Reflexiones militantes sobre teoría revolucionaria

El marxismo de Rosa Luxemburgo

Bolívar Vinicio Echeverría Andrade
Publicado en agosto 2018 en La Migraña 27
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Rosa Luxemburgo fue una mujer de apariencia física nada favorable: su cuerpo, notoriamente pequeño, era poco agraciado y de andar un tanto defectuoso. A su rostro, en el que sorprendían la belleza y la viveza de sus ojos, acudía con frecuencia una sonrisa insegura, irónica y agresiva. Aparte de su unión con Leo Jogiches, su amante de juventud y su camarada de toda la vida, sus relaciones afectivas fueron escasas y distanciadas; prefería el retiro, amaba la naturaleza.

Rosa Luxemburgo fue además judía y, concretamente, judía polaca. De su familia, en la que había también un pasado germano, heredó la tradición ilustrada y cosmopolita de ese tipo de gente propiamente “europeo” (de la época de la libre competencia) que pertenecía enteramente a su país pero era extranjero en su estado nacional. Por esta razón, no obstante que ella discutía con igual presencia lo mismo las cuestiones polacas de su partido de origen que las alemanas de su partido de adopción, y pese a que se inmiscuía sin ningún reparo, ni siquiera idiomático, lo mismo en el contorno republicano de un Jaurés que en el ambiente conspirativo de un Lenin, nunca fue aceptada del todo en los medios socialistas “nacionales”, especialmente en la socialdemocracia alemana, donde no se olvidaba el hecho de que provenía de una nación sojuzgada o “de segunda”.
Dos datos atípicos que se constatan en la vida de Rosa Luxemburgo: en su condición de mujer y en su condición de individuo nacional. Son dos datos que de por si no dicen nada. Ambiguos, ya que pueden encontrarse en biografías muy diferentes. Interesan solo porque indican dos situaciones extremas que, al ser enfrentadas por Rosa Luxemburgo a su manera, pasaron a definirla a ella misma o a caracterizar de manera especial la sustancia de la que ella decidió estar hecha: la sustancia revolucionaria.

Ya a fines del siglo xx, una mujer que se encontraba en el “error objetivo” de no poder ser “atractiva” tenía la oportunidad de salirse del sí cultivaba como gracias compensatorias las virtudes “masculinas”, pero si lo hacía de manera propiamente “femenina”, es decir, disminuida o como imitación que sirviera al modelo para verse confirmado en su superioridad. Si demostraba la validez del espíritu de empresa productivista (“masculino”) y burgués —compuesto básicamente de ambición, pero inteligente, voluntarioso y realista— al mostrarlo en una versión defectuosa, que solo resultase explicable por la acción del inmediatismo, la inconsistencia y la exageración propios de lo “femenino”. Que la vida de Rosa Luxemburgo se hallaba encaminada a lograr un efecto de esta clase —reivindicarse en lo privado sometiéndose para ello doblemente a las normas establecidas era algo que pudo creerse incluso en medios bastante afines y cercanos a ella dentro del partido. La originalidad de “Rosa, la roja” —oradora encendida, polemista implacable, teórica iconoclasta, trabajadora incansable y llena de amor propio no parecía expresar para ellos ningún exceso propiamente revolucionario. Su “extremismo” y su pathos eran comprendidos por ellos como el aporte de “temperament” o el toque “femenino” que una mujer de ambiciones excepcionales le entregaba a su institución, sin afectarla de manera decisiva en su esencia política.

Sin embargo, la empresa en que se encontraba empeñada Rosa Luxemburgo era de un orden totalmente diferente. La experiencia, ineludible en su caso, de la situación femenina de opresión y sobreexplotación fue convertida por ella en una vía de acceso clara y definitiva a la experiencia de la necesidad de la revolución comunista: una experiencia que, en la belle époque del imperialismo, tendía a volverse menos intensa y más rara incluso en las propias filas del proletariado metropolitano. El contenido de la problemática femenina que se le planteaba personalmente fue integrado (que no reducido o disuelto) por ella en el de otra —menos ancestral y básica pero más actual y decisiva—, la problemática de la explotación de clase en el sistema social capitalista. Por esta razón, su auto reivindicación como mujer se realizó bajo la forma de una intervención muy peculiar en la historia del movimiento obrero organizado.

Rosa Luxemburgo pudo emprender una tarea cuya necesidad otros no atinaban ni siquiera a vislumbrar: el rescate o la conquista de la radicalidad comunista como condición de existencia y eficacia no solo del movimiento revolucionario sino del movimiento obrero sin más. El arribo a metas mínimas e inmediatas o de transición por parte del partido revolucionario del proletariado solo es efectivo políticamente, aun en términos de mero realismo, si está organizado de tal manera, que anticipa o hace presentes, en el contorno histórico concreto, las metas máximas y lejanas del movimiento comunista: la conquista del poder, la abolición del capitalismo y la propiedad privada, de las clases y el Estado, la instauración de la comunidad democrática. Esta sería la ley de la radicalidad comunista —aparentemente sencilla pero no fácil de cumplirse— que llegó a guiar siempre la actividad y el discurso políticos de Rosa Luxemburgo.

Formando parte del mismo proceso en que Rosa Luxemburgo integró a su problemática femenina como elemento radicalizador la problemática política general, se encuentra también la elaboración a la que ella sometió a su conflictiva condición de judía polaca en Alemania. En lugar de “ganarse” privadamente una “nación de primera”, al aceptar la propuesta de convertirse en el “departamento eslavo” del Partido Socialdemócrata Alemán (para que este pudiera llenar así un requisito principal de “internacionalismo” sin tener que abandonar su cerrazón chauvinista), en lugar de afirmarse mirando hacia el pasado, como miembro de un Estado nacional polaco (que estaba destruido y solo podía reconstituirse como dependiente del imperialismo); Rosa Luxemburgo supo encontrarle otra solución al problema de su falta de pertenencia a una nación-Estado. Lo convirtió en el punto de partida de una lucha que no ha vuelto aún a ser tan decisiva y prometedora como lo fue entonces: la lucha por despertar y difundir el catéter “histórico-mundial” (Marx) de la revolución comunista. Y aquí también su actividad y su discurso encontraron un postulado guía: el internacionalismo proletario no puede resultar de una coincidencia automática de los intereses proletarios en los distintos y enfrentados Estados nacionales; debe ser levantado de manera consciente y organizada mediante una política que haga presente el alcance mundial de toda conquista comunista, incluso en las que parecen más internas, locales o nacionales de las luchas proletarias.

El intento de potenciar en sentido comunista el comportamiento de la clase proletaria y sus instrumentos organizativos, he aquí la línea central y determinante que imprime coherencia y continuidad a la serie de empresas políticas teórico-prácticas de Rosa Luxemburgo cuya sucesión constituye lo principal de su vida.

La línea de la radicalidad comunista luxemburguiana se presenta ya en plenitud y de manera ejemplar en la primera de las intervenciones de Rosa en la historia general del movimiento obrero revolucionario: en su polémica contra la posición reformista (“revisionista”) dentro de la socialdemocracia alemana y de toda la II Internacional socialista, que Eduard Bernstein, en los últimos años del siglo XIX, propuso que prevaleciera sobre la posición marxista revolucionaria, heredada de la I Internacional.

Revisar el marxismo para encontrar lo que en él falte o haya caducado y estorbe a su operatividad; introducir o sustituir esas partes faltantes o caducas; adaptar el marxismo a las nuevas necesidades de la lucha socialista. Esta era la inobjetable intención manifiesta —y del todo sincera de Bernstein cuando (en 1898) publicó su libro Las premisas del socialismo. La caducidad del marxismo que en él detectaba solo afectaba, en definitiva, a uno de los teoremas centrales, el que afirma la agudización creciente del carácter contradictorio del modo de producción capitalista. Teorema que, como lo explicaba en la primera parte de la obra (caps. 1 y 2), era solo retóricamente, no científicamente central, pues provenía más de una falla o carencia en el método del marxismo —la ausencia de un concepto de dialéctica no hegeliano o no centrado en la idea de contradicción como incompatibilidad esencial— que de este método en su conjunto o del saber producido con él.

Bernstein consultaba las estadísticas, y ellas le señalaban un mejoramiento en las condiciones de trabajo y de restauración de los obreros, una concentración del capital con participación de la clase media, la tendencia a una prosperidad permanente y sin crisis. Dando por presupuesta una definición cuantitativista del “carácter contradictorio del capitalismo”, interpretaba estos síntomas y llegaba a diagnosticar que dicho carácter se debilitaba: que el orden privado, irracional o “anárquico” de las relaciones de apropiación privada cedía el paso a un proceso de “socialización” o “democratización” de la propiedad del capital y al desarrollo de un control regulador del mecanismo macroeconómico; y que, al reducirse la forma privada o irracional de la propiedad sobre la riqueza, se reducía también su contradicción o falta de concordancia con el funcionamiento básico de las fuerzas productivas, que es necesariamente socializador.

De esta segunda parte (cap. 3), propiamente “científica”, de la revisión del marxismo, Bernstein pasaba a la tercera y conclusiva (caps. 4 y 5), de orden netamente político.

Decía Bernstein, para alcanzar el socialismo —el último paso en la historia del progreso de la democracia, el paso en que ella se enriquece con la institucionalización de la democracia económica—, el movimiento socialdemócrata debe desechar la idea utópica del Marx hegeliano acerca de la necesidad de un mundo sustancialmente diferente del capitalista, al que solo se puede llegar mediante la conquista y el uso proletario del poder político, mediante el cambio revolucionario violento. No existe la necesidad de ese otro mundo porque este, el capitalista, ha dejado paulatinamente de ser lo que antes era; su propio progreso le ha hecho incorporar elementos socialistas, adentrarse ya en el futuro. De lo que se trata es de continuar y acelerar intencionalmente esta revolución lenta y pacifica que está ya en movimiento: convencer a toda la sociedad para que reconozca la superioridad ética del orden socialista y lo adopte constitucionalmente en sustitución del capitalismo. Se trata de ganar una mayoría de adeptos para esta idea socialista en todas las clases de la sociedad, y el partido socialdemócrata podría lograrlo si solo “quisiera aparentar lo que él ya es en realidad: un partido para la reforma democrático-socialista” (eine demokratisch-socialistische Reformpartei). Si aceptara que sus (únicas armas deben ser los sindicatos (y las cooperativas), en lo económico, y el parlamento (“encarnación de la voluntad de la sociedad, al margen de las clases”), en lo político.

La crítica de Rosa Luxemburgo, expuesta en su folleto ¿Reforma social o revolución? (1899), abarca los tres pianos del razonamiento de Bernstein —el metodológico, el económico y el político— pero combinados o entrecruzados en una sola totalidad argumental. Se trata de un acoso al revisionismo, que ataca su objetivo una y otra vez desde todos los ángulos y en los más variados tonos, con la intención de demostrar que no representa una actualización o un adelanto de la teoría marxista ortodoxa, sino por lo contrario, su liquidación o su regresión: su reconversión de teoría proletaria o libre de obligaciones en teoría burguesa u obligada a la conservación del orden dominante.

Allí esta, ante todo, la demostración de que la creación de un sistema monopólico y financiero en el capitalismo desarrollado, lejos de aminorar, acentúa las contradicciones entre la potenciación exorbitante de las fuerzas productivas, con su tendencia a volverse sociales y mundiales, por un lado, y la apropiación capitalista-privada y nacional de la riqueza, por otro lado; entre los intereses proletarios, por un lado, y los intereses burgueses, por otro. Allí, la observación de que las crisis capitalistas, con su mayor o menor frecuencia y con su mayor o menor intensidad, solo son una de las formas de manifestación de estas contradicciones.

Allí esta también la demostración de que se puede perfeccionar en términos reformistas, con la acción de los sindicatos (y las cooperativas) y con el fortalecimiento del parlamento, no es la democracia que pretende instaurar el movimiento comunista en términos revolucionarios. La democracia económica que pueden alcanzar los sindicatos —por lo demás, en una interminable tarea de Sísifo— no puede ir más allá de la generalización del respeto de los capitalistas por el valor real de la fuerza de trabajo obrera, siempre como simple mercancía, y per el tiempo que ella necesita para su reproducción “normal”. No puede convertirlos en el sujeto comunitario autárquico del proceso de vida social. Y la democracia política que se puede alcanzar en el parlamento no puede ser más que la situación de igualdad de los individuos (capitalistas o proletarios) ante el Estado, pero ante un Estado que es la institucionalización de la violencia de toda la clase capitalista al defender y desarrollar sus privilegios económicos.

Pero sobre todo, y es lo que interesa destacar aquí, allí está una de las más ricas y complejas y al mismo tiempo claras y precisas exposiciones del marxismo ortodoxo sobre la necesidad del progreso a una forma de sociedad esencialmente diferente de la capitalista y sobre el carácter ineludiblemente revolucionario que debe adoptar dicho progreso.

Después de Marx y Engels, nadie como Rosa Luxemburgo ha sabido definir el carácter total, es decir, unitariamente objetivo y subjetivo de la situación revolucionaria. Según ella, la posibilidad real o concreta del progreso histórico hacia el comunismo se va constituyendo durante todo un periodo excepcional en el cual el agravamiento de la explotación capitalista durante un momento de crisis desata al mismo tiempo una serie de respuestas, cada vez más amplias, sutiles y potentes, por parte del proletariado consciente y organizado, y una reacción de la burguesía que, reduzca o no el tipo de explotación inicial, pone al descubierto otros tipos de explotación, más complejos, decisivos e insolubles. Este periodo de maduración de la situación revolucionaria es precisamente el mismo en el que el contenido de la revolución que se plantea se vuelve cada vez más radical. De esta manera, la conquista del poder político y su uso proletario —la dictadura del proletariado, más o menos pacífica— surgen como el único medio para cumplir el imperativo (que se ha vuelto urgente) de esa revolución radical; para romper con toda una época y un mundo históricos e instaurar otros nuevos.

El tema guía en toda la obra de Rosa Luxemburgo —la afirmación del carácter esencial o cualitativo del tránsito del capitalismo al comunismo— aparece así, en este escrito, en calidad de fundamentación directa de la distinción que, contra Bernstein, ella propone que no sea olvidada en el movimiento socialdemócrata europeo, la distinción entre reforma y revolución:

“La reforma legislativa (legislación) y la revolución no son métodos de desarrollo histórico que puedan elegirse a gusto en el buffet de la historia, como quien elige salchichas frías o salchichas calientes. La reforma legislativa y la revolución son diferentes dimensiones en el desarrollo de la sociedad dividida en clases. Se condicionan y complementan mutuamente, y al mismo tiempo se excluyen entre sí, como el polo norte y el polo sur, como la burguesía y el proletariado.

Toda constitución legal es simplemente el producto de una revolución. En la historia de la sociedad dividida en clases, la revolución es un acto de creación política, mientras que la legislación es el vegetar político inerte de la sociedad. La acción legal de la reforma no tiene impulso propio independientemente de la revolución. Durante cada periodo histórico, se cumple únicamente en la dirección que le da el ímpetu de la última revolución, y se mantiene en tanto el impulso de esta se halla presente en ella. Concretando, en cada periodo histórico, la tarea de las reformas se cumple únicamente en el marco de la forma social creado por la última revolución. Este es el núcleo de la cuestión.

Es completamente falso y contrario a la historia representarse la acción legal de la reforma como una revolución extendida y la revolución como una reforma concentrada. Una revolución social y una reforma legislativa son dos diferentes dimensiones no por duración sino por su esencia. El secreto del cambio histórico mediante la utilización del poder político reside precisamente en la conversión de las modificaciones simplemente cuantitativas en una nueva cualidad o, para decirlo más concretamente, en la transición de un periodo histórico de una forma de sociedad a otra.

Es por esto que quienes se pronuncian a favor del camino de las reformas legislativas en lugar de —y en contraposición a— la conquista del poder político y de la revolución social, no están realmente eligiendo un camino más calmo, seguro y lento hacia la misma meta, sino una meta distinta. En lugar de dirigirse al establecimiento de una nueva sociedad, se dirigen simplemente hacia modificaciones inesenciales (cuantitativas) de la existente. Si seguimos las concepciones políticas del revisionismo (Bernstein), llegamos a la misma conclusión que se alcanza cuando seguimos sus teorías económicas: no se encaminan a la realización del orden socialista, sino a la reforma del capitalista; no a la supresión del sistema salarial, sino a un más o menos de la explotación, es decir, a la supresión de los abusos del capitalismo y no a la supresión del capitalismo en cuanto tal”.
Rosa Luxemburgo fue asesinada en Berlín el 15 de enero de 1919. Hacía apenas dos meses que se encontraba libre, después de haber estado en prisión desde comienzos de 1915. El Estado monárquico del capitalismo alemán había castigado su anti belicismo de comunista internacionalista; sus acciones minaban la moral del ejército, implicaban alta traición a la patria. El Estado republicano del mismo capitalismo alemán —administrado esta vez por quienes años antes fueran sus camaradas de partido— mandó asesinarla sin juicio previo. Era parte de la masacre que desato para aniquilar a los pocos comunistas que intentaron frenar, mediante una insurrección desesperada, el apaciguamiento burgués de la revolución alemana de 1918.

Este final de Rosa Luxemburgo comenzó a decidirse ya por los años de 1910-1912, cuando la concepción comunista radical de la revolución proletaria —de sus estrategias y su organización— que ella pretendió introducir en el masivo y poderoso pero burocratizado e inofensivo Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), no logró romper el dominio de la línea de la revolución “paso a paso” defendida por los dirigentes tradicionales (Kautsky, etcétera) : línea “realista”, que conquistaba reformas a cambio de claudicaciones. Se convirtió en un final casi predecible desde que la revolución europea del proletariado —que solo se desarrollaba en la medida en que su carácter comunista y su carácter antinacionalista se complementaban mutuamente— se vino abajo en 1914. La II Internacional de los partidos socialistas —con el partido alemán, el más avanzado y ejemplar, al frente— se hallaba improperada debido a su “astuta” moderación para la guerra de clase de los proletarios contra los burgueses; debió entonces elegir la guerra nacional y enfrentar así a proletarios contra proletarios.

En el caso de Rosa Luxemburgo, como en el de otros grandes revolucionarios, su muerte fue la ratificación de su fracaso, y su fracaso personal implicó también el fracaso del movimiento revolucionario en el que ella no pudo triunfar. El radicalismo comunista ortodoxo que ella intentó imprimir al movimiento socialista alemán de esa época no alcanzo a prender en él, no pudo ser recibido por él; y si este se traicionó primero y se desintegró después, fue precisamente por su carencia de radicalidad revolucionaria. Una incompatibilidad profunda —oculta para ambos bajo una engañosa complementariedad mutua— se interpuso insuperablemente entre el Partido Socialdemócrata Alemán, en su imponente ascenso, y Rosa Luxemburgo, quien fuera desde comienzos de siglo uno de los principales impulsadores de ese ascenso.

Rosa Luxemburgo fracasó en su intento de llevar la historia del movimiento comunista a su salto definitivo. La verdad del discurso marxista —como la de todo discurso concreto— está en su poder real, en su capacidad para “volverse mundo” (Marx), para acompañar funcionalmente a la revolución comunista en sus triunfos y su realización; y el discurso de Rosa Luxemburgo no Ilegó en el momento favorable, o no lo hizo por la vía adecuada, como para disputar ese poder o demostrar su capacidad de convertirse en fuerza histórica real. Pero no se puede decir que la figura de Rosa Luxemburgo carezca de actualidad y que su discurso haya sido “refutado por la historia”. En la historia de los intentos revolucionarios del proletariado —historia que, como decía Marx, avanza cíclicamente, volviendo sobre su propio pasado y retomándolo críticamente en un nivel superior— la inoportunidad que hace fracasar a un proyecto de revolución no lo afecta siempre de manera definitiva ni invalida siempre su contenido discursivo. Y en el caso de Rosa Luxemburgo todo parece indicar que su intervención política fracasó porque, en una época en que el socialismo solo ejecutaba la necesidad del orden capitalista de “reformarse para poder seguir siendo el mismo”, ella fincaba demasiado en el pasado revolucionario (era demasiado marxista ortodoxa) o adelantaba demasiado el futuro revolucionario. A lo mejor, el discurso de Rosa Luxemburgo comienza apenas a ser verdaderamente escuchable dentro de las fuerzas revolucionarias: a tener la oportunidad de tomar cuerpo en la acción política de la clase proletaria.

Pero el mensaje contemporáneo, la discusión entre los nuevos revolucionarios sobre la figura real de Rosa y sobre la actualidad y utilidad de su obra, debe primero despejar el camino que puede acercarlos a ellas. Despejarlo de un gran obstáculo, que se ha asentado y consolidado tanto, que no parece tal: la doble figura ficticia de una Rosa “Iuxemburguista” y, su contrapartida y complemento, una Rosa casi “leninista”.

Un ejemplo. La primera recopilación más o menos amplia de la obra de Rosa Luxemburgo publicada después de 1945 en los “países socialistas” va precedida de un voluminoso cuerpo introductorio de 150 páginas. Se trata a primera vista de un aparato correctivo, destinado a rescatar para el lector las partes válidas, no desechadas por la historia, de lo que Rosa dijo y escribió y a rechazar sus partes erróneas e incluso nocivas, sus partes contaminadas de “luxemburguismo”. Pero es en realidad un dispositivo compuesto para promover una suplantación; para desviar al lector en dirección a una Rosa Luxemburgo artificial, cerrándole el paso, sin que él pueda darse cuenta, hacia la Rosa Luxemburgo de verdad. En efecto, después del deslindamiento que se propone en él, la elección del lector es fácil, casi obligada: se apartará de Rosa Luxemburgo en tanto que autora de su obra errónea y se quedara con ella en tanto que autora de su obra válida. ¿Pero qué es esa Rosa Luxemburgo válida por un lado y dañina por otro? Es, ante todo, una figura demasiado inverosímil, carente de vida propia y autonomía que se parece demasiado, ora en negativo ora en positivo, a la figura paradigmática de alguien diferente, a la figura de “Lenin”. Los rasgos que podrían perfilar la figura propia y específica de Rosa Luxemburgo no están allí; los que se destacan son rasgos prestados. En negativo, los rasgos de un anti-Lenin, en positivo, los rasgos de un casi-Lenin.

Cuando, después del fracaso parcial de un proyecto revolucionario, este no tiene sucesión en uno nuevo, más acorde con la realidad, y el proceso histórico debe avanzar a tientas, carente de la iniciativa de un sujeto en fusión, la meta que estuvo propuesta inicialmente suele ser reducida por quienes usufructúan el triunfo parcial, a la dimensión de los resultados alcanzados. La imagen de lo efectivamente logrado suele ser elevada ideológicamente a la jerarquía de ideal cumplido. Después del fracaso de la revolución comunista europea a comienzos de siglo, la ideología del “socialismo en un solo país” se encargó de identificar el impulso original de ella con el anquilosamiento burocrático de sus adelantos parciales en Rusia. Y solo una encarnación mítica de esta identificación impensable o absurda podía garantizar, con su concreción indudable, que fuese pensada y aceptada. El mito positivo que ha servido de soporte a la ideología del “socialismo en un solo país” ha sido el “leninismo”: La presentación embalsamada (y por tanto falseante) del principio que guió el hacer práctico y teórico de Lenin bajo la figura de un aparato de fórmulas, a la vez mecánico y proteico. Obligado a traducir todos los datos del detenimiento (y por tanto desvirtuamiento) de la Revolución de Octubre en pruebas de su progreso.

Mientras el mito positivo tiende a ser único (para parecerse a la verdad, de la que se dice que también lo es) los mitos negativos que lo acompañan y le sirven de marco contrastante suelen ser innumerables (“el error es múltiple”). Pero entre los muchos mitos negativos que fueron improvisados como trasfondo en el levantamiento del mito del leninismo, han sido el trotskismo y el luxemburguismo los que han ocupado el sitio privilegiado.

Al trotskismo le tocó el lugar más amplio y más expuesto: más concreto y más práctico. Era un mito de alcance particular, referido directamente a la historia de la Revolución Rusa —la que debía ser siempre el antecedente afirmativo del ultimo acierto histórico del jefe del Partido y el Estado soviéticos— y que era sentido en carne propia por quienes lo contaban y por quienes lo oían. Era el mito que narraba cómo, a la muerte de Lenin el núcleo de los bolcheviques (léase Stalin) solo pudo continuar el leninismo gracias a la extirpación de Trotsky, el seudo-Lenin, y la derrota de su modo de hacer política.

El luxemburguismo, en cambio, debió ocupar un lugar menos visible, más abstracto y más teórico en el cuerpo mitológico que sustentaba la idea del “socialismo en un solo país”. Era, no obstante, un lugar de mayor jerarquía negativa: ayudaba a definir por contraposición la esencia misma del “leninismo” como teoría revolucionaria en general, como “la única versión genuina del marxismo en el siglo xx”.

Los rasgos más frecuentemente usados en la composición del aspecto propiamente negativo o luxemburguista de Rosa Luxemburgo tienen relación con los siguientes tres elementos centrales de la política comunista:

  1. La determinación del tipo de revolución que exige la situación histórica de tránsito a la sociedad comunista; del grado en que se combinan en ella la necesidad objetiva del desarrollo capitalista y la voluntad del factor subjetivo, la clase proletaria;
  2. La definición del tipo de relación que debe existir entre la clase obrera, con sus instituciones gremiales, y su organización política revolucionaria; la definición, por tanto, de las funciones y la estructura de esta organización;
  3. El reconocimiento de otras luchas políticas verdaderamente coincidentes con la lucha revolucionaria del proletariado: luchas por reivindicaciones nacionales y por intereses campesinos, especialmente.

Rasgos “luxemburguistas” quiere decir “errores”. Tres tipos de errores serían los que habría cometido la Rosa “luxemburguista” en el planteamiento y la solución de estos tres conjuntos de cuestiones.

En primer lugar, el mecanicismo (fatalismo o “hegelianismo”) catastrofista. Las teorías económicas de Rosa llevarían al absurdo de prever un momento final de asfixia en el desarrollo del sistema capitalista (cuando se hayan agotado los territorios no capitalistas para su expansión en él, planeta). El orden socialista resultaría así automáticamente de la crisis final o hundimiento del capitalismo: una ley natural o una necesidad trascendente se impondría de todas maneras, sea mayor o menor la iniciativa revolucionaria de la clase obrera. La existencia misma del movimiento comunista, de sus luchas y sus triunfos, quedaría, en última instancia, calificada de superflua.

En segundo lugar, el espontaneismo. Rosa habría exaltado hasta el endiosamiento la capacidad revolucionaria espontánea o no provocada de las masas proletarias indiferenciadas de emprender y llevar a cabo la revolución comunista, en el momento marcado por la necesidad histórica y con aparatos organizativos creados ad hoc. Se habría cerrado así la vía para la comprensión de las funciones específicas que le corresponden al partido revolucionario como organización permanente y de vanguardia del proletariado, sin la cual el instinto revolucionario de este permanece en potencia o bien se desvía, se pierde y falla su objetivo.

Muestras de este error serían:

  • El descuido de la problemática acerca de la constitución orgánica del partido (y por tanto la incomprensión de la importancia de la división entre bolcheviques y mencheviques en el Partido Socialdemócrata de Rusia);
  • El exceso de respeto frente a la autonomía de los sindicatos en su relación con el partido;
  • La tardanza en la construcción de una organización propia para la corriente revolucionaria del Partido Socialdemócrata Alemán;
  • El desinterés en la preparación de la insurrección espartaquista de Berlín en 1919;
  • La incomprensión del peculiar tipo de dictadura del proletariado que los bolcheviques instituyeron después de la Revolución de Octubre.

En tercer lugar, el esquematismo o abstraccionismo obrerista. Rosa se habría atenido a un modelo purista del desarrollo del capitalismo y de las relaciones de clase e internacionales que el impone. Por esta razón, al tratarse de la interpretación de la situación concreta, la presencia en la realidad de ciertos conflictos diferentes del que existe entre obreros y capitalistas —conflictos entre naciones o minorías nacionales y Estados imperialistas, entre campesinos pre capitalistas y economías nacionales capitalistas no podría ser percibida por Rosa. En consecuencia, su política seria necesariamente pobre y unilateral.

De estos tres “errores” —cuyo contenido ha sido inventado a partir de deformaciones e incluso inversiones de ciertos datos reales de la práctica y la teoría de Rosa—, el segundo, el “espontaneismo”, sin ser el más decisivo lógicamente, ha sido el que con mayor insistencia y amplitud ha perfilado la imagen del “luxemburguismo” o lado negativo de Rosa Luxemburgo como figura mítica negativa.
Bastaría destacar, en toda la extensión de la obra de Rosa, junto a la rica serie de pasajes centrales en los que ella expone la necesidad que la clase proletaria tiene de una organización política centralizada y permanente como condición indispensable del buen éxito de su lucha revolucionaria, otra serie de afirmaciones, igualmente centrales y frecuentes, sobre la responsabilidad revolucionaria que debe reconocerse a las instituciones y los dirigentes políticos proletarios, para demostrar sin lugar a duda que en Rosa Luxemburgo no existe tal fe ciega —y cómoda— en un desenvolvimiento automático del proceso revolucionario.

Por otra parte, bastaría recordar la tradición y el medio político socialista en los que actuaba; hablaba y escribía Rosa —que privilegiaban sin compensaciones la importancia del aparato organizativo y de las decisiones en su cúspide— para explicar el hecho de que, en su necesario “torcer en sentido inverso la vara torcida, a fin de enderezarla” (Lenin), hubiera insistido mucho más en las capacidades revolucionarias de las masas que en las virtudes revolucionarias de los comités centrales de sus partidos. Es posible, en efecto, destruir la imagen caricaturesca de una Rosa adoradora de la creatividad del caos: dejar firmemente asentado que la actividad revolucionaria de las masas proletarias es para ella un fenómeno conscientemente provocado (no “espontáneo” en la acepción de “automático”) y que ese provocar consciente es la función especifica del partido comunista. Pero ello no es suficiente para escapar a la mitología de una Rosa “luxemburguista” en cuestiones de organización; se llega, a lo mucho, a reconstruir una figura que no es tan “espontaneísta” (anti-leninista) como se cree, y cuya innegable porción de “espontaneismo” representa por otro lado una complementaria y saludable (casi leninista) acentuación de la importancia que tiene el instinto revolucionario de las masas al ser conducidas por el partido.

Lo que el mito del “espontaneismo luxemburguista” afirma es propiamente esto: la concepción que Rosa Luxemburgo tiene de las relaciones entre la clase proletaria y el partido comunista es en sí absurda; para volverla comprensible es necesario traducirla a los términos de la concepción leninista, según la cual toda acción revolucionaria efectiva se compone, en una combinación armónica, de un movimiento espontáneo e inconsciente de las masas, por un lado, y de una dirección estimuladora y consciente proveniente del partido, por otro. Traducida a estos términos —que serían los únicos racionales y “marxistas”— la concepción de Rosa Luxemburgo resulta necesariamente “espontaneísta” porque adjudica a las masas en mayor o menor medida lo que solo puede ser función del partido: la conciencia y la dirección.
Para romper —y no solo debilitar— el mito de Rosa Luxemburgo “espontaneísta” se debe comenzar por rechazar la necesidad de esa traducción; por afirmar que la concepción luxemburguiana de la relación clase—partido se sostiene por sí sola: que no es absurda sino diferente de la que se presenta a sí misma como paradigma, que no es más errónea respecto de esta que lo que esta puede ser respecto de ella.

El concepto luxemburguiano de la espontaneidad de las masas proletarias —que solo es una ampliación sistemática del concepto de subjetividad [Subjektcharakter] o auto actividad [Selbsttaetigkeit] de la clase obrera, uno de los conceptos claves del discurso comunista de Marx— no pone el acento en el problema, en alguna medida superfluo, de la repartición de las distintas funciones revolucionarias entre las masas y la dirección en un episodio histórico concreto. Seria este un problema derivado, pues un proceso más determinante relativiza fuertemente toda adjudicación de ciertas funciones precisas a uno y a otro de estos dos protagonistas: la visión certera y la iniciativa, que parecen facultades propias de la dirección, pueden a veces encontrarse no en ella sino en las masas; a la inversa, el impulso y la perseverancia, virtudes que suelen atribuirse a las masas, pueden faltar en ellas pero estar en la dirección. El problema esencial para Rosa Luxemburgo es el de establecer la ley o el principio que rige el proceso de repartición y de permutación de funciones entre las masas proletarias y sus instrumentos organizativos y de vanguardia.

La afirmación luxemburguiana de la espontaneidad revolucionaria de las masas proletarias no se agota en un juicio acerca de la capacidad de estas de llevar a cabo una acción revolucionaria sin haber sido motivadas o provocadas, encauzadas o dirigidas por líderes o grupos especiales. Esta espontaneidad coyuntural, cuya existencia puede comprobarse en la historia seria para Rosa Luxemburgo solo una de las dos manifestaciones esenciales complementarias —la otra seria precisamente la organización comunista— de una espontaneidad revolucionaria más profunda y permanente.

La compleja teoría luxemburguiana de la espontaneidad, que sustenta todas sus consideraciones acerca de la relación entre la clase proletaria y el partido comunista, tiene su origen en una idea constantemente repetida por Marx bajo las más variadas formas y cuya versión mas concisa se encuentra en la tercera Tesis ad Feuerbach. ¿En virtud de la posesión de que ciencia pueden saber los transformadores de los hombres y de las circunstancias en qué dirección debe acontecer esa transformación? Esta es la pregunta que subyace en el texto de Marx. Y la respuesta es: En virtud de una ciencia en la que solo pudieron ser educados por esa misma transformación del mundo, en tanto que proceso que los rebasa y que se realiza mediante ellos. La transformación del mundo o “praxis revolucionaria” se constituye, por lo tanto, como “…coincidencia del cambio de las circunstancias con el cambio de la actividad humana o auto transformación”.

Para Rosa Luxemburgo, la espontaneidad de las masas es propiamente la espontaneidad o auto-actividad de esta “praxis revolucionaria”. Se trata de espontaneidad y no de automatismo porque ella es la característica de un proceso objetivamente necesario que está siendo interiorizado por un sujeto, por la clase social que hace de el una empresa suya propia. La revolución comunista, como actividad masiva de la clase proletaria, es espontánea; y esta espontaneidad de la clase es la que se efectiva mediante una “dialéctica” o un proceso de interacción permanente entre esta clase, en su estado orgánica elemental, y un destacamento suyo de vanguardia que la motiva y dirige en sus acciones, la perfecciona en su conciencia y organización, adaptándose constantemente a los cambios de estas necesidades.

La relación clase-partido no es, pues, una relación de exterioridad, como la que presupone la concepción llamada “leninista”, sino una relación entre la totalidad de la clase proletaria, en un cierto grado de madurez revolucionaria, y aquella parte especial suya que le posibilita el tránsito a una nueva figura de sí misma, perfeccionada. La clase proletaria, por, su especificidad histórica, no puede existir realmente sin desdoblarse, sin una dinámica interna entre masas y partido.

Por esta razón, para Rosa Luxemburgo, el partido comunista tiene principalmente una función de “formación” político-práctica de la clase proletaria; función formadora de ese “educador” que, según Marx, está siendo “educado”. En la historia concreta de una lucha de clases, cada episodio de esta es un momento formativo dentro de un proceso circular o en ascenso espiral. El partido, al hacer —con su labor de organización y dirección— que las masas aprendan o se perfeccionen políticamente en la transformación de las “circunstancias”, se somete también a ese vuelco ascendente y se deja transformar por la transformación de las circunstancias.

La de Rosa Luxemburgo es, pues, una teoría de la revolución comunista que ubica en el centro la espontaneidad revolucionaria de la clase proletaria y su realización mediante la interacción dialéctica entre masas y partidos. Es así una teoría que privilegia la espontaneidad sin ser “espontaneísta”: no porque sea también, en igual medida, “dirigista”, sino porque se halla en un plazo que supera el de la oposición entre “espontaneismo” y “dirigismo”.

Los otros dos componentes principales del luxemburguismo —lado “oscuro” de la imagen mítico-negativa de Rosa Luxemburgo—, el “mecanicismo catastrofista” y el “esquematismo obrerista” se hallan directamente supeditadas a la central, que es el “espontaneismo”. Son mitificaciones construidas, al igual que esta, mediante la traducción —necesariamente deformadora— de lo que es problematizado por Rosa en el piano altamente complejo de la ciencia critico-revolucionaria del marxismo a los términos de un conjunto de afirmaciones dirigidas elemental y desesperadamente a la apología del detenimiento de una revolución.

Lo que en Rosa Luxemburgo es exploración del contorno (no solo geográfico) de realidades no capitalistas, que el capitalismo necesita para sobrevivir, reproducirse y ampliarse; de las posibilidades que hay de que esas realidades se agoten (aunque después de la crisis provocada por su agotamiento sean reconstruidas o remplazadas) y del modo como la existencia y la escasez de ese médium no capitalista determina la vida económica y el comportamiento político de la burguesía imperialista; toda esta investigación científica marxista de las condiciones en que el proletariado debe construir su estrategia revolucionaria es convertida, dentro de la mitología sustentadora de la ideología del “socialismo en un solo país”, en un intento insensato de demostrar que el capitalismo tiene sus días contados, que en cuanto termine de extenderse por todo el globo, fenecerá por falta de “espacio vital”. Lo que en Rosa Luxemburgo es búsqueda para la estrategia proletaria de aliados de clase cuyos intereses históricos no sean directamente integrables por la burguesía imperialista —como lo son los intereses de “independencia nacional” de las burguesías nativas o de los países ya integrados en el funcionamiento imperialista del capitalismo— es convertida en “Ceguera ante las legítimas reivindicaciones de fuerzas sociales (clases, naciones) no proletarias”.

Una Rosa Luxemburgo de perfiles propios, no de los leninistas—Iuxemburguista que le adjudicaron, se encuentra en la obra que ella dejó: en el ejemplo de su acción histórica, en los textos de sus discursos, sus propuestas en el partido, sus artículos polémicos o explicativos, sus libros científicos y su correspondencia. Pero llegar a ella requiere aproximarse.

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Bolívar Vinicio Echeverría Andrade

Filósofo, escritor e investigador (1941-2010). Entre 1962 y 1966 cursó estudios en filosofía en la Freie Universität Berlin. En 1968 se trasladó a México en donde realizó una licenciatura en Filosofía (1974), una maestría en Economía (1991) y un doctorado en Filosofía (1995) en la Universidad Nacional Autónoma de México.

A partir de 1968, tradujo y editó libros para la industria editorial mexicana (Siglo XXI, FCE, ERA, El Equilibrista, Itaca). También participó en la preparación y edición de diferentes revistas culturales: Pucuna (Quito, 1961-1964), Latinoamérica (Berlín, 1962-1967), Cuadernos Políticos (México, 1974-1989), Palos de la crítica (México, 1980-1981), Economía Política (México, 1976-1985), Ensayos (México, 1980-1988), Theoría (México, desde 1991) y Contrahistorias. La otro mirada de Clío (México, desde 2003).

Desde 1988 fue profesor titular de tiempo completo de la Facultad de Filosofía y Letras, en la Licenciatura y el Posgrado, de la UNAM. Hasta el día de su muerte, coordinó el Seminario Universitario “La modernidad: versiones y dimensiones,” en la UNAM.