícil aceptar que el amor se está desgastado, diluyendo y que los sentimientos idílicos con los que se inició la relación, una vida en pareja y una familia se están transformando.

—Inconscientemente, aunque me agrediera, aunque me maltratara, yo lo quería.
—No sé por qué pero entre más fea era mi vida con él, más lo quería.
—Sí había golpes. Yo decía: “Yo creo que es normal”. Me acostumbré a eso.
—No podía contarlo, ¿a quién? Da miedo… qué dirá mi familia, mis amigos, mis vecinos: da vergüenza.
—Si te casas te aguantas.
—“Ya sabes cómo es él; haz lo que él te dice para que no te haga nada”, me decían.
—Siempre era lo mismo. Al principio sólo discutíamos, hasta que un día me pegó y de ahí en adelante cada vez me pegaba más duro.
—Estuve a un paso de que él me matara.
—Empezó a amarrarme las manos, a taparme la boca; me tapó los ojos.
—Me daba patadas, me pellizcaba las piernas, me daba pellizcones en las manos, me dejaba moretones en los brazos.

Sin embargo, cuando las mujeres que sufren violencia son capaces de percibir que el sufrimiento no solamente lo padecen ellas, sino también sus hijas e hijos, pueden empezar a aceptar que lo que viven no es normal. Sentir el apoyo y amor de sus hijas e hijos puede revalorarlas.

—Mi hijo decía: “Mamá, qué haces. Otra vez te pegó […] Yo te quiero mucho, mamá”.
—Me dijo mi hija: “No, mamá, no le tengas miedo. Vámonos, mami. Aquí no es vida; no me gusta este lugar”.
—Un día dije yo no quiero esto para mis hijos, yo no quiero que vivan así.

Una vez que las mujeres aceptan que lo que están viviendo no es normal, pueden iniciar un proceso en el que entienden que tienen que vivir su vida sin esa persona, aun cuando su corazón no está del todo listo ni sanado.

Aquellas que pueden pasar del dolor que les provoca tener el corazón roto a la palabra narrada están en proceso de romper el círculo de la violencia, porque el dolor interno se vuelve público, pero sobre todo porque se reconocen a sí mismas como mujeres violentadas, maltratadas. En otras palabras, porque fueron capaces de contar, reinterpretar y reconstruir los hechos que produjeron el dolor, reconociendo y nombrando a la violencia y compartiendo en conversaciones.

En las narrativas de las mujeres se percibe la imposibilidad para expresar esa dolorosa experiencia, tanto por cuestiones culturales como psicosomáticas, razón por la cual es difícil romper el círculo de violencia.

Ese sufrimiento expresado en la sensación de un corazón roto trasciende la metáfora. Al decir de los científicos, es una expresión literal de que lo que se siente, es una cardiopatía ocasionada por un estrés físico o emocional intenso como las discusiones o las pérdidas, presentando síntomas semejantes a los de un ataque cardíaco, como dolor en el pecho, la dificultad para respirar y el pesar. Se dice también que es temporal, que no deja secuelas y que no afecta a las arterias como sí lo hace un infarto; no obstante, su afección se da en el músculo cardíaco, de ahí la sensación de roto y pesadez, emociones que son reconocidas y sentidas por las mujeres. Para aquellas que viven día a día la violencia por largos periodos, esa percepción se vuelve cotidiana, se corporiza y transforma la percepción de la realidad; es decir, que se instala en el mundo de vida, situación que puede durar toda la vida.

Y, no obstante que esos dolores son tan íntimos y muchas veces celosamente guardados y silenciados se pueden encontrar caminos para salir, cuando alguien del otro lado está dispuesto a escuchar. Por eso, cuando decidimos escuchar del dolor de los otros es posible aprender y comprender sobre su sufrimiento, porque el dolor es una emoción humana irremediablemente compartida en mayor o menor medida.

Así, compartir las experiencias de todas estas mujeres nos acerca a la posibilidad de identificarnos con las víctimas, de escucharlas y comprenderlas, pero también de reconocernos y reconocer el significado de vivir en situación de violencia. De esta forma podríamos participar de esta recomposición a través del restablecimiento y creación de lazos para la acción con los y las otras, es decir, por medio de la comprensión y reconfiguración de la dignidad desde la palabra y el conversar.

Salvando la vida desde la palabra, una reflexión

En este singular tejer y destejer el telar de la experiencia de la vida propia, la violencia es, sin duda, de las vivencias que rompen, rasgan y se quedan clavadas, irremediablemente en la piel, en la carne, atravesando a un mismo tiempo la conciencia y el corazón. La violencia es, sin duda, una de las experiencias encarnadas que perfilan una manera diferente de habitar, dolorosamente, el cuerpo y de acceder al mundo a través de un singular lenguaje, retraído, apocado y muy turbado.

El lenguaje, sabemos, es como la vida misma, está constantemente haciéndose y rehaciéndose en un permanente proceso de cambio, porque al enfrentar la realidad cotidiana, desde la propia situación biográfica, se necesita designar y nombrar no sólo las cosas, sino los sentires en los acontecimientos vividos y a veces sufridos; es decir, esas fragmentadas realidades que necesitan ser signadas por ser nuevas, singulares e irrepetibles al momento de vivirlas o bien por estar tan arraigadas que ya son parte de uno; todas, nuevas y viejas, al paso del tiempo se irán matizando, necesariamente, de nuevas maneras de significarlas. Así, cuando la violencia aparece en la vida cotidiana de las mujeres, no sólo representa una experiencia que da lugar a nuevas palabras de su propio acervo lingüístico, sino también al surgimiento de otras necesidades expresivas, con las que cada una de ellas matizará emociones y afectos en su aquí y su ahora. Por eso, cuando pretendemos comprender, saber de ese telar de la existencia único e individual en cada persona nos preguntamos ¿cómo se puede acercar de manera respetuosa y humana a mujeres en situación de violencia? Quizás, a través de su propia voz, tratando no solo de medir, sino de entender la manera en cómo vivieron la violencia; mediante un ejercicio dialógico que permita trazar puentes comprensivos a partir de una escucha respetuosa y empática, un acercamiento que dé paso al reconocimiento mutuo de lo sufrido y de lo vivido por medio de la palabra.

La reconstrucción de narrativas de vida es ante todo un proceso reflexivo personal que supone deseos pasados y presentes que permiten tener una mirada que discierne entre esos acontecimientos indiferenciados, pero que necesariamente tienen como verdad inicial las condiciones propias que los producen: la vida diaria, una vida de maltrato, una vida dolorosa, más sentida que pensada; quizá por eso tan difícil de reconstruir y comunicar. La reconstrucción de esta experiencia, aunque fragmentada y tenue, permite traer al aquí y al ahora aquellos sucesos de violencia que la mayoría de las veces se vivieron de manera silenciosa en espacios domésticos recuperados ahora a través de la palabra.

Surgido de la conversación, pero también del encuentro que pudiera nombrarse confesión, el reconocimiento de las condiciones que generaron esos sucesos lastimosos para mujeres, niños y niñas, pero sin duda también para ellos, los hombres que agreden, fueron, paradójicamente, también sucesos que hicieron posible la emergencia de actos de valentía y decisión para romper ese círculo vicioso de la violencia.


El ejercicio de la memoria recorre las veredas de la vida pasada, en la que se vuelve al reencuentro con la infancia y sus juegos, con la familia que proporcionó cuidado y alimento, con amigos de escuela, con parejas; además, pareciera que se puede volver a ver la imagen de la casa, la escuela o el barrio. La piel vuelve a erizarse cuando se recuerda el primer amor, el primer beso, ese primer encuentro con el ser amado. Pero también el miedo y el dolor parecieran volverse a vivir cuando a llega a la mente el primer menosprecio, el primer golpe, que conduce al desencanto. Volver a pasar por el corazón todos esos instantes que han marcado la vida de manera positiva o negativa es algo, sin duda, esencial en la experiencia. Así, desde el recuerdo, la recuperación de la experiencia de la violencia resulta reveladora en la comprensión de la condición humana en la sociedad actual, así como inconsistencia, flexibilidad y liquides de los vínculos humanos y la sentida fragilidad en el marco de una contundente naturalización de la violencia.

En sociedades como la nuestra, la condición humana es determinada por la fuerte disolución de los vínculos afectivos y el desmoronamiento de los lazos sociales ante un creciente individualismo. De ahí que no extraña la arraigada e histórica presencia de la violencia contra las mujeres, actualmente se manifieste de manera más grave y lastimosa.

Por eso, esta violencia que lastima y daña desde lo privado se manifiesta en el corazón. Más allá de los golpes, las palabras y las acciones, está presente el dolor que provoca la sensación de tener el corazón roto instalado en la subjetividad.
—Siento algo muy pesado en el pecho, lo siento duro…

El síndrome del corazón roto se presenta más arraigado cuando en la situación de violencia está presente la persona con quien crearon vínculos amorosos, afectivos, por eso el dolor viene de su interior, de sus entrañas, de su corazón. La presencia de la violencia rompe el corazón cuando el agresor es la propia pareja.

Desde su propia percepción, el corazón irremediablemente se rompe en una situación de violencia y no se requiere necesariamente de golpes físicos para que así suceda. El desprecio, las humillaciones y el maltrato es peor que los golpes físicos.
La sensación del corazón roto desplaza el sufrimiento, éste puede iniciar en la precariedad y fragilidad de un cuerpo lastimado hacia el sentimiento de humildad, menosprecio, culpa y vergüenza, en que la dignidad es vulnerada y muchas veces anulada. Además, las mujeres se enfrentan al menosprecio de la mirada de los otros, una mirada que se vuelve tosca, miope e indiferente ante la gravedad de esta situación.

El corazón roto representa la versión, quizás más personal e íntima, del dolor y del sufrimiento como un sutil y sofisticado enjambre de hilos construidos entre el lenguajear y el emocionar en la rutina de la cotidianidad, es decir, producto del entrecruzamiento de un lenguaje vivo que se corresponde y amalgama con las emociones surgidas en ese preciso momento, en su aquí y ahora; un sufrimiento a veces discreto, otras más súbitas e imprevistas, suma de maltratos, menosprecios y desvalorizaciones subjetivas grabadas en la conciencia y en el cuerpo de la mujer.

El paso de la experiencia inmediata de las emociones, surgidas en situaciones de violencia a su explicación, sólo es posible a través del lenguaje; éste permite comprender ese algo que simplemente pasa, además admite categorías que intentan explicar experiencias como buenas, malas, justas o injustas, dignas o indignas, etcétera. También, con la experiencia de la violencia, desde la singularidad de la propia vivencia, se puede empezar a comprenderla, reconocerla y nombrarla como violencia, maltrato, crueldad, golpes, menosprecio; pero también calificarla: delito, injusta, indigna.

Sin duda, el lenguaje no sólo posibilita decir o nombrar; es más complejo que eso, el ser humano es en el lenguaje, un lenguaje que es necesariamente compartido en un continuo ser con los otros. Esto significa que es en los haceres con los otros (hombres y mujeres, en el ser con ellos y en las emociones) donde se funda la experiencia de la violencia, donde las palabras adquieren significados particulares y desde donde el ser humano puede explicar su experiencia en el vivir como víctima, como agresor o como observador. Es así porque en el vivir y en el lenguajear está implícita la emoción, ese remover, mover, sacudir, agitar y hacer salir lo que viene desde adentro; un reflejo del modo en el que la violencia se instala en la subjetividad, en la singularidad, pero también en la manera de comunicar y convivir con los otros esa situación.
De ahí que la conversación se presenta como un entrecruzamiento del lenguajear y del emocionar que si bien es una manera de vivir, también lo es de comprender al otro. Cuando se nombra a la violencia y sus consecuencias como la afirmación de tener roto el corazón se asume una situación de abuso, violencia o maltrato que puede ser reconocida en la experiencia propia o en la experiencia del otro y desde ahí empezar a denunciar y sanar.

Entonces la posibilidad de compartir, a través de un diálogo reflexivo, las experiencias de sufrimiento producidas por la violencia permite crear comunidades emocionales que alientan la recuperación de la mujer como individuo. El compartir se convierte en un vehículo de recomposición de la dignidad. Se puede decir, entonces, que la comprensión, a través de la conversación, es el proceso que permite sobrepasar la condición de víctima: no sólo se pasa de la recomposición del individuo como un ser emocional y racional, sino como un ser humano digno.

Fuentes consultadas

Albergue Temporal para Mujeres en Situación de violencia de Toluca (20012), Modelo de atención del Albergue Temporal para Mujeres en Situación de violencia, Toluca.
Amnistía internacional (2011), “datos sobre la violencia contra las mujeres y las niñas en el mundo”, en http://www.es.amnesty.org/uploads/media/dossier_violencia_de_genero_01.pdf, fecha de consulta 30 de junio de 2012.
Bauman, Zygmunt (2004), Amor líquido: sobre la fragilidad de los vínculos humanos, México, FCE.
Berger, Peter y Tomas Luckman (1986), La construcción social de la realidad, Argentina, Amorrortu.
Consejo Estatal de la Mujer y Bienestar Social (2012), Violencia y Dignidad, la experiencia de un taller vivencial, Toluca, Estado de México, Consejo Estatal de la Mujer y Bienestar Social.
Situación de la violencia en las mujeres de Sonora. Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares, ENDIREH 2006, México, INEGI.
Jimeno, Myriam (2007), “Lenguaje, subjetividad y experiencia de la violencia”, en Antípoda, Revista de Antropología y Arqueología, núm. 5, julio-diciembre, Bogotá, Colombia, Universidad de los Andes.
Maturana, Humberto (1984), El árbol del conocimiento, las bases biológicas del entendimiento humano, Argentina, Lumen.
Merleau-Ponty, Maurice (1975), Fenomenología de la percepción, Barcelona, Península.

Rounded image

Patricia Romero Arce

Socióloga mexicana. Maestra en Desarrollo y estudios para la Paz.


Nota: