Entre certezas, incertidumbres y retos revolucionarios

“La cara conocida” del proceso de cambio

Jiovanny Samanamud Ávila
Publicado en Octubre 2018 en La Migraña 28
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Lo que se llegó a denominar “el caso Zapata”, urdido bajo una tramoya, intentó (con éxito discutible) desacreditar y desgastar moralmente al presidente del Estado Plurinacional Evo Morales, fue sin duda un suceso que provocó un verdadero punto de bifurcación puesto que, entendiendo este noción de manera muy básica, existe un antes y un después de este hecho, cuya consecuencia más visible fue el resultado del referéndum del 21 de febrero del 2016.

Nunca hubo un descalabro electoral parecido desde que el MAS ganó las elecciones el 2005, es más los porcentajes en las diferentes contiendas electorales no tuvieron derrotas significativas, tal vez si contamos la perdida de las alcaldías de El Alto y Achacachi como mermas importantes, pero nada comparado con la desventura del referéndum del 2016. El resultado final calo tan hondo por lo inesperado y sorpresivo que las repercusiones seguramente en el plano político se podrán valorar mejor cuando haya transcurrido un tiempo más largo, pues todos saben que en el ojo del huracán no se siente la tormenta.

Una de las cosas poco convencionales por la forma en cómo se presentó, es la famosa revelación del presidente en aquella conferencia de prensa en donde intentaba aclarar una anterior declaración en la que dijo que desde el 2009 no tenía contacto ni sabía nada de Gabriela Zapata, luego, en las redes sociales, aparece una foto del presidente del 2015 en la entrada folclórica de Oruro junto a ella precisamente, él salió al paso diciendo que se sacó la foto asumiendo que: “le vi cara conocida”.

Pues bien, esta fue una frase muy afortunada o desafortunada según se vea, que al margen de establecer o no verdades del caso en cuestión, puede tomarse como un “ejemplo” sobre el cual se pueda ironizar, con el objetivo de hacer un diagnóstico crítico de nuestra realidad política en forma más didáctica, es más puede ser asumido como un “caso paradigmático” para pensar un aspecto de la forma como hoy se configuran ciertas posturas sobre el proceso de cambio actual.

Primero, empecemos especulando: ¿y si fuera cierto que el presidente se sacó una foto con una “cara conocida”? Y no hubo, más allá de esa foto, conocimiento de ella desde hace tiempo. No sería de extrañar, no tanto porque no la frecuentaba o la viera por ahí (pues se demostró que aún frecuentaba algunas oficinas del propio Palacio de Gobierno), sino porque ya era conocida y por tanto común, normal, era evidente en sí misma su desvinculación amorosa, no hay novedad ya en ello, era alguien con quien ya había resuelto (supuestamente) todos los asuntos íntimos; “ya está todo dicho entre ella y yo”, “ya no me inquieta su presencia”, “ya fue”. ¿Qué es lo que tenemos aquí? Pues un desconocimiento por conocimiento ¿Cómo es eso posible?

Un viejo filósofo, Hegel, nos recuerda que cuando uno parte de la certeza de lo conocido justamente por ser conocido ya no se puede reconocer el objeto al que se refiere, en sus palabras: “lo conocido en términos generales, precisamente por ser conocido, no es reconocido” (Hegel; 2008), el hecho de asumir cualquier objeto como ya sabido, determina tu relación con el hecho en cuestión; se nos develó, lo conocido pasa a ser evidente, “ya está claro para nosotros”. Este develamiento, certeza y evidencia del hecho paradójicamente produce desconocimiento: ¿y cómo es eso? Si más bien acaso ¿no se trataba de conocerlo para dar cuenta por fin del hecho, es decir, pasar de lo desconocido a lo conocido?

Pocos se percataran de que conocer la realidad histórica no se agota con su representación inmediata, lo conocido es nuestro “punto de partida y de llegada”, insistirá Hegel, por tanto, estamos condenados a la inamovilidad o a la inercia, si no lo reconocemos. Entonces, dentro de un proceso social en movimiento, lo avanzado y el camino recorrido es lo más importante, pero este avance, cada vez más depende de lo que hicimos. El camino avanzado no se instala en el pasado, por mucho que forme parte del camino recorrido, el pasado, lo hecho, permanece en el presente solo a condición de que sea constantemente reconocido, es decir; yo me reconozco en lo que hice. Esta es una forma de avanzar sin abandonar el camino.

Pero cuando lo que se hizo se da plenamente por sabido, este se vuelve un pasado pasivo e inactivo, es simplemente algo muerto. El pasado muere, en un proceso político en marcha, únicamente cuando deja de ser parte del presente bajo la forma de reconocimiento y pasa a ser un logro una meta alcanzada. Entonces, para un proceso político, el conocimiento es el reconocimiento de lo conocido, cuando el reconocimiento adquiere una forma de vigilancia para que no caiga en el olvido, recuperándolo desde el presente en marcha, así el pasado se incorpora también al presente. Esta insistencia en no pensar que el camino recorrido es ya pasado, es una manera no solo cognitiva sino ética de coherencia con el camino trazado, porque no hay nada más peligroso para un proceso social en marcha que convertirse en solo pasado.

Ahora bien ¿en qué medida esto nos sirve para pensar las posturas políticas sobre el proceso de cambio?, simplemente detengamos a pensar hasta qué punto el proceso de cambio lo concebimos como solo certezas, en otras palabras: ¿y si para muchos este Proceso de Cambio esta ya suficientemente conocido? ¿Y si ya sabemos qué es? ¿No hay acaso en esta certeza del conocimiento sobre el proceso de cambio una forma de desconocimiento del mismo también?

Agrupemos entonces a las diferentes posturas bajo las cuales el proceso de cambio es algo ya conocido, todo esto, desde una caracterización que puede ser estructurada en forma de caricatura, solo para simplificar la explicación, con el afán de expresar de modo ilustrativo los rasgos más importantes del modo de pensamiento político bajo alguna categorización o tipología de lo que nos interesa relevar.

Empecemos por el primero al que denominaremos: el opositor radical al proceso de cambio (de derecha o de izquierda) hábil con el twitter y diestro con el facebook emplea los medios para mostrar la decadencia del proceso de cambio actual, los hay de los que insultan como de los que intentan sesudas y concisas argumentaciones en contra, o escriben sendas peroratas que las suelen colgar en la red.

Para estos: “la corrupción es galopante”, “existe una empoderamiento del gobierno”, “hay posturas megalómanas”, “han traicionado el proceso de cambio original” (por tanto esta copia es tan barata que hasta las mercancías chinas más truchas podrían durar más), ”esto se ha convertido en un extractivismo descarado”, “estamos en una dictadura”, “es un retorno al estado colonial”, y aún hay muchas más, (aquí la imaginación hace gala de un desborde productivo) el punto es que lo conocido equivale a lo sabido, lo entendido y comprendido, no hay fisura posible, parecen decir: “mi conocimiento sobre el actual proceso político es verdadero”, la gran convicción en este tipo de certezas y evidencias pueden explicar el ímpetu casi obsesivo de estar día a día en las redes escribiendo por cualquier medio la verdad “obscura” del proceso de cambio, retwittear o crear un meme (si lo hizo un trol no importa) entonces no queda otra que denunciarlo para que otros se den cuenta de la verdad: este proceso de cambio no es tal. ¿Y si no fuera así?

Veamos otro tipo: el militante, para este el cambio está en marcha no hay nada más que decidir, la derecha es ciega y racista, el imperialismo esta apostado en todas las equinas, además, cree firmemente que la mayoría de la gente de “clase media” es malagradecida y decadente por no reconocer los avances “históricos” que se han hecho, “están engañados por las redes”, existe racismo con el indio que les dio cátedra a todos los doctores y licenciados que ejercieron cargos públicos durante la república y que hicieron cuoteo durante la repartija política neoliberal. El proceso de cambio “avanza”, la revolución “avanza” y nada lo detendrá, ni la derecha neoliberal ni la ultra izquierda infantil de café. Su certeza no se basa en el hecho de que el proceso de cambio esté concluido, eso lo tiene muy claro, hay que seguir, su convencimiento se basa en que no hay otra alternativa, es decir, no se puede hacer de otra manera más que la que está en marcha, de ahí la férrea defensa, su dura convicción y su ciego resguardo solo se pueden explicar por su convicción inapelable de que estamos en el “único” camino correcto, el “único” posible. Si bien el objetivo no está cumplido, la plena seguridad está en la forma “única” de andar el camino. ¿Y si no fuera así?

Por ultimo estamos ante: el político realista, el de la “real politik”, aquel que ejerce el poder y que se sitúa más allá de ambas posiciones, aquel que tiene mucho poder en sus manos, el que sabe que “su voluntad se materializa en el estado”, aquel que concentra medidas importantes y trascendentales, aquellas de las cuales dependen muchas personas. Este no puede dejar de sentir que no todo lo que hace por que el proyecto político funcione se deba saber, aquel que sabe que su sacrificio es alto por mantener el poder que permitirá el cambio. Sabe que su deber “revolucionario” es saber jugar con el bien y con el mal, entiende perfectamente el viejo refrán del palo y la zanahoria, por sus manos pasan o han pasado decisiones difíciles y complicadas que no se pueden traducir fácilmente a la luz de las convicciones de críticos maximalistas acérrimos ni de defensores pulcros y cuasi “angelicales” del proceso de cambio, este sujeto se halla justo en esta encrucijada, vive barrado en su fuero interno, pero solo la certeza de que lo que lo hace, lo hace por “un bien mayor”, (dejando muchas veces pequeño el debate de la teodicea de los medievales europeos) enciende su convicción de estar dispuesto a enfrentar la real politik, muy pocos saben la “verdad” de lo que cuesta sostener el proceso de cambio, a ellos les ha tocado jugar en este plano del poder dispuesto a todo por el cambio, ellos saben lo que otros no saben y quizá nunca lo sabrán, guardan los secretos más íntimos todo por la continuidad del proceso de cambio. ¿Y si no fuera así?

¿Qué tiene en común todas estas posturas? Pues el hecho de que sus percepciones y sus subsecuentes acciones políticas son fruto de un convencimiento profundo, de una certeza, un conocimiento certero, por ello estas certidumbres se convierten en irrenunciables y su convicción de defensa y afronte político es más producto de estas “evidencias” que se desprenden del conocimiento del procesos mismo. Sin embargo, hay un desconocimiento que lo podemos traducir, como me lo menciono un amigo una vez, como una pérdida de realidad. ¿A qué nos referimos con una pérdida de realidad? ¿El desconocimiento por conocimiento se traduce en una pérdida de realidad? ¿De qué realidad?

Esto quiere decir que estamos en un momento en que ya no importa debatir sobre la realidad, pero no me refiero a aquella que es concebida como objeto inmóvil, sino se trata de la realidad que deviene de la praxis política, que nunca se puede reducir a lo que es, el resultado de la praxis es lo posible de construir con nuestra acción, es la acción humana y transformadora que no se conforma con lo dado, sino que lo trasciende. Si partimos solo de certidumbres en sí, nos condenamos a la inercia, por mucho que estemos noches enteras planificando la estrategia política más infalible o que le dediquemos horas interminables a las redes sociales, la inercia es paradójicamente lo que da la sensación de movimiento.

Y no hay nada más contrario por definición a la praxis que la inercia, la velocidad de la acción política, se asemeja, bajo esas condiciones de pérdida de la realidad, a estar montado en una bicicleta de gimnasio que puede moverse a grandes velocidades sin avanzar ni un milímetro. La praxis es acción transformadora no se queda en lo dado incluye lo posible de la realidad (Zemelman; 1998) lo que puede llegar a ser gracias a nuestra acción o inacción, ¿hemos podido establecer este vínculo con la realidad histórica social en Bolivia? o es que más bien ¿ya nadie que se manifieste o actué políticamente la toma en cuenta?
Alguien dirá, pero igual hay acción política, es cierto, solo la muerte puede ser pensada como inacción, aquí la diferencia central es entre acción y praxis transformadora. No es que no hay acción política ¡claro que la hay! Lo que existe es un empobrecimiento de la realidad histórica, no su muerte aún. Esta reducción de la realidad es la asfixia de la praxis por las convicciones cerradas, producto de su desconocimiento por su conocimiento, ya que el conocimiento “siempre es un proceso” (Schaff; 1974) y no algo definitivo.

Empobrecimiento de la realidad, no quiere decir aquí más que nuestra degradación como sociedad en lugar de enriquecerla y enriquecernos, reduciendo la lucha a lo más bajo de nuestra condición, ya sea por el poder o por el dinero, pues se supone que cualquier postura sobre la esperanza de una nueva sociedad siempre busca explícita o implícitamente trascender nuestras limitaciones y fragilidades humanas.

Este proceso de cambio se está convirtiendo cada vez más en una “cara conocida”, es algo de lo que ya se sabe qué es, o es lo mejor y único que nos ha pasado o es lo peor, es la personificación de la “dictadura”, o es el único camino si Bolivia quiere progresar, nuestro determinismo de izquierda y de derecha ya no puede pensar ni imaginar otras modalidades, hay una saturación de saber sobre el proceso de cambio, hay demasiadas certezas inamovibles sobre él, ¿y si no fuera así? ¿Y si el destino del proceso político no es también producto de nuestros “obstáculos categoriales”?

La convicción y las certezas no son malas en sí mismas pero no se puede tener solo una fe ciega en esas convicciones, hasta los teólogos saben que una fe sin razón es ciega, no hay otra que devolver la razón a nuestras certeza y como lo saben los pensadores europeos después de las consecuencias de holocausto judío, la única manera de mantener a la razón es que esta se vuelva dialógica, no basada en las evidencias simplemente sino en la capacidad de apertura a través del debate y la problematización aun de nuestras certezas más evidentes para nosotros.

Cuando hablamos de perdida de la realidad, cuando lo conocido domina el afronte político, hay que distinguir entre acción y praxis trasformadora, podemos decir que acción la tenemos todos los vivos en alguna u otra medida, pero por praxis trasformadora entendemos apertura a lo inédito que contiene la historia. Lo nuevo es, como diría Zemelman (1998), posibilidad de que el sujeto encuentre en el marco de estructuras históricas la opción de praxis, y esta es la diferencia entre inercia de la acción y praxis trasformadora. La certeza sola ¡claro que moviliza! Pero no trasforma, es el movimiento camino a la entropía.

El problema que genera una forma de certeza ciega no es de acción versus inacción, es de acción conservadora, (léase inercia) y acción trasformadora (léase apertura a lo inédito), y esto, es lo que hoy está en proceso de clausura, mientras más conocido sea para nosotros el proceso de cambio, más clausurado estará; paradójicamente en lugar de desconocer al proceso (lectura nihilista) hay que reconocerlo. De ahí que el ironizar con una frase del propio presidente implica decir: reconozcamos lo que hicimos, no lo demos por ya avanzado y pensemos en lo que hay que hacer y que aún no tiene forma definitiva.

Sin certeza no se puede avanzar pero la certeza de algo no basta, es necesario tener una convicción, la convicción deviene de un acto de confianza, la confianza es una forma de fe, la fe en un mañana mejor es decir: la esperanza. Esta no tiene forma aún, por tanto es también una forma de lo inédito, eso es lo que se pierde cuándo uno solo se queda con la certeza. La certeza sin esperanza se convierte en cálculo político ciego, la esperanza sin certeza en mero sentimentalismo ciego.

No podemos decir que estamos en una momento político convencional, habrá que apuntar que la incomunicación que hemos generado es la que comanda la viabilidad histórica en esta coyuntura, y que la posibilidad de conocer nuestras opciones de praxis política cada vez son más difíciles, la estamos desconociendo por creer que ya la conocíamos, aquí es cuando la política es llevada de la mano por el descontrol y la inercia degradante. Cuando el proceso de cambio se ha convertido en una “cara conocida”, se pierde la realidad del proceso político mismo, porque la praxis política que permite la construcción de nuestro presente es también un acto que nos enfrenta a lo inédito, y es justamente esto lo que se clausura para dar paso a una reacción mecánica de lo que creemos son nuestras certezas.

Bibliografía

Hegel, G. W. (2008). Fenomenología del espíritu. México: FCE.
Schaff, A. (1974). Historia y verdad. México: Grijalbo.
Zemelman, H. (1998). Sujeto: existencia y potencia. Barcelona: Anthropos.

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Jiovanny Samanamud Ávila

Licenciado en Sociología de la Universidad Mayor de San Andrés. Maestría en Metodología de la Investigación Universidad PIEB. Doctorado en Epistemología, Universidad Gabriel René Moreno ENLACE Srl. y Círculo Epistemológico. Maestría en filosofía y ciencia política CIDES – UMSA La Paz. Diplomado en organización y en administración del aula en educación superior. Expositor Jornadas Antropológicas Recuperando nuestra Memoria Universidad Técnica de Oruro. Expositor conferencias sobre el Suma Qamaña UPEA.