Intereses, expectativas, narrativas y estrategias a alta velocidad

Las campañas electorales en la era del Internet

Pablo Andrés Rivero Morales
Publicado en Septiembre 2019 en La Migraña 32
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La política es una relación de fuerzas y disputas –también alianzas– en la lucha por el poder, que amalgama las ideas, lo ideológico, con las expectativas; ahí es justamente donde se construyen los mensajes. La política se hace desde las identidades, los factores, las condiciones históricas, la construcción y reproducción de símbolos que finalmente alimentan el ecosistema de medios, canales y plataformas por donde ella cobra forma.

Al igual que cada sistema político, cada elección es diferente. Las tecnologías y plataformas digitales forman parte ya del ecosistema de disputa electoral, de construcción y reproducción de sentidos y mensajes, aunque poco afincados en el genuino debate de ideas. Se trata, más bien, de complejos espacios de amplificación, interacción descentralizada y, para ser más precisos, de reafirmación de posiciones políticas.

El contexto electoral boliviano de la última década ha estado marcado por la hegemonía política del Movimiento al Socialismo (MAS-IPSP), que si bien registró su primera derrota electoral significativa en el referéndum del 21 de febrero de 2016, después de más de una década en el poder, además de haber iniciado el proceso electoral rumbo a octubre de 2019 en medio de disputas sobre esa hegemonía, mantiene la centralidad discursiva del espectro político.

Este artículo propone una reflexión situacional sobre campañas electorales, internet y las particularidades del contexto boliviano.

1. Campañas y tecnología, una comprensión situacional

Se parte de la siguiente hipótesis: las fuerzas políticas bolivianas llegan a las elecciones generales de 2019 sin haber comprendido ni asimilado las múltiples potencialidades e interconexiones estratégicas que permiten las tecnologías y plataformas digitales.

Ciertamente, se asume que la disputa está en las redes sociales, sin embargo, se cuenta con muy poco trabajo de diseño estratégico y preparación de campañas digitales, así como una comprensión no necesariamente exacta, en la mayoría de los actores políticos de cómo aprovecharlas mejor.

Las tecnologías de información y comunicación se conciben, desarrollan e implementan a partir de intereses, generalmente, de grandes corporaciones orientados al mercado o a la industria de la seguridad y la vigilancia. Las redes sociales, por ejemplo, son plataformas comerciales que, en esencia, mercantilizan datos. La transacción se produce a través del comportamiento, del consumo que cada persona realiza en la red dejando a cada paso una serie de datos (un “me gusta”, un comentario en algún post, una búsqueda, una compra online, el tiempo de atención a determinados contenidos, etc.) asociados directamente a emociones e intereses. Estos grandes volúmenes de datos se ofrecen como base de segmentación publicitaria en las propias plataformas, así como recursos de perfilamiento y caracterización de públicos, como se verá más adelante.

Pero el efecto de las tecnologías digitales y la industria basada en internet en la comunicación de masas no es un hecho meramente tecnológico o económico, sino fundamentalmente social, cultural y político, un hecho de poder.

Poder es algo más que comunicación, y comunicación es algo más que poder […] la comunicación de masas, la comunicación que puede llegar a toda la sociedad, se conforma y gestiona mediante relaciones de poder enraizadas en el negocio de los medios de comunicación y en la política del Estado (Castells, 2009: 18).

Hace algunos años y al calor de ciertos acontecimientos políticos de “alto voltaje”, las redes sociales fueron catalogadas como un nuevo espacio de democratización de la información, de ampliación del espectro de la opinión pública e influencia sobre el poder desde la ciudadanía apenas “armada” con un teléfono móvil. Al respecto, resaltan en la literatura eventos como la Primavera Árabe u otras expresiones políticas de articulación o movilización masiva (por ejemplo, el #YoSoy132 en México). Hoy, la percepción pareciera moverse de manera pendular hacia el escepticismo y la desconfianza: se las reconoce, sobre todo, como plataformas de publicidad que facilitan la instalación de contenidos dirigidos, que se reproducen en “cámaras de eco” e incluso permiten la segmentación y minucioso perfilamiento de electores a fin de instalarles una emoción con efecto político-electoral.

2. Las campañas y el internet

La difusión es un concepto insuficiente para comprender e implementar las campañas en la era del internet. La interacción y el mensaje dirigido a actuar son características que complejizan la construcción y reproducción de sentidos. Ante ello, la disciplina táctica es fundamental para el éxito de una campaña y requiere de un adecuado flujo de instrucciones, una gestión rigurosa y, algo crucial, su aplicación en todas las plataformas y dispositivos digitales.

Antes de entrar al análisis del entorno de acceso y consumo de plataformas en internet, para luego abordar la interconexión estratégica y táctica de las campañas en un ecosistema de contenidos y mensajes desde las calles, los medios masivos y las plataformas digitales, hay que partir de un hecho situacional de contraste. En el país aún predominan marcadas brechas de acceso y calidad a servicios de internet, de ninguna manera aisladas de las persistentes desigualdades socioeconómicas.

La última Encuesta de Hogares (2018) del Instituto Nacional de Estadística (INE) establece que el 50.5 % de los bolivianos mayores de cuatro años se conecta a internet en algún momento y el 41.3 % al menos una vez a la semana, además de que el 16.3 % de hogares tiene acceso al servicio en su vivienda.

Los datos de la encuesta de la AGETIC (2017)1Disponible en: https://agetic.gob.bo/pdf/ResultadosFinalesEncuestaTIC.pdf permiten esbozar un panorama más concluyente: el 93 % de la población boliviana mayor de 14 años tiene un aparato celular, el 95 % de la población internauta (que alcanza al 67.5 % de la población mayor de 14 años) cuenta con una conexión móvil, el 94 % usa Facebook y el 91 % WhatsApp.

En general, estas cifras posibilitan algunas aproximaciones importantes para entender el rol de las tecnologías en los procesos electorales:

  • Los bolivianos que se conectan a internet lo hacen predominantemente desde sus móviles, cuyo uso se centra en aplicaciones de mensajería y redes sociales. La conexión domiciliaria llega a una sexta parte de los hogares del país, cifra que no se ha modificado sustancialmente en los últimos años.
  • El consumo y tráfico se presenta, ante todo, a través de las aplicaciones de la empresa Facebook (dueña de Facebook, WhatsApp, Messenger, Instagram) y está muy asociado a la comunicación interpersonal básica para una mayoría de la población.
  • Un rasgo cualitativo observado en los últimos años -aún no capturado en las encuestas referidas- es el incremento de acceso a video y consumo más pesado, por una parte, en YouTube, por otra, la más sustantiva; en las mismas plataformas ya mencionadas (sobre todo WhatsApp, Facebook y, cada vez más, Instagram) (León, 2019).
  • De acuerdo al “Data Reportal” de las empresas HootSuite y We Are Social (2019), YouTube es el segundo sitio de visitas y páginas vistas en Bolivia, después de Google, y también el segundo sitio de búsqueda detrás de Facebook.

Las campañas electorales, que son momentos singulares, dinámicos e intensos en la vida política en los que se conjugan intereses, expectativas, narrativas y estrategias a alta velocidad dirigidas hacia un objetivo concreto: la toma democrática del poder, se diseñan e implementan a partir de la investigación y análisis de varios elementos.

Normalmente, se parte de la posición en la que se encuentra la fuerza política y los factores económicos, políticos, jurídicos, así como el capital simbólico, la narrativa, la estética y las características del liderazgo que tiene, entre otros.

En una cultura política arraigada en los liderazgos carismáticos, el patrimonialismo, la prebenda y el caudillismo, resulta imprescindible establecer un perfil adecuado y minucioso de la figura del líder o lideresa (que es el rostro más visible de la campaña): sus fortalezas, habilidades y flancos débiles susceptibles de ataque y paralización.

También es necesario analizar la capacidad partidaria para operar la estrategia y el despliegue territorial e identificar los distintos públicos con los que se va a interactuar, que podrían clasificarse en tres: los más cercanos (el “núcleo duro”), que son la base social y política de la cual parte una campaña; los públicos ambivalentes respecto a los planteamientos de la campaña (considerados como “permeables”); y los públicos distantes, que tienen posiciones indiferentes o no cercanas y que, en alguna oportunidad surgida en el curso de la campaña, se atienden de manera particular.

Otro factor estratégico es la evaluación y decisión sobre las condiciones de llegada al público: los medios, canales y recursos comunicacionales que serán implementados.

Por lo general, las encuestas y grupos focales son los instrumentos de análisis de estos factores estratégicos, aunque los nuevos medios de perfilamiento y caracterización de públicos a partir de los datos de uso y consumo en Internet están removiendo las bases científicas tradicionales de las campañas.

a) “Aire”, “tierra” y “redes”

Es usual referirse al ámbito de implementación de las campañas haciendo mención a las líneas de “aire” y de “tierra” (Brähler, 2017).

Las campañas de “aire” tienen que ver con la operación estratégica del cuerpo discursivo de los mensajes de las campañas, mediante medios masivos de comunicación: canales de televisión, prensa escrita y emisoras de radio. Es en este espacio donde tradicionalmente se instala la propaganda: spots televisivos, entrevistas y debates.

Se denomina “tierra” a todo el despliegue territorial y de contacto humano, fundamental en cualquier campaña. En esta línea se encuentran, por ejemplo, los mítines, las apariciones públicas, las “tomas” de espacios públicos, las caravanas, la campaña “puerta a puerta”, el despliegue territorial de partidarios, etc.

Las tecnologías y plataformas digitales juegan un rol facilitador de complementación y conexión entre esas líneas de campaña de “aire” y “tierra”; son recursos que interconectan y facilitan el flujo de contenidos y mensajes, o los contrarrestan, en el contexto de una campaña de contraste.

Las redes sociales pueden ser usadas, por ejemplo, como canales amplificadores de partes del contenido estructural del mensaje o de fragmentos relevantes de las campañas de “aire”: piezas editadas de los discursos, mensajes muy emotivos o spots producidos para estas plataformas.

También pueden apoyar en la transmisión, cobertura y amplificación del despliegue terrestre. Slogans convertidos en hashtags, transmisiones “en vivo” de los candidatos, selfies, contenidos orgánicos -es decir, no pre producidos y normalmente capturados con teléfonos móviles- que resultan de la actividad de “tierra”, muchas veces tomados y subidos a las redes sociales por seguidores y simpatizantes, se constituyen en material de amplificación de la campaña o incluso de su viralización.

Otro ejemplo radica en la función organizacional y de soporte de las plataformas de mensajería instantánea, es decir, la formación de grupos, por ejemplo, en WhatsApp, a través de los cuales fluyen mensajes de organización, movilización, coordinación y distribución de llamados a compartir X o Z contenido en las redes sociales para brindarle más tracción y viralidad (o incluso darle apoyo a “ciber tropas” y reforzar acciones de contraste).

Estos ámbitos multifacéticos también presentan desafíos notorios: imposibilidad de control sobre el contenido que circula en las redes sociales, filtro de información y descontrol de la gestión de algunos temas sensibles, etc.

Tiende a asociarse, de manera directa, a las tecnologías digitales con las redes sociales y las plataformas de mensajería como WhatsApp. En términos de campaña electoral dicha asociación abre un amplio abanico de oportunidades y decisiones estratégicas (también tácticas).

b) WhatsApp y elecciones.
Un tratamiento específico

WhatsApp es la plataforma de mensajería, llamadas y envío de archivos (fotos, videos y documentos) arraigada en la vida cotidiana de la mayoría de usuarios de internet en el país. Su arrolladora penetración y posicionamiento (siete de cada diez votantes bolivianos la usan) se explica por su cualidad de multiplicar la posibilidad de comunicación entre familias, amistades, colegas, clientes y relaciones de todo tipo a costes significativamente bajos.

El atractivo y rentable (“gratuito”) uso de esta tecnología implica ceder, a favor de una de las mayores corporaciones del planeta (WhatsApp pertenece a Facebook), un flujo diario y enorme de información que luego será utilizado para que estas empresas lucren vendiendo datos que, a su vez, posibilitarán el perfilamiento, como se verá en un siguiente apartado.

WhatsApp y otras plataformas de mensajería instantánea tienen la capacidad de autogestión de contenidos de las campañas por parte de grupos afines, simpatizantes y autoconvocados (Gutiérrez-Rubí, 2014). Ya sea desde grupos organizados para disparar y amplificar contenidos o por personas sin filiación partidaria directa, que los replican porque les apelan, indignan, conmueven o representan, los mensajes fluyen a velocidades descontroladas y sin posibilidad de medirse o monitorearse (Rennó, 2018).

Si bien WhatsApp puede cumplir un rol clave en el contraste y verificación de los resultados electorales, mediante un acompañamiento amplio y descentralizado a través de la socialización de videos y fotos de actas o del conteo, también es uno de los canales más favorables para la desinformación, el trascendido de rumores o la mentira sobre el proceso electoral.

Aquí operan factores más complejos y peligrosos que las tácticas generales de una campaña electoral. El caso brasileño (Rennó, 2018) -también los de Colombia o Trinidad y Tobago- revelan cómo la diseminación de memes, fotos, audios, videos y conversaciones en grupos de WhatsApp exacerban discursos de odio, supremacía de un grupo sobre otro y teorías racistas que favorecen el crecimiento de candidatos radicalizados.

¿Por qué se da este fenómeno? No existen respuestas concluyentes o exclusivas. Sin embargo, una significativa proporción del público expuesto a estos mensajes tiene las siguientes características: proviene de entornos de baja alfabetización digital; no selecciona fuentes de noticias ni tiene prácticas de discernimiento de contenidos; guía sus elecciones y posiciones políticas fuertemente influenciado por las emociones y sensaciones más que por las ideas y la racionalización; muchas veces consume el mensaje inicial que irrumpe en su pantalla móvil, sin explorar sobre el mismo, actitud que cobra mayor impulso aún con “el consumo free-basics” –como lo denomino–, que consiste en la apuesta de la corporación Facebook para que la gente tenga WhatsApp y Facebook gratuito, sin consumo de datos, siempre y cuando no salga de la aplicación, acentuando así el uso exclusivo de estas plataformas como fuentes de información, sin recurrir a otros portales de noticias o fuentes alternativas.

c) Influencers, la visualidad y oralidad en las pantallas

Mucho más cercanos al marketing y al consumo cultural, en los últimos años el rol de los denominados influencers –usualmente equipados con una cámara de mediano costo o simplemente un aparato móvil y algunas técnicas de edición de video en la red– está creciendo en la construcción de sentidos y capacidad de persuasión. Ellos se han expandido en el ecosistema mediático digital, “saltando” incluso a la pantalla televisiva en algunos países, impulsados por una tendencia cada vez más consolidada de consumo informacional: la visualidad y la oralidad.

YouTube e Instagram son las plataformas mejor adaptadas a este giro del consumo online que, si bien cuentan con una alta penetración entre la población joven (más de clase media), tienen, en países como Bolivia, un perfil de audiencia diverso y en franca expansión.

Más allá de lo anecdótico de la postulación del candidato presidencial por Comunidad Ciudadana para las elecciones de 2019, Carlos Mesa (un comunicador televisivo nato, presentador de noticias por años, comentarista, entrevistador y analista), por YouTube que, además, mantiene este formato como un recurso de contacto y comunicación con su audiencia (mediante transmisiones de video en vivo o pronunciamientos), eso no significa que los candidatos vayan a convertirse en Youtubers o influencers, sino que YouTube e Instagram tienen alta potencialidad sobre todo para las audiencias menores a 30 años: influencers “endosando” a candidatos, etc.

YouTube es el segundo sitio de mayor tráfico en el país, mientras que Instagram es la plataforma social digital que más ha crecido en los últimos años (con más de un millón de usuarios bolivianos). Ambas plataformas permiten incorporar publicidad entre piezas automáticas de consumo, lo cual amplía la posibilidad de exposición del mensaje hacia audiencias precisas.

Otro rasgo marcado en esta cultura de lo visual para las audiencias en las redes sociales es la producción, casi instantánea –espontánea o no–, humorística, irónica y sugerente de los denominados “memes”, que son expresiones gráficas que alimentan posiciones políticas y que, de cierta manera cercana a la caricatura del periódico, logran reafirmar o contrastar el mensaje político de coyuntura.

¿Cuánto influye todo este despliegue digital en la decisión final del voto? En países como Bolivia la respuesta todavía no es conclusiva. No se sabe si en contiendas polarizadas estos recursos influyan en un “cambio de opinión”, aunque bien podrían ser decisivos para las audiencias ambivalentes o indecisas.

d) Perfilamiento y “escucha” en redes sociales

Se trata de recursos de uso cada vez más frecuentes en el “mercado de datos”, que invariablemente se irán montando y operando en las campañas electorales en más y más países. Contar con una segmentación y perfilamiento precisos de los públicos y contenidos permite, por ejemplo, que un equipo de campaña instale vallas con los mensajes de interés predefinidos en zonas donde el público meta perfilado transita de manera frecuente.

El recurso de la caracterización de audiencias y construcción de perfiles a través del perfilamiento psicométrico no es nuevo, simplemente se ha sofisticado de manera exponencial con el big data que entregan las plataformas digitales como resultado del gran volumen de datos que los internautas ceden día a día, a través de cada clic, “me gusta”, comentario, tiempo de atención sobre un contenido, foto subida, etc.

La “escucha” en plataformas digitales (mensajería y las redes sociales), conocida también como la “escucha social”, es un recurso desarrollado y mejorado por el marketing digital, generalmente orientado a marcas y empresas.

La particularidad y aporte que tiene para una campaña electoral es que permite explorar lo que la gente comenta, piensa y siente acerca de determinados temas a través de la información procesable, es decir, de su conversión en datos que posibilitan proyectar tendencias y sentimientos sobre ciertas cuestiones, respaldar el trabajo de perfilamiento y segmentación de audiencias, optimizar la publicidad digital de las campañas, etc.

En el país, los intentos de perfilamiento vía las redes sociales aún no son visibles y no se conoce de productos exitosos. El hecho de que en la actualidad las bases de datos disponibles a las que, se sabe, han accedido equipos de campañas contengan escasas referencias al comportamiento, gustos e intereses no permite, por ahora, el aprovechamiento real de estas herramientas.

Otro límite del perfilamiento electoral en el país es que la información que lo posibilita no se encuentra en el centro de las decisiones tácticas.

e) Trolls y ciber-tropas

Los trolls que navegan básicamente por todos los temas y conversaciones de las redes sociales se constituyen ya en parte de la fauna del entorno social digital. Respecto al ámbito de la política y las campañas, se los conoce como “ciber-tropas” y son literalmente “cuerpos que responden a gobiernos, ejércitos o partidos políticos enfocados en la manipulación de la opinión pública a través de redes sociales en internet” (Bradshaw y Howard, 2017: 4).

La cuestión central sobre las ciber-tropas no es si están o no en las redes sociales hostigando y circulando mensajes o memes punzantes, o desparramando discursos de odio, sino la capacidad que realmente puedan tener en propagar esas narrativas que finalmente influyan en las distintas “cámaras de eco” y, de esta forma, condicionen la percepción y opinión pública.

Las ciber-tropas se usan, existe una oferta de estos servicios y agencias que apelan a ellas para diseminar desinformación. Hay estudios,2Véase el exhaustivo trabajo de caracterización y mapeo de ciber tropas en casi 30 países a cargo de Samantha Bradshaw & Philip N. Howard a través del proyecto sobre propaganda computacional del Instituto de Internet de Oxford en el Reino Unido. en varios países, que demuestran cómo operan y los riesgos que implican para la democracia y la formación de opinión, a pesar de que no se cuenta con una demostración empírica directa de su efecto real en los resultados electorales.

3. Tecnologías cívicas, veeduría y medios

Las tecnologías y plataformas digitales pueden convertirse en factores habilitantes y garantes de derechos, exigibilidad y veeduría ciudadana en el marco democrático, pero no están exentas, ciertamente, de límites de alcance e impacto.

En la región se tienen varios ejemplos3La plataforma “Vota Inteligente” en Chile ha sido uno de los proyectos más destacados en la región alentando conversaciones en redes a partir de las propuestas e interacción con las candidaturas. Véase: https://votainteligente.cl/que_es/. y, de cara a las elecciones venideras, en Bolivia también hay apuestas4La Sociedad Científica de Ciencias Políticas de la Universidad Católica Boliviana (UCB) lanzó un proyecto de comparación de programas electorales para las elecciones generales de 2019, disponible en: http://gen.com.bo/sociedadcpo/. También, el periódico Los Tiempos propone un aplicativo para el mismo propósito, disponible en: https://www.lostiempos.com/elecciones-bolivia-2019/propuestas-electorales. de veeduría y observancia del denominado voto informado, que desagregan y analizan las ofertas electorales, reagrupándolas por nodos de interés ciudadano o haciendo, por ejemplo, el seguimiento y verificación de los discursos políticos, aportando en la decisión electoral final.

El ejercicio de desagregación, debate desmenuzado y verificación no pretende simplemente informar de cara al voto, sino que sirve, sobre todo, como un recurso de veeduría posterior a la elección, en una relación de vigilancia ciudadana y rendición de cuentas acerca de lo ofertado en el proceso electoral que debiera cumplirse en la gestión posterior.

Estas iniciativas basadas en el desarrollo colaborativo de respuestas tecnológicas encuentran en las redes sociales roles, potencialidades y límites. Por un lado, como canales amplificadores de algunas de las conversaciones pueden, incluso, trasladarse a medios masivos y a la propia agenda pública. Por otro lado, sin necesidad de un desarrollo sofisticado de código o sitios web, las redes sociales pueden convertirse en vehículos de veeduría y control cívico: un hashtag promovido y acordado por varios actores o instrucciones precisas para que la ciudadanía acompañe, reporte, denuncie y haga seguimiento del proceso electoral con sus celulares. Se trata, entonces, de mayor orientación hacia la organización cívica, de impulso a la colaboración como corriente ordenadora, de movilización digital y comunicación estratégica desde la sociedad civil.

Otro ámbito de aplicación tecnológica de seguimiento electoral es el de la verificación o chequeo de noticias5En el país, se ha comenzado este trabajo de verificación de noticias con proyectos como Bolivia Verifica. Véase: https://boliviaverifica.bo/. para contrarrestar las mal llamadas “noticias falsas”6En el foro “Noticias falsas y desinformación en procesos electorales», Laura Zommer se refirió al error del uso del término “noticia falsa”, afirmando que “noticia es un suceso extraordinario que merece ser contando […] por lo tanto si es un invento, noticia no es”. o fake news que, en realidad, son piezas de desinformación.

La desinformación (en inglés disinformation) es, como explica la directora del medio argentino Chequeado, Laura Zommer (2019), un fenómeno complejo que implica, por una parte, la circulación deliberada y tendenciosa de un contenido falso, fabricado o extraído de otro momento para obtener rédito y, por otra, la circulación de información errónea sin contexto o verificación debido a la velocidad de su socialización, en la que caen incluso los periodistas y los medios.

En esos casos, las tecnologías facilitan las condiciones para la desinformación, manipulación y distorsión y son un factor de amplificación de estas prácticas, aunque también se mueven tecnologías que contrarrestan ese efecto nocivo. Un desafío aún difícil por resolver radica en la mayor velocidad en la que se mueve la desinformación respecto a la verificación de noticias y al proceso de desmontaje del efecto que provoca la noticia engañosa.

4. Conclusiones

Las campañas electorales se han distanciado y sofisticado del marco tradicional de las líneas de “tierra” y “aire” a través de su interconexión mediante las plataformas sociales digitales y el diálogo entre el relato masivo y las emociones que la campaña alimenta a partir de dichas plataformas, cada vez menos centralizadas por los partidos y más gobernadas por distintos actores de influencia y amplificación en una red distribuida de contenidos y narrativas.

En la era del internet, las campañas disponen de recursos de mayor flexibilidad y respuesta rápida, de adaptación a las condiciones de la estructura partidaria y de simpatizantes cada vez menos ideologizados y más motivados por una combinación entre identidad, intereses y emociones.

Se necesita comprender y asimilar el diseño e implementación de las campañas a partir de la dinámica y velocidad de cambios del desarrollo tecnológico más que desde la inercia de la gestión política. Es decir, la velocidad de las tecnologías es exponencialmente mayor a la periodicidad de los procesos electorales. Por ejemplo, un cambio cualitativo importante de los últimos años es el entorno de la visualidad y oralidad en las pantallas. Las audiencias se encuentran cada vez más inclinadas a consumos audiovisuales y a un habitar en plataformas como YouTube o Instagram, donde todo el sentido se construye desde la imagen y el video. Sin embargo, estos cambios no deben entenderse –menos aplicarse– desde una visión unidireccional de la comunicación política, donde la relación emisor-receptor es lineal y sin retorno. Se trata, más bien, de la conjunción entre interactividad visual (con los “Facebook live”, por ejemplo) y captura orgánica de contenidos.

Otro aspecto de notoria importancia para las campañas actuales es el uso de las plataformas de mensajería instantánea, sobre todo WhatsApp. Su penetración masiva en la comunicación interpersonal de las y los bolivianos se constituye en un canal directo, sin filtros, pero también bastante proclive y habilitante de desinformación y rumores, que opera de manera muy eficaz en la instalación de mensajes, mas no para el debate de ideas.

Plataformas digitales cívicas de “voto informado”, veeduría y, en especial, monitoreo del voto –de manera directa a través de capturas de actas y su circulación vía WhatsApp y hashtags en Twitter o Instagram– pueden convertirse en importantes aportes desde la participación ciudadana para la consecución de procesos electorales libres, transparentes y democráticos. Sin embargo, las tecnologías y plataformas digitales se constituyen también en un entorno habilitante y amplificador de la desinformación, del flujo descontrolado de mentiras y distorsiones alineadas, en ciertos casos, a pensamientos radicales, desarticulando de este modo las condiciones favorables para un debate político basado en argumentos e ideas.

Bibliografía

  • Bradshaw, Samantha y Philip N Howard. “Troops, Trolls and Troublemakers: A Global Inventory of Organized Social Media Manipulation”, en Samuel Woolley y Philip N. Howard (Eds.), Working Paper 2017.12. Oxford, UK: Project on Computational Propaganda. Disponible en: http://comprop.oii.ox.ac.uk/wp-content/uploads/sites/89/2017/07/Troops-Trolls-and-Troublemakers.pdf.
  • Brähler, David. “Strategie zu Luft und Mobilisierung zu Land“, en Konrad Adenauer Stiftung, 17 de marzo, 2017. Disponible en: https://www.kas.de/veranstaltungsberichte/detail/-/content/-strategie-zu-luft-und-mobilisierung-zu-land-1.
  • Castells, Manuel. Comunicación y Poder. Madrid: Alianza. 2019.
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  • Hootsuite & We Are Social. “Digital 2019 Global Digital Overview”. 2019. Disponible en: https://datareportal.com/reports/digital-2019-bolivia.
  • León, Cristian. Internet en Bolivia y su impacto en procesos electorales. 17 de agosto de 2019. Entrevista de Pablo Andrés Rivero. La Paz (vía internet).
  • Rennó, Raquel. “WhatsApp: The Widespread Use of WhatsApp in Political Campaigning in the Global South” en Tactical Tech. 13 de noviembre 2018. Disponible en: https://ourdataourselves.tacticaltech.org/posts/whatsapp/.
  • Zommer, Laura. Foro “Noticias falsas y desinformación en procesos electorales», realizado en La Paz, Bolivia, el 17 de julio de 2019. Disponible en https://www.facebook.com/FundacionParaelPeriodismo/videos/2928238230579791/UzpfSTI1Nzc2MzUwNzU4MDkzNjoyNTc4MDMyNjU4ODg3MzMx/.

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Pablo Andrés Rivero Morales

Es cientista político por la Universidad Nuestra Señora de La Paz (Bolivia) y Máster en Comunicación, Política Internacional y Campañas por la Universidad de Kingston (Reino Unido). Como investigador y académico, se ha enfocado en la relación entre comunicación política, los nuevos medios, la influencia digital y las TIC. Es especialista en campañas, advocacy y comunicación política para Oxfam en América Latina y el Caribe, blogger y activista por la inclusión digital, el gobierno abierto y el software libre.


Nota: Versión reducida del artículo escrito para la línea de investigación “Estado y política” del Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la Vicepresidencia del Estado.