La más conocida de las mujeres mineras de Bolivia

Domitila Barrios de Chungara

Xavier Albó
Publicado en Octubre 2018 en La Migraña 28
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Domitila es, por mucho, la más célebre de las mujeres mineras de Bolivia en todo el mundo y su libro testimonial “Si me permiten hablar…” es, probablemente, el libro de autor boliviano (aparte de libros religiosos y textos constitucionales) que más ediciones, reediciones y traducciones1Moema Viezzer enumera en su prefacio a la 15.ª ed. (pág. 65, nota 9, en esta edición) las siguientes traducciones formales del libro: inglés, alemán, francés, italiano, portugués, sueco, noruego, danés, holandés/neerlandés, finlandés, griego, japonés, árabe y persa/farsi, por no hablar de las innumerables ediciones piratas. Moema siempre distingue entre “la autora” (Moema) y “la protagonista” (Domitila o, más coloquial, Domi). ha tenido. Además, ha sido lectura obligada en muchos cursos sobre problemática femenina, de género y literatura en bastantes universidades del mundo.

Paradójicamente, en Bolivia no se había tenido ninguna edición (salvo las incontables piratas)2En una entrevista de David Acebey hacia 1989, Domitila contó que un editor pirata peruano le dijo que sus libros se vendían mucho y justificó su “delito” indicando que era para financiar algún asunto social.. Una vergüenza y un bochorno imperdonables.

Recién en 2016 se hizo la primera publicación, con el Ministerio de Culturas. El 24 de junio de 2017, se la distribuyó masivamente de forma gratuita entre los mineros y sus organizaciones que, en Llallagua y Catavi, estaban conmemorando los 50 años de la Masacre de San Juan. Prácticamente se agotó ahí mismo. Llegaron en esa oportunidad también los hijos de Domitila que ya se han establecido en Suecia. Y ahora, con su publicación en 2018, ha tenido un reconocimiento más global dentro de Bolivia, como uno de los 200 libros más representativos del país que deberían estar en toda biblioteca y unidad educativa pública, y que todo boliviano debería poder leer.

La selección estuvo a cargo de un grupo de personajes calificados para ello, con motivo de los 200 años de Independencia, dentro de la serie Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB). Se han impreso varios miles para que haya también un buen saldo para vender a precios módicos. Por fin Bolivia se ha recuperado de aquel bochorno imperdonable.

¿A qué se debe ese gran éxito? En mi opinión, a la confluencia de varios factores. El primero es su carácter pionero de literatura testimonial de líderes populares, de los que Moema Viezzer cita varios ejemplos paradigmáticos, y que ahora es un género ya bastante establecido. El segundo es todo el discurso y personalidad de la propia Domitila, como mujer y esposa, como dirigenta y como madre minera que desarrollaremos aquí.

Su infancia y adolescencia

Domitila nació en la mina Siglo XX, en el Norte de Potosí, el 7 de mayo de 1937, la primera de una zampoña o escalerilla de cinco hijas. Su padre era Ezequiel Barrios, de una comunidad de Toledo, Oruro, y su madre, Nieves Cuenca, era de la ciudad de Oruro, una hábil costurera. Cuando Domitila tenía apenas dos años, toda la familia se trasladó a otro campamento minero más al sur, Pulacayo, donde permaneció hasta sus 20 años.

Pulacayo era mina desde antes de los españoles y, en la Colonia, era una de las principales minas de plata, después de Potosí; más tarde pasó por las manos de Aniceto Arce y en 1927 la compró el tercer “barón del estaño”, Mauricio Hochschild, ya más interesado en el estaño que en la decadente plata. Y ahí seguía don Mauricio cuando se estableció la familia Barrios. Ahora, bajo la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), Pulacayo sigue extrayendo estaño, plomo y zinc, pero es como un fantasma de lo que fue.

Tras la Revolución Nacional de 1952 encabezada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), esa mina es sobre todo recordada desde las bases por la Tesis de Pulacayo3La Tesis de Pulacayo es un importante manifiesto político y programático de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) que tuvo una gran influencia en el movimiento obrero desde su publicación en 1946. que ha seguido orientando por cuatro décadas sobre todo a los mineros. Fue redactada por el trotskista Guillermo Lora y aprobada, con pocas modificaciones, en un Congreso Especial con representantes de los 44 sindicatos mineros más significativos. Domitila tenía entonces nueve años y en sus entrevistas posteriores habla “pestes” de los trotskistas. Dice, por ejemplo a la ecuatoriana María del Carmen Garcés: Los trotskistas, locos son esa gente. Locos yo digo siempre. Don Federico Escóbar decía: “Con los trotskos ni a misa hay que ir. En la misa también te van a clavar la puñalada por la espalda. Esos son la sarna del pueblo y hay que extirparla desde la raíz”.

Aunque Domitila evita hablar de ese tema, a mí me t’inka que esa fue otra de las razones que influyó para que ella no se juntara con las cuatro mujeres que iniciaron la famosa huelga de hambre de 1977 contra la dictadura de Banzer, en el Arzobispado de La Paz: en ese grupo llevaban la batuta Aurora4Es bien iluminador lo que Domi cuenta de Aurora Lora, a propósito de la huelga de hambre (Acebey, 1985). Véase también la penosa pero iluminadora entrevista de Erbol Digital a Nelly Colque de Paniagua y a su hijo mayor, Juan Carlos Paniagua (“Nelly Colque decepcionada, postrada y olvidada pasa su cumpleaños 69 en La Paz”, Erbol Digital, 23 de marzo de 2012. Consultado en: https://goo.gl/1pH2MY)., pareja de Guillermo Lora, y Luzmila de Pimentel, quien había sido guerrillera en el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Cuando esas cuatro mujeres5Nelly Colque de Paniagua y Angélica Romero de Flores iniciaron la huelga de hambre junto a las señoras de Lora y Pimentel. llamaron al Arzobispado, el obispo Manrique las gritoneó:

“¡Políticas!, ¡politiqueras!”. Nelly Colque se lo negó y monseñor le replicó: “Pregúnteselo a ellas”, mirando a esas dos (entrevista Erbol, 2012). En cambio, Domitila era ante todo sindicalista y muy cercana al dirigente Federico Escóbar6Don Federico era además simpatizante del PCML (Partido Comunista Marxista Leninista, de tendencia china), pero todos lo recuerdan sobre todo como un excelente dirigente. Murió en 1966 en el quirófano, por una inexplicable falta de oxígeno. Los mineros, Domi incluida, y bastantes más, decimos que fue asesinado por Hugo Banzer., a quien se refiere ella misma en la cita anterior. Significativamente, pese a sus 17 largos años en Pulacayo, Domitila tampoco habla de la Tesis de Pulacayo cuyo borrador, en gran medida reproducido en el documento final aprobado, era de Guillermo Lora.

Allí, en Pulacayo, atrapó a la familia Barrios la Revolución del 52 (siguieron ahí hasta 1957, según dice la propia Domitila cuando habla de su vida en esa mina a Moema Viezzer. El papá de Domitila, don Ezequiel, que había aprendido el oficio de sastre siendo joven en la Argentina, era políticamente un militante bastante cercano al MNR, como tantos otros en aquellos tiempos. Ello le había “costado” varios exilios, primero en Coati, una isla-prisión en el lago Titicaca, después en Curahuara de Carangas, en el inhóspito altiplano de Oruro, y finalmente en Pulacayo “para que se muera de frío”.

Sobre todo desde la llegada del MNR al poder (1952), don Ezequiel Barrios, que mucho se alegró por ello, también se quejaba, por ejemplo, de que el MNR quisiera indemnizar a las antiguas empresas mineras. Eso era motivo de frecuentes debates entre los mineros y Domitila, entonces de quizás 14 años, quien preguntó a su papá qué significaba “indemnizar”. El papá le respondió con una alegoría:

“Supongamos –me dijo él– que yo te comprara una muñeca hermosa o uno de esos títeres que pueden hablar y andar. Con esa muñeca podrías… ganarte la vida y esto y el otro. Pero supongamos que le has prestado a un señor esa muñeca y él se la ha llevado en giras y la ha hecho trabajar bastante. Tú ya has pedido que te la devuelva porque la muñeca es tuya, has peleado con él y nada. Más bien ese señor te ha pegado y te ha ganado, porque él es grande y fuerte. Pero un día, después de tanto luchar, tú lo agarras y le pegas fuerte y le quitas la muñequita. Y la muñequita otra vez es tuya. Pero, después de tantos años de trabajo, ya está totalmente rota, vieja… ¿tú le has de pagar por lo que la ha envejecido?” (pág. 1097Todas las referencias a páginas son de la edición de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB).).

Domitila retornó a la mina Siglo xx hacia 1957, donde siguió, junto con su esposo, René Chungara, en medio de todas las peripecias político-sindicales de aquellas décadas, y bastante absorbida, desde 1964, por su papel de dirigenta del Comité de Amas de Casa (CAC), en el que siguió durante tantos años.

Se la puede ver, por ejemplo, en la película de Jorge Sanjinés, El coraje del pueblo, filmada entre 1971 y 1976, durante la dictadura militar de Banzer. En su tiempo fue catalogada como “una de las diez mejores películas de todos los tiempos”, pero pasaron varios años para que esta película pudiera mostrarse abiertamente en Bolivia y en las minas. Es como un sociodrama colectivo, con los propios mineros como protagonistas de sus vivencias, desde la masacre en los campos de María Barzola (Catavi, 1942) hasta la de la noche de San Juan (24 de junio de 1967). Domitila actúa en la película como la que, en su vida cotidiana, era entonces, efectivamente, la principal dirigenta del CAC.

La mamá sustituta

Su mamá, doña Nieves Cuenca, murió en 1947, poco después del parto de su quinta y última hija, y antes de morir, hizo jurar a su esposo Ezequiel que ya no se metería en política para poder atender a sus cinco hijas, desde Domitila (entonces de casi diez años) hasta la última, recién nacida. Y Domitila fue quien hizo desde entonces también de mamá de sus hermanas.

Uno de los primeros recuerdos de la niña Domi se refiere a la muerte de su madre. Los comentarios de la gente que iba a darles el pésame y se daba cuenta de que las hijas de la finada eran puras mujeres eran como los siguientes:

“Muéranse, hijitas. Para qué sirven… Las mujeres no sirven… A esta vida hemos venido a sufrir… Cinco mujercitas habían sido… Muéranse mamitas… Hombres y mujeres, en la puerta del cementerio, al despedirse nos decían así, toda la gente: “Muéranse mamitas, muéranse. Entonces yo llegué a la conclusión de que mi madre se murió porque era mujer. Como le han sacado sangre de aquí (Domitila señala el lugar), con cuánto dolor ella lloraba, entonces yo pensaba que nos íbamos a morir, ¿no?

Y me puse a llorar diciendo: ¿Para qué habré nacido yo mujer?, igual que la mamá vamos a morir. […]

Cuando le dijimos:
—Papito, ¿para qué hemos nacido mujeres nosotros? […] Ahora vamos a morir igual que la mamá.
—¿Quién ha dicho eso? –nos dice él.

¡Uy! Mi papá se ha enojado:
—Gente ignorante, ¿para qué hacen caso? […]

Entonces mi papá nos dice que nos paremos frente a él. Y nos paramos.

—Mírenme bien de frente. Yo soy hombre –nos dice.
—Sí, papá.
—Ustedes son mujeres. Tengo dos ojos, ¿ustedes tienen? –nos pregunta.
Nos hemos tocado.
—Sí, papito. Sí tenemos.
—¿Tienen una nariz?
—Sí, papá.
—¿Boca? ¿Dientes?
—Sí.
—¿Tengo dos brazos?
—Sí.
—¿Tengo dos piernas?
—Sí.
—¿Y qué les falta? ¿Por qué no van a poder hacer nada? Tienen igual que el hombre, todo.
—Pero no, somos mujeres…
—Sí, son mujeres. Pero hay una gran diferencia –dice mi padre y se pone así, de cuclillas, se saca la gorra y me dice:
—A ver hijita, toca mi pelo.
Su corte era militar y entonces le toco.
—¡Uy!, tu pelo pincha –le digo.

Y me dice:
—¿Ves? La mujer tiene el cabello largo, suave, que pueden adornar con cintas, con flores, lo más hermoso tienen las mujeres, los hombres somos feos”.

Tras esta lección de igualdad entre hombres y mujeres, Domitila hizo un pacto con su papá: ella se las arreglaría sola para atender a sus hermanitas sin dejar de ir a la escuela. A cambio, el papá Ezequiel, muy empeñado también en la educación de sus hijas, se encargaría de darles la parte correspondiente de sus ingresos como sastre y después también como miembro de la policía minera con sueldo.

Domitila sufrió horrores cuando su hermanita menor, ya de tres años, murió por haber ingerido cenizas de carburo (con el que los mineros prenden y alimentan sus lámparas), encontradas en el basurero:

“Y mi padre mismo me decía que esto había ocurrido porque yo no había querido quedarme en casa con las wawas. Como yo había criado a esta mi hermanita desde que nació, eso me causó un sufrimiento muy grande” (pág. 111).

Dirigenta del Comité de Amas de Casa (CAC)

El cambio más relevante de esta historia fue la transformación de Domitila en la principal dirigente del CAC, cuando sucedió a la dirigenta doña Norberta de Aguilar, a quien tanto admiraba. Este proceso es evidente en todo el libro.

Pero en el hogar de Domitila y René, la cosa no iba bien. Domitila lo explica claramente, sobre todo en sus entrevistas tardías con María del Carmen Garcés. Domitila ya participaba en las reuniones semanales del CAC, en las que un rato cocinaban nuevos platos y otro recibía cursos sobre sindicalismo, salud, etc. Lo que sigue debe de haber ocurrido antes de que Domitila fuera formalmente la presidenta del Comité de Amas de Casa8He ahí algunos datos sociolingüísticos muy preliminares: a ratos Domitila ustea a su marido, cosa que no hace él, René, con Domitila; más bien, a cada rato la carajea. Con su querido dirigente Federico Escóbar, Domitila mantiene siempre un trato asimétrico: ella lo trata de “caballero” y, por supuesto, lo ustea. Federico, en cambio, la llama “señora”, “hija” y la ustea o tutea. Pero en varias ocasiones en todo ese diálogo se pasan del tú (o su equivalente argentino, vos) al ud. (o viceversa), incluso dentro de la misma oración o frase. Podría ser útil e ilustrativo un análisis más a fondo de todo este juego de tratos en ese contexto minero.:

“Domitila iba a las reuniones de las AC (amas de casa) hasta que su marido, mal aconsejado por sus amigos, la empezó a celar, dejó de darle parte de su sueldo para la manutención de la casa, la pegó y le prohibió volver”.

Cuando le pide el dinero para la manutención familiar, él señala:

“¿Por qué yo te voy a dar mi pago a vos? Yo me gano con mi trabajo. Andá a pedir a tus amantes del sindicato. Así me estaba empezando a decir”. Estas peleas conyugales la hacen dejar el CAC hasta que:

“Ese día estaba yendo yo por la calle con mis guagüitas a recoger mis alimentos y como estaba mi cara verde, con la pañoleta y otro poco, así, agarrada la guagua. Cuando lo veo en la calle a don Federico Escóbar que estaba viniendo por la misma acera. Me he cruzado del otro lado para no encontrarme con él y en mi lado ha aparecido él.

Y me dice:
—Señora, ¿por qué ya no viene usted a las reuniones del comité?
Y así, con toda mi pena, le digo:
—Caballero. Yo nunca más voy a venir a esas reuniones porque mi marido me está haciendo muchos problemas. A causa de eso también me ha pegado.
—Bueno, ¿qué dice?
—Bueno, tres meses ya su pago no me ha dado y me ha dicho que vaya al sindicato y traiga el sueldo del sindicato y no quiere darme ni un centavo.
Me ha dicho que estoy sin hacer nada en mi casa.
—Pero usted Domitila, hija, ¿acaso no trabaja en su casa?
—No, caballero, yo no trabajo –le digo.
— Pero, ¿qué hace entonces en su casa? ¿No cocina? ¿No lava? ¿No plancha?
— ¡Ah! Eso estoy haciendo también, pero no trabajo, no. Porque, cuando estaba yo más joven, trabajaba en una empresa, en la pulpería, y tenía mi sueldo. Entonces, para mí, trabajo era eso.

—Para cuidar guaguas, también tuvieras tu sueldo; y si lavarías por docenas la ropa de la gente, también tuvieras tu sueldo. Así que ese es tu trabajo, porque para todo eso el sueldo de tu marido no alcanza. Eso es lo que tenemos que decir. Yo voy a venir a hablar con tu marido, él no tiene el derecho a pegarte […]

Y decidí hacer una huelga. Aquí vamos a ver quién hace. ‘Él me tiene que demostrar quién hace en la casa’ –pensé”.

Tras la huelga que Domitila hizo en su casa y la negociación con el marido ganada por la equiparación de las labores de casa con trabajo remunerado, señala: “Cuando yo descubrí eso, recién me sentí importante, recién tuve fuerzas para reclamar mis cosas. Ahí me puse a llorar, no sé si de rabia o de emoción. Él también lloró junto conmigo, lloró”.

Desde entonces ya no hubo aquellos conflictos para que Domitila pudiera ir a las reuniones del CAC. Entre Domitila, Geroma y la misma participación de René en reuniones de las amas de casa se lo habían ganado.

Otra dimensión de Domitila siendo dirigenta es la de madre y las relaciones con sus hijos, en particular su permanente recuerdo de los tres hijos que murieron en su vientre, antes de dar a luz, los tres en circunstancias terribles.

El episodio más dramático en que se puede ilustrar esa otra dimensión es cuando perdió a su wawita, que ya estaba a punto de nacer, por los golpes y patadas que sufrió estando detenida en Oruro. Reproduzco aquí uno de los momentos culminantes de la entrevista de Moema. La wawita nació pero ya muerta en medio de esas pateaduras, sobre todo las del joven hijo de un coronel, y por ese motivo Domitila ya estaba aislada en otro cuarto totalmente oscuro:

“¡Ay!… ¡Qué miedo me daba!… Sentí un pánico horrible. Me daba ganas de gritar. Me daba una gran desesperación, solo el recordar al otro sinvergüenza que había tratado de agarrarme y hacer de mí lo que él quería. Y pensé que me había metido sola enfrente de una persona mucho más mala. Estaba en un estado de nervios terrible. Retrocedí… retrocedí… retrocedí. Al final, topé con la pared. Y la otra figura avanzaba, avanzaba… Dificultosamente, arrastrándose por el suelo, avanzaba hacia mí”.
“¿Quién será?, ¿quién será?” –me preguntaba. Pensé que era otro más que me venía a molestar. Pero no…, ha de haber sido un compañero que ha debido ser torturado también. Pienso eso por la dificultad que tenía para moverse. Cuando ya no pude retroceder más, él me puso la mano sobre mi brazo y me dijo:

—Valor, compañero…, nuestra lucha es grande… ¡tan grande!… No hay que desmayar. Hay que tener fe en nuestro futuro.

Y bien bajito comenzó a cantar una canción revolucionaria que era muy conocida en Siglo XX. Yo, que ya me desmayaba de susto, no me animaba a hablar. Entonces, lo único que hice fue apretarle la mano. Un largo rato estuvimos así, apretándonos la mano. Y no me atreví nunca a decirle quién era yo, ni si era mujer, nada” (pág. 194).

Otro cambio estratégico significativo, que Domitila fomentó en su larga gestión como dirigenta del CAC, fue la mayor compenetración entre las amas de casa y la flamante Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia (APDHB), creada en 1976, después de que el presidente Banzer clausurara la anterior Comisión de Justicia y Paz (CJP) que Eric de Vasseige había fundado unos años antes. Eric había sido expulsado del país en 1975 por la publicación que sacó la CJP sobre La masacre del valle (publicada después, de nuevo, por la APDHB) con una tapa que mostraba a varios campesinos vallunos mirando agresivamente a la cámara junto a un muerto en primerísimo plano. Los obispos nombraron una nueva CJP anodina que transcurrió, con más pena que gloria, durante varios años.

La CJP dependía directamente de la Conferencia Episcopal, que, siguiendo normas del Vaticano tras el Concilio Vaticano II, se estaba creando en todos los países. En cambio, la APDHB creada en 1976, era, por diseño, “ecuménica”, es decir, con la participación de diversas denominaciones cristianas. Incluía también a algunos obispos católicos pero mano a mano con obispos y pastores de otras denominaciones; modificar sus normas suponía, por tanto, el acuerdo previo entre las diversas Iglesias cristianas participantes, lo que le daba, en la coyuntura de entonces, un mayor margen de maniobra.

Cuando Eric pudo regresar de su exilio, ya estaba en funcionamiento la nueva APDHB, a la que impulsó también con buenos resultados. Fue entonces cuando Domitila promovió la participación del Comité de Amas de Casa en dicha entidad.

La huelga de hambre

La culminación de todo ese proceso fue la célebre huelga de hambre9Esa huelga de hambre se describe en mayor detalle en el segundo libro de entrevistas a Domitila Barrios de Chungara, de David Acebey, publicado en 1985. de fines de diciembre 1977 hasta la segunda quincena de enero 1978, como una respuesta a la pseudoamnistía con la que Banzer estaba burlando los intentos del presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, para enfrentarse a la Unión Soviética y otros países de su órbita, presentándose como paladín de los derechos humanos. Por eso mismo Carter quería acabar al menos con algunas de las dictaduras más notorias, como la boliviana.

Las cuatro primeras mujeres mineras que iniciaron la huelga de hambre fueron: Nelly Colque de Paniagua, Angélica Romero de Flores, Aurora Villarroel Lora y Luzmila Rojas de Pimentel. La empezaron junto con sus 14 hijos en un piso del Arzobispado de La Paz. Era la tarde del 28 de diciembre 1977 –solo después se dieron cuenta de que era el día de los Inocentes–, por lo que el mismo Banzer pensó al principio que se trataba de otra inocentada más.

Pocos días después, al mediodía del fin de año (31 de diciembre de 1977) en la sala de visitas del periódico Presencia, se les unió Domitila, sin sus hijos, en el grupo de apoyo de la APDHB. Para conformarlo, sus 11 participantes barajaron varios criterios: uno, más coyuntural, fue sustituir a los niños, que siguieron junto a sus madres, pero alimentándose10En la entrevista de Erbol a Nelly Colque de Paniagua se detalla cómo los “tiras” (agentes encubiertos de la policía política) tentaban con dulces, juguetes y otros regalos a los niños para separarlos de sus madres, pero sin conseguirlo.. Otro, más estructural, fue asegurar que la huelga de hambre seguía y se expandía después de los feriados de Navidad y Año Nuevo. Tercero, que el grupo fuera representativo de diversos sectores, dentro de lo que cabe en un grupo de solo 11 personas11Deberíamos haber sido 12 pero uno comió tanto antes de entrar, que se indispuso y ya no pudo seguir.: hombres y mujeres; adultos ya maduros (la mayoría) y jóvenes (Rufus [Hugo Ernst], Nano Calla y Waldy Caballero); grupos de la Iglesia católica: había tres curas (Luis Espinal y yo, ambos jesuitas, y Pastor Montero, salesiano y presidente de la APDH en Cochabamba), dos monjas lauritas (Margarita Montoya y Teresa Zubieta) y laicas y laicos comprometidos, como Rufus y Nano, que además habían formado un grupo de teatro popular; las minas, de donde eran ya las cuatro mineras del grupo inicial, y entonces se les unió en nuestro grupo de apoyo la Domitila; otros grupos sociales afectados por lo que se pedía (doña Tomi de Llanos, que tenía a su yerno con su familia exiliados en Bélgica); e incluso, se tomó en cuenta el pluralismo político, sobre todo el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (con Rufus, Nano y Waldy), el Partido Obrero Revolucionario (con María Pérez) y varios que, sin una militancia concreta, estábamos bien comprometidos (como la propia Domitila y Lucho Espinal).

Esa huelga de hambre pretendió también recuperar la seriedad y la credibilidad de las huelgas de hambre, sin trampas.

Para mí mismo, esta huelga de hambre es uno de los episodios más llenos de sentido de mi propia vida. Yo había entrado un poco de rebote, para que Lucho Espinal, que fue sin duda el principal orientador de ese primer grupo de apoyo, no se sintiera tan solo. Yo acababa de llegar de México, de donde traje el primer ejemplar de la primera edición de “Si me permiten hablar…”. Se lo pasé en seguida a Domitila, que lo devoró y en seguida me dijo con satisfacción: “Está muy bien”. A ella le habían llenado la cabeza con que Moema o los editores tal vez habrían cambiado cosas a su arbitrio. En la nota aclaratoria y la siguiente entrevista de Moema y Domitila en 1978 –que después se han mantenido en la mayoría de las ediciones y traducciones posteriores, aunque no en la presente edición pues ya se las da por innecesarias–, Domitila manifiesta su conformidad con lo publicado.

Existe ya un libro colectivo, La huelga de hambre (APDHB, 1978) centrado sobre todo en ese primer grupo de apoyo de la APDHB. Pero en lo que cuenta Domitila se privilegian los datos iniciales y complementarios desde la visión de las amas de casa y demás grupos mineros que la pusieron en marcha ya desde las minas, sobre lo que se había escrito poco.

La bronca en las minas se remontaba a los tiempos de la Colonia con la mita obligatoria. Para nuestro tema, el antecedente más claro se refiere a cuando el presidente y militar René Barrientos (1964-1968) “se prestó” la mitad del ya precario sueldo de los mineros dizque para “salvar” a la COMIBOL. Prometió devolverlo en un año, pero ya no lo hizo nunca. Recién en la corta Presidencia de Juan José Torres (1970-1971), el único militar de izquierda, se les repuso el sueldo siquiera en forma parcial; a Torres lo asesinaron cinco años después en Argentina.

Las protestas, sobre todo a finales de la larga dictadura militar de Banzer (1971-1978), fueron aumentado y el malestar seguía creciendo. Las radioemisoras mineras fueron intervenidas poco después del Congreso Minero de 1976 en Corocoro, que también reclamaba aquella devolución y cuyas principales conclusiones son las mismas que durante la siguiente década se usarán en la huelga de hambre. El Gobierno todavía se sentía fuerte y a todas esas demandas respondió: ¡No! Más aún, muchos dirigentes orgánicos fueron tomados presos y/o exiliados para ser de nuevo sustituidos por los llamados “coordinadores”12Los llamados “coordinadores” eran dirigentes impuestos por el Gobierno en el intento de crear organizaciones paralelas y debilitar así a los sindicatos legítimos, aunque seguían siempre otras dirigencias clandestinas. Así lo cuenta Domi:

“[…] mi hijito es el que abrió la puerta y me dice:
— Mamita, a la casa ha entrado un campesino.
— ¿Por qué le has dejado entrar? –le he dicho.
— Andá llamar a tu mamá –me ha dicho. “¿Quién será?”, he pensado.

Y cuando entro a la casa, era pues el compañero Bernal que había estado disfrazado de campesino. ¡Una alegría de verlo!

—He llegado a pie de Oruro –me ha dicho–, y ahora estoy viniendo con una misión.

Se habían reunido los de la Federación de Mineros y habían decidido empezar a luchar por la Democracia y hacer que el pueblo vaya recobrando su fe en la Federación de Mineros […] Que tienen que recordarse que ellos no están desorganizados, que tienen su organización y que en el Congreso de Corocoro [de 1976] se ha afianzado, que hay una nueva dirección y que ellos tienen que seguir los planteamientos de esa nueva dirección. […]

Todos los miércoles es feria en Oruro, y a esta feria de todas las minas vienen a comprar los obreros. De Bolívar, de Santa Fe, de Machacamarca, de Huanuni, de Siglo XX. Porque es una feria grande de abarrotes, de mercaderías. Entonces, el miércoles desde las nueve de la mañana hasta la una está lleno eso de gente minera. Habían decidido que un miércoles un dirigente de esta nueva Federación va a aparecer de esta esquina, va a dar una vuelta por ahí, se va a venir aquí y en un taxi se va a ir rápido. Pero al hacer ese recorrido, va a hablar con los obreros. Un miércoles aparecía Bernal, otro miércoles otro y así. Después la policía salía a buscarlos y ya no estaban. El próximo miércoles les esperaban y ellos ya no aparecían, eran otros”.

Por todo ello, Domitila y las amas de casa estaban cada vez más asociadas con la APDHB, casi los únicos que podían hacer algo pero con una capacidad de maniobra bastante reducida… Por primera vez en plena dictadura hubo huelgas y protestas abiertas; y en este contexto, se produjo también la huelga de hambre, a la que la parte IV del libro dedica una sección.

En 1978 Domitila fue la primera mujer (y además minera) candidata vicepresidencial en Bolivia, formando binomio con el candidato a presidente –el dirigente campesino Casiano Amurrio– en el hoy extinto Frente Revolucionario de Izquierda (FRI). Después esas elecciones fueron anuladas por la Corte Nacional Electoral por el descarado fraude del vencedor, el general Pereda. En esa confusa transición a la democracia, un año después tuvimos por poco tiempo a la primera mujer presidenta: Lidia Gueiler Tejada (1979-1980). Lo de Domitila fue además un acto fallido del FRI, como ocurre tantas veces cuando se carece de un buen aparato electoral.

La Marcha por la Vida de 1986

El último esfuerzo orgánico multitudinario de los sindicatos mineros para defender sus puestos de trabajo fue la Marcha por la Vida, en 1986, exactamente un año después de la firma del Decreto Supremo 21060, que metió a fondo al país en el neoliberalismo.

Así lo resume Domitila, que también estuvo en la marcha:

“En las minas empezaron a enviar cartas de despido, primero a los más antiguos y después a los otros. A René, mi compañero, también le mandaron la carta. Ellos decían: ‘Ya pasó la era del estaño. Así que… ¡salgan de aquí, váyanse!’. Y así los obligaron a salir. Más de 30 mil mineros pasaron por eso. ¡Nunca se había visto una cosa igual en Bolivia!

Entonces decidimos hacer una Marcha por la Vida. Miles y miles de obreros, mujeres y hombres, marchamos de Oruro a La Paz para exigir la permanencia de la empresa. Pero al final el ejército nos hizo parar, con sus tanques y sus aviones… y tuvimos que regresar (pág. 308).

Esa marcha avanzó sin mayores problemas, y más bien con la adhesión de nuevos marchistas, hasta Calamarca, a unos 60 km de la ciudad de La Paz. Pero ahí ya los estaba esperando el ejército con sus tanques y empezaron también a pasar vuelos rasantes de los aviones de combate.
Entonces Filemón Escóbar, en nombre de la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB), gritó: “¡Compañeros marchistas, es imposible romper el cerco militar!”. Y la gente empezó a desconcentrarse hacia sus sedes o hacia sus casas.

El CAC y sus amas de casa estuvieron también orgánica y militantemente presentes en esa marcha. Domitila, como acabamos de ver, también las acompañó. Fue la última gran marcha de los mineros y mineras relocalizados. Hubo todavía otros actos de repudio contra el Decreto Supremo 21060; pero ya nada de esa misma envergadura. Igual pasó con las amas de casa y su comité.

Pero en 1988, después de sus intentos frustrados para encontrar nuevas formas de vida, un grupo significativo decidió regresar a sus minas, con el eslogan de “el minero es minero nomás”. Así lo recuerda nuestra Domitila:

“En Bolivia, la crisis económica en esa época era grande. ¡Había una devaluación terrible de nuestra moneda!… Por lo menos esa vez éramos todos millonarios: con un millón de pesos comprábamos cinco panes. El precio de todo subía a cada minuto. [Hernán] Siles [Zuazo] había prometido que iba a solucionar la crisis en cien días de su gobierno. Pero no solo no la solucionó, sino que las cosas se pusieron peores. Los alimentos desaparecieron del mercado, como pasó con Salvador Allende en Chile… ¿no? ¿Te acuerdas que los alimentos desaparecían del mercado? Aquí fue igualito. Pero nosotros sabíamos que había alimentos, y entonces los mineros querían que se solucionara eso.

Además, nos decían que nuestro estaño tenía muy mala calidad. Entonces, la Federación de Mineros había estudiado todo eso, lo que se necesitaba era una máquina especial, más moderna y cierta cantidad de dinero para comprar esa máquina. Pedimos a la COMIBOL que nos prestara el dinero a los mineros de Siglo XX, para poder contar con esa máquina capaz de concentrar un mineral más fino para competir en el mercado internacional. Incluso sabíamos dónde podíamos comprar la máquina. Entonces fuimos a La Paz todos los mineros, hombres y mujeres, para apoyar a Siles. Habíamos llevado un proyecto sobre ese negocio del estaño. ‘Tenemos que ir, tenemos que apoyar al Gobierno para que tome medidas más radicales y que se solucione todo eso’, decíamos […]. Pero Siles solo tenía el Gobierno, no tenía el poder. Eso, al final, quedó claro. No solo no nos recibió, sino que después de todos esos días, ordenó lanzar gases contra nosotros, mandó a la policía a golpearnos. Y tuvimos que irnos sin más” (pág. 307).
Hernán Siles Zuazo tuvo que abandonar la Presidencia (1982-1985) con un año de anticipación por falta de recursos del Estado para cubrir los gastos más elementales y entró como presidente, por cuarta vez, Víctor Paz Estenssoro. Cuando en 1985 estaba por firmar el célebre Decreto Supremo 21060, Paz Estenssoro sentenció: “El país se nos muere”, y puso en marcha otra serie de cambios estructurales.

Paradojas de la vida y de los Estados: el mismo Paz Estenssoro que en 1952 había hecho todas las reformas conocidas ahora como “el Estado del 52”, ahora lo desmantelaba. Y otra paradoja: todo empezó con un simple decreto, la inferior de todas las normas legales. Y el nombre más repetido era “relocalizado”, entendido como “sacados de la mina a la calle”, con una indemnización por los años trabajados y su categoría salarial. Así lo vivió la propia Domi, ella misma con su compañero René, “relocalizado”:

“Fue un momento terrible. ¿Cómo pueden quitarnos el trabajo? Y no solo el trabajo, sino el lugar donde habíamos vivido, donde habíamos nacido, donde habíamos sido criados. Mirá: si tú tienes tu casita y te despiden del trabajo, te vas a casa y buscas otro trabajo, ¿no? Pero nosotros no. Habíamos venido de otro lugar, esa no era nuestra casa, era la casa prestada por COMIBOL; pero allí habíamos enterrado a nuestros padres, ahí habíamos envejecido, allí los niños tenían sus compañeros, teníamos comadres y compadres, vecinos. Allí estaba nuestra vida, ¿sabes? De repente… era como si la madre hubiera muerto y nosotros, los hijos, no supiéramos adónde ir. Nos mirábamos, nos preguntábamos dónde nos íbamos a encontrar otra vez…, cuál era nuestra raíz… No sabíamos adónde ir” (pág. 308).

Además, “sobre llovido, mojado”. Muchos habían invertido sus bonos de retiro en agencias como la de los Hermanos Arévalo, FINSA y otras. Durante los primeros meses todo iba bien, recibían cada mes unos 180 dólares, según lo que hubieran depositado. Para muchos de ellos era la primera vez que recibían tantos dólares mensuales. Pero después la mayoría de esas agencias se hicieron humo, llevándose todos esos ahorros.

Los relocalizados acabaron viviendo “de limosna”. Por eso, en 1988, muchos de ellos decidieron retornar a las minas en las que ya sólo pudieron trabajar formando sus “cooperativas mineras”, y sus esposas pasaron de amas de casa a comerciantes de todo tipo (chicherías incluidas). Fue también el fin del CAC.

Una nueva parte:
“¿Dónde está Domitila?”

Este es un complemento muy oportuno a la edición original de “Si me permiten hablar…” que recién fue publicado por primera vez en la 15.ª edición brasileña (Global, 2003), a partir de una nueva serie de entrevistas realizadas por Moema a Domitila en Cochabamba que concluyeron en octubre de 2002. Gracias a una traducción de Beatriz Cannabrava, “¿Dónde está Domitila?” se publica también en esta edición de la BBB como la Parte IV.

Del mismo modo, se ha incluido un largo prefacio de Moema a la citada edición en portugués que sintetiza lo principal de lo ocurrido desde aquella su primera edición con Siglo XXI, en 1977, es decir, “25 años antes”. Este título recuerda bastante el del otro libro-testimonio publicado también por Siglo XXI en 1985: Aquí también, Domitila, que, poco antes ya se había publicado en Bolivia en la imprenta Illanes. Ese segundo volumen, coordinado por David Acebey, se centra bastante en la maratón de viajes internacionales que realizó Domitila sobre todo a partir de 198013El golpe de García Meza (julio de 1980) sorprendió a Domitila apenas dos días después de haber llegado a Europa y, obviamente, su programa previo tuvo que combinarse con innumerables charlas sobre la nueva situación en Bolivia y como una informal delegada internacional de las organizaciones populares de Bolivia, entonces tan perseguidas, ante los Gobiernos y otras instituciones de apoyo., en busca de la solidaridad internacional, a la que Domitila dedica su nueva publicación.

A fines de 1982, Domitila ya retornó finalmente de su maratón de giras por el exterior y, junto con su marido, regresaron a las minas, hasta que en 1985 don René fue también “relocalizado” y, con él, salió también doña Domitila. Seguramente fue entonces cuando don René la abandonó definitivamente, mientras que Domitila acabó finalmente instalándose en Cochabamba con la Escuela Móvil Domitila (EMD), que conformó con su nueva pareja, Félix Ricaldes. Empezaba otra época. Su compañero, René Chungara, no pudo aguantar ese ritmo de Domi con viajes y más viajes. Había viajado a Suecia con sus hijos dentro del Programa Internacional de Reconstrucción Familiar, fomentado por el PNUD, en este caso, en colaboración con el Gobierno sueco. Juntos estuvieron más de un año y juntos retornaron a Bolivia a fines de 1982. Pero hacia 1985, cuando fue relocalizado, don René formó una nueva pareja con la que tuvo otros tres hijos… Este es otro de los costos colaterales de los exilios.

También Domitila encontró un nuevo compañero, Félix Ricaldes, con quien convivió hasta su muerte, 25 años después. Ricaldes provenía también de los movimientos sociales, en este caso, de los trabajadores temporales en la zafra y otras tareas en el área rural de Santa Cruz. Lo único que ha quedado de René es el apellido “Chungara” con el que hasta ahora Domi es más conocida. Creo que si habláramos ahora de “Domitila Barrios de Ricaldes” o, peor aún, de “Domitila Ricaldes” muy pocos la reconocerían, salvo por su nombre propio, Domitila. Pero la compañía de Félix Ricaldes en esas últimas décadas ha sido un factor clave para ella. Así lo cuenta:

“Yo estoy viviendo aquí en Cochabamba hace 13 años [es decir, como máximo, desde 1988] con mi nuevo compañero, el Félix. Él es un hombre muy bueno. El día 7 de mayo cumplió 65 años, de modo que mi compañero tiene la edad del mayor de mis hijos. Cuando él me propuso vivir juntos, yo le decía: “¡Debes estar loco! Tienes edad para ser mi hijo. Yo soy vieja. Óyeme bien: yo soy esto, esto y esto”. ¡Y él soltaba una carcajada!… Él tiene un gran respeto por la mujer, es muy humano, muy solidario. Con él me siento joven otra vez, vuelvo a cuidarme, a vestir ropa nueva, a cuidar mi cabello. Él es muy tierno conmigo y eso me ayuda a superar mis complejos. Cuando el hombre está solito en la lucha, o la mujer está solita, es difícil, muchas cosas van mal. Pero cuando hombre y mujer están juntos en la misma cosa, los dos se sienten apoyados, protegidos, ayudados. Tanto el hombre como la mujer. Tenemos los mismos ideales, los dos juntos hacemos el trabajo” (págs. 305 y 306).

La Escuela Móvil Domitila

Desde su regreso de Europa y su relocalización, Domitila creó la Escuela Móvil desde su casa en Cochabamba, tal como relata a Viezzer:

“[…] la AMD tiene mucho que ver con lo que me sucedió en una charla que he dictado en agosto de 1980. Yo estaba en Inglaterra, invitada por los mineros del carbón. En Bolivia, los días 5 y 6 de agosto había habido una masacre en el campamento minero de Caracoles […] Yo recibí una carta que las mujeres de Caracoles habían mandado a monseñor Manrique y que él difundió. Esa carta me llegó justamente cuando yo estaba en Inglaterra. Entonces yo la hice traducir y leer en una asamblea de mineros del carbón. Era triste, muy triste, esa carta. Inclusive contaba que una niña enloqueció por causa de las violaciones que hicieron a las mujeres; que quebraron vidrios en el suelo e hicieron que las niñas se acostaran allí, desnudas, y el ejército también marchó sobre sus cuerpos. Primero quisieron que las madres las pisaran; como ellas se negaron, fue el ejército el que lo hizo. […] Todos los que escuchaban, lloraban. De repente, una señora pregunta: ‘¿Y ese ejército que está haciendo eso con su pueblo es un ejército de blancos, de extranjeros?’. En ese momento ¡fue como si me dieran un puñetazo en la cara! Por mi mente empezaron a desfilar los soldaditos bolivianos con nuestra cara, con nuestra raza… Yo tuve que levantarme y decir: ‘No, señora –aunque las órdenes de arriba vienen muchas veces de afuera–, no es un ejército de blancos ni de extranjeros, sino un ejército de nuestros propios hijos, nuestros sobrinos, nuestros parientes, nuestros amigos, nuestros vecinos’. ‘¡Ah! –me dice ella–, y ¿qué educación les dieron ustedes las madres? ¿Cómo es posible que un hermano tenga que violar a la propia hermana, matar al propio padre, pisotear a sus hermanos…? ¿Cómo es posible que no hayan sabido educar a sus hijos y venga a llorar sus penas aquí ante nosotros?’.

Entonces ahí surgió la idea: ‘Cuando regrese a Bolivia vamos a hablar de esos problemas con las mujeres’ (págs. 315 y 316). …y de ahí surgió finalmente la tan soñada EMD. La metodología era de talleres, con preguntas y respuestas en grupos y, como su nombre lo indica, amenas charlas con la Domi. Ella misma nos explica cómo se diseñó y ejecutó uno de los primeros talleres:

“Una de las primeras experiencias de nuestra escuela fue en Quillacollo. Durante cinco días, dos horas al día, estuvimos en una escuela con jóvenes que estaban terminando la secundaria. Trabajamos cinco temas. Empezamos con el primero: ‘¿Por qué Bolivia, siendo un país tan rico y con tan pocos habitantes, vive tan pobre? ¿Quién me puede responder?’. Algunos decían que es porque somos pecadores, porque Bolivia es un país de indígenas y perezosos, otro que es porque somos analfabetos… Y ahí empezamos a deshacer esas ideas y en seguida a hablar del país, de la deuda externa, de la hipoteca, de los intereses que tenemos que pagar, y de todo eso que es la verdadera causa. Al día siguiente hablamos de los partidos, los sindicatos y los movimientos. Al otro día, sobre la mujer y la organización. El cuarto día sobre la infancia y cómo nos alienan a nosotros y a nuestros hijos, cómo nosotros adoramos otras culturas, otras costumbres, y aprendemos a hacer eso a través de los medios de comunicación. El último día, hablamos sobre la forma en que viven los jóvenes en Bolivia y en otros países. Y conversamos sobre Suecia, sobre Nicaragua… y así pasó la semana. Bien, esa fue una especie de semilla de lo que pasó después” (pág. 316).

Hasta el año 2002 la EMV había dado 300 talleres a diferentes grupos y lugares, y todos se documentaron en el boletín Imilla, “palabra que en quechua significa ‘mujer joven, muchacha soltera’” (pág. 317). Y así fue siguiendo la EMD con sus altibajos, porque mucho de su trabajo ha sido en gran parte voluntario y ha seguido también el tira y afloja de la salud de doña Domi y la ayuda, bastante puntual, de la solidaridad internacional.

Yo me encontré a Domi y el equipo de la EMD cuando estaban dando unos talleres en San Ignacio de Moxos, donde estaba trabajando también una de sus hermanas. Pero, con la enfermedad y muerte de Domi (en el año 2012), todo se ha ido empaquetando y está bajo la custodia de su segundo compañero, Félix Ricaldes, quien ahora vive su vida entre dos lugares: Quillacollo, en el Valle Central, y Entre Ríos, en el Trópico.

Hasta aquí se puede resumir la evolución de la conciencia de género en Domitila: de niña, casi nada, como era algo bastante común en las minas. Con las amas de casa (CAC) surge una conciencia clara de género pero subordinada siempre a la contradicción fundamental, que es la conciencia de clase. Desde esa perspectiva, el CAC hizo aportes fundamentales también en las minas e incluso en el feminismo. Su discusión con René Chungara, para poder o no ir a las reuniones de amas de casa en el sindicato, es también muy clara. Finalmente, desde la EMD llega a su síntesis muy madura.

Madre minera

Otra dimensión de Domi, en ciertos aspectos más notable que su relación conyugal, se dio, reiteradamente, cuando tuvo que tomar decisiones difíciles estando embarazada, lo que le llevó a perder a tres de sus hijitos, en su vientre. Uno de dos mellizos llegó a nacer, pero ya muerto. Así lo resume en una de sus últimas entrevistas, poco antes de morir la misma Domi:

“Yo he perdido mi primer hijo en la cárcel después de la guerrilla [¿1967?]; el segundo hijo he perdido, ahí perseguida en las minas, mi gemelo; otro en el 79 [es decir, dos años después de la 1ª edición de “Si me permiten hablar…”]. Un grupo de mujeres de los paramilitares me ha pegado y a consecuencia de eso también he perdido a mi hijo. Son tres los hijos que yo he perdido… Como madre también te preguntas si tenías derecho a arriesgar la vida de tus hijos. Pero no teníamos alternativa”.

En ese tema generacional, Domi habla a veces con una intensidad muy especial, porque los siete que siguen vivos se han establecido ya definitivamente en Europa: cinco en Suecia, habiendo perdido incluso su castellano, y otros dos en España, donde al menos no tienen ese obstáculo de la lengua. Añade Moema en una última entrevista con la Domi, junto con Gabriela Montaño, que se publicó en El Deber de Santa Cruz el 10 de abril de 2012, a casi un mes de la muerte de Domi:

“De lo que más hablamos fue de su vida personal, de sus hijos que no estaban con ella, porque todos se fueron a Europa. Yo entiendo esa actitud de sus hijos, porque sufrieron ¡tanto! Durante las dictaduras militares vivían escondidos, asustados y escapando de aquí para allá. Fueron experiencias muy fuertes que sufrieron durante su infancia. Ella me dijo: ‘Yo comprendo que ellos busquen un poco de paz en otro lado’, pero sentía bastante su ausencia”.

En un viaje que hice hace varios años a Suecia intenté localizar a los hijos de Domitila pero fracasé. Ellos habían propuesto a su madre que se vaya con ellos a descansar, en sus últimos años, pero ella insistió en que su vida es aquí. Y reconoce que cada hijo encuentra su vida donde sea. Ellos han encontrado allí su nueva vida y les debe hacer felices. Pero, su madre la ha encontrado siempre en las minas y en Bolivia, en medio de sus maratones de viajes.

Se suele decir que, tras cada hombre importante hay una mujer o tal vez varias. ¿Y tras una mujer importante como Domitila? Yo encuentro a dos hombres y a otra mujer. Los hombres son: su papá Ezequiel, y el dirigente Federico Escóbar, muerto (¿asesinado?) en 1966. La mujer es Norberta de Aguilar, su predecesora en el Comité de Amas de Casa.

La muerte de Domitila

Domitila murió, finalmente, el 13 de marzo de 2012 en Cochabamba. Yo la había visitado varias veces en su casa de Quillacollo. Se fue de ahí por haberse caído de unas gradas sin barandas, rompiéndose varias costillas, y se fue a vivir con una de sus hermanas en Wayra Q’asa, en la zona sur de Cochabamba, no lejos de la laguna Alalay. Ahí la visité también al menos una vez.

Después, estando en La Paz, supe que le habían extirpado una mama, por su cáncer de pulmón. Más tarde, cuando estaba yo de paso por Cochabamba me avisaron que ya estaba muy grave en el hospital Viedma. La fui a visitar llevándole un póster de Lucho Espinal, para que la confortara en esos momentos dolorosos. Me lo agradeció mucho. A los pocos días murió. Era el 13 de marzo de 2012. Faltaban menos de dos meses para que cumpliera 75 años. Desde Colombia, el presidente Evo Morales le envió de manera póstuma la máxima condecoración boliviana, el Cóndor de los Andes. Los días siguientes los homenajes para Domitila llegaron por cientos.

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Xavier Albó

Miembro de la Compañía de Jesús. Es doctor en Lingüística Antropología por la universidad de Cornell, Nueva York (1966 70); licenciado en Teología de la Facultad Borja, Barcelona (1961- 1964) y de la Loyola University, Chicago (1964-1965). Doctor en Filosofía por la Universidad Católica del Ecuador, Quito (1955-1958). Realizó estudios en Humanidades en Cochabamba (1952-1954) y luego en la Universidad Católica del Ecuador, Quito (1953-1954).

Miembro del Consejo Académico de la maestría en Antropología de la Universidad La Cordillera y del doctorado en Desarrollo del CIDES (Universidad Mayor de San Andrés, 2002). Ha sido Coordinador latinoamericano de jesuitas en áreas indígenas (1995). Miembro de la Academia Boliviana de Historia Eclesiástica (1995). Ese mismo año se hizo miembro del directorio de NINA y fue presidente del Programa hasta 2001.

En 1971 cofundó el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA), del que fue el primer director, hasta 1976. Investigador antropólogo en la oficina nacional de CIPCA (La Paz), actualmente es miembro del Directorio.