Un debate necesario:

Las experiencias progresistas latinoamericanas, ¿revoluciones pasivas?

Rebeca Jasso-Aguilar
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 22
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En los últimos tres años algunos autores han catalogado a los gobiernos progresistas de América Latina como revoluciones pasivas, y ante los problemas y retrocesos que han sufrido, más de uno se ha referido a estos como “el fin de las revoluciones pasivas.” En 2013 Adam Morton y Chris Hesketh publicaron un artículo afirmando que tanto los cambios políticos en Bolivia que resultaron de la Revolución de 1952 como los que resultaron de los procesos de lucha colectiva de los años 2003-2005 son casos de transformismo. Mientras, en un trabajo publicado en 2012, Massimo Modonesi sostiene que hay elementos comunes en todos los gobiernos progresistas de América Latina que permiten leerlos como casos de transformismo o cesarismo progresivo. Estos argumentos son el objetivo de esta reflexión.

La revolución pasiva es un concepto desarrollado por Antonio Gramsci para indicar el estado retrógrado en el que habría resultado el Risorgimento italiano. El tranformismo y el cesarismo son procesos por medio de los cuales ocurre la revolución pasiva. Gramsci se refirió al transformismo como el proceso mediante el cual, durante la lucha por la unificación de Italia, el partido de los moderados absorbió a figuras individuales de la oposición revolucionaria, hasta el extremo de que desaparecieron las diferencias substanciales entre los programas de la izquierda y la derecha históricas. Morton y Hesketh señalan que tanto la revolución de 1952 como el proceso social ocurrido durante 2003-2005 en Bolivia son casos de transformismo en los que se perdió la oportunidad de construir alternativas revolucionarias.

Cesarismo es un concepto que expresa una situación en la que existe un balance catastrófico entre las fuerzas en conflicto, de tal forma que se requiere la intervención de un César que incline la balanza, generando un resultado que puede ser progresista o reaccionario. El cesarismo progresista representa “una revolución completa,” el pase histórico de un tipo de Estado hacia otro; tal pase no existe en el cesarismo reaccionario. Para Modonesi todos los gobiernos progresistas latinoamericanos son casos de cesarismo progresivo.

Los dos autores atribuyen un rol pacificador a estos gobiernos, responsabilizándolos por la desmovilización de los movimientos sociales. Los dos también mencionan un aspecto muy importante en la obra de Gramsci: la tesis de la revolución pasiva postula la necesidad de una “antítesis vigorosa”. Sin embargo, y desafortunadamente, ninguno de los autores desarrolla este aspecto fundamental más allá de su mención. Quizás una diferencia fundamental entre estos dos trabajos es el hecho de que para Morton y Hesketh, ni la revolución del 52 ni los eventos del 2003-2005 produjeron transformaciones profundas en Bolivia, mientras que para Modonesi los cambios introducidos por los gobiernos progresistas en América Latina, incluido el de Evo Morales que resultó de los procesos del 2003-2005, han sido indiscutiblemente revolucionarios.

Esta diferencia señala en principio una contradicción difícil de conciliar. ¿Cómo puede el mismo proceso ser considerado “revolucionario” por un autor (Modonesi) y “neoliberalismo reconstituido” por otro (Morton y Hesketh)? Aquí cabe preguntarse quién decide si un proceso de cambio es clasificado como revolucionario o como una tímida reforma, independientemente de las demandas originales, las metas y las estrategias de los actores involucrados en tales procesos. Con frecuencia, quienes deciden tales clasificaciones son académicos y observadores ajenos a estos procesos, lo cual es bastante problemático. Es problemática también la generalización que hace Modonesi de todas las experiencias progresistas Latinoamericanas como casos de transformismo o cesarismo, pues desconoce o minimiza la enorme variación que existe tanto en los procesos como en los logros de cada una de ellas. Esta variación debería ser investigada en detalle para decidir si la generalización es aplicable.

No estoy afirmando que tal generalización no sea posible, sino que no existen los elementos empíricos para aplicarla. Aunque admite reservas, Modonesi escribe que “si el conjunto de estos fenómenos puede ser leídos en clave de revolución pasiva/cesarismo progresivo/transformismo esto abonaría a la capacidad explicativa de estas categorías y sus conexiones” (p. 151). Pero tal condicionante –el que tales fenómenos puedan ser leídos como revoluciones pasivas- requiere de un riguroso trabajo empírico acompañado de comparaciones sistemáticas rigurosas, tarea que hasta el momento ningún investigador ha emprendido. Si aceptamos acríticamente la posibilidad de tal lectura, ¿cómo explicamos, por ejemplo, las experiencias de gobiernos progresistas que fueron derrocados, o a los cuales ni siquiera se les ha permitido llegar? Aquí tendríamos que poner los casos de Honduras y Paraguay, donde se efectuaron golpes de estado contra Manuel Zelaya y Fernando Lugo, y México, donde a Andrés Manuel López Obrador se le ha mantenido fuera por medio de fraudes electorales. ¿Por qué a estos “césares” no se les permitió continuar sus políticas progresistas, o incluso no se les ha permitido llegar a ejercerlas? Otras afirmaciones en estos trabajos también requieren de soporte empírico que los autores no presentan, como es el que los gobiernos progresistas son responsables por la desmovilización de movimientos sociales previamente antagónicos (Morton y Hesketh), y de que se han beneficiado con tal desmovilización (Modonesi).

Con todo, las experiencias latinoamericanas son una enorme fuente de conocimiento, y un marco Gramsciano es adecuado para su estudio. Como alternativa a la lectura hecha por Morton y Hesketh y Modonesi, yo sugiero que prestemos la debida atención y desarrollemos el concepto de la antítesis, que es parte fundamental del proceso dialéctico en la revolución pasiva. Según Gramsci la antítesis debe poner en la lucha “todos los recursos políticos y morales que posee, ya que sólo así puede lograr una trascendencia dialéctica genuina” sobre la tesis. Cuando la antítesis es débil, sólo la tesis se desarrolla a su máximo potencial, y el resultado es una “dialéctica bloqueada”, un equilibrio desbalanceado, un proyecto político retrógrado. Aunque los autores cuyos trabajos son el objeto de esta reflexión no afirman que la revolución pasiva sea inevitable, su falta de atención a la antítesis puede llevar al lector a tal conclusión.

Christine Buci-Glucksmann quien señala que, a diferencia de la guerra de posiciones y la guerra de trincheras sugerida por Gramsci en esta situación, lo que ocurre en realidad son dos guerras de posiciones: la guerra de las clases dominantes que consiste en revoluciones pasivas que toman formas variadas y distintas y la guerra asimétrica de las clases subalternas—la antítesis. Ambas guerras establecen una relación dialéctica de lucha por el establecimiento de hegemonía y liderazgo político sobre la sociedad. Se aprecia en la figura la complejidad de tal dialéctica y de sus posibles resoluciones. En un artículo publicado en 1979, Buci-Glucksmann sugiere que si la lucha por el socialismo está basada en estrategias democráticas que consisten necesariamente de revoluciones democráticas de masas que forjan nuevos vínculos entre la democracia representativa y la democracia de las bases, entonces la lucha es necesariamente una revolución anti-pasiva1 (p. 211). Si bien Buci-Glucksmann menciona específicamente el socialismo, su argumento es aplicable a otras etapas históricas o sistemas políticos/económicos hacia los cuales los estados transitan en la época actual. Pensemos, por ejemplo, en el “socialismo del siglo XXI” propuesto por la revolución Bolivariana en Venezuela. Los movimientos sociales y gobiernos progresistas tienen sus propias ideas acerca del sistema al que se orienta la transición.

Propongo que un marco más apropiado para explicar los gobiernos progresistas en América Latina, incluyendo Bolivia, es visualizarlos como procesos en marcha de estados en transición, donde la relación dialéctica entre la tesis y la antítesis no ha sido resuelta. Y las preguntas que deberíamos hacernos para cada una de estas experiencias son: ¿Qué formas deben tomar estas transiciones de modo que propicien esta dialéctica? ¿Cuáles son las condiciones para el desarrollo de una antítesis vigorosa que resista la absorción y evite así el camino de la revolución pasiva? ¿Qué pueden hacer tanto los movimientos sociales como los gobiernos para evitar este camino, o para apartarse de éste si es que ya se están en él? ¿Y qué podemos hacer los académicos y científicos sociales, como podemos poner nuestros conocimientos y experiencias al servicio de los actores en tales transiciones?

La convulsión social del 2000-2005 representó un periodo de crisis en el estado Boliviano, en el cual las fuerzas subalternas –la antítesis– se enfrascaron en una lucha contra las élites dominantes que insistían en promover su agenda neoliberal. La renuncia forzada de Gonzalo Sánchez de Lozada y la crisis del estado neoliberal que tuvo lugar en ese periodo fue una victoria de las clases subalternas, pero no representó una derrota definitiva de las clases dominantes. El referéndum sobre la nacionalización del gas convocado por el presidente Mesa, una maniobra política muy hábil por parte de un presidente debilitado y que dividió a las fuerzas subalternas, es un testimonio de la resistencia y el poder de adaptación de la revolución pasiva.

En este periodo las fuerzas subalternas consiguieron enormes logros a través de movilizaciones masivas que desafiaron e interpelaron a la democracia representativa. El participar en la política electoral y elegir a Evo Morales como presidente tenía la intención de expandir estos logros y obtener otros que quizás eran, o pudieron parecer, más difíciles de obtener por medio de la movilización. Como académicos o activistas podemos o no estar de acuerdo con esta estrategia, quizás no sean pocos los que la cuestionan, pero debe reconocerse que fue una decisión de las fuerzas subalternas y que no fue tomada a la ligera. Previo a la elección de diciembre del 2005 los movimientos sociales sostuvieron consultas y discusiones sobre el asunto.

El estado que emergió podría ser descrito como un estado de transición en el cual las fuerzas subalternas continuaron luchando contra la revolución pasiva representada por el proyecto de las clases dominantes. Pero esta lucha ahora tuvo lugar en un escenario político diferente, donde las fuerzas subalternas tenían el poder del estado. Dado que los cargos políticos en Bolivia siempre han sido ocupados por las clases dominantes es tentador visualizar a Evo Morales y a miembros de movimientos sociales en cargos públicos como miembros del grupo dominante, especialmente si la esperada agenda, en este caso la Agenda de Octubre, no se materializó rápidamente. Pero una visión más realista es entender que son miembros de la democracia representativa, y reconocer el hecho de que las fuerzas subalternas ahora tienen una representación substancial en este grupo. Es en este nuevo escenario político donde se resuelven asuntos tales como la nacionalización y las reformas constitucionales. Pero esto de ninguna manera hace obsoleta la movilización social. ¡Al contrario! El éxito de la revolución antipasiva requiere del fortalecimiento y/o el forjamiento de nuevos vínculos entre la democracia representativa y la democracia de las bases, y de mantener la relación dialéctica entre ambas, como ya hemos mencionado. De ahí la crítica importancia de los movimientos sociales activos e independientes.

Sugiero que, como investigadores, enfoquemos nuestra atención a la forma que ha tomado el proceso de transición del estado en Bolivia, para apreciar y entender la dialéctica política que se ha desarrollado entre la democracia representativa y la democracia de las bases en este periodo. Es necesario identificar las relaciones que se han desarrollado entre el gobierno del presidente Morales y los diversos actores sociales, relaciones que, como admite Modonesi, son importantes pero no han sido suficientemente estudiadas. Es necesario investigar el contexto en el que emergen estas relaciones, sus trayectorias y sus logros, así como identificar sus fortalezas y debilidades, y los obstáculos que han enfrentado, para transformarlas en experiencias de aprendizaje.

Un ejemplo de lo que podríamos investigar es la creación y el desempeño del Ministerio del Agua. Creado en el primer año de la administración de Evo Morales como producto de un acuerdo entre el entonces candidato y los actores sociales involucrados en la defensa y manejo del agua, el ministerio se encargaría de trabajar con los primeros en los problemas detectados durante las recientes guerras del agua. El ministerio incluyó también una forma novedosa de participación de la gente dentro del gobierno con la formación de una comisión social, un grupo de miembros de organizaciones sociales, activistas y expertos en temas del agua, quienes no eran empleados del gobierno. El papel de la comisión era participar, discutir y consensuar los proyectos propuestos por el ministerio. Se pretendía que de esta manera la sociedad ejerciera un control social, en una especie de coadministración del bien agua entre el gobierno y la sociedad civil. De esta forma se pretendía una reapropiación de los recursos –y de funciones que hasta el momento siempre se habían considerado exclusivas del gobierno– por parte de la sociedad.

Por razones que no son claras para mí, la comisión funcionó solamente por un año, y de acuerdo a algunos entrevistados, el papel original de la comisión fue limitado desde el principio, y se limitó y dificultó aún más con el paso del tiempo, con el argumento de que no podía estar por encima de las decisiones del ministro. Estos problemas ilustran la tensión inherente en una relación dialéctica entre la democracia de las bases y la democracia representativa, incluso una que es progresista, y la separación que parece materializarse entre las dos una vez que se obtiene el poder. Pero esto no es motivo para descartar esta y otras experiencias similares y de antemano condenarlas al fracaso. Por el contrario, son precisamente este tipo de experiencias las que deberían ser objeto de análisis minuciosos y discusiones/reflexiones con los actores involucrados, tratando de identificar los obstáculos y los puntos de conflicto que generaron su fracaso, y buscando la manera de evitarlos. Tales análisis requieren de una enorme cantidad de riguroso trabajo empírico –entrevistas, análisis de records y transcripciones, triangulación de información– y voluntad de los actores involucrados para participar, pero son de una importancia crucial si vamos a transformar estas experiencias en herramientas de aprendizaje que puedan ser utilizadas por gobiernos progresistas no sólo en Bolivia sino en otras partes. No podemos simplemente abandonarlas como experiencias fracasadas, o peor aún, descartarlas como producto de la traición del gobierno o la cooptación de los movimientos sociales.

Revisando la historia reciente de Bolivia y de otros países de América Latina que han vivido procesos similares, no dudo que encontremos numerosos ejemplos de experiencias similares. La investigación histórica comparativa y el análisis comparativo cualitativo de tales experiencias en los gobiernos progresistas en América Latina nos permitirían empezar a contestar las preguntas que formulé en párrafos anteriores, y formular una teoría de la transición del estado más adecuada a nuestros tiempos. Tal programa de investigación permitiría identificar diferencias y similitudes, así como elementos y procesos en dichas transiciones que puedan conducir ya sea a una antítesis débil o fuerte, resolviendo así la relación dialéctica hacia una revolución pasiva o hacia algo diferente, donde las fuerzas subalternas tengan más peso en el balance final. Esto nos permitiría entender los procesos por medio de los cuales movimientos sociales que parecen ser revolucionarios se desvían de pronto hacia la revolución pasiva, y de qué manera las fuerzas subalternas podrían detener estos procesos y darles la vuelta. Las contribuciones teóricas de tal programa de investigación serían tan importantes como sus contribuciones a la praxis política, ya que podrían informar y convertirse en herramientas para los gobiernos progresistas y activistas en lucha contra el neoliberalismo. Esto de ninguna manera implica que “el investigador es el que sabe” y debe indicar qué hacer. Más bien significa que los investigadores pongan su conocimiento y entrenamiento al servicio de aquellos comprometidos con el cambio social, quienes quizás no tengan ni el tiempo ni el entrenamiento necesario para conducir este trabajo.

Finalmente, ¿por qué hago esta reflexión, y por qué es importante el programa de investigación que propongo? Los conceptos Gramscianos de revolución pasiva, transformismo y cesarismo tienen connotaciones negativas ya que implican una derrota de las fuerzas subalternas. Si leemos a los gobiernos progresistas en América Latina de tal forma, no sólo se subestiman sus logros sino que principalmente se manda un mensaje de pesimismo a las fuerzas subalternas. Pero los conceptos de Gramsci nos conminan a evitar el derrotismo y nos permiten, nos obligan, a explorar aspectos positivos. En estos momentos de incertidumbre en nuestra región, cuando parece haber un retroceso y un viraje hacia la derecha, es imperioso investigar y transformar nuestros análisis en herramientas que puedan apoyar a las fuerzas progresistas y revolucionarias. Tal resultado representaría una contribución importante al campo de estudios Gramscianos y de la sociología política, además de honrar el legado de Gramsci.

Bibliografía

Buci Glucksmann, Christine. 1979. State, transition, and passive revolution. In Chantal Mouffe (Ed.), Gramsci and Marxist Theory. London: Routledge, (pp. 207-233).
Buci Glucksmann, Christine. 1980. Gramsci and the State. London: Lawrence and Wishhart.
Gramsci, Antonio. 1971. Selections from the Prision Books of Antonio Gramsci. Edited and Translated by Quintin Hoare and Geofrey Nowell Smith. New York, NY: International Publishers.
Modonesi, Massimo. 2012. Revoluciones Pasivas en América Latina: Una aproximación Gramsciana a la caracterización de los gobiernos progresistas de inicio del siglo. En Mabel Thwaites Rey (editora), El Estado en América Latina: Continuidades y Rupturas, pg. 139-164. Santiago de Chile: Editorial CLACSO. http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/gt/20121127121700/ ElEstadoenAmericaLatina.pdf
Morton, Adam y Chris Hesketh. 2013. Spaces of uneven development and class struggle in Bolivia: Transformation or transformism? Antipode, 46(1):149-169.

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Rebeca Jasso-Aguilar

Doctora en sociología afiliada a la Universidad de Nuevo México en Albuquerque, Nuevo México, Estados Unidos. Se especializa en estudios comparativo de los movimientos sociales contra el neoliberalismo en América Latina, tema principal de su maestría y doctorado. Ha presentado su trabajo en conferencias, y escrito artículos en inglés sobre este y otros temas como el impacto del neoliberalismo en los sistemas de salud, y el análisis de necesidades en la enseñanza de segundas lenguas. Actualmente está interesada en diseñar un estudio comparativo para investigar la relación entre los movimientos sociales y los gobiernos progresistas de América Latina. Es mexicana naturalizada estadounidense y radica en Estados Unidos.


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