Dunkerley, Rebelión en la escritura

Ricardo Aguilar Agramont
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 22
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El historiador inglés James Dunkerley, autor de Rebelión en las venas (1987) y Orígenes del poder militar. Bolivia 1879-1935 (1987) visitó el país para participar en el Congreso del Trabajo y los Trabajadores realizado el pasado mayo.

Rebelión en las venas, libro que abarca el periodo que va de los antecedentes inmediatos de la Revolución de 1952 a 1982, fue seleccionado por el consejo editorial de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB) como parte de esta colección de 200 títulos fundamentales para el país.

Aprovechando su estadía, se conversó con el escritor para hablar de historia política y de su libro que está en puertas de ser publicado por la BBB.

– ¿Cómo escoge Bolivia para sus estudios?

Es fácil de responder, porque yo soy de la generación baby boom, nacido en los años 50. Durante mi último año de universidad, me correspondió la experiencia del golpe de Pinochet en Chile. En ese año, un profesor de Historia, en la Universidad de York, Gwyn Williams, empezó a hacer un estudio sobre la retirada, el fracaso, de la izquierda en América Latina. También me correspondió la experiencia de la Guerrilla del Che. Ahí empezó mi amor y mis estudios de Bolivia, en 1973.

– Su primer libro publicado sobre el país es Orígenes del Poder Militar. Bolivia 1879-1935.

Pensando en la retirada de la izquierda y especialmente en el fracaso de la Guerrilla del Che, todos estaban pensando en la izquierda misma y no en las relaciones de fuerzas, en la mentalidad y las condiciones de la derecha. Dentro del mundo conservador, especialmente sobre la arquitectura del Estado capitalista durante la Guerra Fría, nadie había escrito un estudio basado en evidencias empíricas y no en normas políticas acerca de las Fuerzas Armadas de Bolivia. Ésa fue mi tarea y el tema de mi tesis de doctorado.

– Pasando a su libro Rebelión en las venas, éste ha sido elegido como uno de los 200 más importantes de Bolivia por los académicos que seleccionaron el corpus de la BBB.

Me pongo muy humilde, me siento muy privilegiado y honrado. También me siento un poco nervioso por las críticas que obviamente van a venir después de treinta años de la publicación original. En cuanto a las consecuencias o el impacto del libro, creo que más bien se debe a que la perspectiva es la de un extranjero no norteamericano con una sensibilidad de reconocer Bolivia y comparar el caso con otros países que no comparten los mismos elementos.

Se puede comparar con Irlanda después del 84-85; las huelgas de mineros, las condiciones neoliberales, se pueden comparar con Inglaterra; y digamos que el periodo posterior a la Revolución del 52 se puede comparar con el nuevo Estado Británico después de la Segunda Guerra Mundial. Esa sensibilidad creo que me ha ayudado mucha a reconocer elementos bajo los títulos que se estaban dando en los años 60-70 de un “país inestable” y con perfil conectado con regímenes militares, dictaduras, etc. Esto me permitió buscar con más sensibilidad para intentar encontrar fuentes y evidencias confiables.

¿Cómo lee su libro a la distancia?, el haber sido elegido para la colección de la BBB es de hecho una afirmación de actualidad.

Decía Keynes, “Señor, cuando cambia el mundo cambio yo, ¿qué hace usted?”, ésa es mi posición. El mundo ha cambiado, el libro mismo es ya parte de la historia. Tiene muchas debilidades que corresponden a su propia época. Yo como autor era otra persona porque estaba viviendo otro tiempo histórico. Por esa razón no he querido cambiar una sola palabra, lo contrario sería mezclar el “yo” contemporáneo con el “yo” de ayer.

Lo excelente de esta serie del CIS (Centro de Investigaciones Sociales) son las introducciones de jóvenes u otras personas con sus reflexiones. La introducción a mi libro, hecha por Carla Solíz, es excelente. Porque ella en sus propias investigaciones sobre la reforma agraria de los años 50, ha probado en forma contundente que muchas de las versiones escritas hace 20-30 años, la mía incluida, no eran precisas. Habíamos llegado a una conclusión demasiado rápido, y la experiencia en el área rural era muchísimo más complicada. La vida cotidiana estaba experimentando una forma mucho más granular, mientras nosotros estábamos imponiendo ideologías correspondientes a la Guerra Fría. Así, Solíz ha podido hacer de forma muy diplomática una crítica a mi generación.

– La noción de “clase” como eje es una de sus críticas. ¿Cómo ve este aspecto si bien, como dijo, Rebelión en las venas refleja un momento histórico?, ¿Cómo ve en relación a esto la categoría de “etnia” que la izquierda no supo considerar en el periodo que abarca su libro?

La izquierda consideró muy poco lo étnico. Ahora es difícil reconocer la fuerza epistemológica analítica del marxismo clásico. A principios de los 80 estaba de presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan; estaba también con fuerza superficial, pero con eco, la Unión Soviética, que tenía un nuevo gobierno encabezada por la generación de Gorbachov. La Guerra Fría estaba en su cumbre, los investigadores en ese momento no querían entrar en el debate de lo étnico, sí querían analizar las guerras en África, las intervenciones de las “contras” en Nicaragua, la Guerra Civil en El Salvador, etc. Las cuestiones de “etnia” para nosotros eran secundarias, aunque sea terrible confesarlo ahora, 35 años después. Había que ganar una lucha de clases. La “cuestión indígena”, como decían ese entonces los marxistas, no era primordial, ahora sí es mucho más importante la idea del ser humano, del individuo, la vida colectiva, las diferencias cívicas, las culturas variadas porque ya no estamos viviendo la Guerra Fría. Mi libro también refleja ese tiempo.

– Quisiera que pueda analizar brevemente cada periodo que abarca los capítulos del libro. Comenzando con el proceso del 52. Hoy se tiene por ejemplo textos revisionistas como el de Mario Murillo que cambia de sujeto histórico, o el de Thomas Field que evidencia la alianza del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) con Washington.

Bueno, primero hay que decir que fue una revolución al estilo clásico: alzamiento del pueblo y después una narrativa que no es tan complicada. Sube el MNR dirigido en principio por Hernán Siles Zuazo, quien había buscado el poder, pero todavía estaba con Víctor Paz en la Argentina. Segundo, el MNR no tenía el apoyo peronista de la Argentina como esperaba. Tercero, Estados Unidos estaba distraído por el ejemplo de Guatemala bajo Árbenz (Jacobo, presidente de su país de 1951 a 1954, quien quiso afectar los intereses de la industria de las frutas estadounidense asentada en Guatemala, por lo que fue acusado de comunista y derrocado con la intervención de Washington), además no tenía inversiones importantes en Bolivia.

Entonces, el MNR no contaba con el respaldo de Argentina, pero tampoco con la enemistad inmediata de Washington. Fue una gran ventaja para el MNR, que antes tenían sus enemigos por sus asociaciones con Perón.

La revolución tenía una dirección, pero –como siempre en estas cuestiones dialécticas– también tenía muchas presiones internas: por un lado, presionaba la Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia (FSTMB) y, por otro más diverso, pero agitado, el campesinado. La obra reciente de Carmen Solíz muestra que son dos años después de la Reforma Agraria que el campesinado empieza a tomar tierras y rechazar la hacienda. Mientras tanto, los mineros imponían el control obrero. La cúpula del MNR, hábil pero débil, no podía reprimir a ninguno y decidió esperar. Ésa fue su “arte política” que 30 años después se reeditó con Paz en la implementación del 21060. Esa sería la primera imagen que quisiera compartir con los lectores.

– Luego el MNR cede a las presiones de los EEUU, desde la reconstitución de las Fuerzas Armadas.

Es el segundo capítulo del libro. Comienza algo nuevo a nivel doméstico e internacional: la condicionalidad del Fondo Monetario Internacional (FMI). Bolivia fue la primera experiencia. Los norteamericanos se dan cuenta que no era necesario hacer una intervención de fuerza con Bolivia y que podía presionar con instrumentos financieros ya que la crisis económica –que inició en 1954– era muy aguda y rápida. En 1956, terminada la presidencia de Víctor Paz, el MNR tenía que revisar la estabilización; justamente después de la primera elección que ganó Siles Zuazo.

La inversión estatal de la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL) en las minas no era viable ni sostenible, tenía que hacer un balance de fuerzas. Eso significó el primer conflicto entre el Gobierno y la federación de mineros y, en última instancia, la división del mismo partido. Pero no era cuestión de simple huelga, porque los mineros estaban armados, tenían sus propias milicias, además cada mina era y es distinta: Huanuni no es Siglo XX. El libro explica algo de eso, lo que no se asume son las distinciones regionales del campesinado. Tremendo desafío del gobierno del MNR manejar todo eso a la vez.

Los norteamericanos estaban pidiendo la recomposición de las Fuerzas Armadas. Esa reconstitución se hizo de una forma suave e inteligente, empezando por las bandas militares. Siempre había bandas militares, la gente quería contratar a las bandas militares, aun cuando no había regimiento ni conscripción. Comenzaron con la Fuerza Aérea, que ha tenido en Bolivia cierta importancia después de la Guerra del Chaco. Así entra una persona como René Barrientos a la Vicepresidencia.

Lo que vemos en el segundo capítulo es lo que va de 1960 a 1964. Se relata la división del MNR que había dirigido la Revolución, las diferencias sobre cómo mantenerla sin alterar la alianza con Washington que ya era imposible romper. Esto se tornó más difícil después de la Revolución Cubana, que ofrecía otra opción a la izquierda. La mayoría del MNR se resistía a esa influencia.

– Pasemos a René Barrientos, las Fuerzas Armadas y a la Fuerza Aérea, que mencionaba que tuvo un rol importante en ese periodo de la historia. También se inician las dictaduras en la región.

Eso se nota con más contundencia en el golpe de 1971, en la batalla de Laikacota. La efectividad de la Fuerza Aérea no era precisamente la destrucción física, sino el impacto psicológico del aire. ¿Qué pasa? Sucede un balance de fuerzas nacionales que hace coincidir la crisis del MNR, la reconsolidación de las Fuerzas Armadas y opciones muy difíciles para la izquierda en las minas. Eso en lo nacional. En lo internacional, en el contexto de la Guerra Fría y la Revolución Cubana, poco antes del golpe de Barrientos de noviembre de 1964, hubo otro golpe en Brasil en marzo, después en Argentina con Onganía (Juan Carlos), el 66. No había sucedido todavía en Chile, pero el 68 hubo un golpe en Perú con Velasco (Juan). Entonces se ve que Bolivia forma parte de un proceso regional que no es tan extraordinario.

Había muchos problemas políticos asociados a la Guerra Fría, ya que la derecha latinoamericana no tenía una capacidad más sutil para evitar los gobiernos dictatoriales. Creo que se puede señalar que no había tenido interés en formar un control hegemónico utilizando, como en Argentina, elementos de la clase obrera con los que lograr un dominio más extensivo, recurrieron de manera directa y floja al Ejército y a la represión directa. En Bolivia, se había perdido esa capacidad del dominio político sofisticado pensando en elementos populares.

– Así como una entrada teórica desde lo étnico, ¿qué otro aspecto fue incomprendido en ese tiempo y que hoy puede dar luces?

Otro elemento que hay que destacar que no aparece bien descrito ni bien comprendido ese tiempo es el regionalismo. El marxismo, que tiene eco en mi texto, estaba siempre criticado por José Luis Roca, quien dice en su libro Fisonomía regional boliviana que la historia de Bolivia no es la historia de clases, es la historia de regiones. Siempre he aceptado esa crítica. Un problema quizás no comprendido por el mismo René Zabaleta es que la clase dominante no ha podido juntarse para tener una estrategia nacional, ahora menos. Eso muestra las dificultades no tanto de la izquierda como de los capitalistas.

– Usted habla de analizar Bolivia “en sus propios términos”, desde las lógicas propias, ¿cómo se da este proceso de relectura del país sin recurrir completamente a esquemas que quizá podían dar resultados distintos en la investigación?

El gobierno de Banzer, después del golpe de agosto de 1971 apareció como parte de un proceso regional, no era tan boliviano. Digamos que en los años 69 y 70, Ovando y Torres eran más bolivianos, había más conflicto dentro del Ejército y se había recurrido a los elementos nacionalistas del 52 y se dio un paso más con la nacionalización del petróleo. Banzer fue menos boliviano, lo que se ve en su alianza con el Brasil y Chile. Muchos exiliados de Banzer estaban en Chile, con el golpe de Pinochet se encontraron otra vez en búsqueda de asilo en Europa y especialmente en México. Ahí tuvieron otro tipo de condiciones académicas. En el caso de México se puede hablar de autoritarismo, si bien no es dictadura militar, pero tiene otra voz que se reconoce precisamente por la experiencia del 52: si no querías ser hermana menor de Cuba, tampoco de México, decían los revolucionarios bolivianos.

Aportaron mucho, Zabaleta, Carlos Toranzo, tanto en México como en Chile bajo la Unidad Popular. Quiere decir que ya en el exterior hubo elementos, aunque sean aislados, que estaban analizando el país en otra forma, de un modo distinto que no sea la del partido político. Esta gente tiene sus simpatías, sus conexiones, pero ya no está siguiendo más la doctrina de un partido u otro, estaba investigando y pensando de manera independiente.

¿Cómo vamos a analizar a Banzer? ¿Qué representa su subvenciones al algodón? ¿Se podría armar una campaña democrática que sea una especie de frente popular? Comienzan nuevas preguntas y nuevos temas que eran muy ricos. Yo estaba influido mucho por ese grupo de intelectuales de los años 70. Creo que los ecos de Zabaleta y otros aparecen en los capítulos quinto y sexto del libro.

Los 70s continuaban. Recuerdo que mientras estaba investigando en el Archivo Nacional en Sucre sucedía la huelga minera del 76 y la huelga de hambre del 77. Don Gunnar Mendoza, que estaba de director, nos dijo a los investigadores: “ustedes deben a los estudiantes de la Universidad San Francisco una solidaridad. Vayan a mostrar su solidaridad y dejan aquí los papeles”. Un momento muy conmovedor. A partir de experiencias como ésta, algunos pasajes del libro tienen más energía.

– Más rebelión…

En la escritura, se debe a la experiencia de vida misma y la capacidad de una persona como Don Gunnar que nos mostraba nuestros deberes políticos como ciudadanos del mundo.

– ¿Qué hicieron después de la “arenga” de Gunnar Mendoza?

No hubo represión a nosotros, sino restricciones cotidianas. Sabía el régimen que tenía que avanzar con cautela. La única cosa que tuve que hacer en ese entonces fue cortar mis investigaciones en Sucre y de una forma indirecta interrumpir la trayectoria del libro Orígenes del poder militar.

– ¿Qué acción de apoyo realizaron luego del episodio con Gunnar Mendoza?

Dimos entrevistas y publicamos una carta en términos de derechos humanos, porque éramos un grupo muy variado y había personas de Europa del Este que estaba investigando, los cuales no querían arriesgarse demasiado, mientras que nosotros, del mundo del capitalismo, teníamos más confianza. Fue más bien una reflexión para resaltar que el gobierno de Banzer estaba perdiendo su capacidad de dominar las capas medias.

Los mineros estaban movilizados y yo creo que un elemento nada original como la huelga de hambre fue absolutamente clave en todo esto, era una forma de mostrar oposición y resistencia. Precisamente lo que estamos discutiendo en este Congreso del Trabajo y Trabajadores sobre el conflicto labor agresivo o no.En este caso captó el ambiente del momento y el Ejército no tuvo ninguna respuesta.

– Por último, dijo que la generación de intelectuales de los 70s, sobre todo Zavaleta puede leerse en dos capítulos de Rebelión en las venas, ¿Qué reflexiones abre?

Creo que lo que hacía Zabaleta fue una combinación riquísima de un seguimiento narrativo de lo que estaba pasando a fines de los años 70, esto pensando en la obra Las masas en noviembre, donde sigue de cerca el golpe de Natusch Busch, sus orígenes y consecuencias, pensando en un balance de fuerzas tan fluido que cambiaba cada hora. Eso te da un sentido de la actualidad inestable, pero a la vez está escribiendo con un conocimiento de las bases, el contexto y las posibilidades de entender de forma estructural.

No son cosas paralelas, son cosas íntimas. ¿Dónde se encuentra un ejemplo comparativo? Con Gramsci, de quien Zabaleta había aprendido mucho. En el caso de Gran Bretaña, quien corresponde a ese papel de describir y analizar es Stuart Hall, que es el autor del término thatcherismo y describe cómo los conservadores británicos lograron captar elementos populares para dominar con fuerza limitada la legitimidad de la imaginación pública, mientras el partido laborista no podía en ese entonces hacerlo. Estamos mirando parentéticamente la misma cosa.

Zavaleta lo hizo para Bolivia, aunque no pudo terminar, debido a su muerte prematura, su trabajo sobre la crisis que afectó tanto a la derecha como a la izquierda: la derecha con golpes como el de Arce Gómez y García Meza y después la crisis de la izquierda con la Unión Democrática y Popular (UDP) y la falta de control de la economía. En el Caso de Siles Zuazo, tenemos un católico muy convencido que se resiste totalmente a reprimir al movimiento popular y acepta el derecho a la huelga y a la movilización popular. Esa opción de Siles Zuazo está invertida respecto a los años 50: en 1956 había entrado al Gobierno para imponer la estabilización y las condiciones del FMI, el 85 entra, Paz Estenssoro imponiendo el 21060: igual, pero al revés.

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Ricardo Aguilar Agramont

Periodista. Actualmente responsable de contenidos del CIS.


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