200 años de Marx

Comunidad, nacionalismos y capital

Néstor Kohan
Publicado en agosto 2018 en La Migraña 27
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I. Una obra de relevancia mundial

El volumen Comunidad, nacionalismos y capital. Marx 200 años. Textos inéditos, que reune materiales desconocidos, inhallables o inéditos en castellano de uno de los grandes pensadores de la humanidad, contituye un aporte de relieve mundial. Este libro no agrupa papeles coyunturales ni consignistas. Aglutina textos teóricos y políticos de largo aliento. Seguramente impactará al interior de la familia marxista (tanto en el campo de intereses de los movimientos sociales militantes como en la órbita de los estudios de especialistas) pero también ejercerá influencia más allá del propio circuito de discusiones del marxismo. Esta antología, si logra romper las barreras monopólicas que hoy regulan de manera coercitiva la circulación de los saberes académicos, generará debates en el conjunto de las ciencias sociales y el pensamiento político contemporáneo. En Bolivia, en Argentina, en Brasil, en Cuba, en México y en muchos otros países donde este año se han organizado diferentes conmemoraciones en torno a la obra teórica y al pensamiento social de Karl Marx. La traducción y edición de estos materiales sin duda reinstala a Marx en el centro de la agenda de las ciencias sociales contemporáneas.

No nos encontramos frente a la nostalgia, ni ante el recuerdo emocionado de “los viejos y buenos tiempos que se han ido y ya nunca más volverán” —una especie de lamento tanguero argentino, acompañado de las tristezas del fado portugués, ambos impregnados de saudade brasilera—. De ningún modo. Aquí nos enfrentamos a materiales escritos por Marx, mayormente desconocidos o muy escasamente transitados, acompañados de introducciones y comentarios sumamente eruditos, sistemáticos, rigurosos y precisos, que muy probablemente incidirán en los debates actuales. Tanto aquellos que surgen de las luchas de los movimientos populares de Nuestra América, como también, en las polémicas y discusiones de muchos otros países (incluídos los de Europa, Asia, África y, ¿por qué no?, Estados Unidos).

Lo interesante de este libro, tan sólido y sugerente, reside en que contiene un alto voltaje político sin dejar de constituir, al mismo tiempo, una obra estrictamente teórica. Esto significa que no nos hallamos frente a una recopilación de consignas, aquellas clásicas, muy queridas y conocidas de Marx. Por ejemplo: “proletarios de todos los países: ¡uníos!”, slogan y llamado final con el cual Marx reemplazó aquella otra consigna, menos conocida, no tan precisa y mucho más difusa, que sentenciaba “todos los hombres son hermanos”, de amplia circulación en el seno de la clase trabajadora agrupada en la Liga de los justos a mediados de 1840. Para seguir la pista del proceso de reemplazo de una consigna por otra, bastante trabajoso y complejo, mediante el cual Marx logró convencer a sus compañeros y compañeras de organización de cambiar una por otra –transitando arduas discusiones y no pocos debates colectivos y asamblearios–, recomendamos en el campo cinematográfico la reciente y muy buena película que lleva por título “El joven Karl Marx” (2017), del director haitiano Raoul Peck. Las mismas referencias del contexto histórico pueden corroborarse, con gran detalle, en la famosa biografía de Karl Marx escrita por el escritor judío bolchevique David Borisovich Goldendach [también anotado al nacer como David Zimkhe Zelman Berov Goldendach], popularmente conocido como David Riazanov (en ella se pone en primer plano la dimensión militante práctica y organizativa de Marx, tan alejada de la imagen falsa del científico encerrado en una cómoda torre de marfil, perfil erróneo al que contribuyeron —primero— Karl Kautsky, cuando sostuvo que la teoría de Marx y Engels se forjó completamente al margen de la lucha de clases y —segundo— Louis Althusser cuando perfeccionó la leyenda kautskiana con su hipótesis de la “ruptura epistemológica” que habría tenido lugar en el seno de una ciencia pura, radicalmente al margen de la ideología del movimiento obrero en lucha).

Otro ejemplo de consigna célebre podría ser aquella que reclama: “¡expropiar a los expropiadores!”, presente en el capítulo 24 del tomo I de “El capital”, de algún modo la conclusión política del primero tomo. Si tuviéramos que continuar recordando consignas, una tercera podría ser aquella con la cual concluye el “Mensaje al comité central de la Liga de los comunistas”, de 1850. Esta otra consigna sentenciaba y hacía un llamado hacia la: “¡Revolución permanente!” en la lucha contra las diferentes expresiones sociales y políticas de la burguesía y del capitalismo. Por último, se nos ocurre rememorar una cuarta, hermosa y poética consigna, presente en su correspondencia con su amigo Ludwig Kugelmann en torno a la Comuna de París, cuando Marx resume la experiencia de la Comuna como un intento de … “Asaltar los cielos”.

Cualquiera de estas cuatro consignas, como muchas otras de su obra, poseen un contenido significativo, político e incluso emotivo muy importante porque generaciones enteras de revolucionarios y revolucionarias, de todo el mundo, no solo de Nuestra América, han ofrendado su vida acudiendo a su llamado, en pos de un proyecto de liberación de la humanidad oprimida y sojuzgada, intentando emancipar a las clases subalternas y pueblos oprimidos terminando de una vez por todas con la injusticia social. Por eso mismo, cualquiera de estas consignas resulta muy querida por nosotros, por toda la carga que ellas connotan, por todo lo que han significado históricamente, por la cantidad de vidas que se han jugado a partir del proyecto que ellas han sintetizado con pocas palabras en pos de un anhelo colectivo y milenario de justicia.

Este es el añejo y entrañable sueño —dicho sea de paso— de las antiguas religiones. En el fondo de todas las religiones existe un poderoso anhelo de igualdad: “todos y todas somos iguales ante Dios”. Un pensamiento compartido por las grandes religiones y cosmovisiones de la humanidad a lo largo de la historia. El marxismo recoge ese legado milenario como algo muy valioso y propio, lo terrenaliza y lo transforma en un proyecto social, político y cultural susceptible de ser realizado aquí, en la tierra, en la vida cotidiana. Difícil, complejo, que no se puede concretizar en media hora, pero de algún modo el marxismo terrenaliza aquellos antiguos y milenarios sueños de igualdad para transformarlos… en un proyecto político, social y cultural de los tiempos presentes y futuros. De ahí la significación social de las consignas que sintetizan una extensa tradición de lucha y resistencia popular, propia del mundo de “los de abajo”.

Pues entonces, ¿esta nueva obra, que agrupa escritos de Marx, gira en torno a alguna de aquellas consignas emblemáticas que marcaron la historia de los últimos 150 años? Creemos que no. Quien busque en este volumen slogans o consignas, incluso las más prestigiosas y entrañables, quedará decepcionado o defraudada. No es éste un libro que enfatice o esté focalizado en una dimensión “consignista” —aclaramos que no utilizamos este térmno con una connotación peyorativa—. No sería nada malo que así ocurriese. Como proyecto político y sueño de una nueva y buena vida en sociedad el marxismo necesita programas, proyectos y consignas, para así volverse comprensible, para poder transformarse en “sentido común” y constituirse en fuerza material. No obstante, este libro no gira en torno a ninguna de esas consignas.

Sin despreciar dicho plano, profundiza en otra dimensión. Está centrado en la reflexión de Marx como pensador crítico del sistema capitalista mundial, impugnador de la explotación, cuestionador de las múltiples formas de dominación y subsunción que se superponen y amalgaman en el capitalismo. También es un libro que nos permite adentrarnos en su veta polémica con las teorías sociales en boga y en la perspectiva metodológica de un Marx que retrocede en el tiempo para poder comprender el presente del capitalismo más desarrollado y complejo como historia. El volúmen nos permite comprender: (a) ¿Cómo estudia Marx?; (b) ¿Cómo polemiza Marx y ejerce su teoría crítica? Y finalmente (c) ¿Cómo construye sistemas categoriales para captar con nuevos conceptos el núcleo duro de lo que pretende exponer?

Además de estar centrados en la reflexión estrictamente teórica de Marx, al mismo tiempo, estos textos nos permiten introducirnos en el taller de trabajo de investigación de Karl Marx. Sin tener autorización, sin pedir permiso, de la mano de estas páginas se puede ingresar a la biblioteca personal de Marx. ¡Sin que lo hayan invitado! A traves de esta obra, se nos permite introducirnos, por una puerta lateral (escondida), al laboratorio de investigación de Marx para acompañarlo en sus reflexiones y anotaciones, observando cómo trabaja, cómo lee y estudia, el modo cómo desmenuza a sus autores o cómo polemiza con sus interlocutores, acompañándolo y accediendo a sus papeles personales que no estaban destinados a la publicación. Por la puerta (disimulada) de atrás, que este volumen abre con sumo cuidado y sigilosamente, accedemos a sus materiales íntimos de trabajo. Un gesto que equivale a hurgar y revisar no sus aspectos anecdóticos sino algo muchísimo más sugerente, interesante e históricamente enriquecedor: el interior del proceso de trabajo de investigación desarrollado por Karl Marx.

¿A qué aspectos de la obra de Marx nos permite ingresar este volumen?

Principalmente a tres ámbitos, que corresponden a tres períodos cronológicos diferentes de la producción intelectual de Karl Marx: 1844-1845; 1861-1863 y 1879. Su primera juventud, su madurez y su vejez. Tres muestras altamente significativas y poco exploradas de toda una vida de investigación-acción al servicio del pensamiento crítico y la revolución social.

El libro Comunidad, nacionalismos y capital. Marx 200 años. Textos inéditos agrupa tres tipos de materiales. Cada uno de ellos podría ser un libro en sí mismo. Pero en esta obra antológica, pensada en términos no convencionales ni comerciales, son presentados como un volumen único.

En el más temprano de los tres, correspondiente a los años 1844-1845, Marx nos aporta un borrador de un artículo crítico acerca del libro Das Nationale System Der Politischen Oekonomie [El sistema nacional de la economía política] del economista alemán Friedrich List (1789-1846).

En texto cronológicamente posterior, Marx nos deja inspeccionar y adentrarnos en la redacción de El Capital correspondiente a los años 1861-1863, posteriores a los Grundrisse [1857-1858] y a la Contribución a la crítica de la economía política [1859]. Aquí se traducen los dos primeros cuadernos de los Manuscritos de 1861-1863, en gran medida desconocidas.

Finalmente, en el más tardío, podemos leer otro material que jamás vio la imprenta en tiempos de Marx, pues estuvo redactado como insumo de sus propias observaciones, investigaciones y reflexiones personales ni siquiera comunicadas —en vida de su autor— a su interlocutor y amigo (recién despues de su muerte ocurrida en 1883, Engels se las muestra al interesado). Las notas de 1879 a un Cuaderno [clasificado por los bibliotecarios que conservan los originales en el Instituto de Historia Social de Amsterdam como el Cuadernos B 140] redactado por Marx mientras leía los estudios del antropólogo, etnógrafo, historiador, sociólogo y jurista ruso Maxim Maxímovich Kovalevsky (1851-1916).

Tres materiales heterogéneos y diversos, cronológicamente muy dispares, pero cruciales para comprender la curva de variación que va recorriendo el ambicioso programa de investigación de Karl Marx, desde su primera juventud hasta sus últimos años de escritura.

Orden de lectura y dimensión epistemológica

Los compiladores del volumen Comunidad, nacionalismos y capital. Marx 200 años. Textos inéditos han invertido el orden cronológico en que fueron confeccionados y redactados los textos. Nos invitan a leer primero el Cuaderno Kovalevsky para vislumbrar el modo en que Marx va tomando nota de una serie de categorías y análisis, para luego presentarnos la crítica a List, donde observamos el modo en que Marx critica y desmonta un pensamiento netamente adversario. Finalmente nos presentan los dos primeros cuadernos de los borradores de la redacción de 1861-1863 de El Capital para que podamos elucidar el modo cómo Marx elabora sus propias categorías y cómo las va exponiendo lógico-dialécticamente.

Esa es una manera posible de leer esta obra. Hay otras.
Si nos remitiéramos a la epistemología tradicional popperiana (lo cual no es de ningún modo nuestro caso, ni por asomo) podríamos resumir afirmando que las dos primeras partes del libro corresponden al contexto de “descubrimiento” en el seno del cual un investigador se zambulle dentro de un contexto cientifico dado, inspeccionando, criticando y masticando ciertas nociones de un tipo de saberes previos y ajenos, mientras que la tercera parte correspondería al contexto de “justificación lógica”, es decir, aquel donde el científico en cuestión enhebra sus propias categorías y expone sus hipótesis, dentro de un sistema de coherencia lógica, de la cual se deducirían consecuencias observacionales pasibles de ser contrastadas con una base empírica (en este caso particular el funcionamiento del sistema mundial capitalista, con sus leyes de tendencia y regularidades históricamente determinadas que se manifiestan tanto en la superficie del mercado como en el ámbito más profundo de la producción capitalista).

En este tercer material Marx ya opera, expone y explica el capitalismo desde su propio “paradigma” correspondiente a la crítica de la economía política asentada ya sobre sus propias bases y nociones, elaborada científicamente desde la teoría crítica del sistema capitalista mundial y la concepción materialista de la historia.

Esa sería una posible vía de comprensión, si es que quien lee este volumen decidiera, por un lado, respetar el orden elegido por los editores, y por el otro evaluarlo desde los criterios de la epistemología tradicional.

Una segunda y alternativa vía de comprensión epistemológica del formato elegido por los editores de este volumen, podría consistir en comparar esta secuencia desde la cual son presentados los materiales a partir de un orden distinto y contrario a la cronología histórica y biográfica de su autor, sospechando que los textos de Marx son expuestos de este singular modo para contrariar los viejos dogmas de Louis Althusser quien, muy esquemáticamente, dividía la inmensa y casi inabarcable obra de Karl Marx en dos “problemáticas” dicotómicas y excluyentes. La del “joven Marx” y la del “viejo Marx”. El primero, supuestamente “filósofo, humanista y feuerbachiano” y el segundo, pretendidamente “científico, economista” y por fin, auténticamente “marxista”. Adviertiendo rápidamente que este volumen antológico no respeta de ningún modo esa curiosa, excéntrica e insostenible dicotomía (tan celebrada en décadas pasadas por los estudiosos de esta tradición), se trataría aquí de un explícito desafío a las viejas “marxologías”, tan de moda y profusamente difundidas en Nuestra América y Europa occidental en los años ’60 y ‘70.

Nosotros intentaremos exponer los materiales de Marx según criterios bien alejados, tanto de la desgastada epistemología tradicional como de aquellos antiguos y ya ampliamente superados laberintos construidos de modo artificial y con escasa rigurosidad por el althusserianismo.

Seguiremos entonces un orden historicista. No por ser empiristas ni por pretender reducir una obra teórica de alcance mundial a los avatares biográficos y azarosos de un individuo singular sino porque dicho criterio metodológico nos permite aproximarnos a la obra de Karl Marx desde un ángulo dialéctico, comenzando por el texto más genérico (y “abstracto”, dicho sea de paso), es decir, la crítica inicial al proteccionismo burgués del economista List y el cuestionamiento de toda la vieja dictomía proteccionismo/librecambio, pasando por la polifacética y mucho más compleja exploración y exposición de la categoría de “capital en general” en la segunda (e inacabada) redacción de El capital hasta terminar con el material más corrosivo, heterodoxo y fundamental, el Cuaderno Kovalevsky de 1879, donde podemos corroborar, como punto de llegada de varias décadas de estudio, hasta qué nivel de profundidad histórico-concreto, en las últimas fases de su itinerario de investigación sobre el sistema capitalista mundial, el autor de El capital termina de romper y cortar amarras con el paradigma “cosmopolita”, modernista y eurocéntrico que varios autores han querido encontrar en su obra y que, en todo caso, alcanzó a contagiar tan sólo una parte de sus escritos de la época juvenil.

II. La crítica a la dicotomía burguesa “proteccionismo/librecambio”

El texto más juvenil de los tres está constituído por la traducción de un borrador de un artículo crítico acerca del libro Das Nationale System Der Politischen Oekonomie [El sistema nacional de la economía política]. Tomo I. Der internationale Handel, die Handelspolitik und der deutsche Zollverein Stuttgart y Tubinga [El comercio internacional, la política comercial y la unión aduanera de Alemania. Stuttgart u. Tübinguen. 1841], 657pp12. La primera aparición de este texto, traducido al castellano, vio la luz en La Paz, Bolivia, en el libro de Álvaro García Linera [con el seudónimo clandestino de Qhananchiri] (noviembre de 1991): De demonios escondidos y momento de revolución. Marx y la revolución social en las extremidades del cuerpo capitalista. La Paz, Ediciones Ofensiva Roja. pp. 281-314. Aquella edición, capturada por la policía, casi nunca circuló. En la práctica, el texto permaneció virtualmente “inédito” o, mejor dicho, no leído (¿excepto por sus censores?) y masivamente desconocido en idioma castellano..

List en la obra de Marx y Engels

Las primeras apariciones y llamados de atención sobre Friedrich List en los escritos de Marx se encuentran, en primer lugar, en una de las obras leídas y estudiadas por el autor de los Manuscritos económico-filosóficos de 1844, justo al inicio de su programa de investigación sobre la crítica de la economía política. Se trata del “genial esbozo” (tal como lo calificó Marx al Esbozo de crítica de la economía política, escrito por su amigo y compañero Engels entre diciembre de 1843 y enero de 1844). Allí, en el Esbozo, Engels sugiere que List intenta restaurar el proteccionismo del sistema mercantil en una época en que éste ya estaba siendo superado por la libertad de comercio (Engels: 1982: 163). Al poco tiempo, en dos discursos pronunciados en la segunda y tercera reuniones comunistas de la ciudad de Elberfeld, más precisamene el 15 y el 22 de enero de 1845 (destinados a ser publicados en los Anales Renanos para la Reforma Social), Engels vuelve críticamente sobre List. Para entonces ya le había escrito a su amigo Marx tres cartas donde aparecen referencias impugnadoras de este autor. En la primera, del 19 de noviembre de 1844, en la segunda, del 25 de febrero de 1845 y finalmente en la tercera, del 17 de marzo del mismo año. En las tres correspondencias le reitera que se proponía arremeter contra List en toda la línea, pero como se enteró que en paralelo Marx ya estaba estudiando su obra y se encontraba elaborando una crítica completa del economista alemán, decide dividir el trabajo entre ambos y promete circunscribirse tan sólo a sus discursos de Elberfeld.

Para entonces, ya alertado por su amigo Engels y su “genial esbozo”, el joven Karl Marx se había devorado, leído, estudiado y anotado críticamente los escritos de Friedrich List. Su obra figura entre las primeras consultadas e incorporadas a sus Cuadernos de París [Notas de lectura de 1844], que conformarán la base de sus célebres Manuscritos económico-filosóficos de 1844 y en el esbozo de crítica, mucho más extenso que aquellas primeras notas y observaciones, redactado en marzo de 1845, ahora publicado completo en castellano (aunque ya había sido publicado en idioma ruso en 1971, en el Nº12 de la Revista Voprosy Istorii K.P.S.S.). En síntesis, la crítica a List se encuentra ya en los primeros bosquejos y esbozos del ambicioso proyecto de investigación de crítica de la economía política que abarcará casi cuatro décadas en vida de Marx y cinco en vida de Engels.

La crítica de Marx a List

List pretendía ser “el teórico” del Zollverein, la unión aduanera de 25 estados alemanes. Su supuesta bandera teórico-política consistía en la “defensa de la industria nacional” y de los aranceles protectores. Siempre bajo el manto humanitario de una pretendida protección al mundo de los humildes, los humillados y las clases subalternas, incluso conqueteando con cierta fraseología socialista formulada en clave “espiritualista”. En ese sentido List oponía el materialista “valor de cambio” de la economía política británica (y su culto del librecambismo) al concepto espiritualista de “fuerzas productivas”, propio de su sistema proteccionista de la burguesía alemana.

Marx se mofa sin piedad de ese supuesto “filantropismo altruista” desnudando las verdaderas razones egoístas y materiales que movían a List y a la clase por él legitimada: la competencia frente a otros capitales, basándose siempre en la idealización de la industria alemana y en la explotación del trabajo asalariado. Marx le reprocha a List su sórdido materialismo que, en nombre de “la humanidad” y el “espiritualismo” termina convirtiendo a la clase obrera en una mercancía más, homologable en el mercado, comprable y vendible como cualquier otra mercancía, es decir, transformando a la capacidad humana de trabajar en otro valor de cambio, análogo al resto de las mercancías. Marx le cuestiona, duramente “El idealismo del burgués alemán, sentimental, vacío y superficial, debajo del cual está escondido (está disimulado) el espíritu (alma) de tendero más pequeño, más sucio y más cobarde”. No casualmente, en el capítulo 24 del primer tomo de El capital, más de dos décadas después de la inicial crítica de List, Marx enjuicia severamente al proteccionismo de gran potencia, que impide a las sociedades coloniales y sometidas proteger su propia industria pero invierte la ecuación en defensa del capitalismo metropolitano: “El sistema proteccionista era un medio artificial de fabricar fabricantes, de expropiar trabajadores independientes, de capitalizar los medios de producción y subsistencia nacionales, de abreviar por la violencia la transición entre el modo de producción antiguo y el moderno”.

La impugnación de List es, ante la mirada de Marx (en 1845), conciliadora y pusilánime, como la clase social de la cual pretende ser portavoz, incapaz de arremeter contra “la alta nobleza, los venerables burócratas estatales prusianos y las antiguas dinastías gobernantes”.

En dicha crítica Marx combina una justa impugnación al nacionalismo de “gran potencia” (que caracterizará un siglo después a las posiciones furiosas y salvajes de los nacionalismos imperialistas más genocidas, partidarios incluso de una pretendida “supremacía étnico-racial” teutónica) con cierto espíritu todavía “cosmopolita” del cual el autor de El Manifiesto Comunista comenzará recién a desprenderse y a superar una vez que sean derrotadas las insurrecciones obreras y populares de 1848 y vaya descubriendo la complejidad del problema nacional, particularmente a partir de la cuestión colonial irlandesa así como de la cuestión polaca (dos naciones oprimidas —al interior de Europa— por las cuales tanto Marx como Engels tomarán partido y harán defensa en el seno de la Asociación Internacional de los Trabajadres-AIT). En ese cambio de paradigma al interior del pensamiento de Marx, éste adoptará del inca Dionisio Yupanqui la clásica expresión (formulada en 1810 en las Cortes de Cádiz, durante la invasión napoleónica): “Un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre”, generalizada y sistematizada más tarde por Lenin en su obra El derecho de las naciones a la autodeterminación (1914). Pero cuando Marx critica y destroza a List (1845) todavía no había incursionado en la historia de la revolución española, por eso no había leído aún a Yupanqui y no había llegado a comprender la profundidad de su formulación, de allí que todavía se mantuviera limitado a una mirada “cosmopolita”, que será rápidamente abandonada cuando comience a estudiar la cuestión irlandesa y polaca.

En nuestra opinión, la crítica a la obra y al sistema del economista alemán Friedrich List debe ser leída juntamente con su intervención mucho más conocida (pronunciada el 9 de enero de 1848, un mes antes de publicado El Manifiesto Comunista, es decir tres años después del texto sobre List), sobre el librecambio, donde Marx critica a los teóricos ingleses, principalmente David Ricardo, partidario del librecambio y las ventajas comparativas (o sea, crítico de la jerga económica con la cual los industriales burgueses británicos pretendían barrer a todos sus competidores continentales y convertirse definitivamente en dueños del mercado mundial).

Desde la teoría crítica de Marx, proteccionismo (como el de la burguesía alemana representada en los escritos de List) y librecambio (como el de la burguesía británica idealizada por David Ricardo) constituyen dos banderas intercambiables, según la coyuntura histórica, de una misma clase social capitalista que opera a escala mundial dentro de las jerarquías y dominaciones del sistema mundial imperialista2No resulta casual que en el siglo XXI los capitales —y sus representaciones políticas— que hasta hace muy poco tiempo abogaban por los tratados de libre comercio son los mismos que actualmente [2018] enarbolan, sin pudor ni vergüenza, la bandera del dumping, la construcción de muros entre naciones (para impedir la movilidad y fluidez internacional de la fuerza de trabajo, no así de los capitales) y la “defensa” proteccionista de sus respectivos mercados nacionales. Proteccionismo y librecambio van cambiando según la ocasión, en el discurso de los representantes del capital, siempre que se trate de defender intereses imperialistas. No es “el pueblo” ni “los humildes” los destinatarios de estas consignas, cuando son proclamadas por el FMI, el Banco Mundial, la Casa Blanca o el Bundesbank..

Frente a las diversas estrategias del capital, Marx se ubica en el punto de vista del trabajo vivo rebelde y en resistencia contra las diversas dominaciones que lo maniatan, lo subsumen y lo explotan. Las reformas sociales conseguidas —anheladas ya desde los tiempos de Marx y el cartismo del siglo XIX, por ejemplo— no constituyen una dádiva de los poderosos hacia los desprotegidos (ni una concesión keynesiana hacia el socialismo, durante el siglo XX) sino el producto de la lucha de los pueblos rebeldes que arranca a regañadientes reformas y paliativos de parte de los grandes capitales y sus representantes en el campo de la economía política para evitar la profundización de la crisis y la aparición de la insurgencia de los de abajo.

En la crítica de Marx hacia List y hacia Ricardo (dos representantes de la economía política con posiciones aparentemente enfrentadas y dicotómicas en el plano teórico) podemos visualizar que para Marx no es recomendable ni es posible defender un ilusorio “capitalismo bueno” frente a un supuesto “capitalismo malo”, uno “con rostro humano” frente a otro, “despiadado y cruel”. La crítica al proteccionismo de las clases dominantes y al librecambio de las mismas de algún modo sintetiza el significado profundo y radical que condujo a Marx a elegir como subtítulo de El capital el nada ingenuo ni inocente….Crítica de la economía política. No hay una economía política de “derecha” a la que deba enfrentarse una economía “de izquierda” (¿tiene acaso sentido defender a John Maynard Keynes —como si fuera “nuestro”— frente a Milton Friedman o von Hayek?). La teoría crítica y la concepción materialista de la historia inaugurada por Marx y Engels cuestionan a la economía política en su conjunto, incluyendo heterodoxos y neoclásicos (sin por ello abandonar los matices, así como en su época Marx diferenció la economía política burguesa, pero científica, de la economía política burguesa, de carácter vulgar). Como la crítica alcanza a ambos polos, se torna comprensible que Marx oponga “Así como los economistas [subrayado de Marx] son los representantes científicos de la clase burguesa, los socialistas y comunistas [subrayado de Marx] son los teóricos de la clase proletaria”. Es decir, que quienes defienden a la clase obrera y a los pueblos oprimidos no son “economistas de izquierda” sino… revolucionarios, socialistas y comunistas, críticos de la economía política como disciplina supuestamente autónoma que regiría las leyes y regularidades de un Mercado capitalista, concebido ilusoriamente como si fuera autónomo.

En este último texto escrito contra Proudhon, redactado apenas dos años después (1847) de su crítica al proteccionista alemán (1845), Marx recupera una categoría teórica empleada por List, pero completamente despojada de espiritualismo y radicalmente resignificada: se trata de la noción de “fuerzas productivas”. Si para Friedrich List, “fuerzas productivas” tenía una connotación marcadamente espiritualista, útil para oponerla al “valor de cambio”, en su óptica insoportablemente materialista, propio de la economía política británica; en Marx y Engels la noción de “fuerzas productivas” adquiere otro carácter completamente diferenciado. No será una categoría desechada ni abandonada, muy por el contrario, sino recuperada y resignificada con otro contenido.

¿Qué determinaciones adquiere en el nuevo paradigma inaugurado por Marx esta noción conceptual? La respuesta no es sencilla. En la historia del marxismo la noción de “fuerzas productivas” ha sido utilizada y resignificada con una notable polisemia. Si bien György Lukács en Historia y conciencia de clase y en “Tecnología y relaciones sociales” (a comienzos de los años ’20), así como Antonio Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel (en los primeros años ’30) hicieron uso de ella en un sentido amplio y principalmente con un contenido netamente social, en la mayoría del llamado “marxismo ortodoxo” (desde Karl Kautsky en adelante, pasando por el materialismo dialéctico {DIAMAT] de Nikolai Bujarin y José Stalin, el estructuralismo de Louis Althusser y su discípula latinoamericana Marta Harnecker hasta llegar al marxismo analítico de Gerald Cohen y sus amigos), la misma ha sido teñida por un inesperado tecnologicismo. Dentro de este variado y ampliado abanico, seguramente es Gerald Cohen y su marxismo analítico quienes profundizaron esta dimensión hasta el paroxismo y de forma extremista, terminando por asimilar y homologar directamente ambos polos de la ecuación [“fuerzas productivas” = tecnología].

Más allá de este debate que dividió las aguas en el siglo XX y en lo que va del XXI, en la propia obra de Karl Marx la noción de “fuerzas productivas” es recuperada y resignificada con un contenido sumamente diferente al de List (y, dicho se paso, desde un ángulo bien distinto al del tecnologicismo que adquirió posteriormente en el marxismo ortodoxo y en el analítico).

Quizás quien mejor explique y resuma esta reapropiación sea el propio Marx cuando concluye su Miseria de la filosofía (1847) afirmando, sin ninguna ambigüedad, que “De todos los instrumentos de producción, la fuerza productiva más grande es la propia clase revolucionaria” (Marx, 1975: 137). Es decir que, para Marx, dejando de lado el falso espiritualismo de List, la noción conceptual de “fuerzas productivas” no equivale ni al molino eólico (de los tiempos feudales) ni a la máquina de vapor (de la primera revolución industrial), ni a la electricidad (de la segunda revolución industrial), ni al cronómetro y la cadena de montaje (de la época taylorista y fordista) ni al microchip (de los tiempos posfordistas), ni a ninguna invención tecnológica u organizacional posterior sino, principalmente… a la clase revolucionaria.

III. El laberinto de El capital, un misil contra la burguesía

El segundo texto incorporado a esta antología corresponde a los dos primeros cuadernos (I y II) de sus Manuscritos de 1861-1863, centrados en la categoría de “el capital en general” y “el proceso de producción del capital”. Ambos son pergeñados en una fase mucho más madura de Marx (si lo comparamos con la inicial crítica a List). Un singular momento de vida intelectual cuando su trabajo se encuentra en plena ebullición, investigando, repensando y reescribiendo —en una de sus tantas versiones— lo que a posteriori será su gran legado teórico: El capital. Crítica de la economía política, conjunto de escritos que no se confeccionaron de una vez y de un tirón. El capital constituye una obra inacabada, muchas veces reescrita y corregida o vuelta a redactar, producto de todo un programa de investigación, numerosas veces reelaborado a lo largo de su vida.

En el taller de Marx

A partir de esta periodizacion de las diferentes redacciones, puede corroborarse que El capital no está construido como un libro cerrado, sino como una obra abierta, conformada por varias “capas” (que combinan diferentes niveles epistemológicos, desde lo más abstracto y genérico a lo más concreto y específicamente determinado) a través de un meditado y prolongado proceso de confección metodológica y a lo largo de varias reescrituras sucesivas.

Dentro de este universo sumamente abigarrado (sólo posible por el manejo enciclopédico de los saberes múltiples que manejaba y articulaba la escritura de Karl Marx y por el compromiso político que premoldeaba la mayor parte de sus supuestos básicos subyacentes, hipótesis hermenéuticas y teorías explicativas), los Manuscritos de 1861-1863 corresponderían a la “segunda redacción” de El capital si los consideramos como la continuación de los Grundrisse de 1857-1858 o, en su defecto, a la “tercera redacción” de la obra si tomamos en cuenta la Contribución a la crítica de la economía política de 1859 (ya que el Cuaderno I de 1861-1863 comienza por un supuesto “capítulo tercero” —referido al capital en general— que continúa los dos anteriores —mercancía y dinero— de la Contribución).

Este material redactado por Marx en 1861-1863, ahora publicado en castellano en Comunidad, nacionalismos y capital. Marx 200 años, estaba inédito, salvo contados pasajes sueltos. Había comenzado a ser publicado en alemán —por iniciativa de investigadores de las hoy desaparecidas Unión Soviética (URSS) y República Democrática Alemana (RDA)— en 1976 en las MEGA [Marx-Engels-Gesamtausgabe, la edición crítica de las obras de Marx y Engels, iniciada en 1932, varias veces interrumpida y nuevamente, varias veces recomenzada a publicar, según los ritmos de la lucha de clases, los avances y retrocesos históricos del marxismo a nivel mundial]. De 1976 a 1982 se publicaron completos en seis volúmenes en idioma alemán.

Hasta el momento (2018) sólo contábamos en castellano con traducciones de fragmentos dispersos, como pasajes salteados de los Cuadernos V, XIX y XX centrados en “las máquinas” (publicados por editorial Pasado y Presente con traducción de Raúl Crisafio y Jorge Tula). También Bolívar Echeverría tradujo fragmentos entrecortados de estos manuscritos referidos a la tecnología y al proceso de subsunción formal y real (traducción que apareció en 2005). En idioma portugués, se tradujeron hace menos de una década los cuadernos I al V, una de las versiones más completas, exceptuando la alemana original y la inglesa. Pero en castellano no contábamos sino con traducciones de fragmentos deshilachados. Al menos ahora, Comunidad, nacionalismos y capital. Marx 200 años. Textos inéditos, comienza a publicar los cuadernos completos y en orden. Es apenas un primer paso, pero… ¡importantísimo! Sería deseable que se publicaran de una vez por todas, los Manuscritos 1861-1863 completos y en castellano.

Estos materiales prolongan y continúan las investigaciones de los Grundrisse y la exposición de la Contribución a la crítica de la economía política. A través de las nuevas exploraciones, Marx va profundizando su análisis y concretizando sus categorías, desplegando el camino del método dialéctico siguiendo la dirección desde lo abstracto a lo concreto. Pero ese camino metodológico presupone eludir el falso atajo que nos llevaría, sin mediaciones, de la apariencia (igualitaria) de la superficie mercantil a las profundidades (asimétricas, jerárquicas, despóticas y repletas de dominaciones) de la explotación capitalista, operando en ambos planos con las mismas categorías. El nexo central en esa larga cadena de mediaciones lo constituye, probablemente, la categoría de plusvalor como clave hermenéutica de alcance general de la explotación del ser humano sobre el ser humano.

Si en los Grundrisse de 1857-1858 comienza por el dinero, en la Contribución de 1859 da un paso hacia atrás (para alcanzar una determinación aún más simple, genérica y abstracta) y empieza por la mercancía; para volver en 1861-1863 a continuar la exposición de sus descubrimientos a partir del “capital en general” (que presupone haber pasado antes por la mercancía y el dinero), donde, examinando el doble proceso del trabajo y la valorización, llega al plusvalor, corazón de la explotación. Al examinar entre 1861 y 1863 sus diferentes determinaciones y formas de extracción de plusvalor, Marx reflexiona sobre la mejor manera de exponer en forma lógico-dialéctica su teoría de la explotación desde un campo general —uno de sus principales descubrimientos, junto al doble carácter del trabajo y a su teoría de un poder muy fuerte de la clase obrera en la transición hacia una sociedad sin dominación de clase [que con la terminología de su época denominó “dictadura del proletariado”, es decir, la democracia más ampliada posible fundada en la soberanía absoluta del poder de la clase trabajadora autoorganizada]— hacia una topología de sus formas particulares de manifestarse. Esto es: del “capital en general”, abordado en los dos primeros cuadernos de 1861-1863, pasa al plusvalor absoluto y al plusvalor relativo, analizados en los restantes tres cuadernos (III, IV y V) de la misma época, para de allí en adelante abordar sus formas particulares de manifestación en la teoría de la ganancia industrial, el interés bancario y la renta terrateniente, analizadas en el apéndice “El ingreso y sus fuentes” que cierra su Teorías de la plusvalía, cuyos borradores son redactados poco tiempo después.

Por eso Marx necesita ir construyendo sus herramientas metodológicas pacientemente, para encontrar las mediaciones entre un espacio y otro, entre (a) la epidermis mercantil, (b) las profundidades productivas y (c) sus formas particulares de manifestación en la conciencia inmediata, es decir que Marx busca encontrar los nexos y conexiones entre el mundo de las seudoconcreciones aparienciales (accesibles al sentido común de la metafísica de la vida cotidiana) y las esencialidades ocultas al entendimiento de todos los días, sólo accesible a través del lente de la teoría crítica. A lo largo de ese proceso de investigación y exposición va descubriendo que el capitalista —colectivo y a escala mundial, aunque literariamente sea mentado en términos singulares como si estuviera restringido a “su” fábrica particular, ya que cuando Marx habla del obrero o del capitalista nos está hablando de clases y colectivos sociales, no de individuos, y nos está hablando a escala planetaria— no intercambia el dinero invertido por “trabajo” (como denominaba a la actividad vital humana en los Manuscritos económico filosóficos de 1844) sino por la “capacidad de trabajar” y por “trabajo vivo” (como los nombra en los Manuscritos de 1861-1863). Es decir, por la “fuerza de trabajo” de la clase obrera (categoría a la que llega recién en la redacción final de El capital que va a la imprenta). Esos son los diferentes conceptos empleados por Marx para designar al enemigo histórico del capitalismo, su antagonista mayor.

Estos Manuscritos de 1861-1863 no sólo aportan la elaboración de la categoría “capacidad de trabajar”, de enorme importancia transicional para elucidar la diferencia fundamental entre “trabajo” y “fuerza de trabajo”, clave de la teoría de la explotación. En dichos manuscritos también comienzan a ser estudiados los procesos de subsunción formal y real del trabajo en el capital. Más tarde, estos tratamientos serán la fuente nutricia y el eje principal de la reflexión de largo aliento que encontramos en el célebre Capítulo VI inédito de El capital donde Marx extrae una de sus principales conclusiones políticas: el capital no sólo produce mercancías, no sólo produce plusvalor, produce y reproduce al mismo tiempo la misma relación de capital. Por lo tanto…¡no es reformable! (ya que el capitalismo sólo genera… más capitalismo). En otras palabras: el capitalismo nunca se caerá solo. Hay que derrocarlo.

Si bien los Manuscritos de 1861-1863 aportan todas estas novedades teóricas y nos sirven para conocer en profundidad cómo operaba Marx, cómo trabajaba, cómo pulía sus conceptos y categorías, en ellos hay todavía limitaciones. O, en otros términos, conceptos todavía no diferenciados que recién más tarde serán elucidados por Marx. Uno de ellos gira en torno a la identificación que todavía, en la redacción de 1861-1863, realizaba Marx entre “valor de cambio” y “valor”. Él mismo aclara en los dos primeros cuadernos de 1861-1863 que cuando escribe “valor” debe entenderse “valor de cambio”. Pues bien, a partir de la segunda edición alemana del tomo primero de El capital (1873) Marx ya no sostendrá esta equivalencia categorial. En la redacción madura de Marx, desde 1873 en adelante, “valor de cambio” será entendido tan sólo como la forma cuantitativa de manifestarse la forma “valor”. ¿Por qué? ¿Hay acaso otra forma diferente? Pues sí. Desde 1873 en adelante, al separar la sección cuarta del capítulo primero del tomo I de El capital con un título específico (“El fetichismo de la mercancía y su secreto”), Marx dejará bien en claro que su teoría del valor posee dos dimensiones complementarias, una cuantitativa y otra cualitativa (no siempre advertida en los manuales de economía marxista, ni siquiera en los más sutiles y mejor elaborados). La primera responde a la pregunta “¿Cuánto valen las mercancías?”. Su respuesta, ya proporcionada por los economistas científicos de la burguesía, será: “De acuerdo al tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlas”. La segunda dimensión, cualitativa, obedece a otro tipo de interrogación: “¿Por qué valen las mercancías, por qué se transforman y cristalizan en valores los productos del trabajo social humano?”. La respuesta remite al trabajo abstracto y al proceso de cosificación y fetichismo (Kohan, 2013: 498 y ss.). En 1861-1863 Marx todavía no había podido diferenciar ambas dimensiones, por eso su crítica de la economía política clásica era aún limitada. Recién a partir de 1873 se dará cuenta de que tanto Smith como Ricado se preguntaron por la cantidad (¿cuánto valen las mercancías?) pero nunca llegaron a preguntarse por la calidad (¿por qué el trabajo humano genera valor?). Desde que descubre esa dualidad, la crítica marxiana de la economía política se torna muchísimo más aguda y radicalizada. En 1861-1863 todavía no había podido construir semejante sutileza, lo cual demuestra que El capital se fue construyendo pacientemente y en diferentes “capas” hermenéuticas.

Visualizando la perspectiva desde un gran angular, al recorrer estos primeros cuadernos de 1861-1863, quien se detiene a observar a Marx en su taller de trabajo lo puede ver puliendo sus categorías con el detenimiento, la obsesión por los detalles y la paciencia propia de un artesano que no se resigna a nadar en la superficie del mercado capitalista sino que necesita contar con herramientas conceptuales para ir de la superficie hasta el fondo y luego regresar, ya en otro plano, a la superficie.

Quizás el mayor atractivo que posean estos Manuscritos de 1861-1863 sea el poder volver palpables las transiciones dialécticas a través de las cuales Marx va operando, con no poco esfuerzo, transformaciones al interior de su propia teoría donde no existe ni una continuidad lineal entre 1844 y 1873 (como en su época sugirieron lecturas “humanistas” —en el preciso sentido metafisico de este concepto— del estilo de Erich Fromm, Pierre Bigo, Ives Calvez, etc.) ni tampoco una ruptura absoluta y total (como pretendió atribuirle Louis Althusser, siguiendo la jerga de Gaston Bachelard y forzando la obra de Marx para que entrara en el lecho de Procusto de sus simpatías estructuralistas y posestructuralistas). Entre la falaz continuidad lineal que pretendía reducir El capital a una simple y obesa nota al pie explicativa de los Manuscritos de 1844 y la exagerada “ruptura epistemológica” que aspiraba a expulsar de El capital toda presencia del método dialéctico y toda huella crítica del fetichismo, los Manuscritos de 1861-1863 nos permiten comprender la compleja densidad de las transiciones categoriales con las cuales Marx va entretejiendo su discurso crítico de la economía política.

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Néstor Kohan

Investigador y militante argentino. Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Trabaja como profesor en la Carrera de Sociología y el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe (IEALC) de la Universidad de Buenos Aires. Investiga en el Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina. Profesor de la Cátedra “De la teoría social de Marx a la teoría crítica latinoamericana” (Sociología – UBA). Coordina la Cátedra de formación política “Ernesto Che Guevara” (Uruguay, Chile, Bolivia, Venezuela, México, etc.). Coordina el seminario sobre El capital de Karl Marx en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo y también, como Cátedra Che Guevara, en la Universidad de los Trabajadores de la fábrica IMPA. Ha trabajado en la formación política en la Escuela Nacional Florestan Fernández del Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil. Ha publicado más de 45 libros (incluyendo ediciones en otros países) de teoría social, historia y filosofía, traducidos al inglés, francés, italiano, alemán, árabe, hebreo, catalán, galego-portugués, euskera, etc. Con el sello BRANCALEONE FILMS ha publicado más de 25 videos de formación política. Dirección web: www.cipec.nuevaradio.org.