Movimientos tectónicos en el realineamiento de fuerzas a escala global

El fin del largo siglo XX

Andrés Piqueras
Publicado en agosto 2018 en La Migraña 27
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Difícil escapar a la sensación de que vivimos dentro de una especie de “acelerador social de partículas”, de partículas históricas, de fragmentos de lo que fueron sociedades, economías, que hoy se ven sometidas a una “tensión electromagnética” insoportable, de manera que todo lo sólido está estallando por los aires.

El vértigo de la aceleración se debe al derrumbe de toda la economía del valor, la caída de la rentabilidad del capital a consecuencia de su propio proceso de sobreacumulación que se arrastra de forma definitiva desde los años 70 del siglo XX1Ver de Andrés Piqueras, Capitalismo mutante. Crisis y lucha social en un sistema en degeneración. Icaria, Barcelona, 2015; La tragedia de nuestro tiempo. La destrucción de la sociedad y la naturaleza por el capital. Anthropos. Barcelona, 2017.También Alberto Rabilotta y Andrés Piqueras, “La revolución y nuestro mundo. Cien años después”, en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=228721.. Pero mientras este magma subterráneo de crisis va haciendo su camino, su causalidad profunda llega a las conciencias humanas a través de los fenómenos políticos que acontecen en la superficie de la corteza terrestre. Cada vez más difíciles de pasar desapercibidos, incluso para poblaciones mundiales entrenadas para no ver ni entender nada de lo que ocurre.

La sensación de vértigo es más acusada desde el derrumbe de la Unión Soviética, en que el mundo vivió la metamorfosis del imperialismo estadounidense –consagrado por el poderío militar, industrial, financiero y monetario resultado de la Segunda Guerra Mundial–, hacia un sistema de gobernanza que buscaba establecer un “orden legal” de alcance mundial destinado a la supremacía del mercado sobre las sociedades a escala universal.

Este sistema fue muy cuidadosamente elaborado sobre una base ideológica que permitió la verdadera toma del poder educativo, mediático, jurídico y político por las grandes empresas en EE. UU. a partir de la década de 1970. Fue así, controlando las instituciones de enseñanza superior, que en EE. UU. y en las formaciones sociales centrales en general, se creó el cuerpo de funcionarios gubernamentales, de ejecutivos empresariales, de economistas, políticos y periodistas orgánicos, que han impuesto y refuerzan diariamente la formación del “sentido común”, el pensamiento único que colabora con esta dominación y que, paradójicamente, en esta etapa constituye una de las contradicciones principales que impide al capitalismo realmente existente cualquier suerte de reacción de auto-salvación frente a su crisis sistémica2El pistoletazo de salida lo dio The Powell Memo, conocido como The Powell Manifesto, que fue publicado el 23 de agosto de 1971. http://reclaimdemocracy.org/powell_memo_lewis/Ver: James Hoover, The Powell Manifesto and the Revolution by and for the Rich https://dissidentvoice.org/2016/04/the-powell-manifesto-and-the-revolution-by-and-for-the-rich/.

El gran robo como “derecho internacional” informal impuesto por EE. UU.

La correlación histórica de los hechos es la siguiente.
El sistema-mundo del capitalismo industrial, con sociedades relativamente estables a las que se llegó en las economías de capitalismo avanzado por las luchas de clase a su fase keynesiana, ha dado paso en medio siglo –mucho más rápidamente en la periferia relativamente industrializada– a profundas transformaciones en el modo de producir causadas por el desarrollo de la electrónica, las telecomunicaciones, la informática y la automatización, que propulsaron los cambios que hicieron posible un sistema-mundo basado en las poderosas transnacionales en todas las ramas de la economía, la demolición de las fronteras geográficas (las soberanías nacionales) y la eliminación del papel regulador de los Estados y de la capacidad política de las sociedades (las soberanías populares), con el establecimiento final de la “dictadura de mercado” en todos los aspectos posibles de la vida humana y de la explotación de la naturaleza (lo que Polanyi llamó los mercados reguladores –lejos de la memez con la que son descritos por la ortodoxia econometrista, que se empeña en que nos creamos que son “mercados autorregulados”–).

Tras la eliminación del enemigo sistémico soviético, el proyecto adquiriría una nueva dimensión cualitativa. Llevar a cabo la globalización como nuevo (gran) imperialismo requería de una unipolaridad estratégica, para pasar a poner todas las entidades globales (FMI, Banco Mundial, OMC, Foro de Davos, G7-20, ONU…) al servicio de EE. UU. y de sus “aliados” subordinados (U.E., Japón, Canadá, Australia…). Un “orden internacional” dominado por Washington para avasallar a todo el mundo con su proclamada “globalización neoliberal”, que nunca fue más que la aplicación y el sometimiento a las leyes estadounidenses –consagrando definitivamente el alcance extraterritorial que Washington siempre se arrogó–, para que los países signatarios de acuerdos de liberalización comercial cedieran su soberanía nacional y popular, y desarmaran a sus sociedades frente a la multiplicada potencia de los mercados reguladores, esa fuerza bruta del capital globalizado y concentrado en manos de trasnacionales y de Wall Street, con el Pentágono ejerciendo el papel de matón para el que no cumpliera con sus leyes.

Así, un aspecto importante de lo que significan tratados, como el TTIP (U.E.–EE. UU.), es que fueron creando un “derecho internacional” informal que en realidad está basado en las leyes y la jurisprudencia de EE. UU. (porque ningún tratado o acuerdo con este país puede contradecir las leyes o al Congreso de EE. UU., ni EE. UU. acepta ninguna decisión de organismo multinacional que le contravenga). Es decir, que todos los tratados firmados por este país institucionalizan de jure la aplicación extraterritorial de las leyes estadounidenses. La liberalización comercial (OMC y tratados de Libre Comercio) potencia esa operación a escala mundial, que tiene por objetivos destacados la privatización de la riqueza social y cultural acumulada a través de generaciones (afecta, entre otros aspectos, a los servicios públicos –sanidad, educación, transporte, comunicaciones, etc.–; infraestructuras –red viaria, instalaciones…– y patrimonio construido). Así como también la privatización del patrimonio natural: la mercantilización de la naturaleza en todas sus formas; la mercantilización de los recursos genéticos; la propiedad intelectual o de patentes sobre recursos ajenos; la empresarización y/o privatización de instituciones públicas (como las universidades e incluso la Administración); también la apropiación militar directa de los recursos y materias primas más codiciados. En este capítulo entran asimismo las técnicas financieras de desposesión: promociones fraudulentas de títulos; destrucción deliberada de activos mediante la inflación y a través de fusiones y absorciones; endeudamiento generalizado (por encima de la capacidad de pago) que genera un disciplinamiento de las sociedades así como formas modernas de servidumbre por deudas; fraudes empresariales, etc.3Para mayor detalle, Andrés Piqueras, “Capitalismo degenerativo. Breve crónica del mayor robo jamás perpetrado” en http://www.rebelion.org/noticia.php?id=211938

Solo faltaba un último toque a este plan: comenzar a sembrar el mundo de “paraísos fiscales” para guardar todo el botín del gran robo.
Las otras potencias capitalistas aprenderían del camino trazado, para hacer lo propio con otras formaciones menores. Ya en 1997 se realizaron 1850 tratados bilaterales (se había firmado uno cada dos días y medio). Reflejo de la necesidad imperiosa de construir un “modelo económico” universal y libre de responsabilidades sociales (proceso de disolución social) y con posibilidades ilimitadas de enriquecimiento para las élites (extrema desigualdad), lo que paso a paso se logra a partir de los años 90 con la creación de ese sistema legal supranacional. La propia U.E. es una vía para puentear los parlamentos y las instituciones locales, sustrayendo las decisiones e intereses del gran capital a las luchas de clase a escala estatal que forjaron las distintas expresiones nacionales de la correlación de fuerzas entre el capital y el trabajo. Si la “Europa socialdemócrata” fue la mayor manifestación del reformismo capitalista cuando este todavía impulsaba con vigor el desarrollo de las fuerzas productivas, hoy la Unión Europea es el primer experimento de ingeniería social a escala regional o supraestatal en favor de la institucionalidad de las estructuras financieras de dominación. Supone en sí un cuidadoso plan de desregulación social de los mercados de trabajo (lo que significa la paulatina destrucción de los derechos y conquistas laborales) y de las condiciones de ciudadanía, que se dota de todo un conjunto de disposiciones y requisitos para hacerse irreformable4Ver al respecto de la imposibilidad de reformar la U. E., Albert Noguera, El sujeto constituyente. Trotta. Madrid, 2017..

La irrupción de China cambia el mundo. El imperio global se desnuda

Si ya estábamos subidos a la vorágine de un capitalismo terminal (que como tal, paradójicamente, alcanza la fase de supernova o “hipercapitalismo”), la imagen del sistema como acelerador de partículas se dispara con la irrupción de China en cuanto que actor que reclama su papel como nuevo hegemón.

La eclosión de China5“China, que había ocupado durante siglos o milenios una posición destacada en el desarrollo de la civilización humana, todavía en 1820 tenía un PIB que constituía el 32,4% del producto interior bruto mundial; en 1949, en el momento de su fundación, la República Popular China es el país más pobre, o uno de los más pobres el mundo” (Domenico Losurdo. Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra. El Viejo Topo, Barcelona, 2008; p. 328). Entre esos dos momentos históricos tenemos las guerras imperialistas contra China, conocidas como “guerras del opio” (1839-1842 y 1856-1860, como consecuencia de que China se negara a dejar circular “libremente” el opio por su país, siendo esta una de las principales mercancías del primer narco-imperio mundial: Inglaterra). En ellas todas las potencias militares del momento sumaron parcialmente sus fuerzas para reducir al milenario gigante asiático. Después, la revuelta de los Taiping (1851-1864) contra el comercio del opio se convierte en “la guerra civil más sangrienta de la historia mundial”, estimada en alrededor de veinte y treinta millones de muertos (Domenico Losurdo. Contrahistoria del liberalismo. El Viejo Topo. Barcelona, 2005). Las potencias “occidentales”, más la Rusia zarista y Japón, se repartirían el control de un territorio indefenso y maniatado. La gran hambruna de China del norte (1877-1878) mata a más de 9 millones de personas. Esas hambrunas, como las de India y tantos otros países, fueron la consecuencia directa de la colonización europea (véase Mike Davis. Los holocaustos de la era victoriana tardía. Universitat de València. València, 2006). El siglo XX despierta con el “levantamiento de los bóxer” (1899-1901) contra el control extranjero de la economía china. Su represión deja al país sumido en la impotencia. A principios del siglo XX el Estado está prácticamente destruido. Entre 1911 y 1928 se desarrollan 130 conflictos entre unos 1300 señores de la guerra; el bandidaje se extiende por todo el país y la disolución de los vínculos sociales se hace galopante. Las potencias tenían planeado repartirse el control del territorio en pequeños y manejables pedazos. Al llegar el año 1949 probablemente solo Bangladesh era más pobre que China. Tras la revolución socialista, el país es asediado y bloqueado: alimentos, medicamentos, recambios de la maquinaria agrícola, etc., son impedidos. “El Gran Salto adelante es un intento desesperado y catastrófico de afrontar el embargo” (D. Losurdo, Stalin. Historia y crítica de una leyenda negra, pg. 333; embargo del que se jactarían miembros de la administración Kennedy, como Walt Rostow, diciendo que había retrasado el desarrollo de China en decenas de años), lo que en parte vale también para la “revolución cultural” al intentar quemar etapas de desarrollo a través de puro voluntarismo. Sin embargo, la singularidad de tener un Estado volcado en la soberanía nacional y cuyo principal interés no es la ganancia privada sino la calidad de vida de su propia población lograría finalmente hacer remontar todos los indicadores económicos y sociales de China, cuyo único parangón se encuentra en las proezas realizadas por la Unión Soviética (y luego, en otra escala, por Cuba). Hoy, de la mano de una economía planificada, y a pesar de haberse visto forzado a la apertura económica para dar participación a capital extranjero, el Partido Comunista ha logrado conservar el poder de decisión final en cada renglón de la economía, con el objetivo de asegurar un mínimo de equilibrio social, pilar fundamental desde la revolución, para enfrentar el enorme desafío de elevar los niveles de vida de la población más numerosa del planeta. Demás está decir que estas políticas reflejan culturas, experiencias políticas y maneras de ser y de organizarse muy antiguas, y a pesar de todas sus deformaciones, problemas y peligros, China vuelve a ser la principal potencia económica mundial (si medimos la economía no solo por PIB bruto, sino por el PIB neto, descontando deudas: sus importaciones energéticas, las mayores del mundo, así lo atestiguan). Sin invadir militarmente a nadie. Toda una lección. ha imprimido una dinámica endiablada al ritmo de los acontecimientos. Para empezar ha hecho que la superpotencia norteamericana reculara en su proyecto expansivo, “globalizador”. Por eso EE.UU. hizo abortar la Ronda de Doha tocando de gravedad a la propia OMC (que está prácticamente desaparecida). Ahora comienza a retirarse de los tratados con los que tenía atado a buena parte del mundo. Ya se sabe, no es lo mismo practicar el “libre mercado” con quienes no pueden competir contigo que con quien te supera. Entonces, los poderosos prefieren sin disimulos el proteccionismo. De hecho, la historia moderna nos muestra que dentro del sistema mundial dominado por el eje anglosajón desde 1700, la multipolaridad solo se ha manejado a través de la confrontación político-económica y, al fin, militar.

Por ahora, el sistema financiero ha empezado a compartir la importancia del yuan (en realidad del petro-oro-yuan, dado que China es el principal importador de petróleo y el que más reservas de oro tiene del mundo), que se aprecia en la misma proporción en que el país ha comenzado a deshacerse de las reservas de moneda extranjera y de bonos estadounidenses. Dado el actual estado de cosas, la lógica sistémica llevaría a levantar un nuevo entramado financiero internacional apoyado en una bolsa de monedas en la que el dólar perdiera parte de su peso. A esto puede la superpotencia resistirse más o menos tiempo, pero tarde o temprano la tendencia “lógica” para no terminar de desquiciar la economía capitalista es que primen las monedas ancladas a la energía y a la economía productiva.

Tanto la una como la otra ya no están en el eje anglosajón, sino en Asia, y sobre todo en el eje chino-ruso, a partir del momento en que Rusia recobra también su papel como gran potencia. Este eje está intentando construir una forma de internacionalización distante de la globalización capitalista, por lo que en vez de estar basada en el desenfreno financiero, la especulación, la rapiña de recursos mundiales, la multiplicación de recortes sociales y planes de ajuste, “paraísos fiscales” y capital ficticio, proporcione un entramado energético-productivo multipolar. Toda un área transcontinental integrada económicamente mediante una nueva “Ruta de la Seda”. En ella se intenta incluir a la Unión Económica Euroasiática, con India y su zona de influencia6Las decisiones que tome India sobre ese proyecto pueden frenarle o bien darle un impulso importante. De momento ese país está siendo utilizado por EE. UU. para buscar roces con China y entorpecer su zona de estabilidad. Sin embargo, el parcial fracaso del sector financiero indio y de su “desmonetarización”, las repetidas quiebras en cadena de negocios, la crisis del sector de la construcción, el enorme peso del cambio climático sobre su agricultura, la perspectiva de un éxodo rural de unos 600 millones de personas (GEAB, Global Europe Anticipation Bulletin, n.º124), las crecientes e insoportables desigualdades, el domino de unas reducidas oligarquías sobre la economía de ese país que nuestros media se empeñan en llamar “la democracia más grande del mundo” (donde muere un niño cada 30 segundos por desnutrición, 200 millones de personas pasan hambre y se dan las mayores tasas de suicidio por deudas e inseguridad económica vital), no auguran un buen futuro a la India (que pronto superará a China en población) fuera de la zona de estabilidad, ni le permiten, en ningún caso, convertirse en un nueva economía “emergente”., pero también Brasil-Argentina y la Unasur-Celac, Sudáfrica y la Unión Africana7África, junto con Asia, puede empezar a romper los lazos con el necolonialismo norteamericano-europeo gracias a este macro-proyecto. La Unión Africana está dando sus primeros pasos orientados a este fin. La desvinculación del franco de algunos de sus países centrales, y el comienzo del establecimiento de su propia moneda común, marcan un principio necesario en ese camino ya iniciado.. Una red con moneda internacional centrada en el yuan y la canasta de monedas BRICS, con un Banco de Infraestructura y Desarrollo, un Fondo de Fomento, un sistema propio de compensación de intercambio, un plan de infraestructura y desarrollo que muy pronto llegará a Inglaterra con un tren de mercancías de alta velocidad.

EE. UU. ha ido minando o intentando minar buena parte de los planes iniciales. La resistencia a ese escenario puede acarrear el intento de implantación de un nuevo telón de acero por parte de EE. UU. contra China. Hasta ahora la facción globalista financiera del poder estadounidense ha mantenido una “entente cordiale” con China debido precisamente al entramado financiero y de capital ficticio que le une a ella. Mientras que enfrentaba a Rusia para impedirle su recuperación como potencia mundial y arrebatarla su poderío energético-militar. De hecho, nunca se contentó con la implosión de la URSS, por lo que ha intentado disgregar y desestabilizar también a Rusia por diferentes lugares (Chechenia, Georgia –que está lista para entrar en la Otan–, Osetia, Ucrania, Azerbaiyán…), asediándola económicamente y empujando a la OTAN hasta hoy a las mismas puertas de su casa.

Pero la subida de Trump significa que la facción “nacionalista” estadounidense ha asumido temporal y parcialmente el relevo de poder, para procurar volver a cierta economía productiva, en un desesperado intento de reindustrializar el país. Lo cual requiere, entre otras medidas, la re-institucionalización de la Ley Glass Steagall para debilitar estructuralmente a la facción financiera global, al impedir que la banca financiera de inversión pueda sustentar a las redes financieras globales. Pero estas redes son poderosas y no se están quedando quietas. Las luchas internas del Estado profundo estadounidense probablemente se harán cada vez más mortíferas.

En uno y otro caso, lo que sí queda bien visible a la luz día es que en estos momentos el imperialismo en decadencia nos exhibe un patético strip-tease, para revelarse sin tapujos y propagar el miedo. El presidente Donald Trump, poco antes de la Navidad de 2017 y en nombre de un “realismo político” digno de la guerra fría, dio a conocer su Estrategia de Seguridad Nacional (ESN) para recuperar la supremacía del “orden mundial unipolar”. Y (bromeando en serio) dejó claro que de ahora en adelante el tradicional garrote imperialista es bien real y hasta podrá llegar a ser nuclear, y que la zanahoria seguirá siendo totalmente virtual8Véase Alberto Rabilotta, “2017, año del imperialismo sin tapujos. ¿Y el 2018? (I)” en https://www.alainet.org/es/articulo/190104.. Lo que augura un futuro sumamente caótico y peligroso, aunque también susceptible de proporcionar nuevas posibilidades para las sociedades que se defienden de las destructivas políticas del totalitarismo capitalista.

El analista y académico Carlos Fazio cita al profesor estadounidense Robert Bunker, del Instituto de Investigaciones Estratégicas del Colegio de Guerra del Ejército de Estados Unidos, según quien “los ganadores de la globalización” −representados por las grandes corporaciones y la clase capitalista trasnacional− buscan retirarse de la autoridad reguladora, fiscal, y –en última instancia− política de los Estados, mientras utilizan sus instrumentos coercitivos por excelencia: las fuerzas armadas, policiales y de espionaje, así como a los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial para privatizar al Estado, es decir, hacerlo totalmente suyo, ajeno a las luchas de clase9Carlos Fazio. “La Insurgencia Plutocrática y la LSI”, en http://www.jornada.unam.mx/2017/12/31/opinion/016a2pol.

Ahora, ya decadente y cada vez con menos aliados (y algunos de ellos tan incontrolables y matones que sería aconsejable no tenerlos, como Israel y Arabia Saudita), el imperialismo habla en nombre propio para reagrupar y unir las fuerzas internas (porque la sociedad está francamente fracturada) y las fuerzas externas (que no abundan, como muestran las votaciones de la Asamblea General de la ONU). Para ello la ESN clama que esta ofensiva restablecerá “la posición de ventaja de Estados Unidos en el mundo y afianzará las extraordinarias fortalezas de nuestro país (…) Reconstruiremos la fortaleza militar estadounidense para asegurar que no haya otra mayor (…) Nos aseguraremos de que el equilibrio de poder siga favoreciendo a los Estados Unidos en regiones clave del mundo: el Indopacífico, Europa y Medio Oriente”.

Y si el hemisferio latinoamericano no aparece entre “las regiones claves del mundo”, quizás sea porque Washington piensa mantenerle como su zona de exclusión (“patio trasero”), en la que ha contraatacado al proyecto de unidad latinoamericana mediante “golpes de Estado más o menos suaves”, como el contubernio jurídico-mediático en Brasil; o más o menos fuertes, como el golpismo unido a fraudes electorales perpetrado en Honduras; o directamente poniendo fin al Estado de Derecho liberal que sustentaba la “democracia burguesa”, para instaurar el Estado de excepción permanente a la medida del nuevo totalitarismo capitalista (México o Guatemala, por ejemplo, saben bien de qué trata eso). Ahora, para rematar la faena, se ha hecho ingresar en la OTAN a un campeón olímpico en la violación sistemática de derechos humanos, con asesinatos masivos y permanentes a su propia población, como es Colombia. Circunstancia que disparará el riesgo de que Sudamérica se convierta en un nuevo escenario bélico, aumentándose muy en primer lugar la amenaza que pende sobre Venezuela (pero igualmente sobre Bolivia, y una vez más sobre Cuba). También Nicaragua está ahora bajo los vientos del volcán imperialista (contra los que la actitud y la propia corrupción de Ortega no ayudan en absoluto).

Mientras la OTAN –o ejércitos bajo su dirección– se podrá encargar en adelante del orden externo, las fuerzas militares son cada vez más llamadas a mantener el orden interno de los países, como en los casos de Brasil, Paraguay y Argentina, ejemplos todos ellos de la contra-ofensiva golpista del imperio frente a las aproximaciones de unidad de nuestra América.

La lucha del caos contra la estabilidad, o del gran capital contra la humanidad

Pero la parte más significativa e importante de la ESN es cuando califica de “revisionistas” a Rusia y China: ¿Qué es lo que “revisan” Rusia y China? Lo que “revisan” –o más bien “rechazan”– es, como hemos dicho, el orden unipolar y la globalización neoliberal que le ha permitido a EE. UU. dominar el mundo, lanzar guerras, cercar militarmente a Rusia, aplicar sanciones comerciales, financieras y económicas para desindustrializar y minar las sociedades de múltiples países, desacatando con toda impunidad las leyes y tratados internacionales, haciendo irrelevantes instancias de las instituciones internacionales, de la ONU en particular, para poder continuar sembrando el caos por todo el mundo.

En concreto, el pecado “mortal” de Rusia ha sido que el presidente Vladimir Putin comenzara hace más o menos una década a desafiar el orden neoliberal para defender la sociedad de los efectos destructores de las políticas implantadas por la globalización de la era Yeltsin y la “estrategia del shock” de las potencias imperiales10Naomi Klein. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Paidós. Barcelona, 2011.. En otras palabras, Putin comenzó la tarea –como él mismo lo señala– de reconstruir y hacer más sólida y solidaria la sociedad y la economía, que sufrieron una destrucción sin precedentes en tiempos de paz, después del golpe de Estado de Boris Yeltsin para desmantelar la Unión Soviética y poder desvalijar las empresas estatales y las riquezas del país, condenando a millones de rusos al desempleo y la miseria. Porque recuerda la historia de Rusia, Putin ha retornado a la política de defender la soberanía nacional y a la “intervención estatal” en los asuntos económicos y sociales, que no excluye la planificación sectorial o ramal. No podrá Rusia tener un papel destacado en el mundo, en adelante, sin un nuevo viraje, al menos, hacia una suerte de capitalismo de Estado. Y es muy posible que el equipo de Putin empiece a tener conciencia de ello.

El imperialismo y el capitalismo “realmente existente” no pueden, por tanto, ignorar el desafío que constituye el que Rusia y China hayan unido fuerzas para crear políticas de desarrollo y crecimiento económico a escala regional –dentro de la “Ruta de la Seda” y bilateralmente–, y que un creciente número de países se hayan incorporado o estén en proceso de incorporarse a esta importante dinámica regional. En todo caso, y para confirmar la realidad (y quizás dar una respuesta a la ESN), 2017 terminó con el presidente chino, Xi Jinping, afirmando que está dispuesto a unirse a su homólogo de Rusia, Vladimir Putin, para consolidar la confianza mutua política y estratégica y expandir la cooperación pragmática integral entre los dos países (Xinhua 31-12-2017).

No solamente esto debilita aún más la globalización neoliberal sino que fortalece las economías estatales implicadas, así como el proceso multilateral y regional, lo que explica que ambas formaciones sociales hayan creado a través de esta cooperación una “zona de estabilidad” y de previsibilidad en materia de relaciones internacionales, de relaciones comerciales, económicas y monetarias, que fortalece la lucha por un sistema multipolar basado, hoy por hoy, en el respeto mutuo entre sociedades, que contrasta con la imprevisible política de caos y desestabilización de EE. UU. y sus aliados, y que contribuye en la práctica a impedir que EE. UU. logre revivir el mundo unipolar.

La “planificación regional” de la “zona de estabilidad” tiene al corazón de Asia como primer objetivo de desarrollo, a finales de diciembre de 2017 y al nivel de ministros de Relaciones Exteriores se llevó a cabo el “diálogo Pakistán, Afganistán y China”11Sobre esta reunión y sus alcances: http://spanish.xinhuanet.com/2017-12/27/c_136854838.htm ; http://www.atimes.com/article/beijing-complicates-washingtons-afghan-strategy/ ; https://sputniknews.com/middleeast/201712261060326683-afghanistan-taliban-peace-talks/ ; https://sputniknews.com/middleeast/201712271060356882-china-afghanistan-terror-fight/, que además de buscar la paz para Afganistán bajo el lema “proceso de paz dirigido por Afganistán y propiedad de Afganistán”, abre vías para la incorporación de Afganistán y Pakistán en el proyecto de la “Ruta de la Seda”. Demás está decir que si esta iniciativa ruso-china se desarrolla según lo previsto, incorporando a Irán, Siria y otras formaciones sociales de Asia central y occidental, esta será, como hubiese dicho Brzeziński, la derrota final para la ambición de supremacía global de Washington.

Pero ante la posibilidad de un nuevo mundo productivo-energético, última vía para poder hacer una transición más o menos “suave” al post-capitalismo, el capitalismo degenerativo realmente existente solo puede oponer destrucción y putrefacción. El hegemón no parece dispuesto a dejarse relevar sin destruir y su capacidad de destrucción es varias veces planetaria. Su peligrosidad es mayor si tenemos en cuenta que su zona de seguridad energética (y la de sus subordinados imperiales) está precisamente en Asia occidental. No puede dejar que esta región se le vaya de las manos, aunque tenga que financiar yihadistas, paramilitares y terroristas de todo pelaje en ello. EE. UU. tiene alrededor de un cuarto de millón de efectivos del Ejército, la Marina y la Fuerza Aérea, en el 70% de los países del mundo, con más de 450 bases militares extraterritoriales12Rusia cuenta con 18 instalaciones militares fuera de su actual territorio, de las cuales 15 están en las antiguas repúblicas soviéticas, porque no se cerraron las que eran de la URSS, no porque se instalaran nuevas. China, hoy por hoy, no tiene ninguna base militar extrafronteriza (aunque está construyendo la primera en Djibuti). . Con 607.000 millones de dólares de presupuesto militar declarado, suma casi tanto como el gasto militar de todo el resto del mundo junto. Ha sido EE. UU. quien ha lanzado la “guerra contra el terrorismo” desde hace más de dos décadas, y con ella ha arruinado países y destrozado sociedades enteras: Afganistán, Somalia, Irak, Libia, Siria… Además, esa especial guerra perdura y se extiende hoy por más de 60 países, principalmente a través de operaciones secretas. De hecho, se ha convertido en la forma en que la principal potencia tiende a implantar su particular visión de un “dominio total” (“Full-spectrum dominance”, como fue definido en el clave informe del Pentágono titulado Joint Vision 2020). Es su estrategia para devastar territorios, hacerlos ingobernables, y así agujerear la “zona de estabilidad” chino-rusa. Por cierto, que la misma deja también a Israel y Arabia Saudita (dos aspirantes a ser la potencia regional) en una muy incierta situación, de ahí que su matonismo crezca por momentos13Casi cotidianamente estamos viendo la prepotencia e impunidad con la que actúan EE. UU. y sus principales aliados en Asia occidental y central, con los casos de Siria (bombardeos para inexistentes ataques con armas químicas y ocupación del territorio), el apoyo a las políticas criminales de Israel contra el pueblo palestino y de Arabia Saudita contra el pueblo yemení.. Mientras que otros países árabes petroleros y la misma Turquía (otro país con sueños de grandeza) han empezado a aceptar la realidad de los hechos y entrever sus coincidencias de interés si se incluyen en esa “zona de estabilidad” La degeneración interna de Turquía no le da muchas posibilidades de elección.

El fin del mundo que salió de la postguerra mundial

La incapacidad de lograr la globalización unilateral absoluta mediante el avasallamiento consensual, la profundización de la crisis estructural, la agravación de las crisis sociales y el surgimiento de las “potencias revisionistas”, ha llevado recientemente –bajo el gobierno de Donald Trump– a la metamorfosis final de todo imperialismo incapaz de acomodarse a la inevitable decadencia.

La globalización unilateral implosiona, y con ella todo el entramado socio-político-institucional que conocimos desde la Segunda Postguerra Mundial y el fin de la guerra fría. El largo siglo XX llega a su fin, aunque pueda hacerlo de la manera más dramática.

La excepcionalidad de Israel, la alianza energético-militar de EE.UU. y Arabia Saudita, la singularidad de Corea del Norte, la subordinación continental de Europa y América Latina a EE. UU., pueden estar viendo sus días finales, al menos bajo la forma en que se han manifestado hasta hoy. Al contrario, la apertura de los mares del Pacífico en torno a China, el surgimiento de una nueva África interconectada y con voz conjunta, y el nacimiento de nuevas instituciones económicas y políticas internacionales, van cobrando cuerpo o cuanto menos, mayor posibilidad. En cambio las que heredamos del largo siglo XX son cada vez más ninguneadas o descartadas.

Así por ejemplo, asistimos en los últimos meses a la profundización del desconocimiento y hasta el repudio de las decisiones de Naciones Unidas (y del Consejo de Seguridad) que constituyen la legalidad internacional. Es así que EE. UU. decidió reconocer a Jerusalén como capital de Israel, y que ahora el representante republicano Ron DeSantis anunció la presentación ante el Congreso de una moción para reconocer la soberanía israelí sobre los territorios de Golán que pertenecen a Siria y fueron ocupados por Israel desde 1967 y anexados en 198114Congresista quiere que se reconozca la soberanía israelí sobre las colinas de Golán. https://www.timesofisrael.com/congressman-seeks-us-recognition-of-israeli-sovereignty-in-golan-heights/. Es así que el presidente Donald Trump anunció que EE. UU. se retirará del Plan Integral de Acción Conjunta firmado por Irán y el Grupo 5+1 (EE.UU., Reino Unido, Rusia, Francia, China más Alemania), respaldado por la Resolución 2231 del Consejo de Seguridad de la ONU, que puso fin el desarrollo nuclear iraní con fines militares y debía anular las sanciones de todo tipo contra Irán. Lo que confirma que el presidente Trump y sus funcionarios están empeñados en un trabajo de demolición sistemática de las instituciones internacionales, del sistema de relaciones y compromisos multilaterales. Lo más macabro de todo, en ese camino, es sin lugar a dudas el denuedo del Estado profundo norteamericano en la creación de un terrorismo global, listo para actuar a discreción en cualquier lugar, para trascender cualquier elemento de regulación internacional.

Esta situación no pasa desapercibida a muchos analistas, como señala el ruso Veniamin Popov cuando escribe que la crisis que estamos presenciando no son simplemente tiempos difíciles, sino una indicación de movimientos tectónicos en el realineamiento de fuerzas a escala global, tendencias que no pueden ser revertidas o restringidas por la fuerza, agregando que los intentos de parar la rueda de la historia solo pueden generar nuevos conflictos globales, y que a esta altura nadie podrá cambiar el curso de los eventos15V. Popov, Yesterday’s Hegemony Keeps Washington Fairly Confused
https://journal-neo.org/2018/05/19/yesterdays-hegemony-keeps-washington-confused/. Convendría echar una mirada a la historia en este sentido y recordar que Francia intentó durante unos dos siglos mediante la fuerza militar compensar su atraso o pérdida de competencia frente a Inglaterra en el terreno económico, sin ningún éxito; como antes había ocurrido con España frente a Holanda e Inglaterra, y después ocurriría con Alemania y Japón ante su incapacidad de ponerse al frente de la acumulación capitalista, teniendo que enfrentarse con las armas a la que sería al final la nueva potencia económica: EE. UU. Todo indica que a esta última potencia le ocurrirá lo mismo frente a China o, más ampliamente, frente al Heartland en que se está convirtiendo Asia y su zona de estabilidad.
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Síntesis

En definitiva, el peligroso momento actual es consecuencia de esos movimientos tectónicos profundos (principio del fin de los muros y aberraciones históricas levantados en el orden mundial precedente, dos Coreas, Arabia Saudita, Israel, supremacía militar y monetaria estadounidense, entidades supra-estatales gobernadas unilateralmente…), que no eran fácilmente previsibles a tan corto plazo. Nombremos, como síntesis, la siguiente concatenación de procesos:

  1. La facción de poder norteamericana que sostiene a Trump ha enterrado la “globalización neoliberal” que buscaba la hegemonía universal vía el “orden legal” al que los países se adherían –vía los acuerdos de Libre Comercio y la OMC– para convertirse en vasallos de EE. UU. (aplicando las leyes de Washington). El fin de la era neoliberal se da en el contexto de la disolución social, de la total decadencia del sistema político: la democracia liberal. También del fracaso de esas capas de clase de políticos, funcionarios y “expertos” que llegaron a los puestos de poder al negar la sociedad y mantener una fe irracional en el mercado, manifestándose totalmente incapaces de pensar de otra manera y poder así maniobrar frente al nuevo curso de los acontecimientos. Nos dejan un sistema económico moribundo, viviendo artificialmente de dinero inventado y una huida hacia adelante a partir de deudas sobre deudas. El propio FMI augura que el próximo (y probablemente inminente) estallido de la crisis podrá ser más de 10 veces mayor que el de 2007-2008.
  2. Ese “orden tan bien construido” tenía, además, una falla fatal: la posibilidad de que los países con un Estado fuerte recuperasen la soberanía nacional y popular para establecer sus propias políticas. Este ha sido el caso de China (y ya también de Rusia). Otras formaciones sociales pueden seguir su sendero, bajo su zona de estabilidad contra el caos (Siria e Irán, en especial; mientras que Venezuela vive el dramatismo de estar situada en lo que todavía, aunque ya no por mucho tiempo, puede ser la “zona de exclusión” de EE. UU., su “patio” intocable; tiene por ello que resistir prácticamente sola un poco más, hasta que esa zona se descomponga también, para poder entrar en el paraguas de la zona de estabilidad de las potencias emergentes. El problema es que EE. UU. también sabe que cuenta con poco tiempo para destruirla).
  3. China constituye ya una potencia mundial con capacidad de resistir los embates del gran imperialismo (y a diferencia de Rusia no ha sido vencida en la guerra fría). Para posibilitarse a sí misma como nuevo hegemón necesita construir un orden mundial multipolar (lo que Rusia también busca por razones parecidas ) sobre el cual basar el conjunto de sus relaciones. Esto contraría el objetivo estadounidense de restablecer la unipolaridad vía la potencia militar, las transnacionales y el dólar.
  4. La agresión de las potencias imperialistas contra Siria para rediseñar el mapa de Asia occidental [El Oriente Medio Ampliado], la intervención de Rusia a pedido de Damasco, y más tarde la colaboración de Irán (y hasta cierto punto, paradójicamente, también de Turquía), para combatir al Estado Islámico y demás fuerzas paramilitares y terroristas, catalizó a partir de 2013 una nueva realidad geopolítica que se caracteriza por la pérdida de poder político (y limitación del poder militar) de EE. UU. en esa importante región, sin hablar de los aspectos comerciales y económicos (gasoductos rusos en Turquía e Irán, y este último país entrando en el meollo de la Ruta de la Seda, con crecientes relaciones económicas bilaterales con China y Rusia).
  5. La Unión Europea, ejemplo de un mecanismo supraestatal neoliberal basado en el “avasallamiento consentido” (que termina siendo avasallamiento a secas, como demostró el caso de Grecia), se encuentra frente a una muy difícil redefinición de sus relaciones con EE. UU. por las previsibles nuevas sanciones de Washington contra Irán y las medidas contra China y Rusia que desatarán potenciales guerras y crisis económicas, financieras y monetarias muy perjudiciales para los intereses europeos (los cuales EE. UU. ha ignorado de forma despreciativa). Europa pierde peso en el mundo a pasos agigantados, pero todavía es un actor clave en el equilibrio de fuerzas mundial. Hacia dónde se incline podrá decidir la balanza de fuerzas final. Por el momento y aceleradamente, los planes de EE. UU. pasan por enfrentarla a Rusia y que Europa vuelva a ser el campo de batalla mundial, lejos de las costas norteamericanas. Los Estados sin soberanía que componen la U. E., con la excepción de Alemania, se ven supeditados a lo que decida este país en adelante. Su clase capitalista se encuentra desgarrada entre sus compromisos de seguridad (militar, económica y de inversiones) con el eje anglosajón, y los intereses reales que la llevan a estrechar lazos con el mundo asiático emergente. El despliegue militar de EE. UU. en Europa oriental (poniendo ahora nuevo énfasis en Polonia) y la guerra económica contra Rusia van destinados a disuadir a la clase capitalista alemana de escoger la segunda opción. Mientras, el perjuicio económico para el conjunto de la U. E. es ya evidente. Esta no saldrá de su crisis económico-política (por no hablar de sus atolladeros energéticos) mientras no establezca buenas relaciones con Rusia, como un país también europeo que más que amenazar puede contribuir a su seguridad energética y militar (especialmente, teniendo en cuenta que en estos momentos Rusia tiene potente superioridad militar sobre la OTAN , lo que en caso de conflicto bélico dejaría a Europa sin apenas defensa, por lo que ésta en realidad no tiene más alternativa a corto plazo que entenderse con Rusia). Por eso, el “aliado” norteamericano que empobrece y pone de nuevo en un riesgo atroz a Europa, puede empezar a desvelarse cada vez más para las propias poblaciones europeas como un “amigo” peligroso. ¿Terminará, en todo caso, de desempolvar la U. E. su viejo proyecto de defensa común, fuera de la tiranía de EE.UU.? Hay señales de cambio incluso en algunos de los países más subalternos (como Italia –no tanto en España, cuya subordinación a EE. UU. sigue, nunca mejor dicho, “a prueba de bombas”–). De Europa depende que la emergencia de Asia sea en realidad la de Eurasia.
  6. Las luchas literalmente “a muerte” entre las facciones de poder estadounidense pondrán al mundo en un riesgo sumamente grave, como posiblemente no ha conocido hasta ahora. La facción guerrerista unipolar, que busca el enfrentamiento militar (antes de que EE. UU. se convierta en una potencia mediana) no dará cuartel. Por ahora, la impunidad de EE. UU. e Israel han dañado (quizás irremediablemente) la credibilidad de la ONU y demás instituciones del orden multilateral. No parece imposible que pronto estalle una grave crisis en torno al disfuncionamiento del Consejo de Seguridad y que se plantee la disyuntiva de sufrir la suerte de la Sociedad de Naciones. En todo caso, el sabotaje de lo que resta de mecanismos multilaterales implica asimismo una redefinición de la OTAN: ¿aceptarán la U. E., Japón, Canadá y Australia que la OTAN pase a ser el principal instrumento para que EE. UU., Israel y Arabia Saudita sigan actuando con total impunidad y en contra de sus intereses? ¿O por el contrario pueden presionar para que la solución bélica en Asia occidental sea una en la que todos puedan ganar algo? Rusia es el actor central en ello. Macron y buena parte de la U. E. ya lo han reconocido. Se trataría de que Rusia garantice la no nuclearización de Irán, a cambio de que los cuerpos de ejército, fuerzas paramilitares y terroristas sostenidas por las potencias “occidentales” se retiren de Asia. La energía para Europa y EE.UU. podría estar garantizada si se creara una Comunidad Mundial del Petróleo y del Gas, a imagen de la construcción europea de postguerra en torno al carbón y el acero. Sería un punto de entendimiento mundial (basado en la seguridad energética común) mientras se realiza la inevitable transición energética.

La propia Arabia Saudita tiene su proyecto llamado NEOM:

“Se trata de un proyecto de megaciudad que debe abrirse en 2025 con una inversión de 500.000 millones de dólares. Una ciudad ubicada en 3 países (Arabia Saudita, Jordania, Egipto) (…) que tendrá un tamaño 33 veces superior a la ciudad de Nueva York y que integrará desde su origen las tecnologías más avanzadas en materia de gestión urbana, energética, ambiental, sanitaria y de conectividad… (hablamos de una “empresa emergente del tamaño de un país”). Una ciudad franca que propone un modelo de convivencia entre todas las culturas de la región. Deberá constituir un polo de atracción extraordinario para la población regional abandonada: palestinos de campos de refugiados, refugiados de todo tipo, gazatíes, cisjordanos por supuesto, pero también egipcios pobres desempleados, saudíes ricos ociosos…”(GEAB, Global Europe Anticipation Bulletin, n.º 125, pg. 6; Discover NEOM).

Obviamente, lo que depare el juego de intereses cruzados saudíes y de otros actores regionales no es tan halagüeño como lo pinta este texto, pero indica al menos que algo fructífero podría empezar a surgir de esta zona del planeta si se consiguiese un mínimo de paz basado en la estabilidad (seguridad económico-energética) común.

El actor en juego más difícil de incorporar, el más peligroso porque sí que acumula armas de destrucción masiva y ha demostrado que puede vivir perfectamente sin cumplir uno solo de los tratados internacionales ni de las resoluciones de la ONU, es Israel. Su anomalía histórica, por pura imposición militar, le hace al tiempo sumamente vulnerable. Su única posibilidad de futuro pasaría por incorporarse a ese proyecto18. Entonces Palestina tendría que tener su propio lugar en el mundo (Estado con territorios reconocidos por la ONU) y dejar de ser un campo de concentración gigantesco sujeto al mortífero albedrío de Israel.

Las posibilidades de todo ello no son grandes, pero la alternativa a las mismas pasa por la destrucción total o casi total de la humanidad, por la auténtica “madre de todas las guerras”. Lo que quiere decir que en realidad no hay alternativa al proyecto de paz y a la ampliación planetaria de la zona de estabilidad.

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Andrés Piqueras

Es doctor en Sociología por la Universidad de Valencia (1994). Licenciado en la Universidad Complutense de Madrid (1983). Profesor titular de la Universidad Jaume I de Castellón (España).

En 2004 crea el Observatori Permanent de la Immigració, en la Universidad de Castellón. En la actualidad, y desde 2008, es miembro del Observatorio Internacional de la Crisis (OIC). Editor de la primera obra del OIC publicada en España: El colapso de la globalización (2011). 398 pp. El Viejo Topo. Barcelona.