Wallerstein, el sistema-mundo y la transición

Marco A. Gandásegui, h
Publicado en mayo 2017 en La Migraña 21
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El impacto de la obra de Immanuel Wallerstein se debe fundamentalmente a dos aspectos sobre los cuales el sociólogo norteamericano insiste cada vez con más fuerza. En primer lugar, Wallerstein caracteriza la presente coyuntura mundial como una transición fundamental de una forma de organización social a otra. En segundo lugar, señala que el resultado de esta transición no puede ser predeterminado y el futuro está exclusivamente en las manos de todos nosotros. Wallerstein cuestiona las nociones (tradicionales) de la modernidad que nos presenta el mundo como un cúmulo de relaciones sociales en perfecto equilibrio funcional o en un estado de permanente conflicto con objetivos y resultados conocidos.

Otra área que penetra Wallerstein, creando fuertes debates, se refiere a su crítica a las formas de producir conocimiento científico. Estamos frente a una crisis epistemológica que se expresa por la incapacidad de la ciencia tal como la hemos construido para explicar la transición que atraviesa la humanidad. La manera de producir conocimiento está pasando por un período de cambios profundos. Son cambios similares o más importantes que la revolución introducida por la ciencia moderna en el siglo XVI. Wallerstein también cuestiona la dicotomía que divide la ciencia en compartimentos que podríamos considerar artificiales, como ocurre en el caso de las ciencias naturales versus las ciencias sociales.

Todo indica que la interrogante de Tolstoi se hace cada vez más relevante: ¿Para qué sirve la ciencia si no puede contestar las preguntas que más nos importan? Estas preocupaciones que dominan la obra de Wallerstein, se insertan en su noción de sistema-mundo, que constituye el objeto de estudio de su esfuerzo teórico. La humanidad ha conocido varios sistemas-mundo con capacidad para presentar una visión global coherente. Según Wallerstein y sus colegas, la crisis actual de carácter global es consecuencia de cambios fundamentales que atraviesa el sistema-mundo capitalista que emergió hace 500 años y que se ha expandido a escala mundial.

Al respecto, quisiéramos examinar aquí tres momentos sobrepuestos del análisis de Wallerstein, que forman un todo y no se pueden entender a plenitud por separado. En primer lugar, la concepción de un sistema-mundo como sistema social; en segundo, la crisis del sistema-mundo, su significado y cómo entender sus consecuencias y, por último, las causas de la crisis y el papel de las clases sociales. Además, tomaremos nota de la posición del autor en torno a América latina en esta fase de transición.

 

Un perfil de Wallerstein

Immanuel Wallerstein nació en la ciudad de Nueva York en 1930. Hizo sus estudios y obtuvo su doctorado (Ph.D. en Sociología, 1959) en la Universidad de Columbia, de la misma ciudad, donde fueron sus profesores, entre otros, C. Wright Mills y Robert K. Merton. En las aulas de ese centro de estudios superiores trabó una relación intelectual con Terence K. Hopkins, quienes juntos con Giovanni Arrighi, emprendieron la tarea de construir el edificio teórico del sistema-mundo.

Inició su relación con Fernand Braudel en 1970 cuando escribía el primer volumen de The Modern World-System. En 1975 se trasladó a París donde Braudel lo invitó a trabajar juntos en la conducción de su seminario. Tomó especial interés en los procesos de liberación nacional que sacudían a Africa. A su regreso a EEUU en 1976 fundó el Centro Fernand Braudel en la Universidad de Estado de Nueva York (SUNY) en Binghamton donde ejercería también la docencia hasta 1999. En pocos años, el Centro se convirtió en meca de estudiantes de todo el mundo, quienes trabajan en los proyectos de investigación del sistema-mundo. Además, los trabajos aparecen publicados en Review, revista del Centro Fernand Braudel.

En 1974, Wallerstein publica el primer volumen de su obra El sistema-mundo moderno donde presenta sus tesis principales que ha seguido desarrollando desde entonces. Ha mantenido en este período una estrecha relación crítica con el equipo de científicos sociales que se identifica con Monthly Review, revista y casa editorial donde se publican las obras de Paul Sweezy, Harry Magdoff, Samir Amin, A. Gunder Frank y otros. En América Latina mantiene relaciones con los centros de investigación de la región, participó en el último Foro Social de Porto Alegre y cultiva una relación de trabajo especial con el sociólogo peruano Aníbal Quijano. Es profesor emérito de SUNY-Binghamton, dirige el Centro Fernand Braudel y es Investigador Titular en la Universidad de Yale.

 

Sistema-mundo

En su libro The Modern World System: Capitalist Agriculture and the Origins of the World-Economy in the Sixteenth Century, Wallerstein nos ofrece una primera aproximación a las claves de su teoría sociológica. Define el sistema-mundo como una estructura con fronteras, grupos, normas que la legitiman y coherencia. Es un mundo lleno de conflictos que se mantiene en un estado de tensión permanente. Funciona como un organismo que experimenta cambios y que saca a relucir sus fuerzas o debilidades según las circunstancias.

Para Wallerstein, lo que caracteriza un sistema social es su ser endógeno. En otras palabras, el sistema social es, «en gran parte», autosuficiente. Wallerstein identifica dos tipos de sistema social. Por un lado, el sistema social pequeño, con una economía de subsistencia autónoma. Por el otro, el sistema mundo. La diferencia obvia es el tamaño. Pero, también, el sistema mundo se basa sobre una división de trabajo extensa y una diversidad cultural de múltiples expresiones.

Wallerstein agrega que hasta el presente han existido dos tipos de sistemas-mundo. Por un lado, el sistema-mundo imperio que es articulado políticamente por un régimen centralizado que domina la totalidad del territorio sobre el cual se extiende. Por el otro, el sistema-mundo económico que carece de un sistema politico centralizador.

Los sistemas-mundo económico en la era premoderna eran estructuras muy inestables que evolucionaban hacia imperios o se desintegraban. La particularidad del sistema-mundo moderno es que ha dado lugar a una economía-mundo cuya duración lleva 500 años. Aun cuando el sistema-mundo económico puede tener centros políticos, éstos no son permanentes ni hegemónicos. Es el caso de las ciudades del norte de Italia, después Amsterdam (Holanda), Londres (Gran Bretaña) y Nueva York (EEUU), que se han sucedido como capitales del sistema-mundo económico del capitalismo en el último medio milenio. Arrighi y Silver anuncian un desplazamiento del centro hegemónico actual a corto plazo. Esta falta de centro hegemónico, según Wallerstein, es el secreto de la fuerza del sistema-mundo moderno y, a la vez, constituye el lado político de la organización económica llamada capitalismo. El éxito del capitalismo descansaría precisamente sobre esta multiplicidad de sistemas políticos que conviven simultáneamente.

El capitalismo dispone de varias formas para operar en un sistema-mundo de este tipo. En primer lugar, ofrece a los capitalistas una estructura sobre la cual pueden moverse con mucha libertad. Esta noción es tomada de Braudel, que considera que las operaciones capitalistas y sus agentes son básicamente especulativas y financieras. Mientras que la producción requiere de la protección de una clase o Estado, las finanzas necesitan plena libertad para moverse sin restricciones. En segundo lugar, el sistema-mundo le permite al capitalismo expandirse territorialmente en diversas direcciones, a diferentes ritmos sin enfrentar restricciones políticas.

En su obra de 1974, Wallerstein deja una puerta abierta para permitir la posibilidad de que aparezca un sistema-mundo alternativo. Este nuevo sistema-mundo tendría que integrar las esferas económica y política para equilibrar la distribución y el poder entre los diferentes grupos sociales. Éste sería el sistema-mundo socialista. Para Wallerstein, este sistema integrador no debe confundirse con el socialismo que dominó enormes áreas geográficas en el siglo XX. El socialismo soviético del siglo pasado formaría parte del sistema-mundo capitalista, aunque periférico. Para Wallerstein, el colapso político del socialismo soviético es una señal de la decadencia de la ideología liberal que dominó el sistema-mundo entre 1848 (revoluciones europeas) y 1968 (la sublevación estudiantil que el sociólogo estadounidense bautiza con el nombre de Revolución Mundial).

Es oportuno introducir en este punto las nociones de centro y periferia de quienes trabajan con el concepto de sistema-mundo. El sistema-mundo capitalista tendría un centro que dirige y acumula la riqueza global. Al mismo tiempo, se expandiría sobre una periferia que es objeto de una explotación sistemática. En el medio, como un colchón amortiguador, se ubica una semiperiferia que serviría de estadio promotor de nuevos centros. En el caso de América Latina, su posición dentro del sistema-mundo capitalista, desde su aparición hace 500 años ha sido periférica. En algunos casos y para tiempos limitados, algunos países de la región habrían alcanzado el nivel de semiperiferia: Argentina, Uruguay y Cuba.

El sistema-mundo y, en este caso, el sistema-mundo capitalista opera sobre la base de un conjunto de reglas. Las mismas se reflejan en los ritmos cíclicos y en sus tendencias seculares.

«Como todos los sistemas, la proyección lineal de sus tendencias encuentra ciertos límites, después de lo cual el sistema se encuentra a sí mismo lejos del equilibrio y comienza a bifurcarse. A partir de este punto, podemos decir que el sistema está en crisis, y que transita a través de un periodo caótico en el cual busca estabilizar un nuevo y diferente orden, es decir, que realiza la transición desde un sistema a otro. Qué es lo que este nuevo orden será, y cuándo se estabilizará, es algo imposible de predecir, pero también es algo que se encuentra fuertemente impactado por las acciones de todos los actores que participan en toda esta transición. Y es exactamente la situación en la que estamos ahora».

Crisis e incertidumbre

En una conferencia pronunciada en Praga en septiembre de 1997, Wallerstein señala que el sistema-mundo capitalista vive en la actualidad en una «crisis terminal». Esta declaración es presentada sobre la base de un conjunto de premisas que rompen con la visión habitual de los círculos académicos.

La primera premisa que esboza Wallerstein no tiene mucho de original. Señala que todo sistema social histórico aparece, se desarrolla, entra en decadencia y, finalmente, muere. Esta desaparición de la escena histórica es consecuencia de la incapacidad del sistema por mantener el equilibrio, ya no puede controlar las tensiones que la sacuden desde adentro. En me dio de la crisis se produce una «bifurcación», concepto que Wallerstein utiliza para introducir su segunda premisa: Las bifurcaciones constituyen las múltiples alternativas que se abren en el marco e las tensiones que desgarran el sistema. Los resultados de las bifurcaciones no se pueden predecir, son indeterminados. La tercera premisa señala que el sistema mundo está en una «crisis terminal». Más aún, Wallerstein anuncia que es improbable que el sistema que conocemos hoy exista en unos cincuenta años.

«Sin embargo, ya que el resultado es incierto, no sabemos si el sistema (o los sistemas) resultante será mejor o peor que el actual, pero sí sabemos que el período de transición será una terrible etapa llena de turbulencias, ya que los riesgos de la transición son muy altos, los resultados inciertos y muy grande la capacidad de pequeños inputs para influir sobre dichos resultados.»4 Las conclusiones que extrae del desarrollo de las premisas apuntan en direcciones aún menos convencionales. La primera conclusión es que el progreso no es inevitable». La segunda, que la «creencia en certezas (premisa fundamental de la modernidad) ciega y mutila»: a menudo, esta certeza que identifica la ciencia moderna tiende a secularizar el pensamiento cristiano donde la figura de Dios es reemplazada por la «naturaleza». La tercera y última conclusión es que «en toda sociedad humana la lucha por una sociedad mejor es un rasgo permanente».

En otras palabras, las transformaciones sociales son posibles pero no necesariamente seguras. La última conclusión de Wallerstein es que «la incertidumbre es maravillosa y que la certeza, si fuera real, sería la muerte moral». Vale la pena citar un pasaje que refuerza este optimismo:

«Si estuviésemos seguros del futuro, no habría apremio moral alguno para hacer cualquier cosa. Seríamos libres para satisfacer cualquier pasión y actuar siguiendo cualquier impulso egoísta, ya que todas las acciones estarían sometidas a una ordenada certeza. Por el contrario, si todo está sin decidir, entonces el futuro está abierto a la creatividad, no sólo a la creatividad meramente humana, sino también a la creatividad de toda la naturaleza. Está abierto a la posibilidad y, por lo tanto, a un mundo mejor».

Causas de la crisis

Immanuel Wallerstein señala que «el mundo está siendo sometido a tres presiones estructurales a las que ya no está en posición de controlar», que erosionan la rentabilidad de las inversiones en sectores claves de la economía global. La primera presión estructural que experimenta el capitalismo global se refiere al costo de la fuerza de trabajo: para Wallerstein, el acceso a la fuerza de trabajo barata en las regiones del mundo no integradas al sistema-mundo se está agotando. La búsqueda de trabajadores más allá de la «periferia» del sistema-mundo capitalista se está volviendo cada vez más difícil. Como consecuencia, le corresponde a los estados-naciones integrados al sistema-mundo ejercer presión sobre sus propios trabajadores vía iniciativas legislativas para reducir los costos de su fuerza de trabajo. Esta política conocida como neo-liberal no sólo genera periferia y semiperiferia. En los últimos lustros estas presiones han movilizado a los trabajadores del «centro» quienes se oponen a su empobrecimiento como consecuencia de las políticas de flexibilización y la reducción del «Estado de bienestar».

A pesar de la búsqueda de nuevas fuentes de trabajo y las presiones para bajar los salarios, según Wallerstein, la existencia de fuentes de fuerza de trabajo baratas está llegando a su fin. En palabras de Wallerstein, «la primera (presión estructural) es consecuencia del proceso de desruralización del mundo, que está ahora muy avanzado y que probablemente se habrá completado totalmente dentro de los próximos 25 años. Es un proceso que está incrementando inexorablemente el costo del trabajo en tanto que magnitud porcentual del valor total creado».

La segunda presión estructural se refiere al ambiente. Existe un límite a la capacidad que tienen las empresas capitalistas para externalizar sus costos usando los recursos naturales y bienes públicos como si no tuvieran costo alguno. De hecho hay otros sectores sociales que están pagando la degradación del ambiente

y la destrucción de la infraestructura en forma cotidiana. En el caso de Panamá, la depredación de las cuencas, las bahías y los bosques son costos que deben pagar los grupos sociales que no controlan el gobierno en beneficio de unos pocos empresarios. Igualmente, el uso de las áreas urbanas construidas con fondos públicos para beneficio de ciertos intereses privados es otra forma de externalizar los costos de estos últimos y elevar sus beneficios. Según Wallerstein, «la segunda presión (estructural) es la consecuencia del largo plazo de la externalización de los costos, que ha sido llevada hasta el agotamiento eco lógico. Ello está haciendo aumentar el costo de los insumos dentro del porcentaje del valor total creado».

La tercera fuente de desequilibrio, por último, proviene de los límites que tienen los regímenes políticos de someter a sus trabajadores a una creciente tasa de impuestos. Han sido los impuestos que han alimentado el sistema capitalista. Una muestra de ello es la política «keynesiana de guerra» del presidente Reagan en la década de 1980 así como la «guerra contra el terrorismo» de Bush en la primera déca-

da del siglo XXI. Para Wallerstein, «la tercera presión (estructural) es la democratización en el mundo, que conduce a demandas crecientes respecto al gasto público en educación, salud y garantías del ingreso de vida. Esto está impulsando hacia arriba los costos de los impuestos en el porcentaje del valor creado».

El análisis de tipo estructural de Wallerstein apunta a una crisis del sistema que se amplía y se expande desde hace cinco siglos. La desruralización, la externalización y la democratización son procesos sociales irreversibles, por lo menos a corto plazo. Si estos procesos llegan a su límite, sin posibilidad de continuar extendiéndose, se anuncia un desplome sistémico inevitable. La combinación de estas tres presiones está creando una enorme reducción estructural, a largo plazo, de las ganancias derivadas de la producción, hasta el punto de estar transformando al sistema capitalista en un sistema no rentable para los propios capitalistas.

 

La crisis del conocimiento

Wallerstein no sólo apunta a la crisis del sistema-mundo moderno como un fenómeno de reproducción social y económico. Le dedica igual atención y esfuerzo a la aparente incapacidad que existe para comprender los procesos en que estamos envueltos. La ciencia, plantea, no está al servicio de la sociedad. Más bien, se desarrolla para servir al desarrollo capitalista. En términos de Ilya Prigogine, la ciencia moderna estableció una nueva alianza cognoscitiva entre el hombre y la naturaleza10. Pero según Alan Rush, el capitalismo, que dio a luz la nueva ciencia y le imprimió un ritmo cada vez más acelerado de desarrollo y especialización, no podía dejar de transformarla en sus principios mismos a medida que mutaba las propias estructuras culturales y económicas.

Como parte de la crisis estructural de la economía-mundo capitalista, Wallerstein asegura que estamos viendo también el fin del modo en que hemos sabido el mundo:

«Es decir, el fin de la utilidad de las herramientas y de los marcos de trabajo actuales de nuestro sistema de saber. En particular, la idea de que el saber científico de un lado, y el saber filosófico/ humanístico del otro, son radicalmente diferentes, y que son modos intelectualmente opuestos de saber el mundo. La idea, que, a veces, llamamos la tesis de «las dos culturas» se está volviendo, no sólo inadecuada como explicación de la enorme transición social que estamos ahora viviendo, sino incluso un obstáculo mayor para enfrentar inteligentemente esta misma crisis. Hay que recordar que esta idea tiene sólo doscientos años de antigüedad y que nunca existió en otro sistema histórico».

Wallerstein propone un camino que tome en cuenta, entre otros, las teorizaciones tanto de Max Weber como de Antonio Gramsci. En medio de la incertidumbre, sólo sabemos que debemos escoger entre diferentes alternativas. Wallerstein trae a colación lo que Weber llamó «racionalidad material», lo que significa escoger entre varios fines. Estos fines constituyen la configuración del nuevo sistema histórico que se quiere construir. Queda por definirse el agente social o portador del proyecto que se quiere realizar.

En el caso de Gramsci, el conocimiento era un producto de la posición de clase y no acepta la llamada «neutralidad valorativa» que se desprende de la «racionalidad» weberiana. Gramsci acepta la noción de incertidumbre pero subraya el papel de la clase con capacidad de ofrecer un liderazgo con legitimidad. Las nociones epistemológicas de Weber fueron elaboradas en las primeras décadas del siglo XX. En el caso de Gramsci, su contribución más duradera la produjo desde una celda de la Italia fascista de la década de 1930.

Wallerstein se pregunta si se podría aceptar una política ecológica como racional por el hecho de creer que controlamos sus consecuencias y podemos calcular lo que estamos dispuestos a pagar. «Inmediatamente surge la pregunta ¿quiénes son esos nosotros que estarían pagando ese precio? Además, tenemos que abrir el abanico de la gente que se incluye en ese nosotros, en términos de abarcar todos los grupos sociales dentro del sistema, abrirlo geográficamente y abrirlo en términos generacionales (incluyendo a aquellos que aún no han nacido)».

América Latina y una conclusión

En uno de sus planteamientos más provocativos, presentado en el XX Congreso Latinoamericano de sociología, celebrado en la ciudad de México en 1995, Wallerstein expuso en forma explícita una tesis controvertida sobre el desarrollo de la región.

«Es absolutamente imposible que América Latina se desarrolle, no importa cuáles sean las políticas gubernamentales, porque lo que se desarrolla no son los países. Lo que se desarrolla es únicamente la economía-mundo capitalista y esta economía-mundo es de naturaleza polarizadora».

Es precisamente la tesis que rechazaba una importante corriente de pensamiento social encabezada, entre otros, por Agustín Cueva y Ricaurte Soler. Cueva señalaba que es la configuración de clases a escala nacional que define el nivel de lucha y los objetivos que se persiguen. Soler seguiría esta línea de privilegiar la formación nacional y sus contradicciones sociales.

Según Cueva, «la creación del Estado nación y de la cultura nacional correlativa se torna tanto más difícil cuanto que tropieza con barreras no sólo internas sino externas. Antes de construir la unidad nacional, estas formaciones económico sociales se ven supeditadas y, en cierto sentido, desvertebradas por los múltiples efectos, incluso culturales, de la dominación imperialista». A Soler le preocupan, tanto política como metodológicamente «las posiciones que al caracterizar el capitalismo desplazan la investigación de las relaciones de producción de la formación social para destacar, como esencial, la acumulación de excedentes de las desiguales relaciones de intercambio que se establecen entre centro y periferia».

Las críticas de esta corriente de pensamiento latinoamericano se dirigían sobre todo a las nociones dependentistas de A. Gunder Frank y sus seguidores. El debate enriquecedor con la escuela de Rui Mauro Marini aún constituye una de las páginas más brillantes de la sociología latinoamericana. Este último teorizó en torno al desarrollo capitalista mundial como eje que subdesarrollaba la región latinoamericana. Creemos que Wallerstein no compartía la idea central de Frank y suscribiría algunas de las nociones principales de Marini.

El sistema-mundo capitalista avanza generando contradicciones que no podrá resolver a largo plazo. En el caso de América Latina, la transición (globalización según la terminología de moda) aparentemente ha deslegitimado los proyectos nacionales, tanto los concebidos por las burguesías (nacionales) como los anunciados por las alianzas populistas. Fueron precisamente estos proyectos nacionales que sirvieron de base para numerosos movimientos sociales. Wallerstein no concibe su recuperación, pero tampoco niega la importancia de los movimientos sociales vengan de donde vengan. Cuestiona incluso la existencia del «Tercer Mundo» en esta fase de transición.

Es quizás prematuro desechar los proyectos nacionales o las formulaciones de tipo «tercermundista» y sus respectivos agentes portadores. Como señala el propio Wallerstein, el sistema-mundo moderno descansa sobre un eje económico que logra acumular riqueza con éxito (durante los últimos 500 años) precisamente por la falta de un ente político único hegemónico. Los movimientos sociales de la periferia, así como del centro, aún tienen tareas por completar en el ámbito de lo nacional. Pero como también señala Wallerstein, ésta es una de las muchas «bifurcaciones» que nos cabe reconocer en su momento.

La «globalización» estimula la concentración de la riqueza y la centralización de las políticas. Pero «el mundo sin fronteras», motor ideológico concebido por el capital financiero para esconder sus tesoros, no es nuevo. Para Braudel así como para Wallerstein la acumulación es la marca del capitalismo como forma de operación dentro del sistema-mundo moderno. Donde Wallerstein se encuentra con Marx es a nivel de la economía: instancia donde la fuerza de trabajo produce la riqueza.

Hay otro mundo sin fronteras donde todos los grupos sociales organizados pueden intervenir, construir el mundo de acuerdo con sus intereses y hacer realidad sus sueños. Éste es el mundo que anuncia Wallerstein, siempre que se presenten las condiciones necesarias para que la voluntad de la humanidad lo haga posible. La conclusión es que el futuro está exclusivamente en nuestras manos.

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Marco A. Gandásegui, h

Sociólogo, investigador, escritor. Es Doctor en Sociología por la Universidad de Nueva York. Maestría en Sociología por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Licenciado en Periodismo por la Universidad de Chile. Profesor de Sociología de la Universidad de Panamá. Fundador del  Centro de Estudios Latinoamericanos (CELA) “Jusro Arosemena”, que edita la revista Tareas. Fundador de la Asociación Panameña de Sociología (APSO). Entre sus obras se encuentran: La concentración del poder económico en Panamá, El mito de la comunicación social, Las empresas públicas, La democracia en Panamá, El debate sobre la ampliación del Canal de Panamá, Las clases sociales en Panamá (coordinador); La fuerza de trabajo en el agro, Las luchas obreras en Panamá 1850-1978 (coordinador) y La crisis de hegemonía de EEUU.


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