La experiencia del movimiento urbano de Madrid

Participación ciudadana y movimiento vecinal

Silvia Gonzáles Iturraspe
Publicado en mayo 2018 en La Migraña 26
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Cuando paseamos por las calles de una ciudad, cuando observamos sus edificios, sus parques o sus plazas, incluso ―y sobre todo― cuando presenciamos una conversación en el mercado sobre la situación del trabajo en la región o el precio de la vivienda, podemos leer toda una historia escondida sobre la ciudad (y sus barrios) como relación social. Este artículo trata precisamente de confirmar que “la ciudad es un producto social, una síntesis dinámica del conflicto de intereses, valores, visiones, etc., en el que participan las distintas clases y colectivos sociales”1. Efectivamente, para pensar una ciudad podríamos presentar una historiografía del lugar, sin embargo, este artículo no trata de contar una historia de Madrid ―ni de ninguna otra ciudad española― sino de plantear un enfoque más complejo sobre el proceso de configuración de las ciudades, un enfoque que incluya la idea de los movimientos sociales como actores decisivos en la configuración del espacio. Lo cual, además, abre una vía para pensar estrategias que influyan en el futuro de los lugares, lo que llamaremos estrategia territorial. Exactamente, la ciudad “no es el fruto de la oferta y la demanda en el mercado que dicen los neoliberales; sino la configuración, siempre cambiante, que resulta de la disputa (…)”2.

Quisiera también justificar este interés por traer a colación un tema recurrente como el movimiento vecinal, ampliamente descrito y analizado tanto desde la sociología y la ciencia política como desde la propia historia de los movimientos sociales. Considero que en los últimos años, y al menos en el contexto académico español, hay una cierta tendencia a leer “lo urbano” desde lo exclusivamente arquitectónico del espacio público así como una focalización en el centro de las ciudades, y muy especialmente de los centros históricos de las denominadas “ciudades globales”; por ejemplo, a través de estudios sobre el fenómeno de la turistificación de sus núcleos urbanos3. Del mismo modo, asistimos a la producción de una amplia literatura sobre las plataformas y colectivos surgidos a partir del movimiento 15M o “movimiento de los indignados” como “nuevos” fenómenos y con cierta distancia de otros movimientos ya existentes. Me refiero en este caso al 15M como movimiento ciudadano surgido en 2011 bajo el lema “Democracia real ¡YA! No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, un movimiento que abrió un importante ciclo político de denuncia sobre las consecuencias de la crisis económica global iniciada en 2007, y en el cual cabe enmarcar el surgimiento de Podemos en el estado español u otros movimientos como Occupy Wall Street en Nueva York, Estados Unidos. Creo, sin embargo, que quizás sea el momento de volver a discutir sobre las potencialidades del movimiento liderado y coordinado históricamente por las asociaciones vecinales y su capacidad para acompañar a estos “nuevos” movimientos.

Trataré por tanto de presentar algunas nociones que definen al movimiento vecinal urbano a través de un actor clave del mismo en el contexto español: la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid, en adelante FRAVM; organización ubicada en el centro de la región de Madrid, capital y principal nodo económico y político del estado. Todo ello para, por un lado, producir algún discurso que incluya las periferias de las ciudades y que constate la actualidad de este movimiento social ante la crisis de la ciudad democrática y “pese” a la existencia de “ayuntamientos del cambio”. Por otro lado, porque me gustaría también presentar “el barrio” en términos de lugar para la contienda, como espacio en el que cristalizan las relaciones sociales y por ende como concreción de procesos donde opera el capital a múltiples escalas.

Cuando nos referimos al movimiento de las asociaciones de vecinos, a veces se habla, como si fuera sinónimo, de movimiento ciudadano, movimiento vecinal, movimiento de barrios, o coloquialmente, de vecinismo. Para avanzar en su definición comenzaré por una referencia al movimiento de asociaciones de vecinos como movimiento ciudadano: “movimiento ciudadano es, potencialmente, la forma exhaustiva de base en que la inmensa mayoría de la población se autoorganiza y se moviliza para decidir, llevar a cabo y controlar las condiciones materiales y las formas sociales de su vida cotidiana fuera del lugar de trabajo”.

Efectivamente, el movimiento ciudadano en el contexto español nace de la autoorganización espontánea obligada por la necesidad de la ciudadanía de reclamar unas condiciones materiales de vida digna en pleno proceso de migración del campo a la ciudad en los años sesenta del siglo XX. El paisaje de entornos urbanos como Madrid o Barcelona (principales nodos industriales españoles en aquel momento), dibujaba un horizonte de chabolas y autoconstrucciones de pésima calidad, de calles embarradas, transportes colectivos improvisados…. Periferias de las ciudades a las que llegaban los “colonos primitivos” como recuerda siempre que tiene ocasión Prisciliano Castro, ex presidente de la FRAVM.

Este movimiento ciudadano, tanto a finales de los años 60 como a principios de los 70, comienza a organizarse bajo la figura de “asociaciones de cabeza de familia”, única vía de legalización que estos colectivos vieron posible bajo la normativa del régimen franquista; si bien, la mayoría de asociaciones operaban desde la ilegalidad. Con ellas, se crean también las Federaciones, primero la Federación de Asociaciones de Vecinos de Barcelona en 1974 y un año después la Federación Provincial de Asociaciones Vecinales de Madrid, que aspiraba a coordinar el movimiento vecinal existente en la región.

Se trata por tanto de un movimiento vecinal que lucha por la mejora de la vida en la periferia de las ciudades, un movimiento que se convirtió desde entonces en un actor de reivindicación, además, del derecho al asociacionismo, de la libre organización de la ciudadanía unida, del derecho a la libertad, en definitiva. Prueba de ello, la manifestación de más de 50.000 personas que en el año 1976 reclamaba la legalización de las llamadas “Asociaciones en trámite” en el marco de una “Semana Ciudadana” que se organizó como respuesta a la represión y en la que se denunciaba la carestía de la vida, la situación de la vivienda, la educación, la sanidad o la movilidad. Así, mientras las grandes industrias albergaban un movimiento obrero organizado en los sindicatos, y las instituciones políticas se normalizaban en el marco de la transición democrática, el movimiento de asociaciones vecinales agrupaba a las amas de casa, a los trabajadores y trabajadoras de las pequeñas industrias, a comerciantes…

Podríamos entonces decir que el movimiento de asociaciones vecinales es un movimiento ciudadano, en el sentido anteriormente descrito, pero que tiene, además, unas características propias. Se trata de un movimiento vecinal en tanto que:

“conjunto, más o menos coherente, de prácticas y discursos de intervención estable y organizada, por parte de las multitudes, frente al capital y al Estado, en determinados procesos estratégicos de la ciudad, con el fin de promover y defender, a corto y largo plazo, los intereses, deseos y expectativas de las clases y categorías sociales que viven bajo el dominio del capital y, al menos potencialmente, no lo aceptan”5.

De lo anterior querría destacar por tanto que se trata de un movimiento de carácter ciudadanista, con voluntad apartidista y que tiene un cierto tipo de estructura que le confiere estabilidad y reconocimiento. Por lo que la FRAVM se ha constituido como una organización capaz de aglutinar a vecinos y vecinas de toda la región que, de manera voluntaria, trabajan para lograr barrios y municipios más habitables.

Cuando digo que tiene voluntad apartidista quiero decir que funciona como “operador de politización” de esta ciudadanía6, con vocación de negociación y renegociación de las políticas públicas desde la universalidad de la categoría “vecino/a” y con independencia partidista, o al menos lo pretende. Lo hace además asumiendo una multidimensionalidad de reivindicaciones y áreas de trabajo que abarcan desde el problema de la vivienda y el desarrollo urbano o los servicios públicos. Por tanto es, a priori, un movimiento capaz de interpelar a cualquier ciudadano, en cualquier contexto, que discuta las condiciones existentes que regulan la ciudad.

Centraré aquí la atención y también en varias notas características que se derivan de lo anteriormente descrito. Efectivamente, las asociaciones vecinales son versátiles, pues permiten responder ante cualquier “problema” en la ciudad: desde un bache en una carretera o la falta de limpieza de una plaza hasta la demanda de equipamientos públicos educativos, sanitarios… Es decir, que haciendo una rápida enumeración de centros de interés, se descubre que las asociaciones vecinales se ocupan de todo aquello que preocupa a los vecinos y vecinas de un territorio y esto, por su carácter contingente, está abierto a cualquier cuestión. A veces desde la reacción, por ejemplo, ante una nueva ordenanza municipal que pretende cambiar el uso de un suelo público, otras desde la propuesta, como cuando se decide realizar un análisis de las necesidades sociales de una barrio y se detecta, por ejemplo, la falta de un equipamiento público. En ese momento los/as vecinos/as organizados/as “buscan” una parcela pública e instan a la administración correspondiente a ejecutar sus obras. Para ello despliegan un repertorio de actuación que abarca desde la protesta y la reivindicación (manifestaciones, recogidas de firmas…) hasta la negociación política. Y no sólo en lo referido a necesidades materiales, como decíamos al describir el surgimiento de las asociaciones, sino que este “sindicato” de vecinos/as actúa como salvaguarda de las libertades, y cada vez más, incorpora a su agenda cuestiones como la igualdad y la diversidad sexual o la propia construcción del “orgullo de barrio” cuando los espacios se degradan y la conflictividad vecinal aumenta.

Habría mucho que añadir si nos refiriéramos a otras características como el carácter intergeneracional del movimiento, pese a su acusado envejecimiento (debido, en gran parte, a que es un fiel reflejo del envejecimiento poblacional de la sociedad española) o a su variable ámbito de actuación, pues lo mismo puede ser una colonia de viviendas como las que se construyeron para albergar a los trabajadores de las fábricas en plena industrialización tardía, que puede ser un barrio, un distrito o un municipio.

Por otro lado, el esquema organizativo, desde su creación, suele ser el esquema simple de junta directiva, con varios cargos nominales: presidencia, vicepresidencia… Sin embargo, esta estructura, a veces criticada por su rigidez, ha permitido dotar de estabilidad al movimiento. Igual que la existencia de locales, una prioridad para las asociaciones vecinales, que permiten tener abiertas una suerte de “oficinas de atención al ciudadano/a” todo el año. Existe así una vocación de servicio, si bien no se trata de “asistir” a los vecinos y vecinas que acuden a una asociación a quejarse de un problema, sino de ofrecer la estructura, el reconocimiento y el “saber” de la asociación para quien quiera “implicarse” en la resolución del problema. Y en este sentido, se localiza el interés por lo que anteriormente hemos descrito sobre el barrio como lugar para la contienda. Las asociaciones vecinales actúan como “socializadores de la ciudad”7, y podríamos decir más, como “politizadores de la ciudad”, pues en una suerte de trabajo pedagógico, tratan de señalar el modo en que los conflictos no aparecen aislados en el espacio, sino que para entenderlos y abordarlos, hay que apelar a la administración correspondiente que, a su vez, depende de otro organismo que, a su vez, se restringe por normas superiores… y en este trabajo dialéctico se produce una cierta “escuela de ciudadanía”. Esta escuela de ciudadanía, más espontánea que programada, a veces se activa bajo el liderazgo que ejerce la FRAVM y que permite definir cierta “estrategia territorial”, es decir, realizando una utilización consciente del espacio como herramienta política.

Aunque sin duda no son las asociaciones vecinales nacidas en los años sesenta y setenta las únicas organizaciones que “hacen” movimiento vecinal, pues en los últimos años han proliferado iniciativas como la red de huertos urbanos (desde la ecología urbana) o, como decíamos al inicio del escrito, se han constituido plataformas ciudadanas al calor del 15M (Plataforma de Afectados por la Hipoteca, Marea Blanca en Defensa de la sanidad Pública…). Estas plataformas o grupos no son ajenos a este movimiento de asociaciones vecinales y suelen buscar la solidaridad de las asociaciones con arraigo en el territorio, o la ayuda de la propia Federación como actor clave en la configuración de las políticas públicas en la región. Por otro lado, es evidente que cualquier acción se produce, y cualquier movimiento social se desenvuelve, en “algún lugar” y que sin duda, ese lugar corresponderá en algún sentido a un “barrio”. Sin embargo, y a fin de cerrar este análisis, todas las características anteriormente descritas, vienen a confirmar la necesaria vigencia de un movimiento que se sabe crucial en la definición de las públicas territoriales, cuyas notas fundamentales, a saber, ciudadanista, apartidista, organizado, estable, multidimensional… ofrecen una estructura amplia capaz de actuar como observador y garante de los derechos de cualquier vecino/a con independencia de los gobiernos a cualquier escala. Será su misión así potenciar, acompañar y, en cierto modo, extender ―en un sentido literal invitando a crecer en los márgenes― a los “nuevos” movimientos sociales que emerjan en la ciudad. Su disolución no sólo no es deseable sino que es, probablemente, imposible, pues allá donde se de un conflicto territorializado, será inevitable la autorganización ciudadana en el lugar.

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Silvia Gonzáles Iturraspe

Estudiante de doctorado de Ciencias Políticas y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid (España). Licenciada en Ciencias Políticas y de la Administración y Licenciada en Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid (España). Vocal de la Junta Directiva de la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (España). Vicepresidenta de la Asociación Vecinal La Unidad de Villaverde Este de Madrid (España).

Publicaciones:
“Un escenario multipolar: lecturas sobre la crisis del capitalismo en su fase global y lareconfiguración del orden mundial”. Reseña de la Revista de Estudios Estratégicos, Luis Feito Corratgé (coord.) (2014), Vol 1, La Habana: Centro de Investigaciones de Política Internacional, 188pp; en Geopolítica(s). Revista de estudios sobre espacio y poder, Vol. 6, no 1.

“Una apuesta por la localidad: planificación y ordenación territorial como herramientas de intervención espacial y participación ciudadana”. Reseña de la obra de Rubén C. Lois González (coord.) (2011) “Ordenación y planificación territorial en África Occidental: Cabo Verde, Senegal y Mali” en en Geopolítica(s). Revista de estudios sobre espacio y poder, No2, Vol. 2.
Reseña de la obra de Joan Nogué (ed.) (2007) “La construcción social del paisaje” en Encrucijadas. Revista Crítica de Ciencias Sociales, no2. pp. 116 – 118. Universidad de Salamanca.