Lecciones revolucionarias de la experiencia soviética

Sobre la revolución

Álvaro García Linera
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 24
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¿ Por qué hablar de la Revolución Rusa, pasaron cien años, ha fracasado, se cayó el muro de Berlín, por qué hablar de un fracaso, por qué hablar de un arcaísmo político, para qué hablar de una excentricidad que solamente está en los libros de historia? Porque creo que la Revolución Rusa nos interpela, nos habla hoy, porque hablar de la Revolución Rusa es un pretexto para hablar de la revolución, de la cual la Revolución Rusa fue un episodio.

La revolución es una narrativa recurrentemente presente en la historia de los países, lo ha sido, los es y lo seguirá siendo. Entonces, hablar de la Revolución Rusa es hablar de un tema de actualidad política; estamos hablando de nosotros a partir de la Revolución Rusa, de nuestras posibilidades a partir de lo que sucedió hace cien años.

Y lo podemos hacer de una manera –yo lo diría– desenfadada, pertenecemos a una generación que no arrastra la procesión ni de los muertos ni del fracaso de esa revolución, no somos una generación culpable, entonces, nuestra manera de verla es más franca, en más directa, es más pragmática. No tenemos ningún sentimiento de culpa frente a ella, pero sí nos acercamos a ella para alumbrar lo que estamos haciendo y lo que podríamos hacer.
Entonces, voy a intentar hacer una abstracción de lo que está aquí a partir de diez tesis de la revolución y abordo en la manera cómo leo lo que sucede en el mundo.

La primera tesis sobre la revolución, a partir de la experiencia de la Revolución Rusa, es que es una excepcionalidad, pero, a la vez, es inevitable; toda revolución es un hecho extraordinario, impredecible, poco frecuente, casi nada frecuente en la historia de los pueblos; combina de una manera excepcional acontecimientos irrepetibles, es una sumatoria de sucesos que nunca más habrán de reproducirse ni en el lugar ni en otro tiempo, pero, a la vez, son hechos inevitables en la historia larga de cada país. Porque más pronto o más tarde, toda sociedad tiene un momento en que las tolerancias morales de los gobernados hacia los gobernantes se rompen y el momento en que esas tolerancias morales se rompen, estás ante un hecho revolucionario.

El mismo Lenin –lo cito ahí– no creía que iba a vivir una nueva revolución, vivió la de 1905, pero en 1917 dice: “Me voy a morir sin ver una nueva revolución en Rusia”, faltando un mes para la revolución de febrero. Ni Lenin, que le había dedicado su vida obsesivamente para entender la historia rusa y las luchas políticas rusas, podía comprender que estaba ante la antesala de un hecho revolucionario. Porque las revoluciones son excepcionales y no existe todavía ninguna fórmula, ningún algoritmo social que nos permita predecirlos, capaz que se trata de un tema de límite del conocimiento social, pero, por mucho esfuerzo que hagamos, los acontecimientos revolucionarios desbordan, en su nacimiento, la capacidad predictiva que tienen el cerebro, la ciencia, el análisis político o la propia intuición.

En segundo lugar, una revolución es una contingencia, pero planificable –estoy manejando paradojas–. Inicialmente, una revolución es un estallido de casualidades, de numerosas casualidades históricas imposibles de prever, que se mueven al margen del voluntarismo militante de partidos, de organizaciones o de activistas.

Puede surgir por una intensificación de las carencias, por la pérdida de algunos bienes anteriormente poseídos y ahora extraídos, puede surgir por bloqueo a los procesos de ascenso social o de desclasamiento social, pueden surgir por crisis políticas o por una suma de estas cosas y otras cosas; la Revolución Rusa, la Revolución en China, en Vietnam, la revolución del año 68, el proceso en Bolivia en 1952 o, recientemente, en 2001 o 2003; cada uno puede utilizar distintos ejemplos en los que nunca el cúmulo de casualidades que se articulan es similar a la anterior. Puede ser la pobreza, pero no siempre es la pobreza, muchas veces la pobreza genera también mayores tolerancias, no se olviden que uno adecúa sus expectativas a sus posibilidades y la pobreza muchas veces también lo que genera es una pobreza organizativa, pero a veces no, entonces, entran en juego otros elementos, puede ser por un agravio moral, por la expropiación de algo que se poseía o puede ser por la creencia de que se posea algo, en todo caso, ningún proceso revolucionario imitará al precedente.

Lo interesante es que una vez que estalla esta casualidad histórica o esta suma de casualidades históricas son las voluntades políticas organizadas, las tácticas, las estrategias, las consignas y las iniciativas las que orientan, potencian, delimitan o direccionan las capacidades creadoras de la sociedad movilizada. Hay, pues, una contingencia imposible de planificar, pero hay, a la vez, una planificación imposible de dejarla al impulso de las contingencias.

Una tercera cualidad de la revolución es que no es un acto, no es la toma del Palacio de Invierno, no es el haber ganado una votación electoral, no es una insurrección, no es una guerrilla; una revolución es un proceso –que ya nos adelantamos a comenzar a definir una revolución– ha de darse un desborde democrático de la sociedad y este no es un momento preciso, fechado, la revolución es un espacio de tiempo, territorializado, en los cuales ha de darse –y esa es la primera definición que hago– un desborde, un desborde democrático de la sociedad, esto supone que toda revolución es una ruptura de los dispositivos de dominación, del papel de las autoridades, de los gobernantes, de las autoridades religiosas, de los profesores, de los patrones, de los padres, de los esposos que en un determinado momento la sociedad comienza a desbordar.

Hay una cita de un inglés, que no se le puede calificar de marxista, que refleja de mejor manera, no solamente lo que sucedió en octubre de 1917, sino lo que recurrentemente nos sucede cuando nos encontramos con algo que nos llama la atención y que queremos darle el nombre de hecho progresista, de revolución, de espasmo social o el nombre que quisiéramos.

Dice el profesor Orlando Figes: “Los residentes alimentan a los revolucionarios en sus cocinas, los propietarios de los restaurantes alimentan y a los trabajadores sin cobrarles nada, los comerciantes convirtieron sus tiendas en base para los soldados y en refugio para la gente cuando la policía disparaba en las calles. Los taxistas declararon que solo llevarían a los dirigentes de la revolución, los estudiantes y los niños correteaban con recados y los soldados veteranos obedecían a las órdenes, toda clase de personas se presentaban para ayudar a los médicos y cuidar a los heridos; fue como si la gente de la calle, de repente, se hubiera unido a través de una gran red de hilos invisibles y fue eso lo que aseguró su victoria”.

Cuando yo leí este párrafo, me ubicaba en lo que sucedió en Bolivia el año 2001 y el año 2003, una pelea por el agua, subieron las tarifas del consumo de agua, la empresa privada subió las tarifas del agua, multiplicó las mismas por más de cien, inmediatamente la gente salió a marchar, era una marcha normal, de las que sucede en Bolivia cada semana. Pero en eso, esta marcha es reprimida, entonces, la gente de la ciudad toma la decisión junto a los que habían marchado, mil, dos mil, de salir a informar que en sus facturas de agua, el siguiente mes, todo iba a ser mucho más caro y que había una empresa extranjera que se estaba apropiando del agua, de los ríos, de las lagunas de todas las partes.

Y en la siguiente semana comienzan a movilizarse los campesinos que controlan el agua, que usan el agua y usan sus sistemas de riego para regar sus parcelas y los vuelven a reprimir, y encima sale el gobernante a decir: “de qué se están quejando, porque es la única manera de garantizar el agua para los cochabambinos en los siguientes años”.

Entonces, de una manera inesperada, lo que era una rutina sale de la rutina y uno va a ver cómo van juntándose en la ciudad, no solamente los vecinos, vienen campesinos, salen estudiantes, salen jóvenes, salen niños a corretear por las calles y a levantar barricadas; salen las señoritas de clase media de las universidades privadas, con sus protectores contra el gas y bicarbonato de sodio para colocarse alrededor de los ojos en contra del gas y cada vez que la policía reprimía, los campesinos retrocedían y se entraban a las casas de la gente de clase media y eran cuidados y alimentados, se les daba más fuerza y salían otra vez a la pelea y los jóvenes de esas casas salían a la puerta de sus casa a prender fogatas, a colocar mueble viejos.

Lo que era un hecho rutinario contra un exceso de cobro de tarifas, devino a un hecho colectivo en el cual la gente se sentía interpelada moralmente a participar y ya no era un grupo, una clase social de campesinos; era la plebe, la clase media, el intelectual, el estudiante, el campesino, el vendedor, el taxista, el comerciante que hacían un bloque común de solidaridad, para participar.

Y a partir de ese momento comienzan las reuniones y las asambleas, y los apáticos que nunca participaban en nada, se sienten interpelados para ir a participar, a deliberar, a debatir el tema del agua y ahí se enteran que había habido unas lagunas arriba y que el sistema de riego tiene una gestión de miles de años, más antigua que la gestión de la tierra, mantenida por usos y costumbres hasta el día de hoy y ahí se enteran que el dueño de la empresa del agua es un gobernante y que el otro dueño del agua es un asociado de una empresa de Estados Unidos y todo el mundo comienza a convertirse en un especialista del agua: el ama de casa, el estudiante de economía, el comerciante de chicles, el taxista, pues eso es una revolución.

Entonces, una revolución es una especie de licuefacción de las tolerancias morales hacia los gobernantes y una politización masiva de las clases subalternas que deciden deliberar y actuar directamente sobre los asuntos comunes; de un momento para otro, todos se vuelven especialistas de todo, es un momento de universalidad de la gente, es un momento en que la gente comienza a preocuparse por los demás a partir de su problema, de su agravio, la gente comienza a preocuparse por el resto, por el destino de los demás.

Y, entonces, comienza a haber una especie de socialización de los medios de influencia que pasan de los medios de comunicación tradicionales a radios alternativas, a volantes, a llamadas por teléfono, a panfletos, a asambleas, a otro tipo de asociatividades nuevas creadas por la gente al flujo de su voluntad de participación.

Es, pues, un momento de torbellino creador y es como si el tiempo y el espacio se comprimieran, el espacio y el tiempo de Einstein se comprimieran y todo comenzara a suceder en todas partes, no solamente en un lugar sino en todas partes, tiende a suceder, la gente se reúne, la gente se convoca, la gente participa, la gente marcha, la gente sale, la gente protesta, la gente se informa, es decir, asume una acción de involucramiento con la problemática de los demás.

Una revolución, en el fondo, y lo resumía muy bien Irene, es esto, es una forma de democratizar, es una forma de democracia absoluta, hay revolución cuando hay gente, anteriormente apática, anteriormente desinteresada de la vida política de una sociedad, de una región, a la que le comienza a interesar, se siente compelida y moralmente impulsada a comprender, a participar, a decidir y a que su voz sea tomada en cuenta.

Esto introduce un elemento nuevo, en verdad una revolución es muchas revoluciones, le llamamos revolución porque es una forma cómoda de explicar o de resumir algo que en verdad es mucho más complejo. Es un grupo debatiendo el tema del agua, es otro el grupo debatiendo el tema del presupuesto, es otro el grupo debatiendo los temas de la legalidad, se interconectan pero se cruzan y sobre eso aparecen otros grupos que incorporan su propia temática al calor del debate, de la participación y la emoción colectiva, involucran temas que nada tienen que ver con el tema del agua y aparecen temas como de la asamblea constituyente, aparece el tema de las elecciones, aparece el tema de la tierra y otros más.

En el fondo, en torno a este caparazón que llamamos revolución, lo que estamos viviendo son el surgimiento de múltiples revoluciones que corresponden a la fragmentación social, a las cualidades de los segmentos sociales y a sus preocupaciones que se ven gatilladas como susceptibles de ser tomadas en cuenta y de ser solucionadas, por lo general, la gente cree que sus problemas no van a ser tomados en cuenta.

Puede estar muy molesto, ha visto que el problema del amigo, el problema del trabajador, el problema del sindicato simplemente estalla, nadie le hace caso, el gobierno no lo toma en cuenta, el gobierno se burla o el gobierno no resuelve y, entonces, ¿el mío por qué tendría que resolverlo?, pero cuando ve, y es eso un efecto de concatenación, cuando alguien ve que un problema es tomado en cuenta y tiene un efecto político en las clases dominantes, cree que otros temas guardados, ocultados, resignados, los colocan en el debate público y los hace emerger.

Y, entonces, uno ve ahí surgir muchas revoluciones simultáneamente en paralelo, entrecruzadas y a veces interconectadas en muchas revoluciones, esta figura de revolución de revoluciones, lo refleja muy bien un historiador que dice: “en verdad no había un poder dual en la Unión Soviética”. No había el Estado, el gobierno, y el soviet que mandaba, había el Estado con sus problemas y dificultades de mandar y el soviet de una fábrica de tractores que hacía lo que quería, lo que le daba la gana con sus tractores; y el soviet de la fábrica de la fundición que hacía lo que le daba la gana y definía lo que quería sobre su fundición; estaba el soviet de los transportistas y estaba el soviet de los campesinos y entre ellos nadie obedecía al otro y para hacerles acordar entre uno y otro había que establecer mecanismos complicados de articulación, muchas veces, conflictivos que a veces se resolvían mediante la presencia de gente armada.

Es decir, ninguna revolución es un hecho homogéneo, toda revolución es una sumatoria confusa, muchas veces, descoordinada, de muchas revoluciones, de muchas participaciones, de muchas inquietudes que bajo este manto de liberación ascendente se presentan y se visibilizan. Si una revolución es un hecho democrático, por excelencia, es un hecho de participación extraordinaria, masiva, de la gente en los asuntos que le interesan, eso es básicamente una revolución.

Entonces, una revolución es un intenso campo de lucha político cultural, en el que en torno a sus conquistas o sus objetivos planteados, y que se van renovando y modificando, se dirime el liderazgo político, moral e intelectual de su conducción, es una frase compuesta, la revolución como campo de lucha cultural, es un escenario intenso donde los discursos, las palabras, las propuestas, las iniciativas, las autoridades morales puestas en juego se ponen en disputa, se confrontan posiciones más conservadoras, posiciones más corporativas y posiciones más universalistas.

Y donde el destino de la revolución ha de dirimirse a partir de fuerzas actuantes dentro de la revolución que van a tener la capacidad táctica, de alianzas, de propuestas, de certidumbres, de impulso, de creencias movilizadoras, de acciones prácticas, de organizaciones, de adhesiones morales, de aprendizajes colectivos, capaces de cohesionar de mejor manera a la mayor parte de la sociedad. Una revolución es un proceso comprimido de construcción de mayorías movilizadas y eso es un hecho de cultural político, por definición.

Y estas mayorías se van haciendo y rehaciendo, lo que hoy es una mayoría actuante en torno a un tema, el día de mañana es una minoría y pasado puede ser un fragmento y luego puede ser nuevamente una mayoría.

Si ustedes quieren, una revolución es una forma de construcción condensada de hegemonía, en el sentido gramsciano, no dilatada ni en el tiempo, ni en el espacio sino comprimida, en pocos días, en pocas semanas, en pocos meses que ha de redefinirse el horizonte general del orden de vida de una sociedad.

En toda revolución, las victorias culturales preceden a cualquier tipo de victoria política y de victoria militar, las luchas y los liderazgos culturales preceden a cualquier tipo de poder político y de poder militar.

Cuando uno analiza, en el caso de la Revolución Rusa, de la Revolución Bolchevique, la consigna de Lenin de dar todo el poder a los soviets, la lanza cuando ellos eran minoría, cuando no tenían ni el 5 % de la presencia de los soviets de Petrogrado y de Rusia y mucho menos, porque casi no tenían trabajo, en las zonas agrarias porque ahí tenía mayor presencia otro partido llamado los Socialistas Revolucionarios. Sin embrago, es esta consigna de todo el poder a los soviets, donde ellos son minoría, la que va a persistir en febrero, marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto y en agosto retrocede porque hay un golpe de Estado, los intenta reprimir a los bolcheviques y Lenin tiene que escapar a otro país.

Intentan una acción armada, fracasan y vuelven a retomar la consigna de todo el poder a los soviets, agosto, septiembre y octubre cuando se va a dar la toma del Palacio de Inverno, pero en esos meses, de febrero a octubre, los bolcheviques de ser el 5 % de los delegados a los soviets, para octubre, eran la mayoría de los soviets. No solamente los soviets urbanos de las ciudades más importantes, Rusia y Petrogrado, sino también de los soviets agrarios importantes donde se da la principal actividad agrícola de abastecimiento a las ciudades.

Antes de la toma del poder de los bolcheviques, habían ganado la autoridad moral, eran mayoría moral, eran mayoría política en la sociedad y no solamente los soviets, sino también en los consejos de obreros que son otras estructuras, en paralelo a los soviets. Los concejos de obreros o consejo de fábricas eran estrictamente proletarios, en los soviets participan distintos sectores organizados.

Entonces, la clave del proceso revolucionario es la conquista de la autoridad política, de la autoridad moral de los bolcheviques al interior de la sociedad, eso significa que la clave de este momento de poder cultural radica en la capacidad de remover las conductas instrumentales de la población, la manera en cómo planifican en función a un objetivo, las conductas normativas de las personas, el conjunto de las tradiciones y de las formas regulares de organizar la vida, la transformación de las conductas lógicas, bueno-malo, posible-imposible, necesario-innecesario y de las conductas morales.

Es en estos cuatro pilares de cómo se administra, se modifica, se irrumpe o se transforma es que ha de dirimirse la posibilidad de la victoria cultural y del poder cultural de un proceso revolucionario, conductas instrumentales, conductas normativas, conductas lógicas y las conductas morales.

En ese sentido, una revolución es una continua renovación cognitiva del sentido común de una sociedad, pero si bien el hecho cultural es lo central y la revolución rusa, pero toda la revolución muestra que hay victorias culturales ganadas a la victoria política siempre ha de haber un momento jacobino, en que la política ha de presentarse de forma descarnada, brutal, pura, como correlación de fuerzas, como un hecho material de correlación de fuerzas, y es que las clases dominantes o los sectores privilegiados pueden perder momentáneamente el control del poder cultural, pero mantienen la propiedad de los medios de comunicación y la presencia en el sedimento profundo de las creencias populares.

Las clases dominantes pueden perder el control del gobierno, incluso del parlamento, tal vez de algunas empresas estatales, pero mantienen resortes financieros, conocimientos administrativos, influencias externas que les permiten tener un poder económico capilarizado al interior de la sociedad, pero lo que nunca van a poder aceptar de una manera fácil, es la pérdida del proyecto histórico de clase, la pérdida del monopolio y de la unicidad de la voluntad general.

Y es en esa disputa por el monopolio de la unicidad de la voluntad general donde puede darse una confrontación, un hecho de correlación de fuerzas que obliga a las fuerzas revolucionarias fragmentadas, porque esa es la dinámica de una revolución, son fragmentos, no es un hecho totalizante una revolución, son fragmentos a la centralización y esto tiene la contrafinalidad.

La centralización de las fuerzas dispersas de estas democracias locales regionalizadas es necesaria para enfrentar una acción coercitiva de las fuerzas conservadoras, de fuerzas externas, en el caso de Rusia, de una guerra y de una invasión, pero la contrafinalidad de esta necesidad de centralización es justamente el riesgo de pérdida de la democratización.

Es como que si la revolución solamente puede avanzar, dar el siguiente paso, si se centraliza, avanzó descentralizadamente, pero el siguiente paso solamente se lo puede dar si se centraliza, porque si no se centraliza, la reacción actúa descentralizadamente y golpea a cada uno de los segmentos aislados, entonces, la respuesta es una centralización. Pero al centralizarte corres el riesgo de asfixiar la democracia regionalizada que ha sido la vitalidad del inicio del proceso revolucionario.

En ese sentido, y esta es la séptima tesis, una revolución es una combinación de momentos gramscianos y de momentos jacobinos-leninistas. Inicialmente lucha cultural, hegemonía cultural, momento de fuerza centralizada, momento jacobino-leninista, nuevamente momento de hegemonía. Si solamente te quedas con el momento de hegemonía cultural gramsciano irradias, gestionas el sentido común; pero es un sentido común impotente porque no tiene la capacidad de mando y de organización de la vida política, económica o financiera de un país, mucho menos militar o coercitivo.

Entonces, ahí necesitas el momento de fuerza, el momento de la centralización organizada de todas las fuerzas, momento leninista, pero si solamente te quedas en este y no tomas el momento gramsciano, es un golpe de Estado sin sustento y sin legitimación duradera.

Entonces, los procesos revolucionarios enseñan que tienes que saber combinar o que se necesita combinar, la base, la hegemonía cultural, la necesidad de centralización y de acción de fuerza política, para imponer una dirección a las fuerzas que se oponen, pero inmediatamente otra vez hegemonía.

Dicho en otras palabras: conquista, derrota, conquista; seduce, derrota, seduce; necesitas seducir e irradiar un sentido común de la sociedad, de la economía, de la política, de la participación plural, necesitas derrotar, llegado el momento, a las fuerzas que intentan enfrentarse mediante acciones de violencia, de coerción, de resistencia, de sabotaje; pero, luego, a esos derrotados los tienes que volver a articular porque si no, el derrotado habrá de organizarse de otra manera.

Y entonces, al derrotado hay que incorporarlo, entonces, ahí la hegemonía se vuelve plena solamente que el derrotado tienes que incorporarse no como sujeto, sino como fragmento, como identidad social licuada por el propio proceso revolucionario, fragmentado, individuado y lo tienes que articular al bloque emergente, al bloque social que está construyendo hegemonía. Y luego quizás otro momento de centralización y de fuerza leninista, luego otra vez hegemonía, es decir, es Gramsci, Lenin; Gramsci, Lenin y al final Émile Durkheim.

¿Por qué Durkheim? Porque la durabilidad del proceso ha de depender de los esquemas morales y lógicos, de la transformación de los esquemas morales y lógicos de las personas y eso no se modifica, en un mes en un año, no se modifica con una insurrección, no se modifica con una asamblea; eso se modifica con un proceso largo profundo de pedagogía cotidiana y eso es Durkheim.

La revolución, ésta es la octava tesis, es pues una paradoja estatal insuperable, por una parte la revolución desorganiza y fragmenta el viejo poder, lo hace democratizando las decisiones públicas; lo hace mediante la incorporación creciente y masiva de personas anteriormente no involucradas en la política que ahora se involucran, les interesa, les importa la política, momento de la democratización; pero a la vez si no unificas esos poderes locales en un poder general, no solamente que estás indefenso ante las fuerzas de resistencia, sino que vas a tener problemas con la organización del nuevo orden de la sociedad.

En la Revolución Rusa, los obreros toman su fábrica de acero, otros obreros toman su fábrica de tractores, otros toman su fábrica de repuestos, entonces, es una democratización fragmentada de la sociedad.
¿Pero quién organiza el intercambio de tractores con productos agropecuarios? Deberían ser los trabajadores porque producen, pero no lo hacen y, entonces, los que producen tractores comienzan a vender sus tractores, a robar sus partes, a comercializarlas en el mercado negro para obtener, individualmente, su alimento. Pero otros, que no pueden hacer eso, los que fabrican repuestos, o focos, o lo que sea, pero no pueden hacerlo, comienzan a sufrir hambre y cuando hay hambre, hay descontento y cuando hay descontento, hay un culpable, ¿quién es el culpable?, es el gobierno.

¿Y entonces qué queda? El Estado tiene que asumir la mirada de articular lo general, la sociedad debería hacerlo, y ese es el debate, se supone que eso es el comunismo ¿no?, que la sociedad se autorganiza para organizar de manera directa las formas de intercambio y de circulación de los productos, pero si alguien no lo hace, alguien tiene que hacerlo porque si no: hambre, desesperación, miseria y cierre de fábricas, despido de trabajadores, derrumbe. Si no lo hace la sociedad, ¿quién lo tiene que hacer?, es el Estado. Pero al hacerlo tiene que asumir prerrogativas de lo universal, cuando antes era la sociedad civil la que usaba, la que ejercía las prerrogativas en la sociedad universal y, entonces, ahí se genera una paradoja, una tensión, una contradicción, quizás a eso Lenin llamaba que una revolución social da lugar a un semi-Estado, ¿qué es un semi-Estado?, por una parte democracia social, sociedad civil en ebullición y en participación democrática en los asuntos culturales, políticos, económicos, en fin; pero por otra parte, necesidad de Estado que resuelva los problemas que no está pudiendo resolver la sociedad de manera centralizada.

Otra vez el monopolio de lo universal y todo monopolio de lo universal, Estado es una desdemocratización de la sociedad, pero si no monopolizas ciertas cosas, la sociedad va a quedar indefensa y llevada a la pobreza; pero si lo haces demasiado y sustituyes a la sociedad, ya eres simplemente un Estado en forma y ya no un semi-Estado, quizás en esta tensión, se resuelva la lógica de un proceso revolucionario, ni uno ni el otro plenamente, ni una democracia absoluta permanente porque te puede llevar a procesos de debilitamiento, de desorden y de colapso económico, ni una centralización absoluta que te puede llevar a una estatalización de la sociedad, una consolidación de clases sociales y la reconstitución del viejo régimen del capital que al final sucedió en la Unión Soviética.

Novena, la revolución es, pues, una invención práctica de nueva socialidad, toda revolución estalla por demandas muy prácticas: pan, tierra, libertad, agua, respeto, reconocimiento y es en esa lucha por cosas prácticas que se constituyen y se disuelven sujetos colectivos, no hay ningún sujeto prestablecido en la revolución, estos se construyen, se forman, se reorganizan en el propio flujo creativo de la revolución, se construyen nuevas formas organizativas de deliberación, se construyen nuevas formas de organizar la vida económica, nuevas formas de gestionar la vida política, las cosas de interés común, nuevas prácticas de afecto y de colaboración.

Décima, toda revolución, vista de esta manera, es, entonces, una forma de conquistar tiempo, tiempo para ampliar los resquicios de organización económica y política que la sociedad civil puede o quiere crear en su ímpetu, en su participación, en su involucramiento práctico.

Tiempo para impulsar nuevas olas revolucionarias que amplíen aún más la participación en tu país o en otros países cercanos, tiempo para crear nuevas personas capaces de asumir, directamente y sin intermediación de lo universal estatal, la unificación de necesidades y de capacidades humanas.

Tiempo para impulsar formas de cooperación en la economía, formas de cooperación en la política, formas de afecto cara a cara entre las personas; tiempo para garantizar estabilidad económica que dé tiempo para surgir estas cosas que acabamos de decir.
En el fondo, una revolución es, pues, una desesperada búsqueda de tiempo para permitir y brindar a la sociedad civil espacio para su creatividad, para la ampliación de su democratización, para experimentar y retroceder y volver a experimentar con mayor ímpetu nuevas formas de organización social.

Finalmente, pareciera ser que toda revolución está condenada al fracaso, pero sólo en el fracaso, la sociedad y la historia avanzan; sólo en el fracaso, los derechos de la gente se amplían, esta es una tesis muy fuerte. Si una revolución, que surge en un país, este proceso amplio de democratización social radicalizado que pasa de la casa a las calles, a las plazas, de las plazas a las empresas, de las plazas a los parlamentos, de las plazas a los ministerios; si esto no tiene un correlato de otros procesos simultáneos en otros países que permitan que el intercambio económico de este país, sus flujos financieros no se tranquen, no se bloqueen, que la adquisición de la tecnología no quede impedida; si esto no sucede, una revolución está condenada al fracaso y, entonces, ahí el tiempo se convierte en el núcleo del hecho revolucionario, tiempo para esperar que otros hagan lo mismo, tiempo para generar mejores condiciones internas para un nuevo salto más audaz en las formas de gestión de la economía.

Tiempo para que otras experiencias puedan articularse con las experiencias que están surgiendo en un país y ese tiempo se obtiene de dos maneras, de tres en verdad, garantizando un mínimo de estabilidad económica, una revolución no puede socializar la pobreza, una revolución de alguna manera tiene que socializar algo de la riqueza: la renta, el salario, la salud, la educación, los bienes públicos, nuevos derechos, nuevos reconocimientos, bienes materiales o inmateriales. Si una revolución no logra eso, esta ha de fracasar no solamente por la asfixia sino por su debacle interno.

La segunda cosa, tiempo para ampliar la democratización, la participación, porque la gente no participa ininterrumpidamente, la gente, en cualquier proceso revolucionario, sale a la calle, participa, va a la asamblea, va a reunión, va a la marcha un día, una semana, un mes, dos meses o tres meses, luego regresa a su casa, luego tiene otras cosas más importantes que hacer: la pensión de su hija, el colegio, la universidad del hijo mayor, el pago de la casa, el tema de la renta, el tema de las deudas contraídas; entonces, la gente regresa a su casa.
La imagen de una revolución donde la gente tiene un gasto heroico permanente e ininterrumpido al infinito es una ilusión, no existe eso en ninguna parte, ni en la Revolución Rusa, cuando uno estudia, ve libros de la Revolución Rusa, le muestran cómo desde fines del año 1917, 1918, la gente deja de ir a los soviets, los obreros dejan de ir, en su mayoría, a los comités de fábrica, se quedan solo los militantes, ya no está el trabajador de base, el ama de casa, el joven, el estudiante que anteriormente se entusiasmaba cuando iba al soviets, la gente retrocede; entonces, tú necesitas tiempo desde el Estado para impulsar nuevas formas de politización, nuevas maneras de democratización de los asuntos públicos, en una serie de oleadas recurrentes que amplíen cada vez más los espacios de participación y generación de nuevas formas de socialidad de la población.

Y tienes que buscar este tiempo a la espera de lo que suceda en otras partes del mundo, si no sucede nada en otras partes del mundo, la revolución fracasará inevitablemente; pero, entonces, ¿para qué tanto esfuerzo y heroísmo si uno sabe que luego es más probable que la revolución fracase por el hecho mismo de que uno espera un año, diez años, 50, 70 y 80 años y se muere y su hijo sigue esperando que haya una revolución?, la esperanza de que algún rato se interconecte, la esperanza de que algún rato, si no es en esta experiencia, vendrá después y si no es en esta, en la que vendrá después, que se logre una interconexión, con otro país, con otra región, con otra nación que puede interconectar la experiencia de la revolución localmente iniciada, la esperanza.

Quizás sea una esperanza fallida, nuevamente, pero habrá otro momento en que vuelva a interconectarse, por eso; además, porque son estas experiencias, en su irradiación y su límite, en su potencial fracaso, pero no obligatorio fracaso, que la sociedad avanza, que la gente adquiere derechos, que el trabajador tiene un mejor salario, que la gente tiene una mejor presentación, que la gente accede a un mejor sistema de salud o a un mejor sistema de educación; que la gente sedimenta una experiencia que podrá ser usada por los que vendrán o por el mismo, 20 años o cinco años después, o por otra generación en otro país del mundo, usando la experiencia de lo que ellos hicieron para hacerlo mejor.

Es decir, el fracaso es lo más probable, pero no es más inevitable y el fracaso que no es inevitable, pero que es lo más probable, que aún en su fracaso, genere una sociedad de derechos y genere nuevas formas de ciudadanía.

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Álvaro García Linera

Nació en Cochabamba-Bolivia. Fue a estudiar la carrera de Matemáticas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). A su regreso a Bolivia se dedicó a la organización y aporte ideológico en el Ejército Guerrillero Túpac Katari (EGTK), conciliando la teoría indianista con el marxismo y generando una praxis revolucionaria-comunitaria.

En 1992 fue encarcelado durante cinco años; en 1997 sale de prisión por no haber sentencia en su contra. Dictó cátedra en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA) y otras universidades.

En el año 2005 fue invitado por el Presidente Evo Morales como Vicepresidente para las elecciones en las que obtuvieron un triunfo histórico. Actualmente es Vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia.

Entre algunas de sus publicaciones destacan: De demonios escondidos y momentos de revolución. Marx y la revolución social en las extremidades del cuerpo capitalista (1991); Forma valor y forma comunidad (1995, 2009); Reproletarización. Nueva clase obrera y desarrollo del capital industrial en Bolivia (1952-1998) (1999); Sociología de los movimientos sociales en Bolivia (2004); La potencia plebeya. Acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia (2008); Las tensiones creativas de la revolución. La quinta fase del Proceso de Cambio (2011); El “oenegismo”, enfermedad infantil del derechismo (2011); Geopolítica de la Amazonía, poder hacendal patrimonial y acumulación capitalista (2012); Identidad Boliviana. Nación, mestizaje y plurinacionalidad (2014); La condición obrera en Bolivia. Siglo XX (2014), Las vías abiertas de América Latina (2017), ¿Qué es una revolución? De la Revolución Rusa de 1917 a la revolución de nuestros tiempos (2017).


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