El incómodo lugar de las instituciones "democráticas"

La “populismología” contemporánea

Soledad Stoessel
Publicado en Octubre 2018 en La Migraña 28
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Al calor de una suculenta disputa al interior del emergente partido español, su número uno, Pablo Iglesias, dibujó en estos términos uno de los litigios fundantes del pensamiento político contemporáneo -las sinuosas relaciones entre las instituciones y el populismo-:“El populismo termina con el fin de la política, con el fin del antagonismo, esto quiere decir que el populismo termina cuando la política se convierte en decisiones administrativas que se toman desde dispositivos administrativos, el Estado, un ayuntamiento, un partido… La clave, por lo tanto, del populismo es el afuera… pero PODEMOS se dedica durante dos años a presentarse a elecciones –las campañas electorales son campos de batallas ideológicos cojonudos- y eso termina siempre convirtiéndote en una organización que participa en procesos para tener cargos públicos en instituciones que toman decisiones administrativas y que de alguna manera destrozan, destruyen, limitan el antagonismo de la política. Es nuestra gran contradicción…”1Extracto del discurso de P. Iglesias pronunciado el 5-10-2016. Ver, https://www.youtube.com/watch?v=J2W1JM5nP-s (accesado el 7 de octubre 2016).. Para un lector profano de la prensa dominante en la región de donde partieron “las carabelas populistas”, no obstante, la invectiva de Iglesias podrá lucir, por decir lo menos, como desconcertante. ¿Cómo es eso de que el populismo acaba cuando empieza el ejercicio de construcción y gestión institucional? ¿No nos repiten acaso a diario los grandes medios que el populismo es una forma de ejercicio de poder que avasalla las instituciones (y no que es destrozado por ellas)? La confusión de nuestro hipotético lector de un diario latinoamericano no puede ser más justa.

Despejarla, quizás por ello mismo, no parece una empresa sencilla. Un primer punto de apoyo para acometer dicha tarea sería aludir al carácter polisémico de la categoría populismo –derivado de sus diversos usos y campos funcionales- para de inmediato pasar a afirmar que, desde sus específicos puntos de vista, tanto el populismo encarnado en el discurso de PODEMOS como aquel de la prensa liberal-conservadora en América Latina pueden llevar parte de razón y que, aún más, comparten algo sin saberlo: una mirada dicotómica, y de mutua exterioridad, entre el mundo de las instituciones políticas y la nebulosa del populismo.

Sin saberlo. Hablamos líneas arriba de una suerte de litigio en torno a los nexos entre populismo e instituciones. Es probable que el término sea impreciso pues el gran campo de batalla no termina de configurarse. Cada bando tiene sus particulares querellas y tiende a dialogar más bien al interior de sus propios circuitos. Simplificando, en la troupée liberal, el acuerdo sobre el poder corrosivo del populismo en relación a las instituciones prácticamente no tiene fisuras. Podrán discrepar sobre los grados de afectación o sobre las específicas instituciones fracturadas, pero no sobre la imagen global del populismo como fenómeno político que entroniza un liderazgo indómito que termina por someter a la institucionalidad democrática. En otra arena, la parcela de Laclau y sus intérpretes, si bien rescata al populismo como un momento fundamental para la incorporación de los de abajo en la comunidad política, no cree en la productividad de las instituciones -¿muros de contención o esclusas del antagonismo?- para la profundización democrática, la construcción de sujetos populares y la afirmación de proyectos políticos emancipadores. Ambos bandos, que no son los únicos implicados en la cuestión, se escuchan desde lejos. Aún así, y aunque con una carga normativa diversa, compartirían un similar punto de vista sobre los términos en cuestión: a los regímenes, líderes, proyectos populistas poco les interesan las instituciones ya sea porque a) son un obstáculo para un ejercicio decisionista del poder y por tanto debe neutralizarse su existencia (visión liberal); b) debilitan la potencia radical de los proyectos populares al contener el antagonismo social y confinar la tramitación de las demandas a los enjambres administrativos del Estado (visión posmarxista). Así, enfatizando en la perversa relación entre populismo e instituciones, la populismología dominante pierde de vista la complejidad de sus relaciones y deja abierto un campo de indagación que requiere contemplar otras aristas.

Los trabajos sobre la “cuestión populista”, en cualquier caso, han venido a amplificarse desde inicios del nuevo siglo en el marco del denominado giro a la izquierda latinoamericano. La ya abundante “populismología” se reactivó largamente a raíz del acceso al poder de variopintas coaliciones progresistas nucleadas por liderazgos de vocación transformacional que han marcado a fuego la dinámica política de la región y de sus respectivas naciones durante tres lustros. La centralidad de la cuestión en la agenda académica e intelectual de la región en el siglo XXI se podría comparar incluso con el predominio que tuviera en los años ochenta, la denominada “transitología” –con autores como Guillermo O´Donnell a la cabeza– preocupada por explicar el quiebre de los regímenes militares y la restauración de gobiernos civiles en América del Sur.

La vigente problematización del populismo trajo consigo algunas innovaciones teóricas y políticas. Conviene rescatar dos. En cuanto a las primeras, además de los (ya) clásicos desarrollos funcionalistas, marxistas y liberales, destaca la potente irrupción de una lectura post-gramsciana/discursiva del populismo abanderada por Ernesto Laclau2El interés teórico de Ernesto Laclau por el populismo data de la década del setenta, con su primera obra Política e ideología en la teoría marxista, referida al vínculo entre pueblo y clases –populismo y socialismo- y a la estrategia que debe construir el bloque de izquierdas en América Latina en el marco de la existencia de movimientos nacional-populares. No obstante, es en La Razón Populista (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2005) cuando tal interés se plasma efectivamente en una teoría política del populismo.. Se trata de un agudo esfuerzo teórico por instaurar la comprensión del populismo como lógica política que instituye al pueblo a través de la articulación de heterogéneas demandas sociales y del trazado de un antagonismo fundamental que lo diferencia de su adversario. Por su parte, a la luz de la propia obra laclausiana y, sobre todo, de la irradiación de las experiencias progresistas sudamericanas, la novedad política proviene de la deliberada recuperación del populismo como brújula estratégica de un emergente actor anti-sistémico que proyecta, desde allí, su ascenso hegemónico y la instalación de una democracia radical. El caso de PODEMOS es sintomático de esa explícita apropiación del populismo. El ex presidente venezolano, Hugo Chávez, difícilmente calibró alguna vez su identidad política desde tal auto-conciencia táctica. Aún más, ni si quiera en medio del logrado esfuerzo de la pléyade laclausiana por dignificar la noción, los gobiernos izquierdistas latinoamericanos hicieron suya semejante adscripción y hasta llegaron a renegar de ella3En boca de la propia Cristina Fernández de Kirchner (CFK): “Yo creo en las palabras de los que dicen que quieren un mundo más justo…pero entonces por qué se combate y se tilda de populistas precisamente a los gobiernos que en América Latina han sido los que mayores logros en equidad, en Derechos Humanos, en inclusión, en educación, en salud, han logrado, por qué?”, ver en https://www.youtube.com/watch?v=_6_1PiEfddw (accesado el 10 de octubre de 2016). Aquello no desconoce la proximidad entre el entorno presidencial de CFK y el Laclau teórico del populismo.. En este sentido, la manifiesta reivindicación del populismo por parte de una promisoria fuerza popular-democrática luce como un vuelco de particular relevancia en el debate estratégico sobre las vías de la lucha y la transformación social en el siglo XXI. Junto con le renovación teórica antes señalada, se trata de dos elementos que, entre otros, caracterizarían la tercera ola4Las dos oleadas anteriores estarían asociadas al populismo clásico de mediados del siglo siglo XX y al neopopulismo (de derechas) de los años noventa. Ver Susanne, Gratius, La ‘tercera ola populista’ de América Latina (Madrid: FRIDE, Working Paper, Nº 45, octubre 2007). de la populismología en la región.

Precisamente, con los ojos puestos en los gobiernos populares en América del Sur, este trabajo discute las relaciones entre populismo, instituciones y cambio político en las lecturas predominantes de la populismología contemporánea. Para el efecto se presenta, en primer lugar, una clave de interpretación que permite situar la “polisemia populista” en los debates teóricos-analíticos en curso. A la luz de dicha matriz interpretativa, en segundo término, se reconstruyen los relatos con que los enfoques liberal y discursivo se han ocupado del populismo en sus nexos con las instituciones. Sobre esa base, el texto concluye con una de serie de interrogantes respecto a la necesidad de ir más allá de la mirada dicotómica sobre el asunto y, sobre todo, de observar la capacidad instituyente del populismo en su compleja articulación con la movilización y el antagonismo.

Situar la polisemia populista

A diferencia de aquellos que postulan el malentendido en torno al populismo a raíz de su intrínseca polisemia y de la carencia de un campo de conocimiento más o menos fijado en su torno5Ver Abraldes, Daniel, Del Populismo al Republicanismo, Anales del Seminario de Historia de la Filosofía, Vol. 33, Núm. 1 (2016), pp. 307-312. A finales de los ochenta, ya se había propuesto la eliminación de la categoría populismo del léxico de las ciencias sociales debido a su incapacidad explicativa. Dicha moratoria no prosperó. Al contrario, como sostiene Retamozo: “la intensidad de los debates sobre el concepto de populismo es incomparable con otros términos como partidos políticos, movimientos sociales, elitismo”. Retamozo, Martín, La teoría política del populismo: Usos y controversias en América Latina en la perspectiva postfundacional (Buenos Aires: Mimeo, 2016). , sospechamos que esta suerte de atolladero conceptual responde a los diversos “usos” y “campos funcionales” que atraviesan a los diferentes enfoques. Por usos nos referimos a la construcción conceptual que distintas perspectivas hacen de la categoría populismo a partir de las específicas dimensiones del fenómeno político que abordan. De otra parte, por “campos funcionales”, con Retamozo6Retamozo, Martín, Populismo en América Latina: desde la teoría hacia el análisis político. Discurso, sujeto e inclusión en el caso argentino. Colombia Internacional, 82, 2014, pp. 221-258.[/fmn], apuntamos a los recortes fragmentarios de la realidad o a los “universos de observación”[mfn]Zemelman, Hugo, Uso crítico de la teoría. En torno a las funciones analíticas de la totalidad, (México: Instituto Politécnico Nacional, 2009). que cada enfoque procura capturar con la noción de populismo. En este sentido, se sugiere que la combinación de distintos usos y campos hicieron de la categoría de populismo una noción hiper-abarcadora, debilitando su capacidad explicativa. Esto no significa que definiendo de modo unívoco al populismo –tarea quizás imposible–estemos en condiciones de otorgarle mayor precisión analítica. En todo caso, la identificación y explicitación de dichos usos y campos en cada enfoque –no siempre declarados en sus formulaciones– puede contribuir a la comprensión de los argumentos y supuestos que subyacen en cada análisis.

Respecto a los usos del populismo, siempre en relación a los procesos contemporáneos, se pueden identificar cuatro: a) para describir la dimensión política del ciclo postneoliberal inaugurado con la llegada de Hugo Chávez al poder presidencial en Venezuela. Así, distintos trabajos han acudido a la categoría de populismo para ofrecer un cuadro general sobre los liderazgos y sus estrategias políticas7(Roberts, 2007; Vilas, 2011), , el tipo de movilización que el postneoliberalismo promueve8(Roberts, 2008),, el vínculo entre pueblo y clases sociales en tanto categorías sociales9(Vilas, 2011) y los modos de identificación política10(De la Torre, 2010; Panizza, 2008).; b) para describir (y comparar) las distintas fases y momentos históricos del populismo a lo largo del siglo XX y principios de este11Ver Barros, Sebastián, Momentums, demos y baremos: Lo popular en los análisis del populismo latinoamericano, POSTData: Revista de Reflexión y Análisis Político, 19, 2, pp. 315-344, 2014. Como ya se dijo, durante los noventa se habló de “gobiernos neopopulistass” (Fujimori, Menem, Bucaram) con programas políticos que se colocaron en las antípodas de los llamados populismos clásicos. Ver Viguera, Aníbal, “Populismo y neopopulismo en América Latina”, Revista Mexicana de Sociología, Vol. 55, No. 3 , 1993, pp. 49-66.. Varios trabajos han descrito los llamados “neopopulismos” así como los actuales procesos políticos a la luz de –y en contraste a– los llamados populismos clásicos12Por populismo clásico se hace referencia a las experiencias emergidas en América Latina, especialmente en Argentina, Brasil y México, a raíz de las crisis económicas de la década del 30, caracterizadas por liderazgos “carismáticos”, como el de Perón, Vargas y Cárdenas, respectivamente, por un modelo de desarrollo orientado al mercado interno, sostenido en un proceso de industrialización y aupado por una fuerte intervención estatal. Asimismo, el tipo de alianzas sociopolíticas se basaba en un acuerdo tripartito, entre Estado, movimiento sindical y empresarios; finalmente, la incorporación de grandes sectores de la sociedad a la comunidad y sistema políticos habría operado por medio de canales impulsados “desde arriba”, con una débil autonomía de la sociedad. Ver Ianni, Octavio, La formación del Estado populista en América Latina (México: Serie Popular, 1975). , considerados por varios como su forma bautismal. Tales populismos marcaron a partir de entonces los distintos procesos políticos de la región y los dotaron de determinados rasgos que han operado como baremos para el análisis de posteriores experiencias de similar signo; c) para (des) calificar y evaluar, desde un particular punto de vista normativo, los “daños a la democracia”13Barros, “Momentus…”, 2014. . Así, el populismo aparece como una expresión patológica de la política moderna en que un líder demagogo forja ensoñaciones en un pueblo siempre caracterizado por su docilidad y su “impaciencia irreflexiva”14Hermet, Guy, El Populismo como concepto, Revista de Ciencia Política, vol. XXIII, núm. 1 (2003), pp. 11.. En dicha dinámica quedan avasalladas las clásicas instituciones de la democracia representativa y se entroniza una forma decisionista de gestión política15Castañeda, Jorge, Latin America’s Left Turn. Foreign Affairs, 85, 3, (2006), pp. 28-43; De la Torre, Carlos, “El tecnopopulismo de Rafael Correa ¿Es compatible el carisma con la tecnocracia?” Latin American Research Review, Vol. 48, 1, (2013), pp. 24-43.; y d) para producir una teoría política formal del populismo como proceso de conformación de los sujetos sociales y las identidades políticas (Laclau). Desde este enfoque, el populismo en tanto categoría situada en distintos niveles y combinada a otros andamiajes categoriales y disciplinarios (especialmente, la lingüística y el psicoanálisis) consiste en una lógica de articulación de demandas que, sin predicar a priori sobre los contenidos que amalgama, da cuenta de la conformación antagónica del pueblo.

En relación a los campos funcionales, por otra parte, cabe sugerir que la populismología del siglo XXI se ha concentrado especialmente en tres dominios. El primero recupera al populismo como momento de ruptura política de un orden que se encuentra en crisis. El populismo vendría a ser el factor destituyente del orden social. Desde este campo, quizás el más influyente, se enfatiza en el análisis de las condiciones de posibilidad para la emergencia de las “rupturas populistas” (crisis de representación política, acumulación de conflictos sociales, déficit de legitimidad democrática de las elites, etc.). El segundo campo, de orden agencial, comprende al populismo como una lógica de construcción de sujetos (el sujeto “pueblo”), identidades políticas y discursos16Ver los trabajos de Panizza, Francisco, Fisuras entre Populismo y Democracia en América Latina, Stockholm Review of Latin American Studies, Issue No. 3 (2008), pp. 81-93; Aboy Carlés, Gerardo, Sebastián Barros y Julián Melo, Las brechas del pueblo. Reflexiones sobre identidades populares y populismo (UNGS/UNDAV, 2013).. En el tercero el populismo funciona como una lógica política que, una vez consumada la ruptura, gestiona y regula el nuevo orden, el vínculo con las instituciones y la incorporación de los distintos sectores sociales a la comunidad política. Este campo, que asume un enfoque procesual, ha sido relegado en los estudios sobre populismo.

En efecto, el escrutinio de las aspiraciones refundacionales del populismo, del tenso tránsito entre el momento antagónico y el de la recomposición política, su devenir hegemónico y/o su capacidad instituyente –e incluso la dinámica que acontece una vez que los populismos entran en crisis- han sido asuntos bastantes descuidados por la populismología en boga. Esta infravaloración del campo procesual se combina con el predominio de los usos normativos de la noción para oponerla en diversos sentidos –populismo contra democracia; gestión administrativa contra populismo– a la normalidad institucionalidad. Así, en lugar de un observar las específicas y contradictorias formas que toma el vínculo entre ambas dimensiones de lo político –lo constituyente y lo constituido, el antagonismo y el orden, la participación popular y la administración de las cosas, la movilización y la institucionalización–, aquellas han sido pensadas como mutuamente excluyentes y atravesadas por una pura relación de exterioridad. Tal es el impase a problematizar de aquí en más.

La corrosión populista

El populismo es tóxico para las instituciones políticas. Tal es la tesis central de buena parte de la populismología contemporánea. El tono de la crítica difícilmente puede desprenderse de la constelación normativa –pocas veces del todo confesa– de cierto liberalismo político. Más allá de dicha norma, semejante punto de vista se construye a partir de la interrogación sobre los efectos del populismo en la democracia. La pregunta encierra ya una sospecha, la intuición de una relación tormentosa. Esta aprensión no alcanza a ser si quiera matizada por ciertos llamados de atención acerca de la –¿eventual?– capacidad populista para ampliar el espacio de la política e incluir a los de abajo17Kaltwasser, Cristobal Rovira, The Ambivalence of Populism: Threat and Corrective for Democracy, Democratization, Vol. 9 (2), (2012), pp. 184–208.. Un escepticismo fundante con la política populista obtura cualquier comprensión dialéctica de su nexo con las instituciones. No hay signo contradictorio alguno en su lógica de construcción política: donde florece el populismo las instituciones son arrasadas; o es populismo o es democracia. Resuena ahí avasallante el poder simplificador de una analítica binaria.

El enamoramiento de las multitudes. “Dadme un balcón y seré presidente…” decía José María Velasco Ibarra, arquetipo si los hay del clásico líder populista del siglo XX, cinco veces presidente del Ecuador y referente indiscutido de la política nacional durante cuarenta años (1930-1970). El carácter performativo del enunciado designa la potencia del liderazgo frente a las masas. Entre el balcón, en lo alto, y aquellas, en la plaza, solo media la destreza persuasiva del gran orador. Atravesados por ese embrujo, irónicamente, los estudios políticos en la región (y más allá) no han dejado de referirse a la cuestión sin hacer uso de la imagen de la conexión directa entre el gran jefe y las multitudes. Populismo es el nombre de una relación apasionada y sin intermediación alguna entre el pueblo y el paladín. Es a través de su discurso, apenas, que las masas son incorporadas al juego político. La voluntad del liderazgo condensa entonces el ejercicio de inclusión social y representación popular que la política moderna había prometido trasladar a una serie de instituciones despersonalizadas. Dicha constatación enraíza el sentido de la impugnación liberal: la comunidad de ciudadanos libres se construye desde la activación de garantías abstractas, derechos formales y reglas generales que la interpelación populista se empeña en interrumpir una y otra vez. El mito fundacional del populismo como política inmediata abona, pues, el terreno de la plena desconfianza liberal en su nula disposición para traslaparse con ciertas instituciones políticas o, peor aún, para producir cualquier entramado institucional. El vínculo populista no puede sedimentarse sino en las virtudes del gran líder para capturar el variante humor de su pueblo y seducirle según las circunstancias. En ese nexo pasional ningún interfaz tiene cabida, cualquier forma organizacional queda sobrando. La intermediación partidaria, incluso, es vista como innecesaria.

La futilidad de las instituciones. El imperativo populista de la inmediatez desborda la ponderación de las instituciones democráticas. Se trata de medidas de tiempo político inconmensurables. La centralidad del liderazgo popular exige recrear cada vez el vínculo con la sociedad (y sus demandas). Las instituciones, por el contrario, operan como filtros de las reivindicaciones sociales y como válvulas de moderación entre su incubación y la toma de decisiones. En consecuencia, en tanto estrategia política, el populismo no puede sino poner en crisis permanente el lugar de las instituciones en la construcción de los regímenes democráticos. En particular, el relato liberal resalta la amenaza populista hacia los derechos de las minorías, la dinámica de la deliberación pública y el juego de pesos y contrapesos como base de la separación de poderes18Ver Levitsky, Steven y James Loxton, Populism and competitive authoritarianism in the Andes, Democratization, Vol. 20 (1), (2013), pp. 107-136.. La arquitectura de la democracia como poliarquía, señala, entra en ineludible embate con la propensión populista a reconstruir al pueblo en su homogeneidad, a hablar en nombre de las mayorías nacionales, a proyectarse desde la representación de la voluntad general refractaria a los pequeños intereses y a la pluralidad de lo social. La gramática de legitimación de los vigentes ‘populismos izquierdistas’ de los países andinos (Venezuela, Ecuador, Bolivia) a la hora de activar la convocatoria a Asambleas Constituyentes se apoyó en la apelación a la soberanía popular como fuente directa de (nuevo) poder político y, por tanto, mecanismo autorizado para cortocircuitar la vigencia de las instituciones del ancien régime19Ver Ramírez Gallegos, Franklin, Processo costituente ecuadoriano e legittimazione democratica: un contrappunto andino, en Dallo Stato del bienestar allo Stato del buen vivir. Innovazione e tradizione nel costituzionalismo latino-americano, S. Bagni (editora), Bologna: Filodiritto Editore, (2013), pp. 103-136.. La permanente querella entre los universos políticos de la legitimidad del soberano –pueblo siempre articulado por un activo liderazgo político, bonapartista- y aquellos fundados en la invocación a la legitimidad de los órdenes constituidos aparece como trazo insigne de los procesos andinos de remplazo constitucional en el siglo XXI20El litigio entre la gramática de la soberanía popular y aquella de la legalidad institucional desbordó los procesos constituyentes y, en los tres casos señalados, se reactivó, por ejemplo, cada vez que los movimientos oficialistas encauzaron cambios en la Carta Magna a través de vías plebiscitarias. . La estabilización institucional no es pues, a pesar de sus impulsos de refundación de la comunidad política, el desiderátum fundamental de los populismos realmente existentes. La indiferencia con las instituciones –en particular las que trazan el horizonte de las poliarquías modernas- sería más bien su marca de fuego.

El magma decisionista. Si en el credo liberal las instituciones políticas materializan el funcionamiento eficaz del sistema de pesos y contra pesos de todo orden que se precie de democrático, en el proyecto populista no se entienden sino como parte de la correa de trasmisión que permite convertir la voluntad popular en decisiones políticas vinculantes21Urbinati, Nadia, Democracy and populism, Constellations, 5, Vol. 1 (1998), pp. 110-124. . El decisionismo populista solo asigna un valor instrumental a su lugar en el juego político. Si ya contiene a las grandes mayorías, ¿qué sentido sustantivo puede asignar el liderazgo populista a unas instituciones en que las mayorías se forman, provisoriamente, a través de la negociación, el acuerdo, la deliberación entre pequeñas y grandes fuerzas? Para ciertos paradigmas políticos modernos, la función primordial de la política es la acción de tomar y ejecutar decisiones. Krockow sostiene que la tradición intelectual decisionista, muy imbuida en la crítica a la democracia liberal, pretende romper con los planteamientos normativos positivistas por medio de un modelo voluntarista de acción que trascienda la estrecha promesa de emancipación de los arquetipos burgueses del positivismo22Krockow, Christian Graf Von, La decisión. Un estudio sobre Ernst Jünger, Carl Smitt y Martin Heidegger (México: CEPCOM, 2001).. El núcleo de la acción decisional se sitúa, dentro de la esfera pública, en la actividad gubernamental monopolizada por el Estado. En tanto que modelo de gestión política el decisionismo supone pues la articulación entre la toma de decisiones radicales y la construcción de la imagen de un tiempo excepcional que debe ser resuelto. La compleja realidad excusa, entonces, legítimamente un proceso de toma de decisiones aún si éstas no han estado previstas por las rutinas administrativas o normativas –donde el liberalismo pone el acento– del Estado. El decisionismo se define así como la proyección legitimatoria del ejercicio de la voluntad política23Andara, Abraham Enrique, El decisionismo político y el advenimiento del liderazgo nacional popular en América Latina, en Revista Venezolana de Ciencia Política, Nº 35, (2009), pp. 31-51.. En el corazón de la agencia transformacional de los líderes latinoamericanos se ha situado, precisamente, la continua búsqueda de legitimidad política sobre la base de decisiones radicales y conflictivas presentadas como catalizadoras de un momento histórico excepcional24Ramírez Gallegos, Franklin, Decisionismos transformacionales, conflicto político y vínculo plebeyo. Poder y cambio en la nueva izquierda sudamericana, en América Latina. 200 años y nuevos horizontes, VV.AA, (Buenos Aires: Secretaría de Cultura de la Nación, 2010) pp.131-157.. Así, en el proceso en que se conectan decisionismo populista y legitimación, las instituciones solo formalizan expost un tipo de articulación política que ya ha sido trazada en otra parte.

En definitiva, ya sea retratado en su inmediatez, en su gramática de soberanía popular o en su forma voluntarista de acción política, el populismo opera, según el relato liberal, en un permanente vacío institucional. La dinámica populista se materializa apenas en mediaciones discursivas. No se observan a cabalidad ni sus instituciones de intermediación (movimiento, partido, sindicatos, colectivos, etc.), ni se toma en serio su vocación de construcción estatal (estatalidad, expansión de derechos), ni se conecta su producción decisional con sus puntos de apoyo en el sistema político (negociación parlamentaria, corporativismo, instituciones participativas, etc.) o en la gestión pública (lógicas de administración, burocracia, reforma del Estado). Más allá de la fundamental insistencia en las amenazas del populismo a la democracia, la representación liberal de la política populista desconoce la materialización institucional de procesos que, no en vano, se han anclado por períodos prolongados en la sociedad. Aquello no puede ser sino fruto de la pura voluntad de liderazgos todopoderosos.

La primacía del antagonismo

Las instituciones políticas son tóxicas para el populismo. Tal es la fórmula que, aunque llevada al extremo, podría condensar parte de las elaboraciones contemporáneas de la populismología de corte laclausiano respecto a la cuestión que nos ocupa. La tesis invierte el sentido de la sospecha liberal. No se trata ya de dimensionar la devastación populista de las instituciones sino de advertir que estas últimas operan como resortes de esterilización de la política populista. La contundencia del desplazamiento interpretativo –de la naturaleza anti-institucional del populismo al carácter anti-populista de las instituciones– no encubre, sin embargo, la continuidad de una matriz de análisis que coloca a las instituciones y al populismo en una relación de mutua exterioridad. Así, mientras el relato liberal sentencia la escasa disposición de los populismos –ya sea que se hable de liderazgos, regímenes, movimientos o discursos– para reconocer, construir y fortalecer las instituciones, la teoría populista del último Laclau –así como algunos de sus intérpretes– considera que la materialización institucional de los populismos tiende a bloquear la lógica antagónica, a saber, el principio constitutivo de lo político. Bajo ese lente, dicha perspectiva no puede sino mantener una resbalosa indiferencia con la dimensión institucional de los procesos populistas.

La ruptura populista

Coherente con su compromiso posfundacional, la teoría laclausiana del populismo no se erige sobre la base de un conflicto social determinado, sino sobre el antagonismo en tanto negatividad de un orden que excluye –porque ordena– y que está encarnado en la figura del enemigo político. Así, el populismo no surge de cualquier conflicto sino de un antagonismo que en su negación del orden vigente, introduce en el campo político un conflicto por los principios ordenadores de la sociedad. En este sentido, si bien por definición todo orden está dislocado -atravesado por una falla constitutiva- no necesariamente está irrigado, de forma permanente, por antagonismos. El populismo aparece entonces, en lo fundamental, como un momento de construcción de fronteras políticas que recorta el espacio de lo social en dos campos antagónicos: el bloque de poder y el pueblo. Dicho trazado de fronteras aparece como la operación fundante del proceso de identificación, politización y articulación, en torno a determinada plataforma política (un significante vacío, en lenguaje laclausiano), de una pluralidad de demandas inconformes con el sistema institucional. Tal proceso articulatorio produce una unidad siempre precaria y compleja que debe ser sostenida a través de la permanente reactivación de la frontera como un marcador de aquello que identifica a los polos confrontados. La frontera simplifica pues el espacio político y permite la reproducción del populismo en el tiempo25Ver Pereyra, Guillermo, Límites y posibilidades del discurso populista, en Utopía y Praxis Latinoamericana, Año 17, No. 58 (2012), pp. 11 – 26.

Visto así, la ruptura populista condensa tanto la posibilidad de dinamitar un orden siempre susceptible de ser quebrado (negatividad) como el ejercicio de sutura del orden social (positividad) en que el pueblo emerge y se construye como sujeto. De este modo, aunque se visualizan los dos planos constitutivos de lo político –el antagonismo como vector de cambio y el agonismo como refundación de la comunidad– la perspectiva laclausiana termina no solo por otorgar primacía al primer plano sino que apenas si brinda pistas certeras sobre la operación del populismo en su dinámica refundacional. Una mayor preocupación por este segundo plano exigiría, entre otros aspectos, un tratamiento sistemático del lugar de las instituciones en el populismo y no el despliegue de un punto de vista que tiende a diferenciar ambas lógicas. Para Laclau, en efecto, una de las propiedades insignes del populismo es su talante profundamente “anti-institucional”26Laclau, Ernesto. Populismo, ¿qué nos dice el nombre, en Comp. Panizza, Francisco. El populismo como espejo de la democracia (Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2009), pp. 58-59.. Dicho en palabras de Aboy Carlés, en el marco conceptual de Laclau “…si el populismo se define como una dicotomización polarizada de la sociedad sin más, la institucionalización sólo corresponderá al momento de su eclipse, será, en palabras citadas por el propio autor, su momento stalinista”27Aboy Carlés, Gerardo, Las dos caras de Jano: acerca de la compleja relación entre populismo e instituciones políticas, Pensamiento Plural, 7, 2010, pp. 21-40, pp. 32.

El sedante institucionalista

Quizás sea La Razón Populista la única obra en que Laclau vuelca un desarrollo más sustantivo sobre el vínculo del populismo con las instituciones a partir de lo que denomina totalización populista y totalización institucional como dos modos de construcción política28Para profundizar sobre la teoría del populismo de Laclau, aquí sumamente simplificada, ver Retamozo, Populismo en América Latina…, 2014.. En dicha elaboración, el populismo opera con una lógica propia basada en el ejercicio de volver equivalentes una heterogeneidad de demandas no procesadas por la institucionalidad vigente, a partir de reconocerse en el elemento que aquellas tienen en común –aunque sin aniquilar su particularidad. Dicho reconocimiento, como se ha visto, se instituye y gestiona a partir de la frontera antagónica en la que algún elemento logra erigirse como representante legítimo general de esas demandas– Laclau denomina a este proceso hegemonía y en general coloca a la figura del líder como elemento de universalización. Ahí reside la posibilidad de construcción de un pueblo y por tanto, del populismo.

En la otra orilla, no obstante, emerge el problema de la ausencia de “exceso”, es decir, cuando todo reclamo es diferencialmente tramitado por las instituciones existentes, cuando cada demanda logra ser contenida y procesada por un poder institucionalizado. En esta lógica política, de corte institucionalista, las demandas particulares son tratadas como si gozaran del mismo estatus y autonomía entre sí y por esta razón son incorporadas a la totalidad social como “diferencialidad pura”, de modo sectorizado: “pueden ser absorbidas por el sistema de un modo transformista (para utilizar el término gramsciano)”29Laclau, Ernesto. La Razón Populista, 2005.. En la medida que las reivindicaciones sociales logran ser tramitadas sin activar antagonismos, a través de la negociación con el sistema y poder dominantes, la gramática institucionalista imposibilita la construcción de una totalidad global –“el pueblo como actor histórico”– y apacigua la centralidad del conflicto. Imágenes inversas: la inconmensurabilidad entre la razón populista y la lógica institucionalista no puede ser mayor.

Se entiende entonces que, en la formulación laclausiana, el eventual paso de la confrontación antagónica a la negociación pluralista–particularizada suponga el adormecimiento de la lógica populista en las aguas mansas de una institucionalidad que reduce la praxis política a una mera gestión “racional–legal” de las cosas. El ejemplo de la metamorfosis del discurso peronista anclado, originalmente, en la figura del “descamisado” para luego sostenerse en aquella de la “comunidad organizada” como elemento institucional de reconciliación política es paradigmático del efecto anestésico de dicho desplazamiento30Laclau,Erensto. Populismo, ¿qué nos dice el nombre? 2009. .

Una querella laclausiana

La escasa atención o la simplificación teórica de Laclau respecto a las relaciones entre populismo e instituciones no pasaron sin controversias entre sus intérpretes, apologetas y críticos. Más allá de cuestionar la ineficacia analítica de una tesis dicotómica de lo político –antagonismo populista vs. construcción institucional– a la hora de comprender los procesos populistas realmente existentes o de impugnar el carácter anti-institucional que se les asigna, a priori, sin auscultar sus variadas relaciones con el mundo de las instituciones31Ver Melo, Julián, Ostracismo, resurrección y utopía: breve nota sobre política, populismo y posestructuralismo, Pensamiento Plural, 7, 2010, pp. 57-75., el centro de la disputa teórica gira quizás en torno a la fijación del lugar y de la orientación de las relaciones entre ruptura y refundación al interior del fenómeno populista. Veamos.

Admitir la dualidad del populismo, fijada entre el imperativo de reactivar las fronteras divisorias de lo social y la tendencia a la re–integración precaria de la comunidad política, no deja mayores indicaciones sobre el tipo de imbricaciones que se tejen en su torno. El llamado de atención de Laclau sobre la esterilización institucional del populismo pone por delante la imagen de un peligroso tránsito entre uno y otro momento –lo que alienta a la vez cierta idea de continuidad–. Mientras parece cerrar el debate de forma abrupta. A partir de allí, sin embargo, la querella ha ido amplificándose. Una primera clave de lectura alterna suscribe la tesis del populismo como un andamiaje cimentado en la tensa combinación de inclinaciones rupturistas y predisposiciones a la reunificación del espacio político. El populismo asume entonces un signo nítidamente contradictorio que se plasma como un turbulento entrelazamiento entre ruptura del orden y voluntad de representar al conjunto del pueblo: “ambas tendencias deben coexistir en tensión para hablar de populismo, sin que una logre imponerse sobre la otra”32Aboy Carlés, Gerardo, Las dos caras de Jano…, 2010, pp. 28. Cursivas nuestras.. En esta crítica (interna) del populismo laclausiano, Aboy Carlés no concibe ya al populismo como un momento previo a la institucionalidad (poliárquica) sino como la constante negociación de la representación del todo y las partes que por momentos excluye y por otros incluye la alteridad resultante de la frontera antagónica. De esta lectura, que no oculta su carga normativa, se pueden extraer dos implicaciones: por un lado, la posibilidad real de la coexistencia entre rupturismo político y agenciamiento institucional en un mismo proceso populista; por otro, la necesidad de observar las modulaciones del ‘péndulo populista’ a partir de procesos políticos concretos, caso por caso, pues no cabría establecer un patrón general que informe sobre la tensión asociada al lugar de las instituciones en las experiencias populistas. No es posible, pues, pronunciarse a priori sobre el tipo de vínculo que se entreteje entre ambas lógicas políticas.

Dicha tensa coexistencia ha sido puesta en cuestión en diversas perspectivas críticas al populismo laclausiano. Ya en 1981, por ejemplo, Portantiero y De Ipola aludían a los trabajos originarios de Laclau en torno a la cuestión reconociendo la potencia de la ruptura populista para forjar la creación de las masas populares en sujeto-pueblo pero observando, a la vez, que dicho movimiento no supone la impugnación del “principio general de dominación” sino, al contrario, la necesaria subordinación popular a una instancia central corporizada en el Estado. En el mismo acto en que el pueblo es investido de existencia política se afirma la congénita tendencia proestatal que lleva como su signo de fuego toda experiencia populista real33Portantiero, Juan Carlos, y Emilio, De Ipola. Lo nacional popular y los populismos realmente existentes. Nueva Sociedad No. 54, 1981, pp. 7-18.. El pueblo como sujeto del Estado. En similar clave de interpretación, Vatter presenta la teoría de la hegemonía de Laclau –que en algún sentido es también su teoría del populismo34Arditi, Benjamín, ¿Populismo es hegemonía es política? La teoría del populismo de Ernesto Laclau, Constellations, Vol 17, Número 2, 2010, pp. 488-497. – como la descripción de la permanente lucha por medio de la cual el poder constituido (el sistema político, las instituciones) procura determinar para sí mismo un poder constituyente (el pueblo soberano como sujeto político) en capacidad de brindarle una base para su contingente fundación35Ver Vatter, Miguel, Constitución y resistencia: ensayos de teoría democrática radical (Santiago de Chile: Universidad Diego Portales, 2012), pp 133-135.. La creación del pueblo adquiere sentido político a través de su función legitimadora de la instauración estatal. El primado del antagonismo es apenas ilusorio. Lo nacional-estatal termina por imponerse y por dar forma cabal al proyecto populista. Nada de ello es accidental. Se trata más bien de una ‘ley de hierro del populismo’.

Retomando de algún modo el sentido de esta crítica, una tercera línea interpretativa lee el legado de La razón populista en torno a su preocupación por asegurar la permanencia del populismo luego de su irrupción contra las instituciones vigentes. La continuidad populista exige, en esta perspectiva, cierta cristalización institucional y no depende apenas de operaciones verbales o de la reactivación constante de la polarización política. Dicha materialización, sin embargo, no puede colocar límites a la práctica política en que se forja el pueblo ni direccionar la dinámica de la lucha. La institucionalidad (Estatal y no) toma la forma de un punto de apoyo –nunca constituye un fin en sí mismo- fundamental para la diseminación del populismo como lógica de afirmación política de los que “no tienen parte”. Así, en este registro, la aversión laclauniana a las instituciones hace referencia más al carácter restrictivo de la política burocratizada y ‘administrativizante’ que a su faceta de condensación o acumulación de nuevas gramáticas y sentidos políticos. Como experiencia efectiva, como estrategia y como proyecto histórico, el populismo no reniega de la expresión institucional de su despliegue sino que más bien la asume como un producto de la dimensión polémica de lo político. Se sigue, pues, que la sustentabilidad del populismo en el tiempo no puede eludir la cuestión de la producción e innovación de las instituciones contra las cuales afirmó su irrupción antagónica. Emerge aquí la figura de lo “institucional-populista”, de las instituciones del pueblo, como indisociable del antagonismo que activa y de su propia voluntad hegemónica. La práctica de la articulación de demandas diferenciadas se irriga en el cuerpo social por medio del discurso y la materialidad de un conjunto de instituciones –en particular aquellas provenientes del propio entramado de organización popular– de diverso orden: “en este sentido, en el populismo, lo institucional adquiere un cariz más complejo que en las construcciones políticas que no privilegian los antagonismos”36Ver Pereyra, Guillermo, Límites y posibilidades…, 2012..

Las tres claves de lectura brevemente recabadas dan cuenta de la apertura de una querella teórica que dista mucho de estar cerrada. La populismología (post) laclausiana parece, en todo caso, consciente de la incomodidad de “su” teoría con la problemática de las instituciones políticas y esboza la necesidad de establecer un punto de vista que, más allá de las antinomias, de cuenta del carácter de la vinculación entre antagonismo-hegemonía e instituciones. Para el efecto, se sugiere calibrar una aproximación desde el campo procesual –péndulo, desplazamiento, combinación, contradicción–, observar de modo más atento al populismo en su faz de recomposición política e interrogar, sin determinismos, las consecuencias de dicha dimensión en la conflictiva dinámica del cambio político.

Quebrar el impasse

La cualidad de lo cómodo es atribuida a cualquier objeto necesario para vivir a gusto. Visitar a las instituciones no parece procurar esa experiencia a la boyante “populismología” contemporánea. Ésta, tan expansiva en relación a los nexos de su objeto de estudio con las estrategias, los liderazgos, los discursos, las identidades, etc., tiende a detenerse cuando bordea las fronteras de la institucionalidad. No se trata de un no-lugar o de un modo de invisibilizar una problemática. Dicha incomodidad se expresa más bien en la forma de una indiferencia analítica que abunda en cierta sub-teorización del asunto.

En los dos enfoques examinados, al menos, semejante distracción está conectada con los supuestos de base con que se aborda la cuestión. Desde la mirada liberal se asume el carácter personalista, in-mediato y des–intermediado de la política populista. Así, cualquier abordaje de sus vínculos con el entramado institucional de la sociedad luce como un problema de segundo orden, salvo en lo que concierne a sus efectos –siempre devastadores– sobre las reglas de juego de la (propia) democracia liberal. En la comprensión laclausiana, mientras tanto, la articulación populista tiene lugar y adquiere su significado más democrático en el espacio de lo social y en el tiempo del conflicto. Las instituciones, en su forma de representación política o administración de las cosas, expresan una atrofia de la productividad de los antagonismos o su puro bloqueo. No cabe pues ocuparse de ellas sino en su momento de descomposición y crisis, aquel que propicia las condiciones para la ruptura populista.

Más allá del universo de las normas, sin embargo, el debate avanzado sobre la relación del populismo con el entramado institucional abre un sinnúmero de problemáticas que, abordadas desde su particularidad, pueden contribuir a fijar un dispositivo analítico más estable para encarar este espinoso terreno de estudio.
Una primera cuestión, sin duda, remite a las relaciones entre populismo e instituciones democráticas. Si el abordaje de este asunto desde un punto de vista liberal parece insuficiente también luce largamente insatisfactoria cualquier mirada que menoscabe de partida la centralidad de su crítica. Salir de este impasse implicaría dos movimientos: articular el análisis de los nexos del populismo con los procedimientos de la poliarquía con la indagación sobre los trazos de innovación democrática post-liberal (arreglos participativos, democracia comunitaria, representación colectiva, etc.) que acompañan a los procesos populistas contemporáneos; y evaluar dicha articulación a partir de las diversas lógicas y tradiciones (republicanismo, movimientismo/autonomismo, corporativismo) que forjan la experiencia democrática moderna y que pueden atravesar de modo virtuoso (o no) la propia lógica populista de construcción del demos37Ver, sobre todo, Panizza, Francisco, “Fisuras entre Populismo y Democracia en América Latina”, en Stockholm Review of Latin American Studies, (2008), pp. 81-93; Retamozo, Martín y María Antonia, Muñoz, “Kirchnerismo y hegemonía. Política y gobierno”, en Peronismos, izquierdas y organizaciones populares (La Plata: EDULP, 2013); Rinesi, Eduardo, “Una defensa del republicanismo popular, en Maíz, número 6 (2016), pp. 12-15. . En el cruce de ambos elementos queda situada la paradoja democrática del populismo tanto en su específica capacidad de producción y reforma institucional como en la valoración de su potencial (des) democratizador. Esta arista del debate obliga, a la vez, a reconocer que ni en el plano analítico, ni en el plano descriptivo es posible capturar la naturaleza y práctica de un régimen político solo a través de las teorías del populismo desprovistas de otras referencias normativas y de otras teorías de alcance medio (como las teorías de la democracia, del Estado y de los movimientos sociales y el andamiaje categorial que subyacen a ellas).

Una segunda cuestión, que hace cojear a unos y otros, alude a la indagación acerca del potencial transformador de los procesos institucionales y su lugar en las dinámicas de cambio social. Cierta perspectiva liberal puede reconocer la construcción por parte de los populismos de un tipo de institucionalidad –una “sucia, no pluralista, desprolija” para hablar en términos de Ostiguy– donde domina lo plebeyo y se es gobierno pero al mismo tiempo oposición. Los populismos en-tanto-gobierno, prosigue dicha perspectiva, crean “desde arriba” las propias demandas que luego serán tramitadas por ellos mismos de modo antagónico y “radicalmente” inclusivo. Aquello, sin embargo, tiene más que ver con estrategias de afirmación del poder que con sustantivos procesos de cambio. De otra parte, denigrar el estudio de los procesos institucionales es negar, en alguna medida, el carácter contencioso de los procesos socio-políticos. Como si la disputa en y por las instituciones no conllevara dinámicas conflictivas y, de modo inverso, las instituciones no fueran un vector clave para procesar cambios radicales que al mismo tiempo producen un conjunto de conflictividades atadas a la disputa por dicho cambio. ¿Acaso no es la dimensión antagónica la piedra angular de los estudios y reflexiones post-marxistas? ¿Qué otro objeto, si no es el Estado –tanto su morfología como su intervención que se gestiona necesariamente a través de “dispositivos y decisiones administrativas”– constituye el constructo más atravesado por antagonismos y luchas políticas capaces de vigorizar la acción política?

Finalmente, en la perspectiva laclausiana del populismo se enfatiza que entre las dinámicas de la ruptura populista y el entramado de los poderes constituidos se establece un relacionamiento puramente externo. La absolutización del antagonismo populista desde el campo de lo social descarga a la política de cualquier vínculo con el poder constituido más allá del horizonte, siempre reconfortante, de la productividad de los conflictos. Si aquello niega, correctamente, cualquier opción de plena recuperación de la dinámica del antagonismo por los mecanismos del poder constituido, no contribuye a una cabal comprensión de las múltiples conexiones internas en que se configuran históricamente ambas instancias. La misma dinámica de la resistencia y la persistencia del antagonismo no encuentran cabida sino al interior de la relación entre la esfera de la emancipación y aquella del poder. Ello luce aún más crucial en la medida en que –como lo han sugerido los trabajos sobre la dimensión reproductiva del Estado y las mediaciones institucionales– el espacio de los poderes constituidos también resiste y remodela las trayectorias del antagonismo. La resistencia recíproca entre ambas instancias evidencia la interioridad de su vínculo así como el carácter permanentemente conflictivo de aquel. Se dibuja allí el espacio de lo político, no subsumido en lo social ni represado en los pliegues de lo instituido, en que se fraguan –condicionándose y resistiéndose– los sujetos y las formas políticas38Ver Ramírez Gallegos, Franklin, Subjetivación política y perspectivas del cambio, en Movimientos subalternos, antagonistas y autónomos en México y América Latina, M. Modonesi (coordinador), (UNAM: México D.F. 2015) pp. 29-49)..

Al visualizar este conflictivo encuentro, saturado de específicos mecanismos, mediaciones e instituciones, se reinstituye la posibilidad de otorgar un estatus analítico equivalente, en el análisis del cambio político, a la faz antagónica del populismo y a la transformación del campo de la dominación en su expresión institucionalizada.

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Soledad Stoessel

Es Doctora en Ciencias Sociales y Licenciada en Sociología por la Universidad Nacional de La Plata. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas por FLACSO-Ecuador. Actualmente es becaria postdoctoral del CONICET (Argentina) e investigadora en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales de la UNLP y en FLACSO-Ecuador. Profesora en la UNLP, en el Instituto de Altos Estudios Nacionales y en FLACSO-Ecuador.