Una mirada desde la periferia de Europa

Gramsci y el cambio social contemporáneo

Eduardo Sánchez Iglesias
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 22
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Introducción

El pasado 27 de abril se cumplió el ochenta aniversario de la muerte del pensador y político comunista italiano Antonio Gramsci, cuya conmemoración ha protagonizado importantes seminarios y conferencias en varios países de Europa, América Latina y Estados Unidos.

Las aportaciones gramscianas configuran un punto de inflexión en la elaboración de la teoría marxista y del pensamiento socialista, originalidad que permite a Antonio Gramsci convertirse en uno de los autores de referencia para una parte de los movimientos sociales y de las nuevas generaciones de militantes y activistas, acercamiento que transciende al de los ámbitos políticos y culturales tradicionales de la izquierda y que es especialmente intensa, en los países de la periferia y semiperiferia meridional europea y latinoamericana.
Una de las premisas fundamentales del pensamiento de Antonio Gramsci parte de la necesidad de tomar el ámbito nacional y sus relaciones de fuerza como unidad de observación y de estrategia revolucionaria. Planteamiento que ha influido en la problemática teórica de la política contemporánea, en el marco de los debates surgidos del ciclo de movilizaciones sociales y de las relaciones de fuerza que emergen al calor de esta última década de crisis.

El consenso social que fundamentaba las sociedades europeas se ve cuestionado por la crisis y los efectos de las políticas de recortes sociales, de retrocesos democráticos y de pérdida de soberanía, frente a la que ha surgido una importante movilización social que cuestiona las relaciones sociales de poder determinadas por la ideología dominante. Este potencial transformador choca con la capacidad de respuesta de un capitalismo contemporáneo en reestructuración y a la ofensiva, en el marco de la geopolítica capitalista de la era “de la muerte de la globalización” (García Linera, 2017).

La importancia de Gramsci y su aporte al pensamiento transformador contemporáneo, es abordado desde el desarrollo, como la nueva cuestión meridional, entendida, por un parte, como el papel que presenta la Europa del sur como el eslabón débil de la crisis de la UE; y por otro, como el marco político resultante de las transformaciones sociales que la crisis ha traído a los países meridionales europeos: la irrupción de un nuevo tipo de clase trabajadora y las periferias urbanas como el nuevo marco geográfico del conflicto social.

Condiciones imprescindibles para pensar las nuevas formas de socialismo, perspectiva anticapitalista desde la que se construye el texto.

Gramsci y la idea de socialismo hoy

En la última década se ha sucedido un ciclo de movilizaciones de carácter global, que en el contexto europeo ha sido, y es, especialmente intenso en los países de la periferia meridional, con movimientos como la Geração à Rasca en Portugal, los aganaktismeni en Grecia o el movimiento 15M en España, en un contexto de huelgas y fuertes protestas sociales ante las medidas de austeridad impuestas por la UE. Ciclo de protesta que también ha alcanzado a países del centro capitalista como EE. UU. con el movimiento Occupy Wall Street de New York, o las más recientes protestas juveniles sucedidas en Francia en primavera de 2016, en el marco de la Noit debout o las huelgas contra la Loi Travail.

Es en este contexto de indignación por la crisis donde reaparece el debate de las nuevas formas de socialismo, que a nivel académico ha derivado en el debate de qué se entiende por comunismo hoy, el cual se desarrolla “sobre todo en el campo de la Filosofía y los estudios culturales, más que en el de la ciencias sociales” (Andrade, 2016: 163).

Dicho debate es conocido por la publicación del libro colectivo editado por el filósofo esloveno Slavoj Žižek y publicado bajo el nombre de La Idea del comunismo (2013)1, publicación que recoge el congreso celebrado en la Universidad de Cooper Union de New York entre el 14 y 16 de octubre de 2011. Este congreso fue el colofón a otros dos, uno celebrado en Londres en 2009 y otro en Berlín en 2010, encuentros que abogaron un “nuevo comienzo para el comunismo” y que han tenido continuidad en España en los debates sobre “El comunismo hoy”, cuyo primer acto tuvo lugar ante 1.200 estudiantes y profesores en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) en noviembre de 2016 y que ha continuado en más de diez universidades españolas.
En opinión del profesor Juan Andrade (2016) “lo sorprendente de estos eventos fue la coincidencia de tres hechos. Primero, que situaran en el epígrafe y en el centro del debate, con una voluntad crítica a la par que reivindicativa, la idea y el proyecto político del comunismo. La segunda, que los congresos se hicieran en las grandes capitales del mundo occidental y contaran con varias figuras ya muy destacadas o emergentes en el ámbito del pensamiento. La tercera, que la asistencia se desbordase tanto en cantidad como en entusiasmo” (Andrade, 2016: 163).

Los planteamientos defendidos en dichos congresos cuentan en la figura del filósofo francés Éntienne Balibar (2011) con una de sus referencias. Balibar entiende que en este contexto social e intelectual surgen una serie de líneas de pensamiento muy marcadas en el “nuevo comunismo”, dentro de las que destaca a Slavoj Žižek y Toni Negri, a la que cabría añadir una tercera línea, influida por una visión renovada de la teoría marxista del estado.

Según Balibar, para Žižek, esa “imaginación comunista debe proyectarse en un acto político sublime y decisionista basado en la pérdida del miedo”, voluntad basada en la “dimensión emancipadora de la subjetividad” que lleva al filósofo esloveno a la reivindicación de Lenin. Para Negri, según Balibar, esa idea de comunismo tiene su “anticipación” en el “empuje de las fuerzas productivas que rompen con las formas actuales de propiedad y control, abriendo espacios autónomos de producción cooperativa que anticipan ya la futura sociedad de los comunes” (Balibar, 2011: 34-45), idea básica que extrae de la lectura que el filósofo italiano hace de los Grundrisse de Marx. A estos habría que sumar una tercera línea, influida en especial por el pensamiento de Antonio Gramsci y su innovador análisis dentro de la tradición marxista en torno “a la concepción de la autonomía y la capacidad de maniobra del Estado y distintas instituciones sociales respecto de las estructuras económicas” (Rendueles, 2017: 196). La influencia de las concepciones gramscianas del Estado capitalista influyeron en el posterior desarrollo que hizo Nicos Poulantzas2 y su concepto de Estado como relación social, cuya influencia alcanza a las actuales lecturas renovadas de Gramsci como las del profesor Bob Jessop (2008 y 2015).

A esta concepción del Estado y su novedosa visión del materialismo histórico, habría que añadir la recuperación de la obra de Gramsci, realizada desde el ámbito de los estudios culturales y análisis del discurso. Pero es en la recuperación y actualización del concepto de la cuestión meridional3, dónde el presente texto sitúa aspectos importantes de la influencia gramsciana.

El pensamiento gramsciano y la nueva cuestión meridional

El legado de Antonio Gramsci, como marxista heterodoxo y original, ha sido retomado por movimientos del cambio social en las últimas cuatro décadas, cuya reivindicación es compartida desde posiciones políticas heterogéneas. En este contexto ¿cuál sería el núcleo básico que el pensamiento gramsciano aporta al debate del cambio en la sociedad contemporánea?

Frente a la extendida afirmación de raíz althusseriana de Gramsci como “teórico de las superestructuras”4, la pregunta anterior podría responderse de manera más adecuada desde la concepción de Gramsci como “teórico de la coyuntura” (Portantiero, 1981: 178).

Al dar importancia al análisis de la coyuntura, se entiende cómo a pesar de su obra dispersa y de la heterogénea recepción que de la misma se ha tenido, Gramsci “ofrece una posición teórica muy coherente marcada por el clima social e intelectual del marxismo posterior a la Revolución rusa, en el que la interpretación de la conciencia revolucionaria ocupa un lugar central” (Rendueles, 2017: 22).

Esta reivindicación de la conciencia revolucionaria es propia de la generación de comunistas que rompen, como Gramsci, con el determinismo predominante en el movimiento socialista posterior a la derrota de la Comuna de París de 1871, lo cual le hace confrontar con la actitud determinista, inspirada en la visión “etapista” del marxismo de la II Internacional, que planteaba como prioridad alcanzar la revolución democrática burguesa como etapa previa al socialismo, el cual era visto como un resultado natural de una evolución lineal de la sociedad europea. Frente a la fórmula de Berstein de “el movimiento es todo, el objetivo es nada”, Gramsci, al igual que Lenin o Rosa Luxemburgo, defiende la recuperación de aquella dimensión del socialismo que había sido abandonada por la vieja socialdemocracia: “la dimensión emancipadora de la subjetividad” (Thompson, 1978: 45).

De esta forma, el análisis teórico para Antonio Gramsci se pone al servicio de la acción política concreta que permita captar, en cada momento, el problema central y actuar en consecuencia, algo que él mismo define en términos militares como la necesidad de pasar a la “guerra de posiciones”, como alternativa a la “guerra de movimientos”.

A diferencia de Lenin, Trotsky, la misma Rosa Luxemburgo, o la posterior obra de Mao, Ho Chi Min o del Che Guevara, Gramsci construye el núcleo central de su pensamiento en momentos de derrota, consecuencia de la terminación del ciclo de ofensiva revolucionaria que vivió Europa entre la primera guerra mundial (1914-1918), la Revolución rusa de 1917 y las posteriores derrotas obreras que se suceden en Alemania, Hungría, Polonia e Italia en el periodo 1919-1921.

Existe por tanto una línea de acción principal en cada momento, y esa línea se concreta en los Cuadernos de la Cárcel (1929-1937), con la expresión tomada de Lenin: “Hay que terminar con la idea del asalto para reemplazarla por la del asedio”.

El giro político propuesto por Gramsci adquiere una dimensión estratégica, el cual es producto de una reflexión teórica marcada por la derrota del biennio rosso5 la cual provoca una ruptura que aporta al marxismo, el resultado de su análisis del fascismo y del Estado. Gramsci se pregunta cómo es posible que después de la primera guerra mundial y de la bancarrota del Estado liberal, el resultado no haya sido el triunfo de la revolución y el socialismo, sino la victoria del capitalismo. Esas expectativas de cambio, en cierta forma, eran el resultado esperado del esquema de cambio histórico planteado por Marx, “que otorga al cambio tecnológico económicamente relevante un papel destacado en la transformación social” (Rendueles, 2017: 195), desde el que se podría entender que toda crisis económica conllevaría una crisis política definitiva.
Esta tensión causal entre estructura y superestructura es resuelta por Gramsci desde la investigación histórica concreta, más que en la apelación a una suerte de lógica dialéctica, resultante de la fórmula de entender lo económico como “determinante en última instancia”. De esta forma, junto a la voluntad transformadora de la subjetividad, Gramsci confronta con los postulados economicistas, a través de un “historicismo pronunciado”, resultado de una formación intelectual muy influida por el idealismo (Rendueles, 2017) y el liberalismo de izquierdas de su juventud (Losurdo, 2015).

Este idealismo mitigado6 por su carácter historicista, permite a Gramsci aportar al materialismo histórico una sensibilidad por la dimensión cultural, política, religiosa7 y, en general, superestructurales de la vida social, que permite comprender cómo los países del capitalismo avanzado disponen de recursos sociales para resistir los intentos de asalto frontal. Dicha reflexión conduce a Gramsci a analizar las formas con las que el capitalismo gestiona sus crisis “a través de intervenciones políticas e ideológicas complejas, para las que elabora la concepción de la autonomía del Estado respecto de las estructuras económicas” (Rendueles, 2017: 196).

Con ello el pensador italiano amplía su crítica al economicismo mecanicista, que alcanza un momento destacado en la interpretación que hace del fascismo italiano. Para Gramsci el fascismo no es una anomalía histórica, siendo la concreción y continuación del dominio burgués en Italia iniciado con el Risorgimento8 (Rendueles, 2017). El fascismo es la respuesta reaccionaria con el que las clases dirigentes inician el proceso de reestructuración autoritaria de la sociedad italiana, tras el fracaso del capitalismo en su forma originaria, donde la coerción no es la premisa principal, sino la capacidad de los grupos dominantes para generar consentimiento y persuasión, construyendo la hegemonía que permite liderar a los grupos aliados o subordinados, construyendo la burguesía un bloque dominante a través del discurso nacionalista (Fernández Buey, 1976 y Losurso, 2015).

Condenado a la cárcel por el régimen de Mussolini, los estudios históricos y sus reflexiones teóricas persiguen un claro objetivo político con el que pretende responder a la pregunta ¿Por qué la revolución en Italia ha sido derrotada? Gramsci entiende que la derrota es consecuencia del aislamiento del proletariado del norte, de la falta de apoyo de otros sectores populares, en especial, del campesinado del sur de Italia. El pensador italiano responsabiliza de ello al Partido Socialista Italiano (PSI)9, el cual incurre en una política de corte elitista, que solo contemplaba a la clase obrera industrial y a los países centrales de Europa (como era el norte de Italia), como los únicos protagonistas del cambio político.

Pero Gramsci concluye lo contrario, que el cambio político del momento histórico que le toca vivir solo es posible tomando en cuenta a actores que la tradición socialista tomaba como marginales, como el campesinado, así como el valor antagonista que adquieren los países semiperiféricos como Rusia o coloniales como los asiáticos. En su traducción a las condiciones italianas del momento, Gramsci concluye que el cambio es imposible sin el campesinado y la Italia meridional (la cuestión meridional), realidades desde las que articular un nuevo bloque histórico, desde las que construir la hegemonía política y cultural de las clases subalternas en Italia. Es en este punto, donde el pensamiento gramsciano se nos presenta como sugerente para nuestra coyuntura de cambio contemporáneo.

Al igual que Gramsci y los revolucionarios de su generación cabría preguntarse hoy ¿Cuáles son los actores que irrumpen como condición necesaria para el cambio socialista en las sociedades contemporáneas?

Capitalismo flexible, periferia y nuevo asalariado urbano: las nuevas formas de socialismo

En el marco de la crisis de la segunda globalización (Chesnais, et al., 2002), el cambio político debe ser entendido como una alternativa a la crisis del posfordismo y el neoliberalismo y no como una respuesta a esta crisis (Jesoop, 2015).

La renuncia de Gran Bretaña a continuar en la UE y la elección como presidente de EE UU de Donald Trump, pueden ser interpretadas como la reacción de las clases dominantes del centro capitalista ante las consecuencias no deseadas de la globalización que ellas mismas impulsaron. Tras los reveses políticos propiciados por los movimientos y gobiernos populares en América Latina y las consecuencias de la irrupción de la semiperiferia en el sistema mundo (Esteban Merino 2016), el escenario que se abre en la actualidad parte de la reconfiguración del viejo centro euroatlántico desde un proyecto que parece poner fin a la globalización (García Linera, 2017).

La visión de “largo plazo” con la que Wallerstein propone situar el análisis de la crisis de la globalización (Chesnais, et al., 2002), implica un proceso de cambio tecnológico acelerado que condiciona sustancialmente la expansión de las fuerzas productivas y la forma que adopten las mismas en el futuro, lo que su vez, significa que en situación de crisis los cambios en la división internacional del trabajo se intensifican, y en el contexto de una economía global fuertemente transnacionalizada, se generalizan y acentúan las diferencias internacionales. De este proceso se desprende la doble realidad que los nuevos sujetos de cambio plantean, derivados del papel geopolítico que juega la periferia en el sistema mundo y la aparición del nuevo asalariado urbano.

Desde este punto de vista político, la posibilidad de cambio político pasa por la comprensión de que las trasformaciones en las bases materiales de nuestras sociedades son consecuencia de la formación de un nuevo modelo social y económico marcado por el capitalismo flexible como realidad dominante (Fusaro, 2016). En la Europa meridional de la especialización flexible, sus países pasan a ser la fábrica de bienes de consumo de masas de gamas medias y bajas para el consumidor europeo y las zonas del turismo de masas, que hacen del sur de Europa un “enclave del ocio” al servicio de las zonas ricas de Europa.

Este proceso supone una redistribución geográfica de los centros de trabajo en función de la fase del proceso productivo que realizan, base para la comprensión de una nueva cuestión meridional a escala europea, cuyos efectos segregadores son claves para la comprensión de la crisis de la Europa actual.

Se multiplica así una economía de servicios atrasados a la producción que, escalonadamente, realizan tareas cada vez más descualificadas y que se distribuyen por los grandes corredores industriales de las coronas metropolitanas, o al otro lado de sus fronteras, que configuran la nueva lógica espacial del capitalismo flexible, que convierte a las periferias urbanas en las protagonistas de la nueva geografía del malestar en las sociedades meridionales europeas.
El modelo de paro-precariedad-flexibilidad está en la base de la aparición y consolidación de una nueva clase trabajadora de servicios, con características distintas a la clase obrera industrial o la conformada por los trabajadores de servicios públicos y capas profesionales urbanas. Estamos ante algo nuevo, el “proletariado sin conciencia” del que habla Fusaro (2016), el nuevo asalariado urbano que puede acabar convirtiéndose en un actor fundamental del conflicto social futuro.

Conclusiones

El contexto en el que se construye la obra teórica de Antonio Gramsci es el de la crisis de la primera globalización de finales del siglo XIX. Dicha crisis es sancionada con el nacimiento de los imperialismos que se dirimen en la Primera Guerra Mundial. El coste para el capitalismo de este periodo es la Revolución Socialista en Rusia y el Crack económico del 29, crisis que da lugar a la aparición del fascismo, proyecto bajo el que surge el primer proyecto continental europeo triunfante del siglo XX, una vez derrotada la expansión de la revolución soviética.

Para Gramsci, la reconstrucción de un proyecto socialista en aquel contexto requería de formas y sujetos nuevos, situando esa nueva referencia ahí donde antes se había negado todo potencial de cambio, es decir, en el desarticulado campesinado del Mezzogiorno italiano10.

Como respuesta a la derrota del biennio rosso, Gramsci percibe en la cuestión meridional el “nudo” fundamental para el cambio en Italia, para lo cual, ya en el marco de los Cuadernos de la Cárcel, el líder italiano desarrolla conceptos clave de su pensamiento, en especial, el de bloque histórico y de hegemonía.

Antonio Gramsci es el primero en Occidente que se esfuerza en “comprender filosóficamente el significado histórico mundial de la revolución que estalla en Oriente, en un país atrasado” como Rusia, y se convierte en un crítico implacable del PSI, con el cual rompe, “por su incapacidad de entender el papel que juega el campesinado, [al cual Turati11 llamaba despectivamente cabecitas negras] y el significado de la cuestión meridional como cuestión nacional” (Losurdo, 2015: 299).
La experiencia política de Gramsci y su elaboración teórica nos previenen, en el contexto actual, del mecanicismo aún latente en la izquierda contemporánea, la cual sigue ligando cambio a excepcionalidad, crisis económica a crisis política terminal. Sin embargo, y tras un intenso ciclo de movilizaciones, la crisis de la segunda globalización ha traído los nuevos fascismos que avanzan en Europa, la reconstrucción de proyectos reaccionarios en Gran Bretaña y EE UU y la respuesta proimperialista de sectores importantes de las capas medias en América Latina. Proyectos sustentados no sólo en las clases dominantes, sino que cuentan con el apoyo de importantes sectores populares.

La transmisión de las relaciones de explotación contemporáneas, sugieren un patrón geográfico o espacial que tiene como eje el concepto de periferia, cuya dimensión social, tiene como referencia al nuevo asalariado urbano resultante del proceso de transformación del trabajo en el marco de la globalización. Pensar el cambio social, pasa por la comprensión del valor central de lo considerado hasta ahora como marginal, del “proletariado sin conciencia” que habita en las periferias urbanas de los países europeos. En esa plebe precaria de la periferia de Europa, se encuentra la nueva cuestión meriodional.

Sin embargo, el peso social de esta nueva clase trabajadora no corresponde con su peso político y cultural, lo que la convierte en un sector infravalorado y nada representado en el marco político europeo. Una izquierda que si no reacciona, puede ser responsable de provocar una neutralización decepcionada de un sector popular, que quedará a disposición de sucumbir a demagogos fascistas de última generación.

Gramsci, el cabecita negra de Ales, nos ofrece un valioso patrimonio para pensar las nuevas formas desde las que construir el cambio social contemporáneo.

Bibliografía

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Eduardo Sánchez Iglesias

Nace en Maracay, Venezuela, el 1 de septiembre de 1973 y reside en España desde los 14 años. Licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca (USAL) y en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), facultad de la que es Premio Extraordinario fin de carrera. Doctor en Economía Internacional y Desarrollo por la UCM.

Profesor de Ciencias Políticas de la UCM, donde imparte clases de Geografía Política, Geopolítica y Geopolítica del desarrollo. Es Director de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) desde 2014.

Autor y coautor de varios libros entre los que destaca Globalización, dependencia y crisis económica. Análisis heterodoxos desde la Economía del desarrollo, editado en 2011 por la Universidad de Málaga, ¿Alternativas al neoliberalismo en América Latina? Las políticas económicas en Venezuela, Brasil, Uruguay, Bolivia y Ecuador, editado por el Fondo de Cultura Económica en 2013 y Empresas Transnacionales, capitalismo español y periferia europea, editado por Los Libros de la Catarata en 2016. Es colaborador habitual del diario Público, a través de su blog La soledad del corredor de fondo.


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