¡Queremos vivir durando y durar viviendo!

(…) Oda al pueblo rebelde afgano (…)

Hjalmar Jorge Joffre-Eichhorn
Publicado en junio 2019 en La Migraña 31
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Imagínese estar en medio de una manifestación política multitudinaria, la primera en muchísimos años, en plena capital de su país. Imagínese gente de toda índole con sus pancartas, sus eslóganes y sus demandas, exigiendo un poquito más de vida y dignidad no solamente para sí mismos, sino para la sociedad en su conjunto. Imagínese gente expresando, mejor dicho encarnando, toda una ecología de afectos profundos (…rabia, dolor, amor, solidaridad…) que se fecundan mutuamente y que hacen que el aire que se respira tenga un sabor exquisito nunca antes degustado, nunca antes ni siquiera fantaseado, un sabor indescriptible con palabras, pero palpable con el alma, a poesía. Poesía, en su sentido literal de dar luz a algo que antes no existía. Nuevos cuerpos. Nuevas almas. Y en un sentido mucho más profano, pero sin duda no menos importante: nuevas posibilidades de estár en el mundo, de sobrevivir y de perdurar. Vivir y durar. Vidurar. ¡Queremos vidurar!

Es eso lo que miles de cuerpos y almas poéticos corean aquel viernes de sol agobiante y esperanza desbordante en Kabul, Afganistán. ¡Queremos vidurar! ¡Queremos vivir durando y durar viviendo! ¡Basta ya de muertes prematuras y vidas abreviadas! Imagínese ahora dos jóvenes en medio de esta bella multitud gritando estas mismas consignas, con el mismísimo fervor, y de repente ¡boom! Le vuelvo a pedir: Imagínese ahora dos jóvenes en medio de esta bella multitud gritando estas mismas consignas, con el mismísimo fervor, y de repente ¡boom! Los dos jóvenes, cada uno cargado de varios kilos de explosivos, se han explotado, creando así un cementerio de cuerpos, almas y sueños despedazados, literalmente despedazados. Se acabó la poesía. Comienza el sálvese quien pueda. La gente corre por su vida. Cada una por sí misma, sin piedad de nadie. Los más débiles mueren pisoteados.

¡Ay!, perdón. Le pido disculpas. Me equivoqué. De hecho, no fue así. Imagínese lo que de verdad pasó. Los dos jóvenes se explotan, despedazando a decenas de personas. Sangre en todas partes. Los cánticos se convierten en un mar de gritos y llantos.

Mucha gente corre por su vida (por supuesto que sí), pero también hay aquellos, y no son pocos, los que inmediatamente se dedican a organizarse para atender a los cientos de heridos e identificar a los muertos para que puedan ser enterrados con un mínimo de dignidad. Usted debe preguntarse ¿cómo es eso de identificar a los que acaban de ser despedazados? Se lo voy a contar en seguida. Imagínese un grupo de aproximadamente 25 personas, supervivientes de otro ataque suicida, el quinto dentro de dos semanas, todos ellos en el mismo barrio de Kabul. Estas 25 personas, luego de haber apenas sobrevivido lo que posteriormente será recordado como una de las más bárbaras atrocidades cometidas en 40 años de guerra ininterrumpida en el país, y a pesar de su estado de choque y su abismal sentimiento de dolor y rabia acompañado por un profundo deseo de querer estar entro los muertos para por fin dejar de vivir muriendo, estas 25 personas se entregan ahora a recoger y recomponer los cuerpos desmembrados de sus compañeros de lucha. Imagínese una joven veinteañera con la pierna de un niño en la mano y la cabeza de su mejor amiga en la otra. Imagínese un señor de bastón llorando desconsoladamente mientras alza un torso vestido con una camiseta de Messi. Algunos cuerpos se recomponen. La mayoría no. Imagínese el momento en el que llegan los parientes de las víctimas y lo único que reciben por parte de nuestros 25 amigos son unos cuantos dedos, brazos u orejas de sus seres queridos. Imagínese que muchas de las personas que dejaron sus vidas luchando por un Afganistán más vivible para todos, independiente de su estado de descomposición, no serán nunca recibidos por nadie, porque sus familiares viven en algún lugar del campo y solo se enterarán de sus asesinatos días o incluso semanas después.

Pero esta absurda pesadilla no termina ahí. Aún hay que enterrar a los muertos antes de que el gobierno los haga desaparecer, manipulando el número de víctimas para así disimular su absoluta falta de capacidad de satisfacer las necesidades básicas del pueblo afgano, comenzando por el derecho a la vida y la integridad física y mental de cada uno de los casi 35 millones de habitantes del país. Tenemos menos de 24 horas. Imagínese cómo dentro de pocos minutos, en plena noche, y pese al desgarrador desconsuelo individual y colectivo, se forma una especie de junta vecinal de emergencia para dividir y efectuar las tareas más urgentes, entre ellas, hablar con las familias de las víctimas identificadas para ver si están de acuerdo con un entierro “político” (es decir, un entierro colectivo y comunitario en vez de individual) y definir dónde enterrar a los muertos (es decir, o en uno de los innumerables cementerios barriales de la ciudad u ocupando, sí ocupando, un sitio con considerable valor simbólico para no permitir que se olviden las victimas inocentes de esta guerra sin fin). Además, hay que contactar a los varios morda shoye que tienen la difícil responsabilidad de preparar los cadáveres para la ceremonia funeraria al día siguiente. Imagínese a las 22:30 te entregan un bulto sangriento, compuesto por algo que apenas horas antes era un ser humano de 21 años, posiblemente un estudiante de filosofía o vendedor de pájaros, aficionado de las cometas o del cricket anglo-colonial y con sueños sencillos, como un día poder despertar sin miedo de que él o alguien de su familia, camino a la panadería, pierda la vida por el más reciente juguete mortal del complejo industrial-militar estadounidense o por un pobre burro-bomba (aunque no me creas, existen los burro-bombas, burritos insurgentes nitroglicerinos).

A propósito, disculpa que te haya comenzado a tutear, pero después de haberte contado cosas tan íntimas y dolorosas, y gracias a tu capacidad de escucha y lectura solidaria, siento que existe una cierta complicidad entre nosotros. ¡Ay!, gracias por tu presencia. Da mucha fuerza. No te puedes imaginar cuan solo se siente uno, inundado por toda esta tristeza sofocante. Te agradezco mucho. Estarás siempre bienvenido aquí.

Volviendo a lo del entierro. Se tomó la decisión de hacer el entierro político, ocupando un sitio simbólico en la ciudad. Imagínate el día siguiente, un centenar de personas, en su mayoría varones, reunidas a pocos minutos de distancia del parlamento nacional, en un cerro que hasta ayer servía como un lugar de pícnic ahora convertido en un espacio de resistencia contra la cultura de la muerte y la impunidad en Afganistán. Imagínate cómo estas personas, todos armados con palas y picos, cargados con una inmensa furia e infinita agonía, comienzan a cavar con sus propias manos, repito: comienzan a cavar con sus propias manos, una humilde fosa común, lo suficientemente grande para recibir con lágrimas (es cierto, las fosas también lloran), lo que resta de los cuerpos de Fátima, Abdulláh y Tamaná, pero eternamente pequeño para acoger con ternura todos estos sueños y anhelos masacrados, todos estos talentos e inteligencias aniquilados, todas estas sonrisas y alegrías exterminadas. Las tumbas no fueron hechas para cobijar las sonrisas genocidadas de un niño incinerado. El entierro termina con una oración ahogada en un tsunami de lamentos. El aire se vuelve irrespirable. Escuchemos y sintamos. (…)

Luego la gente regresa a casa (Imagínate cómo estarán las mujeres que, mientras los otros cavaron, se ha dedicado a preparar la casa para el fatiha, el velorio, recitando continuamente una de las azoras del Corán para que sus hijos descansen en paz). Imagínate el cansancio que sienten estos excavadores humanos. Sus cuerpos fatigados, ojos vacíos y corazones derrotados. Su impotencia absoluta. Todos estamos al borde de la locura. Nadie habla. Aflicción sin cura. Muerte por agotamiento. Hay elegías que solo se expresan con silencios y miradas. Escuchemos y sintamos. (…) Nos servimos un té. Y por increíble que parezca los ánimos resucitan. Las bocas cobran vida y formulan nuevos deseos. Vuelve la poesía. Es una poesía muy modesta, una poesía de coraje, una poesía compuesta por varias generaciones de afganos que fueron obligados a vivir una vida sin futuro y, sin embargo, nunca dejaron de soñar y luchar por un futuro con vida. Escuchemos y sintamos. (…)

P.D.: Las protestas continúan a diario y de manera polifacética. Aquí nadie se rinde. Imagínate juntarte a la lucha para juntos acabar con la guerra y construir la paz, con justicia y dignidad. ¿Te animas?

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Hjalmar Jorge Joffre-Eichhorn

Es practicante de Teatro del Oprimido boliviano-alemán. Trabaja en Afganistán desde 2007, donde junto a un grupo de activistas afganos fundó la Afghanistan Human Rights and Democracy Organization (AHRDO; www.ahrdo.org), plataforma de teatro político y acción directa con sede en Kabul. En España, ha publicado anteriormente en Diagonal. Actualmente, está haciendo su doctorado investigando “Epistemologías del Sur” en el Centro de Estudios Sociales (CES), Universidad de Coimbra, Portugal.


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