Desarrollo económico de la amazonía

Geopolítica del “sur global”

Ismael De la Villa Hervas
Publicado en mayo 2018 en La Migraña 26
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Durante las últimas tres décadas, tras la desintegración de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín, parece bastante evidente que el escenario geopolítico, en el que nos encontramos el día de hoy, es drásticamente diferente. Dentro del mundo de la ciencia política y de las relaciones internacionales, existe un cierto consenso en la tesis de que el fin del antagonismo entre los Estados Unidos y la URSS marcó un antes y un después en la escena mundial. La división entre “Primer Mundo”, “Segundo Mundo” y “Tercer Mundo” tuvo una gran capacidad para establecer una representación y cosmovisión de lo global; la explicación de la realidad espacial a través de la dicotomía capitalismo/socialismo se consolidó más que ningún otro marco geopolítico y la concepción del Oeste como el bloque de la libertad, la civilización, los derechos individuales, frente a Oriente como el bloque de “los otros”, asociado a lo desconocido, al totalitarismo, a lo “antioccidental”, como imaginario hegemónico durante la segunda mitad del siglo XX.

Una vez desaparecida la correlación de fuerzas de este periodo, fueron muchos modelos geopolíticos los que surgieron y se propusieron para interpretar los acontecimientos y procesos políticos que tenían lugar en el espacio global. No es el objetivo de este artículo defender ningún tipo de modelo, de los que se han propuesto hasta hoy, ni tampoco formular alguno. Si bien es verdad, que hasta cierto punto, los modelos geopolíticos modernos han podido explicar las relaciones de poder a través de la perspectiva espacial, como herramientas de análisis están bastante limitad0s por distintos motivos; entre algunos de ellos, tal y como apunta O´Tuathail (1996), asumen la posibilidad de poder explicar el mundo como “un todo” interconectado a través de infraestructuras lógicas, apoyándose en la idea de universalidad, como eje central del pensamiento moderno; y además, derivado de este último hecho, los modelos geopolíticos, debido a la ausencia de una problematización de las posiciones desde las cuales eran elaborados, han adquirido un carácter muy etnocentrista, lo cual, como es evidente, limita su utilidad1.

En cualquier caso, esto no quiere decir que haya que echar por tierra todos los modelos geopolíticos, pero sí saber de sus limitaciones y de su importancia, ya que como discursos, entendidos desde la concepción foucaultiana de forma de poder/conocimiento, al fin y al cabo, tienen la capacidad de construir sentido, de definir cuál es la realidad, y por lo tanto, van a establecer una hegemonía política u otra. Ser capaces de determinar y comprender el campo de batalla en el que nos estamos moviendo es fundamental para intervenir y transformar nuestras sociedades.

En esta línea, como ya se ha señalado, han sido muchos y muy diversos los modelos geopolíticos propuestos desde 1991; pero aún así, hay tres ejes, presentes en los principales discursos geopolíticos, asumidos no solo por los académicos, en el espacio de la geopolítica teórica, sino también por los dirigentes de los Estados, en lo que vendría a ser la geopolítica práctica. Estos tres serían:

Un escenario de multipolaridad a nivel internacional. Aunque hubiera desparecido el conflicto entre la URSS y EEUU, no estaría tan claro que este último fuera el principal actor geopolítico. Cabría la posibilidad de estar encaminados hacia un mayor equilibrio, debido a la emergencia de nuevas potencias (China, Brasil, la Unión Europea…)

La globalización habría incidido de manera decisiva a la hora de condicionar cualquier tipo de cambio político en el mundo. No sólo por una cuestión material (modificación de la localización de medios de producción, desplazamientos más fluidos de la fuerza de trabajo, desarrollo de nuevas tecnologías…) sino también simbólica (nuevas identidades, cambios culturales…).

La cuestión medioambiental. Habría dejado de ser una competencia estatal, para adquirir un nuevo status mundial. Todos los sujetos e instituciones políticos a nivel internacional, no sólo los Estados, deberían trabajar para afrontar los desafíos medioambientales.

Sin ningún tipo de duda, en América Latina, han cobrado una gran relevancia dichos ejes, dentro de los discursos geopolíticos más recientes. Ahora bien, uno de los más importantes en el continente para comprender el contexto geopolítico latinoamericano y establecer cuál debe ser la estrategia a marcar para hacer efectivo un horizonte emancipador para los pueblos del sur de América, es el medioambiental.

Sería muy difícil entender cuál es la realidad económica, política y cultural de América Latina, sin tener en cuenta el peso histórico que ha tenido el medio ambiente; más concretamente los recursos naturales y un modelo económico relacionado con su explotación y exportación, desde los inicios de la colonización en el siglo XV, como es el extractivismo. El expolio continuo y sistemático por parte de los estados occidentales (Portugal y lo que a día de hoy es España) durante casi tres siglos y medio a través de un colonialismo formal; y durante siglo y medio a través de un colonialismo informal, por parte de Estados Unidos principalmente, explica que dichas prácticas tengan un peso tal, que por mucho que intenten ser superadas a día de hoy por distintos proyectos políticos del continente, dejarlos atrás no se convierta en una tarea tan sencilla.

El problema de la consolidación de este modelo no ha sido sólo el condenar a los países sudamericanos durante siglos a una limitación total a la hora de disponer de una plena soberanía económica y política para poder tener la opción de decidir entre un tipo de desarrollo u otro, sino también el hecho, de que el extractivismo es todo un conjunto de prácticas y lógicas económicas, de las cuales un Estado no se puede desprender de la noche a la mañana. Al mismo tiempo, que nos encontramos en un contexto en el cual la protección del medio ambiente y la erradicación de todos los fenómenos asociados al cambio climático (deforestaciones, acidificación de ríos y lagos, desertificación, aumento de la temperatura media a nivel global…) escalan posiciones en la agenda de la denominada gobernanza global. La capacidad de hegemonizar la geopolítica por parte de los discursos medioambientalistas, no es nueva, “retorna bajo una variedad de formas”, ahora incluso alentados por instituciones como la ONU y el Banco Mundial2.

Como se ha podido ver, esta tensión es producto de la necesidad de continuar con las lógicas del llamado modelo extractivista, de cara a una cierta acumulación en las administraciones de los Estados, que permita llevar a cabo una redistribución de esta riqueza y la transición hacia un modelo económico y de desarrollo que gane independencia con respecto al sector primario; y por otro lado, del intento de lidiar con este mayor peso del discurso medioambientalista, que genera una ambientalización de la geopolítica3, que no tiene en cuenta el contexto latinoamericano (y de la gran mayoría de regiones del mundo) e intenta distribuir las mismas responsabilidades políticas, a la hora de intervenir en la protección de la naturaleza, entre el “norte” y el “sur global”.

Ante esta encrucijada ¿qué deberían hacer los gobiernos de cambio político que han surgido durante las últimas dos décadas en América Latina?, ¿cabe la posibilidad de disputar un nuevo relato distinto al de la ambientalización de la geopolítica?, ¿debería primar el desarrollo económico o se debería optar por el conservacionismo medioambiental?… Estas, sin duda, son disyuntivas a las que se enfrentan continuamente los gobiernos progresistas del continente y que son claves para el devenir de los proyectos emancipadores que continúan en pie, principalmente en Bolivia, Ecuador y Venezuela. Su análisis se hace más que necesario.

La ambientalización de la geopolítica en el “sur global”: un discurso apolítico como problema político

Una polémica tesis de Slavoj Zizek (de las muchas que le caracterizan) es aquella en la que afirma que la ecología “es el nuevo opio del pueblo, que ha reemplazado la religión”4. Sólo la polémica que genera dentro de la izquierda, ya demuestra que es una cuestión difícil de problematizar, una cuestión sobre la cual no se pudiera polemizar. Bien, esto no es nada más y nada menos que el resultado de un proceso de pospolitización al que se ha visto sometido el medio ambiente. Todo el mundo parece haber alcanzado un consenso en que lo prioritario es abordar los retos climáticos y medio ambientales que están a la vuelta de la esquina, cueste lo que cueste.

Afrontar estos desafíos no es malo, de hecho es más que necesario, no afirmo que no sean reales, nada más lejos de ello, pero bien es cierto que el carácter técnico, prioritario e indiscutible que se le ha otorgado al discurso medioambientalista durante las últimas décadas, ha hecho que desde posiciones críticas y radicales no se pueda abordar en profundidad y buscar estrategias de intervención y politización del problema, alejadas de las posturas de los discursos dominantes, que no van a la raíz del problema.

Si hacemos una retrospectiva sobre esta cuestión, veremos que el inicio de la concienciación de la población, principalmente occidental, sobre el cambio climático, comenzó a partir de los años ochenta, lo cual hizo que se pusieran en marcha las Cumbres Mundiales del Medio Ambiente, produciéndose en 1992 la COP de Río de Janeiro, a partir de la cual fueron impulsados los denominados planes de desarrollo sostenible, por parte de la Comisión para el Desarrollo Sostenible de la ONU, marcando de manera definitiva un “consenso” entorno a la necesidad de una “economía verde” como una solución global para un problema global. Este consenso, lejos de ir a la raíz del problema, se basaba en establecer políticas para la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, la contaminación de mares y océanos y para “garantizar el porvenir de las futuras generaciones”; a la vez que se debía asegurar una conservación de los recursos naturales de la biósfera, de los cuales, causalmente dependen las economías de los países del “sur global”.

El problema de este discurso geopolítico, que espacializa el elemento ambiental al mismo nivel en el “norte” y “sur” global, es el que ya se ha señalado al principio con respecto a los modelos geopolíticos: formula la visión del mundo desde una perspectiva fuertemente etnocentrista. Asumir que los países del norte están al mismo nivel a la hora de afrontar las mismas políticas y el mismo compromiso para intervenir, con respecto a países del sur, supone desdibujar todas las diferencias materiales que existen entre estas dos partes. Que desde posiciones de compromiso con la transformación social, se acepte poner por encima de todo un discurso medioambiental totalmente desproblematizar, como es el caso, lejos de suponer un avance, supone un mantenimiento del statu quo.

Pensar que los países del sur, van a poder continuar adelante con los proyectos de cambio político que están en marcha, sin un desarrollo económico, es totalmente ingenuo y egoísta. Ingenuo porque pensar que es posible continuar con modelos económicos, sin tener importantes fuerzas productivas y poco diversificados, dependientes de la exportación de productos primarios de reducido valor de cambio a un libre mercado dominado por los países del norte; esta dependencia externa puede ser fatal (véase el caso de Venezuela en 2014 tras la decisión de la OPEP de bajar el precio del barril de crudo); y egoísta, porque mientras que en los países del norte ya hemos podido alcanzar este proceso de desarrollo económico, estamos coartando la posibilidad, a través de este discurso, de que los países del sur global tengan la suficiente soberanía económica y política para seguir adelante en sus proyectos de transformación.

El supuesto conservacionismo de los recursos naturales en el “sur” global, propuesto por instituciones supranacionales como la ONU y el Banco Mundial, y alentado en muchas ocasiones por la izquierda occidental, lo único que consigue es aumentar el poder económico de las clases dominantes del centro, mientras que las regiones de las periferias se ven más expoliadas y desposeídas de su soberanía económica5.

¿Asumir en la izquierda que uno de los múltiples retos a los que hay que hacer frente es el de la cuestión ecológica?: Claro. ¿Tener en cuenta que el cambio climático es un problema de grandes dimensiones que requiere una intervención radical? Por supuesto. Pero en ningún momento olvidemos que son cuestiones políticas, despolitizarlas sería el peor error que se podría cometer. Conocer cuáles son los ejes de problemas como el cambio climático, así como sus posibles soluciones, dependen en gran medida de la ciencia; pero no perdamos de vista, que este fenómeno precisamente no tiene un origen natural y espontáneo, tiene toda una serie de responsables detrás, las relaciones de poder están de por medio, es algo político, es necesario huir de todo aquellos discursos que intentan convertirlo en algo puramente técnico y alejado de los antagonismos.

Desde la izquierda, más concretamente en Occidente, se hace más que necesario repensar esta posición. No problematizarla sería equivalente a ser aliados de las élites del norte en vez de los pueblos del sur y de su lucha. Hace falta una visión interseccional que tenga en cuenta la problemática ecológica, pero a la vez no rehuya las profundas diferencias materiales.

Sólo así se podrá tener una visión y una intervención verdaderamente crítica y radical.

El Buen Vivir y el Ecosocialismo:
dos proyectos de emancipación claves en la región de la Amazonía

Dentro de este proceso de ambientalización de la geopolítica global, la Amazonía probablemente ha jugado un papel de “parte por el todo” y se ha convertido en el objeto lacaniano, sobre todo dentro del imaginario occidental. Siempre concebida como un espacio “lejano”, “exótico”, “inhabitado” etc., es central a la hora de entender el mundo “como un todo”, es decir, geopolíticamente. Lo cual hace, que en un contexto de ambientalización, se convierta en un espacio que hay que proteger y conservar a toda costa. El que algunos de esos recursos naturales del territorio puedan ser necesarios, por el momento de cara a mejorar las condiciones materiales de la población, queda en último plano.

Independientemente de que la izquierda europea pueda sumarse a este discurso, por lo ya expuesto, ¿qué razones motivan a las élites de otro espacio del mundo a querer proteger y mantener intacta una región como esta? Probablemente sean muchas, pero todas van en una misma línea: la disputa por el poder espacial de lo que Álvaro García Linera ha denominado élites hacendales-patrimoniales de la Amazonía.

Como apunta el Vicepresidente, estas élites han estado en una continua lucha desde la época colonial, bien intentando expulsar al Estado allí donde sus instituciones tuvieran presencia alguna o bien, posteriormente, a través de las propias instituciones del Estado cuando lo patrimonializaban. Una importante parte de estas élites, ni siquiera tienen origen alguno en los países que integran la Amazonía6.

Detrás de ese falso discurso conservacionista, no está otra cosa que el intento de monopolizar el disfrute, porque quienes visitan las reservas naturales de la Amazonía son de clases altas procedentes de países del norte; y la explotación del territorio de manera ilegal, tal y como se tiene constancia de estas prácticas en una vasta extensión del espacio amazónico controlado, y en mayor medida, lógicamente, en el no controlado por el Estado.
De hecho, en conflictos ecológicos recientes como el del parque del Yasuní en Ecuador o el del TIPNIS en Bolivia, son visibles estos hechos. En este último caso, elementos tales como la presencia de un aeropuerto privado a pocos kilómetros del parque o las pruebas a cerca de la extracción a gran escala de recursos naturales de este espacio, lo demuestran. La presencia del Estado, bien a través de instituciones o de infraestructuras, siempre supone un desplazamiento del control de las élites patrimoniales hacendales.

Probablemente, uno de los mejores aspectos de estas dos décadas de experiencias latinoamericanas, además de las transformaciones materiales y las conquistas sociales, ha sido el inicio en el cambio de la hegemonía cultural y del paradigma, plasmado en el Ecosocialismo en Venezuela y en el Vivir Bien en Bolivia y Ecuador. Lejos de la mitificación que se pueda dar desde la izquierda occidental a la idea de Vivir Bien, malentendiéndola como una especie de búsqueda de retorno a las condiciones materiales de los pueblos indígenas de la etapa precolonial, este supone precisamente un horizonte de compatibilizar las necesidades de producción y las de reproducción. Ser capaces de garantizar su sostenimiento y de su necesidad, pero sin olvidar las necesidades de reproducción para poder alcanzar una comunidad basada en el Vivir Bien. Se trata de tener la posibilidad de alcanzar un desarrollo para garantizar el bienestar colectivo, no replicar el mismo proceso de desarrollo que en occidente, si no adaptado al contexto latinoamericano. Una lógica comunitaria y que no deja atrás el pasado indigenista de simbiosis con la naturaleza, pero sin olvidar que para este bienestar colectivo es fundamental producir para satisfacer las necesidades reproductivas.

A diferencia del llamado Crecimiento Verde, puesto en marcha en Colombia y Perú, siguiendo las recetas de la ONU y la OCDE, que como su nombre indica tiene como objetivo el crecimiento económico, los paradigmas de Bolivia, Ecuador y Venezuela, han conseguido ser los países integrantes de la Amazonía que más han reducido la desigualdad social y la pobreza.

A los gobiernos progresistas de América Latina, todavía les queda un largo camino con muchos obstáculos y disyuntivas. Lo que sí está claro, es que a través de sus experiencias, la izquierda occidental debería reflexionar y extraer toda una serie de lecciones a la hora pensar las luchas medioambientales, económicas y la forma de ver el mundo.

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Ismael De la Villa Hervas

Graduado en Ciencias Políticas por la UNED; realizó una maestría en Liderazgo Democrático y Comunicación Política por la Universidad Complutense de Madrid.

Actualmente cursa estudios de doctorado en el programa de Ciencias Políticas y de la Administración y Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid, en la línea de investigación de Geografía Política. Sus investigaciones se centran en el campo de la geopolítica, el extractivismo y, en general, sobre debates políticos contemporáneos en América Latina, destacando su tesis de maestría titulada Extractivismo, medio ambiente y desarrollo: La ambientalización de la geopolítica en la región de la Amazonía (2000-2017).

Es militante y activista de distintas organizaciones políticas comprometidas con la transformación social y el cambio político, más concretamente, dentro del movimiento estudiantil y la defensa de los derechos de la juventud, participando en el colectivo Jóvenes en Pie. Colabora habitualmente con la revista La Trivial, destacando entre sus aportaciones
“El relato nacional en la izquierda española: no está, ¿se le espera?” (La Trivial, 2016), “El ecologismo occidental: ¿El nuevo ‘opio del pueblo’ en América Latina?” (La Trivial, 2017) o “1917. Y ‘la geopolítica, nunca volvió a ser igual'” (La Trivial, 2017).