Crítica de las formas modernas de dominación

Marx: espacio teórico y producción discursiva

Jaime Ortega
Publicado en agosto 2018 en La Migraña 27
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Partimos del reconocimiento de cierto regreso hacia la obra de Karl Marx en la última década, tanto de parte de segmentos de la intelectualidad como de los movimientos y partidos de izquierda. Varios son los contextos que han permitido dicha situación. A diferencia de lo que sostiene la izquierda eurocentrada, en América Latina no fue la crisis del 2008 la que desató el interés por su obra. Ella contribuyó, particularmente en el contexto de una izquierda nor-europea fragmentada y débil, cuyos destellos lúdicos en el movimiento Occupy o Nuit Debout han sido sobredimensionados tanto en sus alcances como en sus innovaciones; las fuerzas políticas que han logrado plantear alternativas encontraron en las periferias europeas sus verdaderos momentos de inflexión, tanto en España con la insurgencia electoral de PODEMOS como en Grecia con la efímera experiencia de Syriza, ambas valiosas experiencias a pesar de que en un lapso rápido llegaron a sus límites.

No, en América Latina no fueron los manifestantes ni las turbulencias alrededor de Wall Street las que convocaron el nombre de Marx; en cambio, ese interés debe asociarse inmediatamente con el torrente que supuso el ascenso de los gobiernos progresistas que durante más de una década pusieron en jaque a las fuerzas neoliberales, logrando modificar la relación de fuerzas a favor del campo popular. Han sido esos gobiernos populares, con su amplia movilización y la transformación del sentido común que alentaron, los que potenciaron el nombre Marx o permitieron la vuelta de ciertas palabras como la del socialismo.

A pesar de su retroceso, el nombre Marx está instalado ya en el imaginario de las alternativas políticas y en la construcción de una hegemonía que busca la conciliación de las tendencias específicas –atravesadas por lo indígena, lo comunitario, lo citadino, lo obrero– de cada sociedad con una idea universal de emancipación. No sin reticencias, el nombre Marx vuelve, nuevamente, a levantar polémicas, incendiar la pasión y movilizar la imaginación política. Sin embargo, lo hace de manera variada. En el presente texto deslindaremos lo que entendemos por el nombre y la firma Marx, sosteniendo que no se trata de un acto individual atrapado en el siglo XIX, ni de uno que trasciende fronteras de manera irrestricta.

Dos actitudes equivocadas

En tiempos recientes, la bibliografía en torno al nombre Marx y al marxismo ha crecido sustancialmente. A diferencia de los años noventa, nos enfrentamos con un panorama mucho más ambicioso y rico en publicaciones, propuestas de lecturas e innovaciones. Sostenemos que existen dos grandes actitudes distintas, las que consideramos equivocadas, para evocar el nombre Marx dadas las condiciones de la coyuntura.

Debe recordarse que previamente a la caída del socialismo en el periodo 1989-1991, el marxismo había entrado en una severa crisis. Se llamó “crisis del marxismo” a un conjunto amplio de discusiones que cuestionaron las certezas más profundas de una tradición política e intelectual. En entredicho quedó el estatuto de unidad entre ciencia e ideología que desde la obra de Gyorgy Lukács se propagó como pólvora; cuestionada quedó la ausencia de una teoría de la transición que permitiera vislumbrar formas y procedimientos democráticos en la construcción del orden social; de igual manera la identificación del marxismo como una teoría de la necesidad histórica, por la vía de sustituir la “astucia razón” por unas progresistas “fuerzas productivas”, quedó asentada. Múltiples fueron las aristas que convocó aquella crisis en lo teórico, que aconteció mucho antes del colapso del socialismo. La sola distancia entre ambas trayectorias (de un lado lo teórico en pos de renovarse y del otro un alejado y difuso modelo socialista) demuestra la ruptura radical entre el marxismo como ideología –apropiada por partidos y Estados– y su estatuto como pretensión de conocimiento científico –que practicó una incesante crítica de las formas de despliegue del capital– que siguió desarrollándose a través de las distintas modalidades y especificidades de la heterogénea configuración histórica.

Así, tenemos dos formas de asedio al conjunto de la obra de Marx. La primera de ellas es la que identifica a Marx con un individuo del siglo XIX, cuya genialidad y capacidad de trabajo revolucionaron en muchos sentidos los ámbitos del saber occidental y de la práctica política venidera. Esta visión se encuentra claramente en las biografías de Jonathan Sperber y Stedman Jones. Ambas, a su manera y desde puntos de vista diversos, sostienen la idea de que el nombre Marx y su aporte teórico no pueden salirse de las condiciones específicas en las que se produjo. Esta tentación historicista, que somete al teórico al “contextualismo” de una época y de un conjunto de figuras, de hecho, clausura cualquier tipo de productividad teórica.

En el caso extremo se encuentra una numerosa bibliografía, en muchos idiomas, que apuntala a develar una “actualidad” abstracta de la obra de Marx, es esta la segunda categoría en la que queremos asediar críticamente. El procedimiento es la antípoda del antes mencionado: aquí el siglo XIX o el XXI no son sino formas aparenciales de una “sustancia” (el capital), la cual Marx desentrañó. El problema está en hacer caso omiso de las transformaciones radicales del modo de producción y centrarse en expurgar hasta el último texto, permitiendo a Marx ser un supuesto interlocutor de nuestro tiempo, sus luchas y sus preocupaciones, sin mediación alguna. Así, Marx se vuelve defensor de las identidades múltiples, un visionario con respecto a las diferencias extra-clasistas, un adalid de las preocupaciones anti-eurocéntricas y un largo etcétera. El trabajo de esta segunda perspectiva consiste en rastrear algún segmento aislado de la obra, para estirarlo hasta hacerlo llegar a nuestros días. Marx aparece más como un ventrílocuo de nuestras preocupaciones que como un motivo productivo de discurso crítico.

Tanto una como otra nos parecen posiciones equivocadas. En la primera, Marx estaría agotado en tanto que el siglo XIX y todo lo que él suponía se encuentra en un claro desfase histórico con el vertiginoso siglo XXI. En la segunda, no existe posibilidad de una actitud crítica y productiva en el discurso teórico, pues simple y sencillamente en la obra de Marx se agotaría toda la crítica posible, sin necesidad de ser repensada o cuestionada en sus silencios o puntos ciegos, puesto que de entrada ellos no existirían.

Ambas posiciones cancelan la productividad del discurso, lo encierran en un universo agotado o bien clausuran cualquier posibilidad de diálogo con corrientes alternativas, con otras propuestas críticas de la modernidad y del capitalismo; en ambas, el individuo Marx ha logrado saturar el espacio de reflexión, ya sea por su contexto, ya sea por su “visión” adelantada a absolutamente todos los problemas.

Volver a Marx:
el nombre de un espacio teórico

Ha sido Bolívar Echeverría, con la precisión que caracteriza su escritura, el que ha marcado la pauta para cuestionar ambas visiones antes aludidas. Escribe el filósofo mexicano: “Si en la obra de Marx hay un texto principal porque en él está la clave de los demás y si este es inconcluso porque quedó en proceso de alcanzar su versión definitiva, la única lectura adecuada que se puede hacer de él es la que, al asumir esta problematicidad, se convierte necesariamente en un co-escribirla. Leer a Marx, resulta así, llevando las cosas al extremo, emprender la tarea paradójica de escribir junto con él su propia obra”1Echeverría, Bolívar. El discurso crítico de Marx. México: Era, 1986, p. 200.

Esto nos lleva a equilibrar las posiciones y sugerir una alternativa: proponer que bajo la firma Marx lo que se funda es un nuevo espacio teórico. Dicho espacio teórico parte de la obra de Marx y no de su biografía; disecciona la noción de texto a partir de sus contradicciones, hiatos, puntos ciegos y silencios. Así, la obra de Marx es el punto de apoyo para realizar la crítica de la modernidad capitalista, en tanto que los textos expresan las contradicciones y lógicas que operan en los conflictos de la sociedad. Cabe insistir, como lo hiciera con un lenguaje propio de su época Louis Althusser, que si entendemos a Marx como el constructor inicial de aquel espacio, no hay posibilidad productiva en insistir en las vinculaciones entre Hegel y la economía política clásica; es decir, que ese espacio teórico no puede ser reducido a la aplicación de un supuesto método (“la dialéctica”) a un objeto nuevo (“la economía política”). Las obsesiones de mostrar el vínculo con Hegel, solo expresarían la imposibilidad de aceptar que algo nuevo se fraguó, en tanto que discurso crítico de la modernidad y de su temporalidad progresista.

El espacio teórico que Marx inauguró efectivamente supone una crítica de la modernidad capitalista, particularmente de lo que él consideraba el punto fundamental: la crítica de la economía política, es decir, el ejercicio de desmontaje de la lógica mercantil-capitalista que se ha totalizado al conjunto de las relaciones sociales. El texto de El capital (ese que Echeverría señala como el principal en la obra) en sus múltiples redacciones (siguiendo a Enrique Dussel hay al menos cuatro) se encuentra desgarrado en su aparente unidad a partir de múltiples lógicas: la de la equivalencia (sección primera); la de la transformación de mercancía en dinero (sección segunda); la de la subsunción (de la sección tercera a la sexta) y finalmente la de la separación (sección séptima).

El espacio teórico marxista durante el siglo XX profundizó en la lógica de la subsunción, al considerar que las entrañas de la producción expresaban la garantía de la acción política y de la victoria de un sujeto trascendental. Desmovilizada aquella comprensión, ante las derrotas del movimiento obrero o su cooptación y el advenimiento de la crisis teórica; se ha llamado la atención sobre otras lógicas también importantes y que exceden las cuatro paredes de la fábrica capitalista. Los movimientos que buscan alternativas al mundo mercantil han sugerido la posibilidad de ir más allá del equivalente general, practicando formas de reciprocidad, nutriendo el espacio teórico a partir de planteamientos que permiten trascender y controlar el mercado (Franz Hinkelammert lo ha hecho con la noción de coordinación social del trabajo y el mismo Echeverría con la de valor de uso). Las diversas formas de la autonomía han sugerido la disposición de la sección séptima, como aquella en la que se encuentra el secreto de la producción y reproducción de las condiciones de posibilidad de la relación del capital. Con ello, la sección séptima se vuelve central y el punto de inicio de toda crítica. En ellas, el capítulo XXIV no es un corolario histórico, sino el capítulo teórico más importante para entender la producción de las condiciones que permiten la explotación, la mercantilización y la devastación del progreso moderno (el capital arroja chorros de sangre y lodo, dice Marx).

El texto de El capital, en su primera redacción –según la famosa periodización de Dussel– es decir, en los Grundrisse, muestra otra lógica que excede a la totalidad del orden social del capital. Es lo que el ya citado filósofo argentino-mexicano ha denominado como el problema de la exterioridad. Él le coloca el nombre de “trabajo vivo”, pero que nosotros señalamos aquí como la captación de una lógica de lo común más allá de la totalidad vigente. Efectivamente, en repetidas ocasiones en los Grundrisse el tema de la comunidad como fuerza productiva, como lugar de recreación de relaciones sociales no mediadas por el dinero y de sustrato de permanente apropiación por parte del capital (por ejemplo, a partir del General Intelect) aparece de manera reiterada.

Con todo esto queremos deslindar distintas formas de trabajo al interior del espacio teórico fundado por Marx. Ello supone la aceptación de la separación entre autor/obra/texto. El autor, como se sabe, cuenta con una biografía, se ubica en coordenadas históricas irrepetibles y no debe ser confundido con las nociones de obra ni de texto. Es decir, el desarrollo del individuo Marx no explica la complejidad ni la especificidad del espacio teórico por él fundado. Las dimensiones que involucran tanto a la obra como al texto son las más importantes para nutrir dicho espacio y verdadero lugar para la producción teórica. La obra es un conjunto de producciones que pueden o no ser aceptadas por quienes se ubiquen en el espacio teórico: así, hoy sabemos que la ideología alemana no tiene la composición y unidad que se le atribuyó o que, como ha sugerido Dussel, El capital tiene numerosas redacciones y no solo una. El texto, como ya hemos señalado antes, es una unidad ficticia en donde se plasman las lógicas de la sociedad: él siempre está abierto, dispuesto para la productividad teórica. Los textos se leen, según la conocida frase de Althusser, no de manera inocente, sino siempre de forma culpable. El texto no es prístino ni transparente, no está a la espera de que alguna autoridad devele su sentido oculto (el comentarista, el partido, el dirigente). Los textos y todo lo que ellos implican, es decir, sus lógicas, sus silencios, sus contradicciones, etc.; no son sino elementos sobre los cuales se trabaja teóricamente y se produce: leer a Marx es escribir con él la crítica de la forma moderna de la civilización burguesa. La producción de teoría consiste, precisamente, en poder producir a partir del texto, pero más allá de él.

Los efectos

Aceptar lo que hemos dicho, es decir, que el nombre de Marx es el de un espacio teórico cuyo objetivo central es la crítica a las formas modernas de dominación y explotación, invoca entonces a realizar un ejercicio de desmontaje de las otras dos expresiones dominantes. Ese espacio no puede ser reducido a la biografía de un individuo y tampoco en su producción se encuentra la totalidad de las respuestas a los problemas nuevos. Ha sido la propia dinámica del conflicto social la que ha permitido avanzar al discurso crítico y ello ha implicado desmovilizar certezas y dinamizar la imaginación política de los proyectos de emancipación.

Coloquemos solo algunos ejemplos sobre los cuales trabajamos: hoy ya no confiamos por entero en la dimensión exclusivamente progresista o civilizatoria del capital, aunque convivimos con ella a diario; entendemos la relación compleja y procesual del Estado y la estatalidad, sin dejar de aspirar a fortalecer formas de lo común que lo trasciendan; no endilgamos ya una supuesta misión histórica al “proletariado” ni a ninguna otra clase de manera a priori, pues entendemos que la politización de la sociedad acontece por vías no necesariamente ligadas a la producción y, finalmente, se entiende que lo más relevante para el horizonte emancipador es la capacidad de autodeterminación de la sociedad, lo cual coloca la perspectiva democrática como una de las más importante.

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Jaime Ortega

Universidad Autónoma Metropolitana (México). Autor de Leer El Capital, teorizar la política: contrapunteo de la obra de Enrique Dussel y Bolívar Echeverría en tres momentos (México, 2018) y cocompilador junto a Elvira Concheiro y un equipo del libro Pensamiento social mexicano contemporáneo (Buenos Aires 2015 y México, 2018). Integrante del comité editorial de las revistas Demarcaciones: revista de estudios althusserianos (Santiago de Chile) y Religación: revista de ciencias sociales y humanidades (Ecuador). Ha escrito diversos ensayos sobre la recepción del marxismo en América Latina, destacando textos dedicado a analizar la obra de René Zavaleta, Carlos Pereyra, Bolívar Echeverría, por mencionar sólo algunos. De igual forma prepara un volumen dedicado a la recepción de la obra de Louis Althusser en América Latina. Asimismo, ha abordado los Grundrisse de Karl Marx desde el punto de vista de la construcción del concepto de comunidad.