Poder, autonomía y libertad:

Herramientas de la lucha colectiva anticapitalista

Itxaso Arias
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 22
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Sin duda alguna, el gran enemigo del sistema capitalista es la autonomía de los pueblos, ese derecho legítimo y soberano de construir un proyecto propio de convivencia.

Se entiende la autonomía como un proceso de resistencia y de construcción de un espacio político que posibilite tener control sobre el propio futuro, lo cual es incompatible con el neoliberalismo que desarrolla técnicas de dominación que estabilizan y reproducen el sistema dominante.

La autonomía tiene dos elementos claves: responsabilidad y libertad. Vamos a analizar estas dos dimensiones de la autonomía desde el planteamiento de la democracia como “estilo o forma de vida”1, es decir, desde nuestra construcción como ciudadanos activos en el proyecto de convivencia anticapitalista del que queremos formar parte.

Nos parece que esta es una vía adecuada de reflexión crítica muy necesaria hoy en día ya que como señala Byung-Chul Han:

Hoy creemos que no somos un sujeto sometido, sino un proyecto libre que constantemente se replantea y se reinventa. Este tránsito del sujeto al proyecto va acompañado de la sensación de libertad. Pues bien, el propio proyecto se muestra como una figura de coacción, incluso como una forma eficiente de subjetivación y de sometimiento2. (Han, 2014, p.11).

Es este sentido, que el autor se plantea la cuestión de si no deberíamos redefinir, reinventar la libertad para escapar de la falsa dialéctica que, en el marco de la psicopolítica neoliberal3, la convierte en coacción. Como iremos viendo, esta forma de reinventar la libertad la vamos a relacionar con nuestra construcción como ciudadanos en el marco de edificación de un proyecto democrático libertario y de convivencia anticapitalista.

Pero, en primer lugar, si queremos plantear una redefinición de la noción de libertad, es necesario incidir, aunque sea someramente, en el análisis de las formas de poder. Es decir, hemos de entender cómo se define y manifiesta el poder desde la psicopolítica neoliberal y contraponerlo a la forma en la que se plantea el poder desde la construcción de un proyecto de convivencia anticapitalista.

El poder es un concepto complejo, con gran diversidad de significados, manifestaciones y construcciones teóricas que lo relacionan con la opresión, la coerción, el derecho o la arbitrariedad; algunos lo separan de la violencia y para otros, ésta no es sino una forma intensificada de poder (Han 2016).
Esto plantea que no podemos agotar la reflexión sobre el mismo desde nociones habituales como la de “forzar una obediencia” restringiendo la libertad del otro, ni podemos confundir, poder con influencia o poder y violencia.

Una de las principales características, sino la fundamental, de la concepción del poder desde el neoliberalismo es que éste consiste en el “control psicopolítico del futuro”, es decir, en lugar de cuestionar o poner en duda el sistema, su poder consiste en que el individuo atomizado, aislado, despolitizado, enajenado, se haga responsable y, también, se avergüence de sus fracasos, dirigiendo su frustración y agresividad hacia él mismo. Esto, como es lógico, no genera individuos revolucionarios sino, más bien, depresivos, fundamentalmente por la falta de una identidad que sólo puede venir de la identificación y participación de un proyecto compartido.

En cambio, en el marco de construcción de un proyecto de convivencia anticapitalista, entendemos que el poder se genera en la acción colectiva o actuar conjunto (H. Arendt, 1970), esto es, “desde abajo”. Así se plantea una noción de poder cómo estrategia comunicativa, sin coacciones, orientada al acuerdo y mutuo entendimiento (Habermas 1975).

Desde abajo construimos nuestro futuro colectivamente anulando la concepción del poder neoliberal y su deseo de controlar nuestra proyección de un proyecto de convivencia propio.

Nosotras, nosotros, hemos visto cómo el trabajo colectivo no sólo ha permitido la supervivencia de los originarios a varias tormentas terminales, también avanzar cuando son comunidad y desaparecer cuando cada quien ve por el bienestar propio e individual. (Subcomandante Galeano, 20174)

Pero, no podemos plantear lo social, la construcción de un proyecto de convivencia, sin lo político ya que las prácticas sociales que intentan establecer un “orden” en un contexto de contingencia son de la naturaleza política (Errejón y Mouffe, 2015).

Estamos diciendo, que lo social se genera en lo político, pero ¿podemos entender lo político sólo como una “acción conjunta”? Una versión más realista a la generación comunicativa de poder, plantea realizar una ampliación de lo político sumándole la característica de ser un “actuar estratégico” (Han 2016).

La política siempre es política del poder ya que no podemos disociar la comunicación política de ese actuar estratégico, donde el acuerdo está basado en transigencias recíprocas (Han 2016). Esta forma de entender el poder nos ayuda a imaginar las posibilidades de transformar un orden dado, cuestión fundamental en la construcción de un proyecto propio de convivencia.

Entonces, desde esta forma de entender el poder, ¿cómo podemos plantear la autonomía, desde la responsabilidad y libertad que conlleva, como elemento esencial de un proyecto de convivencia anticapitalista en el marco de la convivencia democrática?

Un primer aspecto importante en este análisis es diferenciar entre la democracia como forma de gobierno y la democracia como forma o estilo de vida.

La democracia como estilo de vida es entendida como el ethos democrático, es decir, es la que dota de sentido y significado a la democracia política.

Entender “la democracia como un estilo de vida” supone, precisamente, alejarnos de los fundamentalismos para que toda la responsabilidad recaiga en nuestras prácticas cotidianas y en nuestra opción por construir una vida comunitaria en la que todos seamos participes y miembros activos.

Creo que un primer elemento fundamental para entender la propuesta de John Dewey es plantearnos lo que él denomina la “fe democrática”.

La democracia es un modo de vida guiada por una fe activa en las posibilidades de la naturaleza humana. La creencia en el hombre común es un artículo familiar en el credo democrático. No tiene base y significado excepto en el hecho de que significa fe en las posibilidades de la naturaleza humana tal como se muestran en todo ser humano, con independencia de raza, color, sexo, nacimiento o familia, de su nivel de riqueza cultural o material. Esta fe puede ser puesta en práctica por estatutos, pero esto la sitúa solo sobre el papel a menos que se ponga a prueba en las actitudes que los seres humanos mantienen unos con otros en el curso de todos los sucesos y las relaciones que se dan en la vida cotidiana. (Dewey, 1975, p.227).

Esta es una pregunta fundamental que hemos de plantearnos para poder tomarnos en serio este ideal democrático, ¿tenemos fe (activa o reflexiva) en la capacidad de los seres humanos, por muy diferentes que seamos unos de otros, para hacer juicios y acciones inteligentes que reviertan en la vida comunitaria? ¿Cuáles serían las condiciones necesarias o apropiadas para que esto pueda darse?

Creo que aquí también reside una de las claves de la democracia intercultural en Bolivia tomando en cuenta la gran pluralidad de formas de ver el mundo y la vida que coexisten en el país. Cuando hablamos de una fe activa o reflexiva, no nos referimos a un acto ciego de fe, sino a creer seriamente en la legitimidad de esas formas diversas de construcción de la vida comunitaria, a la convicción de que algunas de esas formas de pensar pueden pasar a formar parte de nuestra vida y nuestra práctica cotidiana. Esta es la base de una democracia radical y de una interculturalidad, que se sustente en una ampliación de la noción “nosotros” no porque respetemos otras formas de vida, sino porque creemos que también pueden realizar juicios, deliberaciones y acciones que van a incidir en la vida comunitaria de la que formamos parte.

Entonces, el primer elemento que vamos a destacar es que la democracia se basa en una convicción fundamental: que todo ser humano es capaz de responsabilidad personal y de iniciativa individual. Ahora bien, este individualismo de la democracia, como explica Bernstein, no es numérico es ético, ya que nos referimos al individualismo de la libertad y de la responsabilidad. Dewey llama a este individualismo ético “personalidad”, pero entendiéndolo no como algo ontológicamente dado sino como un logro. En una sociedad democrática todo individuo es capaz de desarrollar una personalidad.

Esto es algo fundamental ya que a menos que la vida local se pueda restaurar, “el público no podrá resolver adecuadamente su problema más urgente: encontrar una identidad” (Bernstein, 2010, p.253).
La “tragedia” de lo que Dewey llamó el “individuo perdido” se debe al hecho de que, aunque los individuos están insertos en un vasto complejo de asociaciones.

[…] no se da una reflexión armoniosa y coherente acerca de la importancia de estos vínculos en el panorama imaginativo y emocional de la vida. (Bernstein, 2010, 233).

Este es también el individuo perdido que genera el sistema neoliberal porque es, obviamente, funcional a sus intereses.

Ahora la pregunta es: ¿Reconocemos la capacidad de tener responsabilidad personal e iniciativa para emitir juicios, deliberar y actuar tanto a hombres como mujeres, indígenas del campo y de la ciudad, mestizos, homosexuales, transgénero, expertos, ciudadanos de a pie, …cuando se dan las condiciones necesarias? ¿Somos capaces de tomar en serio estos juicios e incorporarlos también en la vida comunitaria de la que formamos parte?

Responder a estas preguntas es fundamental, ya que, por ejemplo, aunque Dewey destaca la importancia de la investigación social en los procesos de reforma social, considera que en última instancia son los ciudadanos democráticos los que deben juzgar y decidir, no los expertos.

Como vamos viendo, la democracia no es, desde este planteamiento, fundamentalmente un conjunto de instituciones, procedimientos formales o incluso garantías legales. Lo que estamos haciendo es centrarnos en la cultura y la práctica cotidiana de la democracia.

Por todo ello, desde aquí, se plantea una necesaria redefinición de la libertad. Siendo, como es, una palabra básicamente “relacional”:

Uno se siente libre sólo en una relación lograda, en una coexistencia satisfactoria. […] El aislamiento total al que nos conduce el régimen liberal no nos hace realmente libres. (Han, 2016, p.13).

Entonces, si partimos de la idea de que la libertad es una “relación” lograda con el otro y la otra:

Solamente dentro de la comunidad con otros todo individuo tiene los medios necesarios para desarrollar sus dotes en todos los sentidos; solamente dentro de la comunidad es posible, por tanto, la libertad personal. (Marx, 1958, p.82)
Sin duda alguna la autonomía de los pueblos es un proceso de construcción desde abajo, no sólo con el objetivo de llegar al poder para plantear otra forma de gobierno, sino sobre todo con el objetivo de instaurar otra forma de vida basada en nuestra responsabilidad e iniciativa en la construcción de un proyecto de convivencia propio que nos haga libres.

[…] la tarea de la democracia es, para siempre, la de la creación de experiencia más libre y más humana, que todos podamos compartir y a la que todos podamos contribuir. (Dewey, 1975).

Y experiencia significa transformación, no sometimiento, significa ruptura y discontinuidad, significa realización mutua, cuestiones impensables desde el marco de convivencia planteado por el neoliberalismo que genera una despolitización de la sociedad compuesta por individuos aislados que no son capaces de construir un nosotros.

Pensemos en todo esto, cuando, como nos advierten los zapatistas: “Lo peor está por venir y las individualidades por muy brillantes y capaces que se sientan no podrán sobrevivir si no es con otros, con otras” (Subcomandante Galeano, 2017). Y también como nos advirtió Bauman, poco antes de su muerte:

Debemos prepararnos para un largo periodo que estará marcado más por preguntas que por respuestas, y por más problemas que soluciones (…) Nos encontramos (más que nunca antes en la historia) en una situación de verdadera disyuntiva: o unimos nuestras manos o nos unimos a la comitiva fúnebre de nuestro propio entierro en una misma y colosal fosa común (Bauman, 2017).

Bibliografía

Arendt, H. (1970): Macht und Gewalt, Múnich.(1981), Vita activa, Munich.
Bauman Z; Retrotopía. Paidos. Barcelona. 2017
Bernstein R (2010); Filosofía y democracia en John Dewey. Herder. Barcelona.
Dewey, J; Early Works. The Early Works, 1882-1892, vol 2. Carbondale and Edmandsville, Shouther Illinois University Press, 1975.
Dewey J; “Creative democracy: the task before us”. p.390 Citado en: Bernstein R (2010); Filosofía y democracia en John Dewey. Herder. Barcelona. 2010.
Errejón I y Mouffe Ch; Construir pueblo. Icaria Editorial. Barcelona. 2015
Habermas, J (1999): Problemas de legitimación del capitalismo. Madrid. Cátedra.
Han Byung-Chul (2014); Psicopolítica. Herder. Barcelona. _, (2016): Sobre el poder; Herder. Barcelona.
Marx K (1958); Ideología alemana, Montevideo, Pueblos Unidos.

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Itxaso Arias

Licenciada en Filosofía y Ciencias de la Educación por la Universidad de Deusto (Bilbao). Doctora en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid (2005). Docente e investigadora en Bolivia (Universidad Salesiana y Fundación Paulo Freire), México (Universidad Autónoma de Chiapas y CIESAS-Sureste), Perú (Universidad Cientíica del Sur, Lima), Ecuador (Unión Regional de Campesinos del Litoral), en el país Vasco (Centro de Investigación Ikusbide de la UPV) y en la Fundación General de la Universidad de Alcalá de Henares (Madrid).


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