Acerca de la militancia anticolonial de Marx

Marx en las entrañas del monstruo

Perla Valero
Publicado en agosto 2018 en La Migraña 27
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A 200 años de su nacimiento celebramos la vida y obra de Karl Marx. Queremos conmemorarlo en una de sus facetas aún poco conocidas, la del militante anticolonial. Su legado continúa siendo hoy, dos siglos después, un arma para la transformación de esta América nuestra que se identifica con las preocupaciones de un pensador revolucionario cuyo locus de enunciación fueron siempre los márgenes.

Marx fue arrojado al mundo un 5 de mayo de 1818 en Tréveris, Renania, zona marginal respecto de los centros hegemónicos capitalistas europeos. En una Prusia que no era la potencia alemana del siglo XX ni el imperio unificado bismarckiano, sino un pequeño y modesto estado absolutista. Allí, en tierra europea atrasada nació, en el seno de una familia judía conversa, un muchacho de tez morena que se convertiría en autor del “más terrible misil que jamás se haya lanzado hasta ahora a la cabeza de los burgueses” (Marx, 1867).

El Moro fue producto de una sociedad marginal, de la periferia intra-europea de su época. Él mismo fue consciente de esta marginalidad alemana. En El capital señaló la ausencia de las “modernas relaciones económicas” en Alemania que solo lograron acelerar la producción capitalista después de 1848. En sus trabajos de juventud aparece ya esta reflexión: la condición periférica teutona negó las condiciones para una revolución capitalista burguesa pero, al mismo tiempo, posibilitó una revolución filosófica. “Nosotros, alemanes […] somos filósofos contemporáneos del presente sin ser contemporáneos históricos […] Los alemanes han pensado lo que los otros pueblos han hecho” (1844).
Provincia rural que vivía de la producción vinícola, Renania sufría la privatización de los bienes comunes, los bosques del valle del Mosela, donde los campesinos recogían leña muerta desde tiempos ancestrales pero empezaban a ser encarcelados por violar lo que se había tornado propiedad privada. Como periodista y editor de la Gaceta Renana, el joven Marx denunció esta situación, reflexionando sobre los intereses económicos que sometían a las leyes, el producto del trabajo y la naturaleza de la propiedad. Tomó partido por los campesinos, esos pobres inmolados a la mentira legal, reivindicando sus derechos consuetudinarios (1842). Allí comenzó a delinearse su proyecto de la crítica de la economía política, a partir del encuentro y compromiso político con la comunidad rural, en contra de aquellos que piensan que obvió y despreció al campesinado.

Su militancia en la Liga de los Justos, después Liga de los Comunistas, lo llevó a exiliarse en Francia, Bélgica y finalmente en Londres, donde se estableció en 1849 tras la derrota de los revolucionarios de la “primavera de los pueblos”. La capital británica se convertiría en su residencia permanente y en el locus desde el cual produjo su obra teórica. Esta urbe gris no solo le proveyó materiales para su investigación en la Biblioteca del Museo Británico sino que allí, Marx, un exilado político de la periferia alemana, pensó el mundo capitalista. Como escribió José Martí, “viví en el monstruo, y le conozco las entrañas” (1895), lo mismo podemos decir de Marx. Habitó las entrañas del monstruo capitalista, en su centro, el imperio británico. El Londres del medio siglo al que llegó exilado Marx, judío renegado, moreno, migrante y comunista, fue la época del amanecer de eso que Eric Hobsbawm llamó la “era del capital”, el momento cúspide del desarrollo del capitalismo industrial (2009). Desde allí teorizó el revolucionario de Tréveris.

La primera década en Londres fue la más dura debido a las dificultades para encontrar empleo y por las miserables condiciones de vida que llevaron a la muerte de tres de sus hijos. Paradójicamente, serían también los años más fructíferos: los de la redacción de los Grundrisse (1857-1858) y de la investigación de diez años para la redacción de El capital, de su primer tomo (1867).

Entretanto Marx retomó su trabajo de periodista y corresponsal para periódicos norteamericanos y europeos. Este quehacer lo llevó a analizar la política imperial y comercial británica que no era otra cosa que política mundial: las relaciones de Inglaterra con sus colonias y otros imperios, su política económica, las guerras comerciales y las crisis. Hay quienes minimizan estos escritos porque piensan que no forman parte del corpus teórico marxiano y por haber sido escritos para un público “burgués”. Sin embargo, son verdaderas piezas de periodismo de investigación y relatos de historia del tiempo presente.

Como periodista, Marx analizó complejos procesos que sucedían frente a sus ojos: cuestiones sociales como la criminalidad, la locura y la miseria proletaria, y temas de política mundial como la guerra de Crimea, las rebeliones en la India británica, las guerras del opio en China y la guerra civil norteamericana, por mencionar algunos. Sus artículos sobre la guerra de secesión en Estados Unidos, de la cual analizó causas y potenciales consecuencias, son de los mejores logrados. La caracterizó, en esencia, como una lucha entre trabajo asalariado libre y trabajo esclavo, confrontándose con las explicaciones superficiales de sus contemporáneos que veían en el conflicto una mera desavenencia de política económica entre librecambismo y proteccionismo. Sus observaciones sobre la guerra civil y la naturaleza de la esclavitud fueron tan atinadas que historiadores radicales negros las retomaron en el siglo XX para elaborar una nueva historia social de los Estados Unidos postbellum (DuBois) y del rol de la trata negrera y la esclavitud de plantación en el Caribe en el desarrollo del capitalismo (Williams).

Las reflexiones sobre el papel del trabajo esclavo en el modo de producción capitalista fueron incorporadas en El capital. Allí, Marx argumentó que el desarrollo de la industria textil inglesa solo fue posible por el cultivo colonial de algodón, la trata negrera y la cría de esclavos en las colonias americanas, develando los fundamentos coloniales del desarrollo capitalista. Tan solo en el primer tomo aparecen más de 100 referencias sobre la esclavitud, alusivas al trabajo esclavo “precapitalista” y al trabajo esclavo plenamente capitalista de las colonias. No son citas ocasionales; aparecen a lo largo del texto y forman parte del análisis de los procesos de producción del plusvalor absoluto y relativo, el salario y el proceso de subsunción del trabajo bajo el capital. Marx denuncia el trato de ganado humano que se da a los esclavos y el inescrupuloso sacrificio de sus vidas en aras de la productividad. Conceptualizó la esclavitud de plantación establecida en nuestra América como plenamente capitalista: “No hay más que leer, donde dice mercado de esclavos, mercado de trabajo; donde dice Kentucky y Virginia, Irlanda y los distritos agrícolas de Inglaterra, Escocia y Gales, y donde [se] pone África, Alemania” (2010: 321).

Esclavo era un término usado también para denominar a los proletarios; “nuestros esclavos blancos” les decía la prensa inglesa y “esclavitas” llamaba la vox populi a las criadas adolescentes, como recoge Marx en El capital. En esclavas domésticas eran convertidas las mujeres proletarias, sostuvieron Marx y Engels, propiedad de sus maridos que, como “esclavistas” podían vender a sus mujeres e hijos.

Al diseccionar el trabajo en términos lógicos y en sus desdoblamientos históricos concretos, Marx caracterizó el trabajo asalariado como distintivo del capitalismo y notó que en su esencia se contenían otras formas de trabajo, como el esclavo. Así, concluyó que el “trabajo libre” no era otra cosa que la esclavitud perfeccionada dentro del capitalismo. Estaba convencido de que la emancipación obrera no sería posible sin la previa abolición del trabajo cautivo de los africanos allí donde aún sobrevivía: “El trabajo cuya piel es blanca no puede emanciparse allí donde se estigmatiza el trabajo de piel negra” (2010: 363). La emancipación de los proletarios, a su vez, no era posible sin la liberación colonial, la de los trabajadores y campesinos racializados y oprimidos.

Marx fue un militante por la liberación colonial toda su vida, con una mirada global atenta de las periferias. Algunos señalan que en su juventud compartió ciertos prejuicios eurocéntricos de su época, pero hacia la década de 1850 había logrado desembarazarse de ellos (Anderson). El viejo Marx tomó particular interés en la comuna rural rusa, pero desde los Grundrisse había comenzado a analizar los modos de producción no capitalistas y en sus últimos años estudió las formas comunales de propiedad cuyas glosas se encuentran en los llamados Cuadernos Kovalevsky y Cuadernos etnológicos.

Su militancia anticolonial se nutrió con su trabajo como periodista en la capital británica. Se dio cuenta de que la opresión colonial de las naciones era otro nivel de la lucha de clases, correlato de la explotación capitalista de la clase burguesa sobre la proletaria llevada a una escala global, en el marco del mercado mundial. En esos términos está planteado su análisis sobre el colonialismo, para algunos fragmentario e incompleto, al aparecer intermitentemente en sus textos teóricos, pero de forma persistente en sus artículos periodísticos. Su proyecto de investigación de la crítica de la economía política, planeado en 6 libros, culminaría con los volúmenes de El comercio internacional y El mercado mundial y las crisis, destinados a analizar la interacción que establecen entre sí los estados dentro del capitalismo, incluidas las relaciones coloniales.

Quienes son incapaces de comprender cómo un país lucra a costa de otro, no quieren comprender cómo una clase se enriquece explotando a otra, decía Marx (1979). De allí su defensa de la libertad de las naciones oprimidas en sus textos sobre Grecia, Polonia e Irlanda, su condena al colonialismo británico en sus trabajos sobre la India y China, y su firme rechazo a la intervención francesa en México en 1862. Marx asumió la consigna del cusqueño Dionisio Inca Yupanqui clamada en las Cortes de Cádiz de 1810: “una nación que oprime a otra no puede ser libre”. La repitió en la Internacional, dirigiéndose a los obreros ingleses que se oponían a que Irlanda, la más antigua de sus colonias, conformase una facción independiente de Gran Bretaña (Levrero).

Marx denunció la complicidad inglesa, hasta de la clase trabajadora, en la explotación colonial irlandesa. Observó cómo un millón de labradores irlandeses fueron desplazados por 10 millones de vacas, cerdos y ovejas, con el objetivo de vaciar las tierras y convertir a Irlanda en un distrito agrícola inglés. Los campesinos desposeídos migraron a los barrios proletarios de Inglaterra y Estados Unidos. Allí fueron víctimas de racismo por sus marcadores étnicos, pelirrojos y católicos, llamados peyorativamente paddys y white negroes. Marx y Engels advirtieron esta competencia generada al interior de la clase trabajadora, en la que el obrero inglés odiaba al migrante irlandés por ser su competidor, mientras la burguesía atizaba este antagonismo artificial al remarcar las diferencias étnicas (1979). Marx comparó esta situación con la competencia gestada entre blancos pobres y esclavos en Estados Unidos, donde la esclavocracia empleaba el racismo como instrumento de lucha de clases para dividir a la clase trabajadora (2013).

El análisis sobre la cuestión colonial irlandesa le permitió desarrollar su teoría de la acumulación originaria puesta en el famoso capítulo 24 de El capital (Levrero). Su primer tomo cierra con el capítulo 25, “La moderna teoría de la colonización”, donde examina la forma sistemática de colonialidad moderna que establece el capitalismo y las variantes de la acumulación originaria que ocurren en las colonias. En ellas se instauran formas de propiedad privada netamente capitalistas y se “fabrican” obreros asalariados, sustituidos por mano de obra esclava cuando es necesario (Marx, 2010).

Observando el caso irlandés, Marx reparó en que la explotación colonial era la causa de la miseria de las naciones sometidas y de la prosperidad de sus metrópolis. Sostuvo que el subdesarrollo no tenía nada de natural; era resultado de las exigencias de acumulación de los países metropolitanos que producen miseria, tortura laboral, esclavitud, despotismo e ignorancia en los pueblos colonizados (1979).

Junto con sus tres hijas y Engels, Marx ofreció su solidario apoyo político y financiero al movimiento independendista irlandés. Sumándose a la voz de su hija Jenny, denunció en la prensa la tortura sufrida por presos políticos irlandeses a manos del gobierno inglés. Pensaba que el camino hacia la emancipación de la clase obrera inglesa empezaba en Irlanda, con la libertad de las colonias. Marx fue aliado de los oprimidos de todos los rincones del mundo.

Hacia el final de su vida, anciano, viudo y enfermo, Marx viajó a África. En febrero de 1882 partió de Marsella rumbo a Argel donde permanecería 72 días. En sus cartas a Engels y a sus hijas mostró curiosidad y admiración por la cultura islámica y condenó las brutalidades de los colonos franceses sobre los árabes (Musto). En una epístola relató el ajusticiamiento de un argelino, guillotinado por las autoridades coloniales francesas. Una imagen paradójica: los herederos de la revolución vueltos conquistadores, ejecutando a sus esclavos coloniales con el instrumento del terror revolucionario. Para Marx la verdadera revolución debía devenir otra cosa, el fin de todas las formas de explotación, y sería imposible sin la liberación de todos los oprimidos del mundo: hombres, mujeres, niños, pueblos sometidos y hasta la propia naturaleza. “Proletarios del mundo, uníos” debe leerse con ese espíritu incluyente, plural y diverso, como una consigna verdaderamente universal.

Bibliografía

  • Anderson, K. B. (2010). Marx at the Margins. On Nationalism, Ethnicity and Non-Western Societies. Chicago, London: The University of Chicago Press.
  • DuBois, WEB. (1935). Black Reconstruction in America. New York: Harcourt, Brace & Co.
  • Hobsbawm, E. (2009). La era de la revolución, 1789-1848. Argentina: Crítica.
  • Levrero, R. (1979). Marx, Engels y la cuestión nacional. En Marx, K. y Engels, F. Imperio y colonia. Escritos sobre Irlanda (13-56). México: Cuadernos Pasado y Presente.
  • Martí, J. (18 de mayo de 1895). Carta a Manuel Mercado desde www.granma.cu
  • Marx, K. Debates sobre la ley castigando los robos de leña. (1842, octubre 25). Gaceta Renana, 298.
  • Marx, K. (2010). El Capital, t. I. España: Siglo XXI.
    Marx, K. (1844). Introducción para la crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel. Desde marxists.org
  • Marx, K. y Engels, F. (1979). Imperio y colonia. Escritos sobre Irlanda. México: Pasado y Presente.
  • Marx, K. y Lincoln, A. (2013). Guerra y emancipación. España: Capitán Swing.
  • Musto, M. (2017). A última viagem do Mouro. Marx e o Marxismo, 5(8), 15-42 .
  • Williams, E. (2011). Capitalismo y esclavitud. España: Traficantes de sueños.
  • Marx, K. (17 de abril de 1867). [Carta a Johann Becker].

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Perla Valero

Licenciada y Maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Actualmente es doctorante en el Programa de Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM y docente en la Facultad de Filosofía y Letras y en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la misma casa de estudios. Su líneas de investigación incluyen eurocentrismo e historia global, historiografías poscoloniales, racismo y blanquitud en la historia social de América Latina.