Pasado, síntoma y memoria

Freud a partir de Marx

Carlos Caranci Sáez
Publicado en enero 2019 en La Migraña 29
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1. Fantasmas

En 1979, el suizo Joshua Sholomo hizo pública una supuesta correspondencia, fechada en 1882, entre un anciano Karl Marx en el exilio y un joven Sigmund Freud desde Viena. Sobre la autenticidad de las cartas pesan serias dudas, la de Freud no existe y el original de la de Marx se ha perdido, por lo que suelen ser descartadas del canon. ¿Qué nos puede interesar de esta oscura particularidad histórica? Propongo tomarla como pretexto formal para intentar un diálogo Marx-Freud que se centre no en lo perdido/reprimido del pasado (las pruebas de la originalidad de dicho intercambio) sino en lo que permite ganar en el presente. En efecto, el psicoanálisis plantea lo que no está solo a partir del trabajo con lo que sí está, lo material y manifiesto, lo superficial, que bordea lo ausente y permite no recuperarlo, sino emplearlo como ocasión para construir contenidos de verdad.

Pero trabajar sobre lo ausente, sobre lo no-verdadero, no es sino narrar una historia de fantasmas. Un fantasma, eso sí, entendido desde la clínica como la instancia estructurante de la realidad del sujeto, aquello que articula su manera de relacionarse con la textura simbólica que lo acoge: el lenguaje, el orden legal, cultural y social que le preexiste y le es externo. Es un compuesto imaginario que se aparece en la vestidura de un pasado significativo (o un collage de pasados) y que siempre es el cumplimiento figurado de un deseo de origen, a saber, imagina las causas de porqué el sujeto soporta esa su identidad y le permite objetivar la alienación fundamental que esto comporta.

Estudiando los casos de histéricas en sus primeros años, Freud descubre que lo que hay tras de los síntomas de sus pacientes, la “ensambladura de la neurosis”, son fantasmas (Freud, 1905: 267). Un síntoma es algo desconcertante, desconectado del contexto del sujeto, incongruente, cuyas causas permanecen invisibles, lo que levanta la sospecha de la existencia de un episodio determinante ocurrido en el pasado y hoy desconocido: el trauma (Freud, 1896: 193). El síntoma histérico gesticularía, sin saberlo la enferma, es una “constelación psíquica” (Freud, 1893-95: 400) de formaciones de deseos inconscientes, que plantearían una resolución distinta de la que se dio en el pasado. Pero Freud descubre que esos contenidos, en vez de corresponder a una pérdida o frustración real en la vida del individuo, pueden, en cambio, ser meras invenciones en las que lo importante es su capacidad para acoger y satisfacer en ellas el impulso deseante (Freud, 1889: 306-309), o la moción de descarga, la pulsión. El analista se pregunta: ¿qué debo hacer ante este muro enigmático, si no hay ningún contenido al que reconstruir?

Para responder acudo a Marx y a su paradigmático análisis del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, El 18 Brumario de Luís Bonaparte. Un golpe que fue percibido en su momento como “un rayo que cayese de un cielo sereno” (Marx, 1852: 5), pero que Marx, explicando los procesos previos, las luchas políticas y las dinámicas económicas, demuestra cómo venía proyectando su sombra mucho antes de que ocurriera, así como se colorea con lentitud un daguerrotipo iluminado (Ibíd.: 95-96). Propongo quedarnos con este fenómeno superficial, este fantasma que se manifiesta en un haz de luz y que adopta el aspecto de una figura de pasado: la de Napoleón Bonaparte, que aún inspiraba la fe milagrosa del pueblo (Ibíd.: 102), y cuya efectividad retórica, así como la de los acontecimientos ocurridos entre 1789 y 1804, se debía a que aludía, a su vez, al espíritu de la Roma republicana: los títulos, los códigos, las iconografías, los cuadros de David, la moda Imperio.

Para entender esto sugiero distinguir, en lo que sigue, tres fantasmas, como los que visitaron a Scrooge en Navidad: el espectro de las revoluciones pasadas, el fantasma de las revoluciones actuales, y el espíritu de las revoluciones futuras.

2. Revoluciones pasadas

El de las revoluciones pasadas es el fantasma de Napoleón le grand, que en 1848 se le aparece al campesinado en la persona del sobrino Luís Napoleón, trayendo consigo la esperanza de que retornará un tiempo que fue mejor, que liberó al campesinado de su condición de semiservidumbre feudal y que, bajo el estandarte de la patria, le hizo propietario de su parcela. Una parcela que, ahora, a causa de la usura y los impuestos, conllevaba un progresivo endeudamiento, así como un empeoramiento de las condiciones de producción, precisamente, por la división de la tierra.
Es célebre el modo en el que Marx expone cómo los campesinos parcelarios, si bien componían la gran masa de la nación y sus individuos compartían los mismos intereses y modos de vida, no se organizaban en una fuerza social políticamente distinta (Marx, 1852: 107). Y aunque encuentran el reflejo político de su existencia económica en el fantasma Bonaparte, a quien votan como su representante el 10 de diciembre, en verdad era este un candidato que defendía los intereses de la burguesía, la industria y la aristocracia financiera.

Esto se puede leer, desde el psicoanálisis, como que el campesinado parcelario tapa su ausencia política en ese periodo con el fantasma neurótico de una época muerta, que le ata a un lecho de bienestar imaginario en el pasado y no lo enfrenta a su porvenir, el cual pasaba por unir sus impulsos al proletariado urbano. La imagen de “Napoleón” representa al campesino conservador, aquel que quiere salvar sus condiciones de vida y su parcela bajo la protección del “espectro del Imperio”, y no a aquel que quiere cambiar radicalmente sus condiciones de vida (Ibíd.: 108).

3. Revoluciones actuales

El segundo fantasma adopta el aspecto de la República Romana y se le aparece, en el momento de la “tragedia” de 1789, a la burguesía, que lo emplea de un modo perverso: por un lado, le permite articular plásticamente el momento crítico del impulso combativo; es un ideal hábil para encarnar el ímpetu de la lucha revolucionaria.

Pero por otro, esta imagen, que debería reunir a fuerzas heterogéneas contra el mismo enemigo (feudalismo, clero, corona), es útil a quienes movieron el cambio “para ocultarse a sí mismos el contenido burguesmente limitado de sus luchas”, y poder así “mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica” (Marx, 1852: 11). La burguesía coloca sus condiciones de vida privadas, domésticas, como condiciones de vida de su clase, positivándolas en un antagonismo respecto a las anteriores formas de vida feudales: esta lucha diferencial, entre clases, entre modos de producción, se construye imaginariamente de tal modo que sea percibida por el resto de la sociedad como aquella por la emancipación general, presentando “su interés como universal” (Marx, Engels: 1846, 95). Es esta una “revolución solo política, parcial”, que aparenta liberar a toda la sociedad pero solo involucra a la parte de ella que comparta su situación de clase (Marx, 1844b). Es una fantasía que, a pesar de que la burguesía reconoce implícitamente que la unión con el ideal republicano romano es una falacia, le permite continuar perversamente como si no lo supiera.

Pero en la “farsa” de 1848, el fantasma republicano se vuelve en su contra. Todas las herramientas esgrimidas contra el feudalismo –libertades civiles, sufragio universal– amenazan ahora a su dominación de clase, pues le allanan al proletariado y a otras clases explotadas el ingreso en las instituciones. El poder político de la burguesía, con el fin de preservar sus intereses económicos, se debilita en favor de un ejecutivo, Bonaparte, al que debe ceder cada vez más libertades y gobierno, y que es cada vez más autónomo y autoritario cuanto más pujan las reclamaciones de las clases de abajo. La necesaria y proverbial distancia entre el Estado como bien común y los intereses privados de la sociedad civil es falsa, y en verdad se trata de la forma política que asegura los intereses privados burgueses entre sí, con la condición de mantener el desajuste fundamental que garantiza la marcha del entero sistema, a saber, la propiedad privada, el agujero siempre abierto del proletariado. En la lucha, marchan juntos contra el enemigo común; en el post-evento, la presencia proletaria, que amenaza la propiedad y los negocios burgueses, debe ser negada.

4. Revoluciones futuras

Del tercer y último fantasma, el Gespenst que aún no se ha materializado, se puede saber solo aceptando que la aparición de Bonaparte (en tanto que es la confluencia de los procesos internos con las formas específicas de la lucha política, que sobredeterminan y se condensan en esa coyuntura histórica, como diría Poulantzas) era lo único que podía haber ocurrido, era algo inevitable, porque está clausurando otras posibilidades hipotéticas. Esto se plantea varias veces en El 18 Brumario: las ocasiones perdidas por el proletariado para haberse podido adueñar de la situación, a menudo frenadas por la socialdemocracia, son lo que le abren la puerta, el 10 de diciembre, a Bonaparte.

De una revolución fallida se dirá que las condiciones no eran idóneas; o si ha ocurrido ya, se podrá sostener que era inevitable. Pero solo cuando ya ha irrumpido es cuando se pueden desplegar las circunstancias que la han hecho posible. O como dice Žižek, solo cuando tal cosa acontece, es posible “ver” que era posible (Žižek, 2008: 186). Lo no acontecido es solo un momento de lo que sí acontece, así como lo inconsciente es un momento de la consciencia: la ocasión efectivamente dada pone un estrato de posibilidad que emerge a posteriori como el tiempo incalculable de las posibilidades no dadas. El análisis empieza cuando se plantea la pregunta de por qué ha emergido el fantasma de Napoleón, qué podría haberse dado en su lugar, qué se ha perdido para que haya sido así, etc. Dicho aún de otro modo, las posibilidades fallidas aportan la materia prima para plantear las ocasiones por darse, que son las potenciales intervenciones en el futuro.

Eso ocurre con el fantasma: no responde ni a la solución causal de un proceso interno –los itinerarios inconscientes se fragmentan, se tergiversan, se superponen o se inventan–, ni a la concatenación de los tiempos, luego solo su aparición permite plantear su necesidad.

5. Cura y revolución

Esto no es sino la incorporación de la fantasía, algo clave en la cura analítica: consiste en superar la creencia en que las imágenes que gestionan el hiato entre el individuo y el tejido institucional y cultural poseen efectivamente garantía de certeza; es asumir que las imágenes fantasmales no explican cuál es el verdadero lugar y el rol del sujeto en el orden instituido, o su verdadera expresión política. Por el contrario, el fantasma que se pone en marcha en cada momento traumático –la coyuntura histórica, el acontecimiento sintomático– no hace sino encarnar el propio vacío traumático alrededor del cual se organiza el lugar del sujeto en el orden social y legal que le preexiste: el fantasma da contingentemente forma a una ausencia fundamental.

Superar el fantasma significa enfrentar al sujeto con la construcción de las condiciones de posibilidad de su constitución deseante, esta vez, sin depender del peso de la tradición sino construyéndose sus propios fundamentos. Así, el fantasma en análisis abre un tiempo nuevo, el momento cero, el horizonte trascendental para la construcción de verdad, historia y deseo. Para Marx ese agujero, ese punto cero, lo hemos visto ya, es el proletariado, no solo como clase explotada, sino como la clase que “no cuenta como clase”, que no puede imponer ningún antagonismo contingente ni “ningún interés particular de clase contra la clase dominante”, porque las condiciones materiales y objetivas de su estar en el mundo no son sino las condiciones de existencia de la entera sociedad (Marx, Engels, 1846, 100, 120-121). Un agujero, que garantiza el sistema y es, a la vez, el principio de su derrumbe.

La resolución del fantasma pasa por el trabajo: en Marx, como la actividad propia del individuo mediante la cual se construye sus condiciones de vida, transforma su consciencia, etc., que no es el modo en el que se apropia de la naturaleza, sino en el que la hace posible dentro del espacio concreto de una práctica histórica. Trabajo, en Freud, como el que debe emprender el paciente en la transferencia analítica para afrontar la construcción de sus condiciones de subjetividad, asumiendo la ausencia de un sustrato que le asegure el sentido último de la misma. Trabajo, por fin, revolucionario, que entiende el antagonismo no como uno coyuntural, por suturar, entre dos épocas, dos particularidades de clase, o dos modos de producción, como hizo la burguesía con su fantasma en 1789, sino como uno sistémico al que esas construcciones históricas no hacen sino bordear. Solo así cada coyuntura será la ocasión única e irrepetible a la que aprovechar para comprometer la propia base de la relación entre las fuerzas de producción y la forma de las relaciones, la institución familia, la estructura sexual y el universo simbólico que las acogen.

Finalmente, Marx, lo dice de forma inmejorable: la “resurrección de los muertos” debía servir “para glorificar nuevas luchas”, “para encontrar de nuevo el espíritu de la revolución, y no para hacer vagar otra vez a su espectro” (Marx, 1852: 12). Parecería que Freud, enfrentado al enigma de la superficie sintomática de sus pacientes, escuchara a Marx diciéndole: ¡Hasta ahora no has hecho más que interpretar los sueños y las fantasías de tus pacientes, joven doctor, pero de lo que se trata es de transformar sus deseos!

Bibliografía

  • Breuer, J. y Freud, Sigmund (1893-95) “Estudios sobre la histeria”, en Freud, S. Obras completas Sigmund Freud, vol. II, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992.
  • Freud, Sigmund (1896) “La etiología de la histeria”, en Freud, S. Obras completas Sigmund Freud, vol. III, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1991.
  • Freud, Sigmund (1889) “Sobre los recuerdos encubridores”, en Freud, S. Obras completas Sigmund Freud, vol. III, cit.
  • Freud, Sigmund (1905) “Mis tesis sobre el papel de la sexualidad en la etiología de las neurosis”, en Freud, S. Obras completas Sigmund Freud, vol. IX, Amorrortu editores, Buenos Aires, 1992.
  • Marx, Karl (1852) El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Fundación Federico Engels, Madrid, 2003.
  • Marx, Karl y Engels, Friedrich (1846) L’ideologia tedesca. Editori Riuniti, Roma, 2018.
  • Marx, Karl (1844b) Introducción para la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel. En www.marxists.org/espanol/m-e/1844/intro-hegel.htm.
  • Poulantzas, Nicos (1968) Poder político y clases sociales en el estado capitalista. Siglo Veintiuno, México, 1988.
  • Žižek, Slavoj (2008) En defensa de causas perdidas. Akal, Madrid, 2016.

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Carlos Caranci Sáez

Licenciado en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), actualmente escribe la tesis en la Faculta de Filosofía de la UCM sobre estética y psicoanálisis. Ha publicado en revistas como Trasdós (MAS), Anales de la historia del arte (UCM) y ha participado en libros colectivos como Autonomía y valor del arte (Editorial Comares).


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