Apuntes reflexivos y actuales

Bebel: las mujeres y el socialismo

Etziria Cabrera Calderón
Publicado en julio 2019 en La Migraña 31
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Veinte años antes de la gran Revolución francesa de 1789, las mujeres acudían en masa a los círculos políticos y científicos; ayudaron a preparar la Revolución en Francia que dislocó todo el viejo organismo social y liberó los espíritus. Cuando en julio de 1789 la gran Revolución comenzó por fin con la toma de la Bastilla, fueron las mujeres de las clases altas así como las del pueblo, las que tomaron parte activa en el movimiento, ejercieron una notable influencia en pro o contra de este movimiento. Para Augusto Bebel, autor del texto consultado para estas notas, las mujeres del pueblo tomaron partido por los intereses de los más pobres como ellas y sus familias; las mujeres ricas defendían los intereses y privilegios de la nobleza.

Como siempre, la miseria general que pesaba sobre el pueblo francés durante el régimen de los Borbones, golpea sobre todo a las mujeres. Excluidas por ley de toda profesión honesta, caían por decenas de miles en la prostitución. Súmese a eso la hambruna de 1789, que lleva su miseria y la de sus próximos a su punto culminante. Llegaron al asalto del ayuntamiento en octubre, y se dirigieron en masa hacia Versalles, donde residía la Corte (la Corte eran todos los allegados privilegiados del Rey Luis XVI y su esposa María Antonieta). Otras pidieron a la Asamblea Nacional «que se restablezca la igualdad entre el hombre y la mujer, que se les acuerde la libertad de trabajo y que se las admita en las funciones a las que las predisponían sus aptitudes». Como ellas sabían que debían ser fuertes para poder obtener estos derechos, y que la fuerza no se obtiene más que por medio de la organización y la unión, organizaron por toda Francia círculos de mujeres en los que algunos contaron con un gran número de mujeres participantes. Igualmente entrarán en los clubes masculinos.

La vida en familia

Este es un relato que escribió Auguste Bebel sobre las dificultades en la familia de los trabajadores empobrecidos por la explotación. Nos habla de lo que observó en los matrimonios del pueblo trabajador. Aunque esto sucedió en Europa de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Les invitamos al finalizar de leer este apartado y a hacer una comparación con la situación que se vive actualmente, aunque haya pasado más de un siglo, unos ciento treinta años aproximadamente.

En las clases trabajadoras, por así decirlo, no suele haber matrimonios por cuestiones de dinero. Por regla general, el trabajador se casa por amor; sin embargo, no faltan motivos que obstaculicen la felicidad del matrimonio del obrero. La incertidumbre es la característica de su existencia. Estos golpes de suerte amargan los caracteres, y es sobre la vida doméstica que influye ante todo, cuando cada día, a cada hora, mujer y niños reclaman al padre lo estrictamente necesario, sin que él pueda darles satisfacción. Estallan las disputas y la discordia.

Todo ello arruina el matrimonio y la vida en familia. O bien la mujer o el hombre van los dos al trabajo. Entonces, los niños quedan abandonados a su suerte o a la vigilancia de hermanas y hermanos mayores, que a su vez tienen necesidad de cuidados y educación. Lo que se llama desayuno, la miserable comida del mediodía, es devorada a toda velocidad, en caso de que los padres tengan la oportunidad de regresar al hogar, cosa que en el mejor de los casos es imposible vista la distancia existente entre el taller y el domicilio y la corta duración del descanso.

A la tarde, los dos vuelven a casa, extenuados de cansancio. En lugar de un interior agradable y apacible, encuentran una vivienda pequeña, insalubre, a la que le falta aire, luz, y normalmente las comodidades más indispensables. La miserable manera de alojar a los obreros, con todos los inconvenientes que de ello se derivan, es uno de los aspectos más oscuros de nuestra sociedad y deriva en grandes males y bastantes crímenes. A pesar de todos los intentos que en torno a esto se han hecho en las ciudades y barrios obreros, la situación se vuelve peor cada año. Golpea a medios cada vez más extensos: pequeños industriales, empleados, profesores, pequeños comerciantes, etc.

La mujer del obrero, que vuelve extenuada a la tarde, tiene entonces trabajo añadido; a toda prisa, debe hacer el trabajo más indispensable. Los niños, gritando y montando jaleo, son acostados; la mujer se sienta, cose y zurce hasta la noche. Las distracciones intelectuales, los consuelos más indispensables del espíritu brillan por su ausencia. El marido carece de instrucción, no sabe gran cosa, la mujer menos todavía; lo poco que hay para decirse no da mucho de sí.

Para ilustrar lo que decimos, leemos la letra de una canción que Gabino Palomares, cantante latinoamericano, tuvo la sensibilidad de plasmar.

Abrió los ojos. Se echó un vestido. Se fue despacio pa’ la cocina.
Estaba oscuro. Sin hacer ruido, prendió la estufa (la cocina), y a la rutina.
Sintió el silencio como un apuro. Todo empezaba en el desayuno.
Dobló su espalda, gozó un suspiro, sintió ridícula la esperanza;
al más pequeño le ardió la panza, rompió el silencio, soltó un llorido.
Sirvió a su esposo, vistió a los niños, cambió pañales, sirvió los panes.
Llevó a sus hijos para la escuela; pensó en la dieta que se comían.
Midió el dinero, compró verduras, palpó lo gris de su economía.
Formó en la cola de las tortillas (pan), cargó a Francisco, miró la calle.
Por todas partes había mujeres, todas compraban y se movían;
cumplían aisladas con sus deberes, que recordaban a las hormigas.
Sintió de pronto que eran amigas, sintió que todas eran amigas.
Volvió a su casa, casa alquilada, vio más amigas desde la entrada.
Le dio a Francisco con qué jugar, barrió los pisos, tendió las camas.
Se vio al espejo, miró las canas, juntó las cosas de cocinar;
cortó las papas, las puso al fuego a la manteca la hizo chillar.
Ahora lo crudo se ha transformado, estaba listo para comer.
La casa entera tiene otro ver, de nuevo listo pa’ ser usado.
Puso la mesa, sirvió a los niños, cambió pañales, cortó los panes,
limpió de nuevo mesa y cocina, le dio a Mercedes la medicina.
Pidió su turno en los lavaderos: talló vestidos y pantalones.
Miró la ropa tendida al sol, como si ayer no se hubiera hecho.
La misma friega todos los días, se caminaba de nuevo el trecho.
Sintió la vida como prisión, se le escapaba todo lo hecho.
Se va la vida, se va al agujero como la mugre en el lavadero.
Se va la vida, se va al agujero como la mugre en el lavadero.
Cruzó palabras con sus vecinas; hubo sonrisas en formación.
Toda la raza en su cantón (casa), se las arregla con el trajín.
Siempre mujeres, cumpliendo oficios que se entretejen sin tener fin.
Ser costureras, ser cocineras, recamareras y planchadoras;
ser enfermeras y lavanderas, también meseras y educadoras.
Muy diligentes afanadoras, a sus familias las dejan listas,
rumbo a la escuela o hacia el trabajo para que puedan checar las listas.
Se daba cuenta de sus afanes y de los fines sabía un carajo.
Para ellos siempre la vida es seria, pero se ahogaban en la miseria.
Se va la vida, se va al agujero como la mugre en el lavadero
Se fue derecho para su nido, siempre pensando, planchó la ropa.
Todo lo roto dejó zurcido: tenía un momento pa’ descansar.
Se abrió la puerta y entró el marido, también molido de trabajar.
Puso la mesa, sirvió la sopa, para quejarse no abrió la boca.
Se rieron juntos y platicaron. Se habló de niños y de dinero,
de la vecinas, de algún dolor, de los camiones y del patrón.
Lavó los trastos, tiró basura, durmió a los niños, cambió pañales.
Como aire que entra por la ranura, los dos jugaron con su ternura.
Le dio la vuelta a la cerradura, durmió de pronto todos sus males.
Se va la vida, se va al agujero como la mugre en el lavadero.
Abrió los ojos. Se echó un vestido. Se fue despacio pa’ la cocina.
Estaba oscuro. Sin hacer ruido, prendió la estufa, y a la rutina.
Se va la vida, se va al agujero como la mugre en el lavadero.

Esta es la rutina del trabajo reproductivo e impago que señala el viejo Marx en su obra El Capital, el capitalismo tiene una deuda histórica con las mujeres amas de casa y con las trabajadoras del hogar porque han sido ellas las que han realizado las tareas de la reproducción de la fuerza de trabajo para ser explotada por el capital.

Bebel continúa analizando la situación familiar y matrimonial de los trabajadores. El hombre va al cabaret a buscar la conversación que le falta en casa; bebe, y a poco que gaste, ya es mucho para sus medios. A veces se abandona en el juego, vicio que genera más particularmente víctimas entre las clases elevadas, y pierde diez veces más de lo que gasta en beber.

Durante este tiempo, la mujer atada a su trabajo, se deja llevar por el rencor hacia su marido: trabaja como un animal de carga, no hay para ella un instante de reposo, ni un minuto de distracción. El hombre hace uso de la libertad que debe al azar de haber nacido hombre. La desinteligencia es completa.

Si la mujer es menos fiel a sus deberes, si, al regresar a la tarde cansada del trabajo busca las distracciones a las que tiene derecho, entonces el hogar marcha de pena, y la miseria se vuelve doblemente mayor.

Resulta que todas las mujeres, sin distinción de rango social, están interesadas, en su situación de sexo dominado y vejado por los hombres, en modificar este estado de cosas por reformas en el estado social existente, por medio de la revisión de las leyes. La inmensa mayoría de las mujeres tiene el mayor interés en modificar completamente esta situación. Es así que desaparecerán el esclavismo del salario, bajo el que sollozan la mayor parte de ellas, y el esclavismo sexual, que está íntimamente ligado a las condiciones de propiedad.

Siglos de patriarcado, colonialismo y capitalismo han reforzado la escasa presencia femenina en el gobierno, en los partidos políticos, los sindicatos, las cúpulas empresariales y universitarias; las organizaciones sociales urbanas y campesinas. La conducción de estas organizaciones está integrada en su mayoría por hombres, y si bien en las bases participa un alto número de militantes mujeres, en general no alcanzan a ocupar espacios de decisión en sus gremios y organizaciones. Detrás se encuentra la división sexual del trabajo de las cargas de crianza y domésticas adjudicadas históricamente a las mujeres.

Esta división social de los roles durante milenios ha sido el eje que ha organizado y regido a la sociedad humana y al hombre se le ha adjudicado el predominio sobre la mujer. Las actividades que se valoran son las masculinas y la base del poder patriarcal se ha construido sobre una ideología que pregona la natural inferioridad de la mujer. Las actividades de la política, guerra, ciencia y tecnología son positivamente valoradas, han estado concentradas hasta la fecha en manos de los hombres. Cuando las mujeres han incursionado en los campos de acción masculinos, estas han sido relegadas la gran mayoría de las veces a una percepción de segunda. El predominio social, político y simbólico ha sido para los varones.

En esta configuración, esto no significa que las mujeres carezcan de poder real y simbólico, desde la inferioridad en la que se las ha ubicado, durante siglos se las ha percibido como un ente oscuro y malévolo, llenas de fingidos encantos, se las ha percibido como brujas, capaces de realizar hechizos, el mal y el caos.

Sin embargo, han existido sociedades donde el rol de las mujeres varía, no es una regla general para toda organización social que las mujeres estén bajo el dominio absoluto de los hombres. En sociedades mal llamadas primitivas, las mujeres tienen derechos de propiedad y en las formas de producción y redistribución de los alimentos. En ocasiones, las matronas dirigen el trabajo femenino y disponen del derecho de veto en lo referente en proyectos de guerra. En las sociedades campesinas, las mujeres generan redes mercantiles y controlan mercados, deciden compras que conciernen a la economía familiar y dan dinero a los maridos para sus gastos y retienen el poder de la palabra a través del chisme y el mal decir sobre las otras y otros. No obstante, a veces estas funciones las han llenado de cargas y responsabilidades excesivas. Sólo las actividades relegadas a los hombres son fuente de gloria y de renombre. Los antiguos ensalzaron a ciertas mujeres por sus virtudes ejemplares (como Juana de Arco y las poderosas reinas de los siglos XV, XVI, XVII, XVIII), sin embargo, la inmensa mayoría del género femenino ha permanecido relegado a las tareas carentes de prestigio dentro del espacio doméstico. En la Roma imperial las mujeres ricas gozaban de gran independencia y de amplios derechos, pero se las privaba de participar en la política.

El único reconocimiento hacia las mujeres fue su maternidad construida como idílica en la Europa del siglo XVII, función natural que en aras del poder del pater, también, les fue más de una vez expropiada, sobre todo si el primogénito era varón.

Pues bien, ante tanta injusticia acumulada, las mujeres siempre han resistido y luchado frente a la opresión y la explotación, aunque la mayoría de las veces sus aportes han sido descartados frente a la supremacía masculina, por ello, es que recién en el siglo XX las historiadoras empiezan a desempolvar los archivos de la historia para visibilizar y superar el olvido en el que quedaron perdidas.

No obstante, en la actualidad, la lucha de las mujeres lentamente ha abierto ciertas brechas en la visibilización de la violencia de género y con mucha presión ha logrado atender problemas urgentes como la violencia de los hombres hacia las mujeres en el interior de la familia, el acoso sexual, laboral y cuestiones referidas a la maternidad. Muy poco se ha hecho sobre la violencia política de género, pues más allá de las cuotas, no existe una inclusión en la representación auténtica en los espacios de poder. La tarea en este sentido sigue como un reto, tanto para las mujeres, como para los hombres.

Existe una tendencia por parte de los hombres militantes políticos y sindicalistas que esperan que las mujeres resuelvan solas sus problemas. Se trata de una resistencia a veces disimulada e inconsciente de la incursión de las mujeres en los campos antes exclusivos para los hombres. Es muy probable, que mientras las cúpulas dirigenciales masculinas no tomen conciencia de la injusta división de roles entre hombres y mujeres, mientras no hagan conciencia y descubran las mil y un formas que reproducen la ideología machista y patriarcal, no habrá cambios profundos ni transformación política profunda en la sociedad.

La lucha dentro de la lucha

La escasa representación de las mujeres en la política, sindicatos, ministerios, organizaciones indígenas, las ONG, en todas las organizaciones sociales de diversa índole, etc., es un problema ideológico y político; la dirigencia política masculina está empoderada históricamente y ha demostrado muchas veces no tener, ni conciencia, ni voluntad política para compartir el poder con la otra mitad: las mujeres.

La desigual carrera entre mujeres y hombres en los ámbitos de la lucha por parte del pueblo trabajador, ha hecho que al no discutir y reflexionar a fondo sobre los poderes patriarcales en las esferas privadas y públicas, se espere una cierta masculinización de las mujeres que llegan a participar de la lucha. En este proceso, las responsabilidades domésticas y de cuidados no están en ningún sentido conciliadas con la participación de las mujeres y detrás de la militancia de los hombres dedicados en tiempo completo a la lucha, muy seguramente hay un descuido de las responsabilidades familiares delegadas, o impuestas a sus parejas, o a la trabajadora del hogar cuando tienen más recursos, o a otras mujeres de la familia cuando no se tiene dinero para pagar estos servicios domésticos. Claramente, lo privado es político. Entonces la discusión no solo debe darse en cómo armonizar la militancia política con lo reproductivo, sino también, por cómo repartir estas responsabilidades.

Ha sido una constante, para las mujeres que deciden militar políticamente la triple jornada:

1.- En el sindicato, partido u organización social

2.- En el espacio laboral

3.- En el hogar

Por otra parte, esta dispareja redistribución de responsabilidades en la unidad doméstica, implica una lucha interna entre mujer y hombre en su familia y es una problemática que el poder simbólico del patriarcado no permite ventilar del todo en las esferas públicas. Paradójicamente esta desigual relación en los quehaceres de crianza y reproductivos han sido visibilizados socialmente por la luchas permanentes de las trabajadoras del hogar que han logrado, al menos el reconocimiento social de su trabajo cualificado de reproducción de las familias.

El primer paso de organizaciones y sindicatos de trabajadoras del hogar en América Latina fue el haber visibilizado el trabajo doméstico e invisible para el capital y la sociedad en su conjunto; segundo paso el que al menos en el papel se les haya reconocido derechos laborales como trabajadoras; tercer paso seguir luchando porque se reconozcan en los hechos tales derechos. Todo este proceso ha sido una ardua batalla de muchos años.

En el ámbito de las luchas obreras, las historiadoras feministas que han desempolvado la identidad de las mujeres, nos cuentan que en tiempos de la Comuna de París (1871) las mujeres para hablar en un mitin requerían del permiso del padre si eran solteras, o del marido si eran casadas para subir a plantear sus propuestas a tribuna. Hoy, en pleno siglo XXI, testimonios de mujeres sindicalistas dicen sentir que: “Somos siempre de segunda” ya que en las discusiones sindicales, les ha sido muy difícil que sus opiniones fueran escuchadas y valoradas. Sin embargo, muchas líderes aun con la adversidad al frente, han logrado hacerse escuchar y visibilizarse en el campo patriarcal de la lucha política a lo largo y ancho de América Latina.

Queda como tarea histórica develar el maltrato y la falta de respeto a las mujeres que han incursionado en las arenas del sindicalismo, política y lucha social en su conjunto; porque muchas de las líderes sindicales o representantes de gremios de mujeres que participan en organismos de nivel nacional, tienen que atravesar esa sensación de invisibilidad que los compañeros imponen al colocar en segundo orden las demandas de las trabajadoras.

Otras experiencias que las líderes denuncian es ese paternalismo que algunos de los compañeros manifiestan cuando son tratadas como menores de edad, o como sujetos de protección (en el mejor de los casos); han denunciado también el acoso sexual como arma directa para sacarlas de las filas de la lucha masculinizada por usos y costumbres del patriarcado inmerso en el inconsciente colectivo de la militancia de los hombres en las diferentes esferas de la lucha social y a mitades revolucionarias.

Develar las prácticas machistas en los espacios de la lucha es tarea pendiente y colectiva. La intolerancia hacia la participación de las mujeres en el ámbito de las luchas sociales desde los sindicatos, centrales campesinas, partidos políticos y organizaciones políticas, desde el gobierno, organizaciones no gubernamentales, organizaciones vecinales, etc., es una historia que debe salir a la luz para la reflexión y la construcción de nuevas propuestas para la inclusión de las mujeres y fortalecimiento de la lucha social.

Es como planteó Di Giorgi, una compañera sindicalista uruguaya “las feministas de los ochenta hicieron un notable esfuerzo por desmarcarse de la etiqueta (de tener demandas de tinte “burgués”) y embanderar a sus compañeros con este asunto. Pusieron énfasis en explicar cómo la desigualdad de género es funcional al capitalismo y a la desigualdad de clase, ya que todo el sistema de cuidados que recae sobre la mujer implica un ahorro inmenso para el Estado y la patronal, beneficiando así a las clases dominantes. Es más fácil ver a las mujeres como víctimas que como sujetos de derecho –remarca–, y todavía, ni la central sindical, ni el gobierno, ni las fuerzas de izquierda ven a las mujeres como sujetos de derecho”.

Hay quienes dicen que entre el feminismo y la izquierda hay “un amor no correspondido”, porque las feministas quieren más a la izquierda de lo que la izquierda patriarcal las quiere a ellas. Tenemos que aprender de las luchas que han tomado conciencia y siguen haciéndolo para beneficio de las mujeres, de sus hijas e hijos y de sus compañeros; la lucha no es igual y homogénea, hay que crear varios comunicantes que abran los caminos para las demandas de las mujeres que somos la otra mitad del mundo.

Habrá que analizar cada sector de trabajo con sus especificidades respecto a la distribución de labores, según el género para comprender cómo abordar los cambios y presiones hacia empresarios y gobiernos. No son las mismas demandas las que plantean las mujeres profesionistas de clase media, que las mujeres trabajadoras asalariadas con niveles magros de ingreso, o de amas de casa que dependen del salario de la pareja para sacar a la familia adelante. De hecho, en estos tiempos es muy difícil hallar mujeres que se atengan exclusivamente al salario de la pareja, la mayoría, aunque no lo reconozcan como tal, realizan trabajos informales de bajo ingreso para completar el gasto familiar.

Otra es la situación de la creciente población de mujeres jefas de hogar (porque se separaron, divorciaron, quedaron viudas o abandonadas por su pareja) y madres solteras; las comerciantes en vía pública, mujeres de los mercados, las que consiguen con mucho esfuerzo proyectos que las ONG ofrecen o imponen, clubes de madres; las mineras y palliris; las trabajadoras de gobierno o servidoras públicas cuyos gremios se diferencian dada la proporción de género en su interior como las trabajadoras del sector de salud o maestras. Todas ellas distribuyen y hacen frente a la reproducción de la familia de diferentes maneras, habrá factores comunes y diferencias en estos procesos cotidianos del quehacer doméstico, no hay una homogeneidad aunque la regla si sea la doble o triple jornada.

En los países desarrollados con bonanza económica, el Estado a través de la presión social ha avanzado al incursionar a través de la política social en la creación de instancias que apuntan hacia la economía del cuidado mediante estancias infantiles (antes llamadas guarderías), espacios recreativos y educativos para niñas y niños mientras los padres trabajan, casas de cuidado para adultos mayores y abuelos; casas refugios para mujeres e hijos que viven violencia extrema por parte del hombre; extensión de permisos de maternidad y paternidad.

Por ejemplo, las sindicalistas uruguayas han conseguido:

  • Más allá de la protección que brinda la ley a la maternidad, licencia paternal por 15 días (y hay que ir por más). En la ciudad de México hace no más de 4 o 5 años, los padres que trabajan en el gobierno de la ciudad, tienen 15 días de licencia para apoyar a su pareja y al recién nacido.
  • Licencia por violencia doméstica, incluso lograron abrir una Casa de Refugio para las mujeres trabajadoras y sus hijos en riesgo. La casa “Alma Fernández” daba alojamiento a las trabajadoras que hubieran vivido violencia doméstica, ha alojado a las empleadas rurales cuando venían a la capital y a las empleadas domésticas (trabajadoras del hogar) que eran despedidas de sus trabajos.
  • El Pit-Cnt de Uruguay tiene como resolución desafiliar a cualquier compañero que sea denunciado por violencia doméstica o de género, independientemente del cargo que ocupe.
  • Cursos de formación sindical para poner sobre la mesa la desigualdad y falta de equidad entre hombres y mujeres en los ámbitos sindicales y sociales.
  • Talleres de equidad de género a niñas/os que concurren a la guardería o espacios de tareas del sindicato.

Apuntes finales

El imaginario patriarcal se ha reflejado en la división del trabajo en nuestras sociedades desde hace dos siglos y más, la incursión de las mujeres al mundo del trabajo asalariado dio inicio con las dos grandes guerras mundiales; las enfermeras tenían como requisito fundamental ser solteras, no tener familia para que estuvieran dedicadas plenamente a las desastrosas consecuencias que las guerras producían. A las primeras maestras se les requería ser solteras, para estas mujeres pioneras del trabajo fuera de casa el mandato en el espacio público seguía siendo el mismo que dentro de la casa: “cuidar y curar”. Es decir, que en el inicio del capitalismo las mujeres incursionaron con la feminización de sus trabajos, la continuidad de lo doméstico pero ahora en las esferas públicas.

Las mujeres incursionamos al mercado laboral ya segregadas por la división sexual del trabajo. Por ejemplo, en la hotelería serían las mujeres las camareras encargadas de la limpieza y las cocineras; en la aviación serían las azafatas o aeromozas, bellas y serviciales; serían las enfermeras que cuidan y asean a los pacientes y siguen las instrucciones del médico; maestras que cuidarán y educarán a los hijos de otras y otros; las trabajadoras del hogar que cubrirán con creces y extenuantes jornadas laborales los roles del trabajo doméstico y de crianza en los hogares que tienen recursos para mal cubrir estos servicios; asistentes de belleza, costureras, modelos, edecanes, telefonistas, prostitutas; en las universidades las mujeres estudiarán trabajo social, psicología, obstetras, dentistas… A esto se le llama segregación horizontal por género, donde las mujeres solo reproducen el milenario trabajo del hogar, pero en los espacios públicos desde el imaginario patriarcal.

Todas y todos vivimos en un patriarcado capitalista, de manera que las instituciones reflejan y ayudan a perpetuar este sistema. Es casi imposible que algún establecimiento, desde la universidad a las empresas de publicidad, desde el sistema judicial al ámbito de la literatura, esté realmente al margen del patriarcado. Solo las más privilegiadas pueden, si es que pueden, quedar al margen del patriarcado en todos los aspectos de su vida. Algunas podrán quedar fuera de la explotación, pero no de la opresión.

En una sociedad que atribuye posiciones diferentes a hombres y mujeres tanto en lo público (mercado de trabajo, política, sindicato, gobierno, partido o religión), como en lo privado (crianza y cuidado de los hijos y trabajo doméstico que esto conlleva), reporta a través de sus instituciones y todo el sistema social en su conjunto a reproducir el patriarcado. Todo lo tenemos que hacer dentro de ese marco, incluso algo tan íntimo como la maternidad.

Por tanto, todas las mujeres nos situamos en un continuo: no hay unas que sean las que reproducen el patriarcado y otras que no, en todo caso unas lo harán más y otras menos. Hacer conciencia de ello sigue en la agenda.

La opresión y explotación de las mujeres a partir de la diferencia sexual generaron el patriarcado que subsiste desde las sociedades esclavistas hasta nuestros días. Incluso sociedades que caminaron hacia sistemas de producción socialista arrastran consigo la opresión y explotación del patriarcado que no solo afecta a las mujeres, sino a los hombres.

Por otra parte, la ideología marxista planteó que los intereses de clase se sobreponen a las desventajas que las mujeres tienen en el ámbito de lo doméstico, pues no alcanzó a identificar con precisión el papel de las relaciones patriarcales que ha oprimido y explotado a las mujeres dentro de la reproducción social en términos de la lucha política. El patriarcado se lleva en el inconsciente colectivo y refleja en un sinnúmero de prácticas culturales, por eso, hasta el más pobre y modesto trabajador cuando llega a casa extenuado por la explotación, a menudo inconscientemente desquita toda su frustración con su mujer y sus hijos. Recordemos ese primer aparatado con el que inicia este texto de Auguste Bebel, cuando describe la desoladora vida de los obreros explotados en relación a sus familias.

En cambio, la ideología burguesa coloca a la familia como la unidad límpida en la que todos sus integrantes comparten un interés común con lo que niegan las contradicciones existentes en su interior por la división sexual del trabajo y la opresión patriarcal en esas familias consideradas el ejemplo a seguir.

La imposición política y económica del colonialismo señorial que moldeó a la sociedad boliviana, está basada en prácticas patriarcales y racistas que se ha transmitido de generación, tras generación, hasta nuestros días. Subvertir las prácticas culturales del patriarcado asentadas en las estructuras familiares, comunales y estatales, implicará desestructurar y desandar las relaciones de poder que producen y reproducen la subordinación, opresión y explotación de amplios sectores del pueblo trabajador. Las mujeres que hoy llegan a los espacios de toma de decisiones, no deben olvidar de que representan democráticamente a los sectores más empobrecidos, explotados, discriminados y oprimidos.

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Etziria Cabrera Calderón

Mexicana de nacimiento y boliviana por decisión. Egresó de Economía de la UNAM de México. En Bolivia obtuvo la licenciatura en Sociología en la UMSS y luego en Pedagogía en la U. Católica. Trabajó activamente con sectores populares, en particular con mujeres de barrios marginales de Cochabamba y La Paz, además, de sectores mineros y obreros fabriles. Fue responsable del programa de Nutrición Alternativa en La Paz y trabajó con juntas vecinales y centros de madres impartiendo siempre la pedagogía de la lucha y la autodeterminación como camino para construir una sociedad mejor. Es madre y sigue luchando. Actualmente vive en México.


Nota: