De la ira de los muros al decálogo de la esperanza:

Migrantes: del rechazo a la ciudadanía universal

Jacques Ramírez Gallegos
Publicado en agosto 2017 en La Migraña 22
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El horror de los muros,
las fronteras y el control

Las imágenes se repiten por todo el globo y con más fuerza desde el último lustro. La más repetitiva, quizá, la de miles de sirios que huyen de la guerra e intentan llegar a la fortaleza europea por el este. En el 2015 escuchábamos las declaraciones desde Alemania señalando su asombro por la “llegada sorpresiva” de tantos migrantes que buscan refugio. Quizá desde Berlín olvidaron que en el canal de la Mancha estaban cientos de migrantes provenientes de África intentando llegar a Reino Unido por el euro túnel si logran cruzar 650 hectáreas y 28km de vallas que ahí existen. En aquel año la respuesta desde Paris y Londres fue inmediata: reforzar los controles fronterizos en dicha frontera para evitar que “el enjambre” de inmigrantes, como se refirió David Cameron, lleguen a Reino Unido. Varios migrantes murieron en el intento.

Lo que vivimos ahora no es nuevo. Los flujos migratorios en la dirección sur-norte siguen siendo los mayoritarios a nivel mundial y el corredor África del norte-Europa uno de los de mayor afluencia. Desde que la primavera árabe se transformó en invierno, sobre todo cuando la UE quitó el apoyo a Libia de Gadafi, país que funcionaba como estado-tapón, empezamos a observar el incremento de barcos trasportando a migrantes en tránsito y con ellos las noticias de que miles morían en el mar mediterráneo que poco a poco se fue trasformando en un mar rojo. Se estima que entre el 2013 y el 2016 han muerto en ese lugar más 11.000 personas1 muchos provenientes de Somalia, Eritrea, Liberia, Sudán, Mali, Gambia, entre otros países en guerra y miseria que dada la lejanía y el olvido en el que viven es preferible nombrarles simplemente como ‘migrantes africanos’, para no recordar que tienen nacionalidad y ciudadanía y menos aún que son personas antes que migrantes.

A la par que la UE reforzaba las costas sobre todo de Italia, Grecia y Malta y declarar la guerra contra los ‘traficantes de personas’ olvidando –una vez más- que esas migraciones son consecuencia de las grandes desigualdades existentes entre el norte y el sur, se reforzaban los controles en otros puntos calientes de tránsito de ‘cruzadores de frontera’ como son Ceuta y Melilla en el estrecho de Gibraltar así como en Kapitán Andreevo, cruce fronterizo que separa Bulgaria de Turquía. Es en este último lugar donde la UE decidió arrancar las operaciones de su más nuevo sistema de control migratorio: la Agencia Europea de Guardia de Fronteras y Costas.

Esta nueva agencia, que complementa al ya existente programa Frontex y al acuerdo firmado a inicios de año con Turquía, arrancó con 1500 efectivos y tiene la misión de contralar el ingreso de migrantes y personas que huyen de la masacre que se vive en Siria y buscan refugio en la UE. El Comisario de inmigración de la Unión Dimitris Avramopoulos señaló en la inauguración de dicha agencia que “a partir de ahora la frontera exterior de la Unión Europea de un Estado Miembro es la frontera exterior de todos los Estados Miembros, tanto legal como de forma operativa”.

A la par que llegaban estas imágenes de migrantes, barcos y costas, aparecieron otras similares pero en latitudes más lejanos, no por eso menos brutales. Esta vez el escenario era el Mar de Andamán y los protagonistas migrantes de Birmania y Bangladesh, casi todos pertenecientes al grupo étnico de los Rohingya, que intentaban llegar a Indonesia. Los Rohingya son una minoría musulmana no reconocidos como ciudadanos por el gobierno de Birmania, país mayoritariamente budista. Las imágenes mostraban a migrantes a la deriva, abandonados por la tripulación, peleándose por comida (lo que provocó según relataron posteriormente algunos sobrevivientes peleas a bordo que terminó con personas muertas o lanzadas al mar), dada la escases de alimentos y la negativa de Tailandia y Malasia para permitir el desembarco en sus costas.

Nuestro continente no está alejado de estas historias. Sin embargo, las frecuentes noticias de violencia y muerte que nos llegan desde México, principal país de tránsito migratorio del mundo, hacen que nos olvidemos el drama que viven los cruzadores de frontera, sobre todo del Triángulo Norte y México, en su intento por alcanzar la reagrupación familiar y no el sueño americano. Entre el 2014 y 2015 las imágenes que nos llegaron fueron de miles de niños, niñas y jóvenes migrantes solos que trataban de llegar a Estados Unidos pasando por la pesadilla del tránsito. Aquí también sabemos de varios muertos en el intento. La reciente película ‘La Jaula de Oro’ de Diego Quemada retrata magistralmente la peligrosidad de la ruta por las que pasaron el año pasado alrededor de 60.000 menores no acompañados, la mayoría de ellos necesitados de protección internacional. La respuesta de Estados Unidos fue declarar ‘crisis humanitaria’ mientras veíamos a todos esos niños, capturados por la patrulla fronteriza, encerrados en los centros de detención para inmigrantes esperando por su destino: algunos ser deportados a su país de origen y los que corrían con mayor suerte reagrupados con sus familias en destino. La novedad de esta ruta es que ya no utilizan “la bestia”, nombre del tren de carga utilizado por migrantes, sino otro tipo de transportes incluyendo la vía marítima por el golfo de México.

Y aquellos que logran superar la pesadilla del tránsito y llegar al ‘imperio’, se ven amenazados ahora con la nueva “bestia” que no sólo ha ratificado con ampliar el muro que separa Estados Unidos de Latinoamérica (no sólo de México), sino con deportar –lo cual ya empezó– entre 2 o 3 millones de migrantes2, no conceder refugio a ninguna persona, encarcelar a los que tienen antecedentes penales (que incluye aquellos que cometieron infracciones de tránsito o infringieron las leyes de migración), y lo que es aún mas brutal, han empezado a rastrear a los padres de los niños migrantes no acompañados, utilizando a los menores para llegar con su paradero, acusándoles penalmente no sçolo por estar ‘ilegales’ sino de contribuir al tráfico de personas por llevar a sus hijos a Estados Unidos3. Bajo esta nueva mirada los padres de los niños no acompañados también son parte de la red de coyotes.

Podríamos seguir narrando más imágenes por todo el globo, independientemente de la ideología de los gobiernos, pero cierro con tres también de nuestro continente: 1) La manifestación de dominicanos en el 2015, la mayoría conservadores, a favor del fallo del Tribunal Constitucional que negó la nacionalidad a cuatro generaciones de dominicanos de origen haitiano. De un plomazo, miles de personas la mayoría jornaleros en la zafra se convirtieron en apátridas y empezaron a migrar, no sólo al otro lado de la isla, sino también para Brasil. 2) A finales de agosto del 2015 nos llegaron las imágenes de migrantes colombianos radicados en Venezuela –varios de ellos viviendo muchos años en dicho país que históricamente ha sido uno de los que más migrantes ha acogido en la región– siendo deportados de manera arbitraria por el absurdo de poner en el mismo saco a contrabandistas, paramilitares y migrantes. Muchos de esos colombianos han salido de su país desde finales de los noventa y se han refugiado tanto en Venezuela como Ecuador. 3) En la Argentina de Macri resurgen las políticas de exacerbación del control y la antiinmigración regional como política donde se empieza a tratar las problemáticas de seguridad como derivadas o conexas a las actividades migratorias, securitizando la movilidad humana y reforzando los controles fronterizos sobre todo en el norte.

Todas estas imágenes no sólo tienen en común la presencia de migrantes, cruzadores de frontera, como protagonistas de historias de quienes salieron de su país o del país que residían ya sea por motivos de guerra, de pobreza, de violencia, de religión o por asuntos políticos: todos son migrantes forzados. Estas imágenes nos hablan también de la división del sistema mundo, del papel de los Estados y sus gobernantes y de la primacía de los enfoques de seguridad y control a nivel mundial: siguen pensando que construir muros, bardas (más de 70 a nivel mundial) militarizar fronteras, cerrarlas o externalizar el control es la solución.

Repensando la ciudadanía
en clave de migración

Ante este escenario descrito en el acápite anterior han surgido voces que luchan a favor de los migrantes para dejarlos de ver como una amenaza, como “otros”, extraños, afuereños o extraterrestres, lo cual ha implicado pensar en nuevas configuraciones políticas, jurídicas e identitarias. Algunas corrientes de pensamiento hemos venido aportado en esta dirección a partir de estudios transnacionales o postnacionales, así como también desde movimientos sociales en defensa de los derechos de las personas en movilidad. Desde estas vertientes han surgido nuevas propuestas que abogan por un proyecto político de ciudadanía universal que han quedado plasmados en algunos documentos e instrumentos jurídico y políticos de ciertos gobiernos progresistas como es el caso de la Constitución de Ecuador del 2008 o la reciente declaración de Tiquipaya Bolivia del 2017 donde se propuso un mundo “Sin muros hacia la Ciudadanía Universal”.

Como han señalado algunos autores como Saskia Sassen (2015)4 la noción de ciudadanía, que ha sufrido muchas transformaciones a lo largo de su historia, es susceptible de transformación si el significado mismo de la nación (y la pertenencia a ella añadiría), se modifica. A esto hay que sumar la existencia de un régimen internacional de derechos humanos, la conformación de espacios de integración supranacionales como la Unión Europea, la CAN, UNASUR, entre otros, y las propias dinámicas de la globalización que ha dado paso a la circulación de diferentes tipos de bienes, mercancías y personas, así como a la existencia de nuevos espacios globales virtuales.

En la actualidad tenemos sitios no-nacionales que permiten demandar derechos y practicar una ciudadanía más allá del Estado-Nación, construir identidades y experiencias colectivas de solidaridad de alcance global e incluso replantear el estatuto jurídico sustantivo de la ciudadanía formal como se entendía en los albores de las repúblicas. Hoy por hoy muchos países reconocen la pertenencia y por ende el reconocimiento de ciudadanía a partir de ius sanguinis e ius soli5; dan derechos a sus connacionales que viven en el exterior; reconocen la doble nacionalidad; se acude y acepta fallos de las cortes internacionales e incluso se han construido categorías que reconocen derechos a ciudadanos regionales: ciudadanía europea, andina, suramericana.

La propuesta que hicimos desde el Estado Plurinacional de Bolivia en la Conferencia Mundial de los Pueblos por un Mundo sin Muros hacia la Ciudadanía Universal fue “una invitación para defender a todos los migrantes del mundo” como señaló el Presidente Evo Morales y también es una respuesta a todos aquellos que piensan que la solución es el enfoque de seguridad y control que lleva a la construcción de muros y vallas como mecanismo para contener los flujos migratorios. Por el contrario, la propuesta y respuesta desde Bolivia hacia el mundo entero es por un PLANETA PLURINACIONAL Y UNA CIUDADANIA UNIVERSAL.
Plantear el concepto de ciudadanía universal implica un cuestionamiento de la división del mundo en estados-nación, implica cuestionar la existencia de fronteras divisorias entre pueblos y retomar la idea de comunidad, hermandad, hospitalidad y bien común para todos hijos e hijas de la Pachamama6.

Esta entrada coloca de manera tácita el concepto de comunidad, pero una comunidad imaginada a escala planetaria (planeta plurinacional). En otros estudios sobre comunidades transnacionales7 de migrantes he argumentado que estas no pueden definirse meramente a partir de los mandatos de los estados o de normas legales, de límites territoriales o de la copresencia de personas en un espacio. Las comunidades se configuran a partir de la existencia –actual o pretérita, factual o imaginada– de seres humanos que, aún traspasando límites concretos o abstractos, inventan maneras de reafirmar y crear lazos humanos, convivencia y afectividad. La ciudadanía universal nos invita a pensar y a construir esos nuevos lazos, nuevas subjetividades, nuevas cosmovisiones y sentidos de ser “nosotros” sujetos de derechos a escala planetaria, propuestas que desde la teoría clásica de ciudadanía anclada en lo nacional no se puede comprender. De ahí la necesidad de nuevos paradigmas para des-nacionalizar la ciudadanía y pasar de ius sanguinis e ius soli al ius domicile, es decir al reconocimiento de los derechos a todos las personas en su lugar de residencia8.

Pero esto no implica, como nos recordaba Zamudio (2010)9, que proponer una ciudadanía universal es propugnar por la destrucción de los estados; tampoco significa ignorar los procesos históricos de conformación de elementos de identificación nacional; mucho menos niega la responsabilidad de los gobiernos en la generación de condiciones propicias para un ejercicio de derechos pleno e integral de todos quienes se encuentran en “su territorio soberano”. Proponer la ciudadanía universal significa demandar que se reconozca en la mesa del debate intra e internacional que la razón de ser de las estructuras sociales, políticas, económicas, etc., trátese del nivel territorial que sea, es el ser humano –intrínsecamente social, según nos lo recordaba repetidamente Hanna Arendt– que sus derechos son inalienables y no deben estar condicionados por visiones mercantiles de la ciudadanía, las cuales sólo reconocen la humanidad de aquéllos que “cumplen con su parte del contrato”. La propuesta de una ciudadanía universal evidencia la falacia de las visiones contractualistas de la constitución del Estado, las cuales legitiman que se condicione el ejercicio de derechos al cumplimiento de obligaciones y demanda el reconocimiento de todos los derechos para todas las personas en todos los espacios geográficos y sociales en los que se encuentren.

Indudablemente esta propuesta que se discutió en Tiquipaya tiene sus detractores. Ya hemos visto durante estos años férreas oposiciones a otorgar derechos a los migrantes en los países de residencia, también hemos sido testigos de críticas y sobre todo de incomprensión a la propuesta de ciudadanía universal pensando que al incorporar este principio de manera unilateral en los marcos jurídicos y políticos se resolvería de manera mágica todos los problemas de las personas en movilidad (y éstas críticas justo vienen hacia aquellos países que se arriesgan a proponer nuevos paradigmas y no a los que deportan masivamente migrantes, construyen centros de detención, militarizan fronteras o construyen muros).

De ahí la importancia de la Conferencia Mundial de los Pueblos por un Mundo sin muros hacia la Ciudadanía Universal, de ahí la necesidad de seguir luchando por la libre movilidad de todos los habitantes del planeta, por el otorgamiento de facilidades de residencia y derechos a todos los migrantes, más aún si estos son refugiados que huyen de las guerras, la violencia, las desigualdades o el cambio climático.

Los problemas globales de la migración requieren soluciones que piensen primero en los de abajo, en esos miles de anónimos que por algún motivo tuvieron que cruzar una frontera. Este fue el punto central del Decálogo que propusimos los movimientos sociales, activistas, migrantes, académicos en Tiquipaya acogiendo la invitación realizada por el gobierno del Presidente Evo Morales.

Cierre: El Decálogo de la Esperanza10

Las bases sociales promovemos el siguiente decálogo de propuestas para derribar los muros que nos dividen y construir una Ciudadanía Universal, que consagre el derecho de todos y todas a tener y gozar en plenitud de los mismos derechos, para el vivir bien de la humanidad:

  1. Superar la perspectiva hegemónica de política migratoria que plantea una gestión de las migraciones de manera “regular, ordenada y segura”, por una visión humanista que permita “acoger, proteger, promover e integrar” a las personas migrantes.
  2. Rechazar la criminalización de la migración que encubre falsos enfoques de seguridad y control. De manera particular exigimos la eliminación de los “centros de detención de migrantes”. Exigir la destrucción de muros físicos que separan a los pueblos; muros invisibles legales que persiguen y criminalizan; muros mentales que utilizan el miedo, la discriminación y la xenofobia para separarnos entre hermanos. De igual manera, denunciamos los muros mediáticos que descalifican o estigmatizan a los migrantes, y apostamos por promover la creación de medios alternativos de comunicación.
  3. Crear una Defensoría Mundial de los Pueblos por los Derechos de las personas migrantes, refugiados, asilados, apátridas, víctimas de trata y tráfico, que promueva la libre movilidad y los derechos humanos. Solicitamos al pueblo y al gobierno de Bolivia, gestionar la creación de una secretaria de coordinación para efectivizar el cumplimiento de las resoluciones de esta declaración de la Conferencia Mundial de los Pueblos por un Mundo sin Muros hacia la Ciudadanía Universal.
  4. Exigir a los gobiernos la creación y/o fortalecimiento de Ciudadanías Regionales que permitan la movilidad intrarregional y el pleno ejercicio de sus derechos, como puente hacia una ciudadanía universal.
  5. Demandar que los gastos públicos destinados a la guerra y la criminalización de los migrantes, sean utilizados para la creación de programas de integración, que garanticen el ejercicio pleno de los derechos de las personas migrantes y sus familias.
  6. Impulsar políticas locales que permitan ciudades y sociedades integradoras, donde se hagan efectivos en la vida cotidiana de los migrantes los derechos a vivienda, salud, educación, seguridad social, bajo los principios de complementariedad, solidaridad, hermandad y diversidad.
  7. Convocar a todos los gobiernos del mundo a luchar de manera conjunta contra las redes criminales que trafican con seres humanos, y declarar la trata y el tráfico de personas como delito lesa humanidad.
  8. Actualizar, fortalecer y avanzar en el sistema multilateral y sus instrumentos internacionales referidos a migrantes, refugiados y sus familias, en especial.
    •  la “Convención Internacional sobre la protección de los derechos de todos los trabajadores migratorios y sus familiares”, ya que ésta no ha sido ratificada por ningún país del norte receptor de migrantes;
    •  la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados de ACNUR e incorporar nuevas concepciones referentes a desplazados y refugiados climáticos.
    •  Participar activamente en la negociación del Pacto Mundial que se celebrará el 2018 en Naciones Unidas.
    •  Proclamar en la Asamblea General de las Naciones Unidas el Decenio Internacional para un Mundo sin Muros hacia la Ciudadanía Universal.
  9. Superar el enfoque de “fronteras rígidas” por una visión que las entienda como puentes de integración para la unidad entre los pueblos y la acogida de los migrantes, donde la lucha contra el crimen trasnacional organizado se encare en un marco de cooperación entre los Estados. Impulsar el vivir bien en los lugares de origen de las personas migrantes, para que la movilidad sea siempre voluntaria y no forzosa como efecto de la pobreza, la violencia y el cambio climático, denunciando el impacto del accionar irresponsable de las empresas trasnacionales, y aplicando sanciones a aquellas que atenten contra la permanencia de las familias en su lugar de origen.
  10. Promover la movilización popular a escala mundial, para que se reconozca en las instancias intra e internacionales el carácter inalienable de los derechos de las personas en movilidad para derribar los bloqueos, intervenciones y muros, que unilateralmente levantan los poderosos para perpetuar la desigualdad y la injusticia social en el mundo.

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Jacques Ramírez Gallegos

Doctor en Antropología Social por la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México.. Docente-investigador, Universidad de Cuenca. Profesor invitado en FLACSO, Universidad Andina y exDecano de Relaciones Internacionales del Instituto de Altos Estudios-Ecuador y Docente invitado en varias universidades de América Latina. Especialista en temas de movilidad humana Tiene varios libros y artículos sobre migración. Su última publicación titula: Migración, Estado y Políticas (2017) y Hacia el Sur. La construcción de la ciudadanía suramericana (2016)


Nota: