Marx y la cuestión colonial

La dimensión geográfica del capitalismo

Eduardo Sánchez Iglesias
Publicado en agosto 2018 en La Migraña 27
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Marx no construyó una teoría completa del imperialismo, más bien, el problema de las relaciones exteriores del capitalismo es abordado por Marx “de pasada” (Vidal Villa, 1976). Esta realidad se explica por cuanto el objeto central de la obra económica de Marx es el análisis completo del modo de producción capitalista en su fase concurrencial y teniendo como base la experiencia de Inglaterra y Alemania, es decir, de la Europa desarrollada.

Sin embargo, de su obra se extraen precedentes valiosos para el estudio de la construcción espacial del capitalismo, al entender que “su aporte no radica en la compresión del carácter mundializado del comercio que comienza con la invasión europea a América, sino en la naturaleza planetariamente expansiva de la propia producción capitalista” (García Linera, 2016: 2).

El presente trabajo se desarrolla a través de tres apartados. El primero se dedicará a la evolución, que sobre la concepción colonial, desarrolló Marx a lo largo de su obra. El segundo se centrará en el papel del comercio exterior en la expansión capitalista y la formación del capitalismo como un sistema mundial. Para terminar, un último apartado dedicado a conclusiones.

Marx y la cuestión colonial

En la opinión de Marx sobre la cuestión nacional, cabe distinguir dos fases diferentes (Rodríguez Braun, 1989 y Bustelo, 1998). La primera etapa (1848-1875), corresponde a la del Marx del Manifiesto comunista y, en menor medida, en El capital, que históricamente se inserta en la etapa de plenitud en la expansión del Imperio británico, sustentada en una división internacional del trabajo que desemboca en lo que se puede denominar como la crisis de la primera globalización en el último cuarto del siglo XIX. Durante esta primera etapa, se puede observar una opinión de Marx globalmente favorable al hecho colonial.

Karl Marx entendía que el colonialismo era necesario tanto para la aparición y el desarrollo del capitalismo en Europa como para superar las tendencias al estancamiento de las sociedades precapitalistas en las áreas “atrasadas”. La descripción del capitalismo como una necesidad histórica, debido a su carácter progresivo, se filtró al análisis del hecho colonial, que era percibido como igualmente inevitable, pese a la crueldad que lo acompañaba.

La expansión marítima y el saqueo colonial constituyeron la vertiente externa de la acumulación originaria de capital en Europa y que Marx analizó en el capítulo XXIV de El capital, “La llamada acumulación originaria”. Tal acumulación primitiva era definida como la disponibilidad de un excedente de origen interno (revolución capitalista de la agricultura) y externo (explotación de los recursos minerales y de metales preciosos de los nuevos territorios coloniales).

Durante ese periodo, Marx presentó un enfoque dual sobre el colonialismo, criticó sus excesos, pero justificó su necesidad histórica. Marx aborrecía la opresión colonial de los pueblos de las áreas atrasadas, así como la hipocresía de su justificación, pero atribuía al hecho colonial una doble condición histórica: destructora por un lado de los arcaicos modos de producción precapitalistas, y, por otro, regeneradora, al sentar las bases materiales del progreso.

En esta primera etapa, Marx partía de una concepción donde la periferia repetiría la industrialización de los países del centro, expandiendo así el capitalismo a escala mundial como un sistema interdependiente, que facilitaría “tránsitos acelerados al socialismo (…) como resultado de una irradiación desde el centro europeo hacia el resto del mundo” (Katz, 2016: 1-2). Así, China era una sociedad atrasada que será modernizada por la penetración colonial, de la misma forma que India era vista por el primer Marx como un país sometido al tradicionalismo rural, cuyo estancamiento quedaría superado por la llegada de la industria textil británica y el ferrocarril (Marx y Engels, 1976: 30-58, 104-110).

Esta primera fase se encontraba en un contexto político marcado por la expansión de las revoluciones europeas de 1848 hasta la Comuna de París de 1871, cuyo sujeto protagonista era el artesanado urbano de las viejas capitales medievales del continente, sujeto influido por la tradición humanista que caracterizó al primer socialismo, quien compartía la idea de una “industrialización global, debilitamiento de las naciones y eliminación del colonialismo”, como una secuencia política inevitable (Katz,2016:2). Este era el contexto de esta primera fase de Marx, cuya concepción cosmopolita del socialismo era la expresión política de “aquel artesanado geográficamente móvil que nutría la I Internacional” (Anderson, 2002: 9).

La segunda fase de su pensamiento sobre la realidad colonial tiene lugar al final de su vida, en un momento de crisis del sector agrícola, ámbito económico en el que se había impulsado un comercio mundial en el que se pueden encontrar atisbos de una primera globalización. La irrupción de nuevas potencias, como EE. UU., Alemania o Japón, supone un desafío al dominio británico y, en general, un cuestionamiento a los resultados del colonialismo “no competitivo” mantenido entre Gran Bretaña y Francia (Agnew, 2005). Estas potencias intentaron contrarrestar la irrupción de las nuevas potencias aumentado el grado de explotación en sus colonias, así como de regiones europeas sometidas a las áreas centrales del continente europeo, a relaciones que luego describiría como “colonialismo interno” (González Casanova, 2006), como es el caso de Irlanda respecto a Inglaterra, o de Polonia al Imperio zarista y Alemania, realidades a las que Marx dedicaría numerosos escritos (Marx y Engels, 1979).

Es en este contexto en el que Marx modifica sustancialmente su análisis del hecho colonial, así como su valoración de las formaciones sociales precapitalistas. Marx comienza a contemplar el colonialismo como un obstáculo para la industrialización de las áreas sometidas al colonialismo. Modificó su enfoque dual inicial, del que conservó solo la función destructora del hecho colonial, pero ya no la regeneradora.

Marx comenzó en esta etapa a percibir la singularidad del capitalismo colonial, como producto histórico de las relaciones impuestas por las metrópolis y ya no como un simple retraso: “el comercio exterior en países que exportan principalmente materias primas aumentó la miseria de las masas” (citado en Bustelo, 1998: 63).

El impacto suscitado por la rebelión china de Taiping (1850-1864) y en especial, la revuelta de los cipayos de India (1857-1858), ambas reprimidas de forma sangrienta por Inglaterra1Ver Marx y Engels (1976: 139-143, 161-181)., influyó en su visión del hecho colonial, llegando a ser uno de los primeros pensadores occidentales en apoyar la independencia de la India (Anderson, 2014).

Asimismo, con Irlanda Marx llega a la conclusión que el colonialismo es un proceso que destruye sociedades sin facilitar su desarrollo posterior, calificando la presencia de Inglaterra en dicho país como un ejemplo de mero “saqueo colonial”. El conflicto irlandés modifica su análisis anterior respecto a la forma que adopta la expansión capitalista, al negar desde entonces, que la acumulación capitalista fuese “la antesala inmediata de la industrialización”, en un país sometido a las relaciones de dominio colonial (Marx y Engels, 1976: 74-80).

Pero es sin duda en su debate con los populistas rusos, donde se puede situar lo que Bustelo denominó “un claro precedente de las críticas de la economía primigenia del desarrollo a los inconvenientes de la especialización primaria2Bustelo se refiere a las economías de carácter primario exportando, comunes todavía hoy en día a los países de la periferia. (Bustelo, 1998: 63)”. Apenas dos años antes de su muerte, en 1881, Marx comienza a estudiar ruso y producto del debate con los populistas rusos, Marx aceptó la tesis de que las estructuras tradicionales del campo ruso podían servir de punto de partida para un desarrollo socialista y se preguntó si el coste social de la introducción del capitalismo en dicho país podría resultar demasiado alto para ser considerado un paso históricamente progresista (Bustelo, 1998 y Shanin, 1988). Con sus estudios sobre Rusia, Marx reconsideró el papel de las tradicionales formas comunales en el campo y las formaciones colectivas de base campesina, al asignarles un rol progresista en la lucha por el socialismo, algo que había descartado anteriormente y que le llevó al final de su vida, a analizar otros estudios de formas de propiedad comunal en el campo en países como Indonesia o Argelia (Marx y Engels, 1980: 21-65).

Karl Marx y la dimensión geográfica del capitalismo como sistema mundial

Para Marx, en el marco teórico abstracto del modo de producción, el comercio exterior juega un papel secundario, como mercado mundial de mercancías nacionales de los países capitalistas. Pero la conformación de modos de producción entre países capitalistas y aquellas regiones no capitalistas incorporadas por la fuerza al capitalismo dentro del proceso de colonización, para el autor alemán, establece unas relaciones internacionales basadas en la desigualdad, la coerción y el pillaje.

Así, Marx aborda el tema desde tres puntos de vista, situados metodológicamente a diferentes niveles: el carácter necesariamente expansivo del capitalismo en función de las propias leyes que rigen su comportamiento; el papel de la explotación capitalista de las colonias como una de las fuentes originarias de acumulación de capital y; el colonialismo como forma de expresión política del carácter expansivo del capitalismo.

De esta forma la implantación del capitalismo en Europa abre paso a una nueva era que afecta no tan solo a la propia Europa sino a todo el mundo. De esta forma, el capitalismo, por su propia naturaleza tiene vocación universal.

Las relaciones descritas por Marx entre las metrópolis europeas y las colonias, “anticipan nociones sobre el subdesarrollo” (Katz, 2016: 14), cuyo origen está para Marx en la diferencia existente entre los salarios pagados en cada país y las tasas de ganancia que imperan en cada uno de ellos, introduciendo de esta forma un precedente al concepto de intercambio desigual, cuyo desarrollo íntegro no realizó el propio Marx, sino que hubo que esperar casi un siglo después hasta su elaboración por autores como Samir Amin (Vidal Villa, 1976).

Estas “nociones anticipadas sobre el subdesarrollo”, son la consecuencia de lo que para Kohan (1998) es un cambio de paradigma dentro del pensamiento de Marx. Así, en su primera etapa Marx se centra en la dinámica objetiva del desarrollo capitalista como un proceso de absorción de formas precedentes de producción, lo que hace de las fuerzas productivas el elemento central del desarrollo histórico. En su segundo periodo, Marx –según el esquema de Kohan– abandonaría la visión pasiva de la periferia y sus luchas, sustituyendo la centralidad del desarrollo de las fuerzas productivas, por un análisis centrado en el protagonismo de los sujetos, lo que convierte a las luchas de la periferia en protagonistas de la lucha por el socialismo. Si el Marx del Manifiesto comunista ponía el acento “en los procesos objetivos de expansión capitalista”, con posterioridad al El capital el autor “resaltaba la dimensión subjetiva de la lucha nacional y social” (Kohan, 1998: 228).

Asimismo, en esta etapa de maduración, Marx no solo distinguió la industrialización clásica de economías abiertas como la de Inglaterra, de la industrialización tardía de base proteccionista como la alemana, sino que también diferenció los anteriores de los países subordinados al capital extranjero como el caso de China. Estas caracterizaciones “anticiparon la fractura posterior entre semiperiferias ascendentes y periferias relegadas” (Katz, 2016: 9).

Las luchas anticoloniales en China, India e Irlanda, junto al debate con los populistas rusos, alteran el esquema inicial de Marx, de tomar las luchas coloniales como aliadas de las luchas centrales del proletariado europeo, a verlas como movilizaciones claves para la consecución del socialismo a escala mundial. Aspecto este abandonado por la tradición de la II Internacional (Calwer et al., 1978) pero que ya, en el siglo XX, sería retomado por una joven generación de revolucionarios que con las teorías del imperialismo, situarían al campesinado y los países de la periferia colonial, como el eje central de una nueva fase en la revolución mundial iniciada con la Revolución Socialista de Octubre de 1917.

Conclusiones

Desde sus escritos sobre la India y China hasta Irlanda o California, Karl Marx sentó las bases para explicar un capitalismo que genera asimetrías, que impulsa procesos basados en la polarización que generan subdesarrollo.

Este es el principal aporte sobre el que sustentar una tradición posterior defensora del concepto de periferia, que ya en el siglo XX dieron lugar a una nueva generación, que en la persona de Lenin, Rosa Luxemburgo o Bujarin, sería la encargada de una profunda renovación del pensamiento marxista sustentada en un nuevo enfoque, las teorías del imperialismo, que a cien años de su nacimiento y a una década de la última crisis global del capitalismo, regresa con toda su fuerza.

Bibliografía

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  • Vidal Villa, J.M. (1976). Teorías del imperialismo. Anagrama, Barcelona.

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Eduardo Sánchez Iglesias

Nace en Maracay, Venezuela, el 1 de septiembre de 1973 y reside en España desde los 14 años. Licenciado en Derecho por la Universidad de Salamanca (USAL) y en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), facultad de la que es Premio Extraordinario fin de carrera. Doctor en Economía Internacional y Desarrollo por la UCM.

Profesor de Ciencias Políticas de la UCM, donde imparte clases de Geografía Política, Geopolítica y Geopolítica del desarrollo. Es Director de la Fundación de Investigaciones Marxistas (FIM) desde 2014.

Autor y coautor de varios libros entre los que destaca Globalización, dependencia y crisis económica. Análisis heterodoxos desde la Economía del desarrollo, editado en 2011 por la Universidad de Málaga, ¿Alternativas al neoliberalismo en América Latina? Las políticas económicas en Venezuela, Brasil, Uruguay, Bolivia y Ecuador, editado por el Fondo de Cultura Económica en 2013 y Empresas Transnacionales, capitalismo español y periferia europea, editado por Los Libros de la Catarata en 2016. Es colaborador habitual del diario Público, a través de su blog La soledad del corredor de fondo.