Interpelación a los obreros del mundo

La Revolución Rusa, Revolución Proletaria

Horacio Tarcus
Publicado en febrero 2018 en La Migraña 25
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Comenzaré diciendo que la buena nueva de la Revolución Rusa se irradió por el mundo a la velocidad del telégrafo, después de los años aciagos de la gran guerra desatada en 1914, todavía no se llamaba Primera Guerra Mundial, porque no estaba la Segunda, se la conocía como la Gran Guerra.

Los acontecimientos rusos vinieron a proyectar de pronto una intensa luz de esperanza, cuando las noticias europeas parecían confirmar el sombrío presagio de la decadencia de occidente, para decirlo en los términos de un Best Seller de la época, el oriente ruso emerge como el acontecimiento capaz de arrancar los males de raíz y de erigir sobre los escombros del antiguo orden civilizatorio, un nuevo orden.

La revolución ya no era entonces la lejana promesa de redención que predicaban los credos políticos de los anarquistas, de los socialistas o los sindicalistas revolucionarios, estaba aconteciendo aquí y ahora, o si se quiere allí y ahora, pero en definitiva acontecía en un espacio y tiempo determinados. Ciertamente se me dirá lejos de América Latina pero en un territorio tanto más periférico que el nuestro a donde tampoco el capitalismo agrario había sido capaz de sacar a nuestros países del atraso.
El siglo XIX había sido el de la promesa y el de la utopía, el tiempo de los profetas como lo llamó un escritor francés Benijou (31:36) el nuevo siglo que justamente se va a iniciar con la Revolución Rusa de 1917, dejando atrás las ensoñaciones románticas del pasado que ya la guerra se había ocupado de desvanecer, hace nacer el tiempo de la revolución, aquel que vendría a realizar las promesas del pasado, el Siglo XIX fue el siglo de la utopía, el siglo XX como dijo el filósofo Alain Badiou fue el siglo de la exaltación de lo real contra la utopía, fue un siglo antiutópico, fue el siglo de la realización. Las noticias, los testimonios, las fotografías, la literatura y el cine que llegaban de la nueva Rusia fueron configurando un poderoso imaginario que dominó casi todo el siglo XIX.

Yo me voy a referir, no tanto como mi colega Andrei Schelchkov a los acontecimientos soviéticos mismos, sino a como fueron leídos desde América Latina, a partir de que prisma se leían los procesos rusos y cuales fueron, si se quiere, los malos entendidos que generaba una transmisión a semejante distancia y a partir de actores que necesariamente leían a partir de sus propios intereses, de sus propios anhelos y de sus propios deseos.

En ese sentido el octubre ruso fue después de 1789, el epítome mismo de la revolución, a partir de entonces 1789 pasó a ser el paradigma de la revolución burguesa, mientras que 1917 constituía el paradigma de la revolución proletaria aunque como bien señala Andrei el proceso ruso combinara una revolución proletaria en las grandes ciudades industriales con una revolución campesina, lo que me importa a mí para esta presentación es esta construcción paradigmática a donde la dimensión campesina quedaba ocluida o quedaba en un segundo plano, así como la toma del poder en octubre ocluyó la revolución de febrero como una mera revolución democrático burguesa como acaba de señalar Andrei, el impacto en todo caso es ese octubre bolchevique y ese octubre proletario aunque no haya sido exclusivamente proletario y como señaló Andrei, no haya sido exclusivamente bolchevique y sobre todo después del film “Octubre” de Eisenstein la toma del palacio de invierno de Petrogrado se convirtió en la imagen misma de la revolución comunista en una suerte de equivalente proletario de la toma de la Bastilla.

Incluso las siguientes revoluciones del Siglo XX se pensaron sobre la imagen modélica de la Revolución Rusa, la Revolución China de 1949 llevada a cabo por un ejército campesino fue socialmente asimilada a la rusa y definida de todos modos como proletaria porque importaba menos el sujeto social que la llevaba a cabo que el modelo comunista proletario que la había guiado.

La Revolución Rusa puso en circulación en todo el globo un lenguaje político renovado y en 1917 aparecieron por primera vez primero en la gran prensa y luego en la folletería socialista, comunista y anarquista, expresiones novedosas que nunca se habían escuchado: Soviet, sistema soviético, máxima lista, mínima lista, bolcheviques, mencheviques, comisarios del pueblo, Sovnarkom, ejército rojo, ejército blanco, dualidad de poderes, insurrección, expresiones como derrotismo revolucionario, autodeterminación de los pueblos y otros conceptos como capital financiero e imperialismo que vinieron inevitablemente asociados a la difusión del leninismo.

Hasta la irrupción de la Revolución China en 1949, o la cubana 10 años después el imaginario revolucionario mundial quedó hasta tal punto capturado por el poderoso magnetismo del acontecimiento ruso que todos los movimientos radicales posteriores eran juzgados según los momentos y según las figuras que proporcionaba la vara soviética. Derechas e izquierdas buscaban afanosamente en América Latina los equivalentes locales de Kerensky o de Marto, de Lenin o de Kornilov, muchos dirigentes reformistas fueron tildados de Kerenskistas, sobre todo por las derechas, mientras que las izquierdas no dudaron en calificar de kornilovasos a los golpes militares fallidos de Latinoamérica.

La revolución de octubre interpeló sobre todo a los obreros de las capitales del mundo, a las franjas más politizadas de los trabajadores agrarios, a los estudiantes. Pensemos que la Revolución Rusa casi coincide con la reforma universitaria que estalla en la ciudad de Córdova en 1918 y se expande por toda América Latina y también a las mujeres, por lo menos a aquellas mujeres que apartándose de la educación patriarcal, se atrevían por esos años a ingresar en ámbitos hasta entonces dominados por los varones como el sindicato o la universidad.

Interpeló a los grandes intelectuales, pero mucho más interpeló a un nuevo público lector, el público de la cultura popular, el público del diario de masas, del magazine ilustrado, del libro barato, del folleto de aparición semanal. Las ediciones populares de las décadas de 1910, 1920, 1930, pusieron en toda América Latina en manos de amplias capas, en manos de ávidos lectores y por pocos centavos, la teoría política de la nueva revolución como también textos como los nuevos códigos soviéticos de trabajo o el código soviético de la familia, libros sobre los logros de la nueva educación soviética, los primeros productos de la nueva literatura proletaria, las conquistas prodigiosas de la ciencia y la tecnología soviética o incluso las experiencias del amor en libertad, para decirlo en los términos de una difundida novela de esos tiempos, una novela de León Gomilievsky que se llamó justamente “El Amor en Libertad”.

La nueva revolución era apenas destructiva, si había puesto en fuga a viejos aristócratas y banquero y había ejecutado al Zar y su familia, ese mínimo de violencia era la condición para ensayar la edificación colectiva de un nuevo orden social emancipando no sólo a los obreros y campesinos del yugo capitalista y del terrateniente, sino también erigiendo un nuevo orden cultural e incluso una nueva moral sexual.

Ahora bien ¿Qué pasó en la Argentina? La Argentina no escapó a lo que el historiador británico Eric Hobsbwam llamó el corto siglo XX, el siglo que según Hobsbwam nace justamente con la guerra y la revolución y termina con el derrumbe de la Unión Soviética. También mi país entró entre los años 1919 y 1921 en lo que la historiografía de mi país llama el trienio rojo, un proceso de huelgas, movilizaciones y radicalidad semejante al que en aquellos años estaba sacudiendo también a países como Alemania y Hungría, Italia y España.

¿Qué pasaba en la Argentina en 1917? Los sucesos de octubre tomaron de algún modo por sorpresa a las izquierdas argentinas que se encontraban en cierta medida, a pesar de su larga tradición que se remontaba a fines del siglo XIX en una situación de relativa debilidad, porque se acababa de derrumbar la segunda internacional a partir del hecho de que los líderes socialistas apoyaron a sus respectivos países durante el estallido de la guerra y por lo tanto la Internacional se derrumbaba y los socialistas argentinos estaban divididos en una mayoría aliadófila, o sea que apoyaba la causa de los aliados en la guerra y un sector, un ala izquierda a donde militaban una serie de obreros y sobre todo los jóvenes que era, lo digo en los términos de la época, neutralista, o sea decía que la guerra tenía un carácter imperialista, que los verdaderos socialista internacionalistas debían estar en contra de la guerra y no apoyar a alguna de las potencias porque todas eran responsables en esta terrible carnicería humana, al punto que el sector más radical que lideraba un obrero que se llamaba José Fernando Penelón, un obrero linotipista, fue prácticamente expulsado del partido después de un tumultuoso congreso y Penelçon y los suyos decidieron ya en enero de 1918 el primer partido comunista de América Latina aunque no se llamó así todavía, porque ni siquiera los comunistas rusos se denominaban comunistas, pero en enero de 1918 fundó el Partido Socialista Internacional que dos años después iba a llamarse Partido Comunista de Argentina.

Tan precipitada fue la ruptura que ni siquiera tuvo tiempo de llevar consigo al ala juvenil, que se mantuvo en el partido durante dos o tres años más tratando de promover la filiación del Partido Socialista Argentino, un partido importante donde había importantes caudales obreros pero con una dirección como decíamos Aliadófila con una orientación profundamente reformista se trató de convencer a la masa de afiliados del partido de que se adhiera a la Tercera Internacional, estos jóvenes que también van a terminar siendo expulsados del partido van a ser llamados los terceristas porque se adhieren a la Tercera Internacional.

Ahora bien, los Terceristas, el Partido Comunista Argentino eran corrientes minoritarias si consideramos que en Argentina existía desde fines del 19 y sobre todo desde comienzos del Siglo XX, un movimiento obrero muy precozmente organizado si lo comparamos con el conjunto de América Latina, en 1901 se había fundado la poderosa Federación Obrera Argentina que en seguida se va a llamar Federación Obrera Regional Argentina la famosa FORA, la FORA anarquista.

La FORA también se encontraba dividida entre la FORA anarquista llamada en la jerga de la época la FORA del Quinto Congreso y la FORA Sindicalista Revolucionaria ¿Cuáles eran las diferencias? Los anarquistas o anarco comunistas creían, estaban en contra de los partidos políticos, estaban en contra de la acción parlamentaria por supuesto y creían en un sindicalismo revolucionario que abogara por una insurrección de carácter anarquista, mientras que la corriente sindicalista propugnaba en Argentina y en todo el mundo, porque era una corriente internacional, propugnaba que el sindicato debía ser apolítico no debía ser ni anarquista, ni socialista, ni comunista. Consideraban que era el sindicato y no el partido el que iba a llevar adelante el proceso revolucionario, consideraban que el sindicato era el embrión de la futura sociedad socialista y por lo tanto estaban en contra de suscribir el movimiento obrero al anarquismo.

Esto llevó a que esta poderosa FORA estuviera dividida, pensemos que no estamos hablando de pequeñas organizaciones, pensemos que para la época a lo que nos estamos refiriendo es que la FORA del Quinto tenía 25.000 afiliados cotizantes, mientras que la FORA del Noveno Congreso Sindicalista en este momento que era su momento de plenitud llegaba a los 62.000 afiliados cotizantes efectivos, si estamos pensando en aquellas épocas es un número realmente considerable.

Estas vertientes a pesar de que eran anarquistas y sindicalistas apoyaron inicialmente la revolución con muchísimo fervor, si bien la historiografía anarquista del movimiento obrero tiende a olvidar este movimiento bolchevique y la historiografía comunista del movimiento obrero, tiende a reducir el apoyo a la Revolución Rusa por parte de los fundadores del comunismo, la historiografía actual, está demostrando que fue mucho más importante el peso que tuvieron los anarquistas y los sindicalistas revolucionarios en la difusión del ideario de la revolución en el movimiento obrero argentino.

Por supuesto, cuando se produce el enfrentamiento de los anarquistas con los bolcheviques, sobre todo a partir del año 1821 en que los bolcheviques aplastan el levantamiento de los Marineros de Kronstadt y que se producen enfrentamientos entre el ejército rojo y el ejercito anarquista de Makhno, ciertos sectores del anarquismo, podríamos decir mayoritarios, se repliegan de su apoyo a la Revolución, la denuncian como una revolución político partidaria, pero sigue habiendo una mirada puesta en el proceso revolucionario y hay un sector de los anarquistas que los compañeros más ortodoxos van a ironizar llamándolos los anarco bolcheviques, que van a seguir apoyando más allá de 1921 el proceso soviético y son sectores que van a publicar listas y que van a tener peso en el movimiento obrero, que van a llegar a editar en estos años inclusive un periódico que se llamó El Trabajo, otro que se llamó Bandera Roja, El Trabajo salió como diario durante unos meses y sus directores que eran obreros devenidos periodistas, obreros podríamos decir intelectualizados fueron detenidos y llevados al temible penal de Ushuaia en el sur de nuestro país.

Algo similar sucedió con los sindicalistas revolucionarios, también una facción de los sindicalistas denostados por los compañeros más ortodoxos como los sindicalistas rojos, apoyaron durante muchos años la revolución al punto que muchas de estas corrientes que recibían una información que les parecía dudosa a través de los grandes medios, a través de los grandes diarios y no terminaban de confiar en la información que tenían, se apresuraron a enviar a la Unión Soviética recién creada sus propios delegados.

En la década del 20 vemos desfilar no solamente delegados comunistas argentinos, sino delegados anarquistas y delegados sindicalistas y además de estas tres corrientes políticas, hay muchos rusos judíos emigrados a la Argentina, rusos judíos que escapaban de los Pobrom, escapaban del antisemitismo propio del régimen zarista, algunos escapados de la represión que siguió a la revolución de 1905 y que crearon en Buenos Aires y otras ciudades como Rosario pero sobre todo concentrados en la ciudad de Buenos Aires, crearon su biblioteca rusa, crearon sus periódicos en ruso o bien periódicos en idish, mantenían vínculos con las corrientes rusas, mantenían vínculos con el Bunt, con los socialista judíos, mantenían vínculos incluso con el partido bolchevique porque se escribían a través de Francia, a través de la célula bolchevique de Paris.
Una de estas rusas exiliadas Ida Vondarev se escribía con el propio Lenin, desgraciadamente nunca hemos localizado esa correspondencia pero diversos testimonios aseguran que las referencias que aparecen de la Argentina en el libro de Lenin “El Imperialismo etapa superior del capitalismo” le habían sido proporcionadas por su amiga ruso argentina Ida Vondarev.

Estos rusos exiliados son los primeros que se apresuran a viajar ya en 1920 a la Unión Soviética porque ya tienen los contactos, porque ya tienen la ventaja de que manejan el idioma, porque tienen familia que los recibe, porque tienen viejos camaradas de modo que en la década del 20 hay en Buenos Aires múltiples delegados están estos exiliados rusos que vuelven con directivas, vuelven con folletos rusos de propaganda para ser traducidos en Buenos Aires, vuelven con dinero, vuelven con libras esterlinas y con joyas que los bolcheviques habían confiscado a las antiguas familias que huyeron y que les dan a estos viajeros para que contribuyan a la difusión de la obra revolucionaria en la Argentina, de modo que los comienzos de la década del 20 son en la Argentina y sobre todo en las ciudades más industrializadas con peso del movimiento obrero un verdadero hervidero de discusiones y de conflictos a donde la representación de la revolución se la disputan los comunistas más ortodoxos, los socialistas de izquierda, los intelectuales independientes, los exiliados rusos que habían viajado y que habían vuelto, algunos emisarios que envían los propios soviéticos, los anarquistas y los sindicalistas revolucionarios.

Esto hizo que los dirigentes de la Internacional Comunista se vieran un poco desconcertados respecto a cuál sería la sección argentina de la Tercera Internacional y se demorasen un par de años en establecer su representación formal porque sobre todo los representantes del anarquismo y del sindicalismo decían que el partido comunista era muy pequeño y que la internacional comunista se merecía una representación mucho más populosa como la que expresaban los sindicatos de la gran FORA.

Además esta fusión que generó la Revolución Rusa se ve también en el universo de los escritores, de los artistas y de los intelectuales, la vivencia traumática de la guerra y la expectativa redentora de la Revolución Rusa, se van a convertir en una experiencia constitutiva de la generación de los que habían nacido en torno al año 1900, es decir, no impacta tanto en los intelectuales consagrados en figuras como Leopoldo Lugones aunque en un principio le impacta, también impacta en otra figura como José Ingenieros, pero impacta sobre todo en esos jóvenes que tenían entre 14 y 15 años cuando estalla la guerra y rechazan esa tremenda carnicerías humana y que tienen 17 y 18 años cuando estalla la Revolución Rusa y encima se produce el estallido de la reforma universitaria y la juventud empieza a aparecer como un actor político más.

Cuando en noviembre de 1918 José Ingenieros pronunciaba en el teatro nuevo de Buenos Aires pronunciaba una famosa conferencia donde había asistido una gran multitud, llamada Significación Histórica del Movimiento Maximalista interpelaba principalmente a jóvenes. Anibal Ponce su discípulo dijo que jamás como aquella noche Ingenieros estuvo tan cerca de nuestro corazón.

Fue la Revolución de octubre la que propició la aparición de un sinnúmero de órganos estudiantiles, apareció un ala izquierda de la reforma universitaria a donde reformismo universitario y bolchevismo se mezclaban, revistas que se llamaban Insurrexis, otra se llamaba Bases, otra se llamaba Mente, muchísimos nombres que se hacían eco de la revolución y adonde los textos de los reformistas aparecían junto a textos anarquistas y a textos de Lenin o de Trotsky o de Bujarin.

Estos jóvenes pasaban sin solución de continuidad del pacifismo al antimilitarismo y del antimilitarismo al entusiasmo revolucionario, un derrotero semejante al de los intelectuales franceses fervorosamente leídos por lo argentinos y me atrevería a decir, por todos los latinoamericanos durante los años de la guerra, por ejemplo el Henry Barbusse del fuego, el Anatole France de los Dioses Tienen Sed, el Romain Rolland de Juan Cristobal, libros que conocían por entonces innumerables ediciones populares e incluso ediciones piratas.

Los intelectuales de la izquierda francesa habían lanzado en 1919 una revista donde se yuxtaponían bien, a la manera francesa, ilustración y revolución; desde los primeros números, mientras en Moscú se fundaba la internacional comunista y se creaba la internacional sindical roja y se creaba la internacional de la enseñanza y se intentaba crear una internacional campesina; bueno los franceses se anticiparon a los rusos y llamaron a crear una internacional del pensamiento, Romain Rolland, Henry Barbusse y muchos otros escritores como digo muy, muy leídos.

José Ingenieros el médico psiquiatra se apresuró a traducir el manifiesto de los intelectuales franceses y auspiciar la internacional de los intelectuales desde la revista que el publicaba, se llamaba revista de filosofía, no solamente José Ingenieros sino algunos socialistas disidentes como el diputado Alfredo Palacios, el diputado Augusto Bunge, el senador Enrique del Valle y Verlucea también apoyaron en esos años la revolución dictando conferencias y publicando folletería y adhiriéndose al movimiento Claridad.

Los jóvenes sobre todo son los que tomaron la posta, durante 1920 apareció en Buenos Aires la revista Claridad, haciéndose eco de la Clarité francesa al mismo tiempo que la federación de estudiantes de Chile lanzaba una revista Claridad en la ciudad de Santiago. Tres años después otro joven estudiante lanzaba otra revista Claridad en Lima se llamaba Victor Raúl Haya de la Torre y cuando se tiene que exiliar, toma la posta la dirección de la revista otro joven que acababa de volver de Italia y se llamaba José Carlos Mariátegui. En 1922 un español transterrado a Buenos Aires, Antonio Zamora iba a publicar los primeros folletos de la editorial Claridad que fue una editorial de proyección continental que publicaba casi todo lo que se necesitaba saber sobre la Revolución Rusa libros de viajeros, libros de Lenin, libros de Trotsky, libros de Bujarin, el ABC del comunismo.

En esos años de eclosión de la cultura popular aparecía un aluvión de folletería que se vendía por centavos en los kioskos y circulaba también en los sindicatos y en los partidos políticos, cuando apenas se sancionaba la primera constitución de le República Soviética, apenas meses después un impresor comunista Lorenzo Raño lanzaba en 1918 bajo el título El Triunfo Maximalista una edición en español de la Constitución. Ediciones La Internacional del recién creado Partido Comunista comienza a difundir en ese mismo año de 1918 los principales textos de Lenin y de Trotsky.
Una revista que sacan los jóvenes terceristas que se llama Documentos del Progreso saca de modo quincenal entre 1919 y 1921 una revista que informa día a día del acontecimiento soviético, surgen un montón de nuevas editoriales a donde el nombre de Voltaire convive con el de Trotsky, en el que Victor Hugo convive con el de Bujarin, el de Marx con Nitsche, este tipo de mezcla es el que hace a este tipo de recepción.

En esta generación también se entusiasmaron por la revolución muchos de los escritores y de los intelectuales que en la década del 30 iban a configurar el nacionalismo más aristocrático, más antiobrero y más antisemita que se había generado en nuestro país. Es curioso constatar que es la figura de ese nacionalismo estaban entre los traductores y los impulsores de este anarco bolchevismo y este anarco comunismo de los años 17, 20 y 21 ¿Qué había sucedido? Sucedió que al entusiasmo sobrevino la decepción, el proceso soviético se complicaba, apareció la violencia, aparecieron los procesos de Moscú, las denuncias de la democracia, la revolución soviética había comenzado a devorar a sus propios hijos. Unos pocos siguieron adelante con su entusiasmo, los comunistas, la emergencia de los trotskistas, pero gran parte de esa generación de escritores y de sindicalistas se desilusionaron y su nacionalismo de algún modo puede ser leído como el producto de esa decepción.

Hoy resulta muy interesante exhumar los textos de esos años de fervor revolucionario para mostrar el impacto que la revolución había tenido entre obreros, entre intelectuales, entre mujeres, entre sindicalista y en casi todo el arco político de la Argentina.

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Horacio Tarcus

Doctor en Historia por la Universidad de La Plata y director del Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina (cedinci/Unsam). Entre sus libros se encuentra Marx en la Argentina. Sus primeros lectores obreros, intelectuales y científicos (Siglo XXI, Buenos Aires, 2007). Ensayos como “A 150 años de El capital”, “Leer a Balibar. Viejos y nuevos debates sobre la emancipación”.

A partir de 1976, organizó actividades político-culturales contra la dictadura militar y enterró su archivo de izquierdas en una quinta de Ituzaingó. Aquel archivo, luego desenterrado, conformado por libros y publicaciones políticas compradas a cifras irrisorias durante años en los que muchos se desprendían de materiales “peligrosos” y luego, ya en democracia, enriquecido con documentos donados o recuperados del exilio, fue el origen del Cedinci (Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en la Argentina), el mayor centro de documentación de izquierdas de América latina, del cual es el fundador.