Geopolítica de la Paz y estudios de frontera1

María Dolores Lois Barrio
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 22
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Este texto es básicamente una colección de inquietudes, con apenas ninguna certeza. Trabajar sobre fronteras desde hace unos 10 años acentúa el mal de la incertidumbre intelectual, aunque, al mismo tiempo, hace cada vez más necesarias ciertas reflexiones. Mismas que en realidad, podrían resumirse en una: en la necesidad de formular un espacio de enunciación para las geografías por la paz dentro de los llamados Estudios de Frontera, de las investigaciones sobre Fronteras, de los llamados Border Studies.

Haré este ejercicio a través de dos conversaciones2; esto es, propondré dos intercambios con los Estudios de Frontera. Uno en torno a las miradas regionales y su presencia en la construcción de la investigación sobre Fronteras, y un segundo en torno a uno de los conceptos esenciales de la geografía, el de escala. Intentaré abrir esos dos momentos de diálogo y proponer líneas de fuga donde localizar posibles líneas de trabajo, desde la inevitable mirada cruzada entre Europa y América Latina.
Una cuestión que sin duda ha animado esta reflexión fue un seminario impartido hace unas semanas en la UPEA, la Universidad Pública de El Alto (Bolivia), sobre Geografía Política y Geopolítica, donde pasé buena parte del tiempo exponiendo la visión crítica y las múltiples posibilidades de ambas subdisciplinas, formuladas desde los años 90 como elementos clave de una reconstrucción de las miradas críticas en Ciencias Sociales. Sin embargo, al final de la presentación, uno de los docentes asistentes manifestaba que “esa geopolítica nos ha hecho mucho daño”. De forma amplia, taxativa y en todas las posibles acepciones del término. Planteaba como, en el contexto boliviano, la Geopolítica seguía presa de su estrecha relación con las dictaduras latinoamericanas y, en general, con el contexto de la Guerra Fría en América Latina y la presencia e intervención de Estados Unidos en la región. En definitiva, este intercambio evidenciaba que, aun teniendo las mejores intenciones, los ejercicios académicos pueden evocar, re-producir, o sugerir imaginarios que sería interesante revisar y cuidar.

Para continuar contexualizando el punto de partida de este trabajo, es importante remarcar que entiendo la paz no como ausencia de conflicto, sino como un proceso, algo ya muy trabajado desde los llamados Estudios de Paz. Pero también entiendo paz como un discurso geopolítico, como práctica discursiva cuyo significado varía contextualmente. Como apuntan Williams y McConell3, los significados y significantes de paz y guerra están definitivamente ligados. En ese mismo trabajo, las autoras proponen como posible labor para las geografías por la paz una deconstrucción de los presupuestos normativos sobre la paz, en términos de explorar su significado como conocimiento situado dentro de diferentes marcos culturales. Si llevamos esto a los Estudios de Fronteras, entiendo como una responsabilidad ética intentar visibilizar las dimensiones emancipatorias de un objeto de estudio obsesivamente ligado al conflicto, a la seguridad, al mantenimiento de un orden y, en definitiva, a la geografía moral del Estado moderno. Precisamente propongo, en la línea de otros muchos autores, conceptualizar la frontera como una formación social en construcción permanente, inevitablemente presa de su propia dialéctica: la de la posible transgresión, la del posible cruce, proceso que la hace efectiva como frontera. En definitiva, aventuro una reflexión en torno a la responsabilidad académica respecto a reificar, reproducir o subvertir los significados, prácticas y espacialidades fronterizas a través de una visibilización de otras prácticas, significados y espacialidades posibles en los Estudios de Frontera. La idea es proyectar un horizonte para las geografías por la paz dentro de esta línea de trabajo; en otras palabras, abrir momentos de encuentro con las posibles dimensiones emancipadoras respecto a la centralidad de la violencia y el conflicto en las investigaciones sobre fronteras.

Una mirada cruzada entre Europa y América Latina podría ser paradigmática para ubicar el desarrollo de esta idea. En octubre de 2012 recibía un mail de una colega argentina, que viajaba a Madrid (España) a presentar su trabajo en un Congreso internacional y pedía orientaciones para entrar en el país. En Buenos Aires (Argentina) se había acercado a la Cancillería a averiguar cuáles eran los requisitos para su viaje. Allí le hicieron una lista interminable, entre ellos, mi visita a la Comisaría; en dicha Comisaría, en Madrid, me requerían para el trámite, entre otras cosas, una carta de invitación firmada ante notario, además de una serie de pruebas fehacientes de situaciones de co-presencia previa respecto a la persona invitada a la que, personalmente, no había visto jamás. Tratando de descifrar los códigos de las prácticas burocráticas de fronterización desplegadas en torno a la entrada en España, el contacto con individuos que habían cruzado esa frontera (básicamente, la diáspora argentina), y en mayor o menor medida familiarizados con esta práctica nos llevó a decidir que una carta de invitación explícita del Congreso, un billete de avión de ida y vuelta y una reserva en un hotel de dos días podría ser una forma de solucionar la cuestión de cruzar la frontera para un viaje de trabajo.

En el aeropuerto de Madrid nadie preguntó nada. Ni a qué venía ni cuándo se iba, ni dónde se quedaba. El viaje se completó sin necesidad de más pruebas documentales que un pasaporte en vigor. La construcción de redes y procesos burocráticos articulada por actores institucionales de ambos Estados se desmantelaba ante la implementación de los agentes de política fronteriza. Al tiempo, se hacía evidente la vinculación entre la construcción de frontera y la capacidad de agencia, esto es, individuos o colectivos, y constelaciones relacionales en general que subvierten, cuestionan, reproducen o construyen esa frontera, en muchos casos, alejados de ella. Esta anécdota redundaría en cuestiones fundamentales para el trabajo sobre fronteras: ¿Dónde está el límite fronterizo en este viaje?, ¿En los agentes de seguridad que trabajan en el aeropuerto de destino?, ¿En la comisaría de un barrio de Madrid?, ¿En el notario que certifica una carta de invitación?, ¿En los funcionarios de la Cancillería del país de origen?, ¿En las narrativas de las personas que desafiaron el ritual oficial en base a su propia práctica y experimentación de la esa frontera? En definitiva, aparecía claramente una pregunta clave: ¿Cómo y para quién se proyecta la fronterización entre ambos Estados? Dicho de forma más elaborada: ¿Dónde está la frontera en los estudios sobre Fronteras?

Los plazos de solicitud de una certificación notarial, la virtualización de la emisión de visas o las narrativas, experiencias y visiones de individuos y colectivos remiten a prácticas de fronterización alejadas del límite fronterizo, y que formarían parte necesariamente de un marco de referencia donde el tiempo y el espacio frontera son elásticos. La frontera se disloca espacialmente (en ordenadores, oficinas policiales, aeropuertos, diásporas en origen, destino y tránsito, oficinas de emisión de visados etc.), y se dilata temporalmente, en un proceso que va mucho más allá de la inmediatez del tiempo de cruce y del espacio de paso del límite fronterizo4.

Asumir todas estas cuestiones para la investigación sobre Fronteras implicaría una imperiosa des-esencialización de la asociación entre el límite fronterizo y las dinámicas de frontera. La inteligibilidad de las dinámicas de fronterización comprendería, entonces, un acercamiento a una constelación relacional y espacial más amplia que la del contexto propiamente fronterizo. Y sabemos que las formas de delimitar el objeto de estudio es uno de los elementos que condiciona la forma de analizarlo.

Desde aquí, entonces, podríamos entablar una primera conversación; justo donde las miradas regionales saturan, en muchas ocasiones, la investigación sobre fronteras. En esas miradas regionales, Europa (y la Unión Europea, surgida precisamente del final de un conflicto bélico) se proyecta como paradigma no sólo de paz sino de geografía para la paz, como un área con ausencia de conflicto interno, espacialmente manifiesta en forma de fronteras internas ligadas al libre tránsito5. En el caso de América Latina, la mirada regional respecto a las fronteras redundaría en dos temas: que las disputas sobre fronteras son numerosas y que evolucionarían fácilmente hacia la guerra6. Ciertamente, en algunas disputas se han producido escaladas de tensión, pero también otras muchas se han solucionado pacíficamente, en mayor o menor medida. En cualquier caso, en ambas regiones nos encontramos con las fronteras que acaparan mayor número de investigaciones académicas: la frontera entre Estados Unidos y México, y la frontera entre España y Marruecos.

En el caso de la hispano-marroquí, la llamada frontera sur de la Unión Europea se ha convertido en uno de los lugares emblemáticos para estudiar dinámicas de frontera, con importante presencia de financiamiento no sólo por parte de la propia Unión Europea sino también, por ejemplo, de la National Science Foundation (NSF), de Estados Unidos. Buena parte de los trabajos académicos más referidos y citados sobre esa frontera la proyectan como lugar de muerte y represión, en base a las consecuencias de la política migratoria de la Unión Europea en sus fronteras exteriores.

Estos textos serían ejemplos paradigmáticos de las denominadas ‘fronteras espectaculares’7, es decir, reconstruidas sobre los miles de muertos que han convertido, lamentablemente, el mar Mediterráneo en un cementerio; y, simultáneamente, proyectadas desde unas espacialidades de frontera, especialmente en su tramo de Ceuta y Melilla, representadas en alambradas, centros de internamiento, y saltos de vallas. Esto es, un retrato de la frontera saturado con representaciones normalizadoras de geografías de exclusión, marginalidad y represión disciplinada.

Sin embargo, resulta muy interesante revisar algunos datos respecto a la llamada migración extralegal hacia Europa transmitidos por diversos actores institucionales (Frontex) o por Organizaciones No Gubernamentales (ACCEM) en los que se subraya que la mayoría de entradas irregulares se realiza a través de los aeropuertos, con un visado de turista.

Así, creo importante pensar si aquellos enfoques hegemónicos dentro de los Estudios de Fronteras sobre Europa no estarían también devolviendo la frontera a su conceptualización más clásica, esto es, al límite fronterizo terrestre delimitado y fijo, dispositivo territorial del control de movilidad, regulador del encuentro entre grupos sociales, espacio de llegada, de final, de avalancha, de límite, de geografías pasivas, de periferia. Quizás con las mejores intenciones, y sin dudar de su capacidad de denuncia moral -en el sentido que propone Enrique Dussel, esto es, “por la aplicación a una decisión concreta de los principios vigentes del sistema”8-, esas prácticas académicas, además de acercarse peligrosamente a ciertos discursos xenófobos en los que se racializa la migración irregular, podrían estar reinscribiendo las jerarquías entre la Europa y el resto del mundo. Lo que ocurre en las fronteras de Europa se proyecta finalmente como una cuestión excepcional, por así decirlo, remitiendo a imaginarios históricos de reproducción de miradas encerradas en sí mismas y en sus lógicas de puridad en el encuentro con el Otro9. Lejos, entonces, de una reflexión ética, esto es, que acepta la “capacidad de saber pensar el mundo desde la exterioridad alterativa del otro [… ] que pueda poner en cuestión los principios morales del sistema”10, ciertas perspectivas en los estudios de Frontera podrían, precisamente, reafirmar algunos de esos principios morales. Entiendo, siguiendo a Kramsch y otros, que resulta insuficiente comprender las fronteras en y de Europa sin considerar los frentes de interacción civilizacional y cultural donde se resuelven modernidades compartidas, coproducidas entre Europa y las demás regiones del mundo a través de las que la región se ha significado geo-históricamente (América Latina, pero también África y Asia). También existen prácticas de fronterizaciones complejas y múltiples en México, Estados Unidos, Australia o Sudáfrica. Todos ellos territorios postcoloniales, es decir, ligados a un proceso de definición frente al Otro colonial como sujeto político y con una historia de encuentros y desencuentros con esa modernidad europea. Y no sólo como horizonte teórico: en el contexto más inmediato, las decisiones sobre disputas de fronteras en América Latina tomadas en un tribunal internacional en La Haya, por ejemplo, forman parte de los momentos de sedimentación de encuentros y desencuentros entre las miradas regionales.

Al mismo tiempo, es interesante mencionar como, en los Estudios de Fronteras europeos, escaso espacio encuentran las fronteras internas que separan los Estados que componen la Unión Europea: las llamadas “fronteras aburridas”11, así denominadas en base a su teórica incapacidad de suscitar interés no sólo mediático sino también, y de forma más pertinente a esta conversación, académico. Curiosamente, esa geografía binaria se utilizaba por primera vez para referir la frontera entre Alemania y Holanda, centro de conflictos de frontera y de guerras en Europa en el pasado, pero convertido desde los años 2000 en significante hegemónico del aburrimiento fronterizo. En cualquier caso, en esa lógica, esas fronteras dejan de ser importantes, pasando a ser lugares ligados a una geografía de paz entendida como ausencia de conflicto, ahora exclusivamente localizado en las fronteras externas de la Unión. En esta conversación, mi pregunta sería si ese aburrimiento, ese tedio que las hace poco interesantes, entonces, es equivalente a la ausencia de conflicto, a una forma de entender geografía de la paz en este contexto. Las fronteras sin conflicto, en los estudios de Fronteras, se vuelven aburridas, lo que incidiría, de nuevo, en la asociación entre fronteras, conflicto, violencia, militarización, exclusión, margen.

Una segunda conversación, derivada de esta primera, y que también es una cuestión clave en la geografía política en particular pero en las ciencias sociales en general, sería la posibilidad de ir más allá de la centralidad de la escala estatal, del estadocentrismo, a la hora de construir nuestros objeto de estudio; en este caso, en los acercamientos a las fronteras. En otras palabras, encontrar la forma de escapar de la “trampa territorial”12. El politólogo-antropólogo James Scott ya mostraba las transcripciones ocultas implicadas en las formas de “ver como un Estado”13. Sería interesante impulsar lecturas de las fronteras que intentan ver como una frontera, desde la frontera, considerándola como un principio, como un centro, como una apertura, como un referente con espacialidades diversas. La frontera puede ser un recurso material y simbólico para las poblaciones locales, por ejemplo, que la reinventan, la transgreden, la saturan, o la reproducen en sus vidas diarias, trazando territorialidades variables, complejas e inacabadas en torno a ella. Sólo un pequeño ejercicio de cambio de perspectiva y de localización multiescalar nos permite acercarnos, por ejemplo, a sugerentes trabajos sobre fronteras que, por procesos de cambio político, dejan de ser espectaculares. Es el caso de varias investigaciones sobre Irlanda del Norte, en los que subraya la importancia de la cooperación transfronteriza entre grupos que habitan la frontera en la construcción diaria del proceso de paz14. Cabe mencionar también el trabajo de Kolar Aparna sobre otra gran frontera espectacular, la que separa Estados Unidos y México. Desde el recurso a la geografía de la percepción en Tijuana (México), esta frontera, en los bocetos y mapas de los locales, no es elemento central ni mucho menos conflictivo en la vida cotidiana de sus habitantes. En algunos casos, ni siquiera aparecía. En palabras de la autora, en la lógica de su trabajo, Tijuana se convertía en una frontera aburrida15.

Y precisamente en la frontera aburrida, por excelencia, experiencias como la Universidad Asilo en la Universidad Radboud de Nijmegen, en la frontera entre Holanda y Alemania visibilizan otras posibilidades y horizontes para los Estudios de Frontera. En 2015, esta Universidad-Asilo se construía desde un grupo de profesores y estudiantes que promovían incorporar a la Universidad, y a todos sus espacios, a las personas en demanda de asilo, en proceso de tránsito, de cruce o de llegada, ubicadas en campamentos, colegios o pabellones de deportes localizados tanto en la parte holandesa como en la alemana de la frontera. La eliminación del requisito de la negociación con el dispositivo estatal del estatus de acceso a las condiciones de estancia abría otros espacios y lenguajes de hospitalidad, proyectando lugares de encuentro y sociabilidad en la frontera, precisamente por su condición fronteriza.

Para evitar ser exhaustiva, concluyo con otra localización, la de la frontera entre España y Portugal en tiempos de dictaduras a ambos lados (de los años 1940 hasta años 1970, aproximadamente), cuando se convirtió en un lugar de refugio para las personas en situación de represión y persecución política. Pese a las retóricas oficiales de la época, las relaciones entre ambos lados supusieron una posibilidad de supervivencia en términos materiales y simbólicos, de numerosos grupos sociales. Décadas después, cuando a través de los proyectos de cooperación transfronteriza promovidos por la Unión Europa las comunidades locales se representan a sí mismas en los museos y Centros de Interpretación de esta frontera ahora aburrida, lo hacen como contrabandistas, como transgresoras de esa frontera, alejados de la función defensiva atribuida desde los centros de poder al límite fronterizo y visibilizando otras prácticas, otras geografías, otras historias, que se superponen y trascienden a su delimitación en el mapa16.

Podría seguir conversando desde esta línea de fuga, pero se termina mi tiempo, precisamente a tiempo de subrayar lo interesante e importante de un acercamiento a la capacidad política emancipatoria de la agencia colectiva, a los conocimientos situados, o a la interacción, continuidad y proximidad como elementos posibles de los imaginarios de una geografía por la paz dentro de los estudios de Frontera. Y también a tiempo de plantear la conveniencia de más conferencias temáticas para seguir explorando procesos, significados y prácticas ligadas a geografías por la paz en las fronteras, a prácticas espaciales de paz en la frontera. Y encontrar así elementos para la liberación de la marginalidad, la exclusión y la violencia en el pensamiento y la investigación sobre Fronteras.

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María Dolores Lois Barrio

Doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid (2007), docente e investigadora desde 2001 en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración III (Teorías y Formas Políticas y Geografía Humana). Su investigación y docencia se inscriben en el área de la Geografía Política, la Geopolítica y la Geografía Cultural y en los últimos años, en cuestiones de fronteras, en especial, sobre turismo, patrimonio y políticas de escala en las fronteras interestatales de Europa y América Latina.

Investigadora visitante en el Departamento de Geografía de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), becada por el Education Abroad Program (EAP) de la Universidad Complutense (2000-2001); en el Centro para la Investigación para Humanidades Ramón Piñeiro (Xunta de Galicia), becada por la Xunta de Galicia (2003); en el Departamento de Ciencia Política y de la Administración de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Santiago de Compostela (2004); en la Vicepresidencia de la República de Bolivia (2006); en el Departamento de Geografía de la Universidad de Oulu (Finlandia) (2008 y 2009); en el Niijmegen Center for Border Research (NCBR) de la Universidad de Radboud (Nijmegen, Países Bajos), becada por el Programa Nacional de Movilidad para Jóvenes Doctores “José Castillejo” del ministerio de Educación, Ciencia y Deporte (2013); y en el Instituto de Investigaciones Geográficas de la Universidad Mayor de San Andrés (La Paz, Bolivia, 2017).


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