Huelga Internacional de Mujeres:

Rechazar el trabajo como estrategia de supervivencia

Tatiana Oliveira
Publicado en mayo 2018 en La Migraña 26
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Introducción

En 2017, una convocatoria improbable2 de huelga internacional movilizó a mujeres en más de cincuenta países. Iniciativa del grupo argentino Ni Una Menos3, la propuesta estuvo inspirada por una acción, de 2016, contra la prohibición del aborto en Polonia4. Por rescatar la memoria de una huelga de mujeres en Islandia, que había ocurrido en 1975, con apellido Día Sin Mujeres5, las polacas se negaron por un día a comprometerse con tareas relacionadas con el trabajo asalariado, así como al trabajo doméstico y de cuidados. La Marcha de las Mujeres en Washington6 (WMW, en inglés) también forma parte del clima en que se forjó ese nuevo movimiento huelguista, de rechazo al trabajo, liderado por las mujeres.
En el contexto de la posesión de Donald Trump, elegido a la presidencia de Estados Unidos, el movimiento feminista de este país articuló una manifestación de mujeres en defensa de las libertades y contra el retroceso conservador encarnado por la nueva gestión en la Casa Blanca. El acto sorprendió al adquirir contornos multitudinarios y, con ello, enorme adhesión popular. Se logró crear un discurso y una imagen de la lucha de las mujeres que la hizo transversal a preocupaciones sociales amplias, alejándola de una existencia exclusiva de lo femenino (a partir de un lugar de feminidad muy singular, sea cual sea, de la mujer occidental, blanca, burguesa, intelectual). Al lado de temas como violencia y acoso, derechos sexuales y reproductivos e igualdad en el mundo del trabajo, aparecieron demandas vinculadas a la lucha LGBTQi, a la inmigración, al acceso a sistemas de salud, al medio ambiente, al racismo y a la libertad de religión. La WMW, que tuvo lugar en enero de 2017, se convirtió en una especie de calentamiento para el 8 de marzo de aquel año. Y entusiasmó a mujeres de todas partes.

En 2018, se repitió la estrategia, ya con la acumulación de algún aprendizaje. Los colectivos, movimientos, redes y frentes feministas hicieron un llamado al Día Internacional de la Mujer, que evocó una vez más el problema de la huelga y del trabajo. A partir de ese eje y de los desafíos que él impone, fue posible abrir la categoría “trabajo”, actualizar su significado y, entonces, pensar formas de lucha más eficientes y adecuadas a la realidad masacrante del neoliberalismo del siglo XXI, en el que se pasó a observar la multiplicación de los tipos de trabajos como expresión de la precarización de la vida y del desplazamiento radical sufrido por el registro de una organización de la producción y de la sociedad basada en el fordismo y en el estado de bienestar social, para unos, o en el desarrollismo, en la promoción de la industria y en la ampliación del empleo formal, para otros. Lejos de poder considerarse una prerrogativa de partidos políticos y sindicatos, la huelga deviene social y transnacional. Penetra y se hace en la micropolítica, como un “horizonte organizacional construido a partir de abajo”, argumenta Verónica Gago7. De acuerdo con la definición de la Plataforma Transnacional de la Huelga Social (TSSP, en inglés)8 hablar de “huelga social y transnacional” permitiría, pues, incidir sobre un repertorio clásico de lucha contra las opresiones generadas por el mercado de trabajo. El énfasis en los aspectos social y transnacional traduciría el sentimiento de que la huelga debe ser un instrumento al alcance de todos en una sociedad, al mismo tiempo que sugiere no desconsiderar el alcance global de los efectos de la acumulación capitalista. No pretende eliminar la participación de partidos y sindicatos, pero ellos no tienen protagonismo ni privilegios en lo que concierne a la organización de la lucha. El ejercicio es “ser” conjuntamente en la diversidad.9

Aquí, quiero desarrollar algunos puntos sobre cómo, por medio de la idea de huelga internacional de mujeres, es posible (i) perfeccionar la crítica feminista de la economía política; (ii) revolucionar las formas de lucha del propio movimiento feminista, estimulando el cambio político general que se desea y se ve expresado por el vocabulario de la crisis de representación; (iii) transformar el dispositivo de la huelga, tradicionalmente asociado al mundo masculino de partidos y sindicatos, así como al imaginario restringido del empleo asalariado.10 Para este análisis, voy a desarrollar cinco aspectos que considero centrales: En principio, es necesario volver al concepto de trabajo, lo que conlleva a su relación con la perspectiva de la “multiplicación de los trabajos”. Después, retomo brevemente la discusión, llevada a cabo por teóricos marxistas italianos de la posguerra, sobre el rechazo al trabajo como práctica capaz de reinscribir a los sujetos políticos en las luchas que les son contemporáneas. A continuación, la huelga emerge desterritorializada y polisémica. Hay una nueva ecología de la huelga, cuya variabilidad desborda de las experiencias locales de trabajo y supervivencia. Por último, propongo una revisión, desde el campo teórico-político de la izquierda, de las concepciones de “inclusión” que informan el diseño de las políticas públicas, en beneficio de una nueva angulación de la mirada que reivindica la “borda”, o el margen, como territorialidad para la invención de un nuevo mundo11.

Trabajo

El trabajo es un concepto clave para la economía política moderna12. Su importancia está en el hecho de que constituye, a partir de Adam Smith13, la medida del valor, y, con Karl Marx14, de la explotación humana en el capitalismo. En ese sentido ―sea como valor o explotación―, el concepto de “fuerza de trabajo” trae al primer plano el devenir mercancía pertinente a todo hombre insertado en el “mercado de trabajo”. En la formulación de Karl Polanyi15, esto significa que el trabajo compone el hall de mercancías ficticias16 que sostienen la autorregulación del mercado y, en ese sentido, la alucinación de una división entre las esferas política y económica. Pero el trabajo tiene, aún, relación con la idea de “obra” o “invención”. Bajo esta perspectiva, trabajar es actuar en el mundo, incluso cuando se trata de revolucionarlo. De este modo, se puede decir que, el trabajo, a través de su técnica o de la máquina, se pasó a considerarlo reflejo de la civilización y del progreso. Con John Locke17, por ejemplo, el entrelazamiento de esas ideas instituye y protege la propiedad, sirviendo, además, como justificación para la acción colonizadora en territorios no europeos18. En cambio, en Vladimir I. Lenin19, resulta en el descubrimiento de la figura del obrero como sujeto político revolucionario, fraccionando la estructura monolítica de la clase que pasa a una dialéctica.20 Por lo tanto, además de su dimensión concreta dedicada a la transformación de la naturaleza con el objetivo de poner cosas en el mundo y obtener ganancias a través del proceso industrial, el trabajo presenta un aspecto complejo relativo a la constitución subjetiva individual y colectiva. En el capitalismo, se producen cosas, pero también individuos.

Para la literatura feminista sobre la reproducción social21, la noción hegemónica de trabajo contribuye, a la derecha o a la izquierda del espectro político, a la invisibilidad de las mujeres y de los femeninos, lo que dificulta la afirmación plena de su ciudadanía, así como su condición de sujetas, de la macropolítica al cuerpo. Esto porque, tradicionalmente, el trabajo fue definido como actividad económica ejecutada por hombres en el espacio público, así limitando el poder de agencia femenino de la sociedad. Como se sabe, las tareas domésticas y de cuidados realizadas históricamente por las mujeres no participan de esa visión sobre el trabajo. En vista de esta ausencia, la noción de división sexual del trabajo, de 1960, puede ser considerada una de las primeras tentativas para desplegar la realidad del trabajo, abriendo este concepto a la experiencia particular de la actividad de reproducción de la fuerza de trabajo a cargo de las mujeres. La crítica feminista del trabajo condujo, igualmente, a la deconstrucción más general del objeto económico, conllevando a una crítica de la economía política desde un punto de vista minoritario. Con las operadoras italianas, por ejemplo, se descubre el “hogar” como unidad descentralizada de la producción – una inflexión, pues, en la teoría económica que desconsidera la casa. En la década de 1970, se propone la tesis de integración de las actividades vinculadas a la reproducción social a la esfera de la producción industrial capitalista22. En consecuencia, la hipótesis sobre la marginalidad femenina en lo que se refiere a su posición en el proceso productivo pasa a ser analizada con mayor matiz. “Somos todas trabajadoras”, dice el slogan. Al final, las mujeres (re)producen una de las principales mercancías demandadas por el proceso productivo en la fábrica: mano de obra. Por lo tanto, la falta de remuneración para el trabajo que las mujeres realizan, tiene el efecto de reducir los costos con la mano de obra, aumentando, paralelamente, la parte de más-valor apropiada a los trabajadores por el capitalista. Otro ejemplo, la noción de “sostenibilidad de la vida”23, articula conceptos como cuidado, mercados (dadivosos) e interdependencia24 a fin de identificar y sugerir una (re)ingeniería social en la cual el mercado capitalista, “autorregulado”, no venga a limitar la dinámica comunitaria.

Multiplicación del trabajo

Analizar el trabajo de las mujeres en el campo de la reproducción social permite pensar el trabajo fuera de su canon. Este trabajo, que de manera general conocemos, se convierte así en una categoría inestable25, porque se desplaza fuera de la norma que dicta su regulación por el salario. La idea de la multiplicación del trabajo considera realidades múltiples de trabajo que escapan a las fronteras del salario y de la sindicalización, desconsiderando los límites entre producción y reproducción, formalidad e informalidad, remuneración y gratuidad, así como ampliando la percepción con relación a los agentes del trabajo, nacionales o migrantes, empleados o desempleados.26 Se trata de un movimiento que deja la centralidad del trabajo para pensar su borda, en una inversión epistemológica preocupada en analizar la diferencia sobre la norma y no lo contrario. En esta clave, se entiende ser aquella, no ésta, el fenómeno social amplio y difuso. Es decir, se lleva a la última consecuencia el carácter mayoritario de las minorías, que, por lo demás, sólo lo son en la medida en que sus actos de habla se interrumpen antes de generar efectos. Esta dificultad provocada por el lugar de la subalternidad implica, ante todo, dice Gayatri Spivak27, una desigualdad en el acceso a la política. Al acercarse a ese repertorio, la huelga de mujeres toma como objeto a ser enfrentando “un elemento central del sistema capitalista: la división sexual y colonial del trabajo”28. Al desestabilizar la categoría “trabajo”, este feminismo de la diferencia interpela sobre concepciones tradicionales de clase e investiga qué sujeto político revolucionario es capaz de romper nuestra época.

Rechazar el trabajo

El rechazo al trabajo aparece en la huelga general de mujeres como táctica cuyo objetivo es demostrar la presencia inequívoca, aunque borrada, de la mujer en los circuitos económicos y de reproducción social. Parar, por lo tanto, debería cumplir el objetivo de cartografiar la ausencia, igual que en el slogan: “Cuando las mujeres paran, el mundo para”. Sin embargo, como repertorio de luchas, rechazar al trabajo tiene, además de ésta, otras implicaciones. En resumen, se hace referencia a la crítica de la estructura sindical y a la necesidad de producir nuevas prácticas políticas de insubordinación. Al introducir una nueva racionalidad económica en la dinámica social, el neoliberalismo impuso un desafío agudo (nunca eficazmente solucionado) a los sindicatos, a su vez, debilitados por los sistemas de producción y trabajo flexibles. Al mismo tiempo, el aparecimiento de la nueva izquierda en la década de 1960 es un marco de la incapacidad de esta forma organizacional del sindicato para representar la composición múltiple, y cada vez más diversa, de la clase obrera. En efecto, en el marco de un trabajo que pierde progresivamente su capacidad para asegurar salarios y derechos, así como de una estructura de empleo que no atiende a los deseos de las subjetividades emergentes, rechazar al trabajo eleva el tono de una negativa a la explotación. De un lado, el trabajo formal es sentido como un encarcelamiento, en la medida en que el control y una disciplina rígida lo aleja de la idea de una práctica constitutiva de la dignidad humana. Es esa desilusión que el neoliberalismo busca revertir, lanzando para ello su hechizo bajo la forma de una torcedura de la lógica de autonomía emprendedora. Por otro lado, rechazar, igual que no tener acceso, al trabajo contribuye a la multiplicación de los tipos de trabajo, puesto que activa un sentido de urgencia vinculado a la supervivencia que hace proliferar nuevos tipos de trabajo: precario, servil, temporal, ilegal, etc. Un campo político preocupado con derechos ciudadanos y, por lo tanto, con la creación de mecanismos de protección social vinculados a la experiencia vital del trabajo, debe de llevar en consideración tales transformaciones.

Huelga

El problema de la huelga de las mujeres no se refiere a ganancias salariales para una categoría. Al enfocar la división sexual y colonial del trabajo, lo que se plantea como preocupación es, antes, la urgencia de refundar nuestra relación con el trabajo, con provecho, por un lado, de la realidad de un trabajo múltiple propia a los contextos periféricos, aquí especialmente latinoamericanos; y, por otro lado, del repertorio de luchas del feminismo contra la explotación del trabajo doméstico y de cuidados, considerados no trabajos, tal cual buena parte de las actividades que se realizan contemporáneamente en el contexto de una economía del conocimiento. Por un lado, las políticas de austeridad han ampliado a todo el mundo la realidad del precariado – una observación que suele considerar la situación de las minorías como los sectores más afectados por la violencia estatal, ya sea de orden político, económico o social. Por otro lado, la economía del conocimiento invierte en la codificación de las formas de explotación que en el pasado se referían primordialmente al trabajo de las mujeres por medio de un estímulo perverso a la autopromoción y al autocontrol de sí. En ese sentido, la construcción histórica de la feminidad, de la emotividad y hasta de la maternidad, este trabajo no-trabajo, se convirtió en repertorio para una táctica de inserción exitosa en el mercado del trabajo precario según los manuales de administración. Más: El “must” de la teoría económica contemporánea es el comportamiento, el cálculo del irracional.29 Big data y profiling son técnicas algorítmicas de anticipación del deseo. Por eso, extraer la huelga del contexto del sindicato, puesto que la burocracia es incapaz de alcanzar esa realidad vertiginosa, se tornó fundamental para que esta práctica insurgente ganara cuerpo y se acercara a la realidad de las personas.

Borde

En los últimos 20 años, el mundo ha pasado por una transformación en lo que se refiere a la distribución de la riqueza global. Según el informe del Banco Mundial, publicado el 30 de enero de 2018, entre 1995 y 2014, la riqueza mundial aumentó en un 66%. Este es un dato grosero, pero ilustrativo. En el debate público del período, las noticias sobre el impacto positivo de las economías emergentes para el comercio internacional fueron frecuentes. Esta constatación denota que el crecimiento de estos países contribuyó a la producción de este nuevo nivel. Aunque la distribución de esta riqueza sigue siendo brutalmente desigual, tal movimiento increíblemente sutil hacia una igualdad mayor entre países y personas también fue suficiente para provocar un efecto ebullición de las minorías, o de los bordes, inesperado, y quizás sin precedentes. El borde, para Mezzadra y Nielson, indica una territorialidad: Ella es tanto geografía, tiempo-espacio, como práctica, cultura y subjetividad. En cualquiera de estos aspectos, se trata de una contraproducción periférica del centro, es decir, de la norma social dominante. No se limita, pues, a la negación del centro, prefiriendo, más bien, una lógica antropofágica salvaje generadora de símbolos que se exceden y desbordan. Una contaminación molecular. Híbrida. Por eso, confunde. Pero los autores llaman la atención sobre el desafío teórico que la perspectiva del borde presenta. Estamos acostumbrados a analizar la periferia desde el centro, con base en la lógica de la “inclusión”, cuando la ebullición mencionada exige lo contrario: una pragmática vitalista y popular30 que sale del margen para destruir el centro.

Con la huelga internacional de las mujeres, las feministas agregaron otra capa al problema, cuál es, cómo operar política y tácticamente la rica polifonía del borde. De ahí una organización-flujo, que es todavía construcción, tiene momentos de composición, pero no se institucionaliza en ninguna instancia rígida, tampoco bajo cualquier presunción de unidad o homogeneidad. La pregunta “¿qué significa parar en el contexto de cada realidad diversa, tomando en serio la singularidad y la complejidad de cada experiencia vital del trabajo?”, traduce la preocupación por la diferencia. La respuesta trata de la crisis de la democracia y de la representación en nuestro tiempo. Se pregunta: ¿Quiénes son, después de todo, los dueños de la movilización social, por qué lo son y cómo llegaron a serlo? El colectivo Precarias a la deriva resume tal inquietud en la pregunta: “¿Cuál es su huelga?” Y la angustia sigue en el ensayo de respuesta a esta cuestión:

“Las respuestas a estas cuestiones pueden tener una primera fase que consiste en explicar por qué una huelga no puede llevarse a cabo en el ambiente doméstico o por la autónoma que vende sus productos en la calle o por una mujer encarcelada o por una trabajadora agrícola, libre de lanzar o las trabajadoras migrantes (identificándonos como aquellas mujeres que “no pueden” parar). La cuestión se muestra inmediatamente con otra potencia: partiendo de las experiencias mencionadas, la huelga fuerza la resignificación y la expansión de lo que permanece en suspenso, de lo que está bloqueado y de lo que es desafiado cuando ella pasa a acomodar esas realidades, ampliando el campo social en que está inscrita y donde produce efectos”.

Entender las dinámicas contemporáneas del poder y la manera en que se produce sujeción con base en el modo en que se colonizó históricamente el cuerpo y la subjetividad femenina es una contribución inestimable del feminismo que arroja luz sobre la coyuntura y alza a las mujeres a la condición de protagonistas y vanguardia de la lucha política32.

Conclusión

Mi objetivo con este texto fue apuntar a una actualización necesaria de la crítica feminista de la economía política, pensando, además, las nuevas formas de lucha minoritaria a partir del dispositivo de huelga, en una coyuntura de transformación del capitalismo neoliberal. La percepción en relación a la movilidad del poder debe estimularnos a pensar ya actuar contra nuevas formas de opresión y extracción o desposesión. Como hemos visto, la huelga internacional de las mujeres propone una nueva metodología para la lucha social, más abierta a las transformaciones del tiempo y de la propia categoría del trabajo. Aunque proponga una parada, ésta, vale notar, se hace en la acción, es decir, a partir de una articulación activa de mujeres, que, por lo tanto, recuperan o mejor, producen, nuevos agenciamientos de la política. Se comunican, pues, con el clima de desilusión y crisis de la representación, representan en sí el desbordamiento del imaginario restringido de la acción colectiva centrada en el obrero masculino y de las formas de lucha que le corresponden.

Sin embargo, para avanzar aún más, sería necesario, primero, profundizar el análisis sobre el proceso de expansión de las formas de opresión que se volvía típicamente contra las mujeres, pero se han ampliado a las sociedades de manera general. En resumen: ¿Cuál es el impacto de esto para las mujeres y para la sociedad?; segundo, se debe buscar incidir sobre temas relativos a la renta básica universal.

Las feministas, no podemos alejarnos de ese momento de reprogramación de las bases del estado social, bajo la pena de encontrarnos, una vez más, con una arquitectura institucional, como es el caso del Estado de bienestar social, que no sirve a la emancipación femenina y reproduce la dominación de género.

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Tatiana Oliveira

Brasileña, doctora en Ciencias Políticas y becaria en el Programa Nacional de Posdoctorado del Departamento de Relaciones Internacionales de la Universidad del Estado de Rio de Janeiro (UERJ). Trabaja temas relacionados al posdesarrollo y economía política bajo el enfoque feminista. Defendió su tesis con el título: “Alegorías del Desarroll(ism)o: el futuro pasado de un concepto de progreso desde su recepción en Brasil”. Activista feminista, además de integrante y co-fundadora del colectivo “Tempo Livre”, grupo de investigación sobre la mutación del trabajo en el capitalismo tardío y la pereza imposible.