Desde adentro y desde afuera de la utopía

Armando Bartra
Publicado en Noviembre 2016 en La Migraña 19
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1. ¿Hacia un capitalismo residual?

Diversos autores han destacado que además de que el modelo “clásico” de proletarización no se generalizó tanto como pensaban que lo harían los apologistas y los críticos del capitalismo que lo estudiaron durante el siglo XIX, en las últimas décadas la tendencia comenzó a remitir. “El estatus consolidado y asegurado de asalariado […] va desmoronándose a ojos vistas”, escribe Joachim Hirsch (2001: 168) pensando en trabajadores por cuenta propia como camioneros y taxistas, pero también en los procesadores de textos, diseñadores de programas y otros operadores calificados a los que llama “nuevos autónomos”, es decir, trabajadores que como resultado de la “revolución de los servicios” han sido separados de las plantas industriales para ser contratados por fuera y a menor costo (163-175). Por su parte, Ulrich Beck afirma que […] el capitalismo global se las arregla con cada vez menos efectivos laborales […] con la consecuencia de que no sólo se incrementan las desigualdades, sino que también varía [su] calidad […] al verse excluidos cada vez mayores segmentos de la población, considerados oficialmente como “económicamente inactivos o retirados” (Beck, 1998: 139).

Basado en observaciones como las de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos según las cuales “los empleos tradicionales estables y a tiempo completo” tienden a desaparecer, fenómeno que resulta del avance tecnológico y de las prácticas de “reingeniería” que flexibilizan la gestión empresarial del trabajo “externalizando” las labores que no pueden “eficientarse” al máximo mediante informática y robotización, André Gorz emprendió una reflexión crítica respecto de las implicaciones que tiene sobre el trabajo la nueva revolución tecnológica. Y es que las funciones que las grandes corporaciones subcontratan son intermitentes y con frecuencia artesanales, desarrolladas mediante trabajadores temporales, destajistas o precarios con ingresos bajos e inestables.

Dos evidencias […] —escribe Gorz—. En primer lugar, la esfera de la producción capitalista emplea un volumen cada vez menor de trabajo para producir un volumen creciente de riquezas […] En segundo lugar, por tanto, sólo pueden crearse empleos suplementarios […] a través […] del desarrollo de actividades situadas fuera de la esfera capitalista y que no tengan como condición la valorización de un capital. Pero la forma del empleo asalariado […] tiene pocas posibilidades de convenir al desarrollo de estas actividades (Gorz, 2005: 26).

Como Marx un siglo y medio antes, Gorz subraya la “repulsión” capitalista derivada de una tecnología que hace “superfluos” a ciertos trabajadores, pero los redundantes no yacen en un pasivo “ejército industrial de reserva” sino que se afanan en toda clase de actividades por cuenta propia, en empleos contingentes o en empresitas subcapitalistas. Gorz tiene como referencia la situación de los países de mayor desarrollo y en éstos piensa cuando dice que “más de un tercio de la población activa ya no pertenece a la ‘sociedad salarial’, o no pertenece más que a medias [y muchos] que todavía pertenecen temen […] que acabarán siendo expulsados” (Gorz, 2005:27), pero a estos excluidos de la “sociedad salarial” es necesario agregar varios miles de millones más: mujeres que desempeñan labores domésticas, campesinos, jornaleros agrícolas estacionales, trabajadores urbanos inestables o a tiempo parcial, artesanos, pequeños comerciantes, practicantes de la “economía subterránea”, jubilados tempranos que con “trabajitos” completan o suplen su pensión.

Contra las prospecciones decimonónicas que anunciaban un capitalismo arrasador que pronto haría de la agricultura “una rama más de la industria”, convertiría al mundo en una factoría global y nos proletarizaría a todos, lo que ha sucedido es que las exterioridades sociales y ambientales se incrementan en vez de disminuir. Y no porque el gran dinero sea menos voraz de lo previsto sino porque en su compulsión devoradora se topa con entidades venenosas que debe vomitar si quiere sobrevivir. Alteridades que son indigestas para el gran dinero debido a su inexpugnable diversidad biosocial o porque circunstancialmente resultaron resistentes a ciertas tecnologías avanzadas. Es verdad que el capital puede apropiarse de trabajos y bienes incómodos sin necesidad de someterlos materialmente a sus procedimientos tecnológicos y aun sin convertirlos formalmente en mercancías, pero una subsunción general sin subsunción material y formal extendidas y predominantes no es lo que esperaban ni los apologistas ni los críticos del mercantilismo absoluto. Cuando la apropiación capitalista de ciertos ámbitos (ingeniería genética y nanotecnología) resultan peligrosas y repudiadas, mientras que en otros la exclusión y la exteriorización predominan sobre la inclusión, tiene sentido preguntarnos si el capitalismo no estará deviniendo marginal o residual, cuando menos en su forma clásica, basada en la relación entre trabajo asalariado y capital.

2. De la marginalidad periférica a la marginalidad metropolitana

En los países metropolitanos y en general en las empresas de punta, revolución tecnológica y flexibilización laboral converge un modelo empresarial que incrementa la producción reduciendo dramáticamente el trabajo vivo. Así, la economía capitalista crece sin generar nuevos puestos de trabajo estables, destruyendo muchos de los existentes y exteriorizando los requerimientos laborales menos calificados o intermitentes, de modo que los nuevos empleos —de haberlos— son contingentes, mal pagados, precarios.

La sociedad —escribe Gorz— queda dividida en dos partes: por un lado las personas cuya actividad les reporta una remuneración suficiente y, por otro, una infraclase que de una u otra manera vende sus servicios —a título individual o como asalariado de establecimientos de comidas, de limpieza, vigilancia, reparto a domicilio, etcétera— […] a cambio de una remuneración mínima (Gorz, 2005:26).

¿Pero quiénes conforman mayormente esta “infraclase” que lava platos, pinta paredes, arregla jardines, cuida enfermos, limpia pisos, reparte pizzas?, ¿quiénes son los que se pelean por los bad jobs, los trabajos basura, los empleos precarios y sub-retribuidos de los países metropolitanos? Son sin duda, en una proporción importante, los migrantes de a pie y en particular los migrantes indocumentados.

La migración de la periferia al centro es un fenómeno planetario con múltiples facetas: globalización plebeya, neocolonización centrípeta, implosión demográfica, dilapidación del “bono poblacional” de la periferia. Pero también hay que preguntarse qué van a hacer a las metrópolis las legiones de nuevos peregrinos. Porque hoy ya no llegan principalmente a incorporarse a la industria pesada en expansión como muchos migrantes mexicanos que hace décadas se avecindaron en Illinois. El éxodo mexicano de ahora se enfila, en parte, a los agricultural jobs, pero cada vez más a la industria de la construcción y a los servicios: asistencia doméstica, limpieza, jardinería, preparación de comidas. Los que son expulsados de sus países por el déficit de empleos dignos y de futuro que aqueja a la periferia no se incorporan, como antes, al núcleo central de los procesos de acumulación metropolitanos, sino a las actividades marginales que no interesan al gran dinero. Y es que la mano de obra migrante dejó de ser directamente necesaria para la acumulación megacapitalista que depende cada vez más de la privatización del conocimiento y menos de la explotación extensiva del trabajo. En consecuencia los nuevos nómadas encuentran su ubicación en la periferia productiva del centro: unidades económicas sub-empresariales tanto agrícolas como artesanales y de servicios accesorias a las tendencias dominantes del capital. Pasan así de la periferia a la periferia: de la marginalidad subdesarrollada a la marginalidad primermundista (y para ellos la diferencia es grande pues en el exilio el salario puede ser diez veces mayor).

3. Una modesta utopía

En una perspectiva sugerente aunque quizá excesivamente metropolitana, Gorz esboza su utopía:

Cuando el volumen del trabajo que el capital es capaz de emplear con beneficio no deja de disminuir, la actividad humana sólo puede desarrollarse al margen de la esfera de la economía capitalista. El objetivo es que cada persona pueda desarrollarse plenamente desplegando sus actividades en tres niveles: en el nivel macrosocial del trabajo profesional en virtud del cual crea valores de cambio y participa en la producción y en la evolución de la base propiamente económica de la sociedad; en el plano microsocial de la producción cooperativa y comunitaria, creadora de valores de uso y de relaciones sociales vivas, y donde los habitantes asociados pueden volver a recuperar el dominio de su marco de vida y de la calidad de su ambiente; en el plano de la vida privada, finalmente, que es el lugar de la producción de sí mismo, de las relaciones entre personas valorizándose mutuamente como sujetos únicos, y de creación artística. Superaremos la sociedad salarial —y con ella el capitalismo— cuando las relaciones sociales de cooperación voluntaria y de intercambios no mercantiles auto-organizados predominen sobre las relaciones de producción capitalistas: sobre el trabajo-empleo, el trabajo mercancía. Esta superación […] sólo conducirá a una sociedad poseconómica, poscapitalista, si esta sociedad es proyectada, exigida, por una revolución tan cultural como política (Gorz, 2005: 32).

Ahora bien, si en lugar de hacer una lectura metropolitana abordamos desde la periferia el texto primermundista de Gorz, las relaciones comunitarias y de cooperación voluntaria donde el sentido de la producción es el de los valores de uso y donde es posible desarrollar socialidades vivas y conservar la calidad del medio ambiente no aluden tanto a una comuna en los alrededores de Lucca animada por la Red Liliput como a los colectivos de pequeños productores principalmente campesinos de países orilleros en Asia, África y América Latina. Se trata de agrupaciones sociales más que exclusivamente económicas, que desarrollan una actividad diversificada, discontinua y en gran medida desprofesionalizada donde se combinan el autoabasto con la producción para el intercambio; asociaciones de trabajadores donde la forma salario, aunque existente, no es cualitativamente dominante en las prestaciones laborales; unidades de producción, consumo y convivencia presididas por la lógica del bienestar en las que el valor de uso coexiste con el precio pero sigue siendo el regulador de la producción y del intercambio. Es decir, que lo que Gorz imagina como una sociedad pos-económica y pos-capitalista metropolitana es en la periferia una realidad pre-económica y pre-capitalista.

Pre-capitalista y no, porque en realidad estos microcosmos socio-económicos campesinos en los que el desdoblamiento del valor de uso en valor de cambio no se impone intrínsecamente como inversión y como predominio del mercado y el lucro no son pre-capitalistas sino meta-capitalistas o trans-capitalistas. No remanente o herencia de otros modos de producir, sino sistemas de relaciones contemporáneos por derecho propio que se recrean una y otra vez en actividades como las agropecuarias, resistentes al modelo industrial del capital. Ámbitos atípicos donde los campesinos, los artesanos, las comunidades indígenas y otras quimeras preservan y reinventan la diversidad productiva, consuntiva y cultural como única estrategia viable de sustentabilidad y hasta de simple sobrevivencia.

Porque la diversificación y el policultivo, como opciones respetuosas de la sistémica diversidad de la naturaleza, dan lugar a una producción con requerimientos laborales variados y discontinuos que reivindica como virtuosa la multifuncionalidad del polifacético trabajador agrosilvopastoril: un laborante desprofesionalizado cuyo desempeño intermitente y sincopado se asemeja mucho a la plurihabilidad que demanda de las mujeres el llamado trabajo doméstico: “labores del hogar” que junto con las agropecuarias y las artesanales son el otro gran reducto del bricolaje y de su complemento intelectual, el “pensamiento salvaje” (Lévi-Strauss, 1972: 34-38), pues en la huerta, en la parcela, en el potrero, en el taller y en la cocina la razón científica no suple a la intuición ni desplaza a los saberes heredados. Así, la especialización profesional no lo es todo, también son creativos —y a veces mucho más placenteros— el amateurismo, la improvisación, el palomazo.

De esta manera, el límite que en el tránsito de los milenios le imponen al capital la revolución informática, la robótica, la ingeniería genética y la nanotecnología es el mismo que la naturaleza le impuso desde siempre y que por centurias se expresó en innumerables perversiones rurales: rentas territoriales, reparto diferencial de las utilidades, intervención económica del Estado en las actividades agropecuarias, recreación por el capital de la pequeña y mediana producción campesina y, más recientemente, reconocimiento y valoración de la plurifuncionalidad de lo rural y normalización de los modos diversos, adecuados, blandos, ecológicos, limpios y orgánicos de producir.

Así como la “economía moral” que Thompson descubre en la Edad Media pervive hasta nuestros días en la comunidad agraria y aun en la economía doméstica urbana, proyectándose al futuro en las experiencias autogestionarias, así la sociedad pos-económica que vislumbra Gorz para los países centrales es realidad a contrapelo y proyecto alternativo en los periféricos.

4. Economía solidaria

Y de un tiempo a esta parte dicha socialidad alternativa se presenta también como una proliferante red de economía solidaria que vincula experiencias primermundistas y tercermundistas. Los Sistemas Laborales de Empleo, surgidos en los ochenta en Canadá y extendidos a otros países; la Red Global de Trueques, desarrollada en Argentina durante los noventa y que para el 2000 tenía 300 mil participantes; la Asociación Nacional de los Trabajadores de Empresas de Autogestión y Participación Accionaria formada en Brasil durante los noventa; el Compromiso de Caracas firmado en 2005 por 263 empresas “recuperadas” por los trabajadores de ocho países latinoamericanos; la Red Liliput que debutó con el arranque del nuevo milenio en Italia e impulsa, entre otras cosas, el consumo crítico; los artistas que animan el Creative Commons; los hackers libertarios del Software Libre son algunas de estas experiencias, muchas de las cuales forman parte de movimientos sociales reivindicativos.

Para Alain Lipietz la economía solidaria debe verse como un “tercer sector” que a diferencia del mercado, en el que encarna el “intercambio”, y el Estado, en el que se materializa la “redistribución”, restituye el comunitarismo a través de la “reciprocidad”. Una reciprocidad que no excluye al mercado, pues el “tercer sector” realiza operaciones comerciales, ni al Estado pues recibe subsidios (Lipiet, 2006: 113-119). Otros autores tienen lecturas diferentes del mismo fenómeno. Un apretado recuento del amplio espectro de la economía alternativa puede encontrarse en Para ampliar el canon de la producción (De Sousa y Rodríguez, 2006: 130-201), texto que recoge experiencias donde de diversas formas se reconcilian la realidad y la utopía desplegando una pluralidad doctrinaria y fáctica que no es lastre sino signo de la vitalidad de una economía alternativa que se niega a encerrarse en teorías y modelos únicos.

Desde sus primeras acciones el Movimiento de los trabajadores rurales sin tierra (MST) de Brasil impulsó formas asociativas tanto en los campamentos de los demandantes como en los asentamientos de los ya posesionados. En 1989 la ocupación de la hacienda Pendengo, en el estado de São Paulo desemboca en un plan autogestivo llamado Proyecto Libertad cuyos principios son exigir una escritura colectiva, trabajar la tierra juntos en una cooperativa de producción, buscar financiamientos alternativos, vender directamente a la población eliminando a los inter¬mediarios (Fernández, 2010: 144).

En un contexto socioeconómico muy distinto, los “piqueteros” argentinos desarrollan también la producción autogestionaria. Así el Movimiento de Trabajadores Desocupados de la Coordinadora Aníval Verón tiene panaderías, carpinterías, talleres de confección de ropa, zapaterías, bloqueras, huertas comunitarias, guarderías y bibliotecas, entre otras empresas de economía solidaria que no sólo reducen la dependencia respecto de los subsidios al desempleo dándole base material a la autonomía; si hemos de creer a Raúl Zibechi también subvierten el modelo de división del trabajo surgido del régimen fabril: “En efecto, si los propios trabajadores son los que organizan el trabajo, los que lo llevan adelante y los que lo evalúan, y todo lo hacen colectivamente, los principios del taylorismo se vienen a pique” (Zibechi, 2003: 153).

En Venezuela, el golpe contra el presidente Chávez perpetrado en abril de 2002 y rápidamente revertido; el paro patronal de 2002-2003 y el sabotaje petrolero de esos mismos años, también derrotados por la movilización popular, desembocan en una oleada de reducciones salariales, recortes de personal y cierres de empresas. Desarticulación económica a la que los trabajadores responden luchando por sus derechos laborales, pero también tomando fábricas paradas en la industria textil, del papel, de plásticos, de perfumería y de válvulas. “Las empresas que cierran los neoliberales las abrimos nosotros”, es la consigna; aunque esto sólo es posible cuando los trabajadores cuentan con el apoyo del Estado, lo que en Venezuela ocurre con base en el Acuerdo Marco de Corresponsabilidad para la Transformación Industrial de 2005 que prevé apoyos fiscales para lograr la “soberanía económica e inclusión productiva”. Para principios de 2006 esta política había permitido reactivar dos empresas cooperativas autogestionarias, la Industria Venezolana Endógena de Papel y la Industria Venezolana de Válvulas. En febrero de ese mismo año se constituye el Frente Revolucionario de Trabajadores de Empresas Recuperadas, Ocupadas y en Cogestión. Y procesos semejantes ocurren en Uruguay a raíz del gobierno progresista de Tabaré Vázquez quien apoya la reapertura de una empresa hulera cerrada por los patrones en 2002 y recuperada por los trabajadores (Hernández, 2006: 23-25).

En el tránsito de los dos siglos se han consolidado también asociaciones internacionales que promueven formas alternativas de financiamiento, por lo general inspiradas en el Grameen Bank de Bangladesh, de producción como la Federación Internacional de Agricultura Orgánica o de mercadeo como Comercio Justo Internacional. Desde los ochenta los principios de la agricultura sustentable y el comercio justo dieron lugar a cada vez más extensas relaciones solidarias entre productores campesinos de la periferia y consumidores metropolitanos que hoy se concretan en marginales pero cuantiosos flujos comerciales y sustentan a numerosas cooperativas agropecuarias que en otro contexto se habrían arruinado. Al respecto el caso del café mexicano es paradigmático pues a partir de 1988 en que la Unión de Comunidades Indígenas de la Región del Istmo de Oaxaca y la fundación holandesa Max Havelaar crean un sistema de comercio justo sustentado en el trabajo cooperativo y el cultivo sustentable, el número de campesinos mexicanos organizados en torno a la producción sin agroquímicos y el mercadeo alternativo no ha dejado de crecer (Renard, Roozen, Vanderhoff). Al alba del tercer milenio casi la quinta parte de la superficie cafetalera del país —150 mil hectáreas donde trabajan principalmente unos 50 mil caficultores indígenas cultivadores de pequeñas huertas de alrededor de dos hectáreas cada una— se maneja con procedimientos sustentables, y las cosechas certificadas como libres de agroquímicos reciben un sobreprecio que es mayor cuando además se venden en sistema del comercio justo. Gracias al desarrollo de formas alternativas de producción y mercadeo una parte sustantiva de la caficultura campesina pudo sobrevivir al desmantelamiento del Instituto Mexicano del Café y a la prolongada caída de los precios que siguió a la cancelación de los acuerdos económicos de la Organización Mundial del Café en 1988. Hoy cerca de tres millones de mexicanos rurales ubicados en las zonas más pobres del país y en su mayoría indígenas obtienen una parte importante de sus ingresos gracias su inserción en la economía solidaria.

Como Gorz, Hirsch, Beck y muchos otros, Euclides André Mance coincide en que:

Gracias a la automatización, la informática y la biotecnología [los grandes capitales] dependen cada vez menos del trabajo vivo […] generándose una multitud de excluidos cuyo potencial de trabajo no interesa más al capital […]. Frente a esta exclusión [surgen] diversas prácticas de economía solidaria […] y una propuesta de realización de redes de colectivos solidarios, como una alternativa poscapitalista a la globalización en curso (Mance, 2006: 52-53).

Y efectivamente, en 2001, durante la primera reunión realizada en Porto Alegre del Foro Social Mundial nacido de las movilizaciones de 1999 en Seattle, Estados Unidos, y de 2000 en Davos, Suiza, se lanza la Red Global de Economía Solidaria. En la perspectiva de Mance, la economía fraterna es a la vez resistencia, estrategia de repuesto y utopía:

Para las personas y organizaciones que consideran la estrategia revolucionaria bajo un paradigma de centralización política y de ruptura histórica abrupta, puede parecer extraño que una revolución antagónica al capitalismo pueda ocurrir bajo una estrategia de red, en donde lo económico y lo cultural no sean subalternos a lo político, y en la cual la realización progresiva y compleja de innumerables redes solidarias sinérgicamente integradas no sea ni una ruptura inmediata del sistema capitalista en una determinada sociedad, ni tampoco una mera reforma a tal sistema […], sino la expansión efectiva de un nuevo sistema económico, político y cultural anticapitalista que crece negándole las estructuras y absorbiendo gradualmente las fuerzas productivas […] constituyéndose el conjunto de estas redes en un nuevo bloque histórico (81-82).

Una virtud no menor del planteamiento de Mance es que su punto de partida no es un paradigma que debiera aplicarse en todas partes sino la diversidad convergente de múltiples praxis sociales, de modo que la construcción de las redes de economía solidaria es compatible con la más amplia pluralidad de perspectivas.

5. El subdesarrollo del desarrollo

El derecho de los orilleros a no migrar, que en el fondo es el derecho a la esperanza en sus ámbitos de origen, no encontrará satisfacción en el inviable crecimiento de la economía periférica conforme al rancio modelo metropolitano de industrialización, paradigma que, además, ya mostró su límite ocupacional. La clave del derecho a quedarse está en la revalorización de la comunidad agraria y la economía campesina, y en un plano más general, en el reconocimiento y ponderación de las actividades domésticas, comunitarias y asociativas en pequeña y mediana escala no como remanentes del pasado ni como lastres tecnológicos y económicos, sino como prefiguración de un futuro posindustrial, pos-capitalista, pos-económico.

Desde mediados del siglo pasado autores como Celso Furtado y André Gunder Frank llamaron la atención sobre las dificultades de desarrollarse a partir del llamado subdesarrollo:

Ciertamente, la expansión económica y política de Europa desde el siglo XV ha incorporado completamente a los países actualmente subdesarrollados al mismo proceso unitario de la historia mundial que ha originado simultáneamente el presente desarrollo de algunos y el actual subdesarrollo de otros (Gunder, 1970: 54).

Sin embargo pese a sus argumentos, durante muchos años los latinoamericanos y otros orilleros vivimos una persistente ilusión: la de que algún día nuestros países transitarían a la “modernidad” siguiendo los pasos de las naciones “avanzadas”. Espejismo que todavía hace dos décadas trataron de vendernos los tecnócratas neoliberales argumentando que los “daños colaterales” asociados a la apertura comercial y al “ajuste estructural” serían resarcidos por el crecimiento de la economía y que los desocupados resultantes del forzoso “redimensionamiento” de la agricultura encontrarían acomodo en la impetuosa expansión de la industria y los servicios.

La hipótesis de que a la larga la expansión del capital es económicamente incluyente, de modo que la marginalidad es marginal, como la hipótesis simétrica según la cual la irresistible proclividad del capital a subsumir lo lleva a apropiarse tendencialmente de todo el trabajo, de modo que la marginalidad no es más que “ejército de reserva”, son planteos igualmente insostenibles. Como vimos, el capital devora compulsivamente pero también excreta lo que ya no necesita. Y hoy el reto del gran dinero no está en cómo “proletarizar” a los campesinos y otros trabajadores por cuenta propia sino en cómo deshacerse a bajo costo de los millones y millones de personas redundantes: hombres y mujeres que no le son útiles ni como trabajadores ni como consumidores.

Al ser cuestionado por los revolucionarios rusos que se identificaban como “populistas” sobre el lugar que le asignaba a la comunidad agraria en la construcción de su utopía poscapitalista, Carlos Marx escribió, en una famosa carta de 1881 a Vera Zasulich, que “la comuna rural […] es el punto de apoyo de la regeneración social de Rusia” (Marx-Engels, 1966: 140). Y así como el visionario alemán admitía hace 125 años la posibilidad de que el comunitarismo precapitalista entroncara con el comunismo, así hoy los altermundismos metropolitanos deberán reconocer que en el mundo rural de la periferia, y en general en las estrategias de sobrevivencia y de resistencia de los marginados, hay algo más que nostalgia reaccionaria: hay recuerdos del porvenir.

6. Bibliografía

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Armando Bartra

Tiene Estudios en Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México. Fue Profesor en la Facultad de Economía, UNAM, Licenciatura en Economía, de 1973 a 1980. Profesor en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, Licenciatura en Antropología Social, de 1977 a 1982. Profesor en la Escuela Nacional de Antropología e Historia, Maestría en Antropología Social, “Estudios Agrarios”, de 1990 a 1994.

Fue Director del Instituto de Estudios para el Desarrollo Rural Maya, A.C., de 1983 a 2007. Es Profesor-investigador, UAM-Xochimilco, marzo de 2007 a la fecha en la Licenciatura en Sociología y el Posgrado en Desarrollo Rural. En 2011, recibió el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Nacional de Córdoba, en Argentina.

Entre sus libros más recientes se encuentran: La utopía posible; Campesindios. Aproximaciones a los campesinos de un continente colonizado (Bolivia, CIDES-Universidad Mayor de San Andrés, 2010); Tomarse la libertad. La dialéctica en cuestión (México, Itaca, 2010); El hombre de hierro. Límites sociales y naturales del capital (México, DCSH, UAM-Xochimilco, 2008); El capital en su laberinto. De la renta de la tierra a la renta de la vida (México, Itaca y UACM, 2006).


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