Trump,una posible catarsis

José Andrés De La Fuente Bernal
Publicado en mayo 2017 en La Migraña 21
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Un simple ejercicio de abstracción en el empleo del término “outsider” (extranjero, foráneo, ajeno) –más y más utilizado en el análisis político de manera paralela a la creciente ola populista de extrema de recha en Occidente– nos hace pensar en una figura política sin claro alineamiento político e ideológico o adhesión con líderes de partidos políticos y grupos de poder establecidos en las estructuras político-partidarias de un Estado.

En las pasadas elecciones presidenciales de los Estados Unidos, este término destacó en la descripción de dos personajes esenciales para una adecuada comprensión del cambio, o posibilidad del mismo, en un sistema político que sirve a principios firmemente enraizados en la estructura institucional de su sociedad y que son altamente resistentes al cambio. Uno, por supuesto, es Bernie Sanders, representando el progresismo de la política estadounidense, y el otro, es Donald Trump, puesto que sobre él me centraré, veremos con calma lo que su campaña y su victoria han representado, más allá de lo estrictamente político.

Donald John Trump, el presidente de los Estados Unidos, lleva el término “outsider” a un paroxismo que ayuda a comprender la sorna y desdén con el que se recibió su postulación a la nominación republicana.  Controversial desde su primer acto de campaña, y no sólo por sus comentarios respecto a los inmigrantes latinos, Trump no pareció haber sido tomado en serio hasta muy entrada la carrera por la nominación de su partido, pero aún así, no fue sino hasta avanzado el escrutinio de las elecciones del 8 de noviembre que casi nadie de entre los expertos (los “pundits” tan asiduos a CNN, MSNBC, NBC, Fox News, etc.) y habituales  comentaristas políticos–fuera de, por ejemplo, personalidades del análisis político, social y económico  como Michael Moore o Mark Blyth– y menos aún de entre los miembros de la élite política, podía de verdad creer lo que había pasado.  Trump –a  pesar de todas las encuestas, antes y después de la  nominación republicana, antes y después de cada  debate presidencial; a pesar de cada uno de sus comentarios xenófobos, racistas, misóginos cuando  ya no directamente falsos e, incluso, desaforados; a pesar de cada nueva, y tóxica, revelación sea sobre su manera de hacer negocios, su vida personal o sus actitudes y comentarios, registrados en grabaciones o en su mismo Twitter…– se convirtió en el  45avo presidente de los Estados Unidos de Norte  América.

Un hombre que ha dado mucho que hablar a lo largo de su vida, con una cultivada presencia mediática que lo convirtió en una celebridad ya en los ochentas, sin carrera política, ni haber ocupa do algún cargo en el gobierno estadounidense, con una larga historia llena de controversias, ataques y “tuits”, todos ellos, por lo demás, impensables en cualquier otro candidato en su abundancia, agresividad, descaro y, en algunos casos, hasta franco delirio y divorcio de la realidad. Un hombre capaz de producir una lista de agresiones ya pasmosa cuando se trataba de un candidato a la nominación –uno que podía tacharse como un rico extravagante que hasta tuvo que pagar a actores para que atendieran a su evento de lanzamiento de campa ña–  pero, en la actualidad, motivo ya no solo de vergüenza sino de miedo y directa resistencia entre la población civil, las filas del Congreso (incluyendo algunos republicanos), hasta los miembros de su misma administración como de los servicios de inteligencia que, al parecer, no tienen falta de munición cuando de filtrar información se trata.

En fin, Trump, siempre el provocador, coronó con su elección una campaña política cuyo principal motor fue la controversia en base a ataques que si bien en principio parecían estar dirigidos a todos quienes podían ser excluidos de una noción discursivamente abstracta de lo que significa ser “americano”–en los hechos, esta abstracción halla su correlativo empírico en el conjunto de la ciudadanía blanca, mejor si hombres, mejor si cristianos…–.

Los slogans vacíos de contenido programático y, sobre todo, una directa apelación a muchas de las susceptibilidades y animosidades existentes en la sociedad estadounidense. Una directa exacerbación del sentimiento nacionalista y anti-inmigrante, una marcada hostilidad o indiferencia, según convenga, frente a las minorías étnico-culturales, un machismo recalcitrante y varios etcéteras entre tejidos con un discurso que aboga por la recuperación del país, la restauración de algo perdido, junto a una retahíla de superlativos en torno a su misma persona y los logros de los que constantemente se ha jactado. Siempre exagerando, tergiversando los datos, cuando no inventándoselos directamente …

En fin, es mucho lo que puede decirse acerca del fenómeno Trump y lo que puede significar para la primera potencia mundial, tanto en lo doméstico como en lo internacional; sin entrar mucho en el análisis y comentario de lo que ya es su gestión presidencial, lo que aquí nos interesa es reflexionar sobre: primero, cuáles serían los ejes principales de una reflexión sobre qué es lo que permitió que este excéntrico personaje se convierta en el “líder del mundo libre” y, segundo, por qué es posible pensar que precisamente todas las características ya  mencionadas, junto a algunas más que saldrán a la  luz en el curso de este artículo, son las que permitirían pensar en la posibilidad de un escenario más provechoso, y no sólo para los estadounidenses, del que sería posible imaginar con una victoria de Hillary Clinton.  Con esto en mente, primero, un poco de contexto…

 

Los Estados Unidos de Obama, qué cambió y cómo se votó

 Una de las principales diferencias entre las campañas de Barack Obama y Donald Trump fue, por supuesto, la retórica y, de manera particular, el tenor de la misma. De los cinco slogans utilizados por Obama en sus dos campañas presidenciales , se pueden extraer dos mensajes principales: En la campaña del 2008 -en plena crisis financiera, la explosión de la burbuja inmobiliaria y el consecuente rescate de los bancos con toda la polémica que se desató a través de la cobertura que recibió el obsceno funcionamiento de Wall  Street 5 –, el principal mensaje fue la promesa de cambio, no sólo de ad ministración (de republicanos con Bush a demócratas con él) sino del mismo funcionamiento de  Washington. Y, en la campaña para la reelección del 2012, el mensaje era que el cambio –las reformas impuestas, sobretodo medidas regulatorias, para evitar otro escenario de desastre financiera como el de 2008, la reforma de salud, sus medidas impositivas, etc.– debía continuar hacia una “América” en la que la clase media lograra restablecer el sentido de seguridad en decadencia desde antes de la recesión.

Ahora bien, los Estados Unidos que salen de la administración Obama es un país con una tasa de desempleo inferior al 5%, indicadores bursátiles que llegaron a más del doble de las cifras registra das el 2008; pero con una continuada degradación de la clase media durante una época de generalizada concentración de capital en el mundo entero, índices de desigualdad por motivos étnico-culturales que aseguraron que los índices de pobreza se concentren en las minorías.

Evidentemente, durante los ocho años de Obama, ha habido muchos cambios más como, por ejemplo, en la composición demográfica  , tanto étnico-cultural como generacional, las divisiones políticas se han acentuado llegando a niveles de polaridad rara vez vistos  , una situación de profunda inestabilidad en la arena política internacional (desde el medio Oriente, pasando por los conflictos con Rusia y Corea del Norte hasta el crecimiento del populismo de extrema derecha en Europa), así como una plétora de cambios en actitudes y opiniones sobre diversos temas (como la marihuana , los derechos sexuales, el matrimonio igualitario ), entre la población en general.

Es evidente que los Estados Unidos cambiaron mucho, y desde varios puntos de vista y categorías de análisis, con la presidencia de Obama.  No es el objetivo de este artículo elaborar una crítica o realizar una evaluación de la correspondencia de estos  cambios con los programas políticos prometidos por Obama en sus respectivas campañas presidenciales; tampoco podemos centrarnos más que en aquellos detalles que nos permitan elaborar un bosquejo general del estado de la sociedad estadounidense, principalmente en los factores que pueden servirnos para tener una clara idea del tinte y la organización de la polaridad de esta sociedad que llevó al resultado ya de sobra conocido. Así que, de momento, intentaré bosquejar los resultados de las elecciones presidenciales, en la desagregación del voto por las categorías más significativas en cuanto mayor haya sido la diferencia en las mismas, para así dar mayor fluidez a la reflexión posterior sobre otros aspectos importantes.

Para lo que sigue, es importante tener siempre en mente que Trump ganó las elecciones gracias a los votos del Colegio Electoral y no así al voto popular.  Lo primero ya se verá con calma luego; en cuanto al voto popular, la diferencia entre Clinton y Trump fue superior a los 2.8 millones de votantes en favor de aquélla. Con un total de unos 126 millones de votantes que representan el 55.4% del porcentaje total de votantes posibles, esta fue una de las elecciones presidenciales con menor participación desde Bill Clinton. Teniendo en cuenta que Trump ha dirigido una campaña cuyos principales elementos discursivos han sido los ataques sistemáticos frente a las minorías más vulnerables (negros, hispanos e inmigrantes en general, con particular encono en contra de inmigrantes y refugiados musulmanes de Oriente Medio), un abierto desprecio y condescendencia frente a las mujeres (acompañado de su buena medida de grabaciones y demandas que dejan en evidencia un comportamiento abiertamente sexista), y una apelación recurrente, como tema estelar de campaña, de recuperación del país, con especial énfasis en la seguridad del mismo frente a la amenaza terrorista 15 , podemos echar un breve vistazo a la desagregación del voto para ver qué es lo que nos dicen los mismos votantes, respecto a cómo y por qué votaron en estas elecciones.

Respecto a los factores más importantes de la victoria de Trump, y a pesar de que la explicación de muchos gira en torno a la desigualdad en la distribución de la riqueza (los desfavorecidos y los desposeídos, en general, habrían votado por Trump), la oposición machista frente a la posibilidad de  elegir a la primer mujer presidente, al problema de una candidata demócrata en directa desventaja frente a, básicamente, cualquier otro candidato demócrata de relevancia o, a colación de lo anterior, al resentimiento de los seguidores de Bernie  Sanders  o el efecto “Jesse Ventura” 17 ; las divisiones más profundas parecen centrarse en torno a la  raza, al género, a la edad y al nivel educativo (el votante Trump promedio es predominantemente un hombre blanco mayor, con niveles educativos comparativamente inferiores a los del votante pro medio por Clinton). Así, por ejemplo, mientras que la diferencia entre no-blancos con título universitario (72% por Clinton vs 22% por Trump) es básicamente la misma que la de aquellos sin título (76% por Clinton vs 20% por Trump); la diferencia entre blancos con título universitario (45% por Clinton vs 48% por Trump) es enorme frente a la de aquellos sin título (29% por Clinton vs 66% por Trump).Y de hecho, si esta información se desagrega, los hombres blancos sin título universitario son, por mucho, el sector demográfico que más apoyó a Trump con un 71% de su voto.

En cuanto al ingreso, si bien no hay gran diferencia entre todos aquellos que ganan 50,000 dólares al año o más (47% por Clinton vs 48% por Trump) –y nula si es que nos concentramos en todos aquellos que ganan más de 100 000 al año, con un 47% para cada candidato–, la diferencia es significativa, y en favor de Clinton, entre todos aquellos que ganan menos que el monto señalado (53% por Clinton vs 41% por Trump).  Esto último parecería ir directamente en contra de la importancia del factor de la economía y bienestar del votante de Trump, sin adelantarnos mucho, este no es necesariamente el caso; la economía y el bienestar si jugaron un papel muy importante, pero no el papel determinante que muchos parecen afirmar.

Hay, evidentemente, todo un conjunto de desagregaciones posibles del voto que permiten ser más  específicos a la hora de confirmar el perfil tentativo  del votante promedio de Trump como –además de  ser un hombre blanco, mayor, de ideología conservadora, con mayor nivel económico e inferior nivel  educativo al votante promedio de Clinton (que, evidentemente, concentra además mucha mayor proporción de minorías, así como una sustancial mayoría de mujeres)–, a  grandes rasgos: Una persona religiosa de confesión cristiana (el 71% de los judíos así como el 62% de otras religiones y el 67% de aquellos que no profesan ninguna religión votaron por Clinton) nacida en Estados Unidos; que piensa que los temas más importantes que enfrenta el país es la inmigración y el terrorismo; que piensa que los inmigrantes ilegales que trabajan en los Estados Unidos deberían ser deportados y por ende favorecen masivamente la construcción de un muro al sur de la frontera; siente que el efecto del intercambio internacional es llevar sus fuentes de trabajo fuera de los Estados Unidos; piensa que la pelea contra ISIS va muy mal; percibe un trato justo para todos del sistema criminal –el 72% de aquellos que piensan que trata de manera injusta a los blancos,  votaron por Clinton–; está insatisfecha o enojada con el gobierno federal y piensa que hacen demasiado… y la lista sigue. Pero sigue, por decir lo así, especificando los rasgos de lo que ya es una concentración de intención de voto en un elemento demográfico bastante claro.

 

Frustración generalizada y el racismo como válvula de escape

Noam Chomsky, al hablar de las raíces del racismo en los Estados Unidos, menciona dos crímenes fundantes de la sociedad estadounidense: la expulsión o exterminio de las naciones originarias de esas tierras, junto a la destrucción de su cultura y el ostracismo de su gente; y los más de 400 años de abuso, discriminación y violencia (desde la esclavitud hasta el día de hoy) de la población negra.

Es probable que varios de los lectores hayan escuchado o leído acerca de más de una de las historias diseminadas en los medios sobre el abuso policial sistemático de la población negra, con especial énfasis en los hombres jóvenes; mientras que en la mayoría de las sociedades los niños son considerados como miembros de un colectivo particular cuyas principales características son la inocencia y la necesidad de protección. En los Estados Unidos los jóvenes negros suelen ser vistos como responsables de sus acciones en una edad en la que su contraparte blanca seguiría beneficiándose de seguir siendo percibidos como lo que son, niños. Al respecto, la principal conclusión del estudio es que niños negros de apenas trece años pueden ser percibidos como adultos, con una sobreestimación de edad de cuatro años y medio en promedio.

La violencia institucionalizada en contra de la juventud negra por oficiales de policía blancos, al medio de una ola de impunidad que los exime hasta del proceso judicial, ni hablar una sentencia, es apenas uno de los varios aspectos del multifacético racismo profundamente enraizado en la sociedad estadounidense y en sus instituciones. Por ejemplo, el impacto de la “Gran Recesión” del 2008, que si bien se sintió de manera universal en los hogares estadounidenses, ha incidido en el aumento en la desigualdad de la riqueza en tanto el proceso de recuperación económica no ha beneficiado a todos por igual. El aumento de esta desigualdad ha seguido líneas raciales y étnicas, y estas diferencias en términos de riqueza, hasta el 2013, alcanzaron los niveles más altos de los 30 años previos de extrañar que el 43% de encuestados negros, realizada a adultos en Estados Unidos de principios del 2016, piense que el país no hará los cambios necesarios para dar a los negros iguales derechos que a los blancos. Ni qué decir de la relación del sistema judicial y de la policía con el 84% y el 75% de los encuestados negros que afirman que son tratados con menor justicia que los blancos en su trato con la policía y en las cortes respectivamente (el porcentaje para los blancos es del 50% y 43%, respectivamente).

Las disparidades son constantes en un amplio espectro de cifras y factores que inciden de manera directa en la cuantificación y cualificación de los niveles de bienestar global si estos son subdivididos por raza. De la misma manera que, en general, las cifras netamente económicas revelan una fuerte disparidad entre los blancos y, básicamente, el resto del espectro étnico-cultural, las mismas diferencias pueden verse en el acceso a la educación, empleo, y vivienda. Que, en su conjunto, contribuyeron de sobremanera a inequidades raciales importantes en el acceso a la salud.

Ahora bien, ¿qué es lo que hace el racismo y conecta con la frustración generalizada de gran parte de la población estadounidense? Aún si fuera el caso de que la presidencia Obama pudiera ser señalada como la principal culpable de la exacerbación del conflicto racial, no puede haber exacerbación de lo que no está ahí.  Obama mismo, recordó en un par de ocasiones, el hecho de que dejó de escuchar el sonido de las personas asegurando las puertas de sus autos al verlo pasar en la calle cuando se hizo conocido en su calidad de representante electo. Y si pensamos en la cantidad de personas que dieron crédito a la mentira de que Obama no era un ciudadano por nacimiento (mentira diseminada por Trump) y/o que es musulmán (presto a ir en contra de los valores judeo-cristianos), vemos cómo la discriminación racial no sólo sigue viva y disfruta de fuerza. Y se presta como base y vehículo para otros tipos de discriminación posibles como, precisamente, la discriminación por razón de religión de los musulmanes –tema de actualidad por las órdenes ejecutivas de Trump que ponen una moratoria de 120 días al ingreso de personas de 6 (con la exclusión de Iraq, pues antes eran 7) países que en los hechos se convierte en una prohibición de musulmanes– y la vinculación de su religión y cultura con el  terrorismo 26  y el odio de los “valores americanos”.

Y a pesar de tal panorama, es posible afirmar que la sociedad estadounidense ha avanzado en temas de justicia y derechos sociales. Sin importar que la administración de Trump signifique un retroceso, cuando no la erradicación de derechos y protecciones en varios frentes (ambientales, justicia económica, acceso a vivienda… ¡acceso a los baños!), no podemos dejar de admitir que la sociedad ha avanzado. Particularmente en lo que respecta a la protección de los sectores vulnerables (tanto las mujeres y las minorías han ido mejorando su situación de manera general y progresiva en las últimas décadas).  Y, sin embargo, se sigue frente a un escenario de frustración generalizada en una parte de la población lo suficientemente significativa para haber derivado en la elección de Trump y de una mayoría congresal republicana que deja poca maniobra a oposición demócrata. Y es, precisamente,  el hecho de que Trump haya recibido tan sustancial  apoyo popular –sin importar la diferencia en contra de los casi 2.8 millones de votos, Trump recibió el apoyo de más de 62 millones de estadounidenses– dirigiendo una campaña tan abiertamente  hostil frente a prácticamente todas las minorías, que no hubiera sido posible sin la existencia de un profunda frustración en los ahora desempleados trabajadores industriales del “rustbelt” (Michigan, Ohio, Pennsylvania y Wisconsin) que han vivido la erosión de sus fuentes laborales gracias al libre comercio internacional (NAFTA); de una clase media que, como se vio, ha ido enflaqueciendo en número  al tiempo que pasa a las filas de la pobreza; de una sociedad que no solamente está consciente, a grandes rasgos, de la distribución desigual de la riqueza 28 , sino que, además, ha visto la gran injusticia del rescate financiero de instituciones que han  podido seguir rematando las casas de aquellas personas que, con sus impuestos, hicieron capaz tal rescate.   Trump, el hábil provocador, “showman” de profesión, supo manejar a los medios, poner en constante jaque a sus rivales (cada ataque, burla, sorna en su contra no hacía sino fortalecerlo, al igual que ahora) y proveer a una frustración y rabia en contra de un sistema político ampliamente percibido como profundamente corrupto, una válvula de escape.

 

Una sociedad al servicio del 1%, Trump como posible catharsis

 Puede pensarse que las explosiones de ira popular, propias de situaciones de rebelión o revolución, necesitan de un nivel mínimo de bienestar como condición de posibilidad:  Los momentos de mayor fortaleza de cualquier régimen de dominación han sido, generalmente, aquellos de mayor brutalidad del mismo, cuando la situación de los dominados y explotados era la peor posible, cuando la opresión es total; lo que significa, a la inversa, que  los momentos más propicios para la explosión de la ira popular requirieron de cierto tipo de apertura de aquella sociedad, la situación de los explotados debió haberse relativizado de tal manera que permita una cierta “insatisfacción comparativa”,  por medio de la cual sean capaces de adquirir una perspectiva tal que se convierta en el detonante de la  ira. Las personas en situación de dominación o explotación, penuria o carencia, necesitan parámetros que les provean estándares más altos de expectativas, frente a su situación actual, que les haga sentir la diferencia entre su situación y la de otros de tal manera que detone la ira y furia revolucionarias sin las cuales ninguna revolución puede efectivizarse.

La “ola de avances” sociales mencionada (derechos sexuales, derechos de las minorías, derechos a voto, etc.) debería, entonces, incitar la ira de aquellos beneficiados en tanto sean capaces –a través de mayor preparación, bienestar y educación– de darse cuenta del statu quo y movilizarse en contra de un Congreso que sólo parece hacer lo que dic tan las élites? Evidentemente, aún si la respuesta a tal pregunta fuera afirmativa, el punto es que la ira suscitada fue, precisamente, del grupo étnico más privilegiado. Se podrán tener consideraciones y reservas en contra de tal afirmación, pero la ver dad es que –de manera muy parecida a la reacción  frente a la pérdida del lugar especial del hombre, primero, al postular que la tierra no era el centro del universo y, segundo, y más grave, que el hombre ha evolucionado– la reacción conservadora, racista y profundamente reaccionaria de una parte importante del electorado estadounidense apunta  a un fenómeno que puede ser explicado por medio de una analogía con el sistema saussureano de significación:  de la misma manera que el significado de todas las palabras está dado por el lugar de las mismas dentro de un entramado de relaciones con el resto, la percepción del valor de los derechos y  privilegios de un determinado grupo social dentro del espacio total de una sociedad particular es, por fuerza, relativo al lugar de los mismos en un entramado de relaciones de poder que otorgan y garantizan tanto los derechos y privilegios como el valor relativo de los mismos.  En una sociedad con una historia de racismo tan extendido como potente, desarmada hoy en día, y desde hace mucho, por el azote de la “correctitud política”, no es de extrañarse la constante percepción de la mayoría blanca de una posición de abierta desventaja frente  al asedio del inmigrante, del negro, del hispano, del musulmán… que lejos de limitarse a quitarle el trabajo, desea imponerle otro esquema de vida; porque, a fin de cuentas de eso se trata, gran parte  del acicate del racismo actual en los Estados Unidos ha venido de la mano de la pérdida progresiva  del derecho de esta mayoría a discriminar en contra de las minorías.

Pero es precisamente este escenario el que puede permitir cierta esperanza en un mejor futuro. La gran cantidad de protestas, de organización de bases, de redescubrimiento de la movilización de la sociedad civil, de la necesidad de protección mutua, el, a fin de cuentas, relativo despertar de gran parte de una sociedad que había renunciado hasta a su derecho, y obligación, del voto. La victoria de Trump, además de todo lo ya mencionado, es producto también de otro factor, más en común con cualquier otra elección desde hace más de cien años: el ausentismo electoral. Pero, se dirá, votaron más de 126 millones de personas. Es cierto, pero ellos no representan, como se mostró, ni el 60% del electorado. Es cierto, también, que los republica nos han amañado las elecciones a través del manoseo de los distritos para llegar a un escenario en el que, básicamente, el político elige a sus votantes, cosa que no podría haber sido posible sin la viola ción del derecho a voto de gran parte de las minorías en diferentes estados que, tal vez, ya habrían cambiado de color.  Se dirá, y con aún mayor contundencia y furia, que a fin de cuentas el Congreso de los Estados Unidos, sin importar su color, no ha servido más que a intereses particulares, a intereses de las élites financieras, industriales, corporativas… y cuanta élite haya que pueda permitirse el precio del político de turno, sea este demócrata o republicano. Pero, tan cierto como todo aquello, y tal vez más importante aún, es el hecho de que tanto esta victoria de Trump como varias de las anteriores victorias electorales republicanas, no fueron tanto victorias republicanas como derrotas demócratas por tanto liberal, que no hace el más mínimo y elemental ejercicio ciudadano: ir a votar.

Dentro de todo, y a fin de cuentas, tener como horizonte de lucha a Trump es una cura sintomática, como tomar omeprazol para tratar la gastritis; el dolor o los malestares disminuyen o pueden incluso llegar a desaparecer, pero sólo momentáneamente pues la enfermedad sigue ahí: Trump es la respuesta no a un problema puntual, sino a un conjunto de malestares que expresan la casi inefable, y casi inadmisible, dolencia de darnos cuenta de que ninguno de los problemas como sociedad, doméstica a global, nos aquejan con mayor grave dad (injusticia, desigualdad económica, desastre global, etc.) no tienen arreglo posible dentro de las  coordenadas del capitalismo global y, peor aún,  que la fase del capitalismo financiero podría llegar  a ser, verdaderamente, la última fase de vida de la especie y, lastimosamente más aún, del planeta y la vida que hay en él.

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José Andrés De La Fuente Bernal

Egresado de las carreras de Filosofía y Sociología. Becario del programa de intercambio entre la Universidad Mayor de San Simón y la Universidad de Hradec Králové, República Checa.