Altiplano fusión band-orquesta sinfónica UMSA

La otra cara de los Andes

Altiplano Fusion Band
Publicado en Octubre 2018 en La Migraña 28
Rounded image

El 1.er Festival Internacional Chucuito 2009, celebrado en el puerto peruano de El Callao, vivía su última jornada. Las dos precedentes, ante llenos plenos del coliseo Chalaco, habían servido para seleccionar, entre 276 canciones –varias de estas con millones de views en el Youtube–, a las finalistas; entre ellas Cholo, de Altiplano fusión band. Pero el éxito del grupo boliviano iba a tener un valor agregado. Sucede que el director de la orquesta del festival, ganado por la emoción propia y el entusiasmo del público, hizo los arreglos para tocar con los nuestros y experimentar una puesta express con 30 músicos en escena. Y funcionó. La concordancia entre banda y orquesta rayó en lo perfecto. Siete minutos de aplausos.

Allí y entonces, nacía La otra cara de los Andes. Al volver a La Paz, con el auspicio de la Oficialía Mayor de Cultura y de su ejecutivo, el también músico Wálter Gómez, se gesta este proyecto de temas escogidos de seis obras: Vol. 1 Raíces, Vol. 2 La rebeldía de los cóndores, Vol. 3 Hijo del Ande, Vol. 4 Espíritus del tiempo, Vol. 5 Banderas del Sur, Vol. 6 Con los ojos abiertos. Todas ellas del compositor paceño Edgar Bustillo Orihuela conforman un dossier sinfónico que enraíza en lo autóctono, pasa por la messomúsica y re-crea el jazz.

¿Cómo reseñar 13 aciertos diversos y únicos, interpretados por ocho músicos de Altiplano Fusión Band y 60 de la Sinfónica de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA)? ¿Cómo comentar un ensamble bien logrado, que va de los violines al charango y a la zampoña, del dúo de quena y flauta dulce al contrapunto de tarkas y corno inglés? Vamos a intentarlo, es claro, desde la mirada de un aficionado. Rumbo a los Yungas, transparente el cielo de tanto sol, se hace la luz también en mi interior: “Obligar a la imaginación a seguirnos”, lo leí en alguna parte, “ve y mira, escucha varias veces, imagina, enumera”. Esa es la cosa.

  1. Medir las distancias por temas y por ritmos, y no por kilómetros; calcular cercanías no por minutos u horas, sino por canciones. Así, el espacio deviene musical y armoniza con el paisaje que lo enmarca, sobre todo cuando el vehículo zigzaguea con miedos abismales sobre una ruta de fama mortal. Camino a Puente Villa, corren cristalinas las aguas río abajo y, en simultáneo, fluye cadencioso el Cariño verdadero. Hay una suave sincronía entre el murmullo de la corriente y el susurro melódico del huayño en los arreglos de Patricia Bedregal. La imagino en su mundo, cruzando el puente –de lo clásico al folkrock–, pues se le encomendó a su joven talento los arreglos de Cholo, la fusión top que alucinara al orgulloso cholaje peruano en el citado balneario. Sigamos, con la imaginación dentro del jeep, que avanza sobre una carretera en la que la regla es ir a contramano (aquí nadie conserva la derecha, todos han elegido trajinar por la izquierda). Pasado el Castillo –de los Tejada Sorzano en la primera mitad del siglo XX–, más conocido como el del fantasma, nos gratifica la sinfónica de San Andrés con un aire toba (Banderas del Sur) y un tinku (Hija del Sur), arreglos de Javier Parrado, muy acordes con los saltos y el traqueteo de la 4 x 4.
    Cercanías de Huancané. A estas alturas (bajuras, sería más preciso), donde el descenso es vertiginoso, luego de extasiarnos con Fuego intenso (cueca) y Luz de vida (khantu-regee), remito a la metáfora acústica, para decirles a Nicolás Suárez y a Álvaro Montenegro, hermanos: las metáforas sonoras muestran vuestra genialidad. “Pero lo más importante es ser un maestro de la metáfora. Esta es la única cosa que no se puede aprender de los demás; y es esta también una señal del genio, puesto que una metáfora genuina supone una percepción intuitiva de la similitud en las diferencias” (Aristóteles dixit, en su Poética).
    Es que en estos dos arreglistas el oficio cobra categoría suprema (maniobro el volante, un bruto que no falta, perdón). Decía: si en los arreglos de Nicolás lo sinfónico de Altiplano Fusión Band se sublimiza: Aguas Sagradas (estreno exportable), Chiara (saya-caporal), Sol y Luna (fusión); en los de Álvaro la música se hace feliz: Ciudad del alma (caporal), Caminando la ciudad (morenada-rock).
    Desde México, Cristhian Laguna trabajó, vía internet, para poner a punto Amistad, un taquirari que, mientras burlamos a un colosal Volvo carga larga abarrotado de cítricos, de coca y de café, nos dice que el más sencillo de los lenguajes orales o escritos, se conjunciona con la más bella complejidad instrumental o cantada que pueda darse en un solo sitio a la hora sólo señalada por el azar, como ahora, o por el apuro, que ya ni cuenta. Otra curva cerrada y al frente todo el esplendor del verde yungueño. Chulumani a la vista insinuando vivencias desgarradoras al escuchar el eco de Espíritus del tiempo (fusión), que no viene de lejos, que es resonancia desde adentro; “Geografía del alma”, le llamó a este tipo de sensaciones Rolando Costa Arduz, médico legal y cronista paceño de buena prosa.
    Al promediar la tercera escucha de La otra cara de los Andes, llegamos a destino. Por cierto, nada convoca al apuro, más aun cuando hay un tema inspirado a media ejecución. Los arpegios finales de una polca discurren plácidamente en esta mixtura sinfónica con arreglos de Yayo Morales (desde España, WathsApp mediante): Se fue callando. Apago el motor, me voy callando, t’hikchando unas saudades, con el alma contenta por esta inesperada performance que se hizo grata compañía en el trayecto de La Paz a Chulumani.
  2. ¿En qué piensa el hacedor musical cuando compone? ¿Dónde vuela su mente? El corifeo avanza por sendas sonoras, atajos rítmicos, semitonos pausados en los cuatro acordes de la guitarra; en un insomnio se inspira y escribe para orquesta y coros. De vez en cuando, cuando la obra ya está más redonda en su mente, esta la transforma en fantasías objetivadas: un crepúsculo de ensueño, unas gentes sembrando esperanzas, una nostalgia, unos quebrantos, quizás, ¿un gran amor? Ahí, en esa esquina, se asemeja al escritor. Es cuando ambos se dejan llevar por la fantasía, imaginan dramas, miedos paralizantes, pasiones incompletas; recuerdan, sueñan, para luego plasmarlo todo en el pentagrama o en la PC. La metáfora escrita, la metáfora acústica, los instantes supremos de la creación.
    ¿Piensa en algo más que no sea dirigir, el que dirige? ¿Y sus dirigidos, qué piensan mientras tocan? Ya lo vimos a Willy Posadas, magistral en otro ensamble (con Música de Maestros) y oímos a sus dirigidos alternando con Wara en Collita tenías que ser, imperdible.
    Observando la maestría con que maneja la batuta, me dijo una pariente violinista: “Se me hace que el director de la sinfónica de San Andrés, se las sabe todas, denota destreza”. En efecto, seguro en su faena demuestra ser de los que saben que “en el arte, como en todo acto creativo, también es posible trabajar menos y rendir más, aunque parezca paradójico. ¿Por qué? Porque el creador genuino tiene algo de Nikola Tesla, el genio mayor de la inventiva, para quien previsualizar los inventos era más productivo que hacer y rehacer borradores y recién ponerse manos a la obra” (Javier Meléndez, en Crea como Tesla, crea como Mozart). El mejor director, ciertamente, no es el que más ensaya , “es el que mejor previsualiza el contexto e imagina de manera activa”; es Posadas en La Otra cara de los Andes, por ejemplo, donde esa mixtura de instrumentos se armoniza sinfónicamente desde el allegro inicial al scherzo y de este al rondó final pasando por un conmovedor adagio andante.
  3. Una calle y, en su entorno, un mercado, el más antiguo y surtido de la urbe: la Rodríguez, vestida con toda la gama del arco iris. Caseras de pollera sentadas en su trono de naranjas, mandarinas y limas de los Yungas, chirimoyas de Mizque, peras y duraznos de Luribay, uva de Tarija, en fin, mangos, piñas, papayas y plátanos del Chapare; un lugar de locura empapada de todos los colores de la creación. Y ahí, a unos pasos, en los bajos de una vieja casa de época, un callejón conduce adonde se ensaya una nueva sinfonía, la que viste todos los colores de las músicas creadas por Edgar Bustillo Orihuela. Ahí están los integrantes de Altiplano Fusión Band e invitados ocasionales, todos diestros en su especialidad, y hablar de cada uno sería motivo de otra crónica: José Luis Morales, bajo, coordinador musical; Johnny Luna, percusión, Andrés, Cristhian y Víctor Flores, vientos; Álvaro Montenegro, saxos; Christian Galindo, guitarra y voz; Juan Flores, batería; Claudeth Galindo, voz; Donato Espinoza, charango.
    Allí, en ese estudio donde han grabado desde Emma Junaro y sus hermanos hasta Esther Marisol y Wilson Molina, por citar los más antiguos y los más recientes, el guitarrista y director Edgar Bustillo Orihuela, como todos los de su tanda, crea a solas. Él no es un poeta, es un juglar. Sus letras van al pan, pan y al vino, vino; pero suele repetir, en su hablar sencillo y directo, lo que dicen otros de sus iguales, cuando uno les pregunta cómo lo hacen: “Solo hay que estar a solas con los propios pensamientos, a solas, en el insomnio, en el desvelo o en el parque. Y después transcribir lo que hemos soñado despiertos”.
    Lleva en su haber cientos de conciertos. Muchos de ellos frescos aún en su memoria. Citamos algunos: Memorial de la América Latina (Sao Paulo, Brasil); Auditorio de la Universidad Católica (Santiago de Chile, Capital Iberoamericana de la Cultura); Tres conciertos en la isla de la Estatua de la Libertad (Nueva York); Concierto Acústico (Universidad Agraria, en Lima, Perú).
    Y hubo en su carrera momentos mágicos y otros cargados de humor. De los primeros: el encuentro con Ference Blanchard, trompetista creador de la música de Malcom X, en el Patio del Ministerio de Culturas y Turismo, seguido de una velada de locura musical en el pub La Luna, cerrando el final de fiesta con un Jam Sesion. De los segundos: una noche de bohemia paceña, junto a los músicos de Joan Manuel Serrat en su visita a Bolivia, que remató con un vuelo charter extra La Paz-Buenos Aires para los intérpretes, de cha’ki tras una amanecida en el Blues Bar del Hotel Torino.

Antes de bajar el telón de este retrato de Edgar Bustillo a mano alzada, permítaseme un epílogo recurrente, con aire prestado:

“Si estoy buscando algo exótico o inesperado o extremo, si estoy buscando la solución al misterio de Kubrick”, dice ese estupendo narrador que es Jon Ronson, en Ciudadano Kubrick, “no tengo que mirar el interior de las cajas” –de las miles de cajas repletas de papeles napoleónicos, cientos de fichas y cartas de sus fans, nunca contestadas, que acostumbraba guardar el realizador de La Naranja Mecánica–, “…solo debo ver sus películas. Ahí está todo: esas películas son Stanley”. Valga la paráfrasis: si estoy buscando la clave para descifrar el proceso creador de Bustillo, no tengo que escrutar ese cuarto-estudio repleto de instrumentos, micrófonos y parlantes, recortes y afiches, discos y cintas, solo debo escuchar sus músicas. Ahí está todo: esas músicas son Edgar.

Rounded image

Altiplano Fusion Band

Altiplano de Bolivia se creó en el año 1976 aún con el nombre de “Mestizo”, denominación que nos da una idea de las intenciones musicales que tuvo la agrupación en sus principios y que ha mantenido en sus 30 años largos de bagaje musical. Aún con el nombre de Mestizo, el grupo se presentó en 1978 en Coroico, Los Yungas, Bolivia, y tras ello adoptó definitivamente el nombre de Altiplano durante otra actuación, esta vez en la Peña Naira. Ese mismo año Altiplano lanzó su primer LP con la intención de crear una nueva propuesta con influencias universales, grabando así composiciones propias que mostraron esa tendencia.

Altiplano conjuga los ritmos tradicionales de su tierra con el jazz y el rock principalmente al igual que ocurre con sus instrumentaciones: instrumentos tradicionales andinos mezclados con piano, saxo, guitarra eléctrica etc.

El guitarrista E. Bustillo ha sido y es el director del conjunto en toda su historia, además de ser también el compositor principal

La entrevista fue realizada por Eduardo (Pachi) Ascarrunz, cronista paceño de la memoria social.