Más allá de la frontera Argentina-Chile

Pueblo mapuche: territorialidad y resistencia

Elena Moreno Gabino
Publicado en julio 2019 en La Migraña 31
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Introducción

Los mapuche, pueblo originario del sur de Chile y Argentina, ha mantenido tradicionalmente una especial conexión con su territorio ancestral, con su cultura y con sus particulares formas de vida. Dado el apego a la propia identidad, que no conciben separadamente de la naturaleza que los rodea, la resistencia de este pueblo a todo intento de apropiación de sus ricas tierras, ha sido históricamente reconocida. Los procesos de conquista y colonización en los que se han visto envueltos, primero por el imperio español y después por los Estados chileno y argentino, han desfragmentado el territorio y transformado la vida de los mapuche, ahora concentrados en la cordillera de los Andes: en las provincias de Arauco, Alto Bío Bío, Malleco y Cautín en Chile; y en las de Chubut, Río Negro y Neuquén en Argentina.

Desde una perspectiva occidental del poder y sus formas legítimas, la causa mapuche es vista como una disposición violenta articulada en torno a un aglutinador étnico, confrontada a la hegemónica identidad nacional. No obstante, sería conveniente estudiar las causas de larga data para entender el particular control y uso que el pueblo mapuche hizo históricamente de su territorio, la forzosa superposición de la territorialidad estatal (Agnew y Oslender, 2010) y las nuevas formas a las que hacer frente para continuar con su reivindicación.

Este artículo pretende superar la visión modernizadora que ve al Estado como único sujeto político válido, con el fin de aproximarnos a las tensiones entre la comunidad mapuche y las territorialidades hegemónicas, así como percibir los distintos significados que puede adquirir un mismo elemento geográfico. El segundo objetivo es estudiar el impacto del capitalismo en la territorialización de las empresas transnacionales en territorio mapuche. Por último, se pretende comprobar la continua adaptación de la acción mapuche en el afán por recuperar sus tierras y reconstruir el Wallmapu1Con esta palabra denominan los mapuches a su territorio ancestral..

Identidad y territorio
del pueblo mapuche

Mapuche significa «gente de esta tierra», lo que ya de inicio da una idea de la dificultad histórica de este pueblo para comprenderse a sí mismo enajenado de sus tierras. Los cambios experimentados en el último siglo, como los traslados forzosos, los flujos migratorios y el éxodo a las grandes ciudades han transformado el panorama y resuelto más complejos los mecanismos de identificación, sin embargo, aumenta en cada censo el número de personas que dicen identificarse como mapuche.

El Estado chileno y argentino han pretendido su asimilación por medio de la educación, la evangelización y el control territorial. Ya avanzado el primer tercio del siglo XX, se trataba de occidentalizar la cultura mapuche e introducirla en la modernidad. Con el paso de las décadas, el mapuche queda estigmatizado como bárbaro inserto en una estratificación étnica de corte eurocentrista que procura su aculturación (Mariman, 1997). El proyecto homogeinizador chileno ejerció una constante violencia simbólica hacia la comunidad mapuche. La llegada de la Unidad Popular de Salvador Allende al poder supuso el reconocimiento de la pluralidad cultural de Chile, situación que fue violentamente interrumpida tres años después con el golpe de Estado y la implantación de la dictadura pinochetista, de corte profundamente neoliberal. En la nueva etapa se decretó la muerte del homo indigenus y el nacimiento del homo economicus (Boccara & Seguel-Boccara, 1997).

Tras el retorno a la democracia, la nueva Ley indígena de 1993 supuso el reconocimiento efectivo de las etnias originarias de Chile, la puesta en valor de su existencia y la promoción de su cultura y sus lenguas. No obstante, ante la emergencia indígena en el siglo XXI, el rechazo de la ciudadanía chileno por parte de algunas comunidades y la recuperación de su reivindicación territorial no ha supuesto otra cosa que la aplicación continuada de la Ley antiterrorista por parte del Estado y la criminalización en medios de comunicación tradicionales (Amolef, 2004).

En Argentina, la solución radical de la guerra de exterminio ayudó a mermar en mucho las fuerzas mapuches, y la recomposición de las comunidades y familias ha sido más lenta y menos sonada a lo largo del siglo XX que del lado chileno. Las distintas estrategias utilizadas tras la Conquista del Desierto fluctuaron entre la condición de argentino bajo tutela y en integración gradual a la ciudadanía; y la disolución en un crisol de razas cuya base es el migrante de origen europeo (Antona, 2016:125). Desde el siglo XIX, y aún el día de hoy, se sigue usando la expresión «araucanización de las Pampas» para afirmar que los mapuches no son pueblos originarios del país, sino «invasores chilenos». Este hecho ha supuesto la estigmatización del mapuche en Argentina no solo como indígena, sino también como chileno (Crespo & Tozzini, 2013: 362). Hasta la reforma constitucional de 1994, la única alusión en la Carta Magna a los pueblos indígenas aludía a la necesidad de procurar un trato pacífico y su conversión al catolicismo (Kropff, 2005: 108).

El resultado de las estrategias de ambos Estados es la casi desintegración del territorio mapuche, que después de un proceso de individualización de las reducciones, queda distribuido en un archipiélago de pequeñas hijuelas (Calbucura & Le Bonniec, 2009: 7). El pueblo mapuche que se mantiene en el sur de Chile y Argentina queda despojado de sus tierras y convertido en pequeño propietario, en mero ocupante de tierras fiscales o en errantes por las relocalizaciones en la venta de propiedades del Estado y creación de nuevos latifundios.

La identidad mapuche se construye así en condición de alteridad, de un «nosotros» como conciencia del yo colectivo en el que se subsume la identidad individual (Martínez, 2016). Tratando de conectar con sus raíces pre-conquista, el pueblo mapuche recupera la noción de territorio como parte de un dispositivo discursivo identitario: «viviendo en constante armonía con la naturaleza (…), reconociendo la propiedad colectiva en las tierras y otros bienes, realizando ceremonias rituales en forma comunitaria, etc., explican con fundamento la necesidad de reconocer en nosotros un pueblo que a pesar de todo mantiene viva su cultura» (AD-MAPU2Leyes y preceptos que rigen la sociedad mapuche (Sánchez Curihuentro, 2001)., 1982: 9).

La globalización y la territorialización del capital

La introducción de ambos países en el mercado capitalista internacional ya había afectado al territorio mapuche desde el siglo XIX, con el asentamiento de latifundios y el uso de las tierras como sustento del sector primario-exportador. Después, con la ofensiva del neoliberalismo— que tuvo un desarrollo temprano especialmente en Chile, laboratorio de ensayo del Consenso de Washington— el conflicto se agrava con la superposición de una nueva territorialidad: la del territorio capitalista.

Las forestales son en Chile uno de los mayores focos del conflicto territorial. Las plantaciones con especies de rápido crecimiento —pino radiata y eucalipto— comenzaron en la década de 1950 en la provincia de Malleco; pero la extensión más significativa vino amparada por el Decreto Ley 701 de 1974, para la financiación estatal de la expansión forestal de desarrollo privado, que además, suponía una «contrarreforma agraria» (Molina, 2014: 75). Adicionalmente, el extractivismo minero en Chile y carburífero en Argentina, además, de las centrales energéticas, las celulosas y los terrenos de explotación turística, ponen en pie de guerra a la comunidad mapuche tanto o más. La construcción de más de cien centrales hidroeléctricas ha supuesto el desalojo de centenares de familias, lo que fomenta la fragmentación de las comunidades y la conflictividad entre los propios miembros. Sufrirán, entonces, los daños colaterales de una modernización neoliberal que intenta incorporarlos al mercado (Latta, 2005).

En Argentina, los pozos de explotación petrolera pasaron de 669 en el período 1983-1989 a 978 en el período 1995-2000, con YPF siempre a la cabeza. A mediados de los años 90 reavivó el conflicto territorial indígena que había estado más o menos enterrado en décadas anteriores. Uno de los conflictos más señalados fue el que se desencadenó por el Proyecto Mega, con el tendido de un gasoducto de 600 km de largo que implicó la ocupación de dos comunidades mapuche en Neuquén, anteriormente afectadas por el yacimiento Loma La Lata. Las concesiones en 2007 a la petrolera Piedra del Águila y Pluspetrol se suman a las disputas territoriales ya existentes, de modo que en la provincia de Neuquén se vieron afectadas 22 de las 60 comunidades reconocidas por la Confederación Mapuche de Neuquén (Scandizzo, 2013).

El avance del territorio capitalista y la acumulación por desposesión (Harvey, 2014) desencadena, también, graves conflictos medioambientales y sociales. Las plantaciones de pino y eucalipto son tremendamente agresivas con la fauna autóctona de las provincias de la Araucanía. En la expansión se ha destruido millones de hectáreas de canelo, el árbol sagrado para la etnia mapuche. Además, la erosión de los suelos, la contaminación de las aguas y la polución del aire ha mermado la calidad de vida de las comunidades, y ha incidido negativamente en la particular relación de sus miembros con la naturaleza.

La resistencia mapuche:
historia de una adaptación

Los grupos y comunidades mapuche buscan recomponer tanto la unidad de su pueblo como su integridad territorial, y por tanto, poner en valor su cultura e identidad propias. Y para ello toman diferentes vías: la primera de ellas es la alianza estratégica con organismos y asociaciones medioambientalistas, indigenistas y de Derechos Humanos, propiciada por el auge de estas organizaciones tras el desmantelamiento de las dictaduras militares. La segunda de ellas es la progresiva integración en las estructuras territoriales del Estado a nivel local y regional, en un proceso que José Bengoa (2009) ha denominado «etnización municipal». La tercera opción es la de la acción directa sobre las tierras fiscales y, más recientemente, contra el capital anclado en latifundios e infraestructuras. La acción incluirá el entorpecimiento de obras de construcción y extracción, cortes de carretera y ocupación de tierras. Abordaremos este último a través de dos casos paradigmáticos: el del caso de la Hidroeléctrica Ralco, en Chile; y el de la ocupación de tierras en el caso de Pu Lof en Resistencia-Cushamen, en Argentina.

La Hidroeléctrica Ralco es la principal presa para producción de energía eléctrica de todo Chile. Construida en la región del Alto Bío Bío, se puso en funcionamiento en el año 2004, después de casi una década de enfrentamientos con la comunidad pehuenche de la zona (Toro, 2011; Acosta Toledo, 2004). La corporación pretendía establecer una red de seis hidroeléctricas que inundarían cerca de 22 000 hectáreas del hábital tradicional pehuenche. Las familias y organizaciones por el medioambiente se opusieron frontalmente, presentando protestas y recursos a la empresa, a la Comisión Nacional del Medio Ambiente (CONEMA) y al Banco Mundial, encargado del préstamo para la construcción.

Pese a que Endesa firmó en 1997 una serie de requisitos de tipo ambiental y de respeto a la cultura indígena, en diciembre del mismo año la empresa dinamitó el sector donde estaba la Piedra Machi, lugar de culto para los pehuenches de la zona (Izurieta y Carrera, 2000). La Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI) solicitó, por unanimidad de sus miembros, la paralización de las obras, lo que le valió la destitución al director Domingo Namuncura. Un año después, con el objetivo de poner fin al conflicto, Endesa ofrece la permuta por los fundos El Barco y el Huachi, trato que aceptan 83 familias. Dos de ellas se oponen, entre las que se erigen las hermanas Berta y Nicolasa Quintremán3Nicolasa Quintremán fue hallada muerta el 24 de diciembre de 2013, flotando en las aguas del lago Ralco (Bío Bío Chile, 2013)., símbolo de una férrea oposición a los impactos ambiental y social de la empresa transnacional. La primera expresaba en una entrevista en 2002: «Yo voy a luchar hasta el final porque yo no estoy buscando trabajo. Yo no quiero la plata, quiero mi tierra. Yo no sé trabajar Endesa, yo sé trabajar en mi cultura. En mi tierra, entiendo todo. Por eso que no quiero salir de mi tierra, yo no voy a salir» (Quintremán, 2002).

Más reciente es el caso de la comunidad Pu Lof en Resistencia-Cushamen (Argentina), en lo que los propios mapuches consideran «tierras recuperadas» al terrateniente Luciano Benetton (La Izquierda Diario, 2017). El propietario de la textil transnacional italiana compró un terreno de cerca de 900 000 hectáreas en Chubut durante el gobierno neoliberal de Carlos Menem, en la década de 1990. El 13 de marzo de 2015, arranca un “Proceso de Recuperación Territorial Productiva a la multinacional Benetton, en el sector Leleque Ranguilhauo-Vuelta del Rio” con el fin de «aportar a la Reconstrucción Política-Filosófica de la Nación Mapuche» (Saquero Lois, 2017). Desde el establecimiento de cinco familias de etnia mapuche, los enfrentamientos entre Estado, capital y comunidad mapuche han sido la constante, hasta llegar al punto culmen el 1 de agosto de 2017, cuando cientos de efectivos rompieron el cerco de la ruta 40 y desalojaron el Pu Lof, dejando como saldo la muerte de Santiago Maldonado. La aplicación de la Ley Antiterrorista ha dejado sin vida a una veintena de comuneros mapuche, entre los que se contabiliza al propio Maldonado.

El desarrollo de la resistencia mapuche en los 20 años que distan entre la protesta contra Ralco y la ocupación del Pu Lof hace pensar en una evolución de las formas de movimiento social. En los últimos años del siglo XX, el Consejo de Todas las Tierras ya empezó a desarrollar estrategias típicas de las redes de defensa transnacionales, como la búsqueda de influencias, las acciones informativas y las estrategias simbólicas, de manera que una problemática local como era la construcción de la represa Ralco se convirtiera en un asunto internacional a ambos lados de la cordillera (Aranda Bustamante & Salinas Cañas, 2015). Fue precisamente el CTT el que creó una bandera mapuche para todas las territorialidades, y que a día de hoy se usa tanto en el Ngulumapu como en el Puelmapu. Los esfuerzos fueron retomandos a comienzos del nuevo siglo por la CITEM, que logró establecer contactos frecuentes con la Coordinadora de Organizaciones Mapuche de Neuquén (Aylwin, 2008).

Reflexiones finales

La cuestión mapuche es una problemática que, lejos de acercarse progresivamente a la solución, parece encontrar cada vez más trabas. El entendimiento obligatorio con los Estados chileno y argentino, ya no es el único que hay que alcanzar: a la entrada del siglo XXI, el capital transnacional se había establecido como un actor dispuesto a enfrentar la reivindicación territorial mapuche y a implantarse en la geografía del sur de Argentina y Chile para su reproducción. La alianza entre los Estados y el capital privado territorializado, que ha conducido a la criminalización de los reclamos y la acción social, puede conformarse como una barrera especialmente difícil de traspasar.

No obstante, la proliferación de focos de resurgir étnico en el continente favoreció un reclamo territorial que mucho tiene que ver con la identidad propia. La toma de conciencia, a la que el pensamiento descolonial ayudó en mucho, llevó a la formación de redes de defensa transnacional que buscaron los puntos comunes más allá de la frontera estatal. Pocas veces se ha percibido tan intensa la comunicación entre ambas laderas de la cordillera para reconstruir el territorio del Wallmapu y reivindicar las formas propias de vida social, económica y política. Las estrategias de tipo legal, física, mediática o de resignificación simbólica demuestran que, en cualquier caso, la lucha por la soberanía y la legitimidad se mantiene viva.

Bibliografía

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Elena Moreno Gabino

Licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, con especialización en información social. Actualmente se encuentra en la fase de investigación del Máster Internacional en Estudios Contemporáneos de América Latina (UCM). También ha cursado estudios universitarios en la Università degli Studi di Firenze (Italia) y en la Universidad de la República de Montevideo (Uruguay).


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